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Archive for the ‘Racionalismo’ Category

69. «La biblioteca de doña Rosario», por José Díaz Fernandez

Como se contaba en el artículo anterior, en 1924 Carlos de Lamo vende a la gijonesa Sociedad de Cultura e Higiene de Cimadevilla una parte de la biblioteca de Rosario de Acuña. José Díaz Fernández, un joven periodista de la redacción de El Noroeste (a pesar de su juventud ya gozaba por entonces de cierto renombre en la prensa regional a raíz de las crónicas que como integrante del regimiento Tarragona enviaba desde Marruecos hasta que fue licenciado en 1922),  que de cuando en cuando subía hasta el Cervigón para compartir con doña Rosario recuerdos y esperanzas,  aprovecha la ocasión para hilvanar una cariñosa semblanza de su ilustre contertulia.


La biblioteca que doña Rosario de Acuña tenía en su casa de El Cervigón, allí donde vivió y murió aquella gran mujer, pasará a una humilde sociedad de cultura de un barrio de pescadores, a la Sociedad de Cultura e Higiene de Cimadevilla. El heredero de la escritora, su sobrino D. Carlos Lamo, ha preferido vender los libros a los obreros de Cimadevilla a enajenarlos por mejor precio a un particular cualquiera. De este modo, aun muerta aquella mujer que consagró su existencia a la defensa, el alivio y el magisterio de los desheredados, continuará alumbrándolos con sus libros, coleccionados y cuidados con tierno afán, con la misma delicadeza femenina con que atendía sus ropas, sus encajes, sus vajillas, pues uno de los méritos más eminentes de doña Rosario de Acuña era su exquisita feminidad dentro de la vibración y densidad de su obra literaria y de propaganda social.

Este trasplante de los libros queridos desde la risueña casa de El Cervigón —retiro de filósofo o de poeta, o de ambas cosas a la vez— a las sencillas estanterías de un local de cultura obrera me evoca la última visita que hice a la casa de doña Rosario, henchida de silencio y de recuerdos, después de la muerte de la viejecita nerviosa y severa, que aun en sus últimos días nos exhortaba a los jóvenes a derrochar nuestro ardor por los ideales inmediatos de su país. En esta visita sentí latir como nunca el corazón de doña Rosario de Acuña en aquellas estancias donde todavía quedaba el perfume de su presencia sobre los muebles empolvados, sobre las vitrinas y las consolas, los jarrones y las porcelanas, fruto de los días suntuosos de juventud, cuando la señorita de Acuña, con su aire dulce y pensativo, daba prestigio en Roma a los salones aristocráticos de su tío, el embajador Benavides.

Fue un día de agosto, en el último verano. El cronista acompañaba a una mujercita fina y bella, lectora de Goethe y de Proust, amiga de los largos diálogos y del   baño de mar, como «La bien plantada», que reunía en el bolso de piel un cuento ruso, un retrato en «maillot» y el lápiz rojo que había de avivar el carmín provocativo de la boca. Quedaba atrás la playa veraniega, donde las muchachas llevaban en la mano sus sombreros blancos, como gaviotas palpitantes, y los hombres tenían en sus labios un salado sabor de besos o de espumas. El sol se adormecía en la cómoda hamaca del mar, y a lo lejos, allá en Somió, los «chalets» y los palacetes de estío  recortaban su frágil arquitectura sobre los lomos verdes de los alcores y las praderías. Mi amiga sentía aquella tarde cierto nihilismo, que provenía quizás de su carne morena, dulce y prieta como la de una fruta, y de sus ojos marinos, ricos de pasión y de horizonte, conmovidos igual bajo la caricia de la mano o del libro. Ella no nombraba al amor; pero su palabra descontenta, ávida y celosa, condensaba una rebeldía gentil, humana y heroica, venida de una página de Andreiev, contra el privilegio, el método y la disciplina; aquella mano suya, larga y enjoyada, que se extendía en el diálogo como una flecha, parecía pedir, más que una flor, una bandera revolucionaria o la cabeza de un tirano. Yo le daba una interpretación un poco novelesca y veía a mi amiga conspirando en el «hall» de un hotel exótico para quebrar con su pie menudo la corona de un monarca. Era el mismo romanticismo de doña Rosario, romanticismo muy siglo XIX, irritado contra el clericalismo y la burguesía. Pero lo sentía entonces una muchacha del siglo XX, habituada al coqueteo intelectual con todas las ideas, mientras jugaba con su bufanda de «batik» y aspiraba el aire lujurioso del mar. Eran los mismos problemas que preocuparon a la de Acuña en sus dramas, sus poemas, sus artículos, sus peregrinaciones por España y Portugal, a pie y a caballo. Dijérase que no había transcurrido medio siglo y que la mujer que iba a mi lado era la misma que escribiera Rienzi el tribuno, entre la curiosidad y el asombro de la corte.

Por eso, cuando penetramos en la casa amplia y sencilla, cuyos planos trazara con mano firme su propia dueña para vivir sus últimos pensamientos, mi amiga tenía un andar grave y pausado, y su capa de crespón apenas estremecía los viejos espejos,  que se creyeran medio ciegos de tanto mirar al tiempo. Allí estaban las cosas de doña Rosario, como si todas guardasen aún la recóndita caricia de sus manos, tibias de inteligencia y de amor. Allí estaban las losetas del patio, que ella bruñía con manos de obrera, y los lienzos, las sedas y los encajes que envolvía con dedos de señorita. Porque la que un tiempo resplandeciera en salones famosos, como una codiciada joya humana, sintió en su vejez todo el frío del aislamiento y del olvido. Sólo de vez en cuando subían allá, a El Cervigón, mujeres del pueblo que le lloraban las hambres de las huelgas, y algún joven oscuro, que le describía tímidamente sus sueños de barricada.

Probablemente sea éste el retrato al que se refiere José Díaz. La fotografía fue tomada cinco días antes del fallecimiento de la escritora

En un retrato reciente, bajo su cofia de lana, ingenua y expresiva como un «ex libris», la viejecita gloriosa sonreía. Mi amiga vibraba de emoción, y yo la sentí en secreto interrogar al porvenir, después que los años hayan vendimiado los frescos racimos de su juventud y todas las ilusiones de su corazón. Pero un alma de mujer había entrado en la casa, y yo oía a todas las cosas suspirar dulcemente. También los tres millares de libros de la biblioteca parecían alegres bajo las manos sutiles, iguales a las otras, que iban apresurada y gozosamente abriendo páginas y señalando dedicatorias. Un elogio ampuloso de Castelar, un juicio apasionado de Pi y Margall, una firma rechoncha y burguesa de D. Ramón de Campoamor... Era la existencia de aquella mujer, que quedaba prendida sobre las amarilleces de los volúmenes, un día fragantes. Pero lo inmortal, lo que no moría, estaba allí: eran las ideas, los pensamientos, las emociones y los desvelos perdurables, que batían, como mareas fluyentes y vivas, bajo las encuadernaciones apagadas. Allí había aprendido la viejecita su ciencia exquisita y allí, en aquellos vasos toscos, había bebido su vino de infinito. Ya mi amiga no estaba triste y desdeñaba sus guantes de piel, sus pulseras, sus propios labios encendidos.

Y al regresar, al crepúsculo, mi amiga tenía el aire más romántico, más siglo XIX. Se empeñó en no ir al «cine» y en recitar a Bécquer.

La Libertad, Madrid, 19-10-1924

56. Su amiga Ángeles López de Ayala

En 1888, dos años después de haberse convertido en Hipatia, Rosario de Acuña pronuncia un discurso en la ceremonia de inauguración del colegio para huérfanos de padres masones que pone marcha el  Gran Oriente Nacional de España. En el mismo acto otra mujer toma la palabra: se trata de Ángeles López de Ayala,   masona como ella, combativa como ella, con quien mantendrá una larga amistad.

Para conocer un poco más de quién se trata,  permítaseme que reproduzca aquí unos párrafos que sobre ella incluyo en Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato:

Ángeles López de Ayala y Molero, una sevillana nacida en 1856, que tras haber contraído matrimonio se habría trasladado a Madrid, donde  comienza a  moverse por  ambientes masónicos y librepensadores, no tardando en producirse su iniciación que tuvo lugar, al parecer, en la  logia Amantes del Progreso,   en la que desempeñará los cargos de Secretaria y Oradora,  figurando en 1894 con el grado 30, no duda en reivindicar que todas las mujeres puedan seguir sus pasos  integrándose en las logias en igualdad de condiciones con los hombres, obviando con ello  el Rito de Adopción. Participará de manera regular en las actividades organizadas por la Sociedad Autónoma de Mujeres de Barcelona, entidad íntimamente ligada a la masonería dedicada a favorecer la formación política y cultural de las mujeres, que será el germen de la Sociedad Progresiva Femenina que fundará Ayala en 1898. Dos años antes sacará a la calle El Progreso, la primera publicación de carácter librepensador y feminista de las cuatro que habrá de fundar y dirigir. Después vendrán El Gladidor (1906), El Libertador (1910) y El Gladiador del Librepensamiento (cuya segunda época se inicia en 1910), en donde aparecerán de manera habitual escritos   de Rosario de Acuña,junto a los de otras librepensadoras, espiritistas o masonas.

