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85. «Las calles de Rosario de Acuña y del Marqués de Comillas», por Roberto Castrovido

¿Quién lo podía imaginar? El propio don Claudio López, marqués de Comillas, coge con la punta de los dedos la mano de la poetisa madrileña doña Rosario de Acuña y la lleva, a son de dulce pavana, a la calle de Fomento, donde nació la vigorosa escritora; hace gentil reverencia, muy siglo XVIII, la sombra del prócer clerical, y desaparece. ¡Quién pensara! ¡El marqués de Comillas introduciendo en el callejero madrileño a doña Rosario de Acuña!

La casualidad es maestra de humorismo. El demonio tiene cara de conejo.

El Ayuntamiento actual, dignísimo heredero, por atavismo tal vez, de aquel corregidor que compró el palacio de Buenavista para regalárselo a don Manuel Godoy, personificación del viejo régimen (el nuevo se inició en las Cortes de Cádiz) ha propuesto cambiar por el de Marqués de Comillas el nombre de San Andrés que lleva desde el siglo XVII la vieja calle que partiendo de la del Espíritu Santo termina hoy en la de Carranza y que limitaba por oriente el vasto palacio de Motezuma y Monteleón, Parque de Artillería cuando lo inmortalizaron Daoiz, Ruiz, Malasaña y otros muchos que han tenido la mala suerte de no ser recordados ni en azulejos o placas metálicas denominadores de calles.

A la circunstancia de existir con el mismo nombre en 1808 debe su permanencia la de San Andrés, respetado por el Ayuntamiento revolucionario que en 1869 urbanizó la plaza del Dos de Mayo. No me quejaría si a la calle de San Andrés la variarán el nombre, porque hay además de esa calle, plaza y costanilla del mismo apóstol, y la dieran el de un héroe o un mártir de la jornada de Monteleón «aquel sangriento día»; pero es adulación desatendida pretender elevar la cruz de San Andrés al Marqués de Comillas ¿Es equiparable su muerte a la gloriosa de los que sucumbieron el Dos de Mayo en el Parque de Monteleón? Luchaban mujeres y hombres, clérigos y seglares, paisanos y militares por la libertad y la independencia a la puerta del palacio, habilitado parque, en el pórtico, desde sus ventanas, encima de sus tapias, y a pecho descubierto contra muy superiores fuerzas. Y el marqués pescó un catarro en la falda del cerrillo de los Ángeles, por él y otros consagrado al Corazón de Jesús.

Indiscretos panegiristas, torpes aduladores, estómagos agradecidos, y mentes vanas, llegan a parangonar al señor López en patriotismo a Velarde, y en religiosidad a San Andrés. No hay que desesperarse.

En Barcelona tiene una estatua el padre de don Claudio, y en Madrid tiene una calle, la antigua carretera de Andalucía; con poner a esta vía «calle de don Antonio y de don Claudio López» o de los señores López, todos contentos.

Todos menos yo, porque si se sustituye el de San Andrés por el de Marqués de Comillas, abrogando las disposiciones legales que impiden los cambios de nombres y el darlos nuevos sin anuencia de la mitad más uno de los vecinos, lograré mi intento de que se cambie el nombre de Fomento por el de Doña Rosario de Acuña, merecedora de dárselo a la calle en que nació.

De Fomento se llama la calle que de Rosario de Acuña debe ser llamada, por la circunstancia de haberse instalado el ministerio de fomento en el caserón que fue morada del inquisidor general y que ahora es convento de no sé qué. Nada, una futesa. Ni siquiera la tradición abona el nombre de Fomento, pues antes se llamaba de La Puebla esta calle, excepto uno de sus trozos que de Castro Domingo se denominaba. El ministerio de Fomento estuvo muy poco en el sombrío palacio del inquisidor Torrija, con vueltas a Fomento y al Reloj, mucho en el convento de la Trinidad ¿A qué conservar ese nombre para la calle donde nació Rosario de Acuña?

