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50. Homenaje a Rosario de Acuña en Portugalete

Creo que de la lectura del artículo «Homenaje a una mujer ilustre», publicado en El Motín en el verano de 1916 y reproducido en esta bitácora semanas pasadas, bien se puede deducir la admiración que por Rosario de Acuña sentía Volney Conde-Pelayo, miembro -como entonces se dijo- de una conocida familia de Portugalete y destacado escritor «radical».

Ignoro si la amistad entre ambos ya existía con anterioridad, pero sí me consta que, al menos, la hubo desde entonces tanto con Volney como con su familia, pues sabemos que su hermano Ángel y su cuñado José Tejada pasaron unos días durante el verano de 1917 en la casa que en Gijón tenía la escritora. Visita que no sé si verían con buenos ojos las autoridades gubernativas asturianas, preocupadas como estaban ante los rumores de huelga general que corrían por entonces y que tan desagradables consecuencias habrían de depararle a la pensadora de El Cervigón, que en el mes de agosto tuvo que soportar dos registros domiciliarios.

Lo cierto es que la simpatía entre ambos debió de ser mutua pues ambos defendían puntos de vista similares, al menos en cuanto respecta a la defensa de la libertad religiosa y a su beligerancia frente al omnipotente poder que el catolicismo ostenta en España, asunto éste en el que Rosario de Acuña tiene un ya reconocido prestigio de infatigable luchadora y Volney alguna que otra escaramuza notable, como la difundida por la prensa en el otoño de 1917: debe comparecer ante el juzgado de Sestao «por no haberse descubierto al pasar el Viático», según denuncia el capellán del «patronato de obreros amarillos».

En el artículo que he citado al principio de estas líneas,  proponía Volney un homenaje a Rosario de Acuña en desagravio a todas las penalidades sufridas por la escritora en su larga lucha por la libertad. «Hay que hacerlo por dignidad». Para ello solicitaba a algunos destacados propagandistas que se pusieran manos a la obra. No pudo ser, pero él no cejó en su empeño hasta conseguirlo. Fue en Portugalete, en 1920.

Los organizadores pensaron que no había mejor manera de homenajear a la librepensadora que poniendo en escena El padre Juan, su obra emblemática, cuyas representaciones fueron prohibidas en 1891 por las autoridades gubernativas. A pesar de que la autora no pudo acudir por encontrarse delicada de salud, el público que abarrotaba el Salón Cine Ideal aclamó en repetidas ocasiones a la «ilustre anciana», según cuentan las crónicas del acto, en las cuales se anuncia que la iniciativa no termina ahí, sino que «el drama será representado nuevamente en algunos peublos de las zonas fabril y minera de Vizcaya».

Rosario de Acuña, que conoce todos los pormenores del acto de Portugalete, agradece públicamente el homenaje por medio de una carta dirigida a todos y cuantos han participado en la representación:

«A todos ustedes les mando, con esta carta, mi fraternal abrazo de afectuosa gratitud asegurándoles que lo que más que sentí al no poder asistir a la representación fue el no poder estar entre ustedes, los intérpretes del drama, guiándoles en lo que vacilaran y secundado, con mi experiencia de vieja, la hermosa actividad de sus juveniles voluntades»

Resulta lógico pensar que hiciera extensivo el agradecimiento  a Volney Conde-Pelayo, verdadero artífice del homenaje. De no haberlo hecho antes, tendría ocasión de hacerlo meses después cuando el «escritor radical»,  se trasladó a Asturias para participar en la campaña de propaganda del recién creado Partido Comunista, al que se habría incorporado tras haberse dado de baja en el P.S.O.E.,  convencido como está de que «se va apartando paulatinamente de la táctica de la lucha de clases que constituyó su brillante historia», según explica en una carta  fechada en Portugalete el 28 de mayo de 1920 y  dirigida al director de El Socialista.

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43. El donativo de la difunta, en donde se hace mención a  la suscripción abierta por el  Centro Democrático de Portugalete para  levantar en esa localidad un mausoleo en memoria de  Juan José Conde-Pelayo.

43. El donativo de la difunta

En la España del Concordato la prensa díscola, aquella «mala prensa» que estaba en el punto de mira de la jerarquía eclesiástica, tuvo que soportar todo tipo de penalidades para sobrevivir, no en vano en algunas zonas su lectura fue prohibida por los prelados del lugar con amenaza de excomunión a quienes se atrevieran a poner los ojos en tan nocivos escritos. Dos son las cabeceras que más diatribas provocan: Las Dominicales del Libre Pensamiento y El Motín. La primera no consigue superar la primera década del siglo XX; la segunda, la «irrespetuosa hoja» nacida en 1881 y que José Nakens pone en circulación cada semana, consigue resistir unos años más aunque para ello tenga que recurrir a medidas extraordinarias.

