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82. «Romanticismo y postivismo», por Ignacio Rodríguez Abarrátegui

Admirable señora [1]: He tenido el honor de leer el artículo que en El Noroeste de esa ciudad dedica usted a don Luis Barroca, don Andrés Corsino y demás tripulantes del vapor Felisa, y su lectura me ha producido el mismo efecto que me producían los que escribía in illo tempore, cuando todavía la nieve de los años no empezaba como ahora a blanquear mi cabeza.

Por su espíritu no pasan los años abrumándole con las decepciones ni en él parecen causar mella los desengaños, a juzgar por la virilidad de su estilo vibrante fustigando a la canija generación actual falta de ideales, sin energías para volver por los fueros de la razón y del derecho, postrada vilmente ante el becerro de oro, al que rinde culto de mil formas diversas, arrastrándose penosamente para vivir con vilipendio.

No por referirse a mi humilde personalidad me ha sido grato su artículo solamente, sino porque en él ensalza usted el acto altruista de un grupo de hombres que, alejados la mayor parte del tiempo de una sociedad utilitarista, respirando el aire puro del mar, viviendo entre el abismo líquido y el estéreo del infinito, son, como la mayor parte de los que pasan sus días recorriendo la inmensidad de la llanura azul, mucho mejores que los que viven absorbiendo el aire emponzoñado de las grandes ciudades.

Dice usted que mi alma, según el vocabulario de superhombres que hoy se estila, es romántica: no sé lo que será; pero sí es enemiga de la falsedad, de la mentira convencional, de la injusticia dorada con la micácea legalidad, de todo lo que deprime al hombre y disfraza bestiales pasiones con la carátula religiosa, política y social.

Si esto es romanticismo, romántica es también su alma de usted, señora doña Rosario, sin que ese romanticismo haya logrado deshacer ni las virtudes ni los desengaños.

Mas no nos quejemos de ser así; no lamentemos este nuestro quijotesco modo de pensar y de obrar, persuadidos de que con lo que el vulgo califica de extravagancias nuestras contribuimos, aunque poco, a que ese vulgo se dignifique, ayudándole a desembarazarse paulatinamente de las atávicas cadenas que aún le aherrojan a un pasado de tinieblas y horrores.

Verdad es que estas extravagancias, si bien nos producen placer dedicando a ellas todas las energías de nuestra alma, agotando la ternura de nuestro corazón, también nos proporcionan algunos  disgustos, crueles dolores y a veces la duda atormenta nuestro espíritu sumiéndolo en mortal abatimiento.

Nos consuela una cosa: considera que la Humanidad fue sobre poco más o menos siempre así: un conglomerado de soñadores y de vividores, de Quijotes y de Panzas; pero en las páginas de la Historia vemos brillar a través de los siglos y como faros de las almas los nombres de los grandes románticos. Los de los positivistas no aparecen o sólo sirven para ser execrados.

Sócrates con su romanticismo es algo más superior que el negociante Anito; Jesús, soñador de la fraternidad, poeta del amor humano, es una figura superior con su túnica remendada que todos los pontífices romanos con sus túnicas y tiaras cuajadas de pedrería; Espartaco, medio muerto de hambre, es superior a Trimasción, borracho, y a Calígula, con el vientre repleto; Giordano, elevándose con el humo de la pira que consumió su cuerpo hacia los mundos del espacio, eclipsó la fastuosidad de los cerdos amarrados a la ridícula ciencia del Vaticano; los románticos de la inmensa revolución francesa transformaron las leyes anacrónicas del mundo, derrotando a los tiranos de Europa en los campos de batalla; en cambio, ¿qué hicieron y hacen los supers del positivismo de todos los tiempos?

El romanticismo en literatura, en ciencia, en política, en filosofía y en religión, fue, es y será la palanca que remueve las generaciones lanzándolas a la conquista de nuevos ideales en todos los órdenes de la vida.