Puede ocurrir que no sepan quién era. No es sorprendente. En Madrid hay calles del Españoleto y de Gonzalo de Córdoba, y un señor concejal se quejó no ha mucho de que no las tenían el pintor Ribera ni el Gran Capitán. El creador de  El burlador de Sevilla tiene calle y glorieta, la calle a su apellido Téllez, la glorieta a su seudónimo Tirso de Molina, redundancia que me hace maliciar que ignoraban que fray Gabriel Téllez del hábito de la Merced, se llamaba en los corrales y mentideros Tirso de Molina.

Por haber nacido en Madrid y por sus excelsos méritos de escritora merece dar su nombre Doña Rosario de Acuña a la calle de Fomento, en la cual vio la luz del mundo. Ahora que se abrogan las reales ordenanzas que lo impedían es hora de reclamarlo. Y así lo hago.

El Noroeste, Gijón, 22-5-1925

84. El apoyo de la Agrupación Femenina Socialista

Tras su regreso del exilio portugués Rosario de Acuña  parece decidida a retirarse de la primera línea de la batalla ideológica. No aguanta  mucho. Tras un par de años de silencio casi absoluto, a principios de 1916 sus palabras vuelven a ocupar las primeras páginas de la prensa amiga («A la memoria de don Domingo Hernández León», «A la señorita María Oliva Riestra Rubiera», «A los misioneros de la cultura y la fraternidad que Francia nos envía»…). Más allá de sus tesis habituales, de su defensa de la libertad de conciencia, de su oposición al todopoderoso clericalismo reinante, lo que llama la atención es su llamada pública a la unión de las fuerzas de «izquierda». Eso es los que en los primeros meses de 1917 parece inquietar a las autoridades provinciales, recelosas a todo lo que pueda estar relacionado con la convocatoria de una huelga general, de la que no se deja de hablar desde que la UGT y la CNT acordaran coordinar sus actuaciones en un pacto alcanzado en la primavera de ese año. Los informadores de Gobernación conocen que Rosario de Acuña no solo defiende esa unidad en sus escritos de manera reiterada, sino que la refrenda con su asistencia en actos conjuntos de «las izquierdas», como sucediera con el mitin aliadófilo de Madrid al que ya me he referido. Durante el verano el ambiente está muy caldeado, y las autoridades están tan nerviosas que en la madrugada del 24 de julio las fuerzas del orden se presentan en El Cervigón con la orden de efectuar un registro minucioso en la vivienda de la escritora. A pesar de no haber encontrado absolutamente nada tras varias horas de revolver todas sus pertenencias, hay quien sigue recelando de su papel en todo lo relacionado con los preparativos de la huelga, pues el 22 de agosto, cuando en Asturias hace ya nueve días que el paro es general, la Guardia Civil vuelve a su casa para efectuar un nuevo registro.

He aquí el relato de lo sucedido en palabras de la interesada:

Llegan los sucesos de agosto. Usted ya sabe, como todos los que me conocen bien —y a pelo al cultísimo escritor don Rafael Sánchez Ocaña, a quien tuve el honor de recibir en mi casa cuando vino a intentar hacer un periódico liberal-europeo de El Noroeste, de Gijón—, lo aislada que vivo. Y también saben que ni soy socialista, ni anarquista, ni republicana: en el sentido redilesco de estas adjetivaciones; nada que huela a dogma, imposición y enchiqueramiento.
Además, dada la condición marroquí de la mayoría de los españoles, las mujeres que queremos «ser personas —solo eso—» tenemos que pasar, como cochinillas de circo, por bachilleras, petulantes, histéricas, etcétera. Las que se precian de no haber pasado por este aro es que tuvieron que pasar por otros peores.
[…]

Pues bien; a pesar de todo esto, sobre mí y mi casa se extendió en aquellos días, una leyenda negra:
«Que yo había predicado el amor libre en los paseos de Gijón; que era una conspiradora de cuidado; que mi casa era centro de conciliábulos misteriosos a las altas horas de la noche».

