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91. Rosario de Acuña en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

El pasado 28 de febrero la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes inauguró un portal dedicado a Rosario de Acuña y Villanueva, con lo cual esta infatigable luchadora pasa a compartir espacio con otras destacadas  escritoras del diecinueve como  Concepción Arenal, Fernán Caballero, Rosalía de Castro, Emilia Pardo Bazán o Gertrudis Gómez de Avellaneda.

Esta es, sin duda, una excelente noticia para todos cuantos, en una u otra medida,  hemos venido contribuyendo durante los últimos años en  la  divulgación de  la vida y obra de esta singular mujer. Y lo es porque damos por supuesto que el referido portal contribuirá grandemente a esta tarea colectiva, a la que se hace mención en la Presentación de este espacio:

A finales de los sesenta del pasado siglo pocos eran los que podían decir cosa alguna de Rosario de Acuña y Villanueva. Apenas habían pasado cuatro décadas desde su muerte y su memoria parecía haberse desvanecido.

Entonces, y de esto hace ya cuatro años, se decía que las cosas habían empezado a cambiar y que gracias a las aportaciones de Patricio Adúriz y de cuantos le sucedieron en el empeño, (Javier Ramos, Amaro del Rosal, Mauro Muñiz, Sara Suárez Solís, Luciano Castañón, José Bolado, Pedro Álvarez Lázaro, José Ramón Saíz Viadero, Matilde Camús, Daniel Palacio, María del Carmen Simón Palmer, Elvira María Pérez-Manso, María Teresa Álvarez, María de los Ángeles Ayala, María José Lacalzada, Íñigo Sánchez Lama, Christine Arkinstall, Luis Roda, Aquilino González Neira, Marta Fernández Morales, Esther Zaplana o Macrino F. Riera, autor de estas líneas y de Rosario de Acuña en Asturias y Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato),  ahora  conocemos mucho mejor quién fue esta ilustre librepensadora y qué papel desempeñó en la España que le tocó vivir.

Si eso decíamos entonces, qué no podremos decir ahora. Esperamos mucho de tan prestigioso aliado, pues tras varios de funcionamiento la BVMC  se ha consolidado como un indiscutible espacio de referencia de la cultura en español, el gran fondo de obras clásicas en lenguas hispánicas en la Red. Si con el esfuerzo individual de unos pocos hemos conseguido lo que hemos conseguido, qué no podremos  esperar de una estructura tan potente.

Es previsible que, no tardando,  tanto la cronología de la vida de la autora,   la bibliografía a ella referida, el número de obras digitalizadas (disponibles en la Red desde el año 2009),  así como el resto de información  que  ahora tenemos a nuestra disposición,  se vea sensiblemente mejorado, lo cual redundará en un mejor conocimiento del testimonio vital que nos legó doña Rosario de Acuña y Villanueva.

Que así sea.

86. «Una mujer muy mujer», por José Díaz Fernández

Yo iba algunas tardes hasta allá arriba, por charlar con doña Rosario, a quien no le gustaban mis versos. Me lo decía con sinceridad y yo no me atrevía a contradecirle:

—Son ustedes muy frívolos y la poesía es una cosa seria.

Me recordaba a mi madre, a la que tampoco le agrada lo que yo escribo. Le pasa lo que a la madre de Bagaría, que le decía de sus dibujos:

—Yo no comprendo cómo le gustan a nadie esos caracoles.

Doña Rosario no transigía con el ritmo desarticulado, las imágenes puras y los temas ligeros. Ella entendía el poema como un abandono de todo el panorama exterior para entregarse a la íntima devoción de las cosas. Todos sus versos son de un misticismo patético dentro de una pulcra forma clásica. Aspiraba a sorprender la actitud eterna de la Naturaleza y la vida; pero rehuía todo contacto con el mundo real. Aún en su teatro poético se nota esa tendencia deshumanizadora con la intención y la terquedad de un Teixeira de Pascoaes de quien doña Rosario era lectora muy constante. ¡Cómo iba a gustarle a doña Rosario un soneto que yo acababa de escribir sobre el cine!

—¡El cine! ¡Qué barbaridad! —decía indignada doña Rosario. Ahí no puede haber poesía sino inmoralidad y folletín. Yo nunca estuve.

