85. «Las calles de Rosario de Acuña y del Marqués de Comillas», por Roberto Castrovido

¿Quién lo podía imaginar? El propio don Claudio López, marqués de Comillas, coge con la punta de los dedos la mano de la poetisa madrileña doña Rosario de Acuña y la lleva, a son de dulce pavana, a la calle de Fomento, donde nació la vigorosa escritora; hace gentil reverencia, muy siglo XVIII, la sombra del prócer clerical, y desaparece. ¡Quién pensara! ¡El marqués de Comillas introduciendo en el callejero madrileño a doña Rosario de Acuña!

La casualidad es maestra de humorismo. El demonio tiene cara de conejo.

El Ayuntamiento actual, dignísimo heredero, por atavismo tal vez, de aquel corregidor que compró el palacio de Buenavista para regalárselo a don Manuel Godoy, personificación del viejo régimen (el nuevo se inició en las Cortes de Cádiz) ha propuesto cambiar por el de Marqués de Comillas el nombre de San Andrés que lleva desde el siglo XVII la vieja calle que partiendo de la del Espíritu Santo termina hoy en la de Carranza y que limitaba por oriente el vasto palacio de Motezuma y Monteleón, Parque de Artillería cuando lo inmortalizaron Daoiz, Ruiz, Malasaña y otros muchos que han tenido la mala suerte de no ser recordados ni en azulejos o placas metálicas denominadores de calles.

A la circunstancia de existir con el mismo nombre en 1808 debe su permanencia la de San Andrés, respetado por el Ayuntamiento revolucionario que en 1869 urbanizó la plaza del Dos de Mayo. No me quejaría si a la calle de San Andrés la variarán el nombre, porque hay además de esa calle, plaza y costanilla del mismo apóstol, y la dieran el de un héroe o un mártir de la jornada de Monteleón «aquel sangriento día»; pero es adulación desatendida pretender elevar la cruz de San Andrés al Marqués de Comillas ¿Es equiparable su muerte a la gloriosa de los que sucumbieron el Dos de Mayo en el Parque de Monteleón? Luchaban mujeres y hombres, clérigos y seglares, paisanos y militares por la libertad y la independencia a la puerta del palacio, habilitado parque, en el pórtico, desde sus ventanas, encima de sus tapias, y a pecho descubierto contra muy superiores fuerzas. Y el marqués pescó un catarro en la falda del cerrillo de los Ángeles, por él y otros consagrado al Corazón de Jesús.

Indiscretos panegiristas, torpes aduladores, estómagos agradecidos, y mentes vanas, llegan a parangonar al señor López en patriotismo a Velarde, y en religiosidad a San Andrés. No hay que desesperarse.

En Barcelona tiene una estatua el padre de don Claudio, y en Madrid tiene una calle, la antigua carretera de Andalucía; con poner a esta vía «calle de don Antonio y de don Claudio López» o de los señores López, todos contentos.

Todos menos yo, porque si se sustituye el de San Andrés por el de Marqués de Comillas, abrogando las disposiciones legales que impiden los cambios de nombres y el darlos nuevos sin anuencia de la mitad más uno de los vecinos, lograré mi intento de que se cambie el nombre de Fomento por el de Doña Rosario de Acuña, merecedora de dárselo a la calle en que nació.

De Fomento se llama la calle que de Rosario de Acuña debe ser llamada, por la circunstancia de haberse instalado el ministerio de fomento en el caserón que fue morada del inquisidor general y que ahora es convento de no sé qué. Nada, una futesa. Ni siquiera la tradición abona el nombre de Fomento, pues antes se llamaba de La Puebla esta calle, excepto uno de sus trozos que de Castro Domingo se denominaba. El ministerio de Fomento estuvo muy poco en el sombrío palacio del inquisidor Torrija, con vueltas a Fomento y al Reloj, mucho en el convento de la Trinidad ¿A qué conservar ese nombre para la calle donde nació Rosario de Acuña?

Puede ocurrir que no sepan quién era. No es sorprendente. En Madrid hay calles del Españoleto y de Gonzalo de Córdoba, y un señor concejal se quejó no ha mucho de que no las tenían el pintor Ribera ni el Gran Capitán. El creador de  El burlador de Sevilla tiene calle y glorieta, la calle a su apellido Téllez, la glorieta a su seudónimo Tirso de Molina, redundancia que me hace maliciar que ignoraban que fray Gabriel Téllez del hábito de la Merced, se llamaba en los corrales y mentideros Tirso de Molina.