En cierta ocasión algunos periodistas, conocedores de la crítica situación económica por la que atravesaban tanto el semanario como su director, ponen en marcha una campaña de apoyo. Se trata de conseguir cien suscripciones mensuales de 25 pesetas «para inyectar un poco de oxígeno económico». Una semana después de haberse dado a conocer la iniciativa el semanario publica una relación con las donaciones recibidas y el de Rosario de Acuña, con la cantidad requerida, es el primer nombre que allí figura. Dadas las simpatías que la escritora sentía por Nakens, no habría que extrañarse por el donativo sino fuera porque la edición de El Motín en la que aparece lleva fecha de 29 de noviembre de 1924… ¡La donante lleva más de año y medio enterrada!

No era ésta la primera vez que realizaba semejante proeza. Un año antes, en la edición de El Motín correspondiente al 7 de julio de 1923, la encontramos en la relación de donantes que acuden, en su caso con diez pesetas, a la suscripción abierta por el el Centro Democrático de Portugalete para levantar en esa localidad un mausoleo en memoria de Juan José Conde-Pelayo, padre del autor del artículo «Homenaje a una mujer ilustre» publicado en esta bitácora semanas atrás.

¡Vale! Aceptemos que, aún después de muerta su memoria desate pasiones; que haya disputas ideológicas entre quienes quieren poner su nombre a una calle en Gijón y quienes no dudan en recurrir a los tribunales para que tal cosa no suceda; que algunos guarden objetos personales suyos como si fueran reliquias… Pero esto de andar realizando donaciones a estas alturas de su muerte sólo sería creíble para quienes guardaran en su casa una de aquellas hojas volanderas que afirmaban, según se cuenta en La casa del diablo, que se había visto a doña Rosario volando «montada en los riñones de un gran demonio de color verde».

Los lectores de El Motín no eran, a pesar de lo que hubieran llegado a pensar las autoridades eclesiásticas, dóciles siervos del mal que creían a pies juntillas todo lo que aparecía en las diabólicas páginas del semanario, y el señor Nakens se vio en la obligación de aclarar el asunto en el número siguiente:

«Se me pregunta cómo, habiendo muerto aquella gran mujer llamada doña Rosario de Acuña, figura la primera con 25 pesetas en la lista publicada en el número anterior de amigos que envían cantidades para ayudar a EL MOTÍN.

Voy a explicarlo por complacer a su heredero don Carlos Lamo, que las envió en la siguiente carta:

Mi querido don José:

Cuatro palabras, porque hace un frío muy grande y se me hielan las manos al escribir. Ahí van las 25 pesetas que doña Rosario le manda por la acción que le pedí de la editorial y que nadie me aceptó.

He vendido la biblioteca de doña Rosario, ¡calcule usted qué dolor!, y al recibir parte del importe le remito esos cinco duretes, que le ruego admita para ayuda de EL MOTÍN, pues no quiero ser de peor condición que los demás amigos de usted.

¡Ah! y conste en la lista que quien se las envía es doña Rosario; y nadie más que ella. No puede usted desairarla.

«Encontré tan delicada la proposición de Lamo, que prescindí de la incongruencia en que yo incurría al hacerme su cómplice fingiendo aceptar un obsequio de una muerta. No quise desaprovechar la ocasión de honrar nuevamente las columnas de EL MOTÍN estampando el nombre de aquella mujer inolvidable.»

No parece aventurado pensar que la carta de Carlo de Lamo, que explica lo sucedido en torno al donativo para El Motín, puede servirnos también para explicarnos la donación del verano anterior. No creo, sin embargo, que la misma pueda utilizarse para justificar la aparición en las páginas de El Noroeste correspondiente al primer día de noviembre de 1924 de estos versos que, bajo el título De ultratumba, aparecen firmados por Rosario de Acuña:

¡Ay! hermanitos, hermanos del alma,

no hagáis de comparsa

en tan triste farsa;

sed más bien faros de amor infinito

que alumbre el camino de tanto hermanito.

Negamos a Dios si creemos la muerte;

tened siempre en cuenta que no hay nada inerte.

Adiós hermanitos, la muerte no existe,

no hagáis de comparsas en farsa tan triste.