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Posts Tagged ‘Regina de Lamo’

73. El Ateneo Familiar: Rosario y Carlos se encuentran

En el comentario anterior se hacía mención al apoyo público que Rosario de Acuña prestó a finales del año 1884  a los estudiantes de la Universidad Central con ocasión de la protesta que éstos mantienen en apoyo del profesor Miguel Morayta y de la libertad de cátedra; se comentaba también que la buena sintonía de nuestra protagonista con los jóvenes universitarios se prolongaría  en el tiempo y que años más tarde algunos de los de su clase, que habían constituido una sociedad denominada Ateneo familiar, la convirtieron en su presidenta de honor [Véase aquí su carta de aceptación].  Cabe resaltar que el entonces presidente de la citada entidad era a un tal Carlos de Lamo, un joven estudiante de Leyes que de aquella apenas contaba con veinte años de edad y que no tardando se habría de convertir en el inseparable compañero de la ilustre escritora.

Corre el año 1888. Rosario de Acuña ha dado el salto a la otra orilla y se ha convertido en una destacada y combativa librepensadora. Las Dominicales del Libre Pensamiento no pierde ocasión para llevar a sus páginas todo cuanto tenga que ver con su más conocida colaboradora. De ahí que contemos con algunos textos referidos al Ateneo familiar, como el titulado «Fiesta del libre pensamiento» que a continuación se reproduce:

Aceptando la amabilísima invitación de su ilustre presidenta honoraria doña Rosario de Acuña, el Ateneo familiar en masa abandonó Madrid uno de los más bellos días del pasado mayo y se trasladó a Pinto. No hemos de decir la cordialísima acogida que la egregia poetisa dispensó a los expedicionarios en la linda casa de campo, que es su habitual morada; queremos sólo traducir el espíritu fraternal que en la fiesta en ella celebrada resplandeció, espíritu en que latía algo así como la esperanza cierta de un triunfo glorioso para nuestros regeneradores ideales.

No en vano lleva el Ateneo el nombre de Familiar. Una verdadera familia, en efecto, parecían las cuarenta personas congregadas, entre las que se distinguían las señoras y señoritas de Lamo [Micaela Jiménez y Regina de Lamo, madre y hermana de Carlos], de Pascual, de Ortiz y de Huelbes; el consecuente republicano Anselmo Lamo [padre de Carlos]; el distinguido profesor Carlos Salvi [ autor de un método para acordeón, que a finales del XIX abriría en Madrid un afamado comercio de fabricación y reparación de instrumentos musicales], que amenizó muchas horas del día con su habilidad [para la] música, tomando también varias vistas y grupos fotográficos el doctor Huelbes Temprado [de nombre Joaquín, este doctor en Derecho y Medicina fue una destacada figura del espiritismo español].

En la verdadera intimidad de la familia, se bailó, se recitaron y leyeron poesías, se cantaron cuantos himnos recuerdan los triunfos de la libertad en el mundo; y por último, la alegría y el aire del campo fueron poderosos motivos para que se acogiera con entusiasmo el instante de sentarse a la artística y abundante mesa dispuesta a la sombra de las floridas acacias.

A los postres fue cuando con mayor energía se acentuó el carácter de la fiesta. Inició los brindis Rosario, agradeciendo al Ateneo la deferencia de aceptar su convite y manifestando la esperanza de que esa aceptación fuese muestra de comunidad de aspiraciones. No fue necesario más. El presidente del Ateneo, Carlos [de] Lamo, se levantó, chispeante la mirada, a recoger la alusión que al Ateneo se dirigía, y con voz en que vibraba el entusiasmo de la juventud, dio gracias a la ilustre escritora por sus bondades, ofreciéndole por escudo de las armas traidoras, de las hordas retrógradas, no sólo el Ateneo, sino los corazones de todos sus socios, corazones jóvenes todos, todos entusiastas por el libre pensamiento, pues si quizás hilos plateados pudieran descubrirse en alguna cabellera, no son nieve de las ideas que cobija, sino ceniza de pujantes combustiones que aún estallan bajo su cráneo.

El vicepresidente, Morales Rojas [de nombre Luis, parece que  es persona muy allegada a Carlos de Lamo, como lo prueba que sus firmas figuran juntas y a la cabeza de varios manifiestos  que firman por entonces.] brindó por la ilustración de la mujer, como prenda segura del bien de la Humanidad, con especial mención de su madre, a quien debe el amor a la libertad, y de Rosario, que hoy sintetiza el movimiento renovador.