Por haber nacido en Madrid y por sus excelsos méritos de escritora merece dar su nombre Doña Rosario de Acuña a la calle de Fomento, en la cual vio la luz del mundo. Ahora que se abrogan las reales ordenanzas que lo impedían es hora de reclamarlo. Y así lo hago.

El Noroeste, Gijón, 22-5-1925

84. El apoyo de la Agrupación Femenina Socialista

Tras su regreso del exilio portugués Rosario de Acuña  parece decidida a retirarse de la primera línea de la batalla ideológica. No aguanta  mucho. Tras un par de años de silencio casi absoluto, a principios de 1916 sus palabras vuelven a ocupar las primeras páginas de la prensa amiga («A la memoria de don Domingo Hernández León», «A la señorita María Oliva Riestra Rubiera», «A los misioneros de la cultura y la fraternidad que Francia nos envía»…). Más allá de sus tesis habituales, de su defensa de la libertad de conciencia, de su oposición al todopoderoso clericalismo reinante, lo que llama la atención es su llamada pública a la unión de las fuerzas de «izquierda». Eso es los que en los primeros meses de 1917 parece inquietar a las autoridades provinciales, recelosas a todo lo que pueda estar relacionado con la convocatoria de una huelga general, de la que no se deja de hablar desde que la UGT y la CNT acordaran coordinar sus actuaciones en un pacto alcanzado en la primavera de ese año. Los informadores de Gobernación conocen que Rosario de Acuña no solo defiende esa unidad en sus escritos de manera reiterada, sino que la refrenda con su asistencia en actos conjuntos de «las izquierdas», como sucediera con el mitin aliadófilo de Madrid al que ya me he referido. Durante el verano el ambiente está muy caldeado, y las autoridades están tan nerviosas que en la madrugada del 24 de julio las fuerzas del orden se presentan en El Cervigón con la orden de efectuar un registro minucioso en la vivienda de la escritora. A pesar de no haber encontrado absolutamente nada tras varias horas de revolver todas sus pertenencias, hay quien sigue recelando de su papel en todo lo relacionado con los preparativos de la huelga, pues el 22 de agosto, cuando en Asturias hace ya nueve días que el paro es general, la Guardia Civil vuelve a su casa para efectuar un nuevo registro.

He aquí el relato de lo sucedido en palabras de la interesada:

Llegan los sucesos de agosto. Usted ya sabe, como todos los que me conocen bien —y a pelo al cultísimo escritor don Rafael Sánchez Ocaña, a quien tuve el honor de recibir en mi casa cuando vino a intentar hacer un periódico liberal-europeo de El Noroeste, de Gijón—, lo aislada que vivo. Y también saben que ni soy socialista, ni anarquista, ni republicana: en el sentido redilesco de estas adjetivaciones; nada que huela a dogma, imposición y enchiqueramiento.
Además, dada la condición marroquí de la mayoría de los españoles, las mujeres que queremos «ser personas —solo eso—» tenemos que pasar, como cochinillas de circo, por bachilleras, petulantes, histéricas, etcétera. Las que se precian de no haber pasado por este aro es que tuvieron que pasar por otros peores.
[…]

Pues bien; a pesar de todo esto, sobre mí y mi casa se extendió en aquellos días, una leyenda negra:
«Que yo había predicado el amor libre en los paseos de Gijón; que era una conspiradora de cuidado; que mi casa era centro de conciliábulos misteriosos a las altas horas de la noche».