Esta prédica para la mema burguesía que parece vivir solo tragándose idioteces. Para el vulgo campesino que me circunda se hizo otra propaganda:
«Yo era una bruja, que salía por la noche untada al tejado para hacer mal de ojo a vacas y chicos; era una perra judía que tenía un macho cabrío, y que azotaba la santa cruz los viernes». ¡Así, «así —aún—», corren estos dichos por nuestros desgraciados y embrutecidos pueblos!.
Los «policías honorarios» de la villa, todos ellos ajesuitados, íntimos y militantes de las huestes reaccionarias, cuando ya tuvieron bien batido el basurero de estas absurdas infamias, entraron en campaña con las autoridades militares de Gijón. […]
Llega una mañana de agosto —olvidé la fecha— y a las tres empiezan a aporrear el portón de la finca. […]
Se presentaron dos de Orden público y dos policías que, previa exhibición, exigida, del carné de identidad y la orden judicial militar de registro domiciliario, pasaron adelante. Al verlos bajé rápidamente. Se explicaron y portaron como personas correctas. Venían a buscar «las proclamas de Marcelino Domingo» que, en aquellos días se encontraban en Gijón hasta en las soperas y en el cuartel se recibían a centenares.
—Aquí tienen ustedes las llaves de mundos, librerías, muebles, etc.; no encontrarán nada, les dije, porque, ni por casualidad, leí el artículo de que se trata; y, es más, yo no necesito leer proclamas, si acaso, las escribiría, y, entonces, ya pueden comprender que no habría ninguna en casa.
Cinco horas duró el registro, sin tener ninguna queja contra los que, por su profesión, tenían que realizarlo.
A los dos días de esto corrió por Gijón la noticia de que habían encontrado en mi casa cheques y mazos de billetes de miles de francos; cartas escritas desde Inglaterra y Francia, libros pornográficos. (Esta fue labor germano-jesuita. No atribuyo a los policías oficiales estos infundios. Sus contrafiguras, los «honorables honorarios policías», serían los encargados de extender tales patrañas).
Pasan unos días. Segundo aporreamiento del portón a las cinco de la mañana. Cinco guardias civiles, uno de ellos vestido de paisano, con pico y azadón. Preséntanse, también, correctamente, y dentro de la férrea disciplina que los sujeta, más como a fieras que como a hombres, se les veía violentos, contrariados, al tener que hacer lo que se les mandaba. Venían a levantar el prado, en los alrededores de la casa, en busca de un enterramiento de bombas, armas, municiones y papeles que «habían visto que habíamos escondido».

[…]
Desde aquel día tuvimos preparados los hatillos para ingresar en la cárcel, pues, pensando lógicamente, suponíamos ir a parar allí, toda vez que, por la ciudad, la traílla policíaca honoraria decía, a voz en cuello, que era preciso, preciso, que yo durmiera en la cárcel. ¡Como si alguien fuera capaz de hacerme dormir en la cárcel!

[Leer la carta completa]

A los pocos días de haberse publicado este escrito, la Agrupación Feminista Socialista hace pública la siguiente carta de apoyo a Rosario de Acuña:

Por El País nos enteramos al leer vuestra carta que también fuistéis víctima de los sucesos de agosto.

Considera esta entidad un atropello incalificable los registros que en vuestro domicilio se practicaron, así como la falta de respeto y consideración a personas honradas  y, una vez más,  la Agrupación Feminista Socialista protesta contra este hecho vergonzoso.

Denigra en extremo la tolerancia de estos abusos que denota la carencia del respeto y conocimiento en los casos a perseguir.

Arbitrario es el recurso de los mantenedores del orden, interpretando las ideas progresivas como un hecho escandaloso, admitido como está el librepensamiento; pero lo que más subleva el ánimo es considerar lo injusto del atropello, puesto que no ostentaba la sujeción a un partido de clase.

¡Lástima no estar al lado de los socialistas para encauzar con su talento al elemento femenino por vías más amplias a su emancipación!

Sirvan, pues, estas líneas de saludo a doña Rosario de Acuña y de protesta por los sucesos pasados; quedando reconocidas estas admiradoras suyas q.s.m.e.

Por el Comité: La presidenta, Dolores Fernández; la secretaría, María Rojo.

El País, Madrid, 19-7-1918

58. La avenida que da a la ermita

Coincidiendo con el LXXXVII aniversario de la muerte de la protagonista de esta bitácora, el pasado miércoles se hizo público el fallo del Premio de Investigación Rosario de Acuña que convoca el instituto gijonés que lleva su nombre. Con ésta ya son doce las ediciones de este premio que, según nos cuenta Francisco Alonso Llano, director del Centro y principal responsable de la exitosa trayectoria del galardón, nació en 1998 con el objetivo de «mantener vivo el recuerdo de la vida y obra de Rosario de Acuña […] firme partidaria del progreso de las ciencias naturales y humanas».

