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77. Ateneo Familiar: La respuesta de Carlos de Lamo

El apoyo público que a finales de 1884 Rosario de Acuña prestó a los estudiantes de la Universidad Central  con motivo de las protestas que protagonizaron en defensa del catedrático Miguel Morayta, que había sido duramente criticado por los sectores confesionales que tildaron de herético el discurso que éste pronunciara en el acto de inauguración del curso escolar, no hizo otra cosa más que proclamar el convencimiento de la escritora de que sólo la juventud, y en especial la juventud ilustrada, podría regenerar la patria.

De ahí que no resulte extraño que cuando tres años más tarde un grupo de universitarios se dirige a ella ofreciéndole la presidencia honoraria de una sociedad denominada Ateneo Familiar, la escritora —convertida ya en abanderada del librepensamiento y de la masonería— acceda gustosa.

Días más tarde, Carlos de Lamo, por entonces un joven de diecinueve años de edad que, tras haber realizado el curso anterior los Estudios Preparatorios, cursaba las materias correspondientes al primer curso de la Licenciatura en Derecho, le dirige la siguiente contestación, en su calidad de presidente del citado Ateneo:

Señora:

Si fuese posible que os diera a conocer tal como ha sido el interés y el entusiasmo, la gratitud y la energía, que vuestra carta ha despertado en el ánimo de todos los que formamos este Ateneo, si posible fuera que os retratase tal como sucedió en la realidad aquella explosión de aplausos que al concluir su lectura, como ola impetuosa, llenó el espacio; si la naturaleza me hubiese dotado de elocuencia para hacer llegar a vuestros oídos las exclamaciones de alegría, las palabras de profunda y sincera admiración arrancadas a todas las más arraigadas convicciones de nuestra alma; si pudiese, en fin, resumir lo que fue aquella, para nosotros, memorable sesión, en que vuestro nombre sonó en todos los labios, en que la carta se leía por todos, en que las emociones se sucedían unas a otras sin interrupción: en verdad que resultaría un cuadro de maravilloso colorido, en verdad que haría una composición mágica por la luz y el movimiento de sus figuras, y llena de realidad y vida incomparables.

Pero, ¡ah!, que lejos de eso eligieron un intérprete de sus sentimientos, de sus ideas y aspiraciones, y no reúno ninguna de las brillantes cualidades que necesarias son para que esté en consonancia con la grandeza del acto, su interpretación al exterior, y por esto no es de extrañar que esta respuesta sea pálido reflejo de todo aquello.

Procuraré, sin embargo, esforzarme; procuraré dar forma real a todo lo que, como ellos, sentí yo; haré porque el sentimiento, que es lo que después de todo forma la base de nuestra vida, y que tan felizmente fue conmovido por su carta, salga tal como él es, con sus brillantes colores, con sus matices de esperanzas y sueños, idealidades y poesía, y si lo consigo, y lo que constituye lo íntimo de nuestro ser, reviste en el mundo de la realidad las mismas formas, el mismo ropaje que tiene en el puro campo de la fantasía, yo os prometo  que lo menos irá esta carta llena de tan nobles y generosas aspiraciones, que bastarán por sí solas a hacer pasar desapercibida la forma un tanto prosaica en que vayan expuestas.

Pero antes de deciros cuáles son nuestros deseos y de qué manera pensamos responder a la solicitud con que nos distinguís, voy a permitirme contestar a los primeros párrafos de vuestra carta que sólo a mí afectan.

Ese con que me habéis honrado es un nuevo motivo de orgullo, de satisfacción y complacencia, porque me prueban que son de tal modo idénticos la manera de pensar y sentir entre ambos, que llega hasta el punto, poco comprensible para la generalidad, de que en el poco tiempo que tengo el placer de tratarla, haya profundizado de tal modo en mi ser que vea en él ese algo que siempre precede al cambio de tratamiento, que como decíais muy bien en cierta ocasión, sólo lo tenía establecido la especie humana.

Y cerrando este paréntesis, voy a daros a conocer los propósitos que nos animan.

El Ateneo Familiar, formado en un momento de entusiasmo, siguió en marcha constante y progresiva, gracias a ese mismo ardor que la juventud tiene para toda clase de empresas en que ha depositado su cariño y que ella misma crea.

Espera poder llevar, dentro de su círculo, la ilustración en general al mayor número, base de todos los adelantos que en el mundo se operan; tiene como uno de los más legítimos triunfos el haber admitido con los mismos derechos que al hombre a la mujer, para conseguir poco a poco la conquista, porque verdadera conquista es hoy y más en nuestra patria, la de atraer al eterno femenino a un  mundo más amplio y real del que se mueve, sacándolo de ese estrecho círculo de casa paterna, hogar e iglesia y lanzándolo en el torbellino grande y sano de la humanidad, para que piense con ella, sienta sus dolores y trate de remediarlos.

Quiere coadyuvar en lo que quepa al movimiento científico que se opera en estos momentos; en el orden científico intenta  afinar el sentimiento estético; en el filosófico, prestar su apoyo a lo que sea más verdadero; en el político trabajar porque se establezca aquel régimen bajo el cual la igualdad de hecho ante la ley, la libertad y la fraternidad constituyan sus más firmes bases; en suma, procurando realizar el fin humano que a la agrupación lo mismo que al hombre cabe y que vos sintetizáis en las palabras libertad y trabajo, sabiduría y virtud.