Sánchez Cobisa, presidente de la mesa de discusión, hizo constar que en el acta de la sesión última del Ateneo era donde podía aquilatarse el entusiasmo con que se acogió la invitación: todos los socios a porfía  ideaban obsequios en reciprocidad justísima, optando al fin por sólo un ramo de flores, el que ocupaba el centro de la mesa, para que con sus puros aromas simbolizase los puros sentimientos que le ofrecían; y terminó brindando porque la mujer del porvenir sepa inculcar en sus hijos los grandes ideales humanos.

[Siguen otras intervenciones, otros brindis]

Rosario [de] Acuña se levantó a contestar. Su fácil palabra, por la emoción velada entonces, cautivó de tal suerte al humilde cronista que suscribe, que olvidó el lápiz para batir las palmas, imposible por eso reproducir las ardientes frases en que pedía para hoy el culto de una trinidad presente y viva: libertad, mujer y juventud, para que las edades futuras puedan dedicarse al culto de otra trinidad, definitiva en el pensamiento humano, y perenne para todas las humanidades: DIOS, NATURALEZA y TRABAJO. Aceptó el cariñoso homenaje del Ateneo Familiar, considerándole muestra cierta de su decisión por todos estos ideales, y se ofreció a compartir sus lides en pro de toda idea noble y grande.

[…]

Las Dominicales del Libre Pensamiento, Madrid, 3-6-1888

67. «La herencia del Cervigón», por Javier Bueno

Rosario de Acuña tenía una casita en el Cervigón, en Asturias, frente al mar. Es posible que ella creyese que tenía una alhaja; pero pudo desengañarse cuando, puesta en el trance de hipotecar la casita, le valió bien poco dinero. Quizá sólo el montante de los réditos la mantenía piadosamente en su ilusión primera.

Luchó Rosario al final de su vida por no perder la propiedad de la casa, que de este modo fue más íntimimamente suya; porque si un tiempo había sido fruto de su menguada hacienda, era después hija de su anhelo y su voluntad. Fue pagando intereses, pero redimirla de la carga no pudo por más que lo procuró, y aquí, poir si en esta época de biografías cree alguien que merece la pena hacer la de Rosario de Acuña, voy a revelar que cuando en ciertas noches de la semana, al tocar las doce, salía Rosario por la chimenea montada en una escoba (según comprobó y escribió con toda seriedad una persona respetable y verídica) [se refiere al artículo que Manuel Álvarez Marrón publicó en el diario La Marina de La Habana en 1912 con el título «La casa del diablo»], iba a ver si el Diablo, a cambio de su alma, levantaba la hipoteca.  Pero el Diablo no es ya el de aquellos tiempos en que se le ahogaban las piaras; se ha hecho inteligente hombre de negocios, y tomó la propuesta a risa.

Por fin le llegó su hora a Rosario de Acuña; la de morirse quiero decir. Y a sus herederos, la de padecer. Malas herencias las que nos llegan de personas como Rosario; no resuelven nada y obligan a mucho. Los herederos, aunque vencida la hipoteca ya, han seguido pagando los réditos mientras ha durado la condescendencia del hipotecario, el cual ahora pide la casa. Por afán de exactitud pudiera completarse que la casa o el dinero, aunque la situación de los dueños actuales hace por completo hipotético el segundo término del dilema.

Se han puesto en campaña para impedir que la casa vaya a manos de quien no se sabe el uso que ha de hacer de ella. Quieren una verdadera ganga: seguir pagando los réditos toda la vida, tan contentos de no ver el Cervigón desviado del sentido que su poseedora hubiera querido darle. Esperemos que se alcance a más. Tal gestión lleva Regina Lamo, sobrina de Rosario, y también mujer y escritora de temple, y con tal persona, que pudiera resultar fácil alarde el decir que, si no, aun pedimos algunos en el Cervigón nuestra parte de herencia; aun creemos que puede ser presa codiciada la casita donde Rosario de Acuña vivió y escribió, por la que luchó y de la que salía, untada, en una escoba; aún no hemos olvidado que Rosario de Acuña no fue de esos buenos combatientes que por sus virtudes merecen el respeto de sus adversarios, sino de los otros, de los mejores, de los que no lo merecen.