Han pasado -como queda dicho- ochenta y siete años, y durante este tiempo la del Premio Rosario de Acuña no ha sido la única iniciativa tomada para honrar su memoria. Casi podemos decir que el proceso se inicia desde el mismo momento en que se conoce la muerte de la librepensadora. Así, el día veintinueve de ese mismo mes de mayo, tiene lugar una velada de homenaje en el Ateneo de Madrid de organizada por la asociación feminista Fraternidad Cívica. Intervienen el periodista Roberto Castrovido, el abogado y político Álvaro de Albornoz, Consuelo Álvarez, el escritor Ramón Pérez de Ayala, y Ester Azcárate; en la reunión se leen diversas composiciones de la homenajeada y del escritor Luis de Tapia, por entonces secretario de la asociación ateneística madrileña.

Es preciso señalar que hubo también quienes -de una forma o de otra- se manifestaron contrarios a estas iniciativas por considerar que la trayectoria vital de Rosario de Acuña no fue, para nada, ejemplar. Veamos:

Unos días después de este póstumo homenaje celebrado en el ateneo madrileño, Fraternidad Cívica envía una petición al ayuntamiento gijonés solicitando que una calle de la villa lleve el nombre de la escritora. Enterados los miembros de la directiva del Ateneo Obrero de la petición, no tardan en enviar un escrito a la corporación municipal adhiriéndose a la solicitud. La comunicación lleva fecha de 10 de junio y se expresa en los siguientes términos:

…conociendo la petición hecha por la asociación de señoras de Madrid, denominada “Fraternidad Cívica” con el fin de que se dé el nombre de “Rosario de Acuña” a una calle de esta ciudad, en recuerdo de la inolvidable escritora de este nombre fallecida recientemente, este Ateneo se adhiere decididamente a aquella súplica, por considerar que los pueblos, si quieren cumplir sus deberes de ciudadanía tienen que dedicar un recuerdo perdurable a los individuos que los honraron.

Si doña Rosario de Acuña no era gijonesa, aquí vivió mucho tiempo y murió dejándonos señalada prueba de sus virtudes y de inteligencia poderosa, hallándosela en todas ocasiones en las luchas por la justicia y la cultura, por cuyas razones todos los gijoneses la miraban como algo propio y adherido al espíritu popular apoyando la iniciativa en la consideración de que el nombre de la escritora debe perdurar “para ejemplo de virtudes y de generosidades, para oferta de gratitud de un pueblo a una individualidad superior.

El escrito termina recomendado el tipo de calle apropiada para tal recuerdo; ni «uno de esos callejones viejos y angostos», ni una de esas calles suntuosas, «donde las lujosas edificaciones de la plutocracia fría y absorbente proclama la antítesis doctrinal de la que sólo amó a los débiles y oprimidos». Lo adecuado sería…

una calle de obreros, de mujeres pobres y tristes de muchachas descalzas, para que todos los días, cuando saliesen de la fábrica y el taller o volviesen de ellos los trabajadores, sintiesen sobre si la caricia de aquel nombre que anunciaba un corazón tan puro, tan rebelde, tan del pueblo…

Las solicitudes efectuadas por Fraternidad Cívica y el Ateneo superan con prontitud los trámites administrativos y unas semanas después, el 24 de julio, se somete a la consideración de la corporación municipal la concesión de una calle de la villa a la ilustre librepensadora. Con tres votos en contra y catorce a favor, se acuerda dar el nombre de “Avenida de Rosario de Acuña” al camino que va del Piles a la Providencia. No obstante, hay sectores que no están por la labor; los tres ediles que votaron en contra de esa solicitud representan a un sector de la población nada desdeñable, que se oponía a cualquier tipo de distinción a quien se había significado tanto en contra de una jerarquía eclesiástica, que contaba con gran influencia en amplias capas de la sociedad. Mientras vivió, nuestra escritora no dejaba indiferentes a los que la conocían, y aún a los que no la conocían directamente; después de muerta, las filias y las fobias se mantuvieron. Y sus detractores eran poderosos.