Yo os prometo, por otra parte, que vuestro nombre irá grabado en el corazón de todos los que forman hoy este Ateneo, que él se repetirá de unos en otros cual reliquia preciada en donde se encuentren condensadas todas sus alegrías y todas sus tristezas porque pase durante su vida; que un sentimiento de gratitud, cada vez más profundo, irá arraigándose allá en nuestra conciencia hacia el ser valerosísimo, hacia la mujer incomparable, que dando un pasmoso ejemplo de caridad, puesto que caridad es ir estrechando las relaciones entre los hombres —corolario de todas las doctrinas que predica— y difundiendo, por el sólo motivo de hacer bien, aquellos ideales que considera como del desideratum de lo que en mucho tiempo puede desear la humanidad; a la vez que sufre grandemente, y que lejos de rendirse en esa lucha desventajosísima y terrible en que se encuentra empeñada, sigue y sigue siempre con un ardor y una energía propia de apóstoles que tratan de implantar en la humanidad nuevos ideales, al mismo tiempo que de hacer la selección de los antiguos, dejando sólo aquello que es bueno,  bello o verdadero bajo uno de los múltiples aspectos que contengan; que muestran el camino, que indican el método que la juventud debe seguir si quiere hacerse digna, no sólo de las grandes ideas que está llamada a defender y propagar, sino también de aquellos que nos han precedido en esa lucha, de los que nos han conducido al estado en que nos encontramos.

Y si todos estos cargos y condiciones os caracterizan, ¿cuál no será la memoria imperecedera que nuestra insignificante sociedad guardará por haberla con generosa protección cobijado bajo su ilustre nombre, por habernos sacado del modesto círculo en que nos encontrábamos al más ancho en que hoy nos movemos, por habernos puesto en condiciones de que nuestros deseos manifestados hoy tengan solución práctica por los que nos sigan, realizando de este modo lo que para vos pedís en vuestra carta?

Confiad, pues, en que se realizarán todos vuestros deseos, en que tendremos siempre como norma de nuestra conducta vuestro programa y en que siempre se la recordará con gratitud y entusiasmo.

Recibid, señora, el más respetuoso saludo del Ateneo Familiar, en cuyo nombre hablo, y en particular de este vuestro ferviente admirador q.s.p.b. Carlos Lamo Jiménez.

Madrid, 1º de abril de 1888

Las Dominicales del Libre Pensamiento, Madrid, 15-4-1888

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73. El Ateneo Familiar: Rosario y Carlos se encuentran

En el comentario anterior se hacía mención al apoyo público que Rosario de Acuña prestó a finales del año 1884  a los estudiantes de la Universidad Central con ocasión de la protesta que éstos mantienen en apoyo del profesor Miguel Morayta y de la libertad de cátedra; se comentaba también que la buena sintonía de nuestra protagonista con los jóvenes universitarios se prolongaría  en el tiempo y que años más tarde algunos de los de su clase, que habían constituido una sociedad denominada Ateneo familiar, la convirtieron en su presidenta de honor [Véase aquí su carta de aceptación].  Cabe resaltar que el entonces presidente de la citada entidad era a un tal Carlos de Lamo, un joven estudiante de Leyes que de aquella apenas contaba con veinte años de edad y que no tardando se habría de convertir en el inseparable compañero de la ilustre escritora.

Corre el año 1888. Rosario de Acuña ha dado el salto a la otra orilla y se ha convertido en una destacada y combativa librepensadora. Las Dominicales del Libre Pensamiento no pierde ocasión para llevar a sus páginas todo cuanto tenga que ver con su más conocida colaboradora. De ahí que contemos con algunos textos referidos al Ateneo familiar, como el titulado «Fiesta del libre pensamiento» que a continuación se reproduce:

Aceptando la amabilísima invitación de su ilustre presidenta honoraria doña Rosario de Acuña, el Ateneo familiar en masa abandonó Madrid uno de los más bellos días del pasado mayo y se trasladó a Pinto. No hemos de decir la cordialísima acogida que la egregia poetisa dispensó a los expedicionarios en la linda casa de campo, que es su habitual morada; queremos sólo traducir el espíritu fraternal que en la fiesta en ella celebrada resplandeció, espíritu en que latía algo así como la esperanza cierta de un triunfo glorioso para nuestros regeneradores ideales.

No en vano lleva el Ateneo el nombre de Familiar. Una verdadera familia, en efecto, parecían las cuarenta personas congregadas, entre las que se distinguían las señoras y señoritas de Lamo [Micaela Jiménez y Regina de Lamo, madre y hermana de Carlos], de Pascual, de Ortiz y de Huelbes; el consecuente republicano Anselmo Lamo [padre de Carlos]; el distinguido profesor Carlos Salvi [ autor de un método para acordeón, que a finales del XIX abriría en Madrid un afamado comercio de fabricación y reparación de instrumentos musicales], que amenizó muchas horas del día con su habilidad [para la] música, tomando también varias vistas y grupos fotográficos el doctor Huelbes Temprado [de nombre Joaquín, este doctor en Derecho y Medicina fue una destacada figura del espiritismo español].

En la verdadera intimidad de la familia, se bailó, se recitaron y leyeron poesías, se cantaron cuantos himnos recuerdan los triunfos de la libertad en el mundo; y por último, la alegría y el aire del campo fueron poderosos motivos para que se acogiera con entusiasmo el instante de sentarse a la artística y abundante mesa dispuesta a la sombra de las floridas acacias.

