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66. «En justa respuesta», por Regina de Lamo

Con emoción hondísima he leído la bella y fiel descripción que el Sr. De la Viña ha hecho, en dos artículos publicados en LA LIBERTAD, bajo el título «La fosa de Rosario de Acuña», de la casita solitaria del Cervigón, en que mi ilustre tía vivió y murió, y de la fosa en que sepultada yace desde el año 1923.

No son tan fieles como las descripciones panorámicas del distinguido escritor, las que dedica a recordar circunstancias tristísimas de la muerta.

Aunque ausente yo de Gijón, adonde no fui hasta transcurridos dos años y cinco meses del tránsito de mi tía, sé positivamente, por saberlo de labios de D. Alberto de Lera, que si bien fue trasladada al cementerio de Ceares a las diecisiete horas de la muerte, movido quien así lo dispuso por el único propósito de que los mineros y trabajadores de varias industrias que por ser domingo el 6 de mayo de 1923 habían podido acudir con el deseo de llevar en sus brazos el ataúd hasta depositarlo en la fosa, no regresasen a Oviedo, Turón, Mieres, Avilés, etc., etc., sin haber realizado aquel postrer homenaje a la que tanto habían amado, se la condujo al depósito del cementerio, en donde «quedó» veinticuatro horas más, que con las diecisiete apuntadas, suman «cuarenta y una», al fin de las cuales el Sr. Lera, una vez comprobados los síntomas de descomposición, tan evidentes que ya habían producido la ruptura de vasos sanguíneos del rostro, más la eclosión de un ojo, se procedió a sepultarla, en ese preciso lugar que se menciona en el artículo del Sr. De la Viña, aunque sin colocar encima ladrillo alguno ni cosa parecida, respetando su heredero universal, mi hermano D. Carlos Lamo, la voluntad de la ilustre yacente allí.

Después, manos guiadas por mejor deseo que acierto, se han permitido subrayar, sin conocimiento nuestro, el sitio, testificando el nombre innecesario allí, como lo será cualquier cosa que, muy agradecida por nosotros, declinamos, por ser contraria a la voluntad expresa y terminante de la que había de ser usufructuaria de tales honores pétreos y marmóreos.

Ni ella quería mausoleos ni nosotros podemos consentirlos. Hay demasiados pobres, hay demasiada miseria en España para pensar en honras fúnebres, buenas para los que carecieron de ellas en vida. Lo único que aceptaremos es la institución escolar de colonia veraniega instalada en aquella casita roja de Somió.

Desde el año 1928 vengo laborando por conseguirlo. Recabe el auxilio pecuniario de Horacio Echevarrieta. En la colección «Reflejos de El Motín» pueden leerse mis artículos relatando la entrevista que celebre con dicho financiero republicano. Hasta las gracias hube de darle en uno de ellos; tales fueron las seguridades verbales de que levantaría la hipoteca  —1000 pesetas— que pesaba sobre la modesta finca, con que mi tía hubo de gravarla a raíz de su regreso del destierro ocasionado por el proceso incoado a requerimiento de Acción Católica, de Barcelona.

Horacio Echevarrieta no cumplió nada de cuanto me ofreció.

Javier Bueno, requerido por mí, escribió un bello artículo en La Voz, en el cual, a más de mencionar mi nombre y mi postulado, se hacía solidario de éste, pidiendo ayuda para salvar de la usura aquella casita, en que debía esculpirse el nombre egregio de Rosario de Acuña, para recibir a los niños de los librepensadores pobres de España. No halló eco aquel hermoso trabajo de Bueno.

No me desalenté aún. Llamé a las puertas de la masonería. Invoqué mi derecho para hacerlo. Pedí ayuda económica y moral para la colonia escolar en el Cervigón. La pedía en nombre de Rosario de Acuña gra :. 32, Hipatia, y en mi propio nombre, hija de masón, caballero Rosa Cruz. Al mismo Sr. Lera, Venerable de una de las más importantes logias de Asturias, referí cuanto venía haciendo en este sentido.