Conocido el acuerdo, un grupo de vecinos de la zona lindante con el camino al que han puesto el nombre de la escritora, librepensadora, masona… presentó un recurso de alzada ante el Gobernador Civil, con la intención de que se dejara sin efecto la decisión municipal. Tres son los principales argumentos que esgrime la parte recurrente: a) que ayudaron a la construcción y mejoramiento del camino mediante la cesión gratuita de terrenos; b) que la anterior denominación daba información del origen y destino de la vía; c) que no consideran que existan méritos extraordinarios en la persona a quien se quiere distinguir que justifiquen las molestias que iba a ocasionar el citado cambio. Según la prosa administrativa, el recurso había sido interpuesto por don José de la Sala «y otros vecinos», expresión genérica ésta que oculta la existencia de otras personas con mayor significación en la vida ciudadana. Una lectura atenta del recurso nos informa, sin embargo, que entre los recurrentes se encuentran «los herederos del Excelentísimo Señor Conde de Revillagigedo», quienes actúan mediante los oportunos apoderados. Si al renombre de los herederos unimos las referencias que en el escrito se realizan al carácter religioso del camino (no hay que olvidar que, como allí se dice, el punto final del mismo se encuentra en la ermita de la Virgen de la Providencia), el recurso parece adquirir otra dimensión. Por lo visto, el fondo de la cuestión pudiera obedecer no tanto a cuestiones de orden material, como a aspectos de tipo ideológico o religioso. A lo que parece a algunos les parecía demasiado ofensivo que la carretera que conduce a la ermita, llevara el nombre de una persona a la que durante toda su vida han acusado de atea.

El recurso de alzada ante el Gobierno Civil es valorado por la Comisión Provincial competente. En el mes de diciembre, la citada comisión acuerda “que procede estimar el recurso interpuesto por don José de la Sala y otros vecinos de Gijón y revocar el acuerdo aprobado”. En la resolución tomada se asumen como propios la práctica totalidad de los argumentos de los recurrentes. Doña Rosario de Acuña se queda, de esta forma, sin “su” avenida.

El 30 de abril de 1931, unos días después de proclamada la Segunda República, el ayuntamiento gijonés vuelve a las andadas y retoma el acuerdo del verano de 1923, el recurrido. Así es como durante seis años el camino de la Providencia, el que conduce a la ermita, ostentará la denominación de “Avenida de Rosario de Acuña”. En 1937, las autoridades que las armas han legitimado para gestionar el municipio deciden sustituir el nombre por el de “Avenida de Italia”, como homenaje a los soldados italianos que colaboran con los militares sublevados en 1936.

51. La esquela del tercer aniversario

La tarde del fatídico cinco de mayo de 1923, la vida de Carlos de Lamo Jiménez -de quien nos tendremos que ocupar con mayor profundidad-  se quedó completamente a oscuras a sus cincuenta y cuatro años de edad pues le hurtaron  la potente luz que había guiado sus pasos desde que, hace ya más de tres décadas, decidiera unir su destino al de Rosario de Acuña y Villanueva.

Superado el estupor de los primeros momentos, era ineludible hacerse cargo de la nueva situación que, en cierta medida, ya aparecía apuntada con trazo fino por la mano ausente que ya no habría de escribir cosa alguna. Allí estaba, en el testamento del año 1907 en el que proclama su radical oposición de la Iglesia católica «y de las demás sectas» y convierte a Carlos en su único heredero.

Dese los primeros momentos, se declara decidido a dedicar el resto de sus días a rendir culto a quien fuera su compañera durante tantos años: «deber único que mi vida queda de hacer vivir mientras yo viva, y perdurar después de mí en la inmortalidad, que sus obras le darán, el nombre que será cada vez más glorioso de Rosario de Acuña».