A los postres fue cuando con mayor energía se acentuó el carácter de la fiesta. Inició los brindis Rosario, agradeciendo al Ateneo la deferencia de aceptar su convite y manifestando la esperanza de que esa aceptación fuese muestra de comunidad de aspiraciones. No fue necesario más. El presidente del Ateneo, Carlos [de] Lamo, se levantó, chispeante la mirada, a recoger la alusión que al Ateneo se dirigía, y con voz en que vibraba el entusiasmo de la juventud, dio gracias a la ilustre escritora por sus bondades, ofreciéndole por escudo de las armas traidoras, de las hordas retrógradas, no sólo el Ateneo, sino los corazones de todos sus socios, corazones jóvenes todos, todos entusiastas por el libre pensamiento, pues si quizás hilos plateados pudieran descubrirse en alguna cabellera, no son nieve de las ideas que cobija, sino ceniza de pujantes combustiones que aún estallan bajo su cráneo.

El vicepresidente, Morales Rojas [de nombre Luis, parece que  es persona muy allegada a Carlos de Lamo, como lo prueba que sus firmas figuran juntas y a la cabeza de varios manifiestos  que firman por entonces.] brindó por la ilustración de la mujer, como prenda segura del bien de la Humanidad, con especial mención de su madre, a quien debe el amor a la libertad, y de Rosario, que hoy sintetiza el movimiento renovador.

Sánchez Cobisa, presidente de la mesa de discusión, hizo constar que en el acta de la sesión última del Ateneo era donde podía aquilatarse el entusiasmo con que se acogió la invitación: todos los socios a porfía  ideaban obsequios en reciprocidad justísima, optando al fin por sólo un ramo de flores, el que ocupaba el centro de la mesa, para que con sus puros aromas simbolizase los puros sentimientos que le ofrecían; y terminó brindando porque la mujer del porvenir sepa inculcar en sus hijos los grandes ideales humanos.

[Siguen otras intervenciones, otros brindis]

Rosario [de] Acuña se levantó a contestar. Su fácil palabra, por la emoción velada entonces, cautivó de tal suerte al humilde cronista que suscribe, que olvidó el lápiz para batir las palmas, imposible por eso reproducir las ardientes frases en que pedía para hoy el culto de una trinidad presente y viva: libertad, mujer y juventud, para que las edades futuras puedan dedicarse al culto de otra trinidad, definitiva en el pensamiento humano, y perenne para todas las humanidades: DIOS, NATURALEZA y TRABAJO. Aceptó el cariñoso homenaje del Ateneo Familiar, considerándole muestra cierta de su decisión por todos estos ideales, y se ofreció a compartir sus lides en pro de toda idea noble y grande.

[…]

Las Dominicales del Libre Pensamiento, Madrid, 3-6-1888

72. De un banquete en el Café de Fornos y de su trascendencia

Tengo escrito que la gran transformación en la vida de Rosario de Acuña se produjo en los primeros años de su residencia en Pinto; que tras la prematura muerte de su padre, acaecida en enero de 1883, se inició para ella un tiempo de reacomodo, de cambio, de metamorfosis:

Huérfana de padre (“un alma como la suya, gemela en el amor hacia todas las lealtades”) y definitivamente separada de su marido, los meses que siguieron a aquel aciago inicio de 1883 conformaron un tiempo de gran trascendencia para nuestra protagonista, a juzgar por el brusco giro que, tiempo después, tomó su vida. Fueron aquellos meses momento de analizar las leyes que rigen el universo, de diseccionar las costumbres animales, de echar mano de la teoría darwiniana que su abuelo materno, fallecido unos meses antes, se empeñó en que conociera; de repensar las enseñanzas del Evangelio, de analizar las enseñanzas de otras religiones, de separar la paja del grano; de diseccionar el alma humana, de contemplar su bondad y de analizar las causas que la enturbian; de rememorar las primeras imágenes del pasado de la humanidad, que su padre le hizo ver cuando ella estaba casi ciega… (Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato, pág. 170).

De lo que hoy quiero hablar es del inicio del fin de esa etapa de cambio, del momento en que doña Rosario ve la luz al final del túnel en que se metió su vida tras el fallecimiento de su padre. Hay indicios suficientes para pensar que tal cosa sucede a finales del otoño de 1884 y, puestos a buscar la instantánea que reflejara ese momento no se me ocurre otra mejor que el banquete que Rosario de Acuña y Villanueva ofreció a unos distinguidos invitados en el madrileño Café de Fornos.

Veamos. El discurso que Miguel Morayta pronuncia en la apertura del curso 1884-85 desata una oleada de reacciones por parte de los sectores más conservadores, los cuales coniseran que lo dicho por el profesor en la tribuna universitaria es de todo punto irreverentey herético. La prensa confesional, liderada por El Siglo Futuro, arremete no solo contra el señor Morayta, sino también contra el Gobierno, y en especial contra el nuevo Ministro de Fomento, el otrora neocatólico y lider de la Unión Católica, Alejandro Pidal y Mon, a quien acusan de ser muy permisivo con los profesores liberales. La reacción no se hace esperar: los estudiantes universitarios se echan a la calle en defensa de la libertad de cátedra.

La nueva Rosario de Acuña hace pública su posición de apoyo tanto a Miguel Morayta como a los estudiantes. En primer lugar hace pública una carta que es ampliamente reproduciada por los periódicos madrileños, en la cual se compromete a costear la matrícula a uno de los estudiantes de la Facultad de Medicina si las autoridades acordasen la supresión de las matrículas de honor. Una semana más tarde ofrece un banquete en el Café de Fornos a una comisión de estudiantes.

Además de los estudiantes son invitados otros conocidos librepensadores, entre los cuales se encuentra el profesor Miguel Morayta y Ramón Chíes, uno de los directores de Las Dominicales del Libre Pensamiento.

A los postres, según contó la prensa, la anfitriona pronunció un brindis por la libertad y la juventud. Lo que no contaron la mayoría de los periódicos es que doña Rosario comunicó a los presentes su decisión de adherirse públicamente a la causa del librepensamiento que con tanto afán defienden Las Domincales.

Pues sí. Bien puede decirse que aquel banquete en el Café de Fornos resultó ser la presentación en sociedad de la nueva Rosario de Acuña. Jóvenes y librepensadores serán sus nuevos compañeros de viaje: apenas dos semanas después del banquete el semanario de Chíes y Lozano hace pública su carta de adhesión; no mucho más tarde es nombrada presidenta honoraria del Ateneo familiar que integran varios estudiantes universitarios, entre los que se encuentra Carlos de Lamo, un activo estudiante de Leyes con quien habrá de compartir el resto de su vida.

69. «La biblioteca de doña Rosario», por José Díaz Fernandez

Como se contaba en el artículo anterior, en 1924 Carlos de Lamo vende a la gijonesa Sociedad de Cultura e Higiene de Cimadevilla una parte de la biblioteca de Rosario de Acuña. José Díaz Fernández, un joven periodista de la redacción de El Noroeste (a pesar de su juventud ya gozaba por entonces de cierto renombre en la prensa regional a raíz de las crónicas que como integrante del regimiento Tarragona enviaba desde Marruecos hasta que fue licenciado en 1922),  que de cuando en cuando subía hasta el Cervigón para compartir con doña Rosario recuerdos y esperanzas,  aprovecha la ocasión para hilvanar una cariñosa semblanza de su ilustre contertulia.


La biblioteca que doña Rosario de Acuña tenía en su casa de El Cervigón, allí donde vivió y murió aquella gran mujer, pasará a una humilde sociedad de cultura de un barrio de pescadores, a la Sociedad de Cultura e Higiene de Cimadevilla. El heredero de la escritora, su sobrino D. Carlos Lamo, ha preferido vender los libros a los obreros de Cimadevilla a enajenarlos por mejor precio a un particular cualquiera. De este modo, aun muerta aquella mujer que consagró su existencia a la defensa, el alivio y el magisterio de los desheredados, continuará alumbrándolos con sus libros, coleccionados y cuidados con tierno afán, con la misma delicadeza femenina con que atendía sus ropas, sus encajes, sus vajillas, pues uno de los méritos más eminentes de doña Rosario de Acuña era su exquisita feminidad dentro de la vibración y densidad de su obra literaria y de propaganda social.

Este trasplante de los libros queridos desde la risueña casa de El Cervigón —retiro de filósofo o de poeta, o de ambas cosas a la vez— a las sencillas estanterías de un local de cultura obrera me evoca la última visita que hice a la casa de doña Rosario, henchida de silencio y de recuerdos, después de la muerte de la viejecita nerviosa y severa, que aun en sus últimos días nos exhortaba a los jóvenes a derrochar nuestro ardor por los ideales inmediatos de su país. En esta visita sentí latir como nunca el corazón de doña Rosario de Acuña en aquellas estancias donde todavía quedaba el perfume de su presencia sobre los muebles empolvados, sobre las vitrinas y las consolas, los jarrones y las porcelanas, fruto de los días suntuosos de juventud, cuando la señorita de Acuña, con su aire dulce y pensativo, daba prestigio en Roma a los salones aristocráticos de su tío, el embajador Benavides.

Fue un día de agosto, en el último verano. El cronista acompañaba a una mujercita fina y bella, lectora de Goethe y de Proust, amiga de los largos diálogos y del   baño de mar, como «La bien plantada», que reunía en el bolso de piel un cuento ruso, un retrato en «maillot» y el lápiz rojo que había de avivar el carmín provocativo de la boca. Quedaba atrás la playa veraniega, donde las muchachas llevaban en la mano sus sombreros blancos, como gaviotas palpitantes, y los hombres tenían en sus labios un salado sabor de besos o de espumas. El sol se adormecía en la cómoda hamaca del mar, y a lo lejos, allá en Somió, los «chalets» y los palacetes de estío  recortaban su frágil arquitectura sobre los lomos verdes de los alcores y las praderías. Mi amiga sentía aquella tarde cierto nihilismo, que provenía quizás de su carne morena, dulce y prieta como la de una fruta, y de sus ojos marinos, ricos de pasión y de horizonte, conmovidos igual bajo la caricia de la mano o del libro. Ella no nombraba al amor; pero su palabra descontenta, ávida y celosa, condensaba una rebeldía gentil, humana y heroica, venida de una página de Andreiev, contra el privilegio, el método y la disciplina; aquella mano suya, larga y enjoyada, que se extendía en el diálogo como una flecha, parecía pedir, más que una flor, una bandera revolucionaria o la cabeza de un tirano. Yo le daba una interpretación un poco novelesca y veía a mi amiga conspirando en el «hall» de un hotel exótico para quebrar con su pie menudo la corona de un monarca. Era el mismo romanticismo de doña Rosario, romanticismo muy siglo XIX, irritado contra el clericalismo y la burguesía. Pero lo sentía entonces una muchacha del siglo XX, habituada al coqueteo intelectual con todas las ideas, mientras jugaba con su bufanda de «batik» y aspiraba el aire lujurioso del mar. Eran los mismos problemas que preocuparon a la de Acuña en sus dramas, sus poemas, sus artículos, sus peregrinaciones por España y Portugal, a pie y a caballo. Dijérase que no había transcurrido medio siglo y que la mujer que iba a mi lado era la misma que escribiera Rienzi el tribuno, entre la curiosidad y el asombro de la corte.