Pero yo, delante de aquella anciana nerviosa, vivaz, entusiasta, apetente siempre de discusión, me sentía vigorizado y enérgico. Era un revulsivo su palabra creyente y clara por donde corrían las utopías como el agua por su cauce. Llegábamos allí un poco apesadumbrados de decepción y salíamos fortalecidos de libertad. Ella creía en el Más Allá, en la Revolución, en el destierro de los frailes, en el Amor, en Todo. Su figurilla delgada y arrugada era otra al hablar. A mí me daba la impresión del arco tenso de una ballesta lanzando fija y eficaz la flecha de la palabra.

—¿Cómo? Pero ¿usted no cree en esto? ¿Usted no cree en esto otro? ¡Qué remedio queda! Es una cosa fatal, decidida, inexorable, que se impondrá porque es la verdad. La vida tiene que volver a ser pura, justa y noble.

Cuando yo salía de conversar con doña Rosario formaba el propósito de no volver al cine, ni hacer más sonetos que tuviesen el ritmo ambiguo de las musas que se pintan los labios y bailan el fox. Ella era un ejemplo de vida diáfana y severa consagrada a un ideal de arte y de reforma social.

Y, sin embargo, era la mujer siempre femenina, atractiva, llena de gracia y de dulzura. Recuerdo que un día charlábamos en el comedor de su casa sobre la literatura rusa. Yo me quedé mirando el bordado del tapete de la mesa. Y doña Rosario, que me observaba, salió de Andreiew a un tema de labor y me habló de los bordados de Malinas, del entredós de Camariñas, de los estampados escoceses y de los encajes de las hábiles encajeras belgas. Para terminar:

—Eso lo he bordado yo. Por cierto que no pude escribir aquel artículo que les había ofrecido a ustedes porque quería acabar el tapete.

Daba lecciones de feminidad con la sencillez genial de quien habiendo nacido para los más altos destinos, no pierde nunca el contacto con las pobres cosas de la existencia. Era su vida un magisterio que acaso ninguna mujer aproveche. Sabía que el deber de las mujeres alcanza un horizonte más ancho que el de los hombres. Sabía que la mujer tiene que embellecer la vida con el amor, la inteligencia y la voluntad. Que hay que saber hacer una salsa y comprender una idea: repasar una camiseta y leer un libro. Doña Rosario enseñaba con el mismo orgullo un ejemplar de Doloras y humoradas que le dedicara Campoamor, que la rica mantelería heredada de su madre.

Frecuentemente aludía doña Rosario a sus viajes y sus excursiones. Sus caminatas por tierras de España y de Portugal dan idea de lo que era aquella mujer que recorría leguas a pie y a caballo, en tren o en diligencia, vadeando ríos y atravesando brañas, comiendo en las tabernas del camino entre labradores, buhoneros y trajinantes.

Hubo quien le negó el recuerdo de una calle en Gijón diciendo desdeñosamente que no era asturiana. Claro que doña Rosario de Acuña es universal. Pero dejando esto a un lado, quizá ella conociera Asturias mejor que muchos asturianos. Yo sé que recorrió a pie toda mi comarca occidental, metiéndose en las ásperas tierras de los Oscos y llegando a abrigaños de vaqueiros para sorprender maravillas de paisaje y honduras psicológicas de nuestro carácter. Hizo más, mucho más, que otros presuntos regionalistas.

Cuando pienso que aquella doña Rosario, que a los setenta años creía en todo, no volverá a darme ánimos borrando con su palabra el escepticismo que ha nacido con la juventud de este siglo, siento una gran tristeza. Hoy separo los ojos de tantos ojos de mujer como sonríen por estas calles y quedo con ellos elevados en el recuerdo de aquella vieja amiga, cuya psique vuela por la estancia donde escribo. Ella supo alcanzar la vida imperecedera que no tendrán estas mujeres, cuya sangre joven palpita entre el sol de mayo.