Fiel a su compromiso, al acercarse la fecha del aniversario del infausto día, inicia gestiones para rendirle un homenaje a la compañera ausente. Con el apoyo del Ateneo Obrero, entidad a la que había estado muy unida la escritora, el 5 de mayo de 1924 se celebra una velada necrológica en el transcurso de la cual pronuncia unas palabras en las que justifica la sencillez del acto:

Que así como Ella se había retirado voluntariamente del  «mundanal ruido» en el que pudo brillar tanto y desdeñó, saboreando, en cambio, en un rincón aldeano su dulce paz, su mágico panorama de bellezas interiores y de esplendideces mayestáticas en las lejanías del mar infinito y en la adorable tierra asturiana que la circundaba, este aniversario pretendía yo se limitase a una comunión de vuestras almas con la suya, de los que aquí vivimos, de los que recibisteis muchas veces el eco de su pensamiento en sus escritos, y de los que en otras muchas ocasiones oísteis de sus labios palabras de aliento…

Y así sucederá en los años siguientes:  cuando se aproxima la fecha del aniversario,  El Noroeste recuerda puntualmente la cita, Roberto Castrovido envía un cariñoso escrito para que sea publicado por el periódico gijonés y en el Ateneo Obrero tiene lugar una velada  literaria en recuerdo de la que fuera ilustre socia y colaboradora.

No obstante, en 1926 Carlos no puede asistir, y se ve en la obligación de avisar  a quienes, a buen seguro, esperaban que llegase el día señalado para  rendir homenaje a la distinguida ausente.  Hasta ahí todo normal y lógico. Lo que ya resulta inhabitual es el modo que utilizó para informar a los interesados, pues el anuncio aparecido en la prensa local adopta la forma de esquela y en él se recuerda la condición de masona de la finada, lo cual no parece comulgar con el deseo de doña Rosario de que todo lo relacionado con su muerte fuera tratado con mesura y discreción.

En cualquier caso, aquí queda público testimonio de la opción tomada por quien desde el 5 de mayo de 1923 se comprometió a  exaltar la memoria de quien durante tantos años fue su compañera.

44. «Memoria del olvido», de Félix Población

FÉLIX POBLACIÓN

Escritor y periodista

Se presentaron en Madrid las Obras reunidas de Rosario de Acuña y Villanueva (1850-1923), un acto que apenas tuvo repercusión pública, como si el olvido que por circunstancias históricas pesó tanto tiempo sobre la escritora hubiese alcanzado también al evento que culminaba la edición de sus escritos, iniciada en 2007.

Fue ese año, centenario del testamento ológrafo suscrito por Acuña para que sus obras fueran recopiladas y publicadas algún día, cuando bajo el patrocinio del Ayuntamiento de Gijón y el Instituto Asturiano de la Mujer se inició la publicación (KRK) de los cinco tomos que comprenden esas Obras reunidas, en cuya profusa tarea trabajó el profesor Xose Bolado, autor asimismo de la introducción biográfica que las precede. Acerca de Acuña y su época es muy interesante el libro de reciente aparición de Macrino Fernández Riera: Rosario de Acuña y Villanueva: una heterodoxa en la España del Concordato (Zahorí Ediciones).

Esa heterodoxia se ciñe al año de nacimiento de Acuña en Madrid, uno antes de que el Estado firmara con la Santa Sede el concordato de 1851 –por el cual la religión católica continuaba siendo «la única de la nación española»–, y a la denuncia reiterada que la autora hizo del clero por su represivo control sobre la conciencia de las mujeres: «La doctrina, la esencia, el alma católica –decía Acuña– , nos lleva a ser un montón de carne inmunda, cieno asqueroso que es necesario sufrir en el hogar por la triste necesidad de reproducirse. He aquí el destino de la mujer católica. Fuera sofismas ridículos y necias exclamaciones del idealismo cristiano, la mujer, en la comunión de esta Iglesia, es sólo la hembra del hombre».

Para llegar a esas conclusiones y pasar de escribir folletos dedicados a Isabel II a ingresar en la masonería bajo el nombre simbólico de Hipatia, Acuña va a recorrer la notable distancia que media entre la lírica romántica y moralizante de sus primeras composiciones en La Ilustración Española y Americana –donde el protagonismo femenino se reduce al consabido papel de alma del hogar en el entorno doméstico– a sus asiduas colaboraciones en Las Dominicales del Libre Pensamiento a partir de 1884 en pro de la regeneración social de la clase obrera y la conquista de los derechos civiles de la mujer. En la primavera de ese mismo año, cuando su nombre era ya sobradamente conocido como autora de un drama de mucho éxito titulado Rienzi el tribuno, Rosario de Acuña sube a la tribuna del Ateneo de Madrid para dar un recital poético. Es la primera vez que una mujer lo hace en la historia de la docta institución.

A partir de su adhesión al librepensamiento, Acuña deja atrás la mentalidad burguesa y liberal en la que se educó durante su niñez y juventud. Sus correligionarios serán tanto los fundadores de Las Dominicales, Ramón Chíes y Fernando Lozano, como los líderes socialistas Virginia González e Isidoro Acevedo. Los artículos, poemas y relatos de la escritora se prodigarán a lo largo de casi medio siglo en la citada y prestigiosa publicación masónica y en otros periódicos socialistas. La entidad literaria de esos escritos, así como la pujanza de sus ideas renovadoras, harán que un eminente periodista, Roberto Castrovido, proponga y defienda públicamente la candidatura de Rosario de Acuña a la Real Academia de la Lengua un siglo antes de que a esa institución accediera la primera mujer (Carmen Conde) en 1978. Según señalaba a comienzos del siglo XX el director del extinto diario republicano El País, la «poetisa, autora de dramas y escritora de grande bríos» podía compararse al regeneracionista Joaquín Costa.

Después de su temprana separación matrimonial y luego de haber residido en Pinto (Madrid) y Santander, Acuña pasará los últimos años de su vida en Gijón. Fue en esta ciudad donde se inició la recuperación de su memoria, mucho antes de que su obra fuera atrayente objeto de estudio a partir de los años noventa. Durante el franquismo, a finales de los sesenta, el histórico dirigente sindicalista asturiano Amaro del Rosal, que había tenido la oportunidad de conocer a la escritora, se interesó desde México por recuperar epistolarmente documentos y artículos de Acuña. Supe así, gracias a mis vínculos familiares con Amaro, [véase el artículo El impulso que vino de México, publicado en esta bitácora semanas atrás] que Rosario Acuña era algo más que un nombre con el que se identifica en Gijón el solitario paraje junto al mar donde la nombrada tuvo su modesta casa, por entonces todavía visible sobre el promontorio de El Cervigón, y de cuya inquilina nada sabíamos los escolares criados en el nacional-catolicismo.

Amaro del Rosal comparaba la figura de Acuña con la de la revolucionaria francesa Flora Tristán. Como ella, estuvo en la vanguardia de la lucha social y fue además en nuestro país una pionera en reivindicar con energía la emancipación de la mujer. Por eso fue recordada durante la Segunda Republica y por eso también pasó a formar parte del silencio y olvido con que el franquismo pretendió enterrar la significación de su nombre.

Cuenta Fernández Riera que durante muchos años, los días 6 de mayo y 1 de noviembre, había rosas rojas sobre la tumba de Acuña en el cementerio civil de Gijón. Las fechas se corresponden con el día de la muerte y el nacimiento de la escritora, y quien hacía la ofrenda, Aquilina Rodríguez Arbesú, había sido una gran amiga y admiradora suya, depositaria asimismo de su testamento ológrafo. Amaro del Rosal contactó con ella por carta desde el exilio para que «el ideario de libertad, justicia y humanismo, las tres palabras a las que Rosario de Acuña dedicó su vida, fuera conocido por la juventud de hoy que tanto lo necesita».

Cuarenta años después nos llegan por fin esas palabras en los cinco tomos de sus Obras reunidas para que de verdad las sigamos necesitando y cultivando.

( Público, Madrid, 14-2-2010)
Nota. Se han incluido algunos enlaces para completar la información facilitada en el artículo

40. «Homenaje a una mujer ilustre»

Volney Conde-Pelayo[1]