Javier Bueno

La Voz, Madrid, 31-10-1927

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65. La casa de Rosario de Acuña: cien años en el Cervigón

En estos días, la casa que Rosario de Acuña mandara construir en el Cervigón se ha convertido en centenaria. Desde 1910 su silueta forma parte del paisaje que gijoneses y visitantes divisan cuando se asoman al balcón de la concha de San Lorenzo. Sus muros han sido testigos de las transformaciones que ha vivido la ciudad en el último siglo; en ocasiones, también protagonistas.

Todo comenzó el verano anterior: la prensa gijonesa informa a sus lectores de la presencia de Rosario de Acuña en la ciudad, así como de las gestiones que está realizando con el fin de construir una vivienda en los alrededores. En Gijón ha estado varias veces, y es el lugar ideal para pasar la última etapa de su vida: es una población pequeña, pues aun cuenta con menos habitantes que Santander; entre sus gentes se encuentran «algunos entusiastas de la razón y la libertad» que llevan tiempo insistiendo para que aquí fije su morada; y en sus alrededores se hallan rincones encantadores, donde el embravecido mar no se cansa de rugir frente a los abruptos acantilados. Será en uno de estos lugares, un tanto alejado del centro de la población, donde encuentre el terreno sobre el que edificará su morada. Se trata de una finca de cerca de dos mil quinientos metros cuadrados, que se halla a una distancia de unos cuatro o cinco kilómetros de las calles más céntricas. Después de mirar y mirar parece ser que ha encontrado un lugar que la satisface, razón por la cual se muestra decidida a pagar los cuatro mil reales que piden por él. Cuenta con un pequeño capital que, probablemente, proceda de la herencia recibida tras la reciente muerte de su madre, y parece decidida a emplearlo en la adquisición del terreno y en la construcción de su propia casa, harta ya del peregrinaje al que se ha visto obligada en los últimos años «haciendo cocinas en casi todas las casas que alquiló, y que por cierto quedaron en beneficio de las propietarias»

Mientras finalizan las obras, se instala en una céntrica pensión y se dedica a supervisar el proceso de edificación. A poco que la conozcamos, es de imaginar que las instrucciones dadas al constructor serían muy estrictas ya que sabía perfectamente lo que quería al respecto, pues no en vano se había cansado de predicarlo durante años a las demás mujeres: una casa de un solo piso, «que no sobresalga del nivel de la tierra más que 50 centímetros rellenos de piedra y de cal»; situada en un alto, con la fachada hacia el sol del mediodía; «que el sol bañe las paredes por los cuatro costados»; en el centro de la casa, una galería «que lo sea todo en la casa; mejor dicho, que sea la casa entera», con elevados techos y suelo entablado, que cobije la biblioteca, la mesa de estudio y la de la comida y en donde confluyan el resto de las estancias; las habitaciones, espaciosas y aireadas; en uno de los extremos de la galería, la cocina, «amplísima, radiante de luz, de agua, de ambiente, con bruñidos suelos y techo elevadísimo y amplia salida de humos por alta chimenea». Las paredes de la casa blancas por dentro y por fuera; las del exterior «dispuestas a la enjalbegadura de cal en cada estación; lavado purificador de las miasmas y microbios.» Y, por supuesto, un edificio anexo al principal en el que tengan cabida las estancias necesarias para los animales domésticos y de corral, así como para almacenar los aperos utilizados en el huerto y en la elaboración de los productos artesanales.

Mientras se concluye su nueva residencia, la escritora va tomando poco a poco contacto con la ciudad, ocupando de forma esporádica la tribuna de la prensa local. Si El Publicador, periódico de orientación republicana, es el primero en recoger sus palabras,  serán las páginas de El Noroeste las que elegirá para dar a conocer sus ideas y opiniones. También será en ellas donde nos enteremos de que en el verano siguiente ya se encuentra en su nueva vivienda, como bien atestigua la datación de su escrito «Una dama cristiana»: «En mi casa del Cervigón (Gijón) 1º de julio de 1910». La información acerca del lugar, inusualmente completa, parece demostrar bien a las claras su satisfacción por encontrarse en su retiro soñado.

