Archivo

Posts Tagged ‘Íñigo Sánchez Lama’

88. «Rasguño psicológico»

Cuando se encuentra uno al frente de las obras de Rosario de Acuña, el ánimo formula sin quererlo, espontánea e intuitivamente, esta pregunta: ¿Dónde ha aprendido esta mujer todo lo que sabe, quién se lo ha enseñado? Porque la verdad es que cuesta trabajo figurarse a Rosario de Acuña como producto de la educación moral y literario-científica que entre nosotros disfruta la mitad débil de nuestra especie. Ni se trata sólo de que nuestra escritora publique versos más o menos brillantes y armoniosos, ni que con facilidad pasmosa imite —como ella dice— a Campoamor, forjando en Morirse a tiempo una joya que en nada deslustraría al ser con ellas engarzada, las más primorosas y artísticas del maestro, ni siquiera que escriba la prosa española con un desenfado, una facilidad y una precisión que sorprenden a los que estamos canos de luchar contra las rebeldías del estilo. En una tierra como la nuestra –donde la fantasía y la facultad de asimilación alcanzan niveles tan altos- no nos sorprende el ver producirse éste y otros fenómenos aún más peregrinos; lo que realmente suspende el ánimo y engendra en él la más legítima y científica curiosidad, es la manera como Rosario de Acuña discurre, es el nervio poderoso de su raciocinio, la lucidez de su entendimiento, la profundidad de sus ideas, lo raro, levantado y filosófico de sus dudas, intuiciones y presentimientos.

Tres dramas [Rienzi el Tribuno, 1876; Amor a la patria, 1877; Tribunales de venganza, 1880], un pequeño poema [Morirse a tiempo, 1879], un tomo de poesías [Ecos del alma, 1876,]  y otro volumen de artículos en prosa, le habían dado derecho para ocupar en el mundo de nuestra literatura el lugar eminentemente reservado al verdadero talento y a los méritos visibles y reconocidos. Sin con Rienzi el tribuno había salido de la oscuridad, cual astro luminoso que rompe, en un momento afortunado, la oscuridad que le envolviera, Amor a la patria  y Tribunales de venganza demostraron la persistencia en su entendimiento de la valiente inspiración que en su primer drama se advirtiera, anunciando para lo futuro triunfos no menos legítimos y merecimientos cada día menos controvertidos. Su representación de poetisa logró afirmarse en breve plazo; su crédito en la esfera literaria hizo grandes progresos en sus artículos sobre “La influencia de la vida del campo en la familia”, y otros bosquejos tan notables por el fondo, como bellos por la forma. Y esta reputación ganada ante la opinión pública en honroso certamen, nada debía, por lo mismo, a la complaciente y funesta facilidad de la gacetilla.

Rosario de Acuña vive como siempre ha vivido, distante de todo bullicio, de toda liviandad y ligereza, de todo lo que presuponga asechanza o complot contra la sencillez ingenua y nativa de la vida de familia y de la contemplación de la naturaleza.

Diríase que Rosario de Acuña existe, no para la sociedad, sino para el hogar doméstico; no para el artificio de la civilización, donde las luces se confunden con las sombras, sino para ese eminente esplendor que se llama infinito en el universo e infinito en el espíritu. O mucho nos engañamos, o su alma, joven por los años, anciana por la experiencia, sufre una dolencia incurable: leyendo a Rosario, creemos adivinar que padece de la nostalgia de lo ideal.

En sus poesías nos parece presentirlo, en su prosa pensamos haberlo descubierto. La siesta,  último libro suyo, a excepción de unas cuantas páginas que huelgan en ese admirable ramillete, no es más que el quejido prolongado y sonoro de una alma enferma (…). Su pensamiento está en conflicto permanente con la realidad finita. Hay en Rosario algo parecido a una fiebre permanente de lo desconocido. La agudeza de sus sentidos dice lo extraordinario de su sensibilidad. Donde el común nada ve, ella descubre espectáculos a cual más atractivos e inocentes.

(…)

En todas estas páginas, el fondo es lo primero: Rosario piensa con una lucidez e intensidad pasmosas. Por eso nos hemos preguntado al concluir de leer su Siesta: ¿Dónde ha aprendido esta mujer todo lo que sabe? ¿
Quién la ha iniciado en las amarguras de la reflexión filosófica? ¿Cómo ha llegado ella, que ante todo sentimiento debía adherirse a la realidad, a vivir enamorada del vacío?