J. Díaz Fernández

El Noroeste, Gijón, 4-5-1924

83. Que no, que no. Que nació en Madrid

Escribo estas líneas el jueves 28 de octubre, horas después de que se hiciera pública la muerte de Marcelino Camacho. Luego resultó que la noticia no era tal, que el dirigente sindical se encontraba ingresado en un hospital de Madrid en estado muy grave, pero que no había muerto. Al parecer, los errores se sucedieron: una agencia proporcionó la noticia — sin haberla contrastado, se supone— a sus abonados, algunos de los cuales la publican sin más. Hete tú aquí, que hay quien llama a la familia y comprueba que lo publicado no es cierto, que el fundador de CCOO está grave, pero aún vive.

Sirva el hecho como muestra  de la confusión que rige nuestros actos: tal parece que nos importa más la cantidad que la calidad, la rapidez que la verdad. ¿Para que perder tiempo contrastando una fecha, un dato… una muerte?

Si esto sucede con hechos contemporáneos, de fácil comprobación, ¿qué no sucederá con asuntos acaecidos décadas atrás? De eso sabemos bastante todos cuantos nos dedicamos a rastrear  las fuentes del pasado: los errores, las pistas falsas, suponen mayor contratiempo que la ausencia de datos. Veamos un ejemplo en el asunto que nos compete: cuando empecé a investigar acerca de  la vida y obra de doña Rosario de Acuña
—hará de esto del orden unos de diez años— me sorprendió que no hubiera datos ciertos sobre su lugar de nacimiento, pues unos afirmaban que era oriunda de Pinto y otros que decían que había nacido en Bezana, en Madrid o en Cuba. En cambio, parecía haber unanimidad en cuanto al año: 1851.

Tras varios años de investigaciones, en Rosario de Acuña en Asturias (2005) pude avanzar lo siguiente:  «Una vida que comenzó mediado el anterior siglo [me refería al de su llegada a Gijón] en Madrid, donde ve la luz el primer día de noviembre del año 1850, en las cercanías de la que será más tarde la Gran Vía madrileña». Por tanto, a pesar de lo que se había venido diciendo, no había nacido ni en Pinto, ni en ningún otro lugar que no fuera la capital de España; y no lo había hecho en el año 1851. Más adelante, en otro capítulo, citaba algunos de los argumentos en los que basaba aquella afirmación. El más contundente de todos ellos quizás fuera el aportado por Francisco Fernández de Bethencourt, quien en su Historia genealógica y heráldica de la Monarquía Española, publicada en 1901, señalaba lo que sigue: «Doña María del Rosario Santos Josefa de Acuña y Villanueva, nacida en Madrid el 1º de noviembre de 1850, bautizada el 2 en la parroquial de San Martín…». Basándome en este dato, de gran precisión y procedente de una fuente cuya fiabilidad había podido contrastar en ocasiones anteriores, así como en algunos otros que allí también enumeraba y que apuntaban en la misma dirección, di por buena aquella fecha, a pesar de que cuantos a ella se han referido en el pasado, y aun en el presente, en las diversas enciclopedias, historias de la literatura y monografías que he consultado se habían empeñado en afirmar que 1851 era el año del nacimiento de Rosario de Acuña y Villanueva.

No era uno, sino  varios los argumentos en los que me apoyaba para realizar esa afirmación.  De todas formas, meses después recibí la prueba que estaba esperando: la copia de la Partida de bautismo de la escritora, documento que se encuentra en el expediente abierto en 1883 con motivo de la solicitud de pensión de viudedad que realizó su madre por entonces. No sólo hice mención a la existencia del documento en Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato (2009), sino que poco después publiqué el texto de la citada Partida en la página «Rosario de Acuña. Vida y obra»:

«En la Iglesia Parroquial de S. Martín de Madrid a dos de Noviembre de mil ochocientos cincuenta, Yo D. Sebastián Fernández, Teniente Cura de ella, bauticé solemnemente y puse los Santos Óleos y Crisma a una niña que nació el día primero del corriente a las cinco y media de la mañana en la calle de Fomento número veintinueve y la puse por nombre María del Rosario Santos Josefa, hija legítima de D. Felipe Acuña, natural de Arjonilla, provincia de Jaén, y de Dª Dolores Villanueva de Elices, natural de Yebra, diócesis de Toledo. Abuelos paternos D. Felipe, natural de Baeza, provincia de Jaén y Dª Rosario Solís y Abellán, natural de Doña Mencía, provincia de Córdoba, y los maternos D. Juan, natural de San Pedro del Monte, provincia de León y Dª Polonia Elices, natural de Ocaña. Padrinos D. José Gómez y Dª Francisca Elices, a quienes advertí el parentesco espiritual y obligaciones. Testigos D. Isidoro María Fernández y D. José Sánchez y lo firmé. Sebastián Fernández.»

