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Posts Tagged ‘Carlos de Lamo’

51. La esquela del tercer aniversario

La tarde del fatídico cinco de mayo de 1923, la vida de Carlos de Lamo Jiménez -de quien nos tendremos que ocupar con mayor profundidad-  se quedó completamente a oscuras a sus cincuenta y cuatro años de edad pues le hurtaron  la potente luz que había guiado sus pasos desde que, hace ya más de tres décadas, decidiera unir su destino al de Rosario de Acuña y Villanueva.

Superado el estupor de los primeros momentos, era ineludible hacerse cargo de la nueva situación que, en cierta medida, ya aparecía apuntada con trazo fino por la mano ausente que ya no habría de escribir cosa alguna. Allí estaba, en el testamento del año 1907 en el que proclama su radical oposición de la Iglesia católica «y de las demás sectas» y convierte a Carlos en su único heredero.

Dese los primeros momentos, se declara decidido a dedicar el resto de sus días a rendir culto a quien fuera su compañera durante tantos años: «deber único que mi vida queda de hacer vivir mientras yo viva, y perdurar después de mí en la inmortalidad, que sus obras le darán, el nombre que será cada vez más glorioso de Rosario de Acuña».

Fiel a su compromiso, al acercarse la fecha del aniversario del infausto día, inicia gestiones para rendirle un homenaje a la compañera ausente. Con el apoyo del Ateneo Obrero, entidad a la que había estado muy unida la escritora, el 5 de mayo de 1924 se celebra una velada necrológica en el transcurso de la cual pronuncia unas palabras en las que justifica la sencillez del acto:

Que así como Ella se había retirado voluntariamente del  «mundanal ruido» en el que pudo brillar tanto y desdeñó, saboreando, en cambio, en un rincón aldeano su dulce paz, su mágico panorama de bellezas interiores y de esplendideces mayestáticas en las lejanías del mar infinito y en la adorable tierra asturiana que la circundaba, este aniversario pretendía yo se limitase a una comunión de vuestras almas con la suya, de los que aquí vivimos, de los que recibisteis muchas veces el eco de su pensamiento en sus escritos, y de los que en otras muchas ocasiones oísteis de sus labios palabras de aliento…

Y así sucederá en los años siguientes:  cuando se aproxima la fecha del aniversario,  El Noroeste recuerda puntualmente la cita, Roberto Castrovido envía un cariñoso escrito para que sea publicado por el periódico gijonés y en el Ateneo Obrero tiene lugar una velada  literaria en recuerdo de la que fuera ilustre socia y colaboradora.

No obstante, en 1926 Carlos no puede asistir, y se ve en la obligación de avisar  a quienes, a buen seguro, esperaban que llegase el día señalado para  rendir homenaje a la distinguida ausente.  Hasta ahí todo normal y lógico. Lo que ya resulta inhabitual es el modo que utilizó para informar a los interesados, pues el anuncio aparecido en la prensa local adopta la forma de esquela y en él se recuerda la condición de masona de la finada, lo cual no parece comulgar con el deseo de doña Rosario de que todo lo relacionado con su muerte fuera tratado con mesura y discreción.

En cualquier caso, aquí queda público testimonio de la opción tomada por quien desde el 5 de mayo de 1923 se comprometió a  exaltar la memoria de quien durante tantos años fue su compañera.

45. Carta de Lidia Falcón al diario Público

Quiero agradecer a Félix Población -de cuya opinión y criterio tengo la mejor opinión- el artículo dedicado a mi tía abuela, Rosario de Acuña. Lamentablemente no pude asistir a la presentación de sus obras en el Ateneo de Madrid, pero sí presidió el acto mi marido el presidente de la entidad, el filósofo Carlos París que me describió la emoción del acto, y la asistencia numerosa al mismo, aunque no tuviera el merecido eco en los medios de comunicación. Y ya no sé si es por Rosario de Acuña o por el Ateneo. Mi tío abuelo, Carlos del Lamo Jiménez, hermano de mi abuela Regina de Lamo -música, escritora, militante anarquista, cooperativista y feminista cuya figura también ha sido silenciada por la ideología fascista que ha imperado en nuestro país- fue su compañero sentimental en los últimos 20 años de su vida en el caserón de El Cervigón en Gijón. Mi madre Enriqueta O’Neill, pasó largas temporadas en su casa y aprendió de ella tantos conocimientos como poseía. Hago referencia a ella en mi libro Mujer y Sociedad publicado en 1969, en donde tuve que limitar el texto dada la época que vivíamos. Después, Macrino Fernández ha tenido la amabilidad de escribirme y tener una larga correspondencia con motivo de su minucioso y brillante estudio sobre Rosario [se refiere, sin duda, a Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato. Zahorí Ediciones, 2009]. De todo ello, y de más contenidos que serían largos de reproducir aquí me gustaría hablar con Félix Población. Si tuviera la amabilidad de escribirme autorizo al periódico a proporcionarle mi email. Con las más efusivas gracias por esta recuperación de la memoria perdida de nuestras mejores mujeres, reciba el testimonio de mi afecto.
Lidia Falcón

