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92. Rosario de Acuña y la naturaleza humana: El crimen de la calle de Fuencarral

[Texto de la conferencia pronunciada el jueves 2 de mayo de 2013 en el Club de Prensa La Nueva España al cumplirse el XC Aniversario del fallecimiento de Rosario de Acuña y Villanueva]

Buenas tardes.

El próximo domingo se cumplen noventa años del fallecimiento de doña Rosario de Acuña y Villanueva, circunstancia ésta que no ha pillado desprevenido a Luis Miguel Piñera, director del Club La Nueva España y perspicaz observador de todo cuanto sucede en esta ciudad. Hace unos meses me propuso que preparara una charla para este lugar y este día… Y aquí estamos. Empecemos, pues.

Aquel 5 de mayo, Gijón se despertó con el cielo teñido de gris plomizo y con escasas novedades informativas, a tenor de lo que cuentan los periódicos locales del día: nada nuevo sobre las responsabilidades militares derivadas del Desastre de Annual; alguna referencia a los acostumbrados rifirrafes entre los miembros del Gobierno de concentración liberal presidido por García Prieto;la crónica de la visita del Jefe del Estado a Bélgica. En cuanto a la actualidad regional y local, también lo habitual: huelgas que se inician y otras que se acaban; desahucios; la crónica de algún mitin; unos cuantos hechos vergonzosos; el tráfico portuario; vapores que anuncian su próxima partida hacia América; los habituales anuncios de Hipofosfitos Salud, de Polvos antisépticos Calber, del purgante Yer o del Depurativo Richelet…

Ninguna novedad. Nada hacia presagiar que ese día iba a tener lugar el fatal desenlace. O quizás sí… a juzgar por las palabras que Carlos de Lamodejó escritas tres años después. Al referirse a la repentina muerte de quien fuera su compañera de vida durante varias décadas, hace hincapié en dos hechos que para él adquirieron relevancia tras aquel fatal desenlace. El primero se refiere a las semanas precedentes, en las que —según cuenta— «casi todas las noches me recomendaba el cuidado cariñoso de nuestra leal e inteligentísima perrita si ella desaparecía»; el segundo, a las vísperas de aquel primer sábado del mes de mayo. Dice así:

«El anterior, el 4, me entretuve yo largamente, y en tonto, en el pueblo. Vivíamos siempre en el campo, en los alrededores de las villas. Al volver a casa me riñó con toda justicia, y terminó suplicándome: ¡Mañana, no vayas al pueblo!»

¿Presentía doña Rosario de Acuña, como insinúa Carlos, lo que iba a suceder al día siguiente? ¿Quién lo sabe? Lo cierto es que aquel sábado plomizo, el primero de los del mes de mayo del año 1923, una de sus arterias cerebrales se obstruye, dejándola al borde de la muerte cuando al parecer, trajinaba por la cocina, preparando algún cocido o guiso, quizás esas sardinas rellenas de las que nos ha dejado cumplida receta.

Presentida o no, la muerte la halló trabajando en la casa, cosa nada extraña pues da-das las penurias económicas que soportó en la etapa final de su vida, a pesar de la edad y de los achaques, ella era la que se ocupaba de todas las tareas domésticas. Presentida o no, el médico que acude a socorrerla no puede hacer más que acompañarla en sus últimas agónicas horas y certificar que el fallecimiento se produjo a las dieciocho horas, a causa de una embolia cerebral.

Antonio L. Oliveros, director de El Noroestepor entonces, había acudido a la casa del acantilado nada más conocer el estado de gravedad en el que se encontraba su amiga. Tras el fallecimiento, su primera intención fue dar cuenta inmediata de la triste noticia, pero Carlos de Lamole ruega que no lo haga, que respete las disposiciones testamentarias de la finada. Y es que en su testamento lo había dejado muy claro: «Prohíbo terminantemente todo entierro social, toda invitación, todo anuncio, aviso o noticia ni pública ni privada, ni impresa, ni de palabra, que ponga en conocimiento de la sociedad mi fallecimiento…».

A pesar de que así se hizo, a pesar de que el domingo los periódicos no hicieron ninguna mención al respecto, la noticia de la muerte de la escritora corrió como un reguero de pólvora por la ciudad, razón por la cual fueron muchas las personas que se acercaron hasta El Cervigón para rendirle su último homenaje.


La representación de aquel acto debía de atenerse fielmente al guión que la dramaturga había escrito casi dos décadas antes. La escena debía estar acorde con la austeridad de la muerte: su cuerpo habría de ser depositado «en la caja más humilde y barata que haya» y conducido en el coche más pobre, «en el que no haya ningún signo religioso ni adornos o gualdrapas, de ninguna clase». Lo que ella no había previsto es que ni siquiera el humilde coche que esperaba en las proximidades de la casa resultara necesario, pues el féretro fue «sacado a hombros de obreros, que se disputaban ese honroso tributo». A decir del cronista, el modesto ataúd, que fue portado a hombros durante el largo trayecto, era seguido bajo una lluvia incesante por un numeroso cortejo fúnebre en el que destacaba la presencia de «caracterizados elementos obreros y otras representaciones del proletariado», además de dirigentes del Círculo Melquiadista, de las logias Jovellanos y Riego, del Ateneo Obrero y otras sociedades gijonesas. Una vez en el cementerio civil, tras escuchar con atención las últimas palabras que se pronunciaron en el acto, la comitiva despidió por última vez a quien había sido su ilustre vecina. Allí, en el otro extremo de la ciudad, en una sepultura en la que no habría de haber «más que un ladrillo con un número o inicial», reposarían para siempre los restos de esta mujer ejemplar.

Dos días después de haberse celebrado el entierro, la prensa sí dio cumplida cuenta de la noticia. El Noroeste lo hizo sin escatimar espacio. «Ha muerto doña Rosario de Acuña»: titulaba en su portada y a toda página. Debajo, un extenso panegírico en el cual se esbozan algunos datos biográficos de la finada, a quien se califica de «ilustre escritora» y «notable poetisa»; también de «propagandista del librepensamiento».

Noventa años después sabemos que en aquel texto había algunos errores, que nuestra protagonista nació en 1850 y no un año después como allí se decía (y luego se repitió vez tras otra hasta hace bien poco); que Carlos de Lamo no era su sobrino, sino su compañero de vida, su inseparable compañero… Ahora también sabemos que la trayectoria vital de doña Rosario no se puede reducir a su producción literaria; a sus poemas, sus dramas o sus artículos. Su personalidad fue mucho más rica de lo que en aquella laudatoria página se sugiere, como bien pueden constatar quienes hayan tenido ocasión de leer mi último libro a ella dedicado. Ya en el prólogo esbozo algunos de sus rasgos menos conocidos, a modo de aviso para los lectores más desprevenidos:

«Rosario de Acuña y Villanueva se va a convertir en una de las figuras más controvertidas de su época, la España del Concordato,en virtud del protagonismo que va a asumir en esta larga confrontación como dramaturga, masona, feminista, montañera, poeta, regeneracionista, librepensadora, avicultora, articulista, exiliada, iberista, puritana, filo-socialista, autodidacta, deísta, republicana, melómana… en suma, un portento de mujer que a nadie dejaba indiferente…».

Ciertamente fue mucho más que una escritora y, una vez que han quedado fijados los grandes rasgos de su biografía, es momento de profundizar en las distintas facetas que configuran su rica personalidad y su fecunda trayectoria. Y algo se empieza a realizar en ese sentido. A los estudios sobre su producción literaria, se suman los que tienen por objeto su pensamiento feminista o los relacionados con su pertenencia a la masonería (sirva como ejemplo la conferencia pronunciada hace unos días en esta misma tribuna por Víctor Guerra, acerca de las complejas relaciones que doña Rosario de Acuña mantuvo con sus hermanos masones). Además de estos aspectos, más evidentes o conocidos, hay otros que también empiezan a despertar el interés de los investigadores. Tal es el caso de su pasión por la montaña, de la cual, siguiendo el rastro de las investigaciones realizadas por Daniel Palacio, di cuenta en un artículo publicado tiempo atrás en La Nueva España, en el cual la situaba entre los pioneros del montañismo en Asturias.

En esta ocasión me propongo empezar a tirar de un nuevo fleco, explorar una nueva faceta del vasto testimonio que nos ha legado, la que tiene que ver con su interés por conocer lo más íntimo de la naturaleza humana, por analizar los mecanismos que llevan a nuestra especie a los terrenos de la perversión, el mal o la locura.