Esta prédica para la mema burguesía que parece vivir solo tragándose idioteces. Para el vulgo campesino que me circunda se hizo otra propaganda:
«Yo era una bruja, que salía por la noche untada al tejado para hacer mal de ojo a vacas y chicos; era una perra judía que tenía un macho cabrío, y que azotaba la santa cruz los viernes». ¡Así, «así —aún—», corren estos dichos por nuestros desgraciados y embrutecidos pueblos!.
Los «policías honorarios» de la villa, todos ellos ajesuitados, íntimos y militantes de las huestes reaccionarias, cuando ya tuvieron bien batido el basurero de estas absurdas infamias, entraron en campaña con las autoridades militares de Gijón. […]
Llega una mañana de agosto —olvidé la fecha— y a las tres empiezan a aporrear el portón de la finca. […]
Se presentaron dos de Orden público y dos policías que, previa exhibición, exigida, del carné de identidad y la orden judicial militar de registro domiciliario, pasaron adelante. Al verlos bajé rápidamente. Se explicaron y portaron como personas correctas. Venían a buscar «las proclamas de Marcelino Domingo» que, en aquellos días se encontraban en Gijón hasta en las soperas y en el cuartel se recibían a centenares.
—Aquí tienen ustedes las llaves de mundos, librerías, muebles, etc.; no encontrarán nada, les dije, porque, ni por casualidad, leí el artículo de que se trata; y, es más, yo no necesito leer proclamas, si acaso, las escribiría, y, entonces, ya pueden comprender que no habría ninguna en casa.
Cinco horas duró el registro, sin tener ninguna queja contra los que, por su profesión, tenían que realizarlo.
A los dos días de esto corrió por Gijón la noticia de que habían encontrado en mi casa cheques y mazos de billetes de miles de francos; cartas escritas desde Inglaterra y Francia, libros pornográficos. (Esta fue labor germano-jesuita. No atribuyo a los policías oficiales estos infundios. Sus contrafiguras, los «honorables honorarios policías», serían los encargados de extender tales patrañas).
Pasan unos días. Segundo aporreamiento del portón a las cinco de la mañana. Cinco guardias civiles, uno de ellos vestido de paisano, con pico y azadón. Preséntanse, también, correctamente, y dentro de la férrea disciplina que los sujeta, más como a fieras que como a hombres, se les veía violentos, contrariados, al tener que hacer lo que se les mandaba. Venían a levantar el prado, en los alrededores de la casa, en busca de un enterramiento de bombas, armas, municiones y papeles que «habían visto que habíamos escondido».

[…]
Desde aquel día tuvimos preparados los hatillos para ingresar en la cárcel, pues, pensando lógicamente, suponíamos ir a parar allí, toda vez que, por la ciudad, la traílla policíaca honoraria decía, a voz en cuello, que era preciso, preciso, que yo durmiera en la cárcel. ¡Como si alguien fuera capaz de hacerme dormir en la cárcel!

[Leer la carta completa]

A los pocos días de haberse publicado este escrito, la Agrupación Feminista Socialista hace pública la siguiente carta de apoyo a Rosario de Acuña:

Por El País nos enteramos al leer vuestra carta que también fuistéis víctima de los sucesos de agosto.

Considera esta entidad un atropello incalificable los registros que en vuestro domicilio se practicaron, así como la falta de respeto y consideración a personas honradas  y, una vez más,  la Agrupación Feminista Socialista protesta contra este hecho vergonzoso.

Denigra en extremo la tolerancia de estos abusos que denota la carencia del respeto y conocimiento en los casos a perseguir.

Arbitrario es el recurso de los mantenedores del orden, interpretando las ideas progresivas como un hecho escandaloso, admitido como está el librepensamiento; pero lo que más subleva el ánimo es considerar lo injusto del atropello, puesto que no ostentaba la sujeción a un partido de clase.

¡Lástima no estar al lado de los socialistas para encauzar con su talento al elemento femenino por vías más amplias a su emancipación!

Sirvan, pues, estas líneas de saludo a doña Rosario de Acuña y de protesta por los sucesos pasados; quedando reconocidas estas admiradoras suyas q.s.m.e.

Por el Comité: La presidenta, Dolores Fernández; la secretaría, María Rojo.

El País, Madrid, 19-7-1918

83. Que no, que no. Que nació en Madrid

Escribo estas líneas el jueves 28 de octubre, horas después de que se hiciera pública la muerte de Marcelino Camacho. Luego resultó que la noticia no era tal, que el dirigente sindical se encontraba ingresado en un hospital de Madrid en estado muy grave, pero que no había muerto. Al parecer, los errores se sucedieron: una agencia proporcionó la noticia — sin haberla contrastado, se supone— a sus abonados, algunos de los cuales la publican sin más. Hete tú aquí, que hay quien llama a la familia y comprueba que lo publicado no es cierto, que el fundador de CCOO está grave, pero aún vive.

Sirva el hecho como muestra  de la confusión que rige nuestros actos: tal parece que nos importa más la cantidad que la calidad, la rapidez que la verdad. ¿Para que perder tiempo contrastando una fecha, un dato… una muerte?

Si esto sucede con hechos contemporáneos, de fácil comprobación, ¿qué no sucederá con asuntos acaecidos décadas atrás? De eso sabemos bastante todos cuantos nos dedicamos a rastrear  las fuentes del pasado: los errores, las pistas falsas, suponen mayor contratiempo que la ausencia de datos. Veamos un ejemplo en el asunto que nos compete: cuando empecé a investigar acerca de  la vida y obra de doña Rosario de Acuña
—hará de esto del orden unos de diez años— me sorprendió que no hubiera datos ciertos sobre su lugar de nacimiento, pues unos afirmaban que era oriunda de Pinto y otros que decían que había nacido en Bezana, en Madrid o en Cuba. En cambio, parecía haber unanimidad en cuanto al año: 1851.

Tras varios años de investigaciones, en Rosario de Acuña en Asturias (2005) pude avanzar lo siguiente:  «Una vida que comenzó mediado el anterior siglo [me refería al de su llegada a Gijón] en Madrid, donde ve la luz el primer día de noviembre del año 1850, en las cercanías de la que será más tarde la Gran Vía madrileña». Por tanto, a pesar de lo que se había venido diciendo, no había nacido ni en Pinto, ni en ningún otro lugar que no fuera la capital de España; y no lo había hecho en el año 1851. Más adelante, en otro capítulo, citaba algunos de los argumentos en los que basaba aquella afirmación. El más contundente de todos ellos quizás fuera el aportado por Francisco Fernández de Bethencourt, quien en su Historia genealógica y heráldica de la Monarquía Española, publicada en 1901, señalaba lo que sigue: «Doña María del Rosario Santos Josefa de Acuña y Villanueva, nacida en Madrid el 1º de noviembre de 1850, bautizada el 2 en la parroquial de San Martín…». Basándome en este dato, de gran precisión y procedente de una fuente cuya fiabilidad había podido contrastar en ocasiones anteriores, así como en algunos otros que allí también enumeraba y que apuntaban en la misma dirección, di por buena aquella fecha, a pesar de que cuantos a ella se han referido en el pasado, y aun en el presente, en las diversas enciclopedias, historias de la literatura y monografías que he consultado se habían empeñado en afirmar que 1851 era el año del nacimiento de Rosario de Acuña y Villanueva.

No era uno, sino  varios los argumentos en los que me apoyaba para realizar esa afirmación.  De todas formas, meses después recibí la prueba que estaba esperando: la copia de la Partida de bautismo de la escritora, documento que se encuentra en el expediente abierto en 1883 con motivo de la solicitud de pensión de viudedad que realizó su madre por entonces. No sólo hice mención a la existencia del documento en Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato (2009), sino que poco después publiqué el texto de la citada Partida en la página «Rosario de Acuña. Vida y obra»:

«En la Iglesia Parroquial de S. Martín de Madrid a dos de Noviembre de mil ochocientos cincuenta, Yo D. Sebastián Fernández, Teniente Cura de ella, bauticé solemnemente y puse los Santos Óleos y Crisma a una niña que nació el día primero del corriente a las cinco y media de la mañana en la calle de Fomento número veintinueve y la puse por nombre María del Rosario Santos Josefa, hija legítima de D. Felipe Acuña, natural de Arjonilla, provincia de Jaén, y de Dª Dolores Villanueva de Elices, natural de Yebra, diócesis de Toledo. Abuelos paternos D. Felipe, natural de Baeza, provincia de Jaén y Dª Rosario Solís y Abellán, natural de Doña Mencía, provincia de Córdoba, y los maternos D. Juan, natural de San Pedro del Monte, provincia de León y Dª Polonia Elices, natural de Ocaña. Padrinos D. José Gómez y Dª Francisca Elices, a quienes advertí el parentesco espiritual y obligaciones. Testigos D. Isidoro María Fernández y D. José Sánchez y lo firmé. Sebastián Fernández.»

Bien creía, iluso de mí, que con aquello sería suficiente, que ya nadie albergaría dudas al respecto y que de a partir de  entonces no habría publicación que no dijera que doña Rosario de Acuña y Villanueva había nacido en Madrid el primer día de noviembre del año 1850 (en unos días,  el CLX aniversario).

Claro está que no contaba con el hecho de que la Wikipedia puede ser actualizada por cualquiera que pase por allí.  Y el otro día me encontré con que en este lugar tan socorrido en estos tiempos la entrada dedicada a nuestra librepensadora se decía que había nacido en Pinto el 1 de noviembre de 1851.

