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Posts Tagged ‘Miguel Morayta’

72. De un banquete en el Café de Fornos y de su trascendencia

Tengo escrito que la gran transformación en la vida de Rosario de Acuña se produjo en los primeros años de su residencia en Pinto; que tras la prematura muerte de su padre, acaecida en enero de 1883, se inició para ella un tiempo de reacomodo, de cambio, de metamorfosis:

Huérfana de padre (“un alma como la suya, gemela en el amor hacia todas las lealtades”) y definitivamente separada de su marido, los meses que siguieron a aquel aciago inicio de 1883 conformaron un tiempo de gran trascendencia para nuestra protagonista, a juzgar por el brusco giro que, tiempo después, tomó su vida. Fueron aquellos meses momento de analizar las leyes que rigen el universo, de diseccionar las costumbres animales, de echar mano de la teoría darwiniana que su abuelo materno, fallecido unos meses antes, se empeñó en que conociera; de repensar las enseñanzas del Evangelio, de analizar las enseñanzas de otras religiones, de separar la paja del grano; de diseccionar el alma humana, de contemplar su bondad y de analizar las causas que la enturbian; de rememorar las primeras imágenes del pasado de la humanidad, que su padre le hizo ver cuando ella estaba casi ciega… (Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato, pág. 170).

De lo que hoy quiero hablar es del inicio del fin de esa etapa de cambio, del momento en que doña Rosario ve la luz al final del túnel en que se metió su vida tras el fallecimiento de su padre. Hay indicios suficientes para pensar que tal cosa sucede a finales del otoño de 1884 y, puestos a buscar la instantánea que reflejara ese momento no se me ocurre otra mejor que el banquete que Rosario de Acuña y Villanueva ofreció a unos distinguidos invitados en el madrileño Café de Fornos.

Veamos. El discurso que Miguel Morayta pronuncia en la apertura del curso 1884-85 desata una oleada de reacciones por parte de los sectores más conservadores, los cuales coniseran que lo dicho por el profesor en la tribuna universitaria es de todo punto irreverentey herético. La prensa confesional, liderada por El Siglo Futuro, arremete no solo contra el señor Morayta, sino también contra el Gobierno, y en especial contra el nuevo Ministro de Fomento, el otrora neocatólico y lider de la Unión Católica, Alejandro Pidal y Mon, a quien acusan de ser muy permisivo con los profesores liberales. La reacción no se hace esperar: los estudiantes universitarios se echan a la calle en defensa de la libertad de cátedra.

La nueva Rosario de Acuña hace pública su posición de apoyo tanto a Miguel Morayta como a los estudiantes. En primer lugar hace pública una carta que es ampliamente reproduciada por los periódicos madrileños, en la cual se compromete a costear la matrícula a uno de los estudiantes de la Facultad de Medicina si las autoridades acordasen la supresión de las matrículas de honor. Una semana más tarde ofrece un banquete en el Café de Fornos a una comisión de estudiantes.

Además de los estudiantes son invitados otros conocidos librepensadores, entre los cuales se encuentra el profesor Miguel Morayta y Ramón Chíes, uno de los directores de Las Dominicales del Libre Pensamiento.

A los postres, según contó la prensa, la anfitriona pronunció un brindis por la libertad y la juventud. Lo que no contaron la mayoría de los periódicos es que doña Rosario comunicó a los presentes su decisión de adherirse públicamente a la causa del librepensamiento que con tanto afán defienden Las Domincales.

Pues sí. Bien puede decirse que aquel banquete en el Café de Fornos resultó ser la presentación en sociedad de la nueva Rosario de Acuña. Jóvenes y librepensadores serán sus nuevos compañeros de viaje: apenas dos semanas después del banquete el semanario de Chíes y Lozano hace pública su carta de adhesión; no mucho más tarde es nombrada presidenta honoraria del Ateneo familiar que integran varios estudiantes universitarios, entre los que se encuentra Carlos de Lamo, un activo estudiante de Leyes con quien habrá de compartir el resto de su vida.

38. Tratando con una Infanta de España sobre el futuro de la masonería

«Como un rumor no bien definido sabía que la masonería española, al unificarse bajo una sola autoridad representada por el nobilísimo vizconde de Ros, había elevado al Protectorado a una mujer de estirpe regia; circunstancias imprevistas aprovechadas por mí con gran contentamiento me ofrecían la ocasión de conocer a esta mujer, y… ¡mis plantas temblaban y mi corazón se estremecía! Todo tu ser, pueblo masónico, iba en aquellos instantes en mi personalidad; ¡una mujer, y de estirpe regia

Con estas palabras expresaba Rosario de Acuña en el artículo Al pueblo masónico la emoción que le embargaba momentos antes de entrevistarse con esta mujer, de estirpe regia, al objeto de tratar asuntos de interés para el futuro de la masonería española. Pero, ¿quién era esa ilustre dama y qué hacía allí nuestra protagonista?