Su interés por la observación le viene de lejos, de su niñez. Por entonces, según nos ha contado en alguno de sus escritos,se asomaba con admiración a la lente del microscopio para admirar el «tenue embrión de un huevo de hormiga» o se emocionaba contemplando en el observatorio astronómico de París la imagen aumentada del planeta Venus, «con sus polos brillantes y su ecuador ceñido de plateadas nubes». En la mayoría de sus escritos de juventud encontramos detalladas descripciones, teñidas de pasión poética, de todo cuanto sus doloridos ojos contemplaban.

Lo de la observación sistemática de sus congéneres, de su comportamiento, parece que fue ocupación más tardía, pues no será hasta los primeros años ochenta cuando aparezcan los primeros escritos susceptibles de ser encuadrados en este ámbito de reflexión. Nuestra escritora, recién llegada a la treintena, parece haber decidido entonces que su pluma se ocupe más de los personajes que del escenario, más del comportamiento humano que del aleteo de las golondrinas. No lo hace por cuestión de estilo o de moda. Nada de eso. Es más, creo que lo que estas publicaciones traslucen es una nueva mirada, una nueva perspectiva con la cual Rosario comienza a contemplar el mundo. Lo cual no resulta nada extraño habida cuenta de los profundos cambios que acontecen en su vida por entonces. Veamos:

En 1876, al poco de haber contraído matrimonio con el teniente de infantería Rafael de Laiglesia y Auset, se traslada a Zaragoza adonde había sido destinado su marido. Poco más de tres años después el matrimonio vuelve a Madrid para residir en una quinta que han construido en Pinto. Según todos los indicios, es bastante probable que el retorno a la capital primero y la instalación en el campo después, supusieran un último intento de la pareja por salvar una relación que parece que está pasando por una profunda crisis motivada, al parecer, por la infidelidad de Rafael. De ahí el comentario que la escritora hizo tiempo después en el sentido de que no le importaba que «el hombre corriese al placer ciudadano» si era respetado su aislamiento campestre. En pleno proceso de readaptación a su nueva situación, Rosario recibe un nuevo mazazo: el 27 de enero de 1883 fallece su padre, joven aún, pues apenas cuenta con cincuenta y cuatro años de edad. Como si aquella calamidad hubiera sido el detonante, la prematura muerte de Felipe de Acuñaparece precipitar la ruptura definitiva del matrimonio: Rafael de Laiglesia abandona definitivamente la quinta para instalarse en Badajoz donde desempeñará una nueva ocupación.

Huérfana y separada, en la ansiada soledad de su residencia pinteña, los meses que siguieron al nefasto enero del año ochenta y tres fueron para Rosario meses de agonía constante, de existenciales dudas, de profundas vacilaciones, de juveniles evocaciones, de repensadas vivencias; fueron meses de alejamiento, de analizar desde la distancia el comportamiento humano, de darle vueltas y más vueltas a todo aquello que no le gustaba de la sociedad en la que vivía: la fatuidad, la hipocresía, el sibaritismo, la vanidad…

Poco a poco su vida se va adaptando a la nueva situación, o como ella diría por entonces: «El tiempo ha pasado, la reorganización se va verificando lentamente en mi ser […] de no morir, he tenido que vivir… pues el que vive muriendo, es un parásito de la naturaleza». Así que con el paso del tiempo la cotidianidad va volviendo a su vida; los ciclos circadianos tan manifiestos en el campo, van regulando sus jornadas. No obstante, aquel proceso de cambio, o de reorganización como ella lo llama, siguió su curso y tuvo sus consecuencias. Algunas son más conocidas, como su pública adhesión a la causa del libre pensamiento (finales del 84) o su posterior ingreso en la masonería (febrero del 86). Otras, lo son menos. Tal sucede con su interés por el estudio de la naturaleza humana, por conocer las razones últimas de su comportamiento, por indagar acerca de las alteraciones que pueden conducir a los hombres a la perversión y al crimen.

El inicio de tal inquietud habría que situarlo en los tiempos en que reside en Zaragoza, pues es a su regreso cuando su pluma se afana en cantar las virtudes que para la regeneración humana tiene el retorno a la naturaleza, abandonando las ciudades «donde se amontonan las pasiones bastardas, las ambiciones mezquinas, los pensamientos innobles». Ella que nació en el centro de Madrid, que se crió en las proximidades de la Puerta del Sol, tiene ahora una visión muy negativa de las ciudades, como bien podemos deducir de lo que cuenta en Influencia de la vida en el campo en la familia, publicado en 1882:

¿Qué se podrá decir de esos abismos hondos y negros, llamados calles, donde la luz opaca, vergonzosa, llena de ráfagas de sombra, penetra amarillenta al iluminar con esplendores difusos la vida del hombre, que cruza, va y vuelve sin otra noción del tiempo que la que le presta su reloj o los relojes públicos, si más idea de lo infi-nito que el paso de un cortejo fúnebre empenachado y reluciente, y sin más contacto con el cielo que la contemplación de un jirón azul estrecho, encerrado en marco de tejas y hacia el cual tiene que dirigir la mirada violentando su cabeza hacia atrás en postura incómoda? […] Nada tiene de extraño que el hombre, viviendo así, se enerve, que sus facultades intelectuales se reduzcan a los límites estrechos donde gira su existencia, y que su corazón, sin el cálido fluido que prestan los rayos del sol, se deje penetrar por el hielo del desengaño, envolviéndose en un sudario de indiferencia y de escepticismo que pervierte su naturaleza y afea y empobrece sus actos.

Si la tesis defendida en esta obra se sustenta en el hecho de que el escenario urbano en el que vive el hombre es, por su alejamiento de la naturaleza, el causante de su degeneración moral, no por ello deja de indagar también en el propio personaje y en el papel que la sociedad desempeña en el comportamiento de sus miembros. Y es ahí donde se encuentra con José María Esquerdo, un afamado médico que se había especializado en el estudio de las enfermedades mentales y en las necesidades y particularidades de quienes las padecían. El doctor Esquerdo sostenía que, en un entorno favorable y con un tratamiento adecuado, estos enfermos podrían encontrar una mejoría en sus males. Para probar sus teorías, en el año 1877 pone en funcionamiento un hospital mental en Carabanchel, por entonces a las afueras de la capital. Allí, en un entorno saludable, los enfermos llevan a cabo diversas terapias ocupacionales, bien fuera en los huertos y jardines o en el teatro, donde solían representar algunas obras dramáticas junto a familiares y enfermeros.

Aquel novedoso proyecto contribuyó a avivar el debate sobre el origen y las causas de la locura, del papel que en la enfermedad mental jugaba la herencia o acerca de los mecanismos que conducen a la degeneración humana, asuntos éstos que, como es fácil colegir, despertaban por entonces un gran interés en Rosario de Acuña, en pleno proceso de readaptación interior. Así que a nadie debe de extrañar que se fuera hasta Carabanchel a comprobar todo cuanto se pregonaba acerca del doctor Esquerdo y su sanatorio. Y a juzgar por lo que dejó escrito, quedó encantada con la visita:

Su casa de salud es un pueblo, mejor dicho un estado, cuyo rey es el racionalismo; ¡raro contraste! Toda aquella muchedumbre de locos, está regida por la razón: para ellos no hay violencias, contradicciones, brusquedades, ni satíricos ultrajes; diríase, al verlos en amigable consorcio, que es una reunión de verdaderos cuerdos: para ellos no hay más que dulzura, condescendencia, suavidad y una firmeza racional, en cuya tersa superficie se estrellan impotentes las olas de sus extraviadas sensaciones: he aquí porqué ha conseguido Esquerdo redimir al loco; él le da nombre, tratamiento, palabra, libertad y, por último, le da la razón, primer paso que le ofrece para regenerar su pensamiento, y este sabio, esta gran figura de nuestra época, que está tan plagada de fantasmas irrisorios de sabiduría y grandeza, se encuentra solo ante su obra, como estuvo solo Sansón para derribar el templo filisteo; su ciencia ha creado escuela; su fe ha reunido discípulos; su voluntad y su honrado trabajo, ha levantado ese edificio donde se refugian todos los dolores de la pasión, de la herencia o del organismo, y desde cuyas ventanas amplias y siempre abiertas, se contempla un horizonte extenso y un anchuroso cielo: su obra es de gigante, como toda obra de redención.

Además de las entusiastas alabanzas a la labor de Esquerdo, en el artículo, publicado con el expresivo título «Un redentor de locos», anticipaba algunas de las líneas de in-vestigación que habría de seguir en el futuro. Así, cuando afirma «El loco es un efecto cuya causa son los cuerdos», está señalando directamente a la sociedad como responsable, directa o indirecta, de la locura, lo cual le lleva a hacerse una pregunta crucial: «¿qué importa que llevando sus conclusiones al límite, es decir, hasta la puridad más absoluta, nos encontremos con la absolución del criminal…?»

