Archivo

Archive for the ‘Biografía’ Category

92. Rosario de Acuña y la naturaleza humana: El crimen de la calle de Fuencarral

[Texto de la conferencia pronunciada el jueves 2 de mayo de 2013 en el Club de Prensa La Nueva España al cumplirse el XC Aniversario del fallecimiento de Rosario de Acuña y Villanueva]

Buenas tardes.

El próximo domingo se cumplen noventa años del fallecimiento de doña Rosario de Acuña y Villanueva, circunstancia ésta que no ha pillado desprevenido a Luis Miguel Piñera, director del Club La Nueva España y perspicaz observador de todo cuanto sucede en esta ciudad. Hace unos meses me propuso que preparara una charla para este lugar y este día… Y aquí estamos. Empecemos, pues.

Aquel 5 de mayo, Gijón se despertó con el cielo teñido de gris plomizo y con escasas novedades informativas, a tenor de lo que cuentan los periódicos locales del día: nada nuevo sobre las responsabilidades militares derivadas del Desastre de Annual; alguna referencia a los acostumbrados rifirrafes entre los miembros del Gobierno de concentración liberal presidido por García Prieto;la crónica de la visita del Jefe del Estado a Bélgica. En cuanto a la actualidad regional y local, también lo habitual: huelgas que se inician y otras que se acaban; desahucios; la crónica de algún mitin; unos cuantos hechos vergonzosos; el tráfico portuario; vapores que anuncian su próxima partida hacia América; los habituales anuncios de Hipofosfitos Salud, de Polvos antisépticos Calber, del purgante Yer o del Depurativo Richelet…

Ninguna novedad. Nada hacia presagiar que ese día iba a tener lugar el fatal desenlace. O quizás sí… a juzgar por las palabras que Carlos de Lamodejó escritas tres años después. Al referirse a la repentina muerte de quien fuera su compañera de vida durante varias décadas, hace hincapié en dos hechos que para él adquirieron relevancia tras aquel fatal desenlace. El primero se refiere a las semanas precedentes, en las que —según cuenta— «casi todas las noches me recomendaba el cuidado cariñoso de nuestra leal e inteligentísima perrita si ella desaparecía»; el segundo, a las vísperas de aquel primer sábado del mes de mayo. Dice así:

«El anterior, el 4, me entretuve yo largamente, y en tonto, en el pueblo. Vivíamos siempre en el campo, en los alrededores de las villas. Al volver a casa me riñó con toda justicia, y terminó suplicándome: ¡Mañana, no vayas al pueblo!»

¿Presentía doña Rosario de Acuña, como insinúa Carlos, lo que iba a suceder al día siguiente? ¿Quién lo sabe? Lo cierto es que aquel sábado plomizo, el primero de los del mes de mayo del año 1923, una de sus arterias cerebrales se obstruye, dejándola al borde de la muerte cuando al parecer, trajinaba por la cocina, preparando algún cocido o guiso, quizás esas sardinas rellenas de las que nos ha dejado cumplida receta.

Presentida o no, la muerte la halló trabajando en la casa, cosa nada extraña pues da-das las penurias económicas que soportó en la etapa final de su vida, a pesar de la edad y de los achaques, ella era la que se ocupaba de todas las tareas domésticas. Presentida o no, el médico que acude a socorrerla no puede hacer más que acompañarla en sus últimas agónicas horas y certificar que el fallecimiento se produjo a las dieciocho horas, a causa de una embolia cerebral.

Antonio L. Oliveros, director de El Noroestepor entonces, había acudido a la casa del acantilado nada más conocer el estado de gravedad en el que se encontraba su amiga. Tras el fallecimiento, su primera intención fue dar cuenta inmediata de la triste noticia, pero Carlos de Lamole ruega que no lo haga, que respete las disposiciones testamentarias de la finada. Y es que en su testamento lo había dejado muy claro: «Prohíbo terminantemente todo entierro social, toda invitación, todo anuncio, aviso o noticia ni pública ni privada, ni impresa, ni de palabra, que ponga en conocimiento de la sociedad mi fallecimiento…».

A pesar de que así se hizo, a pesar de que el domingo los periódicos no hicieron ninguna mención al respecto, la noticia de la muerte de la escritora corrió como un reguero de pólvora por la ciudad, razón por la cual fueron muchas las personas que se acercaron hasta El Cervigón para rendirle su último homenaje.


La representación de aquel acto debía de atenerse fielmente al guión que la dramaturga había escrito casi dos décadas antes. La escena debía estar acorde con la austeridad de la muerte: su cuerpo habría de ser depositado «en la caja más humilde y barata que haya» y conducido en el coche más pobre, «en el que no haya ningún signo religioso ni adornos o gualdrapas, de ninguna clase». Lo que ella no había previsto es que ni siquiera el humilde coche que esperaba en las proximidades de la casa resultara necesario, pues el féretro fue «sacado a hombros de obreros, que se disputaban ese honroso tributo». A decir del cronista, el modesto ataúd, que fue portado a hombros durante el largo trayecto, era seguido bajo una lluvia incesante por un numeroso cortejo fúnebre en el que destacaba la presencia de «caracterizados elementos obreros y otras representaciones del proletariado», además de dirigentes del Círculo Melquiadista, de las logias Jovellanos y Riego, del Ateneo Obrero y otras sociedades gijonesas. Una vez en el cementerio civil, tras escuchar con atención las últimas palabras que se pronunciaron en el acto, la comitiva despidió por última vez a quien había sido su ilustre vecina. Allí, en el otro extremo de la ciudad, en una sepultura en la que no habría de haber «más que un ladrillo con un número o inicial», reposarían para siempre los restos de esta mujer ejemplar.

Dos días después de haberse celebrado el entierro, la prensa sí dio cumplida cuenta de la noticia. El Noroeste lo hizo sin escatimar espacio. «Ha muerto doña Rosario de Acuña»: titulaba en su portada y a toda página. Debajo, un extenso panegírico en el cual se esbozan algunos datos biográficos de la finada, a quien se califica de «ilustre escritora» y «notable poetisa»; también de «propagandista del librepensamiento».

Noventa años después sabemos que en aquel texto había algunos errores, que nuestra protagonista nació en 1850 y no un año después como allí se decía (y luego se repitió vez tras otra hasta hace bien poco); que Carlos de Lamo no era su sobrino, sino su compañero de vida, su inseparable compañero… Ahora también sabemos que la trayectoria vital de doña Rosario no se puede reducir a su producción literaria; a sus poemas, sus dramas o sus artículos. Su personalidad fue mucho más rica de lo que en aquella laudatoria página se sugiere, como bien pueden constatar quienes hayan tenido ocasión de leer mi último libro a ella dedicado. Ya en el prólogo esbozo algunos de sus rasgos menos conocidos, a modo de aviso para los lectores más desprevenidos:

«Rosario de Acuña y Villanueva se va a convertir en una de las figuras más controvertidas de su época, la España del Concordato,en virtud del protagonismo que va a asumir en esta larga confrontación como dramaturga, masona, feminista, montañera, poeta, regeneracionista, librepensadora, avicultora, articulista, exiliada, iberista, puritana, filo-socialista, autodidacta, deísta, republicana, melómana… en suma, un portento de mujer que a nadie dejaba indiferente…».

Ciertamente fue mucho más que una escritora y, una vez que han quedado fijados los grandes rasgos de su biografía, es momento de profundizar en las distintas facetas que configuran su rica personalidad y su fecunda trayectoria. Y algo se empieza a realizar en ese sentido. A los estudios sobre su producción literaria, se suman los que tienen por objeto su pensamiento feminista o los relacionados con su pertenencia a la masonería (sirva como ejemplo la conferencia pronunciada hace unos días en esta misma tribuna por Víctor Guerra, acerca de las complejas relaciones que doña Rosario de Acuña mantuvo con sus hermanos masones). Además de estos aspectos, más evidentes o conocidos, hay otros que también empiezan a despertar el interés de los investigadores. Tal es el caso de su pasión por la montaña, de la cual, siguiendo el rastro de las investigaciones realizadas por Daniel Palacio, di cuenta en un artículo publicado tiempo atrás en La Nueva España, en el cual la situaba entre los pioneros del montañismo en Asturias.

En esta ocasión me propongo empezar a tirar de un nuevo fleco, explorar una nueva faceta del vasto testimonio que nos ha legado, la que tiene que ver con su interés por conocer lo más íntimo de la naturaleza humana, por analizar los mecanismos que llevan a nuestra especie a los terrenos de la perversión, el mal o la locura.

Su interés por la observación le viene de lejos, de su niñez. Por entonces, según nos ha contado en alguno de sus escritos,se asomaba con admiración a la lente del microscopio para admirar el «tenue embrión de un huevo de hormiga» o se emocionaba contemplando en el observatorio astronómico de París la imagen aumentada del planeta Venus, «con sus polos brillantes y su ecuador ceñido de plateadas nubes». En la mayoría de sus escritos de juventud encontramos detalladas descripciones, teñidas de pasión poética, de todo cuanto sus doloridos ojos contemplaban.

Lo de la observación sistemática de sus congéneres, de su comportamiento, parece que fue ocupación más tardía, pues no será hasta los primeros años ochenta cuando aparezcan los primeros escritos susceptibles de ser encuadrados en este ámbito de reflexión. Nuestra escritora, recién llegada a la treintena, parece haber decidido entonces que su pluma se ocupe más de los personajes que del escenario, más del comportamiento humano que del aleteo de las golondrinas. No lo hace por cuestión de estilo o de moda. Nada de eso. Es más, creo que lo que estas publicaciones traslucen es una nueva mirada, una nueva perspectiva con la cual Rosario comienza a contemplar el mundo. Lo cual no resulta nada extraño habida cuenta de los profundos cambios que acontecen en su vida por entonces. Veamos:

En 1876, al poco de haber contraído matrimonio con el teniente de infantería Rafael de Laiglesia y Auset, se traslada a Zaragoza adonde había sido destinado su marido. Poco más de tres años después el matrimonio vuelve a Madrid para residir en una quinta que han construido en Pinto. Según todos los indicios, es bastante probable que el retorno a la capital primero y la instalación en el campo después, supusieran un último intento de la pareja por salvar una relación que parece que está pasando por una profunda crisis motivada, al parecer, por la infidelidad de Rafael. De ahí el comentario que la escritora hizo tiempo después en el sentido de que no le importaba que «el hombre corriese al placer ciudadano» si era respetado su aislamiento campestre. En pleno proceso de readaptación a su nueva situación, Rosario recibe un nuevo mazazo: el 27 de enero de 1883 fallece su padre, joven aún, pues apenas cuenta con cincuenta y cuatro años de edad. Como si aquella calamidad hubiera sido el detonante, la prematura muerte de Felipe de Acuñaparece precipitar la ruptura definitiva del matrimonio: Rafael de Laiglesia abandona definitivamente la quinta para instalarse en Badajoz donde desempeñará una nueva ocupación.

Huérfana y separada, en la ansiada soledad de su residencia pinteña, los meses que siguieron al nefasto enero del año ochenta y tres fueron para Rosario meses de agonía constante, de existenciales dudas, de profundas vacilaciones, de juveniles evocaciones, de repensadas vivencias; fueron meses de alejamiento, de analizar desde la distancia el comportamiento humano, de darle vueltas y más vueltas a todo aquello que no le gustaba de la sociedad en la que vivía: la fatuidad, la hipocresía, el sibaritismo, la vanidad…

Poco a poco su vida se va adaptando a la nueva situación, o como ella diría por entonces: «El tiempo ha pasado, la reorganización se va verificando lentamente en mi ser […] de no morir, he tenido que vivir… pues el que vive muriendo, es un parásito de la naturaleza». Así que con el paso del tiempo la cotidianidad va volviendo a su vida; los ciclos circadianos tan manifiestos en el campo, van regulando sus jornadas. No obstante, aquel proceso de cambio, o de reorganización como ella lo llama, siguió su curso y tuvo sus consecuencias. Algunas son más conocidas, como su pública adhesión a la causa del libre pensamiento (finales del 84) o su posterior ingreso en la masonería (febrero del 86). Otras, lo son menos. Tal sucede con su interés por el estudio de la naturaleza humana, por conocer las razones últimas de su comportamiento, por indagar acerca de las alteraciones que pueden conducir a los hombres a la perversión y al crimen.

El inicio de tal inquietud habría que situarlo en los tiempos en que reside en Zaragoza, pues es a su regreso cuando su pluma se afana en cantar las virtudes que para la regeneración humana tiene el retorno a la naturaleza, abandonando las ciudades «donde se amontonan las pasiones bastardas, las ambiciones mezquinas, los pensamientos innobles». Ella que nació en el centro de Madrid, que se crió en las proximidades de la Puerta del Sol, tiene ahora una visión muy negativa de las ciudades, como bien podemos deducir de lo que cuenta en Influencia de la vida en el campo en la familia, publicado en 1882:

¿Qué se podrá decir de esos abismos hondos y negros, llamados calles, donde la luz opaca, vergonzosa, llena de ráfagas de sombra, penetra amarillenta al iluminar con esplendores difusos la vida del hombre, que cruza, va y vuelve sin otra noción del tiempo que la que le presta su reloj o los relojes públicos, si más idea de lo infi-nito que el paso de un cortejo fúnebre empenachado y reluciente, y sin más contacto con el cielo que la contemplación de un jirón azul estrecho, encerrado en marco de tejas y hacia el cual tiene que dirigir la mirada violentando su cabeza hacia atrás en postura incómoda? […] Nada tiene de extraño que el hombre, viviendo así, se enerve, que sus facultades intelectuales se reduzcan a los límites estrechos donde gira su existencia, y que su corazón, sin el cálido fluido que prestan los rayos del sol, se deje penetrar por el hielo del desengaño, envolviéndose en un sudario de indiferencia y de escepticismo que pervierte su naturaleza y afea y empobrece sus actos.

Si la tesis defendida en esta obra se sustenta en el hecho de que el escenario urbano en el que vive el hombre es, por su alejamiento de la naturaleza, el causante de su degeneración moral, no por ello deja de indagar también en el propio personaje y en el papel que la sociedad desempeña en el comportamiento de sus miembros. Y es ahí donde se encuentra con José María Esquerdo, un afamado médico que se había especializado en el estudio de las enfermedades mentales y en las necesidades y particularidades de quienes las padecían. El doctor Esquerdo sostenía que, en un entorno favorable y con un tratamiento adecuado, estos enfermos podrían encontrar una mejoría en sus males. Para probar sus teorías, en el año 1877 pone en funcionamiento un hospital mental en Carabanchel, por entonces a las afueras de la capital. Allí, en un entorno saludable, los enfermos llevan a cabo diversas terapias ocupacionales, bien fuera en los huertos y jardines o en el teatro, donde solían representar algunas obras dramáticas junto a familiares y enfermeros.

Aquel novedoso proyecto contribuyó a avivar el debate sobre el origen y las causas de la locura, del papel que en la enfermedad mental jugaba la herencia o acerca de los mecanismos que conducen a la degeneración humana, asuntos éstos que, como es fácil colegir, despertaban por entonces un gran interés en Rosario de Acuña, en pleno proceso de readaptación interior. Así que a nadie debe de extrañar que se fuera hasta Carabanchel a comprobar todo cuanto se pregonaba acerca del doctor Esquerdo y su sanatorio. Y a juzgar por lo que dejó escrito, quedó encantada con la visita:

Su casa de salud es un pueblo, mejor dicho un estado, cuyo rey es el racionalismo; ¡raro contraste! Toda aquella muchedumbre de locos, está regida por la razón: para ellos no hay violencias, contradicciones, brusquedades, ni satíricos ultrajes; diríase, al verlos en amigable consorcio, que es una reunión de verdaderos cuerdos: para ellos no hay más que dulzura, condescendencia, suavidad y una firmeza racional, en cuya tersa superficie se estrellan impotentes las olas de sus extraviadas sensaciones: he aquí porqué ha conseguido Esquerdo redimir al loco; él le da nombre, tratamiento, palabra, libertad y, por último, le da la razón, primer paso que le ofrece para regenerar su pensamiento, y este sabio, esta gran figura de nuestra época, que está tan plagada de fantasmas irrisorios de sabiduría y grandeza, se encuentra solo ante su obra, como estuvo solo Sansón para derribar el templo filisteo; su ciencia ha creado escuela; su fe ha reunido discípulos; su voluntad y su honrado trabajo, ha levantado ese edificio donde se refugian todos los dolores de la pasión, de la herencia o del organismo, y desde cuyas ventanas amplias y siempre abiertas, se contempla un horizonte extenso y un anchuroso cielo: su obra es de gigante, como toda obra de redención.

Además de las entusiastas alabanzas a la labor de Esquerdo, en el artículo, publicado con el expresivo título «Un redentor de locos», anticipaba algunas de las líneas de in-vestigación que habría de seguir en el futuro. Así, cuando afirma «El loco es un efecto cuya causa son los cuerdos», está señalando directamente a la sociedad como responsable, directa o indirecta, de la locura, lo cual le lleva a hacerse una pregunta crucial: «¿qué importa que llevando sus conclusiones al límite, es decir, hasta la puridad más absoluta, nos encontremos con la absolución del criminal…?»

Ahí es nada. La señora de Acuña se ha metido de lleno en una disputa de altos vuelos que no ha hecho más que empezar, la que enfrentará a juristas y alienistas acerca de la responsabilidad penal de los dementes.

El tema le apasiona porque intuye que en ese ámbito de investigación puede encontrar buena parte de las explicaciones que anda buscando. Tanto le atraen las tesis defendidas por los alienistas que no duda en convocar un certamen público bajo el lema «Irresponsabilidad del loco lúcido», dotado con mil pesetas. MIL PESETAS. ¡Qué bien le hubieran venido a ella al final de su vida, cuando ésas eran las pesetas con las que contaba para atender los gastos de todo un año… De hecho, qué bien le vinieron cuando le otorgaron el Premio Ayuso dotado con esa cantidad:

Vean la cuenta de esas pesetas que, desde luego, pueden considerarse caídas del cielo en mi hogar. Cincuenta duros de la cantidad han servido para rescatar alhajas empeñadas, que hubiera tenido dolor de corazón al perder, por haber pertenecido a mi abuela y madre. Treinta y cinco duros para pagar los réditos de la hipoteca que pesa sobre esta casuca como la llamó El Diario de la Marina de la Habana, en un sendo artículo en que se probaba que yo era bruja, que salía todas las noches por el tejado a hacer mal de ojo a los aldeanos, que vivía en una casuca miserable a cuyo alrededor no crecía ni la hierba […] Sesenta duros para saldar deudas de judías, tocino, harina de maíz, aceite, patatas, cebollas, algún kilo que otro de carne y leche de la de botes, porque los campesinos no me venden las de vacas. Lista de comestibles que hace ya tiempo viene siendo mi cotidiano menú; pero como yo soy una regular cocinera y no dejo que se me peguen las gachas, ni se socarren las judías, ni se deshagan las patatas, ni se quemen el aceite o las cebollas, resultan suculento festín con el cual hasta la fecha no se pasó hambre.Diez duros de carbón vegetal que se debían y que es el combustible que gasto en un año, a más de unas cuantas pesetas de jabón para el lavado y otros avíos caseros.

Sobre todo esto pagado, ¡ah! que se me ha quitado de encima y que pesaba como una tonelada, habrá que comprar zapatos, que ya andaban los pies con vergüenza de las zapatillas de invierno.

Total me quedan unos cuarenta duros que, bien administrados, me aseguran tres meses de la alimentación acostumbrada (pues ya sabe usted que cuento con mil pesetas anuales de viudedad) y un año de seguridad en mi casuca sin andar con la ropa al hombro, en sobresalto continuo…

Sí, qué bien le hubieran venido entonces esas mil pesetas que entregó entonces al ganador del certamen por ella convocado…

En fín… a lo que vamos. Quedamos en que Rosario de Acuña está interesada en «averiguar y dilucidar en lo posible la línea divisoria entre la razón y la locura», y son sus palabras, y que, movida por este interés, a finales de 1885 hace público ofrecimiento de un premio de mil pesetas a quien presentara el mejor estudio acerca de este tema. Nuestra protagonista lo explicaba públicamente años después:

…fundé el certamen que, a más de servir de honra a la memoria de un sabio [en referencia al doctor Luque, fundador del cuerpo de médicos forenses], me sirviera a mí para conocer las capacidades frenopáticas que poseía mi patria, y además para aclarar algún punto de la oscura cuestión de la zona médica, que solamente de la investigación brota la verdad, y un concurso de la naturaleza del que cito había de servir de gran estímulo a la investigación.

Resta por decir, que el jurado, integrado por «eminencias científicas», según expre-sión utilizada por la fundadora, otorgó el premio a la memoria presentada por José María Escuder, un discípulo del doctor Esquerdo a cuyas órdenes trabaja en el sanatorio de Carabanchel, quien pocos años después de recibir el galardón adquiriría cierta notoriedad con ocasión de su intervención en calidad de perito en el denominado Caso Galeote, un crimen que, dada la identidad de los protagonistas, suscitó apasionados debates.

No era para menos. El 18 de abril de 1886, Narciso Martínez, primer obispo de la diócesis de Madrid-Alcalá caía herido de muerte, a las puertas de la iglesia-catedral de San Isidro y ante numerosos testigos, tras recibir por la espalda tres disparos efectuados por el cura Cayetano Galeote. Aunque para muchos el asunto estaba claro desde el principio, y el tal Galeote era un asesino, hubo un sector de la prensa que, apoyándose en los informes de los frenópatas, defendía que el cura era un demente. O sea, que lo que se estaba dirimiendo en el proceso tenía que ver con esa línea divisoria entre la razón y la locura que tanto parecía interesar a nuestra protagonista. De hecho, tal era su interés que acude un día tras otro a la sala donde se celebra el juicio. Decidida a no perder detalle de todo lo que allí se dice, va provista de lápiz y cuartillas para realizar las anotaciones que considera pertinentes, lo cual no pasa desapercibido para los miembros de la prensa, alguno de los cuales se refieren a ella en sus crónicas como la «señora del rincón», alusión que motivó una respuesta pública e inmediata de la aludida:

Como podrá ver en el mismo calificativo de la del rincón, jamás he procurado hacerme visible; antes bien, me gusta contemplar todos los actos de la comedia humana desde los rincones, por creerme de este modo en mejores condiciones de observación, único medio positivo de llegar a saber algo en todas las sabidurías, fin absoluto y sin solución de continuidad que antes, ahora, y supongo que después, mueve las actividades de mi vida: pero como quiera que el párrafo citado da lugar a otros en que se descubre a través de culto estilo toda la fina ironía del hombre ilustrado cuando trata de la mujer, siquiera no sea ilustrada, sino meramente ambiciosa de ilustración, salgo de mi rincón, y como siempre que se trata del esclarecimiento de un hecho en que la verdad queda desconocida y su desconocimiento puede causar la depreciación de una mayoría, firmo con mi nombre las siguientes líneas, sin temor a colocarme a plena luz, porque es muy importante que una mayoría, la mayoría de las mujeres, recobre su verdadero sitio de seres aptos para pensar, al igual que la mayoría de los hombres, verdad que se encuentra algún tanto combatida en el hecho que motiva estas líneas. Ahora, particularmente, y para que si es posible se me deje tranquila en el rincón, único sitio de mi agrado en aquella sala […], voy a manifestarle las causas que, a más de la expuesta como esencial, me mueven a la anotación del juicio de Galeote.

Y es aquí donde se refiere al interés que le suscita el estudio de las enfermedades mentales, que intenta satisfacer con la adquisición de cuantas obras va produciendo la ciencia europea y que fue la razón que motivó la fundación del certamen científico al que me he referido, en el cual, como también queda dicho, fue premiado el trabajo presentado por el doctor Escuder, uno de los peritos presentes en la causa… Es tal el interés que le suscita el caso Galeote, que al final de su carta, hace públicas sus intenciones de escribir sobre el tema:

Ahora bien, el juicio clínico frenopático sobre el desgraciado Galeote es una a modo de continuidad el tema sobre el cual quiero saber lo posible, y por tanto, armada de lápiz y cuartillas, si bien incómoda por no encontrarme ante los pupitres de la prensa, tomo nota de todo lo que puede servir a mis fines, y demostrar con científicas aclaraciones el pavoroso problema de lo que es razón y lo que es locura.

Doy por terminadas estas explicaciones que he creído necesarias a la verdad; no es ésta la sola vez que he de ocuparme del proceso Galeote […] tengo el propósito de escribir extensamente sobre este asunto, uno de los de más trascendencia teológica, metafísica, social y frenopática que podrá verse en lo que resta de siglo.


No tengo constancia de que, tal como anuncia, escribiera alguna cosa más sobre el caso del cura Galeote, de lo que sí sabemos es de sus reflexiones en torno a otro proceso que, apenas un par de años después, volvió a atraer su atención: el conocido como Crimen de la calle de Fuencarral.

En la madrugada del 1 al 2 de julio de 1888, los vecinos de un bloque de viviendas situado en la madrileña calle de Fuencarral dan la voz de alarma al percatarse de que de uno de los pisos del inmueble sale humo. Cuando la policía consigue franquear la puerta, descubre el cadáver casi carbonizado de Luciana Borcino, la dueña de la casa; en otra estancia encuentran desmayada a Higinia Balaguer, una joven que estaba ocupada como sirvienta. Conocido el suceso, la prensa no tarda en facilitar nuevos datos: se dice que la fallecida era una viuda rica (se le calcula una renta anual de unos cinco mil duros); que el cadáver tenía una herida incisa punzante en la región torácica, mortal de necesidad, y otras dos heridas en los costados; que al lado de la desmayada criada se halló un perro muerto a quien, al parecer, nadie oyó ladrar; que el móvil no pudo haber sido el del robo pues en la casa se encontró el dinero y las alhajas… Las sospechas recaen desde el principio en la joven Higinia, que apenas lleva una semana en la casa. No obstante, lo que iba camino de ser un crimen más, de esos que pronto se olvidan, pasa a convertirse en un asunto principal para buena parte de la prensa. Todo empieza a cambiar cuando la sirvienta es interrogada: acusa entonces a José Vázquez Varela, el hijo de la víctima. A quienes le conocen, la acusación no les debe sorprender en absoluto, pues el joven, también llamado Varelita o el Pollo Varela, tiene una merecida fama de pendenciero y delincuente. Sin embargo la acusación de Higinia tropieza con lo que tiene visos de ser una coartada perfecta: Varela está cumpliendo condena en la cárcel Modelo.

Sin querer dar el caso por concluido, los periódicos se hacen eco de un rumor que circula por Madrid que afirma que el Pollo Varela entra y sale de la cárcel cuando quiere, y lo hace con el consentimiento del mismísimo director de la Modelo: unos testigos dicen que al reo lo han visto por la calle, otros afinan más y señalan que a mediados de junio estuvo en los toros, en la corrida de Beneficencia… Desde ese mismo momento, la vista acrecienta su interés para buena parte de la prensa, pues el director de la Modelo no es otro que José Millán Astray, un protegido del mismísimo Montero Ríos, por entonces presidente del Tribunal Supremo. Por tanto, atacar a Millán supone hacerlo contra Montero Ríos y, por extensión, contra el Gobierno.

La prensa, que gracias al respaldo de leyes más permisivas, como la liberal de 1883, se encontraba por entonces inmersa en un proceso de expansión intentando captar el interés de nuevos lectores y anunciantes, apuesta de manera decidida por aquel caso. El seguimiento se hace diario, con informaciones que los gacetilleros obtienen del tribunal, las descripciones más o menos realistas de los bajos fondos por donde suelen moverse algunos de los protagonistas o las historias que se cuentan del pasado de algunos de ellos, todo ello bien acompañado de dibujos o grabados de los principales actores de este drama. Como diría un cronista que siguió atentamente el caso: «La prensa busca en primer lugar emociones con que saciar la voracidad de sus lectores, procura dar a estos cada día noticias estupendas», para añadir, a modo de ejemplo, «En cuanto se indica que tal o cual persona va a ser interrogada por el juez, los periodistas buscan su domicilio, le encuentran, se encaran con la persona, la acosan a preguntas, y no vuelven a la redacción sin un caudal más o menos auténtico de noticias»

El cronista al que me refiero era un escritor llamado Benito Pérez Galdós, quien, fascinado por cuanto rodeaba aquel suceso se ocupó de él en profundidad escribiendo varias crónicas para el diario bonaerense La Prensa, aunque para ello tuviera que dejar a un lado sus otras ocupaciones, tanto la de novelista reputado (no en vano acababa de publicar una que llevaba por título Fortunata y Jacinta), como la más reciente de diputado en Cortes, pues en 1886 obtuvo el acta de diputado por la circunscripción de Guayama (Puerto Rico).

Así las cosas, no nos debería de extrañar que, conociendo lo que conocemos, a doña Rosario de Acuña aquel asunto le habría de resultar muy atractivo, por más que sus objetivos no fueran, ni por asomo, los que empujaban a la prensa a la febril actividad que desarrolló por entonces, ni siquiera coincidieran con los de su admirado Galdós. Ya sabemos que a ella lo que le interesa es la razón o la sinrazón de la naturaleza humana, la causa última de sus desvaríos. Y para que no haya dudas así lo hace saber en el mismo inicio de sus reflexiones públicas sobre el asunto:

«Elevándose con la posible serenidad sobre este hervidero tempestuoso de exacerbadas pasiones que el crimen de la calle de Fuencarral (como la mayoría lo nombra) ha producido en nuestra sociedad, se descubre un extendido campo de problemas, cuyo eje fundamental e inconmovible, ante una indagación de buena fe, se caracteriza con una sola palabra: educación.»

A ella no parece interesarle ni la repercusión social que está teniendo aquel proceso, ni el papel que en este asunto desempeña la prensa, ni si se está intentando aprovechar este juicio para sacar rédito político. Lo que le preocupa es indagar en el pasado de Vázquez Varela para intentar localizar el inicio del mal, porque aunque Varela no llegara a ser condenado por parricida, suficientes pruebas hay de su malignidad y, por tanto, es menester conocer cómo y en qué circunstancias empezó a caminar por la senda de la perversión. Su conclusión parece clara: «su cuna fue el mullido barbecho donde empezó a desarrollarse el germen del vicio». Y lo fue por haber sido un niño excesivamente mimado, a tenor de lo que el propio Varela confiesa «su madre siempre empezaba por negarle lo que después le concedía». Y esto es para el autora un gran error, por cuanto «No guiándose el plan educativo por un sentido moral inquebrantable, la irresolución y debilidad es la primera consecuencia que recibe el niño, el cual pierde la fe en la superioridad de la madre».


A la nociva falta de criterio maternal durante la primera crianza,
suma Rosario de Acuña la perversa educación que el niño Varela recibió
después en un convento donde fue impregnado de toda la pedagogía
jesuítica: allí «se le dijo todo lo bueno, se le enseñó todo lo malo».
Para añadir:

«”Al que te pida la capa le das la capa y la túnica”; esto dice la moral del Evangelio cristiano […]; esto debió oírlo mil veces en la católica, apostólica, romana mansión que le abrió sus puertas, y a la par que esto aprendía en las lecciones, su inteligencia, viva tal vez para toda observación maliciosa, comprobaba esta enseñanza ideal con la real de los hechos; acaso oyó una y cien veces en el seno de su hogar maldecir del coste de su educación, de las socaliñas de propinas, rifas y regalos con que en los conventos acosan a las familias de los educandos, de la carestía de la pedagogía jesuítica, y con juicio exacto, que para esta deducción bien escasa potencia intelectual se necesita, comprobó la virtud aprendida con la virtud acostumbrada, y su sentido moral, falseado en su más hondo cimiento, le hizo apreciar como secundarios accidentes de la vida el desinterés, la abnegación, la generosidad, ¡esas tres maravillosas virtudes esenciales de la moral, que deben incrustarse en las almas infantiles como tres diamantes de inapreciable valor, con los cuales pueden comprarse todas las dichas juntas de la tierra!»

A estas alturas, camino ya de los treinta ocho años, bien podemos decir que nuestra protagonista ha dado un vuelco a su vida: la encantadora y prometedora escritora, la joven e ilusionada esposa, la bien querida hija de don Felipe y doña Dolores, la vástaga de la noble estirpe de los Acuña, se ha convertido en una mujer separada, librepensadora, republicana y masona. Y actúa en consecuencia.

A ella, ciertamente, del crimen de la calle de Fuencarral, no le preocupa el mayor o menor interés literario de aquel folletón por entregas, protagonizado por, al decir de algunos, unos personajes muy galdosianos. Lo que a doña Rosario le interesa de Higinia Balaguer será todo lo que atañe a su crianza, con el ánimo de indagar en las condiciones en las cuales se forjó la naturaleza de esta mujer, calificada por el abogado de la acusación particular como «criminal inteligentísima y extremadamente peligrosa». Así que, con los datos disponibles en el sumario, se atreve a recrear el escenario en el que transcurrió la infancia de Higinia en una pequeña aldea del Campo de Borja.

«El hambre tal vez acosaba, la ignorancia no necesitaba acosar, porque es el estado natural de los habitantes de nuestras aldeas. La pequeñuela nace, ¿para qué servirá? He aquí la primera pregunta mental que cruza por la inteligencia de sus padres. Se la lleva a la siega, a la vendimia o al pastoreo […] por la noche la madre está rendida, duerme y duerme, y mil veces la pequeña buscó en vano el amoroso calor del seno materno; se cría sin amor porque el hambre, la miseria y el trabajo borran en las madres de nuestro pueblo hasta los instintos de la maternidad […] En el hogar de la pequeñuela no hay más que una esperanza: la de verla grande para que sea útil» Pronto se hace cargo del cuidado de sus hermanos. Crece al fin; sus pequeños hermanos ya tienen en ella su niñera…]


Y de su educación ¿qué sabemos? Poca cosa, lo que ella contó en el juicio: «Usted aprendió bien el Catecismo, ¿verdad?» «Sí, señora, como todos lo aprendemos; pero eso, ¿qué?» Ahí está toda su educación, «en que se aprendan de memoria esos diez mandamientos estriba todo el plan de enseñanza que rige nuestros pueblos rurales». Y a renglón seguido se adentra la librepensadora a intentar demostrar, mandamiento a mandamiento, que la letra resbala sobre los espíritus incultos, sin dejar el menor vestigio, y lo hace porque una cosa es aquello que recitan de carrerilla y otra, muy distinta, lo que ven a su alrededor: apariencia, hipocresía, supervivencia…. Así pues, con la letanía en los labios y con el corazón bien hollado por el duro aprendizaje adquirido día tras día, comienza Higinia a caminar sola por la vida:

«Allá marcha, a la ciudad, con el Catecismo aprendido; no sabe leer ni escribir; no conoce las cosas más fundamentales y sencillas leyes de la naturaleza, de las cuales se desprende una moral tan pura; no aprendió ni siquiera a reflexionar sobre sí misma; ha sufrido desamor, los golpes, el trabajo, acaso superior a sus fuerzas; lleva en su mente, no la semblanza del amor a Dios y a su prójimo, la inquina contra la Providencia y la desconfianza hacia sus semejantes…»

¿A qué esperar a la sentencia? Para Rosario de Acuña no hace ninguna falta: los encausados Varela, Higinia, Dolores Ávila, María Ávila y Millán Astray aunque fueran culpables de los hechos que se les imputan, no por ello dejan de ser, además, víctimas de un sistema hipócrita y corrupto, de una sociedad enferma:

«… en donde por desgracia encuentra tan fácilmente calor y savia el germen del vicio. En todos nosotros hay algo de esa responsabilidad que se lanza sobre el criminal; sólo estando convencidos de ello podrá desaparecer el crimen. Escudriñemos con firme serenidad los fondos sociales y veremos en ellos, bajo la superficie cristalina de transparentes manantiales, un lecho de infecundo cieno. Todo lo somos, ¡todo menos hombres! ¡Ni una mirada a la conciencia! ¡Ni una mirada a la dignidad¡ ¡Ni una mirada al pudor! ¡Ni una mirada al cielo, a lo eterno, a lo incorruptible! Nuestra vista está fija en una línea rasante con los más inmediatos hori-zontes: el dinero, el poder…»

Y si mal está la parte más baja de la sociedad, peor es la opinión que tiene de los dirigentes, no muy diferente, por cierto, a la que se suele escuchar en nuestros días:

«He aquí el lema de nuestros gobiernos. Dan contratas donde los plebeyos endiosados, acaso presidiarios ayer, ganen millones a cambio de que caiga en sus manos los desperdicios de la ganancia; préstanse influencias a entes degenerados, cuyo único mérito es atusarse simétricamente la perfumada barba a cambio de que su cabeza, al decir sí o no, contribuya al triunfo de éste o aquél programa; y la gobernación de provincias, departamentos o regiones, es el sabroso premio con el cual se recompensan los saltos de los más impúdicos».

Ahí la tenéis. Ella es aquella mujer que en los primeros meses del año ochenta y tres, desengañada y dolorida, inició una larga travesía del desierto, un periodo de agonía constante, de existenciales dudas, de profundas vacilaciones, de juveniles evocaciones, de repensadas vivencias; un tiempo de análisis sistemático de la naturaleza humana, de darle vueltas y más vueltas al origen del mal y de la degeneración… Cinco años después se muestra convencida de que es la sociedad la que está mal, la que no funciona, que «el penado no brota de una manera espontánea».

No contenta con describir el cuadro de la enfermedad, con unir su voz a quienes no tardando habrán de clamar por una regeneración de la sociedad, apunta a la educación como el principal remedio y asigna a las mujeres el papel protagonista en el proceso de cambio:

«Sed dignas madres de los futuros hombres. En vosotras radica la viril rectitud de vuestra descendencia; dadles primero el fluido de una inteligencia rica, vigorosa, firme y segura; dadles después la noción de una virtud sincera, inquebrantable, tranquila y consciente; enseñadles al criminal y explicadles el crimen, y que de sus ojos brote una lágrima de piedad para el delincuente y de sus labios un grito de horror para el delito.»

Y por esa misma senda, reclamando para las madres, para las mujeres, el protagonismo en la regeneración de una sociedad enferma, continuará a partir de entonces y lo hará hasta el final, hasta aquel plomizo día, el domingo hará noventa años, en que una de sus arterias cerebrales se obstruye, dejándola al borde de la muerte cuando al parecer, trajinaba por la cocina, preparando algún cocido o guiso, quizás esas sardinas rellenas de las que nos ha dejado cumplida receta.

Muchas gracias.

 

91. Rosario de Acuña en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

El pasado 28 de febrero la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes inauguró un portal dedicado a Rosario de Acuña y Villanueva, con lo cual esta infatigable luchadora pasa a compartir espacio con otras destacadas  escritoras del diecinueve como  Concepción Arenal, Fernán Caballero, Rosalía de Castro, Emilia Pardo Bazán o Gertrudis Gómez de Avellaneda.

Esta es, sin duda, una excelente noticia para todos cuantos, en una u otra medida,  hemos venido contribuyendo durante los últimos años en  la  divulgación de  la vida y obra de esta singular mujer. Y lo es porque damos por supuesto que el referido portal contribuirá grandemente a esta tarea colectiva, a la que se hace mención en la Presentación de este espacio:

A finales de los sesenta del pasado siglo pocos eran los que podían decir cosa alguna de Rosario de Acuña y Villanueva. Apenas habían pasado cuatro décadas desde su muerte y su memoria parecía haberse desvanecido.

Entonces, y de esto hace ya cuatro años, se decía que las cosas habían empezado a cambiar y que gracias a las aportaciones de Patricio Adúriz y de cuantos le sucedieron en el empeño, (Javier Ramos, Amaro del Rosal, Mauro Muñiz, Sara Suárez Solís, Luciano Castañón, José Bolado, Pedro Álvarez Lázaro, José Ramón Saíz Viadero, Matilde Camús, Daniel Palacio, María del Carmen Simón Palmer, Elvira María Pérez-Manso, María Teresa Álvarez, María de los Ángeles Ayala, María José Lacalzada, Íñigo Sánchez Lama, Christine Arkinstall, Luis Roda, Aquilino González Neira, Marta Fernández Morales, Esther Zaplana o Macrino F. Riera, autor de estas líneas y de Rosario de Acuña en Asturias y Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato),  ahora  conocemos mucho mejor quién fue esta ilustre librepensadora y qué papel desempeñó en la España que le tocó vivir.

Si eso decíamos entonces, qué no podremos decir ahora. Esperamos mucho de tan prestigioso aliado, pues tras varios de funcionamiento la BVMC  se ha consolidado como un indiscutible espacio de referencia de la cultura en español, el gran fondo de obras clásicas en lenguas hispánicas en la Red. Si con el esfuerzo individual de unos pocos hemos conseguido lo que hemos conseguido, qué no podremos  esperar de una estructura tan potente.

Es previsible que, no tardando,  tanto la cronología de la vida de la autora,   la bibliografía a ella referida, el número de obras digitalizadas (disponibles en la Red desde el año 2009),  así como el resto de información  que  ahora tenemos a nuestra disposición,  se vea sensiblemente mejorado, lo cual redundará en un mejor conocimiento del testimonio vital que nos legó doña Rosario de Acuña y Villanueva.

Que así sea.

83. Que no, que no. Que nació en Madrid

Escribo estas líneas el jueves 28 de octubre, horas después de que se hiciera pública la muerte de Marcelino Camacho. Luego resultó que la noticia no era tal, que el dirigente sindical se encontraba ingresado en un hospital de Madrid en estado muy grave, pero que no había muerto. Al parecer, los errores se sucedieron: una agencia proporcionó la noticia — sin haberla contrastado, se supone— a sus abonados, algunos de los cuales la publican sin más. Hete tú aquí, que hay quien llama a la familia y comprueba que lo publicado no es cierto, que el fundador de CCOO está grave, pero aún vive.

Sirva el hecho como muestra  de la confusión que rige nuestros actos: tal parece que nos importa más la cantidad que la calidad, la rapidez que la verdad. ¿Para que perder tiempo contrastando una fecha, un dato… una muerte?

Si esto sucede con hechos contemporáneos, de fácil comprobación, ¿qué no sucederá con asuntos acaecidos décadas atrás? De eso sabemos bastante todos cuantos nos dedicamos a rastrear  las fuentes del pasado: los errores, las pistas falsas, suponen mayor contratiempo que la ausencia de datos. Veamos un ejemplo en el asunto que nos compete: cuando empecé a investigar acerca de  la vida y obra de doña Rosario de Acuña
—hará de esto del orden unos de diez años— me sorprendió que no hubiera datos ciertos sobre su lugar de nacimiento, pues unos afirmaban que era oriunda de Pinto y otros que decían que había nacido en Bezana, en Madrid o en Cuba. En cambio, parecía haber unanimidad en cuanto al año: 1851.

Tras varios años de investigaciones, en Rosario de Acuña en Asturias (2005) pude avanzar lo siguiente:  «Una vida que comenzó mediado el anterior siglo [me refería al de su llegada a Gijón] en Madrid, donde ve la luz el primer día de noviembre del año 1850, en las cercanías de la que será más tarde la Gran Vía madrileña». Por tanto, a pesar de lo que se había venido diciendo, no había nacido ni en Pinto, ni en ningún otro lugar que no fuera la capital de España; y no lo había hecho en el año 1851. Más adelante, en otro capítulo, citaba algunos de los argumentos en los que basaba aquella afirmación. El más contundente de todos ellos quizás fuera el aportado por Francisco Fernández de Bethencourt, quien en su Historia genealógica y heráldica de la Monarquía Española, publicada en 1901, señalaba lo que sigue: «Doña María del Rosario Santos Josefa de Acuña y Villanueva, nacida en Madrid el 1º de noviembre de 1850, bautizada el 2 en la parroquial de San Martín…». Basándome en este dato, de gran precisión y procedente de una fuente cuya fiabilidad había podido contrastar en ocasiones anteriores, así como en algunos otros que allí también enumeraba y que apuntaban en la misma dirección, di por buena aquella fecha, a pesar de que cuantos a ella se han referido en el pasado, y aun en el presente, en las diversas enciclopedias, historias de la literatura y monografías que he consultado se habían empeñado en afirmar que 1851 era el año del nacimiento de Rosario de Acuña y Villanueva.

No era uno, sino  varios los argumentos en los que me apoyaba para realizar esa afirmación.  De todas formas, meses después recibí la prueba que estaba esperando: la copia de la Partida de bautismo de la escritora, documento que se encuentra en el expediente abierto en 1883 con motivo de la solicitud de pensión de viudedad que realizó su madre por entonces. No sólo hice mención a la existencia del documento en Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato (2009), sino que poco después publiqué el texto de la citada Partida en la página «Rosario de Acuña. Vida y obra»:

«En la Iglesia Parroquial de S. Martín de Madrid a dos de Noviembre de mil ochocientos cincuenta, Yo D. Sebastián Fernández, Teniente Cura de ella, bauticé solemnemente y puse los Santos Óleos y Crisma a una niña que nació el día primero del corriente a las cinco y media de la mañana en la calle de Fomento número veintinueve y la puse por nombre María del Rosario Santos Josefa, hija legítima de D. Felipe Acuña, natural de Arjonilla, provincia de Jaén, y de Dª Dolores Villanueva de Elices, natural de Yebra, diócesis de Toledo. Abuelos paternos D. Felipe, natural de Baeza, provincia de Jaén y Dª Rosario Solís y Abellán, natural de Doña Mencía, provincia de Córdoba, y los maternos D. Juan, natural de San Pedro del Monte, provincia de León y Dª Polonia Elices, natural de Ocaña. Padrinos D. José Gómez y Dª Francisca Elices, a quienes advertí el parentesco espiritual y obligaciones. Testigos D. Isidoro María Fernández y D. José Sánchez y lo firmé. Sebastián Fernández.»

Bien creía, iluso de mí, que con aquello sería suficiente, que ya nadie albergaría dudas al respecto y que de a partir de  entonces no habría publicación que no dijera que doña Rosario de Acuña y Villanueva había nacido en Madrid el primer día de noviembre del año 1850 (en unos días,  el CLX aniversario).

Claro está que no contaba con el hecho de que la Wikipedia puede ser actualizada por cualquiera que pase por allí.  Y el otro día me encontré con que en este lugar tan socorrido en estos tiempos la entrada dedicada a nuestra librepensadora se decía que había nacido en Pinto el 1 de noviembre de 1851.

De nuevo a las andadas.  ¡Qué tiempos! Todo rápido, todo globalizado,  todo al alcance de todos… Lo que a unos les lleva años de investigación, otros lo resuelven con una lectura de reojo; lo que a unos les supone consultar y consultar fuentes, otros lo ventilan cortando y pegando de cualquier sitio en el cual  ha sido publicado tras haberlo cortado y pegado de vete tú a saber dónde…

70. «Doña Rosario de Acuña», por José Nakens

Ha muerto esta señora; señora en todas las nobles y elevadas acepciones de la palabra. El sábado 5 del corriente dejó de latir aquel corazón que tanto amó a los humildes.

Por Gijón y por toda España cundió la noticia, arrancando expresiones de pesar.

El entierro fue civil, concurriendo a él gentes de todas las clases sociales, especialmente de la obrera.

La carroza fúnebre no pudo utilizarse, porque el pueblo quiso conducir a hombros el féretro para demostrar de este modo su cariño a la muerta.

Como literata, pues lo era a gran altura, cultivó Rosario de Acuña el verso y la prosa, alternando en lo dramático, en el poema y en el periodismo.

En 1876 estrenó el drama en verso Rienzi el tribuno, que obtuvo un triunfo enorme. El público pidió, entusiasmado, la presencia del autor, y cuando se oyó el nombre de la poetisa, se reprodujo la sorpresa, pues contaba a la sazón veinticinco años. La crítica acogió tan favorablemente la obra, que los más salientes escritores decidieron dedicarle un álbum, homenaje que ella rechazó.

Escribió dramas, Tribunales de venganza, El padre Juan y Amor a la patria; libros como La siesta y Tiempo perdido; y poemas como En las orillas del mar y Ecos del alma.

Colaboró en Las Dominicales del Libre Pensamiento, de Madrid; El Diluvio, de Barcelona; El Pueblo de Valencia; El Noroeste, de Gijón, y El Motín.

Su pluma era entera; su inspiración, fácil; su corrección, exquisita. En los versos transcritos en otro lugar[1], pueden observarse estas cualidades. Rosario de Acuña sufrió persecuciones sin cuento por sus ideas.

Cuando estrenó con gran éxito El padre Juan en abril de 1891 en el teatro de la Alhambra, prohibieron su representación al quinto día [en realidad fue la misma noche del estreno], por su marcada tendencia racionalista.

En un periódico de Barcelona emitió juicios sobre la juventud y las costumbres de la época [se refiere a La jarca de la Universidad], que promovieron un revuelo grandísimo y el procesamiento de la autora, que viose obligada a refugiarse en Portugal, tierra hermana que ella conocía y amaba. Cuando volvió a España, se refugió en su casa de las cercanías de Gijón, edificada sobre un promontorio.

El año 17, cuando la huelga general, fue molestada con registros y amenazas. Los soldados creían comprobar en casa de la escritora denuncias anónimas que hablaban de armas y explosivos ocultos. La intervención de Castrovido puso fin a tan deplorables episodios.

Aunque hizo todo el bien que puso se la acosaba hasta en su retiro y, pobre y anciana tuvo que soportar la barbarie de ciertas gentes que azuzadas por clericales estimuladores de la ignorancia y la superstición, tildábanla de bruja y nigromántica. Llagó a publicarse en periódicos la afirmación de que Rosario de Acuña había encantado a varias personas y teníalas en su casa convertidas en bestias. Y también se dijo en un artículo firmado, que en noches de tormenta volaba la escritora montada sobre los riñones de un demonio verde [Véase La casa del diablo]. Todo con la sana intención de excitar el fanatismo de la gente aldeana que pudo ocasionar cualquier salvajismo.

Diatribas, calumnias, persecuciones. A todo, y también a la miseria, supo resistir la noble señora que acaba de morir.

No hizo daño a nadie y empleó su pluma, su palabra y sus escasos medios pecuniarios en auxiliar a los caídos, a los pobres, a los ignorantes. Pudo medrar haciendo la corte a los poderosos y prefirió defender a los que no lo eran. Este es su más cumplido elogio.

Yo, que la admiraba, he sentido mucho su muerte.

El Motín, Madrid, 12-5-1923


[1] En la misma página se publican «A mi madre» y «Más allá de la muerte».

54. De “señora de Laiglesia” a combativa feminista

[Texto de la conferencia pronunciada el jueves 8 de abril de 2010 en el Centro de Cultura Antiguo Instituto de Gijón con motivo de la celebración del XX aniversario de la creación del Instituto Rosario de Acuña]

Buenas tardes.

A finales de los sesenta del pasado siglo, pocos eran los que podían decir cosa alguna acerca de Rosario de Acuña y Villanueva. Apenas habían pasado cuatro décadas desde que fuera enterrada  y su memoria parecía haberse desvanecido. Hubo quien, no obstante, atraído por el eco lejano de su nombre, se adentró voluntarioso entre la neblina para intentar encontrar algún rastro de esta mujer, cuyo nombre permanecía incrustado en lo más profundo de los acantilados de El Cervigón. Patricio Adúriz, quien años más tarde sería nombrado cronista oficial de Gijón, lo contaba así en las páginas del diario El Comercio en febrero de 1969:

«Hace muchos años que nos veníamos preguntando ¿quién era Rosario Acuña? Esa ignorancia nuestra, compartida por el común de los gijoneses, vino a ser como una obsesión lacerante. Y es el caso que es una realidad que teníamos ahí, al alcance de la mano. Frases como ésta: estuve por Rosario Acuña, o, fui a dar un paseo hasta Rosario Acuña, se repiten, al cabo del año, miles de veces. A muchos, no obstante, éste que vino a ser topónimo con carta de naturaleza entre nosotros, no les espoleaba la curiosidad. A otros, sin embargo, sí. Y éramos muchos los curiosos por lo que pude apreciar andando el tiempo.»

Entre los curiosos a los que hacía mención don Patricio se encontraba Amaro del Rosal Díaz, un asturiano exiliado en México, que había sido Secretario Adjunto de la Unión General de Trabajadores en los primeros años treinta y Director general de la Caja de Reparaciones durante la Guerra Civil [Véase « 35. El impulso que vino de México»]. Desde la lejanía, desde su exilio mexicano, utilizando la correspondencia como principal instrumento  y gracias a varios colaboradores que le auxiliaban desde España, del Rosal va reuniendo todo aquel  material que tuviera alguna relación  con la escritora, pues —según sus propias palabras— tenía como objetivo «sacarla del olvido y darla a conocer a la juventud de hoy que tanto necesita de un ideario de libertad, de justicia y de humanismo, que son las tres palabras a las que Rosario de Acuña dedicó su vida…».

Las pesquisas conducen a los investigadores hasta Aquilina Rodríguez Arbesú,  quien en Tremañes recordaba su etapa de librepensadora,  militante del Partido Republicano Democrático Federal y amiga de doña Rosario, de la cual conservaba valiosos recuerdos. Ella fue quien  facilitó a Luciano Castañón fotos, escritos, recortes de periódicos y el proyecto de testamento ológrafo fechado en 1907 que ahora conocemos. Gracias a esta mujer, la neblina que ocultaba el testimonio de Rosario de Acuña empezó a levantarse. Los documentos que atesoró durante tanto tiempo sirvieron de base al reportaje de Patricio Aduriz titulado «Rosario Acuña», que el diario gijonés El Comercio publicó en cinco entregas en la primavera de 1969; y sirvieron también para documentar el que Javier Ramos publicó en la revista Asturias Semanal en octubre de 1973 con el título «Rosario de Acuña: una mujer que se adelantó a su época».

Los esfuerzos de Amaro del Rosal, Patricio Adúriz y   Luciano Castañón no fueron en vano. Gracias a ellos y a cuantos les sucedieron en el intento por recuperar la memoria de quien fuera una de las vecinas más ilustres de Gijón, hoy conocemos mucho mejor quién fue doña Rosario de Acuña y Villanueva. En la actualidad, cualquier persona interesada  puede consultar la práctica totalidad de sus escritos, bien sea en la edición realizada por José Bolado, bien en Internet, donde podemos encontrar una página dedicada monográficamente a nuestra protagonista, a la que nos podrá conducir cualquier buscador con tan sólo teclear «Rosario de Acuña. Vida y Obra». Contamos, además, con estudios recientes que se han ocupado de analizar  el papel que la librepensadora desempeñó en la soterrada batalla ideológica que se vivió en España durante el Periodo Interrepublicano.

Así las cosas, dando por alcanzado el objetivo de rescatar del olvido a tan preclara mujer, consideré que mi intervención hoy aquí podría resultar más provechosa si,  en vez de intentar realizar una aproximación a la figura de doña Rosario, me afanaba en  focalizar la atención de los presentes hacia  uno de los aspectos más interesantes de su brillante legado: su pensamiento feminista o, si se prefiere, sus ideas sobre la situación de la mujer en la España que le tocó vivir. Asunto éste en el que, como todos ustedes pueden suponer, no mantuvo una posición única e invariable a lo largo de su vida. Antes al contrario, en su biografía nos vamos a encontrar con una fractura producida en los primeros años ochenta, cuando ella contaba treinta y pocos, que marcará un antes y un después en la posición que adopta ante la vida.  De ahí el título que he elegido para mi intervención: «De “señora de Laiglesia” a combativa feminista», que sugiere un punto de partida, otro de llegada y, entre ambos, una transformación, un profundo cambio.

Vayamos, por tanto, al momento inicial de esta historia: 22 de abril de 1876. Ese sábado un grupo de notables  de la Villa y Corte se reúne en la  parroquial de Santa Cruz para asistir a la ceremonia que habrá de unir en matrimonio a Rosario y a Rafael. Allí vemos a  doña Dolores Villanueva de Elices junto a don Felipe de Acuña y Solís arropando a su única hija, una joven que luce con garbo la hermosa juventud de sus veinticinco años; y a don Augusto de Laiglesia y Laiglesia, viudo de doña María del Rosario Auset y Pérez de Lema, haciendo lo propio con el novio, que es algo más joven, pues en enero ha cumplido los veintidós. A no dudar que entre los presentes se encontrarían destacadas personalidades de la sociedad madrileña, pues, no hay que olvidar que el hermano mayor del novio no hace mucho que se ha convertido en diputado del Partido Conservador por la circunscripción de Puerto Rico, ni que uno de sus cuñados es Emilio Gutiérrez-Gamero y Romate, quien a su faceta de afamado escritor une la de ex diputado. La novia, por su parte, es hija del Inspector Jefe de Ferrocarriles del ministerio de Fomento, sobrina de don Antonio María de Acuña y Solís, gobernador civil cesante de Castellón, prima de don Pedro Manuel de Acuña Espinosa de los Monteros, diputado y gobernador, al tiempo que Señor de la Torre de Valenzuela, así como del marqués de Rianzuela y de la condesa de Benazuza, y cuenta entre sus parientes con el   académico, senador por la provincia de Jaén y ex ministro don Antonio Benavides y Fernández Navarrete, y con el hermano de éste, don Francisco de Paula, por entonces Patriarca de las Indias Orientales y no tardando cardenal y arzobispo de Zaragoza.

Conozcamos ahora a los protagonistas. El novio es Rafael Pedro Pablo Ramón de Laiglesia y Auset nacido en Madrid el 31 de enero de 1854.  Era el cuarto hijo de María del Rosario Auset y Pérez de Lema, una sevillana de padre catalán y madre gallega, y de Augusto de Laiglesia y Laiglesia, madrileño de nacimiento, aunque parte de su familia, asentada en Cádiz, procedía de la vecina Francia.  Por lo que respecta a su crianza, hay un hecho que conviene resaltar, cual es la prematura muerte de su madre, que fallece de parto cuando Rafael apenas había cumplido los ocho años. Es de suponer que la temprana ausencia de la figura materna condicionaría en alguna medida su educación, por más que su hermana María Dolores, diez años mayor que él, asumiera alguna responsabilidad en ese sentido. Lo cierto es que desde muy pronto se sintió atraído por la vida militar, influido probablemente por el peso de una tradición familiar que había comenzado su abuelo paterno, el coronel Francisco de Laiglesia y Darrac, fundador y director de la Real Escuela Militar de Equitación, al tiempo que autor de diversos textos sobre el caballo y las ventajas de su utilización en los ejércitos. Tal era el interés de Rafael, que solicita el ingreso en el Colegio de Cadetes del Arma de Caballería cuando tan solo contaba con trece años de edad. No obstante, las modificaciones que se introdujeron por entonces en la enseñanza militar retrasarán su ingreso en el Ejército hasta el mes de junio de 1871, momento en el que se convertirá en Caballero Cadete, aunque, curiosamente, no de la que era su primera opción, sino del Arma de Infantería. A la vista de lo anterior, bien podremos afirmar que el novio pasó su infancia preparándose para llegar a ser Cadete, que superó con discreta calificación las preguntas que sobre Gramática castellana, Elementos de Geografía de España, Elementos de Historia de España, Aritmética y Sistema métrico decimal le hizo el tribunal y que tenía un buen nivel de francés.

En cuanto a la novia, digamos que nació el primero de noviembre de 1850 de la unión de dos jóvenes vástagos de familias acomodadas, «de la alta burguesía» diría ella más tarde, razón por la cual  sus jóvenes progenitores disponen lo necesario para que  su hija, su única hija, reciba la educación que corresponde a su distinguida posición. Le espera un reputado colegio de monjas donde habría de recibir las enseñanzas acostumbradas por entonces: Lectura, Escritura, Doctrina cristiana y nociones de Historia sagrada, Labores propias de su sexo y alguna que otra materia de las llamadas de realce como Piano o Francés. Así está previsto y así se habría de hacer, pero algo viene a truncar el camino señalado. Cuando la pequeña apenas contaba con  cuatro años de edad,  se le diagnostica una  enfermedad ocular que le ocasiona grandes padecimientos: conjuntivitis escrofulosa, esto es, una afección de la córnea caracterizada por la aparición de dolorosas vesículas. La enfermedad echa abajo todos los planes, hasta el punto que Rosario va a tener que recibir una educación alternativa, alejada de cualquier institución escolar: el padre y la madre sustituyen a las monjas; la Historia se hace sitio junto a los bordados; las Ciencias Naturales se abren de par en par ante sus doloridos ojos en el campo jienense; la Geografía se convierte en materia de estudio a lo largo de  los diversos viajes que realiza en compañía de sus progenitores…. Y así es que, cuando las llagas oculares le conceden un respiro, sus ojos se afanan en observar minuciosamente todo lo que la rodea, como si quisiera aprehenderlo todo, ansiosamente, cuando su vista se lo permite, antes de que se vuelva a nublar de nuevo. Aquella visión discontinua parece haber estimulado sus capacidades de observación y de análisis,  lo cual,  a la postre, le van a permitir alcanzar mayores conocimientos que los que estaban reservados a las jóvenes de su edad y condición. Su atípica formación se completará  con algunas estancias en el extranjero. Así, apenas cumplidos los veinte años, pasará una larga temporada en el sur de Francia, conociendo otras costumbres, otra cultura y otra lengua. Unos años más tarde residirá durante unos meses en Italia, en la residencia de su pariente Antonio Benavides, por entonces embajador de España ante la Santa Sede, tiempo este que aprovechará para satisfacer sus inquietudes artísticas.

La cita es  —como queda dicho—  en la iglesia de Santa Cruz. Observadlos. Allí está el novio: joven, instruido, miembro de una familia pudiente, teniente de Infantería con el grado de capitán que le fue concedido por méritos de guerra. Allí, la novia: joven, instruida,  miembro de una familia pudiente,  escritora a la que auguran un brillante futuro en el mundo de las letras, tras el celebrado estreno de Rienzi el tribuno, su primer drama. Si, con lo que hasta aquí sabemos,  tuviéramos que valorar con objetividad los méritos y capacidad de cada uno de los contrayentes nos costaría, así, de buenas a primeras, decidir cuál de los dos los posee en mayor grado. La prudencia nos obligaría a concluir que, a falta de otros datos, la valía de novio y novia son similares. Pero, claro, nuestra escala de valores no es la que existía  por entonces. Para la sociedad de la época, para los allí presentes, a Rosario le corresponde someterse a la voluntad de su marido,  a pesar de ser tres años mayor que él;  a pesar de tener, al menos, la misma capacidad que él; a pesar de poseer, al menos, los mismos recursos que él.

Y es que lo de la inferioridad de la mujer con respecto al hombre  venía de muy atrás. Tan atrás que algunos se remontaban  en sus justificaciones a aquella escena bíblica en la que Yavé Dios le dijo a la mujer: «Multiplicaré los trabajos de tus preñeces. Con dolor parirás a tus hijos y, no obstante, tu deseo te arrastrará hacia tu marido, que te dominará» (Génesis: 3,16). La debilidad de Eva ante la manzana tentadora trajo consigo esta secular condena: la mujer será dominada por su marido.  Y los Padres de la Iglesia consolidarán  la sumisión de la mujer. Basta con leer este texto de San Pablo:

La mujer déjese instruir en silencio con toda sumisión.  No tolero que la mujer enseñe, ni que se tome autoridad sobre el marido, sino que ha de mantenerse tranquila. Pues Adán fue formado el primero, luego Eva. Y no fue Adán quien se dejó engañar, sino Eva, que, seducida, incurrió en la transgresión. Se salvará, sin embargo, por la maternidad, si persevera con sabiduría en la fe, la caridad y la santidad (I Timoteo, 2, 11-15).

La Iglesia Católica, fiel a esta interpretación bíblica, se encargará de transmitir la divina voluntad a los creyentes, convenientemente interpretada por el magisterio apostólico, y durante siglos justificará el papel secundario que la mujer ha de asumir en el matrimonio y en la sociedad. En la católica España la inferioridad de la mujer con respecto al hombre ha sido durante largo tiempo  casi un dogma y la inmensa mayoría de las españolas asumen, de mejor o peor grado, el papel que la tradición les ha asignado. Algunas, incluso, se afanan en dar consejos a sus congéneres sobre la forma en que mejor pueden desempeñar la función de buena esposa y buena madre. Ahí están revistas como El Bello Sexo,  El Periódico de las Damas, El Ángel del Hogar, La Violeta o El Correo de la Moda, que será la que mayor presencia tendrá en los hogares españoles, pues estuvo en la calle durante buena parte de la segunda mitad del diecinueve. Ángela Grassi, Faustina Sáez, Pilar Sinués o Joaquina García Balmaseda pusieron su pluma al servicio del modelo de mujer más difundido: el ángel del hogar, esto es, buena esposa y buena madre, dueña y señora del ámbito doméstico, baluarte de los valores familiares, sustento espiritual del marido y de los hijos, avanzadilla de la regeneración patria…

Como quiera que las costumbres suelen hacer leyes, la legislación vigente por entonces, la misma que regula el matrimonio que están a punto de celebrar Rosario y Rafael, sanciona de forma clara y manifiesta la inferioridad de la esposa: «La mujer no puede administrar sus bienes ni los de su marido, ni comparecer en juicio, ni celebrar contratos, ni adquirir por testamento o ab-intestato sin licencia de su marido…».  Esto es, la plasmación legal del discurso de la domesticidad que tan bien anclado estaba en las bases ideológicas de la sociedad española, tanto de los adalides del liberalismo, como de los defensores del Antiguo Régimen. Desde el mismo momento en que la  enamorada e ilusionada Rosario, aceptaba  unir su vida a la de Rafael, estaba asumiendo el papel de subordinación que correspondía  a la Perfecta Casada, al Ángel del Hogar. Concluida la ceremonia matrimonial, salía del templo convertida en Rosario de Acuña y de Laiglesia. A los pocos días, la pareja pone rumbo a Andalucía para iniciar su viaje de novios.

Si bien  es de suponer que nuestra protagonista conocía el papel que, como señora de Laiglesia, le tocaba desempeñar a partir de entonces —aunque sólo fuera por el cercano ejemplo de su madre, primorosa mujer de su casa, a decir de su propia hija—, tengo dudas acerca de su capacidad para asumir, de buenas a primeras, las consecuencias que la asunción del subordinado papel que le tocaba representar le habían de deparar en su cotidiano vivir. Al fin y al cabo, su formación fue un tanto excepcional, en cuanto no habitual, tanto en el tipo de educación recibida como en el papel que en la misma había desempeñado su padre.

Sea como fuere, lo cierto es que Rosario ha iniciado una nueva etapa en su vida y debe ir adaptándose a su nueva condición. Al regreso de su viaje por Andalucía, tiene que enfrentarse a un nuevo cambio ya que a Rafael lo destinan a Zaragoza y ella, cómo no, debe acompañarlo.  Dada la profesión de su marido hay que pensar que la joven escritora ya contaría con la posibilidad de un traslado. De todas formas, la legislación vigente, la que por entonces regulaba el matrimonio, era muy clara al respecto: a la mujer corresponde «obedecer a su marido, vivir en su compañía y seguirle a donde éste traslade su domicilio o residencia»: ésa es una de las consecuencias de su reciente matrimonio. No fue la única, como veremos a continuación.

A finales del mes de junio de 1876 ya se encuentra en la capital aragonesa, el escenario en el que habrá de representar su nuevo papel de mujer casada, para el que ya tiene reservado un nuevo nombre, pues,   por obra y gracia de su reciente matrimonio aquella joven de apenas veinticinco años de edad deja de ser conocida como Rosario de Acuña y Villanueva para convertirse en la esposa de, en Rosario de Acuña de Laiglesia. Con ello no hace más que imitar una costumbre que siguen muchas mujeres de su posición social, quizás porque están convencidas de que el uso de tal preposición les otorga mayor respetabilidad ante sus conciudadanos. No hay por qué dudar de que así lo creyeran y así lo vivieran.  Lo que parece quedar fuera de toda duda es que el abandono del segundo apellido representa una clara pérdida de su identidad, lo cual  podría llegar a tener cierta trascendencia cuando, como es el caso, nos encontramos a varias mujeres que en la misma familia tienen el mismo nombre y, lógicamente, idéntico su primer apellido.

La utilización del apellido del marido también es habitual entre las escritoras que por entonces cuentan con mayor repercusión social, como es el caso de Ángela Grassi… de Cuenca, Faustina Sáez… de Melgar,  María del Pilar Sinués… de Marco o  Concepción Gimeno… de Flaquer. Hay quien dice que, en este caso, lo hacen para demostrar públicamente que cuentan con el apoyo de sus maridos, casi siempre personajes respetables e influyentes. Siendo esto así, no nos debería de resultar  extraño que cuando nuestra protagonista decide estrenar en Zaragoza  Amor a la patria, su segundo drama, se hubiera presentado al público como Rosario de Acuña de Laiglesia, pero —y esto es lo sorprendente— lo hace ocultándose tras un seudónimo: Remigio Andrés Delafón.  Puesto que fue ésta la única ocasión en que lo hizo, deberíamos preguntarnos acerca de las razones que le impulsaron a tomar tal decisión en ese momento: ¿tendría que ver con cierto temor a defraudar al público tras el clamoroso éxito de su primer drama  o, tal vez, habría que buscar la explicación en su nueva condición de mujer casada? ¿Tuvo el marido algo que ver en ello? No tenemos, que yo sepa, dato alguno al respecto, pero, no sería de extrañar que al joven Rafael, teniente de infantería con el grado de capitán por méritos de guerra  y a quien se le había autorizado el uso de la Medalla Conmemorativa de la Guerra Civil no le hiciera mucha gracia que su mujer se las diera de bachillera ante sus nuevos convecinos, no fuera a pasarle lo que años más tarde le aconteció a José Quiroga y Pérez de Deza, marido de doña Emilia Pardo-Bazán, quien, al parecer,  no pudiendo soportar las críticas con las que sus vecinos coruñeses recibieron la publicación de La cuestión palpitante, prohíbe a su mujer que continué escribiendo amparándose en lo que la legislación vigente por entonces señalaba: «Tampoco podrá la mujer publicar escritos, ni obras científicas ni literarias de que fuere autora o traductora, sin licencia de su marido o, en su defecto, sin autorización judicial competente».

¿Se vio obligada Rosario a firmar con un seudónimo su drama Amor a la patria? ¿Admitió de buen grado Rafael que su mujer se ausentara del domicilio conyugal para supervisar el estreno en Valladolid de Rienzi el tribuno o para asistir en la Corte al estreno de alguno de los dramas del momento? Ahí queda la pregunta sin que podamos darle respuesta concluyente. No obstante, en relación  con el tema que nos ocupa sí sabemos que el nombre que utiliza para firmar todos los escritos publicados entre 1876 y 1884 es el de Rosario de Acuña y de Laiglesia. También que durante el transcurso de su residencia en tierras aragonesas, la relación matrimonial quedó muy dañada  por más que aún permanecieran algún tiempo juntos.

¿Tuvo que ver en ello algo de lo que aquí estamos apuntando, esto es que el marido no aceptó  de buen grado la actividad literaria de nuestra protagonista o la ruptura se debió a la infidelidad de Rafael, tal y como apuntan algunas fuentes? Parece ser que en algún momento de su corta convivencia en común tuvo lugar el episodio que Patricio Adúriz publicó en 1969, tras haberlo recogido de Aquilina Rodríguez Arbesú, una gijonesa que había mantenido fuertes lazos de amistad con la escritora. Según escribió entonces, en cierta ocasión Rosario se trasladó a la ciudad donde, por cuestiones de trabajo, residía temporalmente su marido.  Al preguntar por él en la recepción del hotel recibe una sorprendente respuesta: «Acaba de salir con su esposa».

Sea por un motivo, sea por otro, o —tal vez—   por ambos, lo cierto es que a finales de 1880 el matrimonio parece pasar por una crisis que  se resuelve con lo que bien pudiera ser un nuevo pacto entre ambos, a juzgar tanto por lo sucedido tiempo después como por las pistas que nos da la propia Rosario cuando —refiriéndose a este momento— nos dice: «Impuse al matrimonio la condición expresa de vivir en los campos, pues nada me importaba que el hombre corriese al placer ciudadano, si era respetado mi aislamiento campestre;…»[«Avicultura femenina»1901]. Aislamiento campestre: esa es la condición,  y en  enero de 1881 la pareja retorna a Madrid, instalándose en Pinto, una  localidad del sur de la provincia, en donde se hacen construir una pequeña villa un tanto alejada del resto de la población.

En su residencia pinteña, en su Villa-Nueva, Rosario inicia una nueva vida. No podía seguir viviendo como lo había hecho en sus primeros años de casada y puso sus condiciones: viven en una casa a las afueras de una pequeña localidad y Rafael cambia de trabajo, queda desligado temporalmente del Ejército, siendo nombrado Visitador de Agricultura, Industria y Comercio, además de miembro del equipo responsable de Gaceta Agrícola, una publicación que desde 1876 edita el Ministerio de Fomento para divulgar entre los agricultores los nuevos avances técnicos y en la que la escritora publicará varios artículos [Por ejemplo: «Influencia de la vida del campo en la familia»,«El lujo en los pueblos rurales» o «La educación agrícola de la mujer»].

Es evidente que su visión de la sociedad ha cambiado en estos cuatro años largos que ha pasado en tierras zaragozanas. La mirada  con la que Rosario contempla ahora a sus congéneres se vuelve más crítica, más sensible a cuanto suene a huero, falso e hipócrita. No le gusta lo que ve; no le gustan ni la hipocresía, ni la vanidad, ni la falsedad que impregnan la vida de las ciudades. La patria, su querida patria, necesita una cura… España no va bien y algo hay que hacer para enderezar su rumbo. Toca tiempo de reflexión, de leer y releer a quienes hablan de regenerar la patria. Coincide con quienes afirman que, puesto que la semilla de todo cambio se siembra en el hogar,  es preciso involucrar a la mujer, dueña y señora del ámbito doméstico.  Rosario piensa que  todo intento de regeneración debe pasar por la mujer, sin ella cualquier avance es imposible. Lo tiene claro, y ha empezado por ella misma, por enderezar el rumbo de su vida.

El nuevo trabajo de Rafael, más próximo a las expectativas vitales que por entonces alberga Rosario, y el alejamiento de  la ciudad parecen acercar de nuevo a la pareja, que en el verano de 1881 emprenderá un largo viaje en el transcurso del cual visitarán diversos lugares de España y Francia. Pese a lo que parecen intentos de normalizar la relación, las cosas no acaban de ir bien entre ellos y así cuando  en el mes de enero de 1883 se produce la repentina muerte del padre de la escritora todo parece derrumbarse.  Antes de que acabara el mes Rafael cesa en el puesto que ocupaba en el ministerio de Fomento y en mayo ya se encuentra en Badajoz, a donde se ha trasladado para hacerse cargo de la Jefatura de la Sección de Contribuciones de la sucursal que el Banco de España tiene en la capital pacense. Rosario se queda en Pinto. Ya no volverán a estar juntos.

En la soledad de su Villa Nueva se acelera el proceso de cambio. El desengaño matrimonial y la posterior muerte de su querido padre terminan por despojarla de buena parte del equipaje que había utilizado hasta ahora: ya no le sirve para el nuevo camino que está dispuesta a emprender. Noches de insomnio y cavilaciones: una nueva visión, un profundo cambio en su vida que se hará bien visible cuando, tras un largo periodo de reflexión, decide volver a coger su pluma ya no pinta cascadas de espuma en las crestas del embravecido mar, ni tañe perdidos suspiros que escuchar pudiera una viajera golondrina, ni entona sus pobres cantares que en el espacio se pierden y en el olvido se acaban… No;  bien parece que lo que ha vivido y ha visto a lo largo de estos primeros años ochenta  le han agrietado un tanto el alma   y su pluma  —romántica y esperanzada en otro tiempo—   no está ya para dulces cantilenas. Aquella mujer que prometió amor eterno en solemne ceremonia religiosa, que aceptó las condiciones de una unión desigual  en la que la mujer quedaba subordinada al hombre por el mandato de la  ley y el imperio de las costumbres,  que dejó todo para acompañar a su marido allá donde la superioridad les había destinado…  Aquella mujer ya no era la misma. Basta leer este fragmento publicado en el mes de enero de 1885 para comprobarlo:

Y vosotros, los adalides del harén o del gineceo, que pretendéis para la mujer el yugo de la bestia; vosotros que queréis cerrarla todas las puertas del progreso, dándola para su trabajo una rueca, para su placer vuestra sensualidad, para su fin la multiplicada gestación de vuestros hijos; vosotros, que intentáis hipertrofiar su inteligencia con el vaho de la cocina doméstica, y encallecer su corazón con el apartamiento de las cuestiones científico-sociales; vosotros, los que pregonáis al sol de la trompeta de vuestro amor propio, que la mujer es un puñado de células nerviosas, que solamente pueden vibrar en el lecho nupcial o en el parto o en el trabajo de la lactancia… ( «Resumen», 10-1-1885)

Indudablemente, la visión que nuestra protagonista tiene ahora de la mujer y del papel que la sociedad le tiene reservado es bien diferente de la que tenía aquel sábado 22 de abril cuando en la parroquial de Santa Cruz se convirtió en señora de Laiglesia. Ahora, ocho o nueve años más tarde,  bien puede decirse que, en lo tocante a la por entonces denominada «cuestión de la mujer»,   nuestra protagonista mantiene posiciones de vanguardia,  combatiendo   —según sus propias palabras—  a cuantos se oponen a la ilustración de la mujer y a la dignificación de la compañera del hombre.  No serán pocos los escritos y las conferencias que desde mediados de los ochenta hasta el momento de su muerte tengan a las mujeres por destinatarias, cuando no por protagonistas, pero los principios fundamentales de su discurso sobre la cuestión  ya están claramente definidos en los textos que hace públicos entre 1885 y 1888.

La tesis inicial sobre la que construye su discurso feminista es  —como no podía ser de otra forma— la negación de la inferioridad de la mujer con respecto al hombre, es decir, su oposición  a admitir como cierto el pensamiento dominante, según el cual el varón es superior por su propia naturaleza, por voluntad de la divinidad, tal y como viene defendiendo la Iglesia desde los primeros tiempos,  y tal como por entonces pretenden demostrar algunos frenólogos, o similares, con argumentos anatómicos y fisiológicos. Rosario de Acuña, al igual que hiciera años antes Concepción Arenal, replica a unos y a otros proclamando que  la desigualdad existente entre hombres y mujeres se debe a la postergación ancestral que ha sufrido la mujer y no a una supuesta inferioridad original:

…no se me venga con la fisiología a probar que nuestro cerebro, en cantidad y calidad es inferior al del hombre e igual casi al del hotentote, último ser de la escala racional, el más inmediato al cuadrumano, porque a esto respondo yo que órgano que no se utiliza concluye por atrofiarse, y que si desde nuestras más remotas abuelitas se vino relegándonos al pasivo papel de los irracionales, nada tiene de extraño que las nietas de tantas generaciones de necias tengan en su masa encefálica una infinitesimal cantidad de sustancia gris y un escasísimo volumen de cerebelo. («Algo sobre la mujer», 1881)

Si esto decía en 1881, años después se mostraría más concluyente cuando en el Acto de Instalación de la Logia femenina Hijas del Progreso afirmaba: «La mujer puede y debe pensar; ningún límite impuso la naturaleza a sus facultades racionales».  Así las cosas, dejando bien sentado que el hecho de  que sean los hombres quienes despunten socialmente no se puede justificar por razón de su superior naturaleza, sino por las favorables condiciones en que se han criado,  lo que, en coherencia,  sigue es reclamar para las mujeres el mismo trato, la misma formación. Y eso es lo que de forma reiterada hace Rosario de Acuña:

¡Justicia es lo que necesitamos, no galantería! Que la mujer tenga conciencia de sí misma; hacedla inteligente. Para que tenga inteligencia desarrollad su organismo con elementos iguales que aquellos que rigen la educación del varón

No es original en esto. Hay otras mujeres, como Concepción Arenal, Emilia Pardo Bazán o Sofía Tartilán,   que mantienen puntos de vista semejantes en cuanto a la exigencia de igualdad  en materia de educación entre  hombres y mujeres. No ocurre lo mismo en otros puntos. Tal sucede con respecto al papel que la Iglesia ha venido ejerciendo durante siglos en el sometimiento de la mujer: he ahí uno de los rasgos distintivos del pensamiento feminista de Rosario de Acuña.  Si en otros aspectos coincide con algunas de sus contemporáneas, será en la lucha contra el que considera pernicioso control de las conciencias femeninas por parte de los clérigos católicos donde su discurso se habrá de distinguir nítidamente. Para ella, la Iglesia católica es la principal responsable de la postergación que sufre la mujer, y lo es por suministrar a la sociedad el soporte ideológico y moral que avala la dominación del varón. Así de claro lo tiene y así de claro lo expone en el artículo «A las mujeres del siglo XIX»  que publica en 1887:

¡Sí, hermanas mías! el catolicismo, rigiendo la sociedad, es la esclavitud, el rebajamiento y la humillación para la mujer: los varones, dentro de esta secta, podrán acaso individualmente (aunque es difícil), por causas ajenas y aún contrarias al dogma que profesan, considerar a las mujeres como su semejante, ¡alto ideal que toca a nuestro sexo defender, aun a costa de cien siglos de tormento!, pero la doctrina, la esencia, el alma católica, nos lleva a ser montón de carne inmunda, cieno asqueroso que es necesario sufrir en el hogar por la triste necesidad de reproducirse. ¡He aquí el destino de la mujer católica! Fuera sofismas ridículos y necias exclamaciones del idealismo cristiano, la mujer, en la comunión de esta Iglesia, es solo la hembra del hombre…

Que las mujeres piensen por sí mismas: esa es su obsesión y su objetivo. Y para conseguirlo no sólo es de todo punto imprescindible apartarla de la nefasta influencia que sobre ella ejerce la larga sombra del confesionario sino que, además, es preciso  evitar que sucumba  a los cantos de sirena que adulan y adormecen: «No esperemos nada de la piedad de hombre, jamás seremos su mitad siendo sus libertas». La mujer es la única que con su esfuerzo puede salir de la situación de inferioridad en que se encuentra tras siglos de dominación masculina. Duda de aquellos hombres que, al calor de la disputa ideológica, se muestran partidarios de conceder en la tribuna pública lo que, en la mayoría de los casos, niegan en el hogar. Si no se dan previamente las condiciones necesarias, el espejismo de la emancipación que por entonces algunos enarbolan puede suponer un serio retroceso para la situación de la mujer y así se lo advierte en abril de 1888 a las mujeres que acuden a escucharla a la sociedad Fomento de las Artes de Madrid:

…solo en virtud de sus propios esfuerzos ha de reconquistar su sitio en el concurso social, […] todo engrandecimiento que le llegue a la mujer en el orden social por determinación del hombre, solo servirá para especificar más claramente su inferioridad, verificándose de este modo una apariencia de regeneración,[…] Nosotras no debemos esperar nada sino de nosotras mismas, no por terquedad de rebeldía orgullosa, sino por convencimiento de razones deductivas. Nosotras no podemos intentar otro valer que el alcanzado por aquellas condiciones que poseemos, bien que sean latentes, perfectamente dispuestas para nuestra progresión («Consecuencias de la degeneración femenina»,  1888).

No podemos concluir este  análisis sin mencionar otro de los rasgos distintivos de su pensamiento y es que  la lucha por la eliminación de toda traba que impida a la mujer su desarrollo como persona tiene para Rosario de Acuña y Villanueva una sola limitación: las obligaciones que a las madres impone la Naturaleza. Es probable que esta supeditación de la mujer a las obligaciones maternales, sin apenas matices, sea también deudora de una cierta sublimación de la maternidad por quien queriendo ser madre no lo fue.  En varios de sus escritos podemos observar esa tendencia casi automática a identificar mujer con madre («en toda mujer hay una madre»), pero quizás sea en aquellos referidos a su público madrinazgo de un soldado español combatiente en la Guerra Mundial donde se vea con mayor claridad. Detengámonos, pues, en contar brevemente esta historia.   En diciembre de 1916, coincidiendo con una campaña abierta por el semanario España a favor de los voluntarios españoles que, enrolados en el ejército francés, combaten a las tropas alemanas, nuestra escritora envía un paquete conteniendo varios productos que, sin duda, habrían de reconfortar al anónimo combatiente español: una botella de Jerez, una libra de chocolate asturiano, unos cigarros, unos calcetines y un libro de Galdós, entre otros.  El envío incluía además una larga carta en la que, tras una larga presentación, se ofrece para amadrinar al desconocido soldado. En la misiva le habla de su frustrada maternidad:

«No tuvimos hijos; al principio lloré el fracaso de mi feminidad; toda mujer-madre es inmortal» por más que en ocasiones, viendo el producto de las entrañas de otras madres, llegase a encontrar cierto consuelo en no haberlo sido: «¡Ah! ¡no! bien muertos están los senos de mis entrañas si hubieran de tener hijos decrépitos en su juventud, pueriles en sus orgullos, viciosos en sus costumbres…» («Carta a un soldado español voluntario en el ejército francés durante la Gran Guerra»).

A partir de todo lo dicho hasta ahora, podemos concluir que el pensamiento feminista de Rosario de Acuña mantiene ciertos elementos coincidentes con el que por entonces expresan otras compatriotas que son reconocidas como pioneras del feminismo  en España (rechazo de la  inferioridad intelectual de la mujer, conciencia de la marginación en la que se encuentran,  imputación a los hombres de la situación de inferioridad en la que viven, importancia de la educación como medio para sacudirse la postración social…),  al tiempo que   difiere en algunos otros (otorga prioridad a la función maternal sobre cualesquier otras que la mujer pueda realizar;  imputa a la Iglesia la responsabilidad de la situación de oscurantismo, ignorancia y superstición en que vive  la mujer en España; prescribe el cultivo de la razón como  medio para lograr su emancipación…).  En cualquier caso, parece claro que la conciencia feminista arraiga en el pensamiento de Rosario de Acuña y Villanueva  —con los matices que se quieran hacer al respecto— antes de haber cumplido los cuarenta,  y que desde entonces su pluma y su voz siempre estarán prestas a defender a las mujeres   allí donde fuera necesario, sin importarle en demasía las consecuencias que tal postura pudiera ocasionarle, aunque éstas fueran graves. Así sucederá a finales de 1911, cuando no puede menos que subir a la palestra para protestar airadamente contra el comportamiento de «unos caballeros estudiantes que se pusieron en acecho, a la salida del claustro, para insultar de palabra, y hasta de obra, a unas jóvenes estudiantes de la facultad de filosofía y letras» (Véase, «21. El escrito que provocó su reacción»).  Se despachó a gusto, no cabe duda. Basta leer los dos párrafos siguientes para comprobarlo:

¡Arreglados quedarían entonces todos estos machihembras españoles si la mujer adquiere facultades de persona!, ¿qué van a ser ellos?, ¿amas de cría? No, no; los destinos hay que separarlos; los hombres a los doctorados, a los tribunales, a las cátedras, a las timbas y a las mancebías de machos, a ser unas veces ellas y otras veces ellos; las mujeres a la parroquia, o al locutorio, a comerse o amasar el pan de San Antonio; y luego las de la clase media, a soltar el gorro y la escarcela, a ponerse el mandil de tela de colchón, y aliñar las alubias de la cena, a echar culeras a los calzoncillos, o a curarse las llagas impuestas por la sanidad marital; si son de la clase alta, a cambiarle semanalmente de cuernos al marido, unas veces con los lacayos y otras con los obispos…Este, este es el camino verdaderamente derechito y ejemplar de las mujeres.

¿A quién se le ocurre ir a estudiar a la Universidad? ¡Dios nos libre de las mujeres letradas! ¿Adónde iríamos a parar? ¡Tan bien como vamos en el machito! ¡Pues qué! ¿Es acaso persona una mujer? ¿No andan ya los sabios a vueltas para ver si es posible sustituirlas por engendradoras artificiales?… («La jarca de la Universidad», 1911)

Por las reacciones que el artículo suscitó entre los estudiantes,  parece evidente que no se dieron por aludidos en lo que respecta al fondo de la cuestión.  Curiosamente lo que, al parecer,  les ofendió fue el hecho de que la pluma de doña Rosario hubiera puesto en entredicho el buen nombre de sus santas madres con frases como las siguientes:

Nuestra juventud masculina no tiene nada de macho. Como la mayoría son engendros de un par de sayas  —la de la mujer y la del cura o el fraile—  y de unos solos calzones  —los del marido o querido—  resultan con dos partes de hembra, o por lo menos hermafroditas, por eso casi todos hacen a pluma y a pelo.

Y se armó una buena, ¡vaya si se armó!: manifestaciones de universitarios, huelgas, asambleas, protestas, intervención de la fiscalía…  Y la autora no tuvo más remedio que huir antes de ser detenida, convirtiéndose en la primera mujer que, por utilizar lo que ella calificó como un lenguaje viril en defensa del derecho de sus congéneres a recibir la más completa educación posible, tuvo que exiliarse, pasando dos largos años vagando por las tierras portuguesas.

A su regreso  a la casa gijonesa del acantilado, tras reponerse un tanto  de las heridas de aquella desigual batalla, decide seguir viviendo, decide seguir luchando,  y ello a pesar de sentir sobre sus hombros el peso de los años, a pesar del  cansancio acumulado por tanta lucha   baldía, a pesar   de la postración económica en que se encuentra tras los obligados dispendios del exilio…; a pesar de todo, no escatima esfuerzos en apoyo de sus compañeras, «pues toda mujer que trabaja y piensa lo es mía». Y así lo hace, cuando en el mes de junio de 1919 se desplaza hasta Turón para asistir a los actos de inauguración de la Agrupación Femenina Socialista, gesto que las numerosas asistentes, allí congregadas para escuchar a Virginia González, dirigente nacional del PSOE, agradecen irrumpiendo con vivas a la escritora y al socialismo.  La pluma será también el medio que utiliza para salir en apoyo de una convecina, una joven gijonesa que decide casarse ante un juez ignorando las presiones que recibe de su entorno para que lo haga como Dios manda, ante un sacerdote: «Usted, religiosamente o civilmente casada lo estará igual si está usted bien unida, en cuerpo y alma, al varón con quien se concordó para vivir la vida; y esto sí que es matrimonio» («A la señorita María Oliva Riestra Rubiera», 1916). Para el caso, bien podría haber echado una mirada al pasado y encontrar parecidas palabras puestas en boca de Isabel de Morgovejo, la protagonista de El padre Juan : «Ramón será mi esposo, según estaba convenido, mediante el matrimonio civil; el religioso lo hicieron nuestras almas al darse juramento de amor». Pero en vez de mirar hacia el pasado, sus ojos se fijan en el futuro, un futuro más venturoso para el porvenir de la mujer, aunque sea por coyunturas tan amargas como aquella guerra que asola el continente europeo. Así se lo transmite a las mujeres que en 1917 asisten a un mitin femenino organizado por la Unión Republicana de Gracia:

Entretanto al problema feminista, que hoy empieza a debatirse en España, y en el que estriba, acaso, la libertad de conciencia para nuestra patria, hay que dejarle andar su camino, ayudando sabiamente a que tomen interés por él el mayor número de mujeres. La revolución mundial que está iniciándose en la terrible guerra europea, traerá grandes sorpresas. La progresión creciente de la mortalidad e invalidez en los hombres europeos (tal vez de la tierra entera) va a entregar a la civilización futura a un MATRIARCADO positivo, activo, consciente, que, bien sea reconocido por las legislaciones, o bien sea abominado por ellas, nada ha de importar si se impone en los hechos; y si ya los tiempos no pueden retrogradar a que el nombre quede atado a la puerta de la choza, para asegurarse de su producción y descendencia, de tal manera la escasez de varones y la inutilidad de los más para sostener las necesidades familiares se va a imponer en la Nueva Edad que se avecina, que será la mujer una verdadera SEÑORA AMA del hogar, dirigiendo y dominando hijos y familia con soberanía indiscutible; siendo trascendental su responsabilidad como reformadora de generaciones que han de nacer dañadas y perturbadas, demostrando así, en una o más centurias, como la demostración del andar se prueba andando, que todos los raciocinios, conocimientos y energías cogen y son fecundos en el cerebro femenino, de igual manera que cogen y son fecundos en el del hombre .

Como ella anticipa en aquellas cuartillas manuscritas, los conflictos bélicos van a permitir posibilitarán que las mujeres ocupen espacios más amplios en la vida colectiva. Así ocurrió en las dos guerras calificadas como mundiales: las necesidades bélicas obligan a los países contendientes a acudir a las mujeres para sustituir a los hombres que combaten en los frentes. Ellas ocupan sus puestos de trabajo, administran sus granjas y mantienen sus familias. Su concurso se hace imprescindible para que la sociedad siga funcionando;   la victoria también es suya. Así las cosas, cuando la paz llega ¿quién osará mantener impunemente que la mujer sólo puede ser esposa y madre?   La Nueva Edad que nuestra protagonista vislumbraba al final de aquella primera guerra se encuentra más cerca, ciertamente, pero hasta ella solo llegó un lejano destello de aquel tímido avance,   pues pocos años después de escritas aquellas frases su vida se apagó para siempre.

El día de su entierro  fueron numerosas las mujeres que, abandonando su reducto doméstico, se echaron a la calle para testimoniar su gratitud a aquella compañera que había peleado los últimos cuarenta años de su vida por la dignidad de todas ellas. Algunas crónicas no dejan de mostrar su sorpresa al comprobar cómo la lluvia, que incesantemente caía aquel primer sábado de mayo, no había impedido que fueran numerosas las mujeres que acompañaron su cadáver hasta el cementerio civil. Allí estaban sus convecinas, gijonesas apenadas y agradecidas,  mas, de haber podido, muchas otras, venidas de todos los rincones de su querida España, se habrían unido a aquella comitiva  para testimoniarle el dolor que sentían ante su partida, como antes muchas de ellas o habían hecho por escrito agradeciéndole  tantos años de lucha, incansable lucha,  en su misma trinchera.  Lloraban por el dolor de la partida, pero también por la orfandad en que todas ellas quedaban: se iba la luz que a muchas guiaba. Se iba, sí, aunque a todas ellas les dejaba el testimonio de su vida, largo camino de trabajo, estudio y lucha, de perseverante batallar frente a quienes habían sumido a la mujer en la oscuridad de la ignorancia y la superstición. Ahí quedaban sus discursos, sus artículos, sus lecciones, sus dudas, sus apoyos… Ahí las mujeres de sus dramas: seres fuertes, vigorosos, con esperanza.

Muchas gracias.

53. A las puertas del Parnaso

Madrid,  12 de febero de 1876. Tras la agitación vivida años atrás, las cosas parecían haberse calmado una vez que Cánovas, don Antonio, se había hecho con el control de la situación. La buena sociedad de la Villa y Corte se disponía a disfrutar de aquel sábado invernal sin sobresaltos. La oferta era variada: baile de máscaras en Capellanes o La Alhambra;  ópera en el Real;  teatro en la Comedia, en el Apolo o en el Martín… Rienzi el tribuno en el teatro del Circo: un estreno del que se venía hablando  desde hacía unos días, desde el mismo día del estreno de la ópera Rienzi. ¿Quién era el tal, que tan de moda se había puesto? La ópera de Wagner en el Real, y este drama en el Circo de autoría desconocida… Bueno, algo sí que se sabía a juzgar por lo que el mismo día del estreno publicaba El Imparcial:

«La Correspondencia ha dicho que es una traducción y semejante noticia carece absolutamente de fundamento. El drama que se estrenará esta noche es original de una joven y distinguida poetisa que ha honrado ya las columnas de EL IMPARCIAL con algunas de sus siempre inspiradas composiciones [por ejemplo la oda A la muerte, 20-7-1874], y cuyo nombre no revelamos porque ella y su apreciable familia, que nos favorecen con su amistad, nos han rogado que acerca de  este punto guardemos silencio. Podemos, en cambio, determinar una circunstancia verdaderamente notable: la obra de que se trata ha sido escrita en cuatro semanas»

Para qué más. La expectación era tanta que el teatro se llenó. Aunque -a decir de los críticos- en el primer acto se notó la inexperiencia de la autora «el público caminó de sorpresa en sorpresa, agradablemente sorprendido, oyendo las varias rimas de una versificación verdaderamente viril, admirando la profunda intención de los pensamientos, conmoviéndose con los delicados rasgos de un corazón que brota a raudales de sentimientos»

Terminado el primer acto,  los presentes hicieron patentes sus deseos de conocer el nombre de la autora hasta el punto que Rafael Calvo, el primer actor, tuvo que suplicarles que aguardaran a la finalización de la obra.

«Esto, sin embargo, no pudo ser así. La bellísima situación del acto segundo, que sorprendió a todos vivamente por su originalidad, por la nobleza del sentimiento en que está inspirada, y por su corte, en fin, altamente dramático, electrizó al público, y entre salvas y nutridísimos e incesantes aplausos, se presentó la joven autora de distinguida figura y simpática belleza, la cual recibió aquella entusiasta ovación con sencilla modestia, pero también con elegante soltura, como quien recibe elogios por méritos de que, a la verdad, no presume.»

El estreno fue un éxito, no hay duda alguna. Basta leer los elogiosos comentarios publicados en los siguientes días en las páginas de   El Imparcial, La Época o La Iberia.

A la conclusión, la señorita doña Rosario Acuña se presentó repetidas veces, aclamada a una sola voz. La musa de Rienzi entra en la escena sobre una alfombra de flores y bajo arcos de palmas.

La discreción y natural compostura del bello sexo es causa las más veces de que no se asocie a las manifestaciones tumultuosas de un público que se siente herido con energía en el cerebro o en el corazón por las inspiraciones de un autor dramático; pero el bello sexo creía tener ayer justa disculpa para sus entusiasmos, y aplaudía ruidosamente a la autora que así sabía entrelazar los laureles de la gloria en la diadema de perlas de la hermosura.

Gran número de autores dramáticos y literatos acudieron entre los bastidores a felicitar a la señorita de Acuña, conviniendo todos ellos en que este su primer ensayo revela condiciones excepcionales para la escena dramática.

La empresa del teatro del Circo merece elogios y agradecimientos de los aficionados al arte escénico por haber dado a conocer a esta poetisa, a esta verdadera poetisa, que parece encender sus inspiraciones en la luz de la estrella inmortal en que vive el alma de la Avellaneda.

La Época, 13-2-1876

«Si no lo hubiera contemplado con mis propios ojos, si no hubiese visto aparecer una y otra vez en la escena a aquella graciosa joven de semblante risueño, de mirada apacible, de blanda sonrisa y ademán tranquilo y sereno, no hubiera creído nunca que Rienzi era inspiración de una musa femenil. Nada lo denuncia, nada lo revela, ni en el género, ni en la entonación… Verdad es que tenemos el ejemplo de Gertrudis Gómez de Avellaneda, pero era una mujer en toda la plenitud de sus facultades intelectuales… Ignoro si la joven es un autor dramático, pero puedo asegurar ya que es un poeta de gran aliento, de rica fantasía y de alto vuelo…»

La Época, 20-2-º876

Aunque los comentarios de los diarios madrileños resultaron elogiosas, todavía había que esperar el juicio de eso que se ha dado en llamar «la crítica», esto es el sesudo y reposado análisis de aquellos que gozaban del poder de hundir en los infiernos de la indiferencia o encumbrar hasta las puertas del Parnaso. Ese era el caso de Peregrín García Cadena, reputado crítico teatral que por entonces oficiaba en La Ilustración Española y Americana en cuyas páginas publicó lo que sigue a continuación:

Peregrín García Cadena

La quincena ha dado fin con un señalado acontecimiento teatral. Una poetisa de diez y seis abriles [yerra el señor Peregrín pues la autora tiene veinticinco], hija predilecta de las musas, de cuyo peregrino ingenio habían dado ya alguna muestra muy notable las columnas de LA ILUSTRACIÓN, acaba de conquistar en la escena un triunfo muy lisonjero. Aludo a la Srta. D.ª Rosario  Acuña y a su drama Rienzi el Tribuno, representado por primera vez en el teatro del Circo en la noche del sábado anterior.

Rosario Acuña era ya conocida en el mundo literario por algunas composiciones líricas que revelaban un ingenio poético nada común, pero en las cuales era imposible traslucir el desenvolvimiento imprevisto y la mágica dirección a que iban encaminadas sus facultades. La revelación de su potencia poética ha sido un suceso que con razón ha causado maravilla y ha puesto en emoción a nuestra república literaria. La sorpresa se explica fácilmente: Rosario Acuña ha ofrecido el ejemplo de un fenómeno psicológico muy raro: en plena primavera de su edad, cuando el alma poética de la mujer, que posee este don soberano, se entrega al subjetivismo vago y sentimental de las primeras ilusiones, el númen de Rosario Acuña, sin detenerse en esas regiones nebulosas, se levanta osadamente, en alas de una poderosa intuición, y se siente con bríos para mover los resortes de las pasiones humanas y sorprender las luchas de la vida. La joven poetisa no se contenta con pulsar la lira quejumbrosa y semi-afónica de las Safos del siglo: una fuerza que parece superior a su sexo y a su temprana edad la impele a calzar el coturno trágico, sin que le espante el grave peso con que agobia su pie de niña, y la primera inspiración grandiosa de su inquieta musa es un drama en que han de resonar los viriles acentos del patriotismo, en que han de lanzar sus gritos ardientes o desgarradores el entusiasmo y la nostalgia de la libertad, en que el contraste de la pasión amorosa ha de abrazar los extremos del bien y del mal, estudiada en sus móviles más puros, y adivinada en sus resortes más odiosos, y en que todos los elementos, en suma, que intervienen en la ficción son de naturaleza tal que requieren la fuerza creadora de un espíritu viril.

Rienzi, tal como lo ha comprendido Rosario Acuña en el drama que acaba de producir tan gran entusiasmo en el teatro del Circo,  es el patriotismo, la abnegación, el sentimiento exaltado de la justicia y la libertad. Colonna es el orgullo y el despotismo de raza en un carácter capaz de llevar la pasión criminal a los últimos límites de la bajeza y la perversidad. María es la mujer amante que se asimila los sentimientos y los fanatismos del objeto de su ternura, y se eleva con él a las alturas excepcionales en que se desenvuelven las grandes luchas de la vida. Juana es el amor vigilante y la incorruptible fidelidad, arraigadas en un alma fuerte y en una naturaleza asiática, en quien la pasión concentrada, árbitra absoluta de sus destinos en la tierra, camina derechamente al sacrificio, y cuyo heroísmo postrero se traduce de este modo: Abnegación, fatalidad.

Se ve, pues, que los afectos que ha llevado a la escena la joven poetisa no están en esas fibras delicadas que un fino instinto de mujer, dotada de peregrino entendimiento, puede penetrar sin esfuerzo; son palpitaciones robustas, fiebres ardientes, arteros movimientos de la pasión que no se traducen sino con el auxilio de un aliento viril. Pues bien: Rosario Acuña ha encontrado en su talento poético bríos bastantes para expresar esas pasiones, esos entusiasmos y esos siniestros rugidos de la perversidad humana, y no le han faltado acentos elocuentes con que darles más de una vez admirable expresión de verdad. Su drama está lleno de imágenes valientes, de rasgos grandemente humanos, de situaciones superiormente sentidas e imaginadas, de bellezas que no desdeñaría un poeta dramático iniciado en los secretos del arte y avezado a los laureles de la escena. El conjunto ideado por la Srta. de Acuña  es defectuoso, falto de artificio y de armonía; descúbrese en él una gran fuerza de intuición, luchando con una inexperiencia no menos visible; pero sobre ese conjunto desprovisto de cohesión y de sólida contextura se cruzan sin cesar las corrientes de una inspiración ardorosa y de una poesía llena de savia y de vigor y las llamaradas de un númen levantado y fecundo. Los elementos son desordenados, pero el genio centellea en medio del caos.

Rienzi no es un carácter histórico; ya lo he dicho: es una pasión, una idea, un entusiasmo. Es el espíritu vigilante de la libertad consagrado a su obra de redención: ni la inercia resignada al yugo le detiene en el camino de la abnegación, ni le turba el pensamiento del martirio. No es un hombre; es un ideal. Cuando le arguyen con el desvío del pueblo adormecido al son de sus cadenas, Rienzi responde:

“El cuerpo duerme, pero el alma vela.”

Porque Rienzi es la idea que se abre camino a través del tiempo, penetrada de su virtud: no la impacienta la tardanza del brazo que ha de llevarla a la victoria. La frase es bellísima, y en ella, como en otros pasajes del drama, se echa de ver el propósito de revestir de cierto idealismo -que, a la verdad, no siempre se sostiene en estas alturas- la trágica figura del tribuno romano. En este mismo sentimiento está inspirado un notable soneto a la libertad que la señorita de Acuña pone en boca de Rienzi, en un monólogo del tercer acto, y que voy a transcribir en la seguridad de que ha de ser del agrado de mis lectores.

Dice así:

“¡Oh! libertad, fantasma de la vida,

astro de amor a la ambición humana

el hombre en su delirio te engalana,

pero nunca te encuentra agradecida.

Despierta alguna vez, siempre dormida

cruzas la tierra, como sombra vana;

se te busca en el hoy para el mañana,

viene el mañana y se te ve perdida.

Cámbiase el niño en el mancebo fuerte

y piensa que te ve ¡triste quimera!

Con la esperanza de llegar a verte

ruedan los años sobre la ancha esfera

y en el último trance de la muerte,

aun nos dice tu voz, ¡espera, espera!

Con esta fuerza poética ha expresado la señorita de Acuña el sentimiento en su primera obra escénica, y con esta valentía se ha entrado de rondón en las entrañas del drama trágico, donde riñen fiera batalla los más grandes afectos del corazón humano.

Lo que hay, pues, de superior en la obra de la joven poetisa, y lo que da grandes esperanzas de un rápido desenvolvimiento de sus facultades, es la energía de la concepción, el nervio y el calor de la expresión poética y los rasgos verdaderamente admirables con que ha acertado a expresar ciertos movimientos de la pasión. El que impele ciegamente a Rienzi a destruir la amañada prueba que le presenta Colonna contra la virtud de María; el que provoca, con el final del drama, el acto hermoso de desesperación con que Juana se arroja a las llamas con el cuerpo inanimado de la mujer del tribuno, para que sus restos no sean profanados por el odioso vencedor, son de una belleza y de una fuerza que revela un extraordinario instinto y un gran sentimiento de la belleza. Verdad es que estos grandes rasgos y otros muchos que la gallarda poetisa ha sembrado en su creación son llamaradas del genio, que resplandecen en un conjunto defectuoso, en que frecuentemente se echa de ver una falta natural de iniciación en los secretos del arte y un ingenio desorientado. No se debe ocultar por un exceso de inoportuna galantería, de que no ha de menester la señorita de Acuña para recibir muy colmada la medida del elogio, que el plan de su composición tiene mucho de endeble; que el movimiento del drama en los dos primeros actos es de una vitalidad escasa e intermitente; que la aparición de los personajes no siempre está justificada; que algunas de las principales figuras, dotadas de gran actividad moral, producen poco movimiento en la marcha del drama: que Rienzi tiene grandes arranques dramáticos, como el que le inspira su fe inquebrantable en el amor y en la virtud de su esposa, y como los que abundan en la escena del segundo acto con Colonna; pero que aparte de éstos y otros  enérgicos latidos de la pasión, su actitud es más bien, a veces, la de un soñador que la de un entusiasmo personificado que vive en la lucha: en suma, que el poema tiene de imperfecto en la concepción general, en la marcha y en el desarrollo de los caracteres, lo que tiene de superior en la energía del númen poético que lo vivifica constantemente y en la belleza de ciertos movimientos dramáticos. La Srta. Acuña no ha venido al palenque de la escena a recoger una ovación transitoria, arrancada a la benevolencia y a la galantería: tiene grandes dotes de autor dramático, tiene vocación verdadera, y ha de volver a la liza en busca de nuevos laureles. La crítica, pues, no pagaría completo tributo a su privilegiado ingenio, si creyéndole llamado a realizar nuevas empresas, no procurase alejarle de los obstáculos del camino, señalándole francamente los defectos de que no ha podido triunfar en el primer paso un instinto feliz. Rienzi es un brillante alarde de facultades poéticas, una primera alentada del númen trágico, aposentado en alma de niña, y en la que se perciben todavía vagidos infantiles. Rosario Acuña ha acreditado la fuerza con pruebas irrefragables; necesita desenvolverla en la armonía. La poetisa ha dejado oír los altos acentos de una poderosa inspiración: esperemos a la artista.

Una palabra para terminar: la Empresa del teatro del Circo no ha honrado las primicias dramáticas de Rosario Acuña con la galante ofrenda de una buena decoración final, y el cuadro postrero del poema, el bellísimo rasgo trágico que pone término  a la obra, si no han sido perdidos para la gloria de la poetisa, lo han sido en gran manera para la ilusión del espectador. No se comprende, ciertamente, cómo ha podido ocurrir esta falta de galantería en un teatro tan hospitalario como el del Circo, donde el bárbaro Atila acaba de ser objeto de tan urbana y tan espléndida acogida.

La Ilustración Española y Americana, 15 de febrero de 1876

34. Pidiendo por las calles de Pinto

El 16 de junio de 1885 la Gaceta de Madrid publica una Real Orden en la cual se reconoce oficialmente la existencia de una epidemia de cólera en algunas provincias españolas:

«Siendo por desgracia un hecho cierto y oficial la aparición del cólera morbo asiático en las provincias de Valencia, Castellón, Murcia y en la capital del Reino, aunque en ésta todavía, por fortuna, en proporciones que permiten albergar la fundada esperanza de impedir su desarrollo, si el celo y las medidas higiénicas adoptadas por las autoridades son vigorosamente secundadas por el vecindario…»

Parece ser que fue en la tierra murciana donde la epidemia causó mayores estragos a juzgar por el elevado número de defunciones, los aislamientos, las partidas de auxilio para los damnificados, las visitas de los ministros… La prensa se hace eco, un día sí y otro también, de la incesante lista de bajas que el mal endémico va amontonando a la vista de todos.

Como otros muchos compatriotas, Rosario de Acuña y Villanueva se muestra conmovida ante el dolor que sufren los afectados por este mal endémico:

«Es llegado el momento. Sobre los horizontes de nuestra patria se alza fatídicamente el espectro del cólera. Fuera dudas ni subterfugios: hay que mirarlo cara a cara, tal como se apareció en los años 1865 y 66, con sus palideces de cera y sus ojos vidriosos…» (Vivir para los demás, 5-7-1885)

Ni corta ni perezosa, el jueves 2 de julio de 1885 Rosario de Acuña y Villanueva se echa a las calles de la villa de Pinto, localidad en la que había fijado su residencia cuatro años atrás, para animar a sus convecinos a que colaboraran en la suscripción abierta por Las Dominicales del Libre Pensamiento para socorrer a quienes en Murcia sufrían los zarpazos del cólera.

¡Cuánto ha cambiado su vida en pocos años! Años atrás, cuando las inundaciones de 1879 (vivía por entonces en Zaragoza, era una conocida dramaturga, estaba casada con un joven militar…); cuando el 15 de octubre de 1879, en la llamada “riada de Santa Teresa”, la mitad de la provincia murciana perdió su cosecha, a Rosario de Acuña, conmovida por la desgracia de los huertanos, sólo se le ocurrió echar mano de su pluma y escribir una poesía: Una limosna para Murcia. Ahora, librepensadora confesa y a pocos meses de convertirse en masona, busca aliados entre sus convecinos y se dedica a pedir de casa en casa para conseguir dinero con que socorrer a los desafortunados.

Había tomado la decisión días antes: «…adiviné que a mi lado había un pueblo que sabía conmoverse, y aunque lo desconocía en absoluto, pues ni siquiera por sus calles había transitado, armada de mi presentimiento; y buscando en mi memoria los nombres de unos cuantos amigos, a quienes siempre encontré cuando los he necesitado, puse en ejecución mi idea…»

Tres días después, el domingo 5 de julio, la primera página de Las Dominicales recoge la lista de donantes encabezada con las cincuenta pesetas de Rosario de Acuña y las diez de su madre: doña Bernardina Martínez (5), Gabriel Martínez (2), Tomás Pareja (5); Federico Rubín de Celis; Juliana López José Lozano (2´50), Abdón Sangrador (2), Ramón Herreros (5), Julián Ortíz de Lanzagorta (5), Compañía Colonial (50)… En total: fueron ciento veintitrés las personas que decidieron atender la petición de doña Rosario. Hubo quien no se conformó con poner unas pesetas y decidió ir más lejos:

«El Sr. D. Francisco Illescas y Baquerizo, comerciante en comestibles en esta localidad, estaba en mi casa para hacerme la siguiente petición: Deseo que, por medio de los Sres. Chíes y Demófilo, se recoja una niña de 9 ó 10 años que haya quedado huérfana y sin familia, perteneciente a la clase del pueblo, pero que sea hija de personas honradas y de buenas costumbres, y mi mujer y yo, toda vez que no tenemos hijos, la aprohijaremos con todas las formalidades que mande la ley.»

Entusiasmada por la respuesta de sus convecinos, no puede menos de coger la pluma a las dos de la mañana, (hora inusual para ella que solía acostarse a poco de oscurecer), para pregonar a los cuatro vientos la buena nueva:

«¡Loor a Pinto! Lo confieso; jamás puede creer que de tal manera se fundieran a una sola voz los sentimientos del católico fervoroso, del pensador libre, del indiferente escéptico; sí; no hay que hacer distinciones, todos han entregado su moneda con el fervor de la caridad, ¡con el santo fervor del evangelio! que ve en los hombres que padecen a sus hermanos pobres o ricos, creyentes o escépticos, buenos o malos; todos se han apresurado a socorrer, sin preguntar siquiera muchos de ellos para quién era el socorro, algunos sin querer saberlo cuando se les iba a decir, bastándoles solo el saber que era para los desgraciados»

La carta, dirigida a Ramón Chíes y Demófilo, directores de Las Dominicales, fue publicada íntegramente en primera página: el escrito destila satisