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Archive for the ‘Confrontación ideológica’ Category

82. «Romanticismo y postivismo», por Ignacio Rodríguez Abarrátegui

Admirable señora [1]: He tenido el honor de leer el artículo que en El Noroeste de esa ciudad dedica usted a don Luis Barroca, don Andrés Corsino y demás tripulantes del vapor Felisa, y su lectura me ha producido el mismo efecto que me producían los que escribía in illo tempore, cuando todavía la nieve de los años no empezaba como ahora a blanquear mi cabeza.

Por su espíritu no pasan los años abrumándole con las decepciones ni en él parecen causar mella los desengaños, a juzgar por la virilidad de su estilo vibrante fustigando a la canija generación actual falta de ideales, sin energías para volver por los fueros de la razón y del derecho, postrada vilmente ante el becerro de oro, al que rinde culto de mil formas diversas, arrastrándose penosamente para vivir con vilipendio.

No por referirse a mi humilde personalidad me ha sido grato su artículo solamente, sino porque en él ensalza usted el acto altruista de un grupo de hombres que, alejados la mayor parte del tiempo de una sociedad utilitarista, respirando el aire puro del mar, viviendo entre el abismo líquido y el estéreo del infinito, son, como la mayor parte de los que pasan sus días recorriendo la inmensidad de la llanura azul, mucho mejores que los que viven absorbiendo el aire emponzoñado de las grandes ciudades.

Dice usted que mi alma, según el vocabulario de superhombres que hoy se estila, es romántica: no sé lo que será; pero sí es enemiga de la falsedad, de la mentira convencional, de la injusticia dorada con la micácea legalidad, de todo lo que deprime al hombre y disfraza bestiales pasiones con la carátula religiosa, política y social.

Si esto es romanticismo, romántica es también su alma de usted, señora doña Rosario, sin que ese romanticismo haya logrado deshacer ni las virtudes ni los desengaños.

Mas no nos quejemos de ser así; no lamentemos este nuestro quijotesco modo de pensar y de obrar, persuadidos de que con lo que el vulgo califica de extravagancias nuestras contribuimos, aunque poco, a que ese vulgo se dignifique, ayudándole a desembarazarse paulatinamente de las atávicas cadenas que aún le aherrojan a un pasado de tinieblas y horrores.

Verdad es que estas extravagancias, si bien nos producen placer dedicando a ellas todas las energías de nuestra alma, agotando la ternura de nuestro corazón, también nos proporcionan algunos  disgustos, crueles dolores y a veces la duda atormenta nuestro espíritu sumiéndolo en mortal abatimiento.

Nos consuela una cosa: considera que la Humanidad fue sobre poco más o menos siempre así: un conglomerado de soñadores y de vividores, de Quijotes y de Panzas; pero en las páginas de la Historia vemos brillar a través de los siglos y como faros de las almas los nombres de los grandes románticos. Los de los positivistas no aparecen o sólo sirven para ser execrados.

Sócrates con su romanticismo es algo más superior que el negociante Anito; Jesús, soñador de la fraternidad, poeta del amor humano, es una figura superior con su túnica remendada que todos los pontífices romanos con sus túnicas y tiaras cuajadas de pedrería; Espartaco, medio muerto de hambre, es superior a Trimasción, borracho, y a Calígula, con el vientre repleto; Giordano, elevándose con el humo de la pira que consumió su cuerpo hacia los mundos del espacio, eclipsó la fastuosidad de los cerdos amarrados a la ridícula ciencia del Vaticano; los románticos de la inmensa revolución francesa transformaron las leyes anacrónicas del mundo, derrotando a los tiranos de Europa en los campos de batalla; en cambio, ¿qué hicieron y hacen los supers del positivismo de todos los tiempos?

El romanticismo en literatura, en ciencia, en política, en filosofía y en religión, fue, es y será la palanca que remueve las generaciones lanzándolas a la conquista de nuevos ideales en todos los órdenes de la vida.

Por escasez de  ese romanticismo en España vivimos como los sapos entre el cieno de una laguna infecta,  sin observarse entre la generación actual aquellos actos de admirable valor, aquellos arranques de dignidad, aquellos heroísmos sublimes de otros tiempos.