Éste es el problema psicológico que nosotros hemos planteado al pretender juzgar, como críticos, sus artículos: con ser bellos como arte estos bocetos, valen más como ideas. En Rosario, lo superior es la pensadora (…) En nuestro juicio, Rosario de Acuña es una naturaleza melancólica (…). El entendimiento de Rosario podría calificarse de intuitivo. Es de aquellos que se rehacen sobre sus mismas fuerzas y que al salir fuera –en forma de ideas- rompen toda vulgaridad y se transfiguran en diáfanas espirales que suben hacia lo alto.

No conocemos personalmente a la autora del Rienzi; pero se nos figura que debe ser sencilla, modesta, llana, casera, en una palabra, como Fernán Caballero, a quien tratamos por tiempo y con sincera amistad. Quien (…) tiene pensamientos tan exactos y justos sobre los deberes de la mujer para con la prole (…) es una criatura que sin quererlo, por determinación misteriosas y virtual de su organismo, siente y descifra, sin ahogo, los más arduos problemas del alma humana.

No sabríamos decir de plano dónde encontramos más alto precio, si en el género literario subjetivo o en el objetivo. Mirad el segundo arte, se relaciona con el gusto, la tradición literaria y la complexión social; es, ante todo y sobre todo, producto de relaciones convencionales; el primero, en cambio, aspira a lo permanente y a lo general, por no decir absoluto; el del dominio del sentimiento puro en consorcio con la razón, dueña de sí misma, agitándose, moviéndose apartada de toda acepción de persona, cosa o tiempo.

Toda manifestación subjetiva tiene algo de revelación. ¿Revelación de qué? De lo infinito. Entre lo subjetivo y lo inmenso está siempre tendido el puente de lo ideal, por donde caminan con paso seguro las almas melancólicas, únicas que no experimentan vértigos en esas alturas inconmensurables. Rosario de Acuña siente una propensión inconmensurable hacia lo alto, donde se le revela lo eterno.

(…)

La muerte y la vida son primeras relaciones: lo permanente y absoluto es la eternidad sin límites. Si nuestra escritora no tiene la certidumbre de su realidad, tiene la intuición, y esto le basta para sobreponerse a cuanto le rodea, y a vivir con una diafanidad de conciencia y de espíritu que debe ser verdaderamente inefable y beatífica.

(…)

En suma, La siesta no es más que una colección de artículos más o menos bellos, más o menos ingeniosos y bien escritos. Es una autobiografía, es la puerta para entrar en el sagrado recinto, en el santuario de un alma que alienta en la comunión de las cosas grandiosas. Es un conjunto al parecer incoherente, y que no obstante, ata el nexo admirable de la unidad intelectual. Empieza el libro con un quejido del pensamiento que se siente aislado en medio de la muchedumbre.

(…)

Nos parece escuchar a Goethe pidiendo ¡luz, más luz!

Éste era otro melancólico

Un académico[1]

El Correo de la Moda, 10-1-1883


[1] Iñigo Sánchez Lama en su Antología de la prensa periódica isabelina escrita por mujeres (1843-1894)  apunta la posibilidad de que el autor del artículo pudiera ser Juan Pedro Criado, colaborador de El Correo de la Moda,  miembro de varias sociedades científicas y literarias, y autor, años después, del  ensayo Escritoras españolas (1889).

76. A Pilar Sinués le resulta antipática

Pilar Sinués de Marco (Zaragoza, 1835- Madrid, 1893) es una de las escritoras más conocidas de la época isabelina, no tanto por sus novelas (Rosa, escrita con tan sólo 16 años,  Mis vigilias…) o  sus cuentos morales (La ley de Dios, La ley de la lámpara…), como  por su actividad periodística que llega a su apogeo con la fundación de El Ángel del hogar, revista que dirigirá desde 1864 a 1869.

Aunque algunos investigadores han encontrado ciertas similitudes entre Pilar Sinués y Rosario de Acuña,   hasta el punto de integrarlas en un mismo grupo o «generación» junto a Ángela Grassi, Faustina Sáez o Concepción Gimeno (véase Antología de la prensa periódica isabelina escrita por mujeres (1843-1894) de Íñigo Sánchez Lama) creo que tales  semejanzas quedan muy desdibujadas a partir de la segunda mitad de los ochenta, cuando doña Rosario decide renunciar a las mieles literarias para convertirse en una activa propagandista del librepensamiento. A partir de ese momento, las diferencias entre ambas se hacen bien evidentes. Sirva como prueba la opinión que a Pilar Sinúes le merece la trayectoria de su colega momentos después del estreno  de El padre Juan:

«La señora doña Rosario de Acuña, que ha dado gallardas muestras de su talento en su magnífico drama Rienzi el tribuno, en sus artículos En el campo y en otros varios trabajos, demuestra hace años un extravío mental originado sin duda por las ideas libre pensadoras que en hora fatal para ella han penetrado en su cerebro: es asidua colaboradora del periódico Las Dominicales del Libre Pensamiento, cuyas páginas apenas lee nadie: es el peor camino que esta señora, de indiscutible talento,  pudiera elegir para andar decorosamente en el mundo literario, penosísimo siempre para la mujer: ésta puede ser libre-pensadora, porque nadie ha puesto límites al pensamiento, pero no puede ser libre-escritora ni aun libre-habladora, a no ser que quiera exponerse a las censuras de toda una sociedad, que estará constituida falsa e hipócritamente, pero que exige en absoluto a la mujer la apariencia siquiera de su primera y más encantadora virtud: la modestia.

Es siempre antipática la mujer irreligiosa, la que descuida sus virtudes de cristiana, pero la que hace alarde de despreciarlas sale de su esfera y queda aislada en medio  de la sociedad que la rodea y que le vuelve la espalda con horror.

¡Que lástima que una inteligencia tan hermosa se haya extraviado así!, ¡qué bellas y buenas obras  podía haber producido!, ¡cuánto bien para su sexo deja de hacer!

Confiamos en que un día se apartará de vanas utopías que sólo dejan vacío y desolación en el alma; todo un Voltaire ¿no dijo antes de morir que “si no hubiera Dios debería inventarse”?

Las Dominicales del Libre Pensamiento, Madrid, 20-6-1891

(Copiado de un periódico de La Habana donde fue publicado el 28 de abril)

42. Un paso adelante: Proyecto Ensayo Hispánico

Si, como se dice en el prólogo de este blog o bitácora, a finales de los sesenta del pasado siglo pocos eran los que podían decir cosa alguna de Rosario de Acuña y Villanueva, ahora podemos afirmar que, gracias al trabajo de unos cuantos (Patricio Adúriz, Javier Ramos, Amaro del Rosal, Mauro Muñiz, Sara Suárez Solís, Luciano Castañón, José Bolado, Pedro Álvarez Lázaro, José Ramón Saíz Viadero, Matilde Camús, Daniel Palacio, María del Carmen Simón Palmer, Elvira María Pérez-Manso, María Teresa Álvarez, María de los Ángeles Ayala, María José Lacalzada, Íñigo Sánchez Lama, Christine Arkinstall, Luis Roda, Antonio Pineda Cachero, Aquilino González Neira, Marta Fernández Morales, Esther Zaplana o Macrino Fernández Riera, autor de estas líneas, de cuyos trabajos se da cuenta en la bibliografía) las cosas han empezado a cambiar y la vida y obra de doña Rosario empieza a ser conocida, como lo prueban los centenares de visitas que cada mes recibe tanto la página «Rosario de Acuña. Vida y obra» como este mismo blog.

Pero el proceso de divulgación de la vida y obra de la ilustre pensadora no se termina aquí. En el día de hoy se da un paso adelante con su incorporación al Proyecto Ensayo Hispánico, ambiciosa y estimulante iniciativa puesta en marcha en 1997 por José Luis Gómez Martínez, profesor emérito de Ensayo Hispánico en el Departamento de Lenguas Románicas en la Universidad de Georgia, con el objetivo de difundir la cultura hispánica.

Desde este momento la entrada Acuña y Villanueva, Rosario de comparte espacio con destacados ensayistas hispánicos de la talla de José Martí, Ortega y Gasset, Octavio Paz, Simón Bolivar o Emilio Castelar.