Por escasez de  ese romanticismo en España vivimos como los sapos entre el cieno de una laguna infecta,  sin observarse entre la generación actual aquellos actos de admirable valor, aquellos arranques de dignidad, aquellos heroísmos sublimes de otros tiempos.

Bendigamos, pues, nuestro romanticismo.

Sin él, no nos elevaríamos sobre el nivel general en que vegetan tantos fariseos de bonete, corona o gorro frigio, tanto farsante como engaña al pueblo con su charlatanería, tanto bribón de todo género y toda laya, tanto charlatán y tanto escribidor bilingüe, tanto pillo y tanto tonto.

Terminaré, señora mía, con una pequeña aclaración.

Si los neos me han procesado, me han encarcelado, me han sentenciado a presidio y no sé como no me han matado, no han hecho más que cumplir con un principio de la ley natural de conservación.

Han estado en su derecho, no les censuro por ello; pero sí han llenado mi corazón de amargura algunos señores charlatanes del republicanismo positivista queridísimos amigos y correligionarios que me abandonaron en mi naufragio.

Le admira y considera su más atento servidor

I. Rodríguez Abarrátegui

Garrucha, Almería, mayo 1911


[1] Ignacio Rodríguez Abarrátegui fue un conocido activista del librepensamiento, lo cual—al igual que les sucediera a tantos otros— le ocasionó más de un contratiempo. En una de éstas, viéndose obligado a mudarse a tierras almerienses, se embarcó en el vapor Felisa. Tuvo la suerte de que los miembros de la tripulación  —asturianos, por más señas— fueran lectores asiduos de El Motín, periódico donde el señor Abarrategui solía publicar sus escritos. Todo fueron atenciones durante los cuatro días de travesía, y así lo contó la agradecida pluma de don Ignacio en un artículo titulado «De Cádiz a Garrucha» que fue publicado en la edición de El Motin de 30 de marzo de 1911. Al enterarse Rosario de Acuña del ejemplar comportamiento de los marineros,  y sabiendo que éstos eran gijoneses, conciudadanos suyos, no duda en hacer públicas alabanzas de «la noble y piadosa acogida» dispensada a su correligionario.

80. «A la memoria de la gran pensadora Rosario de Acuña», por Amalia Carvia

Las mujeres españolas emancipadas de la rutina religiosa están de duelo. Ha muerto la gran mujer que un día enarboló en el baluarte del libre examen la hermosa bandera del más sagrado de los derechos, llamando a agruparse bajo ella a las conciencias femeninas.

Natural es que nosotras, las que fuimos despertadas por su elocuente voz del sueño de la inconsciencia, nos lamentemos hoy de tan sensible pérdida; porque Rosario de Acuña era una estrella luminosa en el brumoso cielo de la conciencia nacional y a sus fulgores pudieron distinguir muchas almas el recto camino que lleva a la verdad y la razón. Aquellos sus artículos publicados en Las Dominicales, que hicieron célebre su magistral pluma, serán siempre recordados por todos los amantes de los fueros del pensamiento humano.

La pluma de la señora de Acuña fue una formidable piqueta golpeando sin descanso en el vetusto alcázar de la tradición. La admirable pensadora con lógica contundente arremetía contra todos los absurdos del dogma católico, pero entre las filigranas de su inimitable y valiente estilo, asomaban los tiernos y exquisitos sentimientos de su elevado espíritu verdaderamente religioso. Y por esto, su resonante voz vibraba fuertemente en las almas femeninas, penetrando hasta el fondo de las más místicas y piadosas, que abandonaban resueltas el culto del altar católico por el culto más alto de la victoriosa razón.

Así era de ver el inmenso número de adhesiones que llegaban a manos de la famosa propagandista, firmadas por mujeres españolas. Fue una explosión de entusiasmo que la reacción se encargó prontamente de apagar; pero no hay duda que los corazones de todas aquellas mujeres quedaron grabadas con indeleble sello.