Bendigamos, pues, nuestro romanticismo.

Sin él, no nos elevaríamos sobre el nivel general en que vegetan tantos fariseos de bonete, corona o gorro frigio, tanto farsante como engaña al pueblo con su charlatanería, tanto bribón de todo género y toda laya, tanto charlatán y tanto escribidor bilingüe, tanto pillo y tanto tonto.

Terminaré, señora mía, con una pequeña aclaración.

Si los neos me han procesado, me han encarcelado, me han sentenciado a presidio y no sé como no me han matado, no han hecho más que cumplir con un principio de la ley natural de conservación.

Han estado en su derecho, no les censuro por ello; pero sí han llenado mi corazón de amargura algunos señores charlatanes del republicanismo positivista queridísimos amigos y correligionarios que me abandonaron en mi naufragio.

Le admira y considera su más atento servidor

I. Rodríguez Abarrátegui

Garrucha, Almería, mayo 1911


[1] Ignacio Rodríguez Abarrátegui fue un conocido activista del librepensamiento, lo cual—al igual que les sucediera a tantos otros— le ocasionó más de un contratiempo. En una de éstas, viéndose obligado a mudarse a tierras almerienses, se embarcó en el vapor Felisa. Tuvo la suerte de que los miembros de la tripulación  —asturianos, por más señas— fueran lectores asiduos de El Motín, periódico donde el señor Abarrategui solía publicar sus escritos. Todo fueron atenciones durante los cuatro días de travesía, y así lo contó la agradecida pluma de don Ignacio en un artículo titulado «De Cádiz a Garrucha» que fue publicado en la edición de El Motin de 30 de marzo de 1911. Al enterarse Rosario de Acuña del ejemplar comportamiento de los marineros,  y sabiendo que éstos eran gijoneses, conciudadanos suyos, no duda en hacer públicas alabanzas de «la noble y piadosa acogida» dispensada a su correligionario.

81. Quijote ortodoxo, Quijote heterodoxo

Dado lo mucho que se ha escrito sobre las actividades llevadas a cabo por la Inquisición a lo largo de su existencia, a nadie se le oculta que hubo momentos en los cuales el Tribunal del Santo Oficio ejerció un férreo control en los territorios de la Corona de Castilla y de la Corona de Aragón. Nada se escapaba al largo brazo del Inquisidor General,  ni lo que se hacía, ni lo que se decía, ni claro está— lo que se pintaba o lo que se escribía.

Así las cosas hay quien piensa que hubo autores que utilizaron una especie de código secreto para burlar a los inquisidores, de manera tal que los objetos representados en un inocente bodegón no serían tales sino elementos de un mensaje cifrado o que en los pasajes de un libro caballeresco, publicado con el preceptivo Nihil obstat de la prelatura, se escondían toda suerte de interpretaciones acerca de la católica España de los Austrias.

Imbuidos por esta idea, algunos creyeron ver en las páginas del Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha toda suerte de mensajes que  don Miguel de Cervantes habría ocultado bajo el ropaje del simpar caballero. Noticias tenemos de que a lo largo del siglo XIX hubo quien se aplicó con afán a la tarea de descubrir la verdad del Quijote: Nicolás Díaz Benjumea, Benigno Pallol o Adolfo Saldías son algunos de ellos; también Baldomero Villegas, un cántabro, de Santoña, que se empleó a fondo en esta labor como lo demuestra la publicación de varias obras sobre este tema:

  1. Estudio tropológico sobre el D. Quijote de la Mancha del sin par Cervantes. Burgos: Imp. del Correo de Burgos, 1899.
  2. La revolución española. Estudio en que se descubre cuál y cómo fue el verdadero ingenio del Quijote y el pensamiento del simpar Cervantes. Madrid: Imp. de Fontanet, 1903.
  3. La cuestión social en el Quijote. Reto en tres cartas abiertas a D. Marcelino Menéndez y Pelayo. Madrid: Imprenta Moderna, 1904.
  4. Cervantes, luz del mundo. Enseñanzas cervantinas crítico-apologético-metafísicas (Discurso leído en el Ateneo de Madrid el 12 de abril de 1915). Madrid: Imp. de Fontanet, 1915.

En 1916 se conmemora el Centenario de la muerte de Cervantes. No faltan publicaciones y homenajes;  casi todos cuentan con el beneplácito oficial. Don Baldomero, insensible al desaliento, acude también a la cita y publica una nueva entrega de su peculiar visión de la obra del autor del Quijote:  Catecismo de la doctrina cervantina: homenaje al genio. El Quijote ortodoxo y el Quijote heterodoxo.

¿Qué posición ocuparía doña Rosario de Acuña, admiradora confesa de la genial obra cervantina,  en este tema? He aquí la respuesta:

Mi distinguido amigo:

Ni una sola voz, ni incidentalmente siquiera, al menos en lo que yo he leído, se ha hecho mención en este Centenario, de sus primorosos, morales y racionales libros sobre ese evangelio de purezas y enseñanzas que se llama el Quijote. ¿Habrá míseros y ramplones en nuestra patria entre los que se llaman kultos? Y es tal mi indignación, que no puedo menos de tomar la pluma y dirigirme a usted haciendo que mi protesta le demuestre que no todos los españoles nos hemos vuelto ya cuadrumanos; a mucha honra tengo sostenerme en dos pies y dominando los instintos de la animalidad, casi enseñoreada de nuestros compatriotas…

Que conste mi protesta. Ínterin las faldas manejadas por delegados del Vaticano gobiernan a España, todos los que son como usted están sentenciados al ostracismo, cuando no al martirio. ¡Cuándo se librará la patria de esta pesadilla!

Es siempre su amiga

ROSARIO DE ACUÑA Y VILLANUEVA

80. «A la memoria de la gran pensadora Rosario de Acuña», por Amalia Carvia

Las mujeres españolas emancipadas de la rutina religiosa están de duelo. Ha muerto la gran mujer que un día enarboló en el baluarte del libre examen la hermosa bandera del más sagrado de los derechos, llamando a agruparse bajo ella a las conciencias femeninas.

Natural es que nosotras, las que fuimos despertadas por su elocuente voz del sueño de la inconsciencia, nos lamentemos hoy de tan sensible pérdida; porque Rosario de Acuña era una estrella luminosa en el brumoso cielo de la conciencia nacional y a sus fulgores pudieron distinguir muchas almas el recto camino que lleva a la verdad y la razón. Aquellos sus artículos publicados en Las Dominicales, que hicieron célebre su magistral pluma, serán siempre recordados por todos los amantes de los fueros del pensamiento humano.

La pluma de la señora de Acuña fue una formidable piqueta golpeando sin descanso en el vetusto alcázar de la tradición. La admirable pensadora con lógica contundente arremetía contra todos los absurdos del dogma católico, pero entre las filigranas de su inimitable y valiente estilo, asomaban los tiernos y exquisitos sentimientos de su elevado espíritu verdaderamente religioso. Y por esto, su resonante voz vibraba fuertemente en las almas femeninas, penetrando hasta el fondo de las más místicas y piadosas, que abandonaban resueltas el culto del altar católico por el culto más alto de la victoriosa razón.

Así era de ver el inmenso número de adhesiones que llegaban a manos de la famosa propagandista, firmadas por mujeres españolas. Fue una explosión de entusiasmo que la reacción se encargó prontamente de apagar; pero no hay duda que los corazones de todas aquellas mujeres quedaron grabadas con indeleble sello.

Podrían las fuertes influencias del ambiente jesuítico cambiar las manifestaciones exteriores de esas mujeres, pero sus almas seguirán siendo libres, y al imprimir sus sanos besos de madre sobre las frentes de sus hijos, lo harán sin las estupideces del ciego fanatismo.