Nada se logró, y eso que de todos era conocida la manifiesta parcialidad con que en tiempo de la monarquía se designaban los niños que habían de disfrutar puestos en las colonias veraniegas.

A Marcelino Domingo, en su época de revolucionario, al parecer auténtico, pedí campaña en LA LIBERTAD. Colaboraba semanalmente en ella. Año 1928. Me prometió hacerla. «Rosario de Acuña lo merece todo. Su postulado de usted me parece admirable y digno de las dos. Cuente usted conmigo.» Hasta hoy. Varias veces he intentado verle para recordarle su ofrecimiento, incumplido totalmente antes del cambio de régimen y después. Ha pasado al ministerio de Instrucción pública sin llevar su admiración a Rosario de Acuña a la Gaceta.

¿Qué más? Dolor. Asco. Cansancio.

Entre tanta decepción y amargura, la Sección de Pedagogía del Ateneo abre sus oídos y su corazón a mi solicitud de un homenaje a Rosario, como corolario a la inauguración del grupo escolar que lleva su nombre.

Se celebra el acto con toda la efusividad brillantísima que yo soñaba, consignándose en el programa que cuanto se recaudase con la reprise de «Rienzi» sería destinado por mí a la cantina escolar del grupo Rosario de Acuña.

Ahora me place hacer público que cuanto produzca el libro Rosario de Acuña en la escuela, ya en prensa, se dedicará a la readquisición de la casita roja en que pervivía siempre la magna figura de Rosario de Acuña, propósito el mío ya formulado por mí hace meses a los maestros con quienes he compartido mis actividades en la organización de los homenajes verificados.

Ahora bien, aceptando la buena voluntad del Sr. De la Viña en su llamamiento, que agradezco en su aspecto espiritual, debo rechazarlo en su aspecto económico.

Nada de suscripciones. Nada de óbolos. Nada de cantidades para honrar a Rosario de Acuña. Ella, por sí ante sí, dejó labor sobrada para mantener su nombre señero en la más alta albarrana del castillo interior que fue su gesta.

De ella sobrará para que se cumpla el postulado que me impuse.

Tendrá su colonia escolar en el Cervigón. Su alma gigante ganará la batalla después de muerta sin otra ayuda que la de la justicia de mi causa.

Regina Lamo de O´Neill

La Libertad, Madrid, 6 de mayo de 1933

62. «La fosa de Rosario de Acuña», por Mario Eduardo de la Viña

I

En Gijón, cerrando por el Este el horizonte de mar que se abarca desde su playa, hay una loma lenta y voluptuosa, toda de verdes jugosos y tierras de sembradura, crasas y sabrosas. Casi al fin de esa loma, cerca ya del acantilado fuerte y heroico, una casita de paredes morenas y tejado rojo se alza tranquila, rodeada de una cerca baja de piedra caliza. Por encima de ella, cuando sopla viento de travesía, viento del Norte, pasan las nubes blancas y gordas, como ovejas lanudas, y planean las gaviotas altas y serenas.

La casita  —tierra de siena tostada y naranja muy madura— es allí como un pedazo más, natural y vivo, de la loma donde se asienta, como un árbol, como una linde de zarzamoras y ortigas salvajes. Los habitantes de la agridulce villa del Cantábrico la ven, y la ven en cuanto se asoman al mar, y la tienen ya hecha paisaje amigo y fiel en sus ojos. Y para un extraño, para un viajero, la casita, vigía allá lejos de distancias remotas, aun siendo toda nueva para él, en cuanto que llega a sus sentidos y ellos la gustan y la gozan enteramente, conviértese de golpe en paisaje definitivo y sereno, paisaje limpio, claro y puro.

Nadie que la vea podrá después imaginarse, sin un gran desasosiego profundo, el fin de la loma sin ella. Ella es allí gracia, galanía y gentileza, adorno y remate donoso de todo lo que la rodea. Ella preside y acaba con perfección suprema la finura larga y reposada del pequeño cabo donde se levanta. Y sin ella, el perfil tibio y apacible de aquel trozo de tierra arrogante que avanza brioso mar adentro perdería su gracia y su espíritu, su valor y su emoción de esperanza y de fe inagotables.