Ahí es nada. La señora de Acuña se ha metido de lleno en una disputa de altos vuelos que no ha hecho más que empezar, la que enfrentará a juristas y alienistas acerca de la responsabilidad penal de los dementes.

El tema le apasiona porque intuye que en ese ámbito de investigación puede encontrar buena parte de las explicaciones que anda buscando. Tanto le atraen las tesis defendidas por los alienistas que no duda en convocar un certamen público bajo el lema «Irresponsabilidad del loco lúcido», dotado con mil pesetas. MIL PESETAS. ¡Qué bien le hubieran venido a ella al final de su vida, cuando ésas eran las pesetas con las que contaba para atender los gastos de todo un año… De hecho, qué bien le vinieron cuando le otorgaron el Premio Ayuso dotado con esa cantidad:

Vean la cuenta de esas pesetas que, desde luego, pueden considerarse caídas del cielo en mi hogar. Cincuenta duros de la cantidad han servido para rescatar alhajas empeñadas, que hubiera tenido dolor de corazón al perder, por haber pertenecido a mi abuela y madre. Treinta y cinco duros para pagar los réditos de la hipoteca que pesa sobre esta casuca como la llamó El Diario de la Marina de la Habana, en un sendo artículo en que se probaba que yo era bruja, que salía todas las noches por el tejado a hacer mal de ojo a los aldeanos, que vivía en una casuca miserable a cuyo alrededor no crecía ni la hierba […] Sesenta duros para saldar deudas de judías, tocino, harina de maíz, aceite, patatas, cebollas, algún kilo que otro de carne y leche de la de botes, porque los campesinos no me venden las de vacas. Lista de comestibles que hace ya tiempo viene siendo mi cotidiano menú; pero como yo soy una regular cocinera y no dejo que se me peguen las gachas, ni se socarren las judías, ni se deshagan las patatas, ni se quemen el aceite o las cebollas, resultan suculento festín con el cual hasta la fecha no se pasó hambre.Diez duros de carbón vegetal que se debían y que es el combustible que gasto en un año, a más de unas cuantas pesetas de jabón para el lavado y otros avíos caseros.

Sobre todo esto pagado, ¡ah! que se me ha quitado de encima y que pesaba como una tonelada, habrá que comprar zapatos, que ya andaban los pies con vergüenza de las zapatillas de invierno.

Total me quedan unos cuarenta duros que, bien administrados, me aseguran tres meses de la alimentación acostumbrada (pues ya sabe usted que cuento con mil pesetas anuales de viudedad) y un año de seguridad en mi casuca sin andar con la ropa al hombro, en sobresalto continuo…

Sí, qué bien le hubieran venido entonces esas mil pesetas que entregó entonces al ganador del certamen por ella convocado…

En fín… a lo que vamos. Quedamos en que Rosario de Acuña está interesada en «averiguar y dilucidar en lo posible la línea divisoria entre la razón y la locura», y son sus palabras, y que, movida por este interés, a finales de 1885 hace público ofrecimiento de un premio de mil pesetas a quien presentara el mejor estudio acerca de este tema. Nuestra protagonista lo explicaba públicamente años después:

…fundé el certamen que, a más de servir de honra a la memoria de un sabio [en referencia al doctor Luque, fundador del cuerpo de médicos forenses], me sirviera a mí para conocer las capacidades frenopáticas que poseía mi patria, y además para aclarar algún punto de la oscura cuestión de la zona médica, que solamente de la investigación brota la verdad, y un concurso de la naturaleza del que cito había de servir de gran estímulo a la investigación.

Resta por decir, que el jurado, integrado por «eminencias científicas», según expre-sión utilizada por la fundadora, otorgó el premio a la memoria presentada por José María Escuder, un discípulo del doctor Esquerdo a cuyas órdenes trabaja en el sanatorio de Carabanchel, quien pocos años después de recibir el galardón adquiriría cierta notoriedad con ocasión de su intervención en calidad de perito en el denominado Caso Galeote, un crimen que, dada la identidad de los protagonistas, suscitó apasionados debates.

No era para menos. El 18 de abril de 1886, Narciso Martínez, primer obispo de la diócesis de Madrid-Alcalá caía herido de muerte, a las puertas de la iglesia-catedral de San Isidro y ante numerosos testigos, tras recibir por la espalda tres disparos efectuados por el cura Cayetano Galeote. Aunque para muchos el asunto estaba claro desde el principio, y el tal Galeote era un asesino, hubo un sector de la prensa que, apoyándose en los informes de los frenópatas, defendía que el cura era un demente. O sea, que lo que se estaba dirimiendo en el proceso tenía que ver con esa línea divisoria entre la razón y la locura que tanto parecía interesar a nuestra protagonista. De hecho, tal era su interés que acude un día tras otro a la sala donde se celebra el juicio. Decidida a no perder detalle de todo lo que allí se dice, va provista de lápiz y cuartillas para realizar las anotaciones que considera pertinentes, lo cual no pasa desapercibido para los miembros de la prensa, alguno de los cuales se refieren a ella en sus crónicas como la «señora del rincón», alusión que motivó una respuesta pública e inmediata de la aludida:

Como podrá ver en el mismo calificativo de la del rincón, jamás he procurado hacerme visible; antes bien, me gusta contemplar todos los actos de la comedia humana desde los rincones, por creerme de este modo en mejores condiciones de observación, único medio positivo de llegar a saber algo en todas las sabidurías, fin absoluto y sin solución de continuidad que antes, ahora, y supongo que después, mueve las actividades de mi vida: pero como quiera que el párrafo citado da lugar a otros en que se descubre a través de culto estilo toda la fina ironía del hombre ilustrado cuando trata de la mujer, siquiera no sea ilustrada, sino meramente ambiciosa de ilustración, salgo de mi rincón, y como siempre que se trata del esclarecimiento de un hecho en que la verdad queda desconocida y su desconocimiento puede causar la depreciación de una mayoría, firmo con mi nombre las siguientes líneas, sin temor a colocarme a plena luz, porque es muy importante que una mayoría, la mayoría de las mujeres, recobre su verdadero sitio de seres aptos para pensar, al igual que la mayoría de los hombres, verdad que se encuentra algún tanto combatida en el hecho que motiva estas líneas. Ahora, particularmente, y para que si es posible se me deje tranquila en el rincón, único sitio de mi agrado en aquella sala […], voy a manifestarle las causas que, a más de la expuesta como esencial, me mueven a la anotación del juicio de Galeote.

Y es aquí donde se refiere al interés que le suscita el estudio de las enfermedades mentales, que intenta satisfacer con la adquisición de cuantas obras va produciendo la ciencia europea y que fue la razón que motivó la fundación del certamen científico al que me he referido, en el cual, como también queda dicho, fue premiado el trabajo presentado por el doctor Escuder, uno de los peritos presentes en la causa… Es tal el interés que le suscita el caso Galeote, que al final de su carta, hace públicas sus intenciones de escribir sobre el tema:

Ahora bien, el juicio clínico frenopático sobre el desgraciado Galeote es una a modo de continuidad el tema sobre el cual quiero saber lo posible, y por tanto, armada de lápiz y cuartillas, si bien incómoda por no encontrarme ante los pupitres de la prensa, tomo nota de todo lo que puede servir a mis fines, y demostrar con científicas aclaraciones el pavoroso problema de lo que es razón y lo que es locura.

Doy por terminadas estas explicaciones que he creído necesarias a la verdad; no es ésta la sola vez que he de ocuparme del proceso Galeote […] tengo el propósito de escribir extensamente sobre este asunto, uno de los de más trascendencia teológica, metafísica, social y frenopática que podrá verse en lo que resta de siglo.


No tengo constancia de que, tal como anuncia, escribiera alguna cosa más sobre el caso del cura Galeote, de lo que sí sabemos es de sus reflexiones en torno a otro proceso que, apenas un par de años después, volvió a atraer su atención: el conocido como Crimen de la calle de Fuencarral.