De nuevo a las andadas.  ¡Qué tiempos! Todo rápido, todo globalizado,  todo al alcance de todos… Lo que a unos les lleva años de investigación, otros lo resuelven con una lectura de reojo; lo que a unos les supone consultar y consultar fuentes, otros lo ventilan cortando y pegando de cualquier sitio en el cual  ha sido publicado tras haberlo cortado y pegado de vete tú a saber dónde…

82. «Romanticismo y postivismo», por Ignacio Rodríguez Abarrátegui

Admirable señora [1]: He tenido el honor de leer el artículo que en El Noroeste de esa ciudad dedica usted a don Luis Barroca, don Andrés Corsino y demás tripulantes del vapor Felisa, y su lectura me ha producido el mismo efecto que me producían los que escribía in illo tempore, cuando todavía la nieve de los años no empezaba como ahora a blanquear mi cabeza.

Por su espíritu no pasan los años abrumándole con las decepciones ni en él parecen causar mella los desengaños, a juzgar por la virilidad de su estilo vibrante fustigando a la canija generación actual falta de ideales, sin energías para volver por los fueros de la razón y del derecho, postrada vilmente ante el becerro de oro, al que rinde culto de mil formas diversas, arrastrándose penosamente para vivir con vilipendio.

No por referirse a mi humilde personalidad me ha sido grato su artículo solamente, sino porque en él ensalza usted el acto altruista de un grupo de hombres que, alejados la mayor parte del tiempo de una sociedad utilitarista, respirando el aire puro del mar, viviendo entre el abismo líquido y el estéreo del infinito, son, como la mayor parte de los que pasan sus días recorriendo la inmensidad de la llanura azul, mucho mejores que los que viven absorbiendo el aire emponzoñado de las grandes ciudades.

Dice usted que mi alma, según el vocabulario de superhombres que hoy se estila, es romántica: no sé lo que será; pero sí es enemiga de la falsedad, de la mentira convencional, de la injusticia dorada con la micácea legalidad, de todo lo que deprime al hombre y disfraza bestiales pasiones con la carátula religiosa, política y social.

Si esto es romanticismo, romántica es también su alma de usted, señora doña Rosario, sin que ese romanticismo haya logrado deshacer ni las virtudes ni los desengaños.

Mas no nos quejemos de ser así; no lamentemos este nuestro quijotesco modo de pensar y de obrar, persuadidos de que con lo que el vulgo califica de extravagancias nuestras contribuimos, aunque poco, a que ese vulgo se dignifique, ayudándole a desembarazarse paulatinamente de las atávicas cadenas que aún le aherrojan a un pasado de tinieblas y horrores.

Verdad es que estas extravagancias, si bien nos producen placer dedicando a ellas todas las energías de nuestra alma, agotando la ternura de nuestro corazón, también nos proporcionan algunos  disgustos, crueles dolores y a veces la duda atormenta nuestro espíritu sumiéndolo en mortal abatimiento.

Nos consuela una cosa: considera que la Humanidad fue sobre poco más o menos siempre así: un conglomerado de soñadores y de vividores, de Quijotes y de Panzas; pero en las páginas de la Historia vemos brillar a través de los siglos y como faros de las almas los nombres de los grandes románticos. Los de los positivistas no aparecen o sólo sirven para ser execrados.

Sócrates con su romanticismo es algo más superior que el negociante Anito; Jesús, soñador de la fraternidad, poeta del amor humano, es una figura superior con su túnica remendada que todos los pontífices romanos con sus túnicas y tiaras cuajadas de pedrería; Espartaco, medio muerto de hambre, es superior a Trimasción, borracho, y a Calígula, con el vientre repleto; Giordano, elevándose con el humo de la pira que consumió su cuerpo hacia los mundos del espacio, eclipsó la fastuosidad de los cerdos amarrados a la ridícula ciencia del Vaticano; los románticos de la inmensa revolución francesa transformaron las leyes anacrónicas del mundo, derrotando a los tiranos de Europa en los campos de batalla; en cambio, ¿qué hicieron y hacen los supers del positivismo de todos los tiempos?

El romanticismo en literatura, en ciencia, en política, en filosofía y en religión, fue, es y será la palanca que remueve las generaciones lanzándolas a la conquista de nuevos ideales en todos los órdenes de la vida.

Por escasez de  ese romanticismo en España vivimos como los sapos entre el cieno de una laguna infecta,  sin observarse entre la generación actual aquellos actos de admirable valor, aquellos arranques de dignidad, aquellos heroísmos sublimes de otros tiempos.