La casita está formada por un cuerpo central de planta baja y por otros dos más pequeños que nacen de los hastiales del primero. Tiene en la fachada que da al Sudoeste cinco ventanas, todas enrejadas, y dos puertas. Y en la otra, en la que mira al Nordeste, una sola ventana, también enrejada  —ahora le han abierto otras dos—, y ninguna puerta.

Antes, delante de la casita había rosales, y claveles, y matas de geranios de hierro y de malva, y una planta de heliotropo mirando siempre hacia el sol, y un peral, y tres o cuatro higueras melancólicas, y una enredadera de campanillas moradas, y una parra vieja y nudosa que se apretaba con amor a la pared. Y todo ello estaba muy cuidado por las manos fervorosas de doña Rosario de Acuña, dueña y moradora de aquella finca diminuta y cordial.

En aquel retiro solitario la escritora vivía, apartada de todo y de todos. Al principio aquello fue una verdadera reclusión voluntaria. A la puerta de la casita había un letrero que decía: «Inútil llamar: no se recibe a nadie». Más tarde, en sus paseos por aquella costa valiente, tuvo ocasión de hablar con algunas personas que la admiraban de corazón: aldeanos sencillos, obreros modestos, y el calor y la fidelidad de sus palabras la movieron a cultivar de nuevo el trato de algunos escogidos.

Ella veía desde allí la ciudad, posada como un gran pájaro en el fondo del valle dilatado. Y más lejos, las altas chimeneas de las fábricas peinando sus cabelleras de humo cansado. El mar también era de ella, todo de ella, hasta el filo frío del horizonte, y de ella eran también, gozosamente, los barcos que pasaban por él, dejando amplios adioses geométricos en la carne profunda del agua: veleros con toda la lona extendida navegando a bolina; vapores negros y rojos con su tormenta de espuma bajo la popa confiada.

Yo la vi sólo tres veces en mi vida: mejor dicho, dos, porque la última vez iba ya camino de la negrura y del silencio eternos. Una fue en verano, en una tarde de domingo amplia y madura, en la que, volviendo con un amigo de bañarnos en una playa recogida y sola, el camino y el sol nos hicieron sentir sed muy reseca. Y como las fuentes conocidas y los casales aldeanos quedaban lejos, llamamos a la puerta de la casa de doña Rosario. Y ella misma nos salió a abrir y nos ofreció el agua ansiada en un botijo moreno de barro frío.

La segunda vez fue en invierno  —invierno largo y duro aquél—. El viento y la mar de travesía aconcharon a una goleta de dos palos sobre los bajos de la costa, en un lugar señalado en las cartas marinas con el nombre del Cervigón —el pueblo llama a aquel cabo Rosario de Acuña— Todavía recuerdo el nombre de la goleta naufragada: «Nuestra Señora del Carmen». Venía de Zumaya cargada de cemento, y al partirse el casco contra los peñascos se inundaron las bodegas y el buque quedó como una piedra. Los ramalazos del mar barrían la cubierta y allí no quedaba nada en pie. El patrón se amarró por la cintura al palo bauprés. Un marinero trepó como un loco por el trinquete hasta los más altos estayes. Murieron dos tripulantes al intentar ganar la tierra a nado. Después los demás, como la embarcación aguantó, cuando bajó la marea, se pusieron a salvo a pie.

El naufragio ocurrió por la noche, en medio de un chubasco terrible. El barco tocó roca talmente bajo la casa de doña Rosario. Y ella fue la que dio la voz de alarma, y la que organizó los primeros socorros, y la que atendió con tibiezas de madre en su propio hogar a los náufragos ateridos.

A la mañana siguiente fuimos unos cuantos estudiantes a ver el velero perdido. Ya no había nadie a bordo, y a cada golpe de mar la campana del buque sonaba tristemente. Y entonces fue cuando vi por segunda vez a doña Rosario, asomada a la ventana de su casa que se abría sobre el mar infinito.