Parece ser que las inquietudes y la vitalidad que mostraba entonces Ángeles López de Ayala ya anunciaba el intenso batallar que desplegaría tiempo después. No sería de extrañar, por tanto, que en el verano de 1888 surgiese entre las dos mujeres una relación de complicidad que solo se habría de romper con la muerte. Y es que nos encontramos ante dos seres que no solo defendían posturas similares desde las mismas filas del republicanismo, el librepensamiento y la masonería, sino que lo hacían animadas por el mismo espíritu combativo. La complicidad que no pudo existir con Amalia Domingo Soler ni con Mercedes de Vargas, era ahora posible con esta mujer con la que, tal y como nos cuenta décadas después,  selló un pacto por el que ambas  no solo se comprometían a vivir y morir fuera de todo dogmatismo religioso,  sino que pondrían todo su empeño en despertar en  «cuantos seres pusiera a nuestro lado el destino, las ideas racionales de justicia, bondad y belleza, desligadas de todas las religiones dogmáticas»

Lo cierto es que no permaneció durante mucho tiempo en el mismo sitio, pues tras su paso por Amantes del Progreso , Lacalzada de Mateo la sitúa en 1888 en el cuadro de Amor y Ciencia y poco después, en abril del siguiente año, en la logia  femenina Hijas de los Pobres…

Pues bien, la amistad entre ambas se mantuvo hasta que la muerte las separó para siempre. Rosario tenía la mejor opinión de Ángeles, como se refleja en estas palabras escritas para ser pronunciadas en un mitin celebrado en 1917 en la Unión Progresiva Femenina de Gracia:

Esta mujer, amiga mía, que hace 30 años viene dándose al ideal librepensador, por encima de su propio bien, porque ¡a cuántas más inferiores que ella en entendimiento, cultura y voluntad se las ve, como monigotes de feria, subir a los tablados de la vanidad social hasta conseguir, con buenas o malas artes, un sitio en los frisos de los olimpos contemporáneos!.

De la opinión que Ángeles López de Ayala tiene de Rosario de Acuña y Villanueva, sirvan estas palabras escritas con motivo de su muerte:

El mejor Florón

A ROSARIO DE ACUÑA

Falta ya de España. No era digna esta Nación de poseerlo; aquí, donde se han cobijado los detritus de los países más afortunados, sobraba ya la mujer fuerte, valerosa y digna, forjada en el yunque del sufrimiento, donde adquirió la diamantina dureza del granito.

Era una provocación quijotesca la de aquella alma briosa sin comparación, que sola en el mundo, se atrevía a desafíar a la institución más poderosa de cuantas en el día subisten, ¡al jesuitismo!

En Oviedo [por Asturias], frente por frente de él, simbolizando las sombras de oscura noche, destruídas por el rayo de luz de la razón, edificó su hogar aquel gigante del pensamiento, aquella mujer insustituible que pasmó por sus conocimientos, por su sabiduría y su inflexibilidad.

La que siempre se mantuvo arrogante e inatacable, rindió al fin su tributo al no ser, probando con ello que hasta lo más sólido es efímero en las páginas del gran libro de la eternidad…

¡Rosario!, al pronunciar tu nombre mi labio tiembla de admiración y de respeto; tu fuiste mi maestra; la fuente cristalina donde sacié mi sed devoradora de justicia y de humanidad.

Recuerdo aquellos ratos que en compañía pasaba, sentadas las dos sobre una piel de oso; aún están frescas en mi memoria las comidas que en unión de tu madre saboreábamos, amenizadas por los destellos de tu inteligencia; aún te veo a mi lado durante mi primera conferencia, animándome con tu aplauso, que para mí era de más valía que el de los públicos todos; y… en fin, aún parece que te tengo a mi lado, inculcándome tu aliento para el bien y tu odio para el mal. ¡Qué buena y qué justa eras, Rosario inolvidable! Conservo tus cartas, en las que no hay un sólo párrafo de desperdicio, ¡qué buena eras!

Ya en Barcelona, te molesté una vez pidiéndote original para una conferencia a la «Sociedad Progresiva Femenina», conferencia que a vuelta de correo enviaste.

También has contribuido a sostener con tu brillante pluma mi Progreso, mi Gladiador, todo lo que ha podido darme provecho y nombre.

Por desdicha, yo solo puedo pagarte dedicándote un puesto en mi memoria, que ocuparás eternamente.

Y, ahora, perdóname si no he sabido hacerte justicia. Mi voluntad es muy grande, pero ni mi inteligencia, ni mi dolor me permiten exteriorizarla.

Y tú, Carlos Lamo, que por tu generosidad y tu nobleza te consagraste a vivir para endulzar sus días, que la bendición de aquella SANTA te acompañe.

El Motín, 19-5-1923