En la madrugada del 1 al 2 de julio de 1888, los vecinos de un bloque de viviendas situado en la madrileña calle de Fuencarral dan la voz de alarma al percatarse de que de uno de los pisos del inmueble sale humo. Cuando la policía consigue franquear la puerta, descubre el cadáver casi carbonizado de Luciana Borcino, la dueña de la casa; en otra estancia encuentran desmayada a Higinia Balaguer, una joven que estaba ocupada como sirvienta. Conocido el suceso, la prensa no tarda en facilitar nuevos datos: se dice que la fallecida era una viuda rica (se le calcula una renta anual de unos cinco mil duros); que el cadáver tenía una herida incisa punzante en la región torácica, mortal de necesidad, y otras dos heridas en los costados; que al lado de la desmayada criada se halló un perro muerto a quien, al parecer, nadie oyó ladrar; que el móvil no pudo haber sido el del robo pues en la casa se encontró el dinero y las alhajas… Las sospechas recaen desde el principio en la joven Higinia, que apenas lleva una semana en la casa. No obstante, lo que iba camino de ser un crimen más, de esos que pronto se olvidan, pasa a convertirse en un asunto principal para buena parte de la prensa. Todo empieza a cambiar cuando la sirvienta es interrogada: acusa entonces a José Vázquez Varela, el hijo de la víctima. A quienes le conocen, la acusación no les debe sorprender en absoluto, pues el joven, también llamado Varelita o el Pollo Varela, tiene una merecida fama de pendenciero y delincuente. Sin embargo la acusación de Higinia tropieza con lo que tiene visos de ser una coartada perfecta: Varela está cumpliendo condena en la cárcel Modelo.

Sin querer dar el caso por concluido, los periódicos se hacen eco de un rumor que circula por Madrid que afirma que el Pollo Varela entra y sale de la cárcel cuando quiere, y lo hace con el consentimiento del mismísimo director de la Modelo: unos testigos dicen que al reo lo han visto por la calle, otros afinan más y señalan que a mediados de junio estuvo en los toros, en la corrida de Beneficencia… Desde ese mismo momento, la vista acrecienta su interés para buena parte de la prensa, pues el director de la Modelo no es otro que José Millán Astray, un protegido del mismísimo Montero Ríos, por entonces presidente del Tribunal Supremo. Por tanto, atacar a Millán supone hacerlo contra Montero Ríos y, por extensión, contra el Gobierno.

La prensa, que gracias al respaldo de leyes más permisivas, como la liberal de 1883, se encontraba por entonces inmersa en un proceso de expansión intentando captar el interés de nuevos lectores y anunciantes, apuesta de manera decidida por aquel caso. El seguimiento se hace diario, con informaciones que los gacetilleros obtienen del tribunal, las descripciones más o menos realistas de los bajos fondos por donde suelen moverse algunos de los protagonistas o las historias que se cuentan del pasado de algunos de ellos, todo ello bien acompañado de dibujos o grabados de los principales actores de este drama. Como diría un cronista que siguió atentamente el caso: «La prensa busca en primer lugar emociones con que saciar la voracidad de sus lectores, procura dar a estos cada día noticias estupendas», para añadir, a modo de ejemplo, «En cuanto se indica que tal o cual persona va a ser interrogada por el juez, los periodistas buscan su domicilio, le encuentran, se encaran con la persona, la acosan a preguntas, y no vuelven a la redacción sin un caudal más o menos auténtico de noticias»

El cronista al que me refiero era un escritor llamado Benito Pérez Galdós, quien, fascinado por cuanto rodeaba aquel suceso se ocupó de él en profundidad escribiendo varias crónicas para el diario bonaerense La Prensa, aunque para ello tuviera que dejar a un lado sus otras ocupaciones, tanto la de novelista reputado (no en vano acababa de publicar una que llevaba por título Fortunata y Jacinta), como la más reciente de diputado en Cortes, pues en 1886 obtuvo el acta de diputado por la circunscripción de Guayama (Puerto Rico).

Así las cosas, no nos debería de extrañar que, conociendo lo que conocemos, a doña Rosario de Acuña aquel asunto le habría de resultar muy atractivo, por más que sus objetivos no fueran, ni por asomo, los que empujaban a la prensa a la febril actividad que desarrolló por entonces, ni siquiera coincidieran con los de su admirado Galdós. Ya sabemos que a ella lo que le interesa es la razón o la sinrazón de la naturaleza humana, la causa última de sus desvaríos. Y para que no haya dudas así lo hace saber en el mismo inicio de sus reflexiones públicas sobre el asunto:

«Elevándose con la posible serenidad sobre este hervidero tempestuoso de exacerbadas pasiones que el crimen de la calle de Fuencarral (como la mayoría lo nombra) ha producido en nuestra sociedad, se descubre un extendido campo de problemas, cuyo eje fundamental e inconmovible, ante una indagación de buena fe, se caracteriza con una sola palabra: educación.»

A ella no parece interesarle ni la repercusión social que está teniendo aquel proceso, ni el papel que en este asunto desempeña la prensa, ni si se está intentando aprovechar este juicio para sacar rédito político. Lo que le preocupa es indagar en el pasado de Vázquez Varela para intentar localizar el inicio del mal, porque aunque Varela no llegara a ser condenado por parricida, suficientes pruebas hay de su malignidad y, por tanto, es menester conocer cómo y en qué circunstancias empezó a caminar por la senda de la perversión. Su conclusión parece clara: «su cuna fue el mullido barbecho donde empezó a desarrollarse el germen del vicio». Y lo fue por haber sido un niño excesivamente mimado, a tenor de lo que el propio Varela confiesa «su madre siempre empezaba por negarle lo que después le concedía». Y esto es para el autora un gran error, por cuanto «No guiándose el plan educativo por un sentido moral inquebrantable, la irresolución y debilidad es la primera consecuencia que recibe el niño, el cual pierde la fe en la superioridad de la madre».


A la nociva falta de criterio maternal durante la primera crianza,
suma Rosario de Acuña la perversa educación que el niño Varela recibió
después en un convento donde fue impregnado de toda la pedagogía
jesuítica: allí «se le dijo todo lo bueno, se le enseñó todo lo malo».
Para añadir:

«”Al que te pida la capa le das la capa y la túnica”; esto dice la moral del Evangelio cristiano […]; esto debió oírlo mil veces en la católica, apostólica, romana mansión que le abrió sus puertas, y a la par que esto aprendía en las lecciones, su inteligencia, viva tal vez para toda observación maliciosa, comprobaba esta enseñanza ideal con la real de los hechos; acaso oyó una y cien veces en el seno de su hogar maldecir del coste de su educación, de las socaliñas de propinas, rifas y regalos con que en los conventos acosan a las familias de los educandos, de la carestía de la pedagogía jesuítica, y con juicio exacto, que para esta deducción bien escasa potencia intelectual se necesita, comprobó la virtud aprendida con la virtud acostumbrada, y su sentido moral, falseado en su más hondo cimiento, le hizo apreciar como secundarios accidentes de la vida el desinterés, la abnegación, la generosidad, ¡esas tres maravillosas virtudes esenciales de la moral, que deben incrustarse en las almas infantiles como tres diamantes de inapreciable valor, con los cuales pueden comprarse todas las dichas juntas de la tierra!»

A estas alturas, camino ya de los treinta ocho años, bien podemos decir que nuestra protagonista ha dado un vuelco a su vida: la encantadora y prometedora escritora, la joven e ilusionada esposa, la bien querida hija de don Felipe y doña Dolores, la vástaga de la noble estirpe de los Acuña, se ha convertido en una mujer separada, librepensadora, republicana y masona. Y actúa en consecuencia.

A ella, ciertamente, del crimen de la calle de Fuencarral, no le preocupa el mayor o menor interés literario de aquel folletón por entregas, protagonizado por, al decir de algunos, unos personajes muy galdosianos. Lo que a doña Rosario le interesa de Higinia Balaguer será todo lo que atañe a su crianza, con el ánimo de indagar en las condiciones en las cuales se forjó la naturaleza de esta mujer, calificada por el abogado de la acusación particular como «criminal inteligentísima y extremadamente peligrosa». Así que, con los datos disponibles en el sumario, se atreve a recrear el escenario en el que transcurrió la infancia de Higinia en una pequeña aldea del Campo de Borja.

«El hambre tal vez acosaba, la ignorancia no necesitaba acosar, porque es el estado natural de los habitantes de nuestras aldeas. La pequeñuela nace, ¿para qué servirá? He aquí la primera pregunta mental que cruza por la inteligencia de sus padres. Se la lleva a la siega, a la vendimia o al pastoreo […] por la noche la madre está rendida, duerme y duerme, y mil veces la pequeña buscó en vano el amoroso calor del seno materno; se cría sin amor porque el hambre, la miseria y el trabajo borran en las madres de nuestro pueblo hasta los instintos de la maternidad […] En el hogar de la pequeñuela no hay más que una esperanza: la de verla grande para que sea útil» Pronto se hace cargo del cuidado de sus hermanos. Crece al fin; sus pequeños hermanos ya tienen en ella su niñera…]


Y de su educación ¿qué sabemos? Poca cosa, lo que ella contó en el juicio: «Usted aprendió bien el Catecismo, ¿verdad?» «Sí, señora, como todos lo aprendemos; pero eso, ¿qué?» Ahí está toda su educación, «en que se aprendan de memoria esos diez mandamientos estriba todo el plan de enseñanza que rige nuestros pueblos rurales». Y a renglón seguido se adentra la librepensadora a intentar demostrar, mandamiento a mandamiento, que la letra resbala sobre los espíritus incultos, sin dejar el menor vestigio, y lo hace porque una cosa es aquello que recitan de carrerilla y otra, muy distinta, lo que ven a su alrededor: apariencia, hipocresía, supervivencia…. Así pues, con la letanía en los labios y con el corazón bien hollado por el duro aprendizaje adquirido día tras día, comienza Higinia a caminar sola por la vida:

«Allá marcha, a la ciudad, con el Catecismo aprendido; no sabe leer ni escribir; no conoce las cosas más fundamentales y sencillas leyes de la naturaleza, de las cuales se desprende una moral tan pura; no aprendió ni siquiera a reflexionar sobre sí misma; ha sufrido desamor, los golpes, el trabajo, acaso superior a sus fuerzas; lleva en su mente, no la semblanza del amor a Dios y a su prójimo, la inquina contra la Providencia y la desconfianza hacia sus semejantes…»

¿A qué esperar a la sentencia? Para Rosario de Acuña no hace ninguna falta: los encausados Varela, Higinia, Dolores Ávila, María Ávila y Millán Astray aunque fueran culpables de los hechos que se les imputan, no por ello dejan de ser, además, víctimas de un sistema hipócrita y corrupto, de una sociedad enferma:

«… en donde por desgracia encuentra tan fácilmente calor y savia el germen del vicio. En todos nosotros hay algo de esa responsabilidad que se lanza sobre el criminal; sólo estando convencidos de ello podrá desaparecer el crimen. Escudriñemos con firme serenidad los fondos sociales y veremos en ellos, bajo la superficie cristalina de transparentes manantiales, un lecho de infecundo cieno. Todo lo somos, ¡todo menos hombres! ¡Ni una mirada a la conciencia! ¡Ni una mirada a la dignidad¡ ¡Ni una mirada al pudor! ¡Ni una mirada al cielo, a lo eterno, a lo incorruptible! Nuestra vista está fija en una línea rasante con los más inmediatos hori-zontes: el dinero, el poder…»

Y si mal está la parte más baja de la sociedad, peor es la opinión que tiene de los dirigentes, no muy diferente, por cierto, a la que se suele escuchar en nuestros días:

«He aquí el lema de nuestros gobiernos. Dan contratas donde los plebeyos endiosados, acaso presidiarios ayer, ganen millones a cambio de que caiga en sus manos los desperdicios de la ganancia; préstanse influencias a entes degenerados, cuyo único mérito es atusarse simétricamente la perfumada barba a cambio de que su cabeza, al decir sí o no, contribuya al triunfo de éste o aquél programa; y la gobernación de provincias, departamentos o regiones, es el sabroso premio con el cual se recompensan los saltos de los más impúdicos».

Ahí la tenéis. Ella es aquella mujer que en los primeros meses del año ochenta y tres, desengañada y dolorida, inició una larga travesía del desierto, un periodo de agonía constante, de existenciales dudas, de profundas vacilaciones, de juveniles evocaciones, de repensadas vivencias; un tiempo de análisis sistemático de la naturaleza humana, de darle vueltas y más vueltas al origen del mal y de la degeneración… Cinco años después se muestra convencida de que es la sociedad la que está mal, la que no funciona, que «el penado no brota de una manera espontánea».

No contenta con describir el cuadro de la enfermedad, con unir su voz a quienes no tardando habrán de clamar por una regeneración de la sociedad, apunta a la educación como el principal remedio y asigna a las mujeres el papel protagonista en el proceso de cambio:

«Sed dignas madres de los futuros hombres. En vosotras radica la viril rectitud de vuestra descendencia; dadles primero el fluido de una inteligencia rica, vigorosa, firme y segura; dadles después la noción de una virtud sincera, inquebrantable, tranquila y consciente; enseñadles al criminal y explicadles el crimen, y que de sus ojos brote una lágrima de piedad para el delincuente y de sus labios un grito de horror para el delito.»

Y por esa misma senda, reclamando para las madres, para las mujeres, el protagonismo en la regeneración de una sociedad enferma, continuará a partir de entonces y lo hará hasta el final, hasta aquel plomizo día, el domingo hará noventa años, en que una de sus arterias cerebrales se obstruye, dejándola al borde de la muerte cuando al parecer, trajinaba por la cocina, preparando algún cocido o guiso, quizás esas sardinas rellenas de las que nos ha dejado cumplida receta.

Muchas gracias.

 

90. La ramera

[…]

«La ramera se encuentra en cualquier parte, no hay que molestarse en buscarla; se la halla a cualquier hora y de cualquiera clase. ¿Halaga la vanidad? Pues se la toma de relumbrón. Librada del empadronamiento por orgullosa generosidad, se la pasea como un buen caballo o una buena galga. ¿No se busca más que el espoleo del hastío? Pues no se elige, se coge si acaso. ¿El cieno ahoga? Pues se revuelve en él hasta encontrar lo más asqueroso… Después espera el banquete, la conferencia, la discusión, la biblioteca o la cátedra. La prostituta, si se tiene en casa, satisface todos los instintos del vicio, porque entroniza las inclinaciones tiránicas del hombre. ¡Es tan seductora la condición de amo! Allí está aquel montón de carne y huesos sin inteligencia ni voluntad, las dos prerrogativas de la criatura humana: allí está como animal cuidadosamente sostenido para el momento de la necesidad, y este momento ha de surgir del cansancio, no de la esperanza; este momento ha de surgir como brote podrido que arroja un árbol frondoso. Allá arriba, en el corazón, y más alto, en el cerebro, las grandes aspiraciones, la ambición del oro que proporcionará molicie y envidiosos; la ambición de la gloria que producirá delirios y aduladores; la ambición del prestigio que acarreará vanidades y víctimas; allá, en el sentimiento y en la razón, el afán de la vida mejor, más regalada, más brillante o más satisfecha; allá arriba con los extravíos de la concupiscencia, mezclados los elocuentes discursos, haciendo brotar luminosos ideales de progreso, de perfección y de cultura; el libro, profunda síntesis de sólidos conocimientos, henchido de preceptos sublimes y sabias indicaciones; el descubrimiento científico o industrial, viniendo a testificar el nombre del siglo de las luces: allá arriba, en esos dos mundos que lleva el hombre impresos en su voluntad, en el sentimiento y la inteligencia, todas las expansiones de la amistad y todas las elucubraciones de la sabiduría, y más debajo de la coba exuberante del árbol de la vida, suciamente revuelta con detritus de fermentación, la sublime y esencial necesidad del amor rebajada, envilecida, degradada en todas sus manifestaciones, huída de todos los sentimientos para brotar impura y liviana como una contracción  espasmódica de repugnante epiléptico, y producir en instantánea revulsión de encontradas tendencias, un hastío enervante y después una ferocidad impía y un rencor vil hacia la racional mitad de la humana especie, hacia la mujer. ¡He aquí el amor a la prostituta!… Pero ella libra de la humillación de amar a una mujer; ella no crea obligaciones, ni gratitudes, ni sacrificio, ni abnegación, ni siquiera molestias; no se necesita con ella más que una sola pasión, ¡la del desprecio!
»Cruel ceguedad, torpe error de nuestra envilecida época, la ramera es el veneno que roe las entrañas sociales, su influjo lo invade todo, porque infiltra en el impulso generatriz de la raza humana que es el sentimiento, una inspiración de antipatía, desconfianza y odio hacia la mujer, en su altísima, pura y redentora misión de esposa. El amante de la prostituta, es decir, el prostituido, mira el matrimonio con espanto, le teme como carga, le toma como contrato, va hacia él, pero no confiado, creyente ni decidido, sino con reservas, y siempre con premeditaciones de dominación, o cuando menos educadoras… ¡Ah! ¡error funesto! La personalidad del hombre y la de la mujer han de fundirse sobre la misma línea de respetos en los afectos del amor, si han de producir el símbolo humano en su corrección natural, compuesto del varón y la hembra. Jamás con intenciones de comprarla con intereses, con la fuerza o con la astucia, será la mujer otra cosa que verdadera concubina de su marido. La influencia de la ramera se nota, más que en nada, en este engreimiento masculino que surge así que se calman los estímulos de la posesión. En los brazos de la esposa, quise se acostumbró a los de la mujer pública, solo ve la expiación de un arrebato, el castigo de una locura de la juventud, y, en último caso se la sufre por la seguridad de la legitimación de los hijos. Pero, ¡ay! jamás elevará la esposa a compañera quien profanó los primeros anhelos del amor en los antros inmundos de la prostitución. Ellos le hicieron conocer algo más inferior que la hembra, la mecánica construcción de un artefacto vendido a toda clase de precios, desde el ínfimo de un mendrugo de pan, hasta el subido de un palacio. Nada de humano, de racional, de justo, de digno, ni de respetable verá en la mujer, quien la descubrió sin alma ni cuerpo.¡Sí! que el cuerpo de la ramera, como producto que es del arrollamiento en las leyes naturales, no ofrece las encantadoras hermosuras de la mujer, sino la deformidad repulsiva del monstruo disimulado, y el que en la atmósfera de lo monstruoso se inspira nunca llegará a apreciar lo perfecto.

Sigue…

89. El vaquero (Recuerdos de las montañas de Asturias)

Estaba sentado sobre las anchas losas del hogar, donde un tronco de álamo ardía entre dos enormes morrillos de hierro; un candil de luz mortecina, colgado en la repisa de la chimenea, iluminaba tristemente la cocina, oscura y ahumada; acaba de dejar sus vacas en el establo y venía a que el ama le diese su ración; el contraste de la luz crepuscular y la luz artificial había evitado que me viese sentada en uno de los rincones de la estancia; así pude observarle tranquilamente sin que de ello se diese cuenta: tendría nueva años, los andrajos que lo cubrían no habían quitado a su cuerpo esa gracia suavísima de la infancia; el sol al curtirle le había dado algo de escultura; su rostro era hermosísimo, la frente se levantaba recta hacia la luz, como si solamente hacia el cielo pudieran aspirar sus ideales; pero su hermosura tenía esa melancolía de la miseria que apaga el brillo de los ojos y hace unos pliegues de amargo sarcasmo en la cisura de la boca.

—Ama, que tengo hambre —dijo mientras se acercaba a las brasas, tiritando por el agua nieve que se escurría entre los jirones de su blusa—. Pues aguántate, que más te aguantamos nosotros, —contestó con áspero tono la dueña del caserío. Entonces hablé yo, causándole mi voz un sobresalto que le hizo estremecer; enseguida se puso colorado como una guinda, y bajó los ojos que ya no le pude volver a ver. El ama entró; traía una escudilla de madera en la que se veían restos secos de la ración de la mañana; se llegó al fuego, destapó en ella un cazo, sacó un pote en el que nadaban entre judías y hojas de col, dos o tres patatas; después cortó una rebanada de pan de escanda hecho con salvado y todo, y ambas cosas las puso delante del muchacho, que desde que notó mi presencia en casa de sus amos había permanecido inmóvil con las piernas cruzadas a estilo moruno sobre las losas del fogón. —Vamos, come, —le dije— y cuéntame lo que haces por el monte mientras guardas las vacas. Al oír que me dirigía a él debió sentir un choque emocional de magnitud tremenda, porque palideció a la vez que temblaban sus negras manitas, y bajando aún más la cabeza, se metió la escudilla entre las rodillas y se puso a comer con una pequeña cuchara de estaño que sacó de la boina: sin duda el alimento y las frases de cariño que yo le dirigí mientras comía le dieron fuerzas para responder.

Era huérfano de padre; su madre quedó enferma al quedar viuda con seis rapaces como él, año más, año menos; tenían hambre todos, y a todos los despidió para que se buscaran la vida; él era el más listo y logró aquella casa donde al menos comía (¡!); de trapos viejos el ama le hacía de cuando en cuando una blusa y unos calzones; las almadreñas usadas de la casa, era su calzado; la boina fue de su padre; al ser de día sacaba las tres vacas al pasto; mientras comían él jugaba y pensaba (palabras textuales), pensaba en lo que habría al otro lado de aquellas sierras.

Continúa

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80. «A la memoria de la gran pensadora Rosario de Acuña», por Amalia Carvia

Las mujeres españolas emancipadas de la rutina religiosa están de duelo. Ha muerto la gran mujer que un día enarboló en el baluarte del libre examen la hermosa bandera del más sagrado de los derechos, llamando a agruparse bajo ella a las conciencias femeninas.

Natural es que nosotras, las que fuimos despertadas por su elocuente voz del sueño de la inconsciencia, nos lamentemos hoy de tan sensible pérdida; porque Rosario de Acuña era una estrella luminosa en el brumoso cielo de la conciencia nacional y a sus fulgores pudieron distinguir muchas almas el recto camino que lleva a la verdad y la razón. Aquellos sus artículos publicados en Las Dominicales, que hicieron célebre su magistral pluma, serán siempre recordados por todos los amantes de los fueros del pensamiento humano.

La pluma de la señora de Acuña fue una formidable piqueta golpeando sin descanso en el vetusto alcázar de la tradición. La admirable pensadora con lógica contundente arremetía contra todos los absurdos del dogma católico, pero entre las filigranas de su inimitable y valiente estilo, asomaban los tiernos y exquisitos sentimientos de su elevado espíritu verdaderamente religioso. Y por esto, su resonante voz vibraba fuertemente en las almas femeninas, penetrando hasta el fondo de las más místicas y piadosas, que abandonaban resueltas el culto del altar católico por el culto más alto de la victoriosa razón.

Así era de ver el inmenso número de adhesiones que llegaban a manos de la famosa propagandista, firmadas por mujeres españolas. Fue una explosión de entusiasmo que la reacción se encargó prontamente de apagar; pero no hay duda que los corazones de todas aquellas mujeres quedaron grabadas con indeleble sello.

Podrían las fuertes influencias del ambiente jesuítico cambiar las manifestaciones exteriores de esas mujeres, pero sus almas seguirán siendo libres, y al imprimir sus sanos besos de madre sobre las frentes de sus hijos, lo harán sin las estupideces del ciego fanatismo.

Rosario de Acuña habrá muerto quizá con el pensamiento entristecido ante la perspectiva de una España esclava de los hijos de Loyola; mas ya su valiente espíritu, desde las altas regiones donde mora, percibirá que su labor no ha sido perdida, que su siembra fructificará rápidamente cuando las circunstancias porque hoy atraviesa nuestro país desaparezcan, y el suelo, libre del cieno que lo cubre pueda dejar brotar todo lo que ha sido sembrado.

Hasta sus últimos años, la pluma férrea de la escritora de alma inquebrantable ha fustigado sin parar las mentiras e hipocresías que inficionan el ambiente patrio, asombrándonos que en su avanzada edad conservara tan perfectamente los ímpetus juveniles, la gallardía y donosura de sus mejores años. Y es ello la prueba más evidente de que tan admirables atributos no tienen su asiento en el organismo material, que residen en el espíritu, decidido a cumplir su destino en la tierra, a pesar de todos los obstáculos que el mundo ponga a su paso.

El alma de Rosario de Acuña, abierta siempre a los efluvios del espacio, tenía la conciencia de su misión, ya hoy cumplida; que ella nos fortifique en las luchas de la vida por la liberación humana; que ella, que hasta última hora ha persistido en la creencia en ulteriores fines, siga desde el infinito prestándonos las energías potentes de su ser, para continuar esa labor de los siglos de separar la verdad del error, de combatir las imposiciones del fanatismo que entenebrecen la existencia del hombre, a pesar de sus esfuerzos por acabar con un mal tan antiguo.

Bendigamos la memoria de la valiente mujer que pasó la vida aprovechando todas las horas de ella en una titánica empresa, cual es la de levantar esa espantosa mole que pesa sobre el pensamiento humano.

Valencia, mayo, 1923

Amalia Carvia

77. Ateneo Familiar: La respuesta de Carlos de Lamo

El apoyo público que a finales de 1884 Rosario de Acuña prestó a los estudiantes de la Universidad Central  con motivo de las protestas que protagonizaron en defensa del catedrático Miguel Morayta, que había sido duramente criticado por los sectores confesionales que tildaron de herético el discurso que éste pronunciara en el acto de inauguración del curso escolar, no hizo otra cosa más que proclamar el convencimiento de la escritora de que sólo la juventud, y en especial la juventud ilustrada, podría regenerar la patria.

De ahí que no resulte extraño que cuando tres años más tarde un grupo de universitarios se dirige a ella ofreciéndole la presidencia honoraria de una sociedad denominada Ateneo Familiar, la escritora —convertida ya en abanderada del librepensamiento y de la masonería— acceda gustosa.

Días más tarde, Carlos de Lamo, por entonces un joven de diecinueve años de edad que, tras haber realizado el curso anterior los Estudios Preparatorios, cursaba las materias correspondientes al primer curso de la Licenciatura en Derecho, le dirige la siguiente contestación, en su calidad de presidente del citado Ateneo:

Señora:

Si fuese posible que os diera a conocer tal como ha sido el interés y el entusiasmo, la gratitud y la energía, que vuestra carta ha despertado en el ánimo de todos los que formamos este Ateneo, si posible fuera que os retratase tal como sucedió en la realidad aquella explosión de aplausos que al concluir su lectura, como ola impetuosa, llenó el espacio; si la naturaleza me hubiese dotado de elocuencia para hacer llegar a vuestros oídos las exclamaciones de alegría, las palabras de profunda y sincera admiración arrancadas a todas las más arraigadas convicciones de nuestra alma; si pudiese, en fin, resumir lo que fue aquella, para nosotros, memorable sesión, en que vuestro nombre sonó en todos los labios, en que la carta se leía por todos, en que las emociones se sucedían unas a otras sin interrupción: en verdad que resultaría un cuadro de maravilloso colorido, en verdad que haría una composición mágica por la luz y el movimiento de sus figuras, y llena de realidad y vida incomparables.

Pero, ¡ah!, que lejos de eso eligieron un intérprete de sus sentimientos, de sus ideas y aspiraciones, y no reúno ninguna de las brillantes cualidades que necesarias son para que esté en consonancia con la grandeza del acto, su interpretación al exterior, y por esto no es de extrañar que esta respuesta sea pálido reflejo de todo aquello.

Procuraré, sin embargo, esforzarme; procuraré dar forma real a todo lo que, como ellos, sentí yo; haré porque el sentimiento, que es lo que después de todo forma la base de nuestra vida, y que tan felizmente fue conmovido por su carta, salga tal como él es, con sus brillantes colores, con sus matices de esperanzas y sueños, idealidades y poesía, y si lo consigo, y lo que constituye lo íntimo de nuestro ser, reviste en el mundo de la realidad las mismas formas, el mismo ropaje que tiene en el puro campo de la fantasía, yo os prometo  que lo menos irá esta carta llena de tan nobles y generosas aspiraciones, que bastarán por sí solas a hacer pasar desapercibida la forma un tanto prosaica en que vayan expuestas.

Pero antes de deciros cuáles son nuestros deseos y de qué manera pensamos responder a la solicitud con que nos distinguís, voy a permitirme contestar a los primeros párrafos de vuestra carta que sólo a mí afectan.

Ese con que me habéis honrado es un nuevo motivo de orgullo, de satisfacción y complacencia, porque me prueban que son de tal modo idénticos la manera de pensar y sentir entre ambos, que llega hasta el punto, poco comprensible para la generalidad, de que en el poco tiempo que tengo el placer de tratarla, haya profundizado de tal modo en mi ser que vea en él ese algo que siempre precede al cambio de tratamiento, que como decíais muy bien en cierta ocasión, sólo lo tenía establecido la especie humana.

Y cerrando este paréntesis, voy a daros a conocer los propósitos que nos animan.

El Ateneo Familiar, formado en un momento de entusiasmo, siguió en marcha constante y progresiva, gracias a ese mismo ardor que la juventud tiene para toda clase de empresas en que ha depositado su cariño y que ella misma crea.

Espera poder llevar, dentro de su círculo, la ilustración en general al mayor número, base de todos los adelantos que en el mundo se operan; tiene como uno de los más legítimos triunfos el haber admitido con los mismos derechos que al hombre a la mujer, para conseguir poco a poco la conquista, porque verdadera conquista es hoy y más en nuestra patria, la de atraer al eterno femenino a un  mundo más amplio y real del que se mueve, sacándolo de ese estrecho círculo de casa paterna, hogar e iglesia y lanzándolo en el torbellino grande y sano de la humanidad, para que piense con ella, sienta sus dolores y trate de remediarlos.

Quiere coadyuvar en lo que quepa al movimiento científico que se opera en estos momentos; en el orden científico intenta  afinar el sentimiento estético; en el filosófico, prestar su apoyo a lo que sea más verdadero; en el político trabajar porque se establezca aquel régimen bajo el cual la igualdad de hecho ante la ley, la libertad y la fraternidad constituyan sus más firmes bases; en suma, procurando realizar el fin humano que a la agrupación lo mismo que al hombre cabe y que vos sintetizáis en las palabras libertad y trabajo, sabiduría y virtud.

Yo os prometo, por otra parte, que vuestro nombre irá grabado en el corazón de todos los que forman hoy este Ateneo, que él se repetirá de unos en otros cual reliquia preciada en donde se encuentren condensadas todas sus alegrías y todas sus tristezas porque pase durante su vida; que un sentimiento de gratitud, cada vez más profundo, irá arraigándose allá en nuestra conciencia hacia el ser valerosísimo, hacia la mujer incomparable, que dando un pasmoso ejemplo de caridad, puesto que caridad es ir estrechando las relaciones entre los hombres —corolario de todas las doctrinas que predica— y difundiendo, por el sólo motivo de hacer bien, aquellos ideales que considera como del desideratum de lo que en mucho tiempo puede desear la humanidad; a la vez que sufre grandemente, y que lejos de rendirse en esa lucha desventajosísima y terrible en que se encuentra empeñada, sigue y sigue siempre con un ardor y una energía propia de apóstoles que tratan de implantar en la humanidad nuevos ideales, al mismo tiempo que de hacer la selección de los antiguos, dejando sólo aquello que es bueno,  bello o verdadero bajo uno de los múltiples aspectos que contengan; que muestran el camino, que indican el método que la juventud debe seguir si quiere hacerse digna, no sólo de las grandes ideas que está llamada a defender y propagar, sino también de aquellos que nos han precedido en esa lucha, de los que nos han conducido al estado en que nos encontramos.

Y si todos estos cargos y condiciones os caracterizan, ¿cuál no será la memoria imperecedera que nuestra insignificante sociedad guardará por haberla con generosa protección cobijado bajo su ilustre nombre, por habernos sacado del modesto círculo en que nos encontrábamos al más ancho en que hoy nos movemos, por habernos puesto en condiciones de que nuestros deseos manifestados hoy tengan solución práctica por los que nos sigan, realizando de este modo lo que para vos pedís en vuestra carta?

Confiad, pues, en que se realizarán todos vuestros deseos, en que tendremos siempre como norma de nuestra conducta vuestro programa y en que siempre se la recordará con gratitud y entusiasmo.

Recibid, señora, el más respetuoso saludo del Ateneo Familiar, en cuyo nombre hablo, y en particular de este vuestro ferviente admirador q.s.p.b. Carlos Lamo Jiménez.

Madrid, 1º de abril de 1888

Las Dominicales del Libre Pensamiento, Madrid, 15-4-1888

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73. El Ateneo Familiar: Rosario y Carlos se encuentran

69. «La biblioteca de doña Rosario», por José Díaz Fernandez

Como se contaba en el artículo anterior, en 1924 Carlos de Lamo vende a la gijonesa Sociedad de Cultura e Higiene de Cimadevilla una parte de la biblioteca de Rosario de Acuña. José Díaz Fernández, un joven periodista de la redacción de El Noroeste (a pesar de su juventud ya gozaba por entonces de cierto renombre en la prensa regional a raíz de las crónicas que como integrante del regimiento Tarragona enviaba desde Marruecos hasta que fue licenciado en 1922),  que de cuando en cuando subía hasta el Cervigón para compartir con doña Rosario recuerdos y esperanzas,  aprovecha la ocasión para hilvanar una cariñosa semblanza de su ilustre contertulia.


La biblioteca que doña Rosario de Acuña tenía en su casa de El Cervigón, allí donde vivió y murió aquella gran mujer, pasará a una humilde sociedad de cultura de un barrio de pescadores, a la Sociedad de Cultura e Higiene de Cimadevilla. El heredero de la escritora, su sobrino D. Carlos Lamo, ha preferido vender los libros a los obreros de Cimadevilla a enajenarlos por mejor precio a un particular cualquiera. De este modo, aun muerta aquella mujer que consagró su existencia a la defensa, el alivio y el magisterio de los desheredados, continuará alumbrándolos con sus libros, coleccionados y cuidados con tierno afán, con la misma delicadeza femenina con que atendía sus ropas, sus encajes, sus vajillas, pues uno de los méritos más eminentes de doña Rosario de Acuña era su exquisita feminidad dentro de la vibración y densidad de su obra literaria y de propaganda social.