No tendrá, sin embargo, mucho tiempo para disfrutar de «su casa», pues antes de que finalice el siguiente año tendrá que abandonarla para evitar ser detenida por la Guardia Civil tras haber sido procesada por su artículo «La jarca de la Universidad». Tras pasar dos años largos en Portugal, regresa al Cervigón más cansada, más vieja y mucho más pobre, como ella misma nos cuenta en algunos escritos (Carta a Fernando Mora, «Servando Bango en el Cervigón»…). Tanto es así que, con sesenta y tantos años, en la recta final de su vida, se ve obligada a hipotecar su recién estrenada casa para poder seguir oyendo el embravecido mar rugir a los pies del acantilado.

Así pasó sus últimos años, envueltos en toda suerte de penurias y estrecheces. Así le sorprendió la muerte, cuando aquel sábado de mayo tuvo que dejar las faenas domésticas a las que, como cada día, se estaba dedicando para rendirse al eterno descanso.

La casa de Rosario de Acuña, la del cuerpo frontal de planta baja y dos más pequeños que nacen de los hastiales del primero, la de las cinco ventanas enrejadas que miran al sudoeste y otra más que soporta los vientos del nordeste, la que «se adorna con rosales y claveles, y matas de geranios de hierro y de malva, y una planta de heliotropo mirando siempre al sol, y un peral, y tres o cuatro higueras melancólicas, y una enredadera de campanillas moradas, y una parra vieja y nudosa que se apretaba con amor a la pared…»; la casa de Rosario de Acuña, huérfana de los mimos y atenciones que le prestara su dueña, se queda al cuidado de Carlos de Lamo Jiménez, compañero un día tras otro durante los últimos cuarenta años,  y su único heredero.

Hay un problema. Carlos, licenciado en Derecho por la Universidad Central, no realiza ningún trabajo remunerado y, no lo olvidemos, tiene que hacer frente a los réditos de la casa.  Para sobrevivir no tiene otra salida que ir vendiendo poco a poco la herencia recibida. Para empezar, la biblioteca: en 1924, vende parte de los libros a la Sociedad de Cultura e Higiene de Cimadevilla. El dinero conseguido le da para ir capeando el temporal durante una temporada. A los primeros libros vendidos debieron seguir otros, y a éstos la venta de enseres y objetos familiares. En este sentido hay que mencionar que consta su participación en la IV Feria de Muestras Asturiana.  Al lado de conocidas marcas de automóviles, figura Carlos de Lamo Jiménez al frente de un stand de cuyo contenido parece no haber dudas tras la lectura de la referencia: reliquias.

Hay que sobrevivir y, además, hacer frente a las mil pesetas de la hipoteca.  Hay que buscar una solución: Regina, la hermana de Carlos, lleva un tiempo dándole vueltas a la idea de instalar en la casa del Cervigón una colonia para los hijos de los librepensadores pobres. No queda más que recabar los apoyos necesarios para llevar adelante su proyecto. Pide ayuda a Javier Bueno, quien en el diario madrileño La Voz se hace eco de su loable iniciativa; a Horacio Echevarrieta, magnate de tendencia republicana que se compromete a levantar la hipoteca; a  Marcelino Domingo, que le ofrece su colaboración:  «Rosario de Acuña lo merece todo. Su postulado de usted me parece admirable y digno de las dos. Cuente usted conmigo.»

Nada se logró. La falta de apoyo para llevar a cabo aquella empresa forzó a  Carlos a tomar la última medida que todavía estaba en su mano: la venta de la casa en la que ambos habían vivido durante los últimos años. A comienzos del año veintinueve la decisión está tomada. Durante los meses de enero, febrero y marzo se publica en la prensa local cada tres o cuatro días un anuncio de venta de la «casa de doña Rosario de Acuña», situada en El Cervigón. A pesar de que en el anuncio se apuntaba que las condiciones eran muy buenas, no debieron pensar lo mismo los posibles compradores, pues la venta no se llega a efectuar, razón por la cual al verano siguiente se confía la subasta de la finca a una notaría de la ciudad. A la segunda convocatoria, celebrada en agosto, parece que fue la vencida; y de resultas de la intervención notarial, la casa de planta baja, la casita aneja y el terreno, de unos dos mil quinientos metros cuadrados, pasaron a otras manos.

La casa, que apenas tenía veinte años cuando los nuevos propietarios la adquirieron, no debió de sufrir grandes cambios en las décadas siguientes,  pues las fotografías tomadas veinte o treinta años después concuerdan fielmente con la descripción que Mario de la Viña ha dejado publicada.