Bendigamos, pues, nuestro romanticismo.

Sin él, no nos elevaríamos sobre el nivel general en que vegetan tantos fariseos de bonete, corona o gorro frigio, tanto farsante como engaña al pueblo con su charlatanería, tanto bribón de todo género y toda laya, tanto charlatán y tanto escribidor bilingüe, tanto pillo y tanto tonto.

Terminaré, señora mía, con una pequeña aclaración.

Si los neos me han procesado, me han encarcelado, me han sentenciado a presidio y no sé como no me han matado, no han hecho más que cumplir con un principio de la ley natural de conservación.

Han estado en su derecho, no les censuro por ello; pero sí han llenado mi corazón de amargura algunos señores charlatanes del republicanismo positivista queridísimos amigos y correligionarios que me abandonaron en mi naufragio.

Le admira y considera su más atento servidor

I. Rodríguez Abarrátegui

Garrucha, Almería, mayo 1911


[1] Ignacio Rodríguez Abarrátegui fue un conocido activista del librepensamiento, lo cual—al igual que les sucediera a tantos otros— le ocasionó más de un contratiempo. En una de éstas, viéndose obligado a mudarse a tierras almerienses, se embarcó en el vapor Felisa. Tuvo la suerte de que los miembros de la tripulación  —asturianos, por más señas— fueran lectores asiduos de El Motín, periódico donde el señor Abarrategui solía publicar sus escritos. Todo fueron atenciones durante los cuatro días de travesía, y así lo contó la agradecida pluma de don Ignacio en un artículo titulado «De Cádiz a Garrucha» que fue publicado en la edición de El Motin de 30 de marzo de 1911. Al enterarse Rosario de Acuña del ejemplar comportamiento de los marineros,  y sabiendo que éstos eran gijoneses, conciudadanos suyos, no duda en hacer públicas alabanzas de «la noble y piadosa acogida» dispensada a su correligionario.

81. Quijote ortodoxo, Quijote heterodoxo

Dado lo mucho que se ha escrito sobre las actividades llevadas a cabo por la Inquisición a lo largo de su existencia, a nadie se le oculta que hubo momentos en los cuales el Tribunal del Santo Oficio ejerció un férreo control en los territorios de la Corona de Castilla y de la Corona de Aragón. Nada se escapaba al largo brazo del Inquisidor General,  ni lo que se hacía, ni lo que se decía, ni claro está— lo que se pintaba o lo que se escribía.

Así las cosas hay quien piensa que hubo autores que utilizaron una especie de código secreto para burlar a los inquisidores, de manera tal que los objetos representados en un inocente bodegón no serían tales sino elementos de un mensaje cifrado o que en los pasajes de un libro caballeresco, publicado con el preceptivo Nihil obstat de la prelatura, se escondían toda suerte de interpretaciones acerca de la católica España de los Austrias.

Imbuidos por esta idea, algunos creyeron ver en las páginas del Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha toda suerte de mensajes que  don Miguel de Cervantes habría ocultado bajo el ropaje del simpar caballero. Noticias tenemos de que a lo largo del siglo XIX hubo quien se aplicó con afán a la tarea de descubrir la verdad del Quijote: Nicolás Díaz Benjumea, Benigno Pallol o Adolfo Saldías son algunos de ellos; también Baldomero Villegas, un cántabro, de Santoña, que se empleó a fondo en esta labor como lo demuestra la publicación de varias obras sobre este tema:

  1. Estudio tropológico sobre el D. Quijote de la Mancha del sin par Cervantes. Burgos: Imp. del Correo de Burgos, 1899.
  2. La revolución española. Estudio en que se descubre cuál y cómo fue el verdadero ingenio del Quijote y el pensamiento del simpar Cervantes. Madrid: Imp. de Fontanet, 1903.
  3. La cuestión social en el Quijote. Reto en tres cartas abiertas a D. Marcelino Menéndez y Pelayo. Madrid: Imprenta Moderna, 1904.
  4. Cervantes, luz del mundo. Enseñanzas cervantinas crítico-apologético-metafísicas (Discurso leído en el Ateneo de Madrid el 12 de abril de 1915). Madrid: Imp. de Fontanet, 1915.

En 1916 se conmemora el Centenario de la muerte de Cervantes. No faltan publicaciones y homenajes;  casi todos cuentan con el beneplácito oficial. Don Baldomero, insensible al desaliento, acude también a la cita y publica una nueva entrega de su peculiar visión de la obra del autor del Quijote:  Catecismo de la doctrina cervantina: homenaje al genio. El Quijote ortodoxo y el Quijote heterodoxo.

¿Qué posición ocuparía doña Rosario de Acuña, admiradora confesa de la genial obra cervantina,  en este tema? He aquí la respuesta:

Mi distinguido amigo:

Ni una sola voz, ni incidentalmente siquiera, al menos en lo que yo he leído, se ha hecho mención en este Centenario, de sus primorosos, morales y racionales libros sobre ese evangelio de purezas y enseñanzas que se llama el Quijote. ¿Habrá míseros y ramplones en nuestra patria entre los que se llaman kultos? Y es tal mi indignación, que no puedo menos de tomar la pluma y dirigirme a usted haciendo que mi protesta le demuestre que no todos los españoles nos hemos vuelto ya cuadrumanos; a mucha honra tengo sostenerme en dos pies y dominando los instintos de la animalidad, casi enseñoreada de nuestros compatriotas…

Que conste mi protesta. Ínterin las faldas manejadas por delegados del Vaticano gobiernan a España, todos los que son como usted están sentenciados al ostracismo, cuando no al martirio. ¡Cuándo se librará la patria de esta pesadilla!

Es siempre su amiga

ROSARIO DE ACUÑA Y VILLANUEVA

80. «A la memoria de la gran pensadora Rosario de Acuña», por Amalia Carvia

Las mujeres españolas emancipadas de la rutina religiosa están de duelo. Ha muerto la gran mujer que un día enarboló en el baluarte del libre examen la hermosa bandera del más sagrado de los derechos, llamando a agruparse bajo ella a las conciencias femeninas.

Natural es que nosotras, las que fuimos despertadas por su elocuente voz del sueño de la inconsciencia, nos lamentemos hoy de tan sensible pérdida; porque Rosario de Acuña era una estrella luminosa en el brumoso cielo de la conciencia nacional y a sus fulgores pudieron distinguir muchas almas el recto camino que lleva a la verdad y la razón. Aquellos sus artículos publicados en Las Dominicales, que hicieron célebre su magistral pluma, serán siempre recordados por todos los amantes de los fueros del pensamiento humano.

La pluma de la señora de Acuña fue una formidable piqueta golpeando sin descanso en el vetusto alcázar de la tradición. La admirable pensadora con lógica contundente arremetía contra todos los absurdos del dogma católico, pero entre las filigranas de su inimitable y valiente estilo, asomaban los tiernos y exquisitos sentimientos de su elevado espíritu verdaderamente religioso. Y por esto, su resonante voz vibraba fuertemente en las almas femeninas, penetrando hasta el fondo de las más místicas y piadosas, que abandonaban resueltas el culto del altar católico por el culto más alto de la victoriosa razón.

Así era de ver el inmenso número de adhesiones que llegaban a manos de la famosa propagandista, firmadas por mujeres españolas. Fue una explosión de entusiasmo que la reacción se encargó prontamente de apagar; pero no hay duda que los corazones de todas aquellas mujeres quedaron grabadas con indeleble sello.

Podrían las fuertes influencias del ambiente jesuítico cambiar las manifestaciones exteriores de esas mujeres, pero sus almas seguirán siendo libres, y al imprimir sus sanos besos de madre sobre las frentes de sus hijos, lo harán sin las estupideces del ciego fanatismo.

Rosario de Acuña habrá muerto quizá con el pensamiento entristecido ante la perspectiva de una España esclava de los hijos de Loyola; mas ya su valiente espíritu, desde las altas regiones donde mora, percibirá que su labor no ha sido perdida, que su siembra fructificará rápidamente cuando las circunstancias porque hoy atraviesa nuestro país desaparezcan, y el suelo, libre del cieno que lo cubre pueda dejar brotar todo lo que ha sido sembrado.

Hasta sus últimos años, la pluma férrea de la escritora de alma inquebrantable ha fustigado sin parar las mentiras e hipocresías que inficionan el ambiente patrio, asombrándonos que en su avanzada edad conservara tan perfectamente los ímpetus juveniles, la gallardía y donosura de sus mejores años. Y es ello la prueba más evidente de que tan admirables atributos no tienen su asiento en el organismo material, que residen en el espíritu, decidido a cumplir su destino en la tierra, a pesar de todos los obstáculos que el mundo ponga a su paso.