Vayamos por partes. Cuando Rosario de Acuña ingresa en la logia alicantina Constante Alona en 1886, la masonería española se encuentra dividida en varias obediencias. Pues bien, a comienzos de 1888 se intensifican los contactos en las más altas instancias masónicas para intentar conseguir la unificación de la mayor parte de las logias en una sola Obediencia. A primeros de abril, tras las conversaciones habidas entre el Gran Oriente Nacional de España que lidera Alfredo Vega, Vizconde de Ros, y el Gran Oriente de España que encabeza Miguel Morayta, se celebra una Asamblea Constituyente que tiene como resultado la unificación pretendida. La nueva obediencia, que por decisión de los reunidos mantiene la denominación de Gran Oriente Nacional de España, surge con planteamientos renovados: se dota de una estructura de funcionamiento más democrática y descentralizada, al tiempo que muestra su firme voluntad de favorecer el ingreso de las mujeres en la Orden, en prueba de lo cual nombra Protectora de la Masonería de Adopción a una Infanta de España.

En cuatro horas seguidas fueronseme presentado las aptitudes características de esta gran personalidad, y conforme mi observación iba ahondando en aquellos misterios de la entidad intelectual y moral, iba sintiendo en mi espíritu el triunfo de nuestra causa. Firmeza y talento, inteligencia y ternura, juventud y belleza; he aquí la síntesis del carácter de nuestra protectora.

¿Quien era la persona que tan buena impresión había causado en su interlocutora? Su nombre completo es del de María Olvido de Borbón y Castellví (1863- 1907), hija de Enrique de Borbón y Borbón y de Elena María Castellví y Shelly, nieta de Francisco de Paula de Borbón y biznieta de Carlos IV; por tanto, una de las primas del rey Alfonso XII.

¡Pueblo masónico! Ha llegado el instante en que tus esfuerzos en pro de la fraternidad humana se vean condensados por un espíritu capaz de conducirnos a la victoria: solo una mujer de excepcionales condiciones podría levantar sobre la gran familia el emblema del triunfo, porque solo un compuesto de energía y suavidad, ilustración y gracia, sencillez y perseverancia, puede acometer la gran empresa de tu enaltecimiento y de tu potestad.

¡Una infanta de España protectora de la masonería! No es de extrañar el entusiasmo de Rosario de Acuña; tampoco el descontento que la noticia provocó en los sectores confesionales, hasta el punto que algunos periódicos salieron al paso de la noticia negando el hecho. ¡Sólo faltaba que la masonería, organización que León XIII había situado en la vanguardia del ejército del mal, se infiltrase en la Familia Real!

El asunto no terminó ahí. Meses después fueron varios los periódicos, tanto regionales como nacionales, que se mostraban indignados con una noticia que hablaba que, por medio de María del Olvido y de Rosario de Acuña, los masones habían llegado hasta la mismísima Reina Regente:

«El Figaro, de París, publicó tres o cuatro días hace este suelto que desde el primer instante llamó la atención de varios de nuestros colegas, los cuales naturalmente se han adherido a su justa protesta:

Dando crédito a algunos periódicos españoles de oposición, la prensa católica francesa ha anunciado la aceptación, por parte de la Reina Regente, del más alto puesto de la masonería española, añadiendo que las insignias del grado 33 le había sido presentadas en el Real Palacio en presencia de D.ª María del Olvido, hermana del duque de Sevilla, D.ª Rosario de Acuña y muchas otras damas.

Claró está que, como el Figaro indica, ninguna persona inteligente ha podido dar crédito de buena fe a una patraña de tal índole, tratándose de la católica Princesa que custodia el Trono de San Fernando, en que felizmente se sienta D. Alfonso XIII; pero no por eso nos parece menos grave que con toda impunidad se puedan propalar en España especies que, además de ofender los sentimientos religiosos de la Reina, indudablemente llevan el dañado propósito de indisponer con el Trono constitucional a la gran masa de españoles que no ven en el masonismo sino una asociación condenada por el Papa»

Nota. María del Olvido de Borbón fue iniciada en 1888; en ese tiempo era una de las integrantes de la logia Amantes del Progreso de Madrid