Luego recuerdo que ella publicó unos trabajos bellísimos, en los que contaba cómo había oído los gritos de los náufragos en medio del infierno de la tempestad; ella, a todas horas sintiendo los lamentos del mar y arrullada y dormida por ellos.

Y la última vez…, la última vez fue en primavera, el 6 de mayo de 1923. Pronto hará diez años de aquello. El día anterior, doña Rosario de Acuña, asaltada violentamente por un ataque cerebral, se derrumbó vencida a las doce en punto de la noche.

Su entierro se realizó bajo una lluvia incesante, lenta y melancólica. Era domingo, y una muchedumbre espesa y silenciosa se congregó en las cercanías de la casa de la muerta. Yo recuerdo mejor esto, porque aún está todo muy amigo y muy fiel, muy limpio y muy transparente en mi memoria.

Las escasas palabras que sonaban caían temblorosas y profundas, empapadas de pena y de dolor muy grandes…El cadáver, guardado en una caja humilde, fue sacado de la casa a hombros de obreros y bajado así hasta la carretera. Allí esperaba la carroza fúnebre, toda negra, negra; pero resultó innecesaria, porque el pueblo, el pueblo auténtico, los bajos, los últimos, los que viven al día de su trabajo de todos los días, luchaban y se disputaban el honor de sentir sobre sus fuerzas el peso de aquel tesoro caído, que le había dedicado los frutos mejores de su talento y de su vida larga y penosa.

Iban también en el acompañamiento mujeres y familias enteras de labradores que vivían por aquellos contornos y sabían de las bondades y de la excelsitud ejemplar de la finada.

Encima del féretro llevaba una golondrina muerta con las alas extendidas como desmayada. Y verdaderamente como aquella avecilla parlera había sido ella, que luchó y luchó hasta su última hora por quitarnos a los hombres de la frente algo de esta pesada corona de espinas que nos hace sangrar desde que somos hombres.

El cortejo  —la reliquia al frente— se paró un momento ante el Ateneo. Y después  siguió pasando por una calle dedicada a otra mujer inolvidable  —Concepción Arenal—, camino de la tierra amorosa que ya esperaba abierta para abrazarse a su hija por siempre jamás.

Y distante, lejana, allá atrás, sola y callada sobre su punta verde y marinera, la casita miraba cómo se le iba su dueña, su madre, para no volver nunca ya. Y cuando la perdió de vista fue como si le clavasen siete puñales muy buidos en el corazón, y sintiose vacía, y helada, y muerta también.

………………………………………..

Perdonadme si, llevado por los hilos y la emoción del recuerdo, me distraje a sabiendas y me aparté voluntariamente de lo que os prometí en el título de estas palabras de hoy. Pero yo espero que lo que os conté no os habrá sido muy molesto y me disculparéis totalmente.

Y para un día cercano os hago promesa de otras cuatro cuartillas humildes, en la que os diré a todos  —y a los madrileños muy especialmente, que Rosario de Acuña es coterránea vuestra— algo que da dolor y vergüenza y que quiero que sepa España entera.

La Libertad, Madrid, 28 de abril de 1933

II

Hace unos días salí a pasear por las afueras de la ciudad con un amigo mío pintor, buen pintor y buen amigo. Era una de esas contadas tardes de sol amplio y bueno que en Asturias hay que saber aprovechar muy a tiempo. Recorrimos calles absurdas con nombres peregrinos, esas calles que circundan a toda población grandes, que no son calles ni son campo, sucias y llenas de arrugas, con racimos de chiquillos revolucionarios y muchachas frescas y sensuales asomadas a las ventanas bajas, y, al fin, nos sumergimos alborozadamente en el paisaje blando de verdes y de sienas obscuros de las tierras fecundadas. Y caminando caminando llegamos a las cercanías del cementerio, que se descolgaba por el seno de una colina pura y tranquila, y decidimos entrar en él. Ya en su aire, siempre un poco denso y emotivo, me asaltó a la memoria, no sé por qué, la figura limpia y señera de Rosario de Acuña. Y como sabía que sus restos yacían allí y nunca había visto su tumba, sentí deseos de sufrirla  —una tumba se sufre siempre—, y así se lo comuniqué a mi amigo. El no puso reparo alguno a aquello y nos encaminamos hacia la parte que antes se reservaba a los que no morían en gracia del Dios de Roma.

