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86. «Una mujer muy mujer», por José Díaz Fernández

Yo iba algunas tardes hasta allá arriba, por charlar con doña Rosario, a quien no le gustaban mis versos. Me lo decía con sinceridad y yo no me atrevía a contradecirle:

—Son ustedes muy frívolos y la poesía es una cosa seria.

Me recordaba a mi madre, a la que tampoco le agrada lo que yo escribo. Le pasa lo que a la madre de Bagaría, que le decía de sus dibujos:

—Yo no comprendo cómo le gustan a nadie esos caracoles.

Doña Rosario no transigía con el ritmo desarticulado, las imágenes puras y los temas ligeros. Ella entendía el poema como un abandono de todo el panorama exterior para entregarse a la íntima devoción de las cosas. Todos sus versos son de un misticismo patético dentro de una pulcra forma clásica. Aspiraba a sorprender la actitud eterna de la Naturaleza y la vida; pero rehuía todo contacto con el mundo real. Aún en su teatro poético se nota esa tendencia deshumanizadora con la intención y la terquedad de un Teixeira de Pascoaes de quien doña Rosario era lectora muy constante. ¡Cómo iba a gustarle a doña Rosario un soneto que yo acababa de escribir sobre el cine!

—¡El cine! ¡Qué barbaridad! —decía indignada doña Rosario. Ahí no puede haber poesía sino inmoralidad y folletín. Yo nunca estuve.

Pero yo, delante de aquella anciana nerviosa, vivaz, entusiasta, apetente siempre de discusión, me sentía vigorizado y enérgico. Era un revulsivo su palabra creyente y clara por donde corrían las utopías como el agua por su cauce. Llegábamos allí un poco apesadumbrados de decepción y salíamos fortalecidos de libertad. Ella creía en el Más Allá, en la Revolución, en el destierro de los frailes, en el Amor, en Todo. Su figurilla delgada y arrugada era otra al hablar. A mí me daba la impresión del arco tenso de una ballesta lanzando fija y eficaz la flecha de la palabra.

—¿Cómo? Pero ¿usted no cree en esto? ¿Usted no cree en esto otro? ¡Qué remedio queda! Es una cosa fatal, decidida, inexorable, que se impondrá porque es la verdad. La vida tiene que volver a ser pura, justa y noble.

Cuando yo salía de conversar con doña Rosario formaba el propósito de no volver al cine, ni hacer más sonetos que tuviesen el ritmo ambiguo de las musas que se pintan los labios y bailan el fox. Ella era un ejemplo de vida diáfana y severa consagrada a un ideal de arte y de reforma social.

Y, sin embargo, era la mujer siempre femenina, atractiva, llena de gracia y de dulzura. Recuerdo que un día charlábamos en el comedor de su casa sobre la literatura rusa. Yo me quedé mirando el bordado del tapete de la mesa. Y doña Rosario, que me observaba, salió de Andreiew a un tema de labor y me habló de los bordados de Malinas, del entredós de Camariñas, de los estampados escoceses y de los encajes de las hábiles encajeras belgas. Para terminar:

—Eso lo he bordado yo. Por cierto que no pude escribir aquel artículo que les había ofrecido a ustedes porque quería acabar el tapete.

Daba lecciones de feminidad con la sencillez genial de quien habiendo nacido para los más altos destinos, no pierde nunca el contacto con las pobres cosas de la existencia. Era su vida un magisterio que acaso ninguna mujer aproveche. Sabía que el deber de las mujeres alcanza un horizonte más ancho que el de los hombres. Sabía que la mujer tiene que embellecer la vida con el amor, la inteligencia y la voluntad. Que hay que saber hacer una salsa y comprender una idea: repasar una camiseta y leer un libro. Doña Rosario enseñaba con el mismo orgullo un ejemplar de Doloras y humoradas que le dedicara Campoamor, que la rica mantelería heredada de su madre.

Frecuentemente aludía doña Rosario a sus viajes y sus excursiones. Sus caminatas por tierras de España y de Portugal dan idea de lo que era aquella mujer que recorría leguas a pie y a caballo, en tren o en diligencia, vadeando ríos y atravesando brañas, comiendo en las tabernas del camino entre labradores, buhoneros y trajinantes.

Hubo quien le negó el recuerdo de una calle en Gijón diciendo desdeñosamente que no era asturiana. Claro que doña Rosario de Acuña es universal. Pero dejando esto a un lado, quizá ella conociera Asturias mejor que muchos asturianos. Yo sé que recorrió a pie toda mi comarca occidental, metiéndose en las ásperas tierras de los Oscos y llegando a abrigaños de vaqueiros para sorprender maravillas de paisaje y honduras psicológicas de nuestro carácter. Hizo más, mucho más, que otros presuntos regionalistas.

Cuando pienso que aquella doña Rosario, que a los setenta años creía en todo, no volverá a darme ánimos borrando con su palabra el escepticismo que ha nacido con la juventud de este siglo, siento una gran tristeza. Hoy separo los ojos de tantos ojos de mujer como sonríen por estas calles y quedo con ellos elevados en el recuerdo de aquella vieja amiga, cuya psique vuela por la estancia donde escribo. Ella supo alcanzar la vida imperecedera que no tendrán estas mujeres, cuya sangre joven palpita entre el sol de mayo.

J. Díaz Fernández

El Noroeste, Gijón, 4-5-1924

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84. El apoyo de la Agrupación Femenina Socialista

Tras su regreso del exilio portugués Rosario de Acuña  parece decidida a retirarse de la primera línea de la batalla ideológica. No aguanta  mucho. Tras un par de años de silencio casi absoluto, a principios de 1916 sus palabras vuelven a ocupar las primeras páginas de la prensa amiga («A la memoria de don Domingo Hernández León», «A la señorita María Oliva Riestra Rubiera», «A los misioneros de la cultura y la fraternidad que Francia nos envía»…). Más allá de sus tesis habituales, de su defensa de la libertad de conciencia, de su oposición al todopoderoso clericalismo reinante, lo que llama la atención es su llamada pública a la unión de las fuerzas de «izquierda». Eso es los que en los primeros meses de 1917 parece inquietar a las autoridades provinciales, recelosas a todo lo que pueda estar relacionado con la convocatoria de una huelga general, de la que no se deja de hablar desde que la UGT y la CNT acordaran coordinar sus actuaciones en un pacto alcanzado en la primavera de ese año. Los informadores de Gobernación conocen que Rosario de Acuña no solo defiende esa unidad en sus escritos de manera reiterada, sino que la refrenda con su asistencia en actos conjuntos de «las izquierdas», como sucediera con el mitin aliadófilo de Madrid al que ya me he referido. Durante el verano el ambiente está muy caldeado, y las autoridades están tan nerviosas que en la madrugada del 24 de julio las fuerzas del orden se presentan en El Cervigón con la orden de efectuar un registro minucioso en la vivienda de la escritora. A pesar de no haber encontrado absolutamente nada tras varias horas de revolver todas sus pertenencias, hay quien sigue recelando de su papel en todo lo relacionado con los preparativos de la huelga, pues el 22 de agosto, cuando en Asturias hace ya nueve días que el paro es general, la Guardia Civil vuelve a su casa para efectuar un nuevo registro.

He aquí el relato de lo sucedido en palabras de la interesada:

Llegan los sucesos de agosto. Usted ya sabe, como todos los que me conocen bien —y a pelo al cultísimo escritor don Rafael Sánchez Ocaña, a quien tuve el honor de recibir en mi casa cuando vino a intentar hacer un periódico liberal-europeo de El Noroeste, de Gijón—, lo aislada que vivo. Y también saben que ni soy socialista, ni anarquista, ni republicana: en el sentido redilesco de estas adjetivaciones; nada que huela a dogma, imposición y enchiqueramiento.
Además, dada la condición marroquí de la mayoría de los españoles, las mujeres que queremos «ser personas —solo eso—» tenemos que pasar, como cochinillas de circo, por bachilleras, petulantes, histéricas, etcétera. Las que se precian de no haber pasado por este aro es que tuvieron que pasar por otros peores.
[…]

Pues bien; a pesar de todo esto, sobre mí y mi casa se extendió en aquellos días, una leyenda negra:
«Que yo había predicado el amor libre en los paseos de Gijón; que era una conspiradora de cuidado; que mi casa era centro de conciliábulos misteriosos a las altas horas de la noche».

Esta prédica para la mema burguesía que parece vivir solo tragándose idioteces. Para el vulgo campesino que me circunda se hizo otra propaganda:
«Yo era una bruja, que salía por la noche untada al tejado para hacer mal de ojo a vacas y chicos; era una perra judía que tenía un macho cabrío, y que azotaba la santa cruz los viernes». ¡Así, «así —aún—», corren estos dichos por nuestros desgraciados y embrutecidos pueblos!.
Los «policías honorarios» de la villa, todos ellos ajesuitados, íntimos y militantes de las huestes reaccionarias, cuando ya tuvieron bien batido el basurero de estas absurdas infamias, entraron en campaña con las autoridades militares de Gijón. […]
Llega una mañana de agosto —olvidé la fecha— y a las tres empiezan a aporrear el portón de la finca. […]
Se presentaron dos de Orden público y dos policías que, previa exhibición, exigida, del carné de identidad y la orden judicial militar de registro domiciliario, pasaron adelante. Al verlos bajé rápidamente. Se explicaron y portaron como personas correctas. Venían a buscar «las proclamas de Marcelino Domingo» que, en aquellos días se encontraban en Gijón hasta en las soperas y en el cuartel se recibían a centenares.
—Aquí tienen ustedes las llaves de mundos, librerías, muebles, etc.; no encontrarán nada, les dije, porque, ni por casualidad, leí el artículo de que se trata; y, es más, yo no necesito leer proclamas, si acaso, las escribiría, y, entonces, ya pueden comprender que no habría ninguna en casa.
Cinco horas duró el registro, sin tener ninguna queja contra los que, por su profesión, tenían que realizarlo.
A los dos días de esto corrió por Gijón la noticia de que habían encontrado en mi casa cheques y mazos de billetes de miles de francos; cartas escritas desde Inglaterra y Francia, libros pornográficos. (Esta fue labor germano-jesuita. No atribuyo a los policías oficiales estos infundios. Sus contrafiguras, los «honorables honorarios policías», serían los encargados de extender tales patrañas).
Pasan unos días. Segundo aporreamiento del portón a las cinco de la mañana. Cinco guardias civiles, uno de ellos vestido de paisano, con pico y azadón. Preséntanse, también, correctamente, y dentro de la férrea disciplina que los sujeta, más como a fieras que como a hombres, se les veía violentos, contrariados, al tener que hacer lo que se les mandaba. Venían a levantar el prado, en los alrededores de la casa, en busca de un enterramiento de bombas, armas, municiones y papeles que «habían visto que habíamos escondido».

[…]
Desde aquel día tuvimos preparados los hatillos para ingresar en la cárcel, pues, pensando lógicamente, suponíamos ir a parar allí, toda vez que, por la ciudad, la traílla policíaca honoraria decía, a voz en cuello, que era preciso, preciso, que yo durmiera en la cárcel. ¡Como si alguien fuera capaz de hacerme dormir en la cárcel!

[Leer la carta completa]

A los pocos días de haberse publicado este escrito, la Agrupación Feminista Socialista hace pública la siguiente carta de apoyo a Rosario de Acuña:

Por El País nos enteramos al leer vuestra carta que también fuistéis víctima de los sucesos de agosto.

Considera esta entidad un atropello incalificable los registros que en vuestro domicilio se practicaron, así como la falta de respeto y consideración a personas honradas  y, una vez más,  la Agrupación Feminista Socialista protesta contra este hecho vergonzoso.

Denigra en extremo la tolerancia de estos abusos que denota la carencia del respeto y conocimiento en los casos a perseguir.

Arbitrario es el recurso de los mantenedores del orden, interpretando las ideas progresivas como un hecho escandaloso, admitido como está el librepensamiento; pero lo que más subleva el ánimo es considerar lo injusto del atropello, puesto que no ostentaba la sujeción a un partido de clase.

¡Lástima no estar al lado de los socialistas para encauzar con su talento al elemento femenino por vías más amplias a su emancipación!

Sirvan, pues, estas líneas de saludo a doña Rosario de Acuña y de protesta por los sucesos pasados; quedando reconocidas estas admiradoras suyas q.s.m.e.

Por el Comité: La presidenta, Dolores Fernández; la secretaría, María Rojo.

El País, Madrid, 19-7-1918

82. «Romanticismo y postivismo», por Ignacio Rodríguez Abarrátegui

Admirable señora [1]: He tenido el honor de leer el artículo que en El Noroeste de esa ciudad dedica usted a don Luis Barroca, don Andrés Corsino y demás tripulantes del vapor Felisa, y su lectura me ha producido el mismo efecto que me producían los que escribía in illo tempore, cuando todavía la nieve de los años no empezaba como ahora a blanquear mi cabeza.

Por su espíritu no pasan los años abrumándole con las decepciones ni en él parecen causar mella los desengaños, a juzgar por la virilidad de su estilo vibrante fustigando a la canija generación actual falta de ideales, sin energías para volver por los fueros de la razón y del derecho, postrada vilmente ante el becerro de oro, al que rinde culto de mil formas diversas, arrastrándose penosamente para vivir con vilipendio.

No por referirse a mi humilde personalidad me ha sido grato su artículo solamente, sino porque en él ensalza usted el acto altruista de un grupo de hombres que, alejados la mayor parte del tiempo de una sociedad utilitarista, respirando el aire puro del mar, viviendo entre el abismo líquido y el estéreo del infinito, son, como la mayor parte de los que pasan sus días recorriendo la inmensidad de la llanura azul, mucho mejores que los que viven absorbiendo el aire emponzoñado de las grandes ciudades.

Dice usted que mi alma, según el vocabulario de superhombres que hoy se estila, es romántica: no sé lo que será; pero sí es enemiga de la falsedad, de la mentira convencional, de la injusticia dorada con la micácea legalidad, de todo lo que deprime al hombre y disfraza bestiales pasiones con la carátula religiosa, política y social.

Si esto es romanticismo, romántica es también su alma de usted, señora doña Rosario, sin que ese romanticismo haya logrado deshacer ni las virtudes ni los desengaños.

Mas no nos quejemos de ser así; no lamentemos este nuestro quijotesco modo de pensar y de obrar, persuadidos de que con lo que el vulgo califica de extravagancias nuestras contribuimos, aunque poco, a que ese vulgo se dignifique, ayudándole a desembarazarse paulatinamente de las atávicas cadenas que aún le aherrojan a un pasado de tinieblas y horrores.

Verdad es que estas extravagancias, si bien nos producen placer dedicando a ellas todas las energías de nuestra alma, agotando la ternura de nuestro corazón, también nos proporcionan algunos  disgustos, crueles dolores y a veces la duda atormenta nuestro espíritu sumiéndolo en mortal abatimiento.

Nos consuela una cosa: considera que la Humanidad fue sobre poco más o menos siempre así: un conglomerado de soñadores y de vividores, de Quijotes y de Panzas; pero en las páginas de la Historia vemos brillar a través de los siglos y como faros de las almas los nombres de los grandes románticos. Los de los positivistas no aparecen o sólo sirven para ser execrados.

Sócrates con su romanticismo es algo más superior que el negociante Anito; Jesús, soñador de la fraternidad, poeta del amor humano, es una figura superior con su túnica remendada que todos los pontífices romanos con sus túnicas y tiaras cuajadas de pedrería; Espartaco, medio muerto de hambre, es superior a Trimasción, borracho, y a Calígula, con el vientre repleto; Giordano, elevándose con el humo de la pira que consumió su cuerpo hacia los mundos del espacio, eclipsó la fastuosidad de los cerdos amarrados a la ridícula ciencia del Vaticano; los románticos de la inmensa revolución francesa transformaron las leyes anacrónicas del mundo, derrotando a los tiranos de Europa en los campos de batalla; en cambio, ¿qué hicieron y hacen los supers del positivismo de todos los tiempos?

El romanticismo en literatura, en ciencia, en política, en filosofía y en religión, fue, es y será la palanca que remueve las generaciones lanzándolas a la conquista de nuevos ideales en todos los órdenes de la vida.

Por escasez de  ese romanticismo en España vivimos como los sapos entre el cieno de una laguna infecta,  sin observarse entre la generación actual aquellos actos de admirable valor, aquellos arranques de dignidad, aquellos heroísmos sublimes de otros tiempos.

Bendigamos, pues, nuestro romanticismo.

Sin él, no nos elevaríamos sobre el nivel general en que vegetan tantos fariseos de bonete, corona o gorro frigio, tanto farsante como engaña al pueblo con su charlatanería, tanto bribón de todo género y toda laya, tanto charlatán y tanto escribidor bilingüe, tanto pillo y tanto tonto.

Terminaré, señora mía, con una pequeña aclaración.

Si los neos me han procesado, me han encarcelado, me han sentenciado a presidio y no sé como no me han matado, no han hecho más que cumplir con un principio de la ley natural de conservación.

Han estado en su derecho, no les censuro por ello; pero sí han llenado mi corazón de amargura algunos señores charlatanes del republicanismo positivista queridísimos amigos y correligionarios que me abandonaron en mi naufragio.

Le admira y considera su más atento servidor

I. Rodríguez Abarrátegui

Garrucha, Almería, mayo 1911


[1] Ignacio Rodríguez Abarrátegui fue un conocido activista del librepensamiento, lo cual—al igual que les sucediera a tantos otros— le ocasionó más de un contratiempo. En una de éstas, viéndose obligado a mudarse a tierras almerienses, se embarcó en el vapor Felisa. Tuvo la suerte de que los miembros de la tripulación  —asturianos, por más señas— fueran lectores asiduos de El Motín, periódico donde el señor Abarrategui solía publicar sus escritos. Todo fueron atenciones durante los cuatro días de travesía, y así lo contó la agradecida pluma de don Ignacio en un artículo titulado «De Cádiz a Garrucha» que fue publicado en la edición de El Motin de 30 de marzo de 1911. Al enterarse Rosario de Acuña del ejemplar comportamiento de los marineros,  y sabiendo que éstos eran gijoneses, conciudadanos suyos, no duda en hacer públicas alabanzas de «la noble y piadosa acogida» dispensada a su correligionario.

74. «Recordando a Rosario de Acuña», por Rosa Canto

Uno de los primeros días de este mes de mayo, luminoso y florido, ha hecho dos años que murió, en Gijón, la escritora y poetisa madrileña Rosario de Acuña.

Su obra literaria fue admirable; su labor poética, digna de todas las alabanzas; y su gestión social y educadora tan considerable, que no debería ser olvidada. Ahora que tan difusa propaganda se hace de los preceptos higiénicos debe recordarse que ella escribió —cuando sólo los profesionales se ocupaban de ello— una serie de  artículos tratando de reglas higiénicas divulgándolas y procurando hacerlas llegar a los rústicos entendimientos, que primero en un pueblo de Santander y luego en Gijón, la rodeaban, constituyendo casi su única sociedad.

Rosario de Acuña, que a los diez y seis años escribió [en realidad tenía unos pocos más pues contaba con veinticinco] una magnífica tragedia en verso: «Rienzi el tribuno», que la crítica diputó obra maestra; que produjo otras varias obras, una de las cuales «El padre Juan» la envolvió en la aureola de  popularidad al ser prohibidas las representaciones por sus tendencias; que escribió bellos libros de versos, es una de las más relevantes figuras literarias del pasado siglo, y es un hermoso ejemplo de sencillez, triunfando al entrar en la adolescencia, y sin que su enorme éxito y la lisonja que la rodeó la hicieran conocer la fatuidad.

Pero el interés que inspira la figura literaria se ve superado al destacar la mujer sus rasgos; rasgos de tal brillantez, que deben enorgullecer a todas las mujeres que, sin distinción de matices, sientan el hondo latir de un corazón capaz de comprenderlos.

Nacida en ambiente aristocrático; educada en los mayores refinamientos; criada entre el lujo y la comodidad; cultivado su espíritu y su cerebro con los viajes y la lectura, Rosario de Acuña, con inteligencia y cultura excepcionales, parecía destinada a triunfar en la vida de un modo rotundo y absoluto… ¡y fracasó!

Fracasó por inadaptación al medio en que vivía y en que nació; fracasó por su exquisita sensibilidad que la apartaba del modo de sentir uniforme; y fracasó, sobre todo, porque su alta mentalidad la llevó a disentir de las rancias y convencionales ideas de su sociedad aristocrática, y ésta no se lo perdonó.

En vez de consideración, galantería y halagos, Rosario de Acuña tuvo, al emitir sus amplias ideas, el silencio primero, la insidia luego, el aislamiento y la persecución después.

Practicó ella —la descreída— la religión cristiana demasiado al pie de la letra; buscaba el trato de los humildes; procuraba mejorar la condición de  los trabajadores, los consideraba sus iguales… ¡Absurdo! El alma excelsa de esta mujer no estaba al alcance de las que echaban monedas en los cepillos de las parroquias.

Es caso único en la sociedad aristocrática española este de Rosario de Acuña, porque mujeres privilegiadas ha habido en España; pero han surgido al choque de una pasión, como en la defensa de la patria las heroínas y en aras de la religión las mártires; pero, fría, serena y razonadamente perder todos los privilegios que su nacimiento le daba, para dedicarse por completo a la causa de los humildes, mejorando su instrucción, atendiéndoles con amor en sus tribulaciones y renunciando ella a su propio bienestar, no ha habido más que este caso sin segundo. El temple de alma —alma de apóstol a lo Tolstoi, a lo Krotpokin— de Rosario de Acuña hay que buscarle en la psicología rusa; sólo en Rusia se han dado estos altos ejemplos de amor a la Humanidad, sacrificando las comodidades de un hogar y cambiándolas por las calamidades del destierro o la prisión.

Rosario fue una desterrada en su patria y merced a maniobras de elementos contrarios tuvo el dolor de verse apedreada por los niños, a los que tanto amaba, y en peligro de incendio su casita por unos inexpertos muchachos movidos por la seudo patriotería, que avergonzada se reconocía en las palabras vibrantes de la ya anciana escritora, mucho más patriota, diciendo en sus artículos la verdad que los que fingiendo halagaban las vanidades nacionales.

Pocos días después de su muerte, el Ateneo, asilo de toda noble idea, dio una velada en su honor; la ausencia de varios escritores que prometieron asistir inspiró irónicos comentarios a Violeta [seudónimo utilizado por la periodista Consuelo Álvarez, redactora de El País] , que rindió entusiasta homenaje a la muerta escritora.

No faltó el elemento humilde. Los círculos obreros de distintos puntos de España telegrafiaron su adhesión al acto; muchas mujeres modestas asistieron a él, y con esto tuvo la velada el carácter sincero que se le quiso dar.

Hace algún tiempo leí que se proyectaba conservar la casita de la escritora e instalar en ella una biblioteca. Sería éste el mejor y más adecuado homenaje —en esta época de homenajes y revisiones intelectuales— a la gran escritora e insigne mujer. Que la casita donde en los últimos años pasara tantas privaciones y amarguras quedara como un refugio para la inteligencia, y que sus obras, donde palpita su alma entera, figuraran en lugar preferente en la humilde morada, que en lo alto del promontorio aparecería entonces como un faro, iluminado por el espíritu noble, abnegado y austero de Rosario de Acuña.

ROSA CANTO

Heraldo de Madrid, 19-5-1925

70. «Doña Rosario de Acuña», por José Nakens

Ha muerto esta señora; señora en todas las nobles y elevadas acepciones de la palabra. El sábado 5 del corriente dejó de latir aquel corazón que tanto amó a los humildes.

Por Gijón y por toda España cundió la noticia, arrancando expresiones de pesar.

El entierro fue civil, concurriendo a él gentes de todas las clases sociales, especialmente de la obrera.

La carroza fúnebre no pudo utilizarse, porque el pueblo quiso conducir a hombros el féretro para demostrar de este modo su cariño a la muerta.

Como literata, pues lo era a gran altura, cultivó Rosario de Acuña el verso y la prosa, alternando en lo dramático, en el poema y en el periodismo.

En 1876 estrenó el drama en verso Rienzi el tribuno, que obtuvo un triunfo enorme. El público pidió, entusiasmado, la presencia del autor, y cuando se oyó el nombre de la poetisa, se reprodujo la sorpresa, pues contaba a la sazón veinticinco años. La crítica acogió tan favorablemente la obra, que los más salientes escritores decidieron dedicarle un álbum, homenaje que ella rechazó.

Escribió dramas, Tribunales de venganza, El padre Juan y Amor a la patria; libros como La siesta y Tiempo perdido; y poemas como En las orillas del mar y Ecos del alma.

Colaboró en Las Dominicales del Libre Pensamiento, de Madrid; El Diluvio, de Barcelona; El Pueblo de Valencia; El Noroeste, de Gijón, y El Motín.

Su pluma era entera; su inspiración, fácil; su corrección, exquisita. En los versos transcritos en otro lugar[1], pueden observarse estas cualidades. Rosario de Acuña sufrió persecuciones sin cuento por sus ideas.

Cuando estrenó con gran éxito El padre Juan en abril de 1891 en el teatro de la Alhambra, prohibieron su representación al quinto día [en realidad fue la misma noche del estreno], por su marcada tendencia racionalista.

En un periódico de Barcelona emitió juicios sobre la juventud y las costumbres de la época [se refiere a La jarca de la Universidad], que promovieron un revuelo grandísimo y el procesamiento de la autora, que viose obligada a refugiarse en Portugal, tierra hermana que ella conocía y amaba. Cuando volvió a España, se refugió en su casa de las cercanías de Gijón, edificada sobre un promontorio.

El año 17, cuando la huelga general, fue molestada con registros y amenazas. Los soldados creían comprobar en casa de la escritora denuncias anónimas que hablaban de armas y explosivos ocultos. La intervención de Castrovido puso fin a tan deplorables episodios.

Aunque hizo todo el bien que puso se la acosaba hasta en su retiro y, pobre y anciana tuvo que soportar la barbarie de ciertas gentes que azuzadas por clericales estimuladores de la ignorancia y la superstición, tildábanla de bruja y nigromántica. Llagó a publicarse en periódicos la afirmación de que Rosario de Acuña había encantado a varias personas y teníalas en su casa convertidas en bestias. Y también se dijo en un artículo firmado, que en noches de tormenta volaba la escritora montada sobre los riñones de un demonio verde [Véase La casa del diablo]. Todo con la sana intención de excitar el fanatismo de la gente aldeana que pudo ocasionar cualquier salvajismo.

Diatribas, calumnias, persecuciones. A todo, y también a la miseria, supo resistir la noble señora que acaba de morir.

No hizo daño a nadie y empleó su pluma, su palabra y sus escasos medios pecuniarios en auxiliar a los caídos, a los pobres, a los ignorantes. Pudo medrar haciendo la corte a los poderosos y prefirió defender a los que no lo eran. Este es su más cumplido elogio.

Yo, que la admiraba, he sentido mucho su muerte.

El Motín, Madrid, 12-5-1923


[1] En la misma página se publican «A mi madre» y «Más allá de la muerte».

68. Noticia sobre el destino de una parte de su biblioteca

El pago de los intereses de la hipoteca con que está gravada la casa de El Cervigón, fuerza a Carlos de Lamo a poner a la venta la nutrida biblioteca de Rosario de Acuña. En esa tesitura, prefiere que sea una sociedad cultural gijonesa la destinataria de aquel legado. Así fue como en 1924 la recién creada Sociedad de Cultura e Higiene de Cimadevilla se hace con una parte de  aquella biblioteca, tal y como se recoge en la crónica de la inauguración de la citada sociedad:

«En el local que ocupa en la Casa de Nava, se celebro ayer a las siete y media de la tarde, la inauguración de la nueva Sociedad de Cultura e Higiene de Cimadevilla, instalada allí por los animosos elementos del barrio alto, que no desmayaron en sus gestiones hasta ver colmada una de las más vivas aspiraciones de aquellas gentes buenas y sencillas, deseosas de incorporarse al movimiento cultural latente en un núcleo de nuestra juventud.

El local se hallaba atestado de gente, marineros en su mayoría, pues casi todos vestían el típico traje de mahón.

En la presidencia se sentaron el presidente de la nueva sociedad, don Luis Sánchez, el secretario, don Luis Fernández del Corral; el doctor don José María Gutiérrez Barreal; el abogado don Carlos de Lamo y el digno maestro de Primera enseñanza don José Trabanco García, al cual se rendía un homenaje como premio a sus cincuenta años de incesante y fructífera labor pedagógica.

[…]

A continuación, nuestro querido amigo don Carlos Lamo, dio lectura a unas cuartillas en la que, con vigoroso estilo, recordó los rasgos espirituales de doña Rosario de Acuña, aquella mujer que estuvo siempre tan cerca de las gentes humildes y supo sentir como propias las vicisitudes y las adversidades de los trabajadores todos y, principalmente, de los trabajadores de la mar.

Hizo resaltar el señor Lamo en su trabajo la trascendencia que encierra el hecho de que la biblioteca de aquella gran mujer fuese a para a un lugar que tan bien se asocia a la ideología de redención espiritual de los humildes que animó a doña Rosario en todos sus actos. Por último el señor Lamo indicó la conveniencia de gestionar la biblioteca de Jovellanos, aquel hombre que amó tanto a Asturias y a Gijón, como a la virtud y a la verdad, en vez de correr el riesgo de perecer, tal vez abandonada, fuese utilizada para difundir la cultura entre los hombres sanos de pensamiento que van a comenzar una nueva vida siguiendo la de la Sociedad inaugurada ayer.

Pues bien, como quiera que en 1928  la citada sociedad publicó un folleto en el que, entre otras cosas,  recoge el catálogo de su Biblioteca Circulante,  es de suponer que entre las cerca de setecientas referencias allí incluidas  se encontrarían las de aquellos  que la Sociedad había comprado a Carlos de Lamo cuatro años antes. Sólo hay que encontrarlos. Veamos: los libros  aparecen ordenados alfabéticamente por el apellido de su autor, lo cual, ciertamente, no nos aclara gran cosa. Mayor interés adquiere para nosotros el número de registro que se asigna a cada título, pues cabe pensar que aquellos que componían el lote comprado al heredero de la escritora debieron ser anotados correlativamente. Una vez ordenados los títulos por este concepto encontramos bloques de volúmenes en número variable que mantienen el orden alfabético de autor de forma más o menos rigurosa. Uno de ellos, el que comienza en el número 295 y termina en el 422, contiene autores que coinciden con algunos de los citados por Rosario de Acuña en diversos artículos, además de otros con títulos de temática muy querida para ella, como la Agricultura, la Gramática Francesa, la Historia Natural o la Geografía. Allí están, en efecto, Modesto Lafuente, César Cantú, Charles Darwin… y, a su lado, Pascual Madoz o el filósofo fray Ceferino González, citado por ella en más de una ocasión. Las referencias apuntan a que, probablemente, estos 129 volúmenes, entre los que no hay ninguna obra literaria, sean aquellos procedentes de su biblioteca que fueron comprados por la Sociedad de Cultura e Higiene. Es probable que más adelante la misma entidad adquiriese a Carlos de Lamo algunas obras más, pues aún se conserva en la biblioteca Jovellanos (lugar donde fueron depositados todos los libros de la Sociedad a la terminación de la Guerra), un volumen de aquel fondo del que sí sabemos con certeza que perteneció a la escritora: se trata del que lleva por título ¡El curioso parlante!… , álbum que reunió y publicó Sebastián López Arrojo en homenaje a su suegro Ramón Mesonero Romanos y en el que se incluyó un artículo de doña Rosario: en dicho ejemplar consta la siguiente dedicatoria manuscrita: «A la Sra. Dª Rosario de Acuña. s.s.s. y afmo. amº. S. López Arrojo. Junio de 1889», que confirma la titularidad del ejemplar registrado con el número 511 en el catálogo al que me estoy refiriendo.

67. «La herencia del Cervigón», por Javier Bueno

Rosario de Acuña tenía una casita en el Cervigón, en Asturias, frente al mar. Es posible que ella creyese que tenía una alhaja; pero pudo desengañarse cuando, puesta en el trance de hipotecar la casita, le valió bien poco dinero. Quizá sólo el montante de los réditos la mantenía piadosamente en su ilusión primera.

Luchó Rosario al final de su vida por no perder la propiedad de la casa, que de este modo fue más íntimimamente suya; porque si un tiempo había sido fruto de su menguada hacienda, era después hija de su anhelo y su voluntad. Fue pagando intereses, pero redimirla de la carga no pudo por más que lo procuró, y aquí, poir si en esta época de biografías cree alguien que merece la pena hacer la de Rosario de Acuña, voy a revelar que cuando en ciertas noches de la semana, al tocar las doce, salía Rosario por la chimenea montada en una escoba (según comprobó y escribió con toda seriedad una persona respetable y verídica) [se refiere al artículo que Manuel Álvarez Marrón publicó en el diario La Marina de La Habana en 1912 con el título «La casa del diablo»], iba a ver si el Diablo, a cambio de su alma, levantaba la hipoteca.  Pero el Diablo no es ya el de aquellos tiempos en que se le ahogaban las piaras; se ha hecho inteligente hombre de negocios, y tomó la propuesta a risa.

Por fin le llegó su hora a Rosario de Acuña; la de morirse quiero decir. Y a sus herederos, la de padecer. Malas herencias las que nos llegan de personas como Rosario; no resuelven nada y obligan a mucho. Los herederos, aunque vencida la hipoteca ya, han seguido pagando los réditos mientras ha durado la condescendencia del hipotecario, el cual ahora pide la casa. Por afán de exactitud pudiera completarse que la casa o el dinero, aunque la situación de los dueños actuales hace por completo hipotético el segundo término del dilema.

Se han puesto en campaña para impedir que la casa vaya a manos de quien no se sabe el uso que ha de hacer de ella. Quieren una verdadera ganga: seguir pagando los réditos toda la vida, tan contentos de no ver el Cervigón desviado del sentido que su poseedora hubiera querido darle. Esperemos que se alcance a más. Tal gestión lleva Regina Lamo, sobrina de Rosario, y también mujer y escritora de temple, y con tal persona, que pudiera resultar fácil alarde el decir que, si no, aun pedimos algunos en el Cervigón nuestra parte de herencia; aun creemos que puede ser presa codiciada la casita donde Rosario de Acuña vivió y escribió, por la que luchó y de la que salía, untada, en una escoba; aún no hemos olvidado que Rosario de Acuña no fue de esos buenos combatientes que por sus virtudes merecen el respeto de sus adversarios, sino de los otros, de los mejores, de los que no lo merecen.

Javier Bueno

La Voz, Madrid, 31-10-1927

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