Bien creía, iluso de mí, que con aquello sería suficiente, que ya nadie albergaría dudas al respecto y que de a partir de  entonces no habría publicación que no dijera que doña Rosario de Acuña y Villanueva había nacido en Madrid el primer día de noviembre del año 1850 (en unos días,  el CLX aniversario).

Claro está que no contaba con el hecho de que la Wikipedia puede ser actualizada por cualquiera que pase por allí.  Y el otro día me encontré con que en este lugar tan socorrido en estos tiempos la entrada dedicada a nuestra librepensadora se decía que había nacido en Pinto el 1 de noviembre de 1851.

De nuevo a las andadas.  ¡Qué tiempos! Todo rápido, todo globalizado,  todo al alcance de todos… Lo que a unos les lleva años de investigación, otros lo resuelven con una lectura de reojo; lo que a unos les supone consultar y consultar fuentes, otros lo ventilan cortando y pegando de cualquier sitio en el cual  ha sido publicado tras haberlo cortado y pegado de vete tú a saber dónde…

79. El impulso de la memoria

El pasado día 17 de septiembre asistí en el Centro de Cultura Antiguo Instituto de Gijón a la presentación de El árbol del pan. No podía faltar. Por si no bastara el hecho mismo de dar a conocer aquella obra, una buena novela con la que disfruté meses atrás cuando llegó a mis manos en forma de archivo electrónico, la presencia en la tribuna de Félix Población y de Lidia Falcón era garantía suficiente de que la velada habría de ser, además de grata, útil y provechosa.

Y así fue, ciertamente. Y así lo entendieron los presentes que se lanzaron abiertamente a comentar, debatir y preguntar en cuanto el moderador declaró abierto el imprevisible colofón que suele acompañar a los actos de esta naturaleza. Al final, caras de satisfacción en unos y en otros. En mi caso quizás con más motivo habida cuenta del protagonismo que tuvo doña Rosario de Acuña en la velada, tanto que después de transcurridos unos días aún me sigo preguntando cómo es que ninguno de los presentes se sintiera lo suficientemente sorprendido como para hacer algún comentario al respecto.

¿Será que todos eran conocedores de la trama? ¿Será que todos sabían que Lidia Falcón es la sobrina-nieta de Carlos de Lamo, el hombre que convivió durante casi cuarenta años con la pensadora de El Cervigón? ¿Conocían el parentesco de Félix Población con Amaro del Rosal, el dirigente socialista que desde su exilio mejicano se afanó en recuperar la memoria de doña Rosario? ¿Sabrían que entre los presentes se encontraba uno de los hijos de Luciano Castañón, el escritor que a finales de los años sesenta del pasado siglo consiguiera, entre otras cosas, recuperar el testamento ológrafo de la escritora?

En El árbol del pan Félix Población recupera para todos nosotros la vida cotidiana de una de las familias a las que la Guerra condenó al exilio interior. También, la intrahistoria de una pequeña ciudad de provincias inundada de carencias y aterida por los violentos recuerdos, por las dolorosas ausencias. Memoria reencontrada. Lidia Falcón hizo lo propio años antes con Los hijos de los vencidos, intensa memoria de tres mujeres a las que la dura y cruel posguerra confinó en un gran cercado anegado de temor y silencio.

