Archivo

Archive for the ‘Dicen de ella’ Category

91. Rosario de Acuña en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

El pasado 28 de febrero la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes inauguró un portal dedicado a Rosario de Acuña y Villanueva, con lo cual esta infatigable luchadora pasa a compartir espacio con otras destacadas  escritoras del diecinueve como  Concepción Arenal, Fernán Caballero, Rosalía de Castro, Emilia Pardo Bazán o Gertrudis Gómez de Avellaneda.

Esta es, sin duda, una excelente noticia para todos cuantos, en una u otra medida,  hemos venido contribuyendo durante los últimos años en  la  divulgación de  la vida y obra de esta singular mujer. Y lo es porque damos por supuesto que el referido portal contribuirá grandemente a esta tarea colectiva, a la que se hace mención en la Presentación de este espacio:

A finales de los sesenta del pasado siglo pocos eran los que podían decir cosa alguna de Rosario de Acuña y Villanueva. Apenas habían pasado cuatro décadas desde su muerte y su memoria parecía haberse desvanecido.

Entonces, y de esto hace ya cuatro años, se decía que las cosas habían empezado a cambiar y que gracias a las aportaciones de Patricio Adúriz y de cuantos le sucedieron en el empeño, (Javier Ramos, Amaro del Rosal, Mauro Muñiz, Sara Suárez Solís, Luciano Castañón, José Bolado, Pedro Álvarez Lázaro, José Ramón Saíz Viadero, Matilde Camús, Daniel Palacio, María del Carmen Simón Palmer, Elvira María Pérez-Manso, María Teresa Álvarez, María de los Ángeles Ayala, María José Lacalzada, Íñigo Sánchez Lama, Christine Arkinstall, Luis Roda, Aquilino González Neira, Marta Fernández Morales, Esther Zaplana o Macrino F. Riera, autor de estas líneas y de Rosario de Acuña en Asturias y Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato),  ahora  conocemos mucho mejor quién fue esta ilustre librepensadora y qué papel desempeñó en la España que le tocó vivir.

Si eso decíamos entonces, qué no podremos decir ahora. Esperamos mucho de tan prestigioso aliado, pues tras varios de funcionamiento la BVMC  se ha consolidado como un indiscutible espacio de referencia de la cultura en español, el gran fondo de obras clásicas en lenguas hispánicas en la Red. Si con el esfuerzo individual de unos pocos hemos conseguido lo que hemos conseguido, qué no podremos  esperar de una estructura tan potente.

Es previsible que, no tardando,  tanto la cronología de la vida de la autora,   la bibliografía a ella referida, el número de obras digitalizadas (disponibles en la Red desde el año 2009),  así como el resto de información  que  ahora tenemos a nuestra disposición,  se vea sensiblemente mejorado, lo cual redundará en un mejor conocimiento del testimonio vital que nos legó doña Rosario de Acuña y Villanueva.

Que así sea.

86. «Una mujer muy mujer», por José Díaz Fernández

Yo iba algunas tardes hasta allá arriba, por charlar con doña Rosario, a quien no le gustaban mis versos. Me lo decía con sinceridad y yo no me atrevía a contradecirle:

—Son ustedes muy frívolos y la poesía es una cosa seria.

Me recordaba a mi madre, a la que tampoco le agrada lo que yo escribo. Le pasa lo que a la madre de Bagaría, que le decía de sus dibujos:

—Yo no comprendo cómo le gustan a nadie esos caracoles.

Doña Rosario no transigía con el ritmo desarticulado, las imágenes puras y los temas ligeros. Ella entendía el poema como un abandono de todo el panorama exterior para entregarse a la íntima devoción de las cosas. Todos sus versos son de un misticismo patético dentro de una pulcra forma clásica. Aspiraba a sorprender la actitud eterna de la Naturaleza y la vida; pero rehuía todo contacto con el mundo real. Aún en su teatro poético se nota esa tendencia deshumanizadora con la intención y la terquedad de un Teixeira de Pascoaes de quien doña Rosario era lectora muy constante. ¡Cómo iba a gustarle a doña Rosario un soneto que yo acababa de escribir sobre el cine!

—¡El cine! ¡Qué barbaridad! —decía indignada doña Rosario. Ahí no puede haber poesía sino inmoralidad y folletín. Yo nunca estuve.

Pero yo, delante de aquella anciana nerviosa, vivaz, entusiasta, apetente siempre de discusión, me sentía vigorizado y enérgico. Era un revulsivo su palabra creyente y clara por donde corrían las utopías como el agua por su cauce. Llegábamos allí un poco apesadumbrados de decepción y salíamos fortalecidos de libertad. Ella creía en el Más Allá, en la Revolución, en el destierro de los frailes, en el Amor, en Todo. Su figurilla delgada y arrugada era otra al hablar. A mí me daba la impresión del arco tenso de una ballesta lanzando fija y eficaz la flecha de la palabra.

—¿Cómo? Pero ¿usted no cree en esto? ¿Usted no cree en esto otro? ¡Qué remedio queda! Es una cosa fatal, decidida, inexorable, que se impondrá porque es la verdad. La vida tiene que volver a ser pura, justa y noble.

Cuando yo salía de conversar con doña Rosario formaba el propósito de no volver al cine, ni hacer más sonetos que tuviesen el ritmo ambiguo de las musas que se pintan los labios y bailan el fox. Ella era un ejemplo de vida diáfana y severa consagrada a un ideal de arte y de reforma social.

Y, sin embargo, era la mujer siempre femenina, atractiva, llena de gracia y de dulzura. Recuerdo que un día charlábamos en el comedor de su casa sobre la literatura rusa. Yo me quedé mirando el bordado del tapete de la mesa. Y doña Rosario, que me observaba, salió de Andreiew a un tema de labor y me habló de los bordados de Malinas, del entredós de Camariñas, de los estampados escoceses y de los encajes de las hábiles encajeras belgas. Para terminar:

—Eso lo he bordado yo. Por cierto que no pude escribir aquel artículo que les había ofrecido a ustedes porque quería acabar el tapete.

Daba lecciones de feminidad con la sencillez genial de quien habiendo nacido para los más altos destinos, no pierde nunca el contacto con las pobres cosas de la existencia. Era su vida un magisterio que acaso ninguna mujer aproveche. Sabía que el deber de las mujeres alcanza un horizonte más ancho que el de los hombres. Sabía que la mujer tiene que embellecer la vida con el amor, la inteligencia y la voluntad. Que hay que saber hacer una salsa y comprender una idea: repasar una camiseta y leer un libro. Doña Rosario enseñaba con el mismo orgullo un ejemplar de Doloras y humoradas que le dedicara Campoamor, que la rica mantelería heredada de su madre.

Frecuentemente aludía doña Rosario a sus viajes y sus excursiones. Sus caminatas por tierras de España y de Portugal dan idea de lo que era aquella mujer que recorría leguas a pie y a caballo, en tren o en diligencia, vadeando ríos y atravesando brañas, comiendo en las tabernas del camino entre labradores, buhoneros y trajinantes.

Hubo quien le negó el recuerdo de una calle en Gijón diciendo desdeñosamente que no era asturiana. Claro que doña Rosario de Acuña es universal. Pero dejando esto a un lado, quizá ella conociera Asturias mejor que muchos asturianos. Yo sé que recorrió a pie toda mi comarca occidental, metiéndose en las ásperas tierras de los Oscos y llegando a abrigaños de vaqueiros para sorprender maravillas de paisaje y honduras psicológicas de nuestro carácter. Hizo más, mucho más, que otros presuntos regionalistas.

Cuando pienso que aquella doña Rosario, que a los setenta años creía en todo, no volverá a darme ánimos borrando con su palabra el escepticismo que ha nacido con la juventud de este siglo, siento una gran tristeza. Hoy separo los ojos de tantos ojos de mujer como sonríen por estas calles y quedo con ellos elevados en el recuerdo de aquella vieja amiga, cuya psique vuela por la estancia donde escribo. Ella supo alcanzar la vida imperecedera que no tendrán estas mujeres, cuya sangre joven palpita entre el sol de mayo.

J. Díaz Fernández

El Noroeste, Gijón, 4-5-1924

85. «Las calles de Rosario de Acuña y del Marqués de Comillas», por Roberto Castrovido

¿Quién lo podía imaginar? El propio don Claudio López, marqués de Comillas, coge con la punta de los dedos la mano de la poetisa madrileña doña Rosario de Acuña y la lleva, a son de dulce pavana, a la calle de Fomento, donde nació la vigorosa escritora; hace gentil reverencia, muy siglo XVIII, la sombra del prócer clerical, y desaparece. ¡Quién pensara! ¡El marqués de Comillas introduciendo en el callejero madrileño a doña Rosario de Acuña!

La casualidad es maestra de humorismo. El demonio tiene cara de conejo.

El Ayuntamiento actual, dignísimo heredero, por atavismo tal vez, de aquel corregidor que compró el palacio de Buenavista para regalárselo a don Manuel Godoy, personificación del viejo régimen (el nuevo se inició en las Cortes de Cádiz) ha propuesto cambiar por el de Marqués de Comillas el nombre de San Andrés que lleva desde el siglo XVII la vieja calle que partiendo de la del Espíritu Santo termina hoy en la de Carranza y que limitaba por oriente el vasto palacio de Motezuma y Monteleón, Parque de Artillería cuando lo inmortalizaron Daoiz, Ruiz, Malasaña y otros muchos que han tenido la mala suerte de no ser recordados ni en azulejos o placas metálicas denominadores de calles.

A la circunstancia de existir con el mismo nombre en 1808 debe su permanencia la de San Andrés, respetado por el Ayuntamiento revolucionario que en 1869 urbanizó la plaza del Dos de Mayo. No me quejaría si a la calle de San Andrés la variarán el nombre, porque hay además de esa calle, plaza y costanilla del mismo apóstol, y la dieran el de un héroe o un mártir de la jornada de Monteleón «aquel sangriento día»; pero es adulación desatendida pretender elevar la cruz de San Andrés al Marqués de Comillas ¿Es equiparable su muerte a la gloriosa de los que sucumbieron el Dos de Mayo en el Parque de Monteleón? Luchaban mujeres y hombres, clérigos y seglares, paisanos y militares por la libertad y la independencia a la puerta del palacio, habilitado parque, en el pórtico, desde sus ventanas, encima de sus tapias, y a pecho descubierto contra muy superiores fuerzas. Y el marqués pescó un catarro en la falda del cerrillo de los Ángeles, por él y otros consagrado al Corazón de Jesús.

Indiscretos panegiristas, torpes aduladores, estómagos agradecidos, y mentes vanas, llegan a parangonar al señor López en patriotismo a Velarde, y en religiosidad a San Andrés. No hay que desesperarse.

En Barcelona tiene una estatua el padre de don Claudio, y en Madrid tiene una calle, la antigua carretera de Andalucía; con poner a esta vía «calle de don Antonio y de don Claudio López» o de los señores López, todos contentos.

Todos menos yo, porque si se sustituye el de San Andrés por el de Marqués de Comillas, abrogando las disposiciones legales que impiden los cambios de nombres y el darlos nuevos sin anuencia de la mitad más uno de los vecinos, lograré mi intento de que se cambie el nombre de Fomento por el de Doña Rosario de Acuña, merecedora de dárselo a la calle en que nació.

De Fomento se llama la calle que de Rosario de Acuña debe ser llamada, por la circunstancia de haberse instalado el ministerio de fomento en el caserón que fue morada del inquisidor general y que ahora es convento de no sé qué. Nada, una futesa. Ni siquiera la tradición abona el nombre de Fomento, pues antes se llamaba de La Puebla esta calle, excepto uno de sus trozos que de Castro Domingo se denominaba. El ministerio de Fomento estuvo muy poco en el sombrío palacio del inquisidor Torrija, con vueltas a Fomento y al Reloj, mucho en el convento de la Trinidad ¿A qué conservar ese nombre para la calle donde nació Rosario de Acuña?

Puede ocurrir que no sepan quién era. No es sorprendente. En Madrid hay calles del Españoleto y de Gonzalo de Córdoba, y un señor concejal se quejó no ha mucho de que no las tenían el pintor Ribera ni el Gran Capitán. El creador de  El burlador de Sevilla tiene calle y glorieta, la calle a su apellido Téllez, la glorieta a su seudónimo Tirso de Molina, redundancia que me hace maliciar que ignoraban que fray Gabriel Téllez del hábito de la Merced, se llamaba en los corrales y mentideros Tirso de Molina.

Por haber nacido en Madrid y por sus excelsos méritos de escritora merece dar su nombre Doña Rosario de Acuña a la calle de Fomento, en la cual vio la luz del mundo. Ahora que se abrogan las reales ordenanzas que lo impedían es hora de reclamarlo. Y así lo hago.

El Noroeste, Gijón, 22-5-1925

83. Que no, que no. Que nació en Madrid

Escribo estas líneas el jueves 28 de octubre, horas después de que se hiciera pública la muerte de Marcelino Camacho. Luego resultó que la noticia no era tal, que el dirigente sindical se encontraba ingresado en un hospital de Madrid en estado muy grave, pero que no había muerto. Al parecer, los errores se sucedieron: una agencia proporcionó la noticia — sin haberla contrastado, se supone— a sus abonados, algunos de los cuales la publican sin más. Hete tú aquí, que hay quien llama a la familia y comprueba que lo publicado no es cierto, que el fundador de CCOO está grave, pero aún vive.

Sirva el hecho como muestra  de la confusión que rige nuestros actos: tal parece que nos importa más la cantidad que la calidad, la rapidez que la verdad. ¿Para que perder tiempo contrastando una fecha, un dato… una muerte?

Si esto sucede con hechos contemporáneos, de fácil comprobación, ¿qué no sucederá con asuntos acaecidos décadas atrás? De eso sabemos bastante todos cuantos nos dedicamos a rastrear  las fuentes del pasado: los errores, las pistas falsas, suponen mayor contratiempo que la ausencia de datos. Veamos un ejemplo en el asunto que nos compete: cuando empecé a investigar acerca de  la vida y obra de doña Rosario de Acuña
—hará de esto del orden unos de diez años— me sorprendió que no hubiera datos ciertos sobre su lugar de nacimiento, pues unos afirmaban que era oriunda de Pinto y otros que decían que había nacido en Bezana, en Madrid o en Cuba. En cambio, parecía haber unanimidad en cuanto al año: 1851.

Tras varios años de investigaciones, en Rosario de Acuña en Asturias (2005) pude avanzar lo siguiente:  «Una vida que comenzó mediado el anterior siglo [me refería al de su llegada a Gijón] en Madrid, donde ve la luz el primer día de noviembre del año 1850, en las cercanías de la que será más tarde la Gran Vía madrileña». Por tanto, a pesar de lo que se había venido diciendo, no había nacido ni en Pinto, ni en ningún otro lugar que no fuera la capital de España; y no lo había hecho en el año 1851. Más adelante, en otro capítulo, citaba algunos de los argumentos en los que basaba aquella afirmación. El más contundente de todos ellos quizás fuera el aportado por Francisco Fernández de Bethencourt, quien en su Historia genealógica y heráldica de la Monarquía Española, publicada en 1901, señalaba lo que sigue: «Doña María del Rosario Santos Josefa de Acuña y Villanueva, nacida en Madrid el 1º de noviembre de 1850, bautizada el 2 en la parroquial de San Martín…». Basándome en este dato, de gran precisión y procedente de una fuente cuya fiabilidad había podido contrastar en ocasiones anteriores, así como en algunos otros que allí también enumeraba y que apuntaban en la misma dirección, di por buena aquella fecha, a pesar de que cuantos a ella se han referido en el pasado, y aun en el presente, en las diversas enciclopedias, historias de la literatura y monografías que he consultado se habían empeñado en afirmar que 1851 era el año del nacimiento de Rosario de Acuña y Villanueva.

No era uno, sino  varios los argumentos en los que me apoyaba para realizar esa afirmación.  De todas formas, meses después recibí la prueba que estaba esperando: la copia de la Partida de bautismo de la escritora, documento que se encuentra en el expediente abierto en 1883 con motivo de la solicitud de pensión de viudedad que realizó su madre por entonces. No sólo hice mención a la existencia del documento en Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato (2009), sino que poco después publiqué el texto de la citada Partida en la página «Rosario de Acuña. Vida y obra»:

«En la Iglesia Parroquial de S. Martín de Madrid a dos de Noviembre de mil ochocientos cincuenta, Yo D. Sebastián Fernández, Teniente Cura de ella, bauticé solemnemente y puse los Santos Óleos y Crisma a una niña que nació el día primero del corriente a las cinco y media de la mañana en la calle de Fomento número veintinueve y la puse por nombre María del Rosario Santos Josefa, hija legítima de D. Felipe Acuña, natural de Arjonilla, provincia de Jaén, y de Dª Dolores Villanueva de Elices, natural de Yebra, diócesis de Toledo. Abuelos paternos D. Felipe, natural de Baeza, provincia de Jaén y Dª Rosario Solís y Abellán, natural de Doña Mencía, provincia de Córdoba, y los maternos D. Juan, natural de San Pedro del Monte, provincia de León y Dª Polonia Elices, natural de Ocaña. Padrinos D. José Gómez y Dª Francisca Elices, a quienes advertí el parentesco espiritual y obligaciones. Testigos D. Isidoro María Fernández y D. José Sánchez y lo firmé. Sebastián Fernández.»

Bien creía, iluso de mí, que con aquello sería suficiente, que ya nadie albergaría dudas al respecto y que de a partir de  entonces no habría publicación que no dijera que doña Rosario de Acuña y Villanueva había nacido en Madrid el primer día de noviembre del año 1850 (en unos días,  el CLX aniversario).

Claro está que no contaba con el hecho de que la Wikipedia puede ser actualizada por cualquiera que pase por allí.  Y el otro día me encontré con que en este lugar tan socorrido en estos tiempos la entrada dedicada a nuestra librepensadora se decía que había nacido en Pinto el 1 de noviembre de 1851.

De nuevo a las andadas.  ¡Qué tiempos! Todo rápido, todo globalizado,  todo al alcance de todos… Lo que a unos les lleva años de investigación, otros lo resuelven con una lectura de reojo; lo que a unos les supone consultar y consultar fuentes, otros lo ventilan cortando y pegando de cualquier sitio en el cual  ha sido publicado tras haberlo cortado y pegado de vete tú a saber dónde…

80. «A la memoria de la gran pensadora Rosario de Acuña», por Amalia Carvia

Las mujeres españolas emancipadas de la rutina religiosa están de duelo. Ha muerto la gran mujer que un día enarboló en el baluarte del libre examen la hermosa bandera del más sagrado de los derechos, llamando a agruparse bajo ella a las conciencias femeninas.

Natural es que nosotras, las que fuimos despertadas por su elocuente voz del sueño de la inconsciencia, nos lamentemos hoy de tan sensible pérdida; porque Rosario de Acuña era una estrella luminosa en el brumoso cielo de la conciencia nacional y a sus fulgores pudieron distinguir muchas almas el recto camino que lleva a la verdad y la razón. Aquellos sus artículos publicados en Las Dominicales, que hicieron célebre su magistral pluma, serán siempre recordados por todos los amantes de los fueros del pensamiento humano.

La pluma de la señora de Acuña fue una formidable piqueta golpeando sin descanso en el vetusto alcázar de la tradición. La admirable pensadora con lógica contundente arremetía contra todos los absurdos del dogma católico, pero entre las filigranas de su inimitable y valiente estilo, asomaban los tiernos y exquisitos sentimientos de su elevado espíritu verdaderamente religioso. Y por esto, su resonante voz vibraba fuertemente en las almas femeninas, penetrando hasta el fondo de las más místicas y piadosas, que abandonaban resueltas el culto del altar católico por el culto más alto de la victoriosa razón.

Así era de ver el inmenso número de adhesiones que llegaban a manos de la famosa propagandista, firmadas por mujeres españolas. Fue una explosión de entusiasmo que la reacción se encargó prontamente de apagar; pero no hay duda que los corazones de todas aquellas mujeres quedaron grabadas con indeleble sello.

Podrían las fuertes influencias del ambiente jesuítico cambiar las manifestaciones exteriores de esas mujeres, pero sus almas seguirán siendo libres, y al imprimir sus sanos besos de madre sobre las frentes de sus hijos, lo harán sin las estupideces del ciego fanatismo.

Rosario de Acuña habrá muerto quizá con el pensamiento entristecido ante la perspectiva de una España esclava de los hijos de Loyola; mas ya su valiente espíritu, desde las altas regiones donde mora, percibirá que su labor no ha sido perdida, que su siembra fructificará rápidamente cuando las circunstancias porque hoy atraviesa nuestro país desaparezcan, y el suelo, libre del cieno que lo cubre pueda dejar brotar todo lo que ha sido sembrado.

Hasta sus últimos años, la pluma férrea de la escritora de alma inquebrantable ha fustigado sin parar las mentiras e hipocresías que inficionan el ambiente patrio, asombrándonos que en su avanzada edad conservara tan perfectamente los ímpetus juveniles, la gallardía y donosura de sus mejores años. Y es ello la prueba más evidente de que tan admirables atributos no tienen su asiento en el organismo material, que residen en el espíritu, decidido a cumplir su destino en la tierra, a pesar de todos los obstáculos que el mundo ponga a su paso.

El alma de Rosario de Acuña, abierta siempre a los efluvios del espacio, tenía la conciencia de su misión, ya hoy cumplida; que ella nos fortifique en las luchas de la vida por la liberación humana; que ella, que hasta última hora ha persistido en la creencia en ulteriores fines, siga desde el infinito prestándonos las energías potentes de su ser, para continuar esa labor de los siglos de separar la verdad del error, de combatir las imposiciones del fanatismo que entenebrecen la existencia del hombre, a pesar de sus esfuerzos por acabar con un mal tan antiguo.

Bendigamos la memoria de la valiente mujer que pasó la vida aprovechando todas las horas de ella en una titánica empresa, cual es la de levantar esa espantosa mole que pesa sobre el pensamiento humano.

Valencia, mayo, 1923

Amalia Carvia

76. A Pilar Sinués le resulta antipática

Pilar Sinués de Marco (Zaragoza, 1835- Madrid, 1893) es una de las escritoras más conocidas de la época isabelina, no tanto por sus novelas (Rosa, escrita con tan sólo 16 años,  Mis vigilias…) o  sus cuentos morales (La ley de Dios, La ley de la lámpara…), como  por su actividad periodística que llega a su apogeo con la fundación de El Ángel del hogar, revista que dirigirá desde 1864 a 1869.

Aunque algunos investigadores han encontrado ciertas similitudes entre Pilar Sinués y Rosario de Acuña,   hasta el punto de integrarlas en un mismo grupo o «generación» junto a Ángela Grassi, Faustina Sáez o Concepción Gimeno (véase Antología de la prensa periódica isabelina escrita por mujeres (1843-1894) de Íñigo Sánchez Lama) creo que tales  semejanzas quedan muy desdibujadas a partir de la segunda mitad de los ochenta, cuando doña Rosario decide renunciar a las mieles literarias para convertirse en una activa propagandista del librepensamiento. A partir de ese momento, las diferencias entre ambas se hacen bien evidentes. Sirva como prueba la opinión que a Pilar Sinúes le merece la trayectoria de su colega momentos después del estreno  de El padre Juan:

«La señora doña Rosario de Acuña, que ha dado gallardas muestras de su talento en su magnífico drama Rienzi el tribuno, en sus artículos En el campo y en otros varios trabajos, demuestra hace años un extravío mental originado sin duda por las ideas libre pensadoras que en hora fatal para ella han penetrado en su cerebro: es asidua colaboradora del periódico Las Dominicales del Libre Pensamiento, cuyas páginas apenas lee nadie: es el peor camino que esta señora, de indiscutible talento,  pudiera elegir para andar decorosamente en el mundo literario, penosísimo siempre para la mujer: ésta puede ser libre-pensadora, porque nadie ha puesto límites al pensamiento, pero no puede ser libre-escritora ni aun libre-habladora, a no ser que quiera exponerse a las censuras de toda una sociedad, que estará constituida falsa e hipócritamente, pero que exige en absoluto a la mujer la apariencia siquiera de su primera y más encantadora virtud: la modestia.

Es siempre antipática la mujer irreligiosa, la que descuida sus virtudes de cristiana, pero la que hace alarde de despreciarlas sale de su esfera y queda aislada en medio  de la sociedad que la rodea y que le vuelve la espalda con horror.

¡Que lástima que una inteligencia tan hermosa se haya extraviado así!, ¡qué bellas y buenas obras  podía haber producido!, ¡cuánto bien para su sexo deja de hacer!

Confiamos en que un día se apartará de vanas utopías que sólo dejan vacío y desolación en el alma; todo un Voltaire ¿no dijo antes de morir que “si no hubiera Dios debería inventarse”?

Las Dominicales del Libre Pensamiento, Madrid, 20-6-1891

(Copiado de un periódico de La Habana donde fue publicado el 28 de abril)

70. «Doña Rosario de Acuña», por José Nakens

Ha muerto esta señora; señora en todas las nobles y elevadas acepciones de la palabra. El sábado 5 del corriente dejó de latir aquel corazón que tanto amó a los humildes.

Por Gijón y por toda España cundió la noticia, arrancando expresiones de pesar.

El entierro fue civil, concurriendo a él gentes de todas las clases sociales, especialmente de la obrera.

La carroza fúnebre no pudo utilizarse, porque el pueblo quiso conducir a hombros el féretro para demostrar de este modo su cariño a la muerta.

Como literata, pues lo era a gran altura, cultivó Rosario de Acuña el verso y la prosa, alternando en lo dramático, en el poema y en el periodismo.

En 1876 estrenó el drama en verso Rienzi el tribuno, que obtuvo un triunfo enorme. El público pidió, entusiasmado, la presencia del autor, y cuando se oyó el nombre de la poetisa, se reprodujo la sorpresa, pues contaba a la sazón veinticinco años. La crítica acogió tan favorablemente la obra, que los más salientes escritores decidieron dedicarle un álbum, homenaje que ella rechazó.

Escribió dramas, Tribunales de venganza, El padre Juan y Amor a la patria; libros como La siesta y Tiempo perdido; y poemas como En las orillas del mar y Ecos del alma.

Colaboró en Las Dominicales del Libre Pensamiento, de Madrid; El Diluvio, de Barcelona; El Pueblo de Valencia; El Noroeste, de Gijón, y El Motín.

Su pluma era entera; su inspiración, fácil; su corrección, exquisita. En los versos transcritos en otro lugar[1], pueden observarse estas cualidades. Rosario de Acuña sufrió persecuciones sin cuento por sus ideas.

Cuando estrenó con gran éxito El padre Juan en abril de 1891 en el teatro de la Alhambra, prohibieron su representación al quinto día [en realidad fue la misma noche del estreno], por su marcada tendencia racionalista.

En un periódico de Barcelona emitió juicios sobre la juventud y las costumbres de la época [se refiere a La jarca de la Universidad], que promovieron un revuelo grandísimo y el procesamiento de la autora, que viose obligada a refugiarse en Portugal, tierra hermana que ella conocía y amaba. Cuando volvió a España, se refugió en su casa de las cercanías de Gijón, edificada sobre un promontorio.

El año 17, cuando la huelga general, fue molestada con registros y amenazas. Los soldados creían comprobar en casa de la escritora denuncias anónimas que hablaban de armas y explosivos ocultos. La intervención de Castrovido puso fin a tan deplorables episodios.

Aunque hizo todo el bien que puso se la acosaba hasta en su retiro y, pobre y anciana tuvo que soportar la barbarie de ciertas gentes que azuzadas por clericales estimuladores de la ignorancia y la superstición, tildábanla de bruja y nigromántica. Llagó a publicarse en periódicos la afirmación de que Rosario de Acuña había encantado a varias personas y teníalas en su casa convertidas en bestias. Y también se dijo en un artículo firmado, que en noches de tormenta volaba la escritora montada sobre los riñones de un demonio verde [Véase La casa del diablo]. Todo con la sana intención de excitar el fanatismo de la gente aldeana que pudo ocasionar cualquier salvajismo.

Diatribas, calumnias, persecuciones. A todo, y también a la miseria, supo resistir la noble señora que acaba de morir.

No hizo daño a nadie y empleó su pluma, su palabra y sus escasos medios pecuniarios en auxiliar a los caídos, a los pobres, a los ignorantes. Pudo medrar haciendo la corte a los poderosos y prefirió defender a los que no lo eran. Este es su más cumplido elogio.

Yo, que la admiraba, he sentido mucho su muerte.

El Motín, Madrid, 12-5-1923


[1] En la misma página se publican «A mi madre» y «Más allá de la muerte».

66. «En justa respuesta», por Regina de Lamo

Con emoción hondísima he leído la bella y fiel descripción que el Sr. De la Viña ha hecho, en dos artículos publicados en LA LIBERTAD, bajo el título «La fosa de Rosario de Acuña», de la casita solitaria del Cervigón, en que mi ilustre tía vivió y murió, y de la fosa en que sepultada yace desde el año 1923.

No son tan fieles como las descripciones panorámicas del distinguido escritor, las que dedica a recordar circunstancias tristísimas de la muerta.

Aunque ausente yo de Gijón, adonde no fui hasta transcurridos dos años y cinco meses del tránsito de mi tía, sé positivamente, por saberlo de labios de D. Alberto de Lera, que si bien fue trasladada al cementerio de Ceares a las diecisiete horas de la muerte, movido quien así lo dispuso por el único propósito de que los mineros y trabajadores de varias industrias que por ser domingo el 6 de mayo de 1923 habían podido acudir con el deseo de llevar en sus brazos el ataúd hasta depositarlo en la fosa, no regresasen a Oviedo, Turón, Mieres, Avilés, etc., etc., sin haber realizado aquel postrer homenaje a la que tanto habían amado, se la condujo al depósito del cementerio, en donde «quedó» veinticuatro horas más, que con las diecisiete apuntadas, suman «cuarenta y una», al fin de las cuales el Sr. Lera, una vez comprobados los síntomas de descomposición, tan evidentes que ya habían producido la ruptura de vasos sanguíneos del rostro, más la eclosión de un ojo, se procedió a sepultarla, en ese preciso lugar que se menciona en el artículo del Sr. De la Viña, aunque sin colocar encima ladrillo alguno ni cosa parecida, respetando su heredero universal, mi hermano D. Carlos Lamo, la voluntad de la ilustre yacente allí.

Después, manos guiadas por mejor deseo que acierto, se han permitido subrayar, sin conocimiento nuestro, el sitio, testificando el nombre innecesario allí, como lo será cualquier cosa que, muy agradecida por nosotros, declinamos, por ser contraria a la voluntad expresa y terminante de la que había de ser usufructuaria de tales honores pétreos y marmóreos.

Ni ella quería mausoleos ni nosotros podemos consentirlos. Hay demasiados pobres, hay demasiada miseria en España para pensar en honras fúnebres, buenas para los que carecieron de ellas en vida. Lo único que aceptaremos es la institución escolar de colonia veraniega instalada en aquella casita roja de Somió.

Desde el año 1928 vengo laborando por conseguirlo. Recabe el auxilio pecuniario de Horacio Echevarrieta. En la colección «Reflejos de El Motín» pueden leerse mis artículos relatando la entrevista que celebre con dicho financiero republicano. Hasta las gracias hube de darle en uno de ellos; tales fueron las seguridades verbales de que levantaría la hipoteca  —1000 pesetas— que pesaba sobre la modesta finca, con que mi tía hubo de gravarla a raíz de su regreso del destierro ocasionado por el proceso incoado a requerimiento de Acción Católica, de Barcelona.

Horacio Echevarrieta no cumplió nada de cuanto me ofreció.

Javier Bueno, requerido por mí, escribió un bello artículo en La Voz, en el cual, a más de mencionar mi nombre y mi postulado, se hacía solidario de éste, pidiendo ayuda para salvar de la usura aquella casita, en que debía esculpirse el nombre egregio de Rosario de Acuña, para recibir a los niños de los librepensadores pobres de España. No halló eco aquel hermoso trabajo de Bueno.

No me desalenté aún. Llamé a las puertas de la masonería. Invoqué mi derecho para hacerlo. Pedí ayuda económica y moral para la colonia escolar en el Cervigón. La pedía en nombre de Rosario de Acuña gra :. 32, Hipatia, y en mi propio nombre, hija de masón, caballero Rosa Cruz. Al mismo Sr. Lera, Venerable de una de las más importantes logias de Asturias, referí cuanto venía haciendo en este sentido.

Nada se logró, y eso que de todos era conocida la manifiesta parcialidad con que en tiempo de la monarquía se designaban los niños que habían de disfrutar puestos en las colonias veraniegas.

A Marcelino Domingo, en su época de revolucionario, al parecer auténtico, pedí campaña en LA LIBERTAD. Colaboraba semanalmente en ella. Año 1928. Me prometió hacerla. «Rosario de Acuña lo merece todo. Su postulado de usted me parece admirable y digno de las dos. Cuente usted conmigo.» Hasta hoy. Varias veces he intentado verle para recordarle su ofrecimiento, incumplido totalmente antes del cambio de régimen y después. Ha pasado al ministerio de Instrucción pública sin llevar su admiración a Rosario de Acuña a la Gaceta.

¿Qué más? Dolor. Asco. Cansancio.

Entre tanta decepción y amargura, la Sección de Pedagogía del Ateneo abre sus oídos y su corazón a mi solicitud de un homenaje a Rosario, como corolario a la inauguración del grupo escolar que lleva su nombre.

Se celebra el acto con toda la efusividad brillantísima que yo soñaba, consignándose en el programa que cuanto se recaudase con la reprise de «Rienzi» sería destinado por mí a la cantina escolar del grupo Rosario de Acuña.

Ahora me place hacer público que cuanto produzca el libro Rosario de Acuña en la escuela, ya en prensa, se dedicará a la readquisición de la casita roja en que pervivía siempre la magna figura de Rosario de Acuña, propósito el mío ya formulado por mí hace meses a los maestros con quienes he compartido mis actividades en la organización de los homenajes verificados.

Ahora bien, aceptando la buena voluntad del Sr. De la Viña en su llamamiento, que agradezco en su aspecto espiritual, debo rechazarlo en su aspecto económico.

Nada de suscripciones. Nada de óbolos. Nada de cantidades para honrar a Rosario de Acuña. Ella, por sí ante sí, dejó labor sobrada para mantener su nombre señero en la más alta albarrana del castillo interior que fue su gesta.

De ella sobrará para que se cumpla el postulado que me impuse.

Tendrá su colonia escolar en el Cervigón. Su alma gigante ganará la batalla después de muerta sin otra ayuda que la de la justicia de mi causa.

Regina Lamo de O´Neill

La Libertad, Madrid, 6 de mayo de 1933

53. A las puertas del Parnaso

Madrid,  12 de febero de 1876. Tras la agitación vivida años atrás, las cosas parecían haberse calmado una vez que Cánovas, don Antonio, se había hecho con el control de la situación. La buena sociedad de la Villa y Corte se disponía a disfrutar de aquel sábado invernal sin sobresaltos. La oferta era variada: baile de máscaras en Capellanes o La Alhambra;  ópera en el Real;  teatro en la Comedia, en el Apolo o en el Martín… Rienzi el tribuno en el teatro del Circo: un estreno del que se venía hablando  desde hacía unos días, desde el mismo día del estreno de la ópera Rienzi. ¿Quién era el tal, que tan de moda se había puesto? La ópera de Wagner en el Real, y este drama en el Circo de autoría desconocida… Bueno, algo sí que se sabía a juzgar por lo que el mismo día del estreno publicaba El Imparcial:

«La Correspondencia ha dicho que es una traducción y semejante noticia carece absolutamente de fundamento. El drama que se estrenará esta noche es original de una joven y distinguida poetisa que ha honrado ya las columnas de EL IMPARCIAL con algunas de sus siempre inspiradas composiciones [por ejemplo la oda A la muerte, 20-7-1874], y cuyo nombre no revelamos porque ella y su apreciable familia, que nos favorecen con su amistad, nos han rogado que acerca de  este punto guardemos silencio. Podemos, en cambio, determinar una circunstancia verdaderamente notable: la obra de que se trata ha sido escrita en cuatro semanas»

Para qué más. La expectación era tanta que el teatro se llenó. Aunque -a decir de los críticos- en el primer acto se notó la inexperiencia de la autora «el público caminó de sorpresa en sorpresa, agradablemente sorprendido, oyendo las varias rimas de una versificación verdaderamente viril, admirando la profunda intención de los pensamientos, conmoviéndose con los delicados rasgos de un corazón que brota a raudales de sentimientos»

Terminado el primer acto,  los presentes hicieron patentes sus deseos de conocer el nombre de la autora hasta el punto que Rafael Calvo, el primer actor, tuvo que suplicarles que aguardaran a la finalización de la obra.

«Esto, sin embargo, no pudo ser así. La bellísima situación del acto segundo, que sorprendió a todos vivamente por su originalidad, por la nobleza del sentimiento en que está inspirada, y por su corte, en fin, altamente dramático, electrizó al público, y entre salvas y nutridísimos e incesantes aplausos, se presentó la joven autora de distinguida figura y simpática belleza, la cual recibió aquella entusiasta ovación con sencilla modestia, pero también con elegante soltura, como quien recibe elogios por méritos de que, a la verdad, no presume.»

El estreno fue un éxito, no hay duda alguna. Basta leer los elogiosos comentarios publicados en los siguientes días en las páginas de   El Imparcial, La Época o La Iberia.

A la conclusión, la señorita doña Rosario Acuña se presentó repetidas veces, aclamada a una sola voz. La musa de Rienzi entra en la escena sobre una alfombra de flores y bajo arcos de palmas.

La discreción y natural compostura del bello sexo es causa las más veces de que no se asocie a las manifestaciones tumultuosas de un público que se siente herido con energía en el cerebro o en el corazón por las inspiraciones de un autor dramático; pero el bello sexo creía tener ayer justa disculpa para sus entusiasmos, y aplaudía ruidosamente a la autora que así sabía entrelazar los laureles de la gloria en la diadema de perlas de la hermosura.

Gran número de autores dramáticos y literatos acudieron entre los bastidores a felicitar a la señorita de Acuña, conviniendo todos ellos en que este su primer ensayo revela condiciones excepcionales para la escena dramática.

La empresa del teatro del Circo merece elogios y agradecimientos de los aficionados al arte escénico por haber dado a conocer a esta poetisa, a esta verdadera poetisa, que parece encender sus inspiraciones en la luz de la estrella inmortal en que vive el alma de la Avellaneda.

La Época, 13-2-1876

«Si no lo hubiera contemplado con mis propios ojos, si no hubiese visto aparecer una y otra vez en la escena a aquella graciosa joven de semblante risueño, de mirada apacible, de blanda sonrisa y ademán tranquilo y sereno, no hubiera creído nunca que Rienzi era inspiración de una musa femenil. Nada lo denuncia, nada lo revela, ni en el género, ni en la entonación… Verdad es que tenemos el ejemplo de Gertrudis Gómez de Avellaneda, pero era una mujer en toda la plenitud de sus facultades intelectuales… Ignoro si la joven es un autor dramático, pero puedo asegurar ya que es un poeta de gran aliento, de rica fantasía y de alto vuelo…»

La Época, 20-2-º876

Aunque los comentarios de los diarios madrileños resultaron elogiosas, todavía había que esperar el juicio de eso que se ha dado en llamar «la crítica», esto es el sesudo y reposado análisis de aquellos que gozaban del poder de hundir en los infiernos de la indiferencia o encumbrar hasta las puertas del Parnaso. Ese era el caso de Peregrín García Cadena, reputado crítico teatral que por entonces oficiaba en La Ilustración Española y Americana en cuyas páginas publicó lo que sigue a continuación:

Peregrín García Cadena

La quincena ha dado fin con un señalado acontecimiento teatral. Una poetisa de diez y seis abriles [yerra el señor Peregrín pues la autora tiene veinticinco], hija predilecta de las musas, de cuyo peregrino ingenio habían dado ya alguna muestra muy notable las columnas de LA ILUSTRACIÓN, acaba de conquistar en la escena un triunfo muy lisonjero. Aludo a la Srta. D.ª Rosario  Acuña y a su drama Rienzi el Tribuno, representado por primera vez en el teatro del Circo en la noche del sábado anterior.

Rosario Acuña era ya conocida en el mundo literario por algunas composiciones líricas que revelaban un ingenio poético nada común, pero en las cuales era imposible traslucir el desenvolvimiento imprevisto y la mágica dirección a que iban encaminadas sus facultades. La revelación de su potencia poética ha sido un suceso que con razón ha causado maravilla y ha puesto en emoción a nuestra república literaria. La sorpresa se explica fácilmente: Rosario Acuña ha ofrecido el ejemplo de un fenómeno psicológico muy raro: en plena primavera de su edad, cuando el alma poética de la mujer, que posee este don soberano, se entrega al subjetivismo vago y sentimental de las primeras ilusiones, el númen de Rosario Acuña, sin detenerse en esas regiones nebulosas, se levanta osadamente, en alas de una poderosa intuición, y se siente con bríos para mover los resortes de las pasiones humanas y sorprender las luchas de la vida. La joven poetisa no se contenta con pulsar la lira quejumbrosa y semi-afónica de las Safos del siglo: una fuerza que parece superior a su sexo y a su temprana edad la impele a calzar el coturno trágico, sin que le espante el grave peso con que agobia su pie de niña, y la primera inspiración grandiosa de su inquieta musa es un drama en que han de resonar los viriles acentos del patriotismo, en que han de lanzar sus gritos ardientes o desgarradores el entusiasmo y la nostalgia de la libertad, en que el contraste de la pasión amorosa ha de abrazar los extremos del bien y del mal, estudiada en sus móviles más puros, y adivinada en sus resortes más odiosos, y en que todos los elementos, en suma, que intervienen en la ficción son de naturaleza tal que requieren la fuerza creadora de un espíritu viril.

Rienzi, tal como lo ha comprendido Rosario Acuña en el drama que acaba de producir tan gran entusiasmo en el teatro del Circo,  es el patriotismo, la abnegación, el sentimiento exaltado de la justicia y la libertad. Colonna es el orgullo y el despotismo de raza en un carácter capaz de llevar la pasión criminal a los últimos límites de la bajeza y la perversidad. María es la mujer amante que se asimila los sentimientos y los fanatismos del objeto de su ternura, y se eleva con él a las alturas excepcionales en que se desenvuelven las grandes luchas de la vida. Juana es el amor vigilante y la incorruptible fidelidad, arraigadas en un alma fuerte y en una naturaleza asiática, en quien la pasión concentrada, árbitra absoluta de sus destinos en la tierra, camina derechamente al sacrificio, y cuyo heroísmo postrero se traduce de este modo: Abnegación, fatalidad.

Se ve, pues, que los afectos que ha llevado a la escena la joven poetisa no están en esas fibras delicadas que un fino instinto de mujer, dotada de peregrino entendimiento, puede penetrar sin esfuerzo; son palpitaciones robustas, fiebres ardientes, arteros movimientos de la pasión que no se traducen sino con el auxilio de un aliento viril. Pues bien: Rosario Acuña ha encontrado en su talento poético bríos bastantes para expresar esas pasiones, esos entusiasmos y esos siniestros rugidos de la perversidad humana, y no le han faltado acentos elocuentes con que darles más de una vez admirable expresión de verdad. Su drama está lleno de imágenes valientes, de rasgos grandemente humanos, de situaciones superiormente sentidas e imaginadas, de bellezas que no desdeñaría un poeta dramático iniciado en los secretos del arte y avezado a los laureles de la escena. El conjunto ideado por la Srta. de Acuña  es defectuoso, falto de artificio y de armonía; descúbrese en él una gran fuerza de intuición, luchando con una inexperiencia no menos visible; pero sobre ese conjunto desprovisto de cohesión y de sólida contextura se cruzan sin cesar las corrientes de una inspiración ardorosa y de una poesía llena de savia y de vigor y las llamaradas de un númen levantado y fecundo. Los elementos son desordenados, pero el genio centellea en medio del caos.

Rienzi no es un carácter histórico; ya lo he dicho: es una pasión, una idea, un entusiasmo. Es el espíritu vigilante de la libertad consagrado a su obra de redención: ni la inercia resignada al yugo le detiene en el camino de la abnegación, ni le turba el pensamiento del martirio. No es un hombre; es un ideal. Cuando le arguyen con el desvío del pueblo adormecido al son de sus cadenas, Rienzi responde:

“El cuerpo duerme, pero el alma vela.”

Porque Rienzi es la idea que se abre camino a través del tiempo, penetrada de su virtud: no la impacienta la tardanza del brazo que ha de llevarla a la victoria. La frase es bellísima, y en ella, como en otros pasajes del drama, se echa de ver el propósito de revestir de cierto idealismo -que, a la verdad, no siempre se sostiene en estas alturas- la trágica figura del tribuno romano. En este mismo sentimiento está inspirado un notable soneto a la libertad que la señorita de Acuña pone en boca de Rienzi, en un monólogo del tercer acto, y que voy a transcribir en la seguridad de que ha de ser del agrado de mis lectores.

Dice así:

“¡Oh! libertad, fantasma de la vida,

astro de amor a la ambición humana

el hombre en su delirio te engalana,

pero nunca te encuentra agradecida.

Despierta alguna vez, siempre dormida

cruzas la tierra, como sombra vana;

se te busca en el hoy para el mañana,

viene el mañana y se te ve perdida.

Cámbiase el niño en el mancebo fuerte

y piensa que te ve ¡triste quimera!

Con la esperanza de llegar a verte

ruedan los años sobre la ancha esfera

y en el último trance de la muerte,

aun nos dice tu voz, ¡espera, espera!

Con esta fuerza poética ha expresado la señorita de Acuña el sentimiento en su primera obra escénica, y con esta valentía se ha entrado de rondón en las entrañas del drama trágico, donde riñen fiera batalla los más grandes afectos del corazón humano.

Lo que hay, pues, de superior en la obra de la joven poetisa, y lo que da grandes esperanzas de un rápido desenvolvimiento de sus facultades, es la energía de la concepción, el nervio y el calor de la expresión poética y los rasgos verdaderamente admirables con que ha acertado a expresar ciertos movimientos de la pasión. El que impele ciegamente a Rienzi a destruir la amañada prueba que le presenta Colonna contra la virtud de María; el que provoca, con el final del drama, el acto hermoso de desesperación con que Juana se arroja a las llamas con el cuerpo inanimado de la mujer del tribuno, para que sus restos no sean profanados por el odioso vencedor, son de una belleza y de una fuerza que revela un extraordinario instinto y un gran sentimiento de la belleza. Verdad es que estos grandes rasgos y otros muchos que la gallarda poetisa ha sembrado en su creación son llamaradas del genio, que resplandecen en un conjunto defectuoso, en que frecuentemente se echa de ver una falta natural de iniciación en los secretos del arte y un ingenio desorientado. No se debe ocultar por un exceso de inoportuna galantería, de que no ha de menester la señorita de Acuña para recibir muy colmada la medida del elogio, que el plan de su composición tiene mucho de endeble; que el movimiento del drama en los dos primeros actos es de una vitalidad escasa e intermitente; que la aparición de los personajes no siempre está justificada; que algunas de las principales figuras, dotadas de gran actividad moral, producen poco movimiento en la marcha del drama: que Rienzi tiene grandes arranques dramáticos, como el que le inspira su fe inquebrantable en el amor y en la virtud de su esposa, y como los que abundan en la escena del segundo acto con Colonna; pero que aparte de éstos y otros  enérgicos latidos de la pasión, su actitud es más bien, a veces, la de un soñador que la de un entusiasmo personificado que vive en la lucha: en suma, que el poema tiene de imperfecto en la concepción general, en la marcha y en el desarrollo de los caracteres, lo que tiene de superior en la energía del númen poético que lo vivifica constantemente y en la belleza de ciertos movimientos dramáticos. La Srta. Acuña no ha venido al palenque de la escena a recoger una ovación transitoria, arrancada a la benevolencia y a la galantería: tiene grandes dotes de autor dramático, tiene vocación verdadera, y ha de volver a la liza en busca de nuevos laureles. La crítica, pues, no pagaría completo tributo a su privilegiado ingenio, si creyéndole llamado a realizar nuevas empresas, no procurase alejarle de los obstáculos del camino, señalándole francamente los defectos de que no ha podido triunfar en el primer paso un instinto feliz. Rienzi es un brillante alarde de facultades poéticas, una primera alentada del númen trágico, aposentado en alma de niña, y en la que se perciben todavía vagidos infantiles. Rosario Acuña ha acreditado la fuerza con pruebas irrefragables; necesita desenvolverla en la armonía. La poetisa ha dejado oír los altos acentos de una poderosa inspiración: esperemos a la artista.

Una palabra para terminar: la Empresa del teatro del Circo no ha honrado las primicias dramáticas de Rosario Acuña con la galante ofrenda de una buena decoración final, y el cuadro postrero del poema, el bellísimo rasgo trágico que pone término  a la obra, si no han sido perdidos para la gloria de la poetisa, lo han sido en gran manera para la ilusión del espectador. No se comprende, ciertamente, cómo ha podido ocurrir esta falta de galantería en un teatro tan hospitalario como el del Circo, donde el bárbaro Atila acaba de ser objeto de tan urbana y tan espléndida acogida.

La Ilustración Española y Americana, 15 de febrero de 1876

49. «La avicultura en la Montaña» por Pablo Lastra y Eterna

Pablo Lastra y Eterna[1]

Según prometimos en nuestro artículo anterior, vamos a empezar la reseña de las granjas avícolas en la Montaña por la de la ilustre escritora doña Rosario de Acuña.

Al otro lado del Alto, allá, en el lugar de Cueto y muy cerca del faro, tiene su acreditada granja.
En aquella soledad, dedica, de las 24 horas que el día tiene, 4 al reposo y las demás al cuidado de sus gallinas, de sus patos y a la propaganda de las aficiones avícolas, quedándola aún tiempo para proseguir sus campañas filosófico-sociales que con tanto afán son leídas en EL CANTÁBRICO.

Pero concretándonos solo a su labor avícola, como es nuestro objeto, prescindamos por un momento de la mujer eminentemente ilustrada y de grandes conocimientos científicos, para estudiar nada más lo que nos sirve para fomentar la avicultura en nuestra querida tierruca.

Alejada del bullicio del mundo y buscando un retiro que oculte a su vista las pequeñeces y mentiras de la actual sociedad, cuya vida ficticia no puede halagarla, consagra su existencia al cultivo de las hermosas razas productivas que le alegran con sus cantos y la dan rendimientos económicos.

Desde luego hemos de consignar que en principio no eran sus parques lo que hoy son. Empezó por el principio, es decir, por poco, para ir desarrollando la industria con mucho acierto y presentando al mercado paulatinamente los productos finos a que el público no estaba acostumbrado.

Al revés de lo hecho por otros industriales que implantaron el negocio en las peores condiciones pues creyeron hacerse ricos con las razas del país, ella cultivó las razas más estimadas en Europa por sus condiciones de carne y postura.

Las gallinas de carne amarilla están desterradas de su casa; sólo viven en ella las de carne fina y blanca; de gusto exquisito y de gran puesta, como son: la castellana negra, andaluza propiamente dicha; la célebre y tan recomendable Prat, la gigante Brahma y la gran raza de lujo y producto andaluza azul.

Con tan escogidos elementos, con sus cuidados y con su pericia en la ciencia avícola, los resultados no se hicieron esperar. La producción fue en aumento, viose incapaz de consumir tan enormes productos y los lanzó al mercado. La aceptación que han tenido lo prueba el público, que compra constantemente los pollos y huevos de tan hermosas razas.

La verdad y la razón se han abierto paso entre la ignorancia del pueblo que no creía que una gallina de estas razas era capaz de devolver a su dueño el importe de lo que consumían en su alimentación.

Poco a poco, han ido transformándose los gallineros de toda la provincia y confiamos que en breve tiempo se desterrará de la Montaña, para siempre, esa raquítica gallina común, voraz y revoltosa incapaz de producción remuneradora de los gastos que ocasiona, para dar paso a las verdaderas razas de producto, que con tanto esmero se cultivan en los parques que nos proponemos reseñar.

Los precios algo elevados de las razas ponedoras y de sus productos, no están, sin embargo al alcance de todos los que desearan renovar sus gallineros, pues lo que vale cuesta y es natural que el precio de una gallina que pone 150 ó 170 huevos no ha de ser lo mismo que el que alcanza en la plaza una asquerosa gallina de esas que nos traen de Galicia, León y de otros pueblos los industriales que venden al menudeo.

Sin embargo, doña Rosario de Acuña ofrece raza mixta de todas las que posee, cruzadas en libertad, es decir, que la renovación de la sangre es constante y las cualidades de los productos recomendables en extremo, por reunir las mismas propiedades de las razas puras en calidad de carne y postura.

Jamás recomendara yo los cruzamientos para perfeccionar la raza, pero sí para obtener productos de gran talla y de gran producción de huevos, cuando -como es el caso presente- es tan fácil renovar la sangre, pues en esta granja puede obtenerse, sin aumento de precio, un huevo de raza pura en la docena de los de razas cruzadas.

Además de los hermosos ejemplares de gallinas que hemos descrito, existen en la granja de la señora Viuda de Laiglesia, patos del país y los gigantes de Ruen, que a su buena aclimatación y rusticidad añaden su gran postura y exquisita y abundante carne. Cruzados con los comunes producen individuos de gran talla y buena carne.

Tales son, a grandes rasgos descritos, los productos que nos ofrece esta Granja, siendo su especialidad las razas cruzadas para producción de huevos, cuyo peso oscila entre 75 y 110 gramos.

Las razas puras cultivadas con esmero y cuya producción media es de 150 a 180 huevos, pueden adquirirse con entera confianza, pues fácil es comprender que los individuos que comen y se producen nadie los conserva, y tal sucede en las granjas.

Los resultados obtenidos hasta la fecha, según la contabilidad avícola que hemos examinado, han sido de un 20 por 100 y podrá elevarse a más si se rebaja la ración diaria de alimento que es excesiva, pues a más de mermar las utilidades, perjudican al animal, porque la gallina gorda deja de poner a consecuencia de obstruir el oviducto la grasa acumulada en este órgano en grandes cantidades, siendo muy peligroso para la vida del animal.

Nada hemos de decir de la limpieza que reina en la Granja; siendo esto lo que la higiene recomienda es llevado a cabo diariamente y con gran cuidado y a ello se debe que sólo haya habido dos defunciones por enfermedad extraña, pues los ejemplares la traían consigo de Barcelona, donde los criadores no son nada escrupulosos ni formales y remiten animales enfermos y defectuosos.

Recomendamos eficazmente a las personas que deseen renovar sus gallineros, que adquieran los ejemplares aclimatados en las Granjas de la Montaña, pues en la actualidad existen las mejores razas de productos y nacidas ya aquí, por lo que la aclimatación y conservación de los ejemplares es muy fácil.

El Cantábrico, Santander, 22-4-1902


[1] Rosario de Acuña tenía en gran estima al señor Lastra y Eterna a juzgar por los comentarios que le dedica. Tal sucede, por ejemplo, en «Preámbulo», el artículo inicial de la serie Conversaciones femeninas que publicará en El Cantábrico a lo largo de 1902, donde afirma lo que sigue:

«Considero que hay en la Montaña personalidades verdaderamente eminentes en ciencias naturales y sus derivados (que son la raíz del absentismo) y me apresuro a rendir el primer homenaje de mi admiración y mi respeto, entre los naturalistas, al señor don Augusto G. de Linares, honrosa entidad en la agrupación de nuestros sabios, y entre los avicultores al señor don Pablo Lastra y Eterna; y como de Avicultura llevo algo escrito y como aún he de tratar del asunto, aprovecho esta ocasión para reconocer en el señor Lastra preeminente en esta ciencia, pues con sus escritos sobrios y técnicos, puede hacer de Castelló montañés, es decir, de autoridad irrebatible en Avicultura, que resuelve, con sus lecciones y consejos, todos cuantos conflictos padezcan los que a la Avicultura se dediquen, guiándolos científicamente hacia todo mejoramiento en el asunto; hagamos, pues, de su apellido un lema; sea la Eterna providencia de todos los que en familia nos dediquemos a criar aves. »

Aunque la escritora sitúa a Pablo Lastra y Eterna como experto avicultor -que lo era por entonces, y como tal escribe algún que otro artículo en las páginas de El Cantábrico– será en el campo de la apicultura donde años más tarde adquirirá mayor reputación, llegando a ser director de la Granja Experimental de Guarnizo (Cantabria) y habiendo dado a la imprenta varias monografías sobre el asunto.

==================================================================

Otros artículos relacionados:

« 37. Huevos para incubar»

==================================================================