Podrían las fuertes influencias del ambiente jesuítico cambiar las manifestaciones exteriores de esas mujeres, pero sus almas seguirán siendo libres, y al imprimir sus sanos besos de madre sobre las frentes de sus hijos, lo harán sin las estupideces del ciego fanatismo.

Rosario de Acuña habrá muerto quizá con el pensamiento entristecido ante la perspectiva de una España esclava de los hijos de Loyola; mas ya su valiente espíritu, desde las altas regiones donde mora, percibirá que su labor no ha sido perdida, que su siembra fructificará rápidamente cuando las circunstancias porque hoy atraviesa nuestro país desaparezcan, y el suelo, libre del cieno que lo cubre pueda dejar brotar todo lo que ha sido sembrado.

Hasta sus últimos años, la pluma férrea de la escritora de alma inquebrantable ha fustigado sin parar las mentiras e hipocresías que inficionan el ambiente patrio, asombrándonos que en su avanzada edad conservara tan perfectamente los ímpetus juveniles, la gallardía y donosura de sus mejores años. Y es ello la prueba más evidente de que tan admirables atributos no tienen su asiento en el organismo material, que residen en el espíritu, decidido a cumplir su destino en la tierra, a pesar de todos los obstáculos que el mundo ponga a su paso.

El alma de Rosario de Acuña, abierta siempre a los efluvios del espacio, tenía la conciencia de su misión, ya hoy cumplida; que ella nos fortifique en las luchas de la vida por la liberación humana; que ella, que hasta última hora ha persistido en la creencia en ulteriores fines, siga desde el infinito prestándonos las energías potentes de su ser, para continuar esa labor de los siglos de separar la verdad del error, de combatir las imposiciones del fanatismo que entenebrecen la existencia del hombre, a pesar de sus esfuerzos por acabar con un mal tan antiguo.

Bendigamos la memoria de la valiente mujer que pasó la vida aprovechando todas las horas de ella en una titánica empresa, cual es la de levantar esa espantosa mole que pesa sobre el pensamiento humano.

Valencia, mayo, 1923

Amalia Carvia

71. De curas y beatas

Algunos se sorprenden cuando afirmo que Rosario de Acuña fue una persona de hondas creencias religiosas. Y no es de extrañar que tal cosa suceda: se hacen eco de sonoras etiquetas que, sin sitio para los matices, han terminado prendiendo en algún lugar nebuloso del acervo colectivo donde parece que no está muy claro que siendo anticlerical se pueda ser hondamente creyente. Y si esto sucede ahora, qué no pasaría en aquella España del Concordato, cuando la prelatura contaba con tantos acólitos, misarios y rapavelas que pocos había que pudieran sustraerse al control de los más próximos. Si quien leyera El Motín, Las Dominicales corría el riesgo de ser fulminantemente excomulgado ¿cómo no habría de ser llamada atea quien  habitualmente colaboraba en ambos periódicos? Habida cuenta de la maldad que se escondía en aquellas y otras páginas similares, ¿iba alguien a leer algunos de sus escritos por más que en ellos se rindiera homenaje al Creador de la esplendorosa Naturaleza?

Sí; la religiosidad de Rosario de Acuña es tan palpable como su anticlericalismo. Para obtener una muestra de la primera basta leer Desde la cumbre, Sobre la hoja de un árbol, La verdad inmanente de las religiones positivas, o  Nuestro ateísmo; para conocer las razones del segundo, nada mejor que adentrarse con curiosidad en los textos de su serie de artículos  Ateos o leer el soneto La beata, que se reproduce a continaución:

Por dentro sin piedad, como la hiena;

ni un destello de amor su pecho tiene;

por fuera, ¡con qué maña se previene!

para lograr la estimación ajena.

Miel derraman sus labios mientras,  llena

de odio y de envidia pérfida,  se aviene

a toda acción villana, si conviene

con las horas del triduo o la novena.

—-
Donde quiera que exista, hiere o mata;

la ignorancia en su mente forma nido;

lleva siempre los vicios de rebata,

—-
y el corazón por la soberbia henchido.

¡Dios! ¿Qué Dios, es el dios de la beata.

Pan rezado y nombrado y tan… vendido?

La Dinamita Béjar,  19-7-1903

70. «Doña Rosario de Acuña», por José Nakens

Ha muerto esta señora; señora en todas las nobles y elevadas acepciones de la palabra. El sábado 5 del corriente dejó de latir aquel corazón que tanto amó a los humildes.

Por Gijón y por toda España cundió la noticia, arrancando expresiones de pesar.

El entierro fue civil, concurriendo a él gentes de todas las clases sociales, especialmente de la obrera.

La carroza fúnebre no pudo utilizarse, porque el pueblo quiso conducir a hombros el féretro para demostrar de este modo su cariño a la muerta.

Como literata, pues lo era a gran altura, cultivó Rosario de Acuña el verso y la prosa, alternando en lo dramático, en el poema y en el periodismo.

En 1876 estrenó el drama en verso Rienzi el tribuno, que obtuvo un triunfo enorme. El público pidió, entusiasmado, la presencia del autor, y cuando se oyó el nombre de la poetisa, se reprodujo la sorpresa, pues contaba a la sazón veinticinco años. La crítica acogió tan favorablemente la obra, que los más salientes escritores decidieron dedicarle un álbum, homenaje que ella rechazó.

Escribió dramas, Tribunales de venganza, El padre Juan y Amor a la patria; libros como La siesta y Tiempo perdido; y poemas como En las orillas del mar y Ecos del alma.

Colaboró en Las Dominicales del Libre Pensamiento, de Madrid; El Diluvio, de Barcelona; El Pueblo de Valencia; El Noroeste, de Gijón, y El Motín.

Su pluma era entera; su inspiración, fácil; su corrección, exquisita. En los versos transcritos en otro lugar[1], pueden observarse estas cualidades. Rosario de Acuña sufrió persecuciones sin cuento por sus ideas.

Cuando estrenó con gran éxito El padre Juan en abril de 1891 en el teatro de la Alhambra, prohibieron su representación al quinto día [en realidad fue la misma noche del estreno], por su marcada tendencia racionalista.

En un periódico de Barcelona emitió juicios sobre la juventud y las costumbres de la época [se refiere a La jarca de la Universidad], que promovieron un revuelo grandísimo y el procesamiento de la autora, que viose obligada a refugiarse en Portugal, tierra hermana que ella conocía y amaba. Cuando volvió a España, se refugió en su casa de las cercanías de Gijón, edificada sobre un promontorio.

El año 17, cuando la huelga general, fue molestada con registros y amenazas. Los soldados creían comprobar en casa de la escritora denuncias anónimas que hablaban de armas y explosivos ocultos. La intervención de Castrovido puso fin a tan deplorables episodios.

Aunque hizo todo el bien que puso se la acosaba hasta en su retiro y, pobre y anciana tuvo que soportar la barbarie de ciertas gentes que azuzadas por clericales estimuladores de la ignorancia y la superstición, tildábanla de bruja y nigromántica. Llagó a publicarse en periódicos la afirmación de que Rosario de Acuña había encantado a varias personas y teníalas en su casa convertidas en bestias. Y también se dijo en un artículo firmado, que en noches de tormenta volaba la escritora montada sobre los riñones de un demonio verde [Véase La casa del diablo]. Todo con la sana intención de excitar el fanatismo de la gente aldeana que pudo ocasionar cualquier salvajismo.

Diatribas, calumnias, persecuciones. A todo, y también a la miseria, supo resistir la noble señora que acaba de morir.

No hizo daño a nadie y empleó su pluma, su palabra y sus escasos medios pecuniarios en auxiliar a los caídos, a los pobres, a los ignorantes. Pudo medrar haciendo la corte a los poderosos y prefirió defender a los que no lo eran. Este es su más cumplido elogio.

Yo, que la admiraba, he sentido mucho su muerte.

El Motín, Madrid, 12-5-1923


[1] En la misma página se publican «A mi madre» y «Más allá de la muerte».

43. El donativo de la difunta

En la España del Concordato la prensa díscola, aquella «mala prensa» que estaba en el punto de mira de la jerarquía eclesiástica, tuvo que soportar todo tipo de penalidades para sobrevivir, no en vano en algunas zonas su lectura fue prohibida por los prelados del lugar con amenaza de excomunión a quienes se atrevieran a poner los ojos en tan nocivos escritos. Dos son las cabeceras que más diatribas provocan: Las Dominicales del Libre Pensamiento y El Motín. La primera no consigue superar la primera década del siglo XX; la segunda, la «irrespetuosa hoja» nacida en 1881 y que José Nakens pone en circulación cada semana, consigue resistir unos años más aunque para ello tenga que recurrir a medidas extraordinarias.

En cierta ocasión algunos periodistas, conocedores de la crítica situación económica por la que atravesaban tanto el semanario como su director, ponen en marcha una campaña de apoyo. Se trata de conseguir cien suscripciones mensuales de 25 pesetas «para inyectar un poco de oxígeno económico». Una semana después de haberse dado a conocer la iniciativa el semanario publica una relación con las donaciones recibidas y el de Rosario de Acuña, con la cantidad requerida, es el primer nombre que allí figura. Dadas las simpatías que la escritora sentía por Nakens, no habría que extrañarse por el donativo sino fuera porque la edición de El Motín en la que aparece lleva fecha de 29 de noviembre de 1924… ¡La donante lleva más de año y medio enterrada!

No era ésta la primera vez que realizaba semejante proeza. Un año antes, en la edición de El Motín correspondiente al 7 de julio de 1923, la encontramos en la relación de donantes que acuden, en su caso con diez pesetas, a la suscripción abierta por el el Centro Democrático de Portugalete para levantar en esa localidad un mausoleo en memoria de Juan José Conde-Pelayo, padre del autor del artículo «Homenaje a una mujer ilustre» publicado en esta bitácora semanas atrás.

¡Vale! Aceptemos que, aún después de muerta su memoria desate pasiones; que haya disputas ideológicas entre quienes quieren poner su nombre a una calle en Gijón y quienes no dudan en recurrir a los tribunales para que tal cosa no suceda; que algunos guarden objetos personales suyos como si fueran reliquias… Pero esto de andar realizando donaciones a estas alturas de su muerte sólo sería creíble para quienes guardaran en su casa una de aquellas hojas volanderas que afirmaban, según se cuenta en La casa del diablo, que se había visto a doña Rosario volando «montada en los riñones de un gran demonio de color verde».

Los lectores de El Motín no eran, a pesar de lo que hubieran llegado a pensar las autoridades eclesiásticas, dóciles siervos del mal que creían a pies juntillas todo lo que aparecía en las diabólicas páginas del semanario, y el señor Nakens se vio en la obligación de aclarar el asunto en el número siguiente:

«Se me pregunta cómo, habiendo muerto aquella gran mujer llamada doña Rosario de Acuña, figura la primera con 25 pesetas en la lista publicada en el número anterior de amigos que envían cantidades para ayudar a EL MOTÍN.

Voy a explicarlo por complacer a su heredero don Carlos Lamo, que las envió en la siguiente carta:

Mi querido don José:

Cuatro palabras, porque hace un frío muy grande y se me hielan las manos al escribir. Ahí van las 25 pesetas que doña Rosario le manda por la acción que le pedí de la editorial y que nadie me aceptó.

He vendido la biblioteca de doña Rosario, ¡calcule usted qué dolor!, y al recibir parte del importe le remito esos cinco duretes, que le ruego admita para ayuda de EL MOTÍN, pues no quiero ser de peor condición que los demás amigos de usted.

¡Ah! y conste en la lista que quien se las envía es doña Rosario; y nadie más que ella. No puede usted desairarla.

«Encontré tan delicada la proposición de Lamo, que prescindí de la incongruencia en que yo incurría al hacerme su cómplice fingiendo aceptar un obsequio de una muerta. No quise desaprovechar la ocasión de honrar nuevamente las columnas de EL MOTÍN estampando el nombre de aquella mujer inolvidable.»

No parece aventurado pensar que la carta de Carlo de Lamo, que explica lo sucedido en torno al donativo para El Motín, puede servirnos también para explicarnos la donación del verano anterior. No creo, sin embargo, que la misma pueda utilizarse para justificar la aparición en las páginas de El Noroeste correspondiente al primer día de noviembre de 1924 de estos versos que, bajo el título De ultratumba, aparecen firmados por Rosario de Acuña:

¡Ay! hermanitos, hermanos del alma,

no hagáis de comparsa

en tan triste farsa;

sed más bien faros de amor infinito

que alumbre el camino de tanto hermanito.

Negamos a Dios si creemos la muerte;

tened siempre en cuenta que no hay nada inerte.

Adiós hermanitos, la muerte no existe,

no hagáis de comparsas en farsa tan triste.

40. «Homenaje a una mujer ilustre»

Volney Conde-Pelayo[1]


En un rincón de la costa astur, sola, olvidada de casi todos los españoles, vive una ilustre anciana, honra de las letras española. Allá la han llevado las persecuciones de los reaccionarios, que ni aún en la ancianidad la dejan en paz, y allí vive lamentado la indiferencia, abyección y cobardía de los compatriotas nuestros que no sienten en los presentes tiempos otro ideal sino el de la consagración del torero o la bailarina del día. ¿Sabéis cómo se llama esa anciana? Rosario de Acuña. Después de consagrar toda su vida a la ciencia, al trabajo y a la difusión de las ideas liberales; después de haber sido cantada y admirada en su juventud por los primeros poetas y escritores del pasado siglo; después de haber obtenido ruidosos triunfos como autora dramática; después de haber sido reconocido su genio por las naciones extranjeras que han traducido y propagado sus obras, Rosario de Acuña, abandonada de todos, ha visto alzarse frente a ella en Covadonga el último brote de la Inquisición española hecho carne en la fusión de las derechas. Y ha visto que estos hombres liberales de hoy, voltaríanos sólo en el chiste, que no en las obras, se han cruzado de brazos ante la procaz amenaza de Covadonga y han dejado obrar sin protesta a los representantes de los procedimientos políticos de Torquemada y Arbués.¿Recordáis a Rosalía de Castro? Todavía hace poco la ha ensalzado un académico en un discurso de recepción; pero lo que se oculta es que la ilustre poetisa gallega se veía obligada a trabajar sin descanso para mantener a una numerosa familia, lo cual demuestra que el Estado español jamás se cuida de asegurar la vida a las personas ilustres; se oculta también que en torno de ella se hizo el vacío cuando publicó su colección de poesías, titulada En las orillas del Sar, que constituían una innovación en la gaya ciencia. Es que en nuestro país se siente en general desprecio hacia la mujer; cuando ésta es sabia el desprecio se trueca en envidia y odio. Si nuestras lumbreras literarias, que en cuanto a feminismo conservan todavía el resabio bíblico de la maldición paradisíaca, tuvieran verdadera mentalidad, no hubiesen cerrado a cal y canto a Emilia Pardo Bazán las puertas de la Academia. Aunque yo no participo de las ideas filosóficas de esta señora, reconozco que vale mucho más que algunos académicos, y que su entrada en la Academia sería, como hace dos o tres años dijo Dicenta no sé donde, una perturbación saludable para las letras. La Academia es símbolo de la vejez y a ella van los que comienzan a chochear: su significación es por eso mismo clerical y opuesta a las innovaciones. Son académicos los que en Covadonga han pactado la unión de todas las ideas viejas.

Como respuesta viril al acto de Covadonga, hay que ir a Gijón en cruzada liberal, a rendir homenaje de cariño a la ilustre viejecita, de corazón juvenil, que se llama Rosario de Acuña. A esa cruzada han de prestar su calor los jóvenes que en Bilbao rindieron tributo al liberal Galdós, y en ella deben figurar todos los maestros de la literatura contemporánea, todos los que hayan arrojado fuera de su pecho el ideal de Pedro el Ermitaño, todos los que verdaderamente anhelan el resurgir de nuestra desgraciada España por la ciencia y la bondad, no por la conquista y la invasión guerrera.

Aguantar día por día acechanzas y maquinaciones de las gentes fanáticas y ver que las quejas se pierden en el vacío, tiene que ser dolorosísimo para una persona que ha puesto su ciencia y su trabajo al servicio de su nación con la perseverancia que lo ha hecho Rosario de Acuña. Merece esta mujer el homenaje, no sólo por sus cualidades literarias y periodísticas de primer orden, sino como mujer de ciencia, porque Rosario de Acuña es naturalista y cultivadora de la ciencia avícola. Quien haya leído las obras suyas que tratan de estas materias, admirará la constancia y energía que ha puesto en su amor a la ciencia y en el deseo de propagar en España la avicultura, que puede ser para nosotros fuente inagotable de prosperidades. Sus conciudadanos han pagado mal tanto sacrificio, y hoy, ya anciana, se ha refugiado en Gijón, viendo cómo se despeña en el abismo la menos previsora de las naciones europeas.

Castrovido, Sánchez Díaz, Aranquistain y otros, deben soportar sobre sus hombros la preparación y cauce del homenaje, que les honraría sobremanera. Hay que hacerlo por dignidad.

El Motín, Madrid, 22 de junio de 1916


[1] Miembro de una conocida familia de Portugalete, es autor de Artículos manuscritos: vida y teoría de Marx (1931). Formó parte, como bibliotecario que era, de la Sección Sexta del Consejo de Cultura de Euzkadi, creado en 1937.

37. Huevos para incubar

A lo largo de la última década del siglo XIX la vida cotidiana de Rosario de Acuña va a experimentar un profundo cambio, como consecuencia de las decisiones tomadas años atrás: ha pasado a ser una republicana, masona y librepensadora cuyos artículos aparecen con cierta frecuencia en las páginas de Las Dominicales del Libre Pensamiento, semanario que junto a El Motín se sitúa a la cabeza de la «mala prensa», aquella cuya lectura tienen prohibida los fieles católicos bajo amenaza de excomunión.

Algunos reveses económicos precipitan el fin de su estancia en Pinto y el abandono de sus otrora fieles servidores, que prefieren buscar mejor acomodo. A esto hay que añadir la suspensión de las representaciones de su obra El padre Juan dictada por la autoridad gubernativa en la primavera de 1891 y la caquexia palúdica que dos años más tarde la tuvo al borde de la muerte… Como bien nos cuenta en la dedicatoria de La abeja desterrada y en el artículo Los enfermos, se impone un cambio de aires:

En aquella Castilla de clima feroz, hube de adquirir unas intermitentes leves, de esas que con alguna dosis de quinina y un cambio de residencia suelen curarse: por tolerancia hacia opiniones ajenas y por buscar eminencias médicas, en vez de huir de la Corte, fuime a ella con aquellas leves tercianas y al mes las fiebres perniciosas más horribles, con períodos de frío de ocho a diez horas, me rendían en una caquexia palúdica que me tuvo meses y meses en agonía perpetua…

¡Ah! ¡En medio de aquel agotamiento de todas mis energías vitales, entre las nieblas de la muerte que cercaban mi inteligencia, surgía, como luz diáfana, sin entoldar por ningún crespón, la esperanza honda y ardiente de correr a los campos, a las montañas, a las costas…! ¡No; no quería morir sin volver a mirar los húmedos vergeles del planeta, y aquella lucecita, aquella esperanza pintaba en las ensambladuras de mi vivienda madrileña, bosques frondosos donde gorjeaban los malvises y volaban mariposas blancas; acantilados ciclópeos sacudidos por las rompientes del Océano, esmaltados de moluscos festoneados de algas. Entre los cortinajes de la estancia ciudadana, sobre las mesas llenas de bibelots, en el entrecruzado arabesco de las alfombras, subiendo por las cadenillas de las lámparas y de los candelabros, contorneando divanes y butacas, irradiando en los espejos y en la cristalería del balconaje, aquella esperanza agarrada a mi alma, iba trazando, con el pincel de la imaginación cuadros maravillosos de la Naturaleza. Y cuando las noches serenas de mayo traían a mi lecho, que hice colocar frente a un mirador, destellos de los astros, a pesar de que me sentía hundida en la muerte, volvía la mirada ansiosa al espacio para ver allá, a lo lejos, en las montañas y en los valles por mi esperanza evocados el dulce despertar de la florida primavera.

Al heroico esfuerzo de mi voluntad, secundadora de cuanto la ciencia y el cariño hacían por mi salud, pude, al fin, tenerme en píe, y así que de píe me tuve, sin oír a nadie, como sonámbula que acude a la cita sugestionadora, firme, terca, arrolladora de toda otra voluntad que no fuera realizar mi deseo de marchar a los campos, acribillándome yo misma a inyecciones de quinina para no decaer en mi resolución, corrí a Galicia, a las ásperas escolleras que se extienden desde el Cabo Silleiro a La Guardia, donde viene a entrar la tibia corriente del Golfo Mejicano, saturada del yodo y el sodio del mar del Sargazo.

Tras una breve estancia en tierras gallegas, se trasladó a Cueto, una aldea cercana a Santander, lugar elegido para emular a la viuda normanda que conoció durante su juventud en la Bayona francesa. La mujer se había quedado sola con un hijo y dos hijas y sin más medios que una corta pensión. Vendió cuanto tenía y se marchó a Bayona donde tomó en arrendamiento una casa de campo donde estableció una pequeña granja avícola, que seis años después, cuando la joven Rosario la conoció, estaba a pleno rendimiento. Con este ejemplo bien presente, próxima a cumplir los cincuenta, decidió doña Rosario poner en marcha su propia granja avícola:

Impulsada por el afán (creo que a todas luces digno y noble) de conservar la holgura de mi hogar y defenderlo de la miseria, y queriendo, a la vez, unir a mi tarea de propia salvación la salvación ajena, recogí los restos de mis economías y me lancé, llena de fe y valor, a instalar en mi vivienda campesina el núcleo, el principio, el origen de una modesta industria avícola: simultaneando la teoría y la práctica, el ideal de altísima y noble ciencia con la tradición vulgar de seculares experiencias, bajé, resueltamente, al estadio de lo sencillo, de lo popular, e incluyéndome, desde luego, en la turbamulta de nuestros campesinos, tracé mis comienzos de avicultura pasando del corral vulgar al parquecito en miniatura, con cierta coquetería adornado; y me acuerdo, ¡lo confieso sin rubor!, las vueltas y revueltas que di, encantada, al primer bebedero mecánico y el primer comedero según arte que me mandaron de las granjas de Castelló…

De todo lo que le aconteció en su experiencia como empresaria avícola nos ha dejado cumplida explicación en varios artículos («Patos y gallinas», abril de 1901;« Las especialidades en Avicultura», mayo de 1901; «Avicultura popular», junio-julio de 1901;« Sobre Avicultura»,  octubre de 1901;«Avicultura», noviembre de 1916) y en algunas cartas (como las que tienen por destinatarios al director de El Cantábrico, a Salvador Castelló, a José Ruiz Pérez o a Tomás Cuesta, hermano del conocido jurisconsulto y economista aragonés por quien Rosario sentía gran admiración).

Uno de los anuncios que solía publicar el diario santanderino El Cantábrico informando de las bondades que poseían los huevos que doña Rosario tenía a la venta. El que aquí se reproduce apareció en la edición del 27 de febrero de 1902