Ambos llevan tiempo entregados a disipar la neblina que alimenta nuestra desmemoria. Cierto es que con ello no hacen más que recoger el testigo de algunos de sus familiares más cercanos. De aquellos que como Regina de Lamo (véase el artículo «En justa respuesta» ) y Amaro del RosalEl impulso que vino de México») se empeñaron tiempo atrás en luchar contra el olvido, afanándose en mantener vivo el valioso testimonio vital, ahora en buena medida recuperado, de doña Rosario de Acuña y Villanueva. Tal parece que la recuperación de una parte de la memoria tuviera efectos multiplicadores. Se activan nuevos resortes que impulsan nuevas búsquedas de la Verdad. Con palabras más cuidadas y precisas, así lo expresaba Félix Población entonces:

Somos nuestra memoria —afirma también Jorge Luis Borges—, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos. En El árbol del pan he tratado de restaurar esos espejos, susceptibles de ser empañados por el brumoso acecho del silencio, e intentar a través de la escritura —pintura de la voz, según Voltaire— que lo relatado sea una expedición a la verdad, máximo objetivo de la literatura para Kafka. Los libros deben respirar verdad. La verdad nos hace libres y ésta es la condición sine qua non para que la cultura aflore, arraigue y crezca frente a los procelosos turbiones de niebla del oscurantismo y la intolerancia»

75. De una visita a Luarca y de lo que allí aconteció

La de los ochenta fue una década crucial en la vida de nuestra protagonista: a principios del ochenta y uno decide alejarse del bullicio urbano para instalarse en una casa situada a las afueras de un pequeño pueblo del sur de la capital; a finales de 1884, después de separarse definitivamente de su marido y de llorar la prematura muerte de su padre, proclama a los cuatro vientos que se alista en el bando de quienes defienden la causa del libre pensamiento; en 1886 ingresa en la masonería convertida en Hipatia…

En este tiempo de mudanza es cuando realiza largos viajes, de varios meses de duración por la geografía española. Según sus propias palabras, durante once años, cuando el sol de mayo comenzaba a calentar, salía de Pinto a lomos de una dócil yegua, con escaso equipaje  y acompañada Gabriel, por entonces su criado fiel,  para conocer los paisajes de la vieja patria  en largas jornadas de seis a ocho leguas de recorrido (el equivalente a treinta y tantos kilómetros). Y así durante semanas, recorriendo valles y montañas, visitando aldeas y ciudades, compartiendo ilusiones y esperanzas con cuantos hasta ella se acercaban, hasta que a finales de noviembre regresaban a casa.

El que realizó en 1887 por León, Asturias y Galicia tenía un objetivo especial: «…escribir un librito sobre nuestras comarcas del Norte, sacando a luz a los hijos  del pueblo de las montañas y las costas, sobrios, sufridos, trabajadores…». Cuando esto escribía ya apuntaba que pensaba que la aventura era algo atrevida, aunque no sé si cuando lo hacía barruntaba las amenazas y persecuciones que habría de padecer a lo largo del trayecto.

El viaje había comenzado en León en el mes de junio. Doña Rosario y  Gabriel se habían trasladado hasta allí en ferrocarril. Tras comprar una yegua para  su acompañante,  pues la suya había llegado en el mismo medio de transporte, emprendieron camino hacia el  norte. A finales de mes  ya  se encuentran en Asturias, pues hay constancia de que por entonces visitó la fábrica de cañones de Trubia. Durante todo el mes de julio debió de recorrer buena parte de lo las montañas asturianas y no será hasta finales de ese mes o  cuando decida poner rumbo a Galicia, con parada obligada en Luarca.

En la villa valdesana la esperan: con entusiasmo los unos, con irritación los otros. Los primeros organizan diferentes actos de bienvenida; Los centinelas valdesanos, le envían anónimos y amenazas. De lo uno y de lo otro tenemos noticia por lo contado en la prensa. Los lectores de Las Dominicales estuvieron informados de todos los detalles, pues el semanario, además de recibir puntualmente las crónicas de Francos Rodríguez y de la propia Rosario de Acuña, copiaba cuanto a propósito publicaban  los periódicos regionales. Por una parte los agasajos:

No pudieron ser más gratas las que el numeroso público que llenaba los salones del Casino recibió  con la velada literaria musical que se celebró el sábado de la semana pasada.
Aprovechando la estancia en esta villa de la eminente escritora doña Rosario de Acuña y del joven y reputado orador y distinguido médico D. José Francos Rodríguez se organizó esta velada a beneficio de los pobres de Luarca. El celebrado poeta D. Eloy Perillan y Buxó, que se hallaba en Coaña, fue invitado a tomar parte en este festival, y como se trataba de un acto de caridad, contribuyó a la brillantez de la fiesta como no era menos de esperar de su ingenio por todos reconocido.
Era el primer espectáculo de esta índole que se celebraba en Luarca, y por consiguiente los billetes de entrada eran codiciados por todos.
[…]
Tocole el turno a doña Rosario de Acuña, y al aparecer ante el público, produjo en este general expectación.
Todas las personas que a la fiesta asistían, tenían avidez por verla y escucharla, y al disponerse a leer sus grandilocuentes producciones reinó un silencio sepulcral.
Entre las varias composiciones que leyó, recordamos las siguientes: Las dos nubes,  A unas aves, La envidia, La calumnia, Soneto a la libertad del drama Rienzi, Cantares y Lo que dice la gaviota.
La terminación de cada una de estas composiciones era saludada con una salva de aplausos y en particular los Cantares. Leyó además La mendiga, composición del señor Francos Rodríguez, quien como doña Rosario de Acuña tuvo que presentarse al público en medio de atronadores aplausos.

Por la otra, las amenazas:

«Ha llegado a nuestras manos un anónimo dirigido a la insigne escritora doña Rosario de Acuña, por unas mujerzuelas a quien todos conocemos, aun bajo el estúpido y rimbombante seudónimo de Los centinelas valdesanos

«Parece que la mano miserable y encanallada que ha redactado este anónimo se ha atrevido de amenazar de muerte a la simpar escritora, si no cesa en su propaganda de hereje, frase que quizá indica el antro en el que tales bajezas se confeccionan»

Así contaban lo sucedido quienes lo observaban desde fuera.  La protagonista de la historia lo vivió como un lance más de la lucha. Cuando tomó la decisión de proclamar su adhesión al bando de los luchadores por la libertad ya contaba con el hecho de que estas cosas habrían de pasar. He aquí sus palabras:

Adiós, Luarca; el légamo cenagoso que ocultas bajo tus brillantes exterioridades se alborotó a mi arribo… ¡qué mejor prueba de que nuestros ideales nos hacen gigantes!…
Atendedme, amigos míos, vosotros los que temisteis, tal vez por conocerme poco, que el encuentro de algunos reptiles detuviera mi marcha: como el ave de vuestros mares que se cierne sobre el desierto escollo, solitaria, porque el huracán destrozó su nido, así camina mi alma sobre los escollos de la existencia, llena de recuerdos y vacía de esperanzas; las olas embravecidas del mar de las pasiones no pueden llegar ni aun a salpicar con sus espumas mi cansada planta, que habiéndose hundido todos los bienes de mi vida en el abismo sin fondo de la desesperación, mi paso, aligerado por la falta de cargamento, me hizo subir a una altura donde nunca llegan las turbulencias de este océano: como la cariátide impasible que ostentan las momias egipcias, así mi voluntad inconmovible en su quietud de muerte, defiende de las inclemencias sociales los secos restos de mi corazón; a medida que pasan los días siento con más vehemencia la necesidad de subir, y aunque allá arriba no espero otra cosa que la paz de un descanso eterno, todas mis energías parece que tienden a la ascensión; en mi ruta he dejado atrás, primero a los ambiciosos, después a los ilusos, más tarde a los vanos; mi afán es encontrarme con los convencidos… y subo, ¡subo sin cesar!… Decidme; quien de tal modo siente la orfandad de venturas; quien de tal modo sustenta el afán de conocimientos, ¿es posible que retroceda?…¡Luarca!…»)

74. «Recordando a Rosario de Acuña», por Rosa Canto

Uno de los primeros días de este mes de mayo, luminoso y florido, ha hecho dos años que murió, en Gijón, la escritora y poetisa madrileña Rosario de Acuña.

Su obra literaria fue admirable; su labor poética, digna de todas las alabanzas; y su gestión social y educadora tan considerable, que no debería ser olvidada. Ahora que tan difusa propaganda se hace de los preceptos higiénicos debe recordarse que ella escribió —cuando sólo los profesionales se ocupaban de ello— una serie de  artículos tratando de reglas higiénicas divulgándolas y procurando hacerlas llegar a los rústicos entendimientos, que primero en un pueblo de Santander y luego en Gijón, la rodeaban, constituyendo casi su única sociedad.

Rosario de Acuña, que a los diez y seis años escribió [en realidad tenía unos pocos más pues contaba con veinticinco] una magnífica tragedia en verso: «Rienzi el tribuno», que la crítica diputó obra maestra; que produjo otras varias obras, una de las cuales «El padre Juan» la envolvió en la aureola de  popularidad al ser prohibidas las representaciones por sus tendencias; que escribió bellos libros de versos, es una de las más relevantes figuras literarias del pasado siglo, y es un hermoso ejemplo de sencillez, triunfando al entrar en la adolescencia, y sin que su enorme éxito y la lisonja que la rodeó la hicieran conocer la fatuidad.

Pero el interés que inspira la figura literaria se ve superado al destacar la mujer sus rasgos; rasgos de tal brillantez, que deben enorgullecer a todas las mujeres que, sin distinción de matices, sientan el hondo latir de un corazón capaz de comprenderlos.

Nacida en ambiente aristocrático; educada en los mayores refinamientos; criada entre el lujo y la comodidad; cultivado su espíritu y su cerebro con los viajes y la lectura, Rosario de Acuña, con inteligencia y cultura excepcionales, parecía destinada a triunfar en la vida de un modo rotundo y absoluto… ¡y fracasó!

Fracasó por inadaptación al medio en que vivía y en que nació; fracasó por su exquisita sensibilidad que la apartaba del modo de sentir uniforme; y fracasó, sobre todo, porque su alta mentalidad la llevó a disentir de las rancias y convencionales ideas de su sociedad aristocrática, y ésta no se lo perdonó.

En vez de consideración, galantería y halagos, Rosario de Acuña tuvo, al emitir sus amplias ideas, el silencio primero, la insidia luego, el aislamiento y la persecución después.

Practicó ella —la descreída— la religión cristiana demasiado al pie de la letra; buscaba el trato de los humildes; procuraba mejorar la condición de  los trabajadores, los consideraba sus iguales… ¡Absurdo! El alma excelsa de esta mujer no estaba al alcance de las que echaban monedas en los cepillos de las parroquias.

Es caso único en la sociedad aristocrática española este de Rosario de Acuña, porque mujeres privilegiadas ha habido en España; pero han surgido al choque de una pasión, como en la defensa de la patria las heroínas y en aras de la religión las mártires; pero, fría, serena y razonadamente perder todos los privilegios que su nacimiento le daba, para dedicarse por completo a la causa de los humildes, mejorando su instrucción, atendiéndoles con amor en sus tribulaciones y renunciando ella a su propio bienestar, no ha habido más que este caso sin segundo. El temple de alma —alma de apóstol a lo Tolstoi, a lo Krotpokin— de Rosario de Acuña hay que buscarle en la psicología rusa; sólo en Rusia se han dado estos altos ejemplos de amor a la Humanidad, sacrificando las comodidades de un hogar y cambiándolas por las calamidades del destierro o la prisión.

Rosario fue una desterrada en su patria y merced a maniobras de elementos contrarios tuvo el dolor de verse apedreada por los niños, a los que tanto amaba, y en peligro de incendio su casita por unos inexpertos muchachos movidos por la seudo patriotería, que avergonzada se reconocía en las palabras vibrantes de la ya anciana escritora, mucho más patriota, diciendo en sus artículos la verdad que los que fingiendo halagaban las vanidades nacionales.

Pocos días después de su muerte, el Ateneo, asilo de toda noble idea, dio una velada en su honor; la ausencia de varios escritores que prometieron asistir inspiró irónicos comentarios a Violeta [seudónimo utilizado por la periodista Consuelo Álvarez, redactora de El País] , que rindió entusiasta homenaje a la muerta escritora.

No faltó el elemento humilde. Los círculos obreros de distintos puntos de España telegrafiaron su adhesión al acto; muchas mujeres modestas asistieron a él, y con esto tuvo la velada el carácter sincero que se le quiso dar.

Hace algún tiempo leí que se proyectaba conservar la casita de la escritora e instalar en ella una biblioteca. Sería éste el mejor y más adecuado homenaje —en esta época de homenajes y revisiones intelectuales— a la gran escritora e insigne mujer. Que la casita donde en los últimos años pasara tantas privaciones y amarguras quedara como un refugio para la inteligencia, y que sus obras, donde palpita su alma entera, figuraran en lugar preferente en la humilde morada, que en lo alto del promontorio aparecería entonces como un faro, iluminado por el espíritu noble, abnegado y austero de Rosario de Acuña.

ROSA CANTO

Heraldo de Madrid, 19-5-1925

72. De un banquete en el Café de Fornos y de su trascendencia

Tengo escrito que la gran transformación en la vida de Rosario de Acuña se produjo en los primeros años de su residencia en Pinto; que tras la prematura muerte de su padre, acaecida en enero de 1883, se inició para ella un tiempo de reacomodo, de cambio, de metamorfosis:

Huérfana de padre (“un alma como la suya, gemela en el amor hacia todas las lealtades”) y definitivamente separada de su marido, los meses que siguieron a aquel aciago inicio de 1883 conformaron un tiempo de gran trascendencia para nuestra protagonista, a juzgar por el brusco giro que, tiempo después, tomó su vida. Fueron aquellos meses momento de analizar las leyes que rigen el universo, de diseccionar las costumbres animales, de echar mano de la teoría darwiniana que su abuelo materno, fallecido unos meses antes, se empeñó en que conociera; de repensar las enseñanzas del Evangelio, de analizar las enseñanzas de otras religiones, de separar la paja del grano; de diseccionar el alma humana, de contemplar su bondad y de analizar las causas que la enturbian; de rememorar las primeras imágenes del pasado de la humanidad, que su padre le hizo ver cuando ella estaba casi ciega… (Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato, pág. 170).

De lo que hoy quiero hablar es del inicio del fin de esa etapa de cambio, del momento en que doña Rosario ve la luz al final del túnel en que se metió su vida tras el fallecimiento de su padre. Hay indicios suficientes para pensar que tal cosa sucede a finales del otoño de 1884 y, puestos a buscar la instantánea que reflejara ese momento no se me ocurre otra mejor que el banquete que Rosario de Acuña y Villanueva ofreció a unos distinguidos invitados en el madrileño Café de Fornos.

Veamos. El discurso que Miguel Morayta pronuncia en la apertura del curso 1884-85 desata una oleada de reacciones por parte de los sectores más conservadores, los cuales coniseran que lo dicho por el profesor en la tribuna universitaria es de todo punto irreverentey herético. La prensa confesional, liderada por El Siglo Futuro, arremete no solo contra el señor Morayta, sino también contra el Gobierno, y en especial contra el nuevo Ministro de Fomento, el otrora neocatólico y lider de la Unión Católica, Alejandro Pidal y Mon, a quien acusan de ser muy permisivo con los profesores liberales. La reacción no se hace esperar: los estudiantes universitarios se echan a la calle en defensa de la libertad de cátedra.

La nueva Rosario de Acuña hace pública su posición de apoyo tanto a Miguel Morayta como a los estudiantes. En primer lugar hace pública una carta que es ampliamente reproduciada por los periódicos madrileños, en la cual se compromete a costear la matrícula a uno de los estudiantes de la Facultad de Medicina si las autoridades acordasen la supresión de las matrículas de honor. Una semana más tarde ofrece un banquete en el Café de Fornos a una comisión de estudiantes.

Además de los estudiantes son invitados otros conocidos librepensadores, entre los cuales se encuentra el profesor Miguel Morayta y Ramón Chíes, uno de los directores de Las Dominicales del Libre Pensamiento.

A los postres, según contó la prensa, la anfitriona pronunció un brindis por la libertad y la juventud. Lo que no contaron la mayoría de los periódicos es que doña Rosario comunicó a los presentes su decisión de adherirse públicamente a la causa del librepensamiento que con tanto afán defienden Las Domincales.

Pues sí. Bien puede decirse que aquel banquete en el Café de Fornos resultó ser la presentación en sociedad de la nueva Rosario de Acuña. Jóvenes y librepensadores serán sus nuevos compañeros de viaje: apenas dos semanas después del banquete el semanario de Chíes y Lozano hace pública su carta de adhesión; no mucho más tarde es nombrada presidenta honoraria del Ateneo familiar que integran varios estudiantes universitarios, entre los que se encuentra Carlos de Lamo, un activo estudiante de Leyes con quien habrá de compartir el resto de su vida.