En un rincón de la costa astur, sola, olvidada de casi todos los españoles, vive una ilustre anciana, honra de las letras española. Allá la han llevado las persecuciones de los reaccionarios, que ni aún en la ancianidad la dejan en paz, y allí vive lamentado la indiferencia, abyección y cobardía de los compatriotas nuestros que no sienten en los presentes tiempos otro ideal sino el de la consagración del torero o la bailarina del día. ¿Sabéis cómo se llama esa anciana? Rosario de Acuña. Después de consagrar toda su vida a la ciencia, al trabajo y a la difusión de las ideas liberales; después de haber sido cantada y admirada en su juventud por los primeros poetas y escritores del pasado siglo; después de haber obtenido ruidosos triunfos como autora dramática; después de haber sido reconocido su genio por las naciones extranjeras que han traducido y propagado sus obras, Rosario de Acuña, abandonada de todos, ha visto alzarse frente a ella en Covadonga el último brote de la Inquisición española hecho carne en la fusión de las derechas. Y ha visto que estos hombres liberales de hoy, voltaríanos sólo en el chiste, que no en las obras, se han cruzado de brazos ante la procaz amenaza de Covadonga y han dejado obrar sin protesta a los representantes de los procedimientos políticos de Torquemada y Arbués.¿Recordáis a Rosalía de Castro? Todavía hace poco la ha ensalzado un académico en un discurso de recepción; pero lo que se oculta es que la ilustre poetisa gallega se veía obligada a trabajar sin descanso para mantener a una numerosa familia, lo cual demuestra que el Estado español jamás se cuida de asegurar la vida a las personas ilustres; se oculta también que en torno de ella se hizo el vacío cuando publicó su colección de poesías, titulada En las orillas del Sar, que constituían una innovación en la gaya ciencia. Es que en nuestro país se siente en general desprecio hacia la mujer; cuando ésta es sabia el desprecio se trueca en envidia y odio. Si nuestras lumbreras literarias, que en cuanto a feminismo conservan todavía el resabio bíblico de la maldición paradisíaca, tuvieran verdadera mentalidad, no hubiesen cerrado a cal y canto a Emilia Pardo Bazán las puertas de la Academia. Aunque yo no participo de las ideas filosóficas de esta señora, reconozco que vale mucho más que algunos académicos, y que su entrada en la Academia sería, como hace dos o tres años dijo Dicenta no sé donde, una perturbación saludable para las letras. La Academia es símbolo de la vejez y a ella van los que comienzan a chochear: su significación es por eso mismo clerical y opuesta a las innovaciones. Son académicos los que en Covadonga han pactado la unión de todas las ideas viejas.

Como respuesta viril al acto de Covadonga, hay que ir a Gijón en cruzada liberal, a rendir homenaje de cariño a la ilustre viejecita, de corazón juvenil, que se llama Rosario de Acuña. A esa cruzada han de prestar su calor los jóvenes que en Bilbao rindieron tributo al liberal Galdós, y en ella deben figurar todos los maestros de la literatura contemporánea, todos los que hayan arrojado fuera de su pecho el ideal de Pedro el Ermitaño, todos los que verdaderamente anhelan el resurgir de nuestra desgraciada España por la ciencia y la bondad, no por la conquista y la invasión guerrera.

Aguantar día por día acechanzas y maquinaciones de las gentes fanáticas y ver que las quejas se pierden en el vacío, tiene que ser dolorosísimo para una persona que ha puesto su ciencia y su trabajo al servicio de su nación con la perseverancia que lo ha hecho Rosario de Acuña. Merece esta mujer el homenaje, no sólo por sus cualidades literarias y periodísticas de primer orden, sino como mujer de ciencia, porque Rosario de Acuña es naturalista y cultivadora de la ciencia avícola. Quien haya leído las obras suyas que tratan de estas materias, admirará la constancia y energía que ha puesto en su amor a la ciencia y en el deseo de propagar en España la avicultura, que puede ser para nosotros fuente inagotable de prosperidades. Sus conciudadanos han pagado mal tanto sacrificio, y hoy, ya anciana, se ha refugiado en Gijón, viendo cómo se despeña en el abismo la menos previsora de las naciones europeas.

Castrovido, Sánchez Díaz, Aranquistain y otros, deben soportar sobre sus hombros la preparación y cauce del homenaje, que les honraría sobremanera. Hay que hacerlo por dignidad.

El Motín, Madrid, 22 de junio de 1916


[1] Miembro de una conocida familia de Portugalete, es autor de Artículos manuscritos: vida y teoría de Marx (1931). Formó parte, como bibliotecario que era, de la Sección Sexta del Consejo de Cultura de Euzkadi, creado en 1937.