43. El donativo de la difunta

En la España del Concordato la prensa díscola, aquella «mala prensa» que estaba en el punto de mira de la jerarquía eclesiástica, tuvo que soportar todo tipo de penalidades para sobrevivir, no en vano en algunas zonas su lectura fue prohibida por los prelados del lugar con amenaza de excomunión a quienes se atrevieran a poner los ojos en tan nocivos escritos. Dos son las cabeceras que más diatribas provocan: Las Dominicales del Libre Pensamiento y El Motín. La primera no consigue superar la primera década del siglo XX; la segunda, la «irrespetuosa hoja» nacida en 1881 y que José Nakens pone en circulación cada semana, consigue resistir unos años más aunque para ello tenga que recurrir a medidas extraordinarias.

En cierta ocasión algunos periodistas, conocedores de la crítica situación económica por la que atravesaban tanto el semanario como su director, ponen en marcha una campaña de apoyo. Se trata de conseguir cien suscripciones mensuales de 25 pesetas «para inyectar un poco de oxígeno económico». Una semana después de haberse dado a conocer la iniciativa el semanario publica una relación con las donaciones recibidas y el de Rosario de Acuña, con la cantidad requerida, es el primer nombre que allí figura. Dadas las simpatías que la escritora sentía por Nakens, no habría que extrañarse por el donativo sino fuera porque la edición de El Motín en la que aparece lleva fecha de 29 de noviembre de 1924… ¡La donante lleva más de año y medio enterrada!

No era ésta la primera vez que realizaba semejante proeza. Un año antes, en la edición de El Motín correspondiente al 7 de julio de 1923, la encontramos en la relación de donantes que acuden, en su caso con diez pesetas, a la suscripción abierta por el el Centro Democrático de Portugalete para levantar en esa localidad un mausoleo en memoria de Juan José Conde-Pelayo, padre del autor del artículo «Homenaje a una mujer ilustre» publicado en esta bitácora semanas atrás.

¡Vale! Aceptemos que, aún después de muerta su memoria desate pasiones; que haya disputas ideológicas entre quienes quieren poner su nombre a una calle en Gijón y quienes no dudan en recurrir a los tribunales para que tal cosa no suceda; que algunos guarden objetos personales suyos como si fueran reliquias… Pero esto de andar realizando donaciones a estas alturas de su muerte sólo sería creíble para quienes guardaran en su casa una de aquellas hojas volanderas que afirmaban, según se cuenta en La casa del diablo, que se había visto a doña Rosario volando «montada en los riñones de un gran demonio de color verde».

Los lectores de El Motín no eran, a pesar de lo que hubieran llegado a pensar las autoridades eclesiásticas, dóciles siervos del mal que creían a pies juntillas todo lo que aparecía en las diabólicas páginas del semanario, y el señor Nakens se vio en la obligación de aclarar el asunto en el número siguiente:

«Se me pregunta cómo, habiendo muerto aquella gran mujer llamada doña Rosario de Acuña, figura la primera con 25 pesetas en la lista publicada en el número anterior de amigos que envían cantidades para ayudar a EL MOTÍN.

Voy a explicarlo por complacer a su heredero don Carlos Lamo, que las envió en la siguiente carta:

Mi querido don José:

Cuatro palabras, porque hace un frío muy grande y se me hielan las manos al escribir. Ahí van las 25 pesetas que doña Rosario le manda por la acción que le pedí de la editorial y que nadie me aceptó.

He vendido la biblioteca de doña Rosario, ¡calcule usted qué dolor!, y al recibir parte del importe le remito esos cinco duretes, que le ruego admita para ayuda de EL MOTÍN, pues no quiero ser de peor condición que los demás amigos de usted.

¡Ah! y conste en la lista que quien se las envía es doña Rosario; y nadie más que ella. No puede usted desairarla.

«Encontré tan delicada la proposición de Lamo, que prescindí de la incongruencia en que yo incurría al hacerme su cómplice fingiendo aceptar un obsequio de una muerta. No quise desaprovechar la ocasión de honrar nuevamente las columnas de EL MOTÍN estampando el nombre de aquella mujer inolvidable.»

No parece aventurado pensar que la carta de Carlo de Lamo, que explica lo sucedido en torno al donativo para El Motín, puede servirnos también para explicarnos la donación del verano anterior. No creo, sin embargo, que la misma pueda utilizarse para justificar la aparición en las páginas de El Noroeste correspondiente al primer día de noviembre de 1924 de estos versos que, bajo el título De ultratumba, aparecen firmados por Rosario de Acuña:

¡Ay! hermanitos, hermanos del alma,

no hagáis de comparsa

en tan triste farsa;

sed más bien faros de amor infinito

que alumbre el camino de tanto hermanito.

Negamos a Dios si creemos la muerte;

tened siempre en cuenta que no hay nada inerte.

Adiós hermanitos, la muerte no existe,

no hagáis de comparsas en farsa tan triste.