Por eso, cuando penetramos en la casa amplia y sencilla, cuyos planos trazara con mano firme su propia dueña para vivir sus últimos pensamientos, mi amiga tenía un andar grave y pausado, y su capa de crespón apenas estremecía los viejos espejos,  que se creyeran medio ciegos de tanto mirar al tiempo. Allí estaban las cosas de doña Rosario, como si todas guardasen aún la recóndita caricia de sus manos, tibias de inteligencia y de amor. Allí estaban las losetas del patio, que ella bruñía con manos de obrera, y los lienzos, las sedas y los encajes que envolvía con dedos de señorita. Porque la que un tiempo resplandeciera en salones famosos, como una codiciada joya humana, sintió en su vejez todo el frío del aislamiento y del olvido. Sólo de vez en cuando subían allá, a El Cervigón, mujeres del pueblo que le lloraban las hambres de las huelgas, y algún joven oscuro, que le describía tímidamente sus sueños de barricada.

Probablemente sea éste el retrato al que se refiere José Díaz. La fotografía fue tomada cinco días antes del fallecimiento de la escritora

En un retrato reciente, bajo su cofia de lana, ingenua y expresiva como un «ex libris», la viejecita gloriosa sonreía. Mi amiga vibraba de emoción, y yo la sentí en secreto interrogar al porvenir, después que los años hayan vendimiado los frescos racimos de su juventud y todas las ilusiones de su corazón. Pero un alma de mujer había entrado en la casa, y yo oía a todas las cosas suspirar dulcemente. También los tres millares de libros de la biblioteca parecían alegres bajo las manos sutiles, iguales a las otras, que iban apresurada y gozosamente abriendo páginas y señalando dedicatorias. Un elogio ampuloso de Castelar, un juicio apasionado de Pi y Margall, una firma rechoncha y burguesa de D. Ramón de Campoamor... Era la existencia de aquella mujer, que quedaba prendida sobre las amarilleces de los volúmenes, un día fragantes. Pero lo inmortal, lo que no moría, estaba allí: eran las ideas, los pensamientos, las emociones y los desvelos perdurables, que batían, como mareas fluyentes y vivas, bajo las encuadernaciones apagadas. Allí había aprendido la viejecita su ciencia exquisita y allí, en aquellos vasos toscos, había bebido su vino de infinito. Ya mi amiga no estaba triste y desdeñaba sus guantes de piel, sus pulseras, sus propios labios encendidos.

Y al regresar, al crepúsculo, mi amiga tenía el aire más romántico, más siglo XIX. Se empeñó en no ir al «cine» y en recitar a Bécquer.

La Libertad, Madrid, 19-10-1924

68. Noticia sobre el destino de una parte de su biblioteca

El pago de los intereses de la hipoteca con que está gravada la casa de El Cervigón, fuerza a Carlos de Lamo a poner a la venta la nutrida biblioteca de Rosario de Acuña. En esa tesitura, prefiere que sea una sociedad cultural gijonesa la destinataria de aquel legado. Así fue como en 1924 la recién creada Sociedad de Cultura e Higiene de Cimadevilla se hace con una parte de  aquella biblioteca, tal y como se recoge en la crónica de la inauguración de la citada sociedad:

«En el local que ocupa en la Casa de Nava, se celebro ayer a las siete y media de la tarde, la inauguración de la nueva Sociedad de Cultura e Higiene de Cimadevilla, instalada allí por los animosos elementos del barrio alto, que no desmayaron en sus gestiones hasta ver colmada una de las más vivas aspiraciones de aquellas gentes buenas y sencillas, deseosas de incorporarse al movimiento cultural latente en un núcleo de nuestra juventud.

El local se hallaba atestado de gente, marineros en su mayoría, pues casi todos vestían el típico traje de mahón.

En la presidencia se sentaron el presidente de la nueva sociedad, don Luis Sánchez, el secretario, don Luis Fernández del Corral; el doctor don José María Gutiérrez Barreal; el abogado don Carlos de Lamo y el digno maestro de Primera enseñanza don José Trabanco García, al cual se rendía un homenaje como premio a sus cincuenta años de incesante y fructífera labor pedagógica.

[…]

A continuación, nuestro querido amigo don Carlos Lamo, dio lectura a unas cuartillas en la que, con vigoroso estilo, recordó los rasgos espirituales de doña Rosario de Acuña, aquella mujer que estuvo siempre tan cerca de las gentes humildes y supo sentir como propias las vicisitudes y las adversidades de los trabajadores todos y, principalmente, de los trabajadores de la mar.

Hizo resaltar el señor Lamo en su trabajo la trascendencia que encierra el hecho de que la biblioteca de aquella gran mujer fuese a para a un lugar que tan bien se asocia a la ideología de redención espiritual de los humildes que animó a doña Rosario en todos sus actos. Por último el señor Lamo indicó la conveniencia de gestionar la biblioteca de Jovellanos, aquel hombre que amó tanto a Asturias y a Gijón, como a la virtud y a la verdad, en vez de correr el riesgo de perecer, tal vez abandonada, fuese utilizada para difundir la cultura entre los hombres sanos de pensamiento que van a comenzar una nueva vida siguiendo la de la Sociedad inaugurada ayer.