El alma de Rosario de Acuña, abierta siempre a los efluvios del espacio, tenía la conciencia de su misión, ya hoy cumplida; que ella nos fortifique en las luchas de la vida por la liberación humana; que ella, que hasta última hora ha persistido en la creencia en ulteriores fines, siga desde el infinito prestándonos las energías potentes de su ser, para continuar esa labor de los siglos de separar la verdad del error, de combatir las imposiciones del fanatismo que entenebrecen la existencia del hombre, a pesar de sus esfuerzos por acabar con un mal tan antiguo.

Bendigamos la memoria de la valiente mujer que pasó la vida aprovechando todas las horas de ella en una titánica empresa, cual es la de levantar esa espantosa mole que pesa sobre el pensamiento humano.

Valencia, mayo, 1923

Amalia Carvia

79. El impulso de la memoria

El pasado día 17 de septiembre asistí en el Centro de Cultura Antiguo Instituto de Gijón a la presentación de El árbol del pan. No podía faltar. Por si no bastara el hecho mismo de dar a conocer aquella obra, una buena novela con la que disfruté meses atrás cuando llegó a mis manos en forma de archivo electrónico, la presencia en la tribuna de Félix Población y de Lidia Falcón era garantía suficiente de que la velada habría de ser, además de grata, útil y provechosa.

Y así fue, ciertamente. Y así lo entendieron los presentes que se lanzaron abiertamente a comentar, debatir y preguntar en cuanto el moderador declaró abierto el imprevisible colofón que suele acompañar a los actos de esta naturaleza. Al final, caras de satisfacción en unos y en otros. En mi caso quizás con más motivo habida cuenta del protagonismo que tuvo doña Rosario de Acuña en la velada, tanto que después de transcurridos unos días aún me sigo preguntando cómo es que ninguno de los presentes se sintiera lo suficientemente sorprendido como para hacer algún comentario al respecto.

¿Será que todos eran conocedores de la trama? ¿Será que todos sabían que Lidia Falcón es la sobrina-nieta de Carlos de Lamo, el hombre que convivió durante casi cuarenta años con la pensadora de El Cervigón? ¿Conocían el parentesco de Félix Población con Amaro del Rosal, el dirigente socialista que desde su exilio mejicano se afanó en recuperar la memoria de doña Rosario? ¿Sabrían que entre los presentes se encontraba uno de los hijos de Luciano Castañón, el escritor que a finales de los años sesenta del pasado siglo consiguiera, entre otras cosas, recuperar el testamento ológrafo de la escritora?

En El árbol del pan Félix Población recupera para todos nosotros la vida cotidiana de una de las familias a las que la Guerra condenó al exilio interior. También, la intrahistoria de una pequeña ciudad de provincias inundada de carencias y aterida por los violentos recuerdos, por las dolorosas ausencias. Memoria reencontrada. Lidia Falcón hizo lo propio años antes con Los hijos de los vencidos, intensa memoria de tres mujeres a las que la dura y cruel posguerra confinó en un gran cercado anegado de temor y silencio.

Ambos llevan tiempo entregados a disipar la neblina que alimenta nuestra desmemoria. Cierto es que con ello no hacen más que recoger el testigo de algunos de sus familiares más cercanos. De aquellos que como Regina de Lamo (véase el artículo «En justa respuesta» ) y Amaro del RosalEl impulso que vino de México») se empeñaron tiempo atrás en luchar contra el olvido, afanándose en mantener vivo el valioso testimonio vital, ahora en buena medida recuperado, de doña Rosario de Acuña y Villanueva. Tal parece que la recuperación de una parte de la memoria tuviera efectos multiplicadores. Se activan nuevos resortes que impulsan nuevas búsquedas de la Verdad. Con palabras más cuidadas y precisas, así lo expresaba Félix Población entonces:

Somos nuestra memoria —afirma también Jorge Luis Borges—, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos. En El árbol del pan he tratado de restaurar esos espejos, susceptibles de ser empañados por el brumoso acecho del silencio, e intentar a través de la escritura —pintura de la voz, según Voltaire— que lo relatado sea una expedición a la verdad, máximo objetivo de la literatura para Kafka. Los libros deben respirar verdad. La verdad nos hace libres y ésta es la condición sine qua non para que la cultura aflore, arraigue y crezca frente a los procelosos turbiones de niebla del oscurantismo y la intolerancia»