Fotografía publicada por El Comercio en marzo de 1969

46. Unas palabras de Regina de Lamo en memoria de su «excelsa ascendiente»

En una carta enviada hace unos días al diario Público,   Lidia Falcón recordaba a su abuela  Regina de Lamo y denunciaba que su figura -al igual que sucediera con Rosario de Acuña-  «ha sido silenciada por la ideología fascista que ha imperado en nuestro país».

Tiene toda la razón.  ¿Cómo puede ser posible que una mujer que «se dedicó, apasionadamente, al activismo sindical y cooperativista»,  a la lucha feminista -muy a pie de calle, al lado de las mujeres del pueblo, al estilo de Rosario de Acuña-,  a la defensa de los más desfavorecidos y a la difusión de una nueva cultura que regenerara la vieja patria sea hoy tan desconocida para la inmensa mayoría de los españoles? ¿Cómo puede ser posible que apenas sea conocido por unos pocos que esta jiennense (Úbeda, 1870), vinculada a la Federación Regional Catalana de la UGT, a la Unió de Rabassaires y a la Federación Regional de Cooperativas de Cataluña, tuvo una participación destacada en el I Congreso Nacional de Cooperativas, celebrado en Madrid en 1921; que por su iniciativa se creó  el primer banco obrero: el Banco de Crédito Popular y Cooperativo de Valencia; que, al lado de Lluís Comanys, participó activamente en la implantación dela Unión de Rabassaires; que desarrolló una amplia labor propagandística en el semanario La Tierra, en el diario El Diluvio, en la revista  Acción Cooperativista o en el periódico gijonés El Noroeste? ¿Quién se acuerda que en 1928  fue elegida   vicepresidenta del Ateneo Socialista de Barcelona o que un año más tarde era la presidenta del grupo femenino de la Agrupación Socialista de Barcelona? ¿Quién conoce su Introducción a Delirios de grandeza y lujuria de Zoilo Cuéllar Chaves (1920)?, ¿quién,  su Breviario de autoeducación cooperativista (1923)? Algunos habrá que hayan oído hablar, leído quizás, el Prólogo de Las reivindicaciones femeninas de Santiago Valenti Camp (1927).

A qué seguir. Su figura y testimonio merecen un trabajo más exhaustivo que el que aquí podemos darle. Estoy seguro que, no tardando,  llegará. Mientras eso ocurre, aquí tiene el lector interesado un escrito suyo. Se trata de la introducción a la edición que la valenciana Editorial Guerri realizó en 1938 de El padre Juan.

ASTURIAS

Liminares

Unas palabras

La reposición del drama EL PADRE JUAN, en este limitado escenario que es la revolución española (1933-1938), va signada con la voluntad inquebrantable de quien repone y esto escribe, hacia horizontes, si no imprevistos por los hombres que gobiernan la República, si soslayados, y hasta soterrados, pudiéramos decir, después de honda reflexión y análisis de los hechos que a diario nos abruman con su indiscutible elocuencia.

La cuestión clerical. He ahí el problema fundamental y base del movimiento subersivo, cuyas derivaciones no son otra cosa que coletazos, con que el muestro de las cien cabezas se defiende, atacando impíamente a los que en España intentaron desterrar «para siempre» -pobrecillos- aquellas cien cabezas con sus correspondientes piojeras de hermanos, hermanas, padres, madres y cofrades de hábitos de varios colores, largos o cortos, según la misión encomendada a toda esa serie de vividores ultra terrenos.

Pues bien, ese problema, cuya solución fue incrustada en la España republicana durante medio siglo, merced a la pluma de aquellos dos colosos del librepensamiento que fueron -y son- Rosario de Acuña y José Nakens, está sin resolver, y lo que es más alarmante, por sintomático, va tomando el aspecto de algo que me recuerda el título de aquel libro que costó la vida a José Rizal (a Rizal la vida y a España el archipiélago filipino): Noli me tangere.

Sí. No le toquéis. Es la consigna. Que si Euzkadi. Que si mano tendida. Que si pitos. Que si flautas… Total: con el artículo veintiséis de la Constitución de la República, dio el gran topetazo Alacalá Zamora, que por cierto no le impidió, ni le privó, como serenamente pensando debió privárselo e impedírselo, aquella espantá -y perdóneseme el taurinismo de la frase- el acceso a la presidencia de la República, desde la cual -¿y cómo no?-, se dedicó a pedirle bendiciones al Nuncio de S.S. y a trapichear con el clericalismo más audaz y militarizado, que tan caro nos cuesta. Con las consecuencias de todo esto, dio el topetazo del 33 y del 36 la República.