Rosario de Acuña habrá muerto quizá con el pensamiento entristecido ante la perspectiva de una España esclava de los hijos de Loyola; mas ya su valiente espíritu, desde las altas regiones donde mora, percibirá que su labor no ha sido perdida, que su siembra fructificará rápidamente cuando las circunstancias porque hoy atraviesa nuestro país desaparezcan, y el suelo, libre del cieno que lo cubre pueda dejar brotar todo lo que ha sido sembrado.

Hasta sus últimos años, la pluma férrea de la escritora de alma inquebrantable ha fustigado sin parar las mentiras e hipocresías que inficionan el ambiente patrio, asombrándonos que en su avanzada edad conservara tan perfectamente los ímpetus juveniles, la gallardía y donosura de sus mejores años. Y es ello la prueba más evidente de que tan admirables atributos no tienen su asiento en el organismo material, que residen en el espíritu, decidido a cumplir su destino en la tierra, a pesar de todos los obstáculos que el mundo ponga a su paso.

El alma de Rosario de Acuña, abierta siempre a los efluvios del espacio, tenía la conciencia de su misión, ya hoy cumplida; que ella nos fortifique en las luchas de la vida por la liberación humana; que ella, que hasta última hora ha persistido en la creencia en ulteriores fines, siga desde el infinito prestándonos las energías potentes de su ser, para continuar esa labor de los siglos de separar la verdad del error, de combatir las imposiciones del fanatismo que entenebrecen la existencia del hombre, a pesar de sus esfuerzos por acabar con un mal tan antiguo.

Bendigamos la memoria de la valiente mujer que pasó la vida aprovechando todas las horas de ella en una titánica empresa, cual es la de levantar esa espantosa mole que pesa sobre el pensamiento humano.

Valencia, mayo, 1923

Amalia Carvia

79. El impulso de la memoria

El pasado día 17 de septiembre asistí en el Centro de Cultura Antiguo Instituto de Gijón a la presentación de El árbol del pan. No podía faltar. Por si no bastara el hecho mismo de dar a conocer aquella obra, una buena novela con la que disfruté meses atrás cuando llegó a mis manos en forma de archivo electrónico, la presencia en la tribuna de Félix Población y de Lidia Falcón era garantía suficiente de que la velada habría de ser, además de grata, útil y provechosa.

Y así fue, ciertamente. Y así lo entendieron los presentes que se lanzaron abiertamente a comentar, debatir y preguntar en cuanto el moderador declaró abierto el imprevisible colofón que suele acompañar a los actos de esta naturaleza. Al final, caras de satisfacción en unos y en otros. En mi caso quizás con más motivo habida cuenta del protagonismo que tuvo doña Rosario de Acuña en la velada, tanto que después de transcurridos unos días aún me sigo preguntando cómo es que ninguno de los presentes se sintiera lo suficientemente sorprendido como para hacer algún comentario al respecto.

¿Será que todos eran conocedores de la trama? ¿Será que todos sabían que Lidia Falcón es la sobrina-nieta de Carlos de Lamo, el hombre que convivió durante casi cuarenta años con la pensadora de El Cervigón? ¿Conocían el parentesco de Félix Población con Amaro del Rosal, el dirigente socialista que desde su exilio mejicano se afanó en recuperar la memoria de doña Rosario? ¿Sabrían que entre los presentes se encontraba uno de los hijos de Luciano Castañón, el escritor que a finales de los años sesenta del pasado siglo consiguiera, entre otras cosas, recuperar el testamento ológrafo de la escritora?

En El árbol del pan Félix Población recupera para todos nosotros la vida cotidiana de una de las familias a las que la Guerra condenó al exilio interior. También, la intrahistoria de una pequeña ciudad de provincias inundada de carencias y aterida por los violentos recuerdos, por las dolorosas ausencias. Memoria reencontrada. Lidia Falcón hizo lo propio años antes con Los hijos de los vencidos, intensa memoria de tres mujeres a las que la dura y cruel posguerra confinó en un gran cercado anegado de temor y silencio.

Ambos llevan tiempo entregados a disipar la neblina que alimenta nuestra desmemoria. Cierto es que con ello no hacen más que recoger el testigo de algunos de sus familiares más cercanos. De aquellos que como Regina de Lamo (véase el artículo «En justa respuesta» ) y Amaro del RosalEl impulso que vino de México») se empeñaron tiempo atrás en luchar contra el olvido, afanándose en mantener vivo el valioso testimonio vital, ahora en buena medida recuperado, de doña Rosario de Acuña y Villanueva. Tal parece que la recuperación de una parte de la memoria tuviera efectos multiplicadores. Se activan nuevos resortes que impulsan nuevas búsquedas de la Verdad. Con palabras más cuidadas y precisas, así lo expresaba Félix Población entonces:

Somos nuestra memoria —afirma también Jorge Luis Borges—, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos. En El árbol del pan he tratado de restaurar esos espejos, susceptibles de ser empañados por el brumoso acecho del silencio, e intentar a través de la escritura —pintura de la voz, según Voltaire— que lo relatado sea una expedición a la verdad, máximo objetivo de la literatura para Kafka. Los libros deben respirar verdad. La verdad nos hace libres y ésta es la condición sine qua non para que la cultura aflore, arraigue y crezca frente a los procelosos turbiones de niebla del oscurantismo y la intolerancia»

76. A Pilar Sinués le resulta antipática

Pilar Sinués de Marco (Zaragoza, 1835- Madrid, 1893) es una de las escritoras más conocidas de la época isabelina, no tanto por sus novelas (Rosa, escrita con tan sólo 16 años,  Mis vigilias…) o  sus cuentos morales (La ley de Dios, La ley de la lámpara…), como  por su actividad periodística que llega a su apogeo con la fundación de El Ángel del hogar, revista que dirigirá desde 1864 a 1869.

Aunque algunos investigadores han encontrado ciertas similitudes entre Pilar Sinués y Rosario de Acuña,   hasta el punto de integrarlas en un mismo grupo o «generación» junto a Ángela Grassi, Faustina Sáez o Concepción Gimeno (véase Antología de la prensa periódica isabelina escrita por mujeres (1843-1894) de Íñigo Sánchez Lama) creo que tales  semejanzas quedan muy desdibujadas a partir de la segunda mitad de los ochenta, cuando doña Rosario decide renunciar a las mieles literarias para convertirse en una activa propagandista del librepensamiento. A partir de ese momento, las diferencias entre ambas se hacen bien evidentes. Sirva como prueba la opinión que a Pilar Sinúes le merece la trayectoria de su colega momentos después del estreno  de El padre Juan:

«La señora doña Rosario de Acuña, que ha dado gallardas muestras de su talento en su magnífico drama Rienzi el tribuno, en sus artículos En el campo y en otros varios trabajos, demuestra hace años un extravío mental originado sin duda por las ideas libre pensadoras que en hora fatal para ella han penetrado en su cerebro: es asidua colaboradora del periódico Las Dominicales del Libre Pensamiento, cuyas páginas apenas lee nadie: es el peor camino que esta señora, de indiscutible talento,  pudiera elegir para andar decorosamente en el mundo literario, penosísimo siempre para la mujer: ésta puede ser libre-pensadora, porque nadie ha puesto límites al pensamiento, pero no puede ser libre-escritora ni aun libre-habladora, a no ser que quiera exponerse a las censuras de toda una sociedad, que estará constituida falsa e hipócritamente, pero que exige en absoluto a la mujer la apariencia siquiera de su primera y más encantadora virtud: la modestia.

Es siempre antipática la mujer irreligiosa, la que descuida sus virtudes de cristiana, pero la que hace alarde de despreciarlas sale de su esfera y queda aislada en medio  de la sociedad que la rodea y que le vuelve la espalda con horror.

¡Que lástima que una inteligencia tan hermosa se haya extraviado así!, ¡qué bellas y buenas obras  podía haber producido!, ¡cuánto bien para su sexo deja de hacer!

Confiamos en que un día se apartará de vanas utopías que sólo dejan vacío y desolación en el alma; todo un Voltaire ¿no dijo antes de morir que “si no hubiera Dios debería inventarse”?

Las Dominicales del Libre Pensamiento, Madrid, 20-6-1891

(Copiado de un periódico de La Habana donde fue publicado el 28 de abril)

75. De una visita a Luarca y de lo que allí aconteció

La de los ochenta fue una década crucial en la vida de nuestra protagonista: a principios del ochenta y uno decide alejarse del bullicio urbano para instalarse en una casa situada a las afueras de un pequeño pueblo del sur de la capital; a finales de 1884, después de separarse definitivamente de su marido y de llorar la prematura muerte de su padre, proclama a los cuatro vientos que se alista en el bando de quienes defienden la causa del libre pensamiento; en 1886 ingresa en la masonería convertida en Hipatia…

En este tiempo de mudanza es cuando realiza largos viajes, de varios meses de duración por la geografía española. Según sus propias palabras, durante once años, cuando el sol de mayo comenzaba a calentar, salía de Pinto a lomos de una dócil yegua, con escaso equipaje  y acompañada Gabriel, por entonces su criado fiel,  para conocer los paisajes de la vieja patria  en largas jornadas de seis a ocho leguas de recorrido (el equivalente a treinta y tantos kilómetros). Y así durante semanas, recorriendo valles y montañas, visitando aldeas y ciudades, compartiendo ilusiones y esperanzas con cuantos hasta ella se acercaban, hasta que a finales de noviembre regresaban a casa.

El que realizó en 1887 por León, Asturias y Galicia tenía un objetivo especial: «…escribir un librito sobre nuestras comarcas del Norte, sacando a luz a los hijos  del pueblo de las montañas y las costas, sobrios, sufridos, trabajadores…». Cuando esto escribía ya apuntaba que pensaba que la aventura era algo atrevida, aunque no sé si cuando lo hacía barruntaba las amenazas y persecuciones que habría de padecer a lo largo del trayecto.

El viaje había comenzado en León en el mes de junio. Doña Rosario y  Gabriel se habían trasladado hasta allí en ferrocarril. Tras comprar una yegua para  su acompañante,  pues la suya había llegado en el mismo medio de transporte, emprendieron camino hacia el  norte. A finales de mes  ya  se encuentran en Asturias, pues hay constancia de que por entonces visitó la fábrica de cañones de Trubia. Durante todo el mes de julio debió de recorrer buena parte de lo las montañas asturianas y no será hasta finales de ese mes o  cuando decida poner rumbo a Galicia, con parada obligada en Luarca.

En la villa valdesana la esperan: con entusiasmo los unos, con irritación los otros. Los primeros organizan diferentes actos de bienvenida; Los centinelas valdesanos, le envían anónimos y amenazas. De lo uno y de lo otro tenemos noticia por lo contado en la prensa. Los lectores de Las Dominicales estuvieron informados de todos los detalles, pues el semanario, además de recibir puntualmente las crónicas de Francos Rodríguez y de la propia Rosario de Acuña, copiaba cuanto a propósito publicaban  los periódicos regionales. Por una parte los agasajos:

No pudieron ser más gratas las que el numeroso público que llenaba los salones del Casino recibió  con la velada literaria musical que se celebró el sábado de la semana pasada.
Aprovechando la estancia en esta villa de la eminente escritora doña Rosario de Acuña y del joven y reputado orador y distinguido médico D. José Francos Rodríguez se organizó esta velada a beneficio de los pobres de Luarca. El celebrado poeta D. Eloy Perillan y Buxó, que se hallaba en Coaña, fue invitado a tomar parte en este festival, y como se trataba de un acto de caridad, contribuyó a la brillantez de la fiesta como no era menos de esperar de su ingenio por todos reconocido.
Era el primer espectáculo de esta índole que se celebraba en Luarca, y por consiguiente los billetes de entrada eran codiciados por todos.
[…]
Tocole el turno a doña Rosario de Acuña, y al aparecer ante el público, produjo en este general expectación.
Todas las personas que a la fiesta asistían, tenían avidez por verla y escucharla, y al disponerse a leer sus grandilocuentes producciones reinó un silencio sepulcral.
Entre las varias composiciones que leyó, recordamos las siguientes: Las dos nubes,  A unas aves, La envidia, La calumnia, Soneto a la libertad del drama Rienzi, Cantares y Lo que dice la gaviota.
La terminación de cada una de estas composiciones era saludada con una salva de aplausos y en particular los Cantares. Leyó además La mendiga, composición del señor Francos Rodríguez, quien como doña Rosario de Acuña tuvo que presentarse al público en medio de atronadores aplausos.

Por la otra, las amenazas:

«Ha llegado a nuestras manos un anónimo dirigido a la insigne escritora doña Rosario de Acuña, por unas mujerzuelas a quien todos conocemos, aun bajo el estúpido y rimbombante seudónimo de Los centinelas valdesanos

«Parece que la mano miserable y encanallada que ha redactado este anónimo se ha atrevido de amenazar de muerte a la simpar escritora, si no cesa en su propaganda de hereje, frase que quizá indica el antro en el que tales bajezas se confeccionan»

Así contaban lo sucedido quienes lo observaban desde fuera.  La protagonista de la historia lo vivió como un lance más de la lucha. Cuando tomó la decisión de proclamar su adhesión al bando de los luchadores por la libertad ya contaba con el hecho de que estas cosas habrían de pasar. He aquí sus palabras:

Adiós, Luarca; el légamo cenagoso que ocultas bajo tus brillantes exterioridades se alborotó a mi arribo… ¡qué mejor prueba de que nuestros ideales nos hacen gigantes!…
Atendedme, amigos míos, vosotros los que temisteis, tal vez por conocerme poco, que el encuentro de algunos reptiles detuviera mi marcha: como el ave de vuestros mares que se cierne sobre el desierto escollo, solitaria, porque el huracán destrozó su nido, así camina mi alma sobre los escollos de la existencia, llena de recuerdos y vacía de esperanzas; las olas embravecidas del mar de las pasiones no pueden llegar ni aun a salpicar con sus espumas mi cansada planta, que habiéndose hundido todos los bienes de mi vida en el abismo sin fondo de la desesperación, mi paso, aligerado por la falta de cargamento, me hizo subir a una altura donde nunca llegan las turbulencias de este océano: como la cariátide impasible que ostentan las momias egipcias, así mi voluntad inconmovible en su quietud de muerte, defiende de las inclemencias sociales los secos restos de mi corazón; a medida que pasan los días siento con más vehemencia la necesidad de subir, y aunque allá arriba no espero otra cosa que la paz de un descanso eterno, todas mis energías parece que tienden a la ascensión; en mi ruta he dejado atrás, primero a los ambiciosos, después a los ilusos, más tarde a los vanos; mi afán es encontrarme con los convencidos… y subo, ¡subo sin cesar!… Decidme; quien de tal modo siente la orfandad de venturas; quien de tal modo sustenta el afán de conocimientos, ¿es posible que retroceda?…¡Luarca!…»)

74. «Recordando a Rosario de Acuña», por Rosa Canto

Uno de los primeros días de este mes de mayo, luminoso y florido, ha hecho dos años que murió, en Gijón, la escritora y poetisa madrileña Rosario de Acuña.

Su obra literaria fue admirable; su labor poética, digna de todas las alabanzas; y su gestión social y educadora tan considerable, que no debería ser olvidada. Ahora que tan difusa propaganda se hace de los preceptos higiénicos debe recordarse que ella escribió —cuando sólo los profesionales se ocupaban de ello— una serie de  artículos tratando de reglas higiénicas divulgándolas y procurando hacerlas llegar a los rústicos entendimientos, que primero en un pueblo de Santander y luego en Gijón, la rodeaban, constituyendo casi su única sociedad.

Rosario de Acuña, que a los diez y seis años escribió [en realidad tenía unos pocos más pues contaba con veinticinco] una magnífica tragedia en verso: «Rienzi el tribuno», que la crítica diputó obra maestra; que produjo otras varias obras, una de las cuales «El padre Juan» la envolvió en la aureola de  popularidad al ser prohibidas las representaciones por sus tendencias; que escribió bellos libros de versos, es una de las más relevantes figuras literarias del pasado siglo, y es un hermoso ejemplo de sencillez, triunfando al entrar en la adolescencia, y sin que su enorme éxito y la lisonja que la rodeó la hicieran conocer la fatuidad.

Pero el interés que inspira la figura literaria se ve superado al destacar la mujer sus rasgos; rasgos de tal brillantez, que deben enorgullecer a todas las mujeres que, sin distinción de matices, sientan el hondo latir de un corazón capaz de comprenderlos.

Nacida en ambiente aristocrático; educada en los mayores refinamientos; criada entre el lujo y la comodidad; cultivado su espíritu y su cerebro con los viajes y la lectura, Rosario de Acuña, con inteligencia y cultura excepcionales, parecía destinada a triunfar en la vida de un modo rotundo y absoluto… ¡y fracasó!

Fracasó por inadaptación al medio en que vivía y en que nació; fracasó por su exquisita sensibilidad que la apartaba del modo de sentir uniforme; y fracasó, sobre todo, porque su alta mentalidad la llevó a disentir de las rancias y convencionales ideas de su sociedad aristocrática, y ésta no se lo perdonó.

En vez de consideración, galantería y halagos, Rosario de Acuña tuvo, al emitir sus amplias ideas, el silencio primero, la insidia luego, el aislamiento y la persecución después.

Practicó ella —la descreída— la religión cristiana demasiado al pie de la letra; buscaba el trato de los humildes; procuraba mejorar la condición de  los trabajadores, los consideraba sus iguales… ¡Absurdo! El alma excelsa de esta mujer no estaba al alcance de las que echaban monedas en los cepillos de las parroquias.

Es caso único en la sociedad aristocrática española este de Rosario de Acuña, porque mujeres privilegiadas ha habido en España; pero han surgido al choque de una pasión, como en la defensa de la patria las heroínas y en aras de la religión las mártires; pero, fría, serena y razonadamente perder todos los privilegios que su nacimiento le daba, para dedicarse por completo a la causa de los humildes, mejorando su instrucción, atendiéndoles con amor en sus tribulaciones y renunciando ella a su propio bienestar, no ha habido más que este caso sin segundo. El temple de alma —alma de apóstol a lo Tolstoi, a lo Krotpokin— de Rosario de Acuña hay que buscarle en la psicología rusa; sólo en Rusia se han dado estos altos ejemplos de amor a la Humanidad, sacrificando las comodidades de un hogar y cambiándolas por las calamidades del destierro o la prisión.

Rosario fue una desterrada en su patria y merced a maniobras de elementos contrarios tuvo el dolor de verse apedreada por los niños, a los que tanto amaba, y en peligro de incendio su casita por unos inexpertos muchachos movidos por la seudo patriotería, que avergonzada se reconocía en las palabras vibrantes de la ya anciana escritora, mucho más patriota, diciendo en sus artículos la verdad que los que fingiendo halagaban las vanidades nacionales.

Pocos días después de su muerte, el Ateneo, asilo de toda noble idea, dio una velada en su honor; la ausencia de varios escritores que prometieron asistir inspiró irónicos comentarios a Violeta [seudónimo utilizado por la periodista Consuelo Álvarez, redactora de El País] , que rindió entusiasta homenaje a la muerta escritora.

No faltó el elemento humilde. Los círculos obreros de distintos puntos de España telegrafiaron su adhesión al acto; muchas mujeres modestas asistieron a él, y con esto tuvo la velada el carácter sincero que se le quiso dar.

Hace algún tiempo leí que se proyectaba conservar la casita de la escritora e instalar en ella una biblioteca. Sería éste el mejor y más adecuado homenaje —en esta época de homenajes y revisiones intelectuales— a la gran escritora e insigne mujer. Que la casita donde en los últimos años pasara tantas privaciones y amarguras quedara como un refugio para la inteligencia, y que sus obras, donde palpita su alma entera, figuraran en lugar preferente en la humilde morada, que en lo alto del promontorio aparecería entonces como un faro, iluminado por el espíritu noble, abnegado y austero de Rosario de Acuña.

ROSA CANTO

Heraldo de Madrid, 19-5-1925