Pues bien, como quiera que en 1928  la citada sociedad publicó un folleto en el que, entre otras cosas,  recoge el catálogo de su Biblioteca Circulante,  es de suponer que entre las cerca de setecientas referencias allí incluidas  se encontrarían las de aquellos  que la Sociedad había comprado a Carlos de Lamo cuatro años antes. Sólo hay que encontrarlos. Veamos: los libros  aparecen ordenados alfabéticamente por el apellido de su autor, lo cual, ciertamente, no nos aclara gran cosa. Mayor interés adquiere para nosotros el número de registro que se asigna a cada título, pues cabe pensar que aquellos que componían el lote comprado al heredero de la escritora debieron ser anotados correlativamente. Una vez ordenados los títulos por este concepto encontramos bloques de volúmenes en número variable que mantienen el orden alfabético de autor de forma más o menos rigurosa. Uno de ellos, el que comienza en el número 295 y termina en el 422, contiene autores que coinciden con algunos de los citados por Rosario de Acuña en diversos artículos, además de otros con títulos de temática muy querida para ella, como la Agricultura, la Gramática Francesa, la Historia Natural o la Geografía. Allí están, en efecto, Modesto Lafuente, César Cantú, Charles Darwin… y, a su lado, Pascual Madoz o el filósofo fray Ceferino González, citado por ella en más de una ocasión. Las referencias apuntan a que, probablemente, estos 129 volúmenes, entre los que no hay ninguna obra literaria, sean aquellos procedentes de su biblioteca que fueron comprados por la Sociedad de Cultura e Higiene. Es probable que más adelante la misma entidad adquiriese a Carlos de Lamo algunas obras más, pues aún se conserva en la biblioteca Jovellanos (lugar donde fueron depositados todos los libros de la Sociedad a la terminación de la Guerra), un volumen de aquel fondo del que sí sabemos con certeza que perteneció a la escritora: se trata del que lleva por título ¡El curioso parlante!… , álbum que reunió y publicó Sebastián López Arrojo en homenaje a su suegro Ramón Mesonero Romanos y en el que se incluyó un artículo de doña Rosario: en dicho ejemplar consta la siguiente dedicatoria manuscrita: «A la Sra. Dª Rosario de Acuña. s.s.s. y afmo. amº. S. López Arrojo. Junio de 1889», que confirma la titularidad del ejemplar registrado con el número 511 en el catálogo al que me estoy refiriendo.

66. «En justa respuesta», por Regina de Lamo

Con emoción hondísima he leído la bella y fiel descripción que el Sr. De la Viña ha hecho, en dos artículos publicados en LA LIBERTAD, bajo el título «La fosa de Rosario de Acuña», de la casita solitaria del Cervigón, en que mi ilustre tía vivió y murió, y de la fosa en que sepultada yace desde el año 1923.

No son tan fieles como las descripciones panorámicas del distinguido escritor, las que dedica a recordar circunstancias tristísimas de la muerta.

Aunque ausente yo de Gijón, adonde no fui hasta transcurridos dos años y cinco meses del tránsito de mi tía, sé positivamente, por saberlo de labios de D. Alberto de Lera, que si bien fue trasladada al cementerio de Ceares a las diecisiete horas de la muerte, movido quien así lo dispuso por el único propósito de que los mineros y trabajadores de varias industrias que por ser domingo el 6 de mayo de 1923 habían podido acudir con el deseo de llevar en sus brazos el ataúd hasta depositarlo en la fosa, no regresasen a Oviedo, Turón, Mieres, Avilés, etc., etc., sin haber realizado aquel postrer homenaje a la que tanto habían amado, se la condujo al depósito del cementerio, en donde «quedó» veinticuatro horas más, que con las diecisiete apuntadas, suman «cuarenta y una», al fin de las cuales el Sr. Lera, una vez comprobados los síntomas de descomposición, tan evidentes que ya habían producido la ruptura de vasos sanguíneos del rostro, más la eclosión de un ojo, se procedió a sepultarla, en ese preciso lugar que se menciona en el artículo del Sr. De la Viña, aunque sin colocar encima ladrillo alguno ni cosa parecida, respetando su heredero universal, mi hermano D. Carlos Lamo, la voluntad de la ilustre yacente allí.

Después, manos guiadas por mejor deseo que acierto, se han permitido subrayar, sin conocimiento nuestro, el sitio, testificando el nombre innecesario allí, como lo será cualquier cosa que, muy agradecida por nosotros, declinamos, por ser contraria a la voluntad expresa y terminante de la que había de ser usufructuaria de tales honores pétreos y marmóreos.

Ni ella quería mausoleos ni nosotros podemos consentirlos. Hay demasiados pobres, hay demasiada miseria en España para pensar en honras fúnebres, buenas para los que carecieron de ellas en vida. Lo único que aceptaremos es la institución escolar de colonia veraniega instalada en aquella casita roja de Somió.

Desde el año 1928 vengo laborando por conseguirlo. Recabe el auxilio pecuniario de Horacio Echevarrieta. En la colección «Reflejos de El Motín» pueden leerse mis artículos relatando la entrevista que celebre con dicho financiero republicano. Hasta las gracias hube de darle en uno de ellos; tales fueron las seguridades verbales de que levantaría la hipoteca  —1000 pesetas— que pesaba sobre la modesta finca, con que mi tía hubo de gravarla a raíz de su regreso del destierro ocasionado por el proceso incoado a requerimiento de Acción Católica, de Barcelona.

Horacio Echevarrieta no cumplió nada de cuanto me ofreció.

Javier Bueno, requerido por mí, escribió un bello artículo en La Voz, en el cual, a más de mencionar mi nombre y mi postulado, se hacía solidario de éste, pidiendo ayuda para salvar de la usura aquella casita, en que debía esculpirse el nombre egregio de Rosario de Acuña, para recibir a los niños de los librepensadores pobres de España. No halló eco aquel hermoso trabajo de Bueno.