Así, pues, ya que ellos, los grandes -únicos pudiéramos decir- Rosario de Acuña y José Nakens, dejaron la palestra llamados por la muerte, yo, que los evoco constantemente; yo que veo, lamentándolo, vacío el lugar que ellos llenaron con la luz de sus vidas y el calor inmortal de sus obras, me complazco una vez más en actualizarla a ella, a mi excelsa ascendiente, Rosario de Acuña, colocándola en el sitio que aún no mereció de los que debieron tenerla como índice de su actuación política y social: en el sitio que mereció, merece y merecerá de cuantos amen y sientan la causa de la libertad humana, sincera y virilmente, sin miedos ni habilidades circunstanciales. Su sitio, mentor de la República laicodemocrática.

Ahí; y por eso va dedicada esta reposición a Asturias, porque en el limitado escenario de la Revolución española (1933-1938) -y volvemos al primer párrafo de este clavo que quiero remachar en las conciencias libres, de los pocos que tienen conciencia-, Asturias, la fuerte, la dura, la tenaz, la insumisa por antonomasia, es donde ella, Rosario de Acuña, ha podido ser adorada, comprendida y reverenciada.

Por aquellos riscos, en aquel acantilado que se mete en el mar desafiando sus furores, en aquel Cervigón, ungido por sus pasos de ploteraria voluntaria siempre encaminados al trabajo y a la solidaridad con cuantos sufrieron persecuciones y miserias, aún resuenan, seguros de pisar tierras de libertad y de justicia. Allí quedó su cuerpo: sembrado fue por los mieros de aquella cuenca que de cada carbón extraído a la tierra hacen, por su fe en la victoria definitiva, tizón luminoso, fuego sagrado, que en llamarada de aurora roja ilumina, desde 1933, todos los caminos del proletariado del mundo.

Y nada más. De clavo pasado es esto de la cuestión clerical, como signo evidente de esta guerra que nos exalta el alma. La República española parece olvidarlo, o sin olvidarlo, lo relega a término de postergación. Hace mal. Plinio el Viejo escribió con clarividencia notoria aquello de Latifundio perdere Italia.

Yo temo acertar al escribir aquí: La tolerancia con el clericalismo, única y verdaderamente peligrosa quinta columna, perderá a la República.

Valencia, 1938

Regina de Lamo

45. Carta de Lidia Falcón al diario Público

Quiero agradecer a Félix Población -de cuya opinión y criterio tengo la mejor opinión- el artículo dedicado a mi tía abuela, Rosario de Acuña. Lamentablemente no pude asistir a la presentación de sus obras en el Ateneo de Madrid, pero sí presidió el acto mi marido el presidente de la entidad, el filósofo Carlos París que me describió la emoción del acto, y la asistencia numerosa al mismo, aunque no tuviera el merecido eco en los medios de comunicación. Y ya no sé si es por Rosario de Acuña o por el Ateneo. Mi tío abuelo, Carlos del Lamo Jiménez, hermano de mi abuela Regina de Lamo -música, escritora, militante anarquista, cooperativista y feminista cuya figura también ha sido silenciada por la ideología fascista que ha imperado en nuestro país- fue su compañero sentimental en los últimos 20 años de su vida en el caserón de El Cervigón en Gijón. Mi madre Enriqueta O’Neill, pasó largas temporadas en su casa y aprendió de ella tantos conocimientos como poseía. Hago referencia a ella en mi libro Mujer y Sociedad publicado en 1969, en donde tuve que limitar el texto dada la época que vivíamos. Después, Macrino Fernández ha tenido la amabilidad de escribirme y tener una larga correspondencia con motivo de su minucioso y brillante estudio sobre Rosario [se refiere, sin duda, a Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato. Zahorí Ediciones, 2009]. De todo ello, y de más contenidos que serían largos de reproducir aquí me gustaría hablar con Félix Población. Si tuviera la amabilidad de escribirme autorizo al periódico a proporcionarle mi email. Con las más efusivas gracias por esta recuperación de la memoria perdida de nuestras mejores mujeres, reciba el testimonio de mi afecto.
Lidia Falcón