Antes de llegar al sitio apetecido, yo recordé, y así se lo dije a mi amigo, un soneto que había visto grabado en una losa  de mármol, y que la distancia, obscureciéndome la memoria, me hizo creer compuesto por doña Rosario para ser colocado sobre su tumba.

(Este soneto que empieza: Ya estoy contigo, madre, nuestras vidas-caminaron por sendas diferentes, es al que se refiere la escritora en su testamento cuando dice:…y cuando yo muera, póngase sobre el sepulcro de mi madre una losa de mármol con el adjunto soneto, esté o no esté mi cuerpo enterrado junto al de mi madre.)

Y en esa creencia buscamos el lugar deseado. Y claro es, nosotros nos fijábamos solamente en los túmulos amplios, sobresalientes, creyendo con lógica natural que a tan grande mujer los hombres la habían honrado en muerte, ya que por ellos, en vida, contados habían sido para ella los momentos de alegría y de tranquilidad completas.

Pero por mucha atención y cuidado que poníamos en nuestra búsqueda no acabábamos de dar con lo pretendido. Y ya empezábamos a hacer conjeturas complicadas y raras, cuando por pura casualidad, al pasar por junto a un grupo de cipreses callados, vimos en el suelo, como olvidada allí sobre la tierra lisa e igual, una pequeña, casi insignificante, loseta de mármol blanco. Y en ella leímos: «Aquí yacen los restos de doña Rosario Acuña».

Nuestro asombro no tuvo límites. Quedamos bastante tiempo como de piedra. ¿De modo que aquello era todo?… Yo no podía creer lo que estaba ante mis ojos. ¿Qué olvido, qué olvido imperdonable, o qué maldad llegando hasta lo eterno hacía que aquello fuese así, tan desoladamente así? ¿Había una mujer luchado como una heroína altísima durante toda su vida, y padecido vejámenes, y persecuciones, y destierros, y pobreza hasta la muerte por los hombres, por la redención de los bajos, de los últimos, de los humildes, para que sus huesos estuviesen abandonados, tirados, perdidos en una vulgaridad mil veces más vergonzosa que el anónimo absoluto?… ¿Y ésta, esta República real, efectiva, de hoy, por la que ella se había partido el pecho en todo momento, resistiendo, haciendo cara sin miedo y sin desmayar a los peligros, consentía aquello?

Vale más no abrir otras interrogantes. Yo sólo os diré que la realidad es así, desnudamente, crudamente, ásperamente: Que la fosa de Rosario de Acuña y la fosa de un animal cualquiera son una misma cosa. Que si a alguien le da por llevarse de allí aquel trozo miserable de mármol que hay sobre sus huesos, ya nadie podrá saber donde descansan los restos de la inolvidable mujer. Y que aquello da frío, y dolor, y vergüenza al más insensible.

*

Y ahora recobremos la serenidad e intentemos reparar con algo la gran injusticia que ha pasado, y sigue pasando aún, sobre lo que queda de la en otro tiempo esforzada escritora.

Y antes de nada voy a dar aquí de su testamento ológrafo, fechado en 20 de febrero de 1907, un párrafo interesante a este fin, y que no puedo resistir, aunque sea un poco largo, el deseo de darlo a conocer íntegro. Dice así Rosario de Acuña:

Cuando mi cuerpo dé señales inequívocas de descomposición (antes de ningún modo, pues, es aterrador ser enterrado vivo) se me enterrará sin mortaja alguna, envuelta en la sábana en que estuviese, si no muriera en cama, écheseme como esté en una sábana, el caso es que no se ande zarandeando mi cuerpo ni lavándolo y acicalándolo, lo cual es todo baladí; en la caja más humilde y barata que haya, y el coche más pobre (en el que no haya ningún signo religioso ni adornos o gualdrapas, de ninguna clase, todo esto cosa impropia de la austeridad de la muerte) se me enterrará en el cementerio civil, y si no lo hubiere donde muera, en un campo baldío, o a la orilla del mar o en el mar mismo, pero lo más lejos posible de las moradas humanas. Prohíbo terminantemente todo entierro social, toda invitación, todo anuncio, aviso o noticia ni pública ni privada, ni impresa, ni de palabra, que ponga en conocimiento de la sociedad mi fallecimiento. Que vaya una persona de confianza a entregar mi cuerpo a los sepultureros  y testificar dónde quedé enterrada. Si no se me enterrase en Santander que no se ponga en mi sepultura más que un ladrillo con un número o inicial; nada más.

Como veis, con estas palabras sencillas y humildes, Rosario de Acuña cierra el paso a todo intento de homenaje suntuoso sobre su tumba. Pero esto no debe hacernos retroceder en nuestro empeño, sino que, por el contrario, esa misma sencillez, esa misma humildad cristiana que vibra en su última voluntad es la que ha de movernos más eficazmente al logro de nuestros deseos.

Por otra parte, otras cláusulas de su testamento no han sido observadas fielmente, ya que se la enterró a las diecisiete horas de su fallecimiento, cuando aún parecía que estaba dormida, y sobre su fosa hay algo más que un número o inicial, como ella dejó ordenado. Además, un ladrillo puede ser de muchos tamaños y de muchas materias; y…, en fin, nuestra propia dignidad, y decoro, y conciencia, colocándose a la hora presente por encima de las determinaciones radicales de la muerte, no nos consienten, ni por un día más, que aquello siga así, tan frío, tan solo y tan doloroso.

Hay que hacer algo. Es necesario, es preciso hacer algo. Y algo grande y sonado, que Rosario de Acuña bien se lo ha ganado y bien se lo merece.

Lo ideal sería adquirir la casa donde murió  —la casita paisaje, tierra de siena tostada y naranja muy madura— y reunir de nuevo todos los objetos que pertenecían a la finada y que con ella estaban a la hora de la muerte, y hacer allí algo como un santuario del librepensamiento, de la constancia y del heroísmo. Pero esto, aunque económicamente pudiera llegar a ser realizado, prácticamente es algo imposible, porque el heredero universal de doña Rosario aventó en pública subasta  —la biblioteca fue vendida en 500 pesetas— todos los objetos y recuerdos, hasta los más íntimos, de la escritora.

Otra idea buena para llevarla a la realidad sería ampliar aquel pequeño edificio e instalar allí un grupo escolar de verano, que llevase su nombre. O elevar un obelisco, alto, sereno y firme  —como su vida— en la punta brava de aquel cabo valiente que tanto supo de ella.

Todo esto sin perjuicio de que su fosa, la fosa de Rosario de Acuña, se adecente y deje de ser como la del último animal.

Pero perdón; llevado de mi celo estoy ya dando ideas, y esto, esta labor, debe quedar reservada para otros mejores que yo.

Lo único que me queda por hacer ya es llamar, y llamar muy reciamente, a la puerta de Madrid, a la puerta de España. Llamar para que la autora de Tiempo perdido, de Rienzi el tribuno, y sobre todo la mujer de carne y hueso, la Rosario de Acuña auténtica, la de los artículos, la de los gestos, la que celebró en un soneto el alzamiento de Villacampa, la buena y la indomable, la humilde con los humildes y la poderosa con los poderosos, la alta, la serena, la pura y la heroica, sea honrada y levantada hasta el cenit como es de justicia. Y mi llamada la hago a todos, a todas las conciencias. A los escritores, a los políticos, al Estado, al pueblo, a este pueblo de hoy que camina derecho hacia su redención, y que en los momentos de dolor, y de ignominia, y de cansancio, halló mano amiga, cabeza firma, pecho caliente y defensa fiel en la persona siempre fiel de Rosario de Acuña.

Y mi llamada, mi voz, queda aquí en pie impaciente esperando.

Mario Eduardo de la Viña

Gijón, abril, 1933

La Libertad, Madrid, 2 de mayo de 1933