No me desalenté aún. Llamé a las puertas de la masonería. Invoqué mi derecho para hacerlo. Pedí ayuda económica y moral para la colonia escolar en el Cervigón. La pedía en nombre de Rosario de Acuña gra :. 32, Hipatia, y en mi propio nombre, hija de masón, caballero Rosa Cruz. Al mismo Sr. Lera, Venerable de una de las más importantes logias de Asturias, referí cuanto venía haciendo en este sentido.

Nada se logró, y eso que de todos era conocida la manifiesta parcialidad con que en tiempo de la monarquía se designaban los niños que habían de disfrutar puestos en las colonias veraniegas.

A Marcelino Domingo, en su época de revolucionario, al parecer auténtico, pedí campaña en LA LIBERTAD. Colaboraba semanalmente en ella. Año 1928. Me prometió hacerla. «Rosario de Acuña lo merece todo. Su postulado de usted me parece admirable y digno de las dos. Cuente usted conmigo.» Hasta hoy. Varias veces he intentado verle para recordarle su ofrecimiento, incumplido totalmente antes del cambio de régimen y después. Ha pasado al ministerio de Instrucción pública sin llevar su admiración a Rosario de Acuña a la Gaceta.

¿Qué más? Dolor. Asco. Cansancio.

Entre tanta decepción y amargura, la Sección de Pedagogía del Ateneo abre sus oídos y su corazón a mi solicitud de un homenaje a Rosario, como corolario a la inauguración del grupo escolar que lleva su nombre.

Se celebra el acto con toda la efusividad brillantísima que yo soñaba, consignándose en el programa que cuanto se recaudase con la reprise de «Rienzi» sería destinado por mí a la cantina escolar del grupo Rosario de Acuña.

Ahora me place hacer público que cuanto produzca el libro Rosario de Acuña en la escuela, ya en prensa, se dedicará a la readquisición de la casita roja en que pervivía siempre la magna figura de Rosario de Acuña, propósito el mío ya formulado por mí hace meses a los maestros con quienes he compartido mis actividades en la organización de los homenajes verificados.

Ahora bien, aceptando la buena voluntad del Sr. De la Viña en su llamamiento, que agradezco en su aspecto espiritual, debo rechazarlo en su aspecto económico.

Nada de suscripciones. Nada de óbolos. Nada de cantidades para honrar a Rosario de Acuña. Ella, por sí ante sí, dejó labor sobrada para mantener su nombre señero en la más alta albarrana del castillo interior que fue su gesta.

De ella sobrará para que se cumpla el postulado que me impuse.

Tendrá su colonia escolar en el Cervigón. Su alma gigante ganará la batalla después de muerta sin otra ayuda que la de la justicia de mi causa.

Regina Lamo de O´Neill

La Libertad, Madrid, 6 de mayo de 1933

65. La casa de Rosario de Acuña: cien años en el Cervigón

En estos días, la casa que Rosario de Acuña mandara construir en el Cervigón se ha convertido en centenaria. Desde 1910 su silueta forma parte del paisaje que gijoneses y visitantes divisan cuando se asoman al balcón de la concha de San Lorenzo. Sus muros han sido testigos de las transformaciones que ha vivido la ciudad en el último siglo; en ocasiones, también protagonistas.

Todo comenzó el verano anterior: la prensa gijonesa informa a sus lectores de la presencia de Rosario de Acuña en la ciudad, así como de las gestiones que está realizando con el fin de construir una vivienda en los alrededores. En Gijón ha estado varias veces, y es el lugar ideal para pasar la última etapa de su vida: es una población pequeña, pues aun cuenta con menos habitantes que Santander; entre sus gentes se encuentran «algunos entusiastas de la razón y la libertad» que llevan tiempo insistiendo para que aquí fije su morada; y en sus alrededores se hallan rincones encantadores, donde el embravecido mar no se cansa de rugir frente a los abruptos acantilados. Será en uno de estos lugares, un tanto alejado del centro de la población, donde encuentre el terreno sobre el que edificará su morada. Se trata de una finca de cerca de dos mil quinientos metros cuadrados, que se halla a una distancia de unos cuatro o cinco kilómetros de las calles más céntricas. Después de mirar y mirar parece ser que ha encontrado un lugar que la satisface, razón por la cual se muestra decidida a pagar los cuatro mil reales que piden por él. Cuenta con un pequeño capital que, probablemente, proceda de la herencia recibida tras la reciente muerte de su madre, y parece decidida a emplearlo en la adquisición del terreno y en la construcción de su propia casa, harta ya del peregrinaje al que se ha visto obligada en los últimos años «haciendo cocinas en casi todas las casas que alquiló, y que por cierto quedaron en beneficio de las propietarias»

Mientras finalizan las obras, se instala en una céntrica pensión y se dedica a supervisar el proceso de edificación. A poco que la conozcamos, es de imaginar que las instrucciones dadas al constructor serían muy estrictas ya que sabía perfectamente lo que quería al respecto, pues no en vano se había cansado de predicarlo durante años a las demás mujeres: una casa de un solo piso, «que no sobresalga del nivel de la tierra más que 50 centímetros rellenos de piedra y de cal»; situada en un alto, con la fachada hacia el sol del mediodía; «que el sol bañe las paredes por los cuatro costados»; en el centro de la casa, una galería «que lo sea todo en la casa; mejor dicho, que sea la casa entera», con elevados techos y suelo entablado, que cobije la biblioteca, la mesa de estudio y la de la comida y en donde confluyan el resto de las estancias; las habitaciones, espaciosas y aireadas; en uno de los extremos de la galería, la cocina, «amplísima, radiante de luz, de agua, de ambiente, con bruñidos suelos y techo elevadísimo y amplia salida de humos por alta chimenea». Las paredes de la casa blancas por dentro y por fuera; las del exterior «dispuestas a la enjalbegadura de cal en cada estación; lavado purificador de las miasmas y microbios.» Y, por supuesto, un edificio anexo al principal en el que tengan cabida las estancias necesarias para los animales domésticos y de corral, así como para almacenar los aperos utilizados en el huerto y en la elaboración de los productos artesanales.