Este trasplante de los libros queridos desde la risueña casa de El Cervigón —retiro de filósofo o de poeta, o de ambas cosas a la vez— a las sencillas estanterías de un local de cultura obrera me evoca la última visita que hice a la casa de doña Rosario, henchida de silencio y de recuerdos, después de la muerte de la viejecita nerviosa y severa, que aun en sus últimos días nos exhortaba a los jóvenes a derrochar nuestro ardor por los ideales inmediatos de su país. En esta visita sentí latir como nunca el corazón de doña Rosario de Acuña en aquellas estancias donde todavía quedaba el perfume de su presencia sobre los muebles empolvados, sobre las vitrinas y las consolas, los jarrones y las porcelanas, fruto de los días suntuosos de juventud, cuando la señorita de Acuña, con su aire dulce y pensativo, daba prestigio en Roma a los salones aristocráticos de su tío, el embajador Benavides.

Fue un día de agosto, en el último verano. El cronista acompañaba a una mujercita fina y bella, lectora de Goethe y de Proust, amiga de los largos diálogos y del   baño de mar, como «La bien plantada», que reunía en el bolso de piel un cuento ruso, un retrato en «maillot» y el lápiz rojo que había de avivar el carmín provocativo de la boca. Quedaba atrás la playa veraniega, donde las muchachas llevaban en la mano sus sombreros blancos, como gaviotas palpitantes, y los hombres tenían en sus labios un salado sabor de besos o de espumas. El sol se adormecía en la cómoda hamaca del mar, y a lo lejos, allá en Somió, los «chalets» y los palacetes de estío  recortaban su frágil arquitectura sobre los lomos verdes de los alcores y las praderías. Mi amiga sentía aquella tarde cierto nihilismo, que provenía quizás de su carne morena, dulce y prieta como la de una fruta, y de sus ojos marinos, ricos de pasión y de horizonte, conmovidos igual bajo la caricia de la mano o del libro. Ella no nombraba al amor; pero su palabra descontenta, ávida y celosa, condensaba una rebeldía gentil, humana y heroica, venida de una página de Andreiev, contra el privilegio, el método y la disciplina; aquella mano suya, larga y enjoyada, que se extendía en el diálogo como una flecha, parecía pedir, más que una flor, una bandera revolucionaria o la cabeza de un tirano. Yo le daba una interpretación un poco novelesca y veía a mi amiga conspirando en el «hall» de un hotel exótico para quebrar con su pie menudo la corona de un monarca. Era el mismo romanticismo de doña Rosario, romanticismo muy siglo XIX, irritado contra el clericalismo y la burguesía. Pero lo sentía entonces una muchacha del siglo XX, habituada al coqueteo intelectual con todas las ideas, mientras jugaba con su bufanda de «batik» y aspiraba el aire lujurioso del mar. Eran los mismos problemas que preocuparon a la de Acuña en sus dramas, sus poemas, sus artículos, sus peregrinaciones por España y Portugal, a pie y a caballo. Dijérase que no había transcurrido medio siglo y que la mujer que iba a mi lado era la misma que escribiera Rienzi el tribuno, entre la curiosidad y el asombro de la corte.

Por eso, cuando penetramos en la casa amplia y sencilla, cuyos planos trazara con mano firme su propia dueña para vivir sus últimos pensamientos, mi amiga tenía un andar grave y pausado, y su capa de crespón apenas estremecía los viejos espejos,  que se creyeran medio ciegos de tanto mirar al tiempo. Allí estaban las cosas de doña Rosario, como si todas guardasen aún la recóndita caricia de sus manos, tibias de inteligencia y de amor. Allí estaban las losetas del patio, que ella bruñía con manos de obrera, y los lienzos, las sedas y los encajes que envolvía con dedos de señorita. Porque la que un tiempo resplandeciera en salones famosos, como una codiciada joya humana, sintió en su vejez todo el frío del aislamiento y del olvido. Sólo de vez en cuando subían allá, a El Cervigón, mujeres del pueblo que le lloraban las hambres de las huelgas, y algún joven oscuro, que le describía tímidamente sus sueños de barricada.

Probablemente sea éste el retrato al que se refiere José Díaz. La fotografía fue tomada cinco días antes del fallecimiento de la escritora

En un retrato reciente, bajo su cofia de lana, ingenua y expresiva como un «ex libris», la viejecita gloriosa sonreía. Mi amiga vibraba de emoción, y yo la sentí en secreto interrogar al porvenir, después que los años hayan vendimiado los frescos racimos de su juventud y todas las ilusiones de su corazón. Pero un alma de mujer había entrado en la casa, y yo oía a todas las cosas suspirar dulcemente. También los tres millares de libros de la biblioteca parecían alegres bajo las manos sutiles, iguales a las otras, que iban apresurada y gozosamente abriendo páginas y señalando dedicatorias. Un elogio ampuloso de Castelar, un juicio apasionado de Pi y Margall, una firma rechoncha y burguesa de D. Ramón de Campoamor... Era la existencia de aquella mujer, que quedaba prendida sobre las amarilleces de los volúmenes, un día fragantes. Pero lo inmortal, lo que no moría, estaba allí: eran las ideas, los pensamientos, las emociones y los desvelos perdurables, que batían, como mareas fluyentes y vivas, bajo las encuadernaciones apagadas. Allí había aprendido la viejecita su ciencia exquisita y allí, en aquellos vasos toscos, había bebido su vino de infinito. Ya mi amiga no estaba triste y desdeñaba sus guantes de piel, sus pulseras, sus propios labios encendidos.

Y al regresar, al crepúsculo, mi amiga tenía el aire más romántico, más siglo XIX. Se empeñó en no ir al «cine» y en recitar a Bécquer.

La Libertad, Madrid, 19-10-1924

57. La mujer del rincón

Con los datos que disponemos, bien puede decirse que —de alguna manera y en alguna medida— el matrimonio modificó la percepción que Rosario de Acuña tenía de la sociedad española. En el transcurso de los seis o siete años de convivencia con Rafael de Laiglesia y Auset se va a ir produciendo un cambio de enfoque de tal calibre que su mirada se hará muy sensible a realidades que, tan sólo unos años antes, le habrían pasado desapercibidas.

Sus ilusionados —aunque enfermos— ojos de juventud se vuelven ahora más sensibles a la falsedad de sus congéneres (véase El camino de Torrero, uno de los primeros ejemplos). No le gusta lo que ve y se aleja, huye al campo buscando cobijo en la Naturaleza. En Pinto inicia una nueva vida y desde el retiro de su Villa Nueva alerta del desvarío de la sociedad: la perspectiva sociológica es la que parece interesarle por entonces: En el campo, Influencia de la vida del campo en la familia, El lujo en los pueblos rurales…

El análisis sociológico debe parecerle insuficiente para explicar el desvarío humano, pues a mediados de los ochenta la encontramos ocupada en cuestiones que buscan sus respuestas en el individuo. Impulsada por el deseo de adentrarse en los conocimientos psicológicos, no sólo convoca un premio de investigación con el objetivo de que los especialistas debatieran sobre los límites entre la cordura y la locura, sino que realiza un seguimiento exhaustivo de dos de los casos que mayor conmoción producen en la sociedad de entonces: el Crimen de la calle de Fuencarral y el Caso Galeote.

Era tal su deseo de conocer los pormenores que pudieran explicar las razones por las cuales un hijo de la sabia Naturaleza se convierte en criminal, que no duda en acudir diariamente a la sala donde se celebra la vista y lo hace provista de lápiz y cuartillas dispuesta a anotar todo cuanto de interés allí se diga. Ni que decir tiene que su presencia no tarda en atraer la atención de los periodistas que cubren la noticia: el 4 de octubre de 1886 El Resumen publica lo que sigue:

«Ante el problema que hoy ha de someter al juicio de la sala, hay muchos que miran escamados a sus vecinos de asiento, y sobre todo las señoras que ocupan el segundo diván de la derecha, al ver a su compañera del rincón armarse de lápiz y cuartillas dispuesta a tomar notas»

Ella es, evidentemente, la «del rincón». Ya que la han señalado con el dedo, coge su pluma y manda una carta al periódico explicando los motivos que la han llevado hasta aquella sala. Al fin y al cabo, la de publicista es la misión que se ha comprometido a desarrollar desde que a finales de 1884 se adhiriera públicamente al bando de quienes luchan en defensa de la Verdad.