Mientras se concluye su nueva residencia, la escritora va tomando poco a poco contacto con la ciudad, ocupando de forma esporádica la tribuna de la prensa local. Si El Publicador, periódico de orientación republicana, es el primero en recoger sus palabras,  serán las páginas de El Noroeste las que elegirá para dar a conocer sus ideas y opiniones. También será en ellas donde nos enteremos de que en el verano siguiente ya se encuentra en su nueva vivienda, como bien atestigua la datación de su escrito «Una dama cristiana»: «En mi casa del Cervigón (Gijón) 1º de julio de 1910». La información acerca del lugar, inusualmente completa, parece demostrar bien a las claras su satisfacción por encontrarse en su retiro soñado.

No tendrá, sin embargo, mucho tiempo para disfrutar de «su casa», pues antes de que finalice el siguiente año tendrá que abandonarla para evitar ser detenida por la Guardia Civil tras haber sido procesada por su artículo «La jarca de la Universidad». Tras pasar dos años largos en Portugal, regresa al Cervigón más cansada, más vieja y mucho más pobre, como ella misma nos cuenta en algunos escritos (Carta a Fernando Mora, «Servando Bango en el Cervigón»…). Tanto es así que, con sesenta y tantos años, en la recta final de su vida, se ve obligada a hipotecar su recién estrenada casa para poder seguir oyendo el embravecido mar rugir a los pies del acantilado.

Así pasó sus últimos años, envueltos en toda suerte de penurias y estrecheces. Así le sorprendió la muerte, cuando aquel sábado de mayo tuvo que dejar las faenas domésticas a las que, como cada día, se estaba dedicando para rendirse al eterno descanso.

La casa de Rosario de Acuña, la del cuerpo frontal de planta baja y dos más pequeños que nacen de los hastiales del primero, la de las cinco ventanas enrejadas que miran al sudoeste y otra más que soporta los vientos del nordeste, la que «se adorna con rosales y claveles, y matas de geranios de hierro y de malva, y una planta de heliotropo mirando siempre al sol, y un peral, y tres o cuatro higueras melancólicas, y una enredadera de campanillas moradas, y una parra vieja y nudosa que se apretaba con amor a la pared…»; la casa de Rosario de Acuña, huérfana de los mimos y atenciones que le prestara su dueña, se queda al cuidado de Carlos de Lamo Jiménez, compañero un día tras otro durante los últimos cuarenta años,  y su único heredero.

Hay un problema. Carlos, licenciado en Derecho por la Universidad Central, no realiza ningún trabajo remunerado y, no lo olvidemos, tiene que hacer frente a los réditos de la casa.  Para sobrevivir no tiene otra salida que ir vendiendo poco a poco la herencia recibida. Para empezar, la biblioteca: en 1924, vende parte de los libros a la Sociedad de Cultura e Higiene de Cimadevilla. El dinero conseguido le da para ir capeando el temporal durante una temporada. A los primeros libros vendidos debieron seguir otros, y a éstos la venta de enseres y objetos familiares. En este sentido hay que mencionar que consta su participación en la IV Feria de Muestras Asturiana.  Al lado de conocidas marcas de automóviles, figura Carlos de Lamo Jiménez al frente de un stand de cuyo contenido parece no haber dudas tras la lectura de la referencia: reliquias.

Hay que sobrevivir y, además, hacer frente a las mil pesetas de la hipoteca.  Hay que buscar una solución: Regina, la hermana de Carlos, lleva un tiempo dándole vueltas a la idea de instalar en la casa del Cervigón una colonia para los hijos de los librepensadores pobres. No queda más que recabar los apoyos necesarios para llevar adelante su proyecto. Pide ayuda a Javier Bueno, quien en el diario madrileño La Voz se hace eco de su loable iniciativa; a Horacio Echevarrieta, magnate de tendencia republicana que se compromete a levantar la hipoteca; a  Marcelino Domingo, que le ofrece su colaboración:  «Rosario de Acuña lo merece todo. Su postulado de usted me parece admirable y digno de las dos. Cuente usted conmigo.»

Nada se logró. La falta de apoyo para llevar a cabo aquella empresa forzó a  Carlos a tomar la última medida que todavía estaba en su mano: la venta de la casa en la que ambos habían vivido durante los últimos años. A comienzos del año veintinueve la decisión está tomada. Durante los meses de enero, febrero y marzo se publica en la prensa local cada tres o cuatro días un anuncio de venta de la «casa de doña Rosario de Acuña», situada en El Cervigón. A pesar de que en el anuncio se apuntaba que las condiciones eran muy buenas, no debieron pensar lo mismo los posibles compradores, pues la venta no se llega a efectuar, razón por la cual al verano siguiente se confía la subasta de la finca a una notaría de la ciudad. A la segunda convocatoria, celebrada en agosto, parece que fue la vencida; y de resultas de la intervención notarial, la casa de planta baja, la casita aneja y el terreno, de unos dos mil quinientos metros cuadrados, pasaron a otras manos.

La casa, que apenas tenía veinte años cuando los nuevos propietarios la adquirieron, no debió de sufrir grandes cambios en las décadas siguientes,  pues las fotografías tomadas veinte o treinta años después concuerdan fielmente con la descripción que Mario de la Viña ha dejado publicada.

Fotografía publicada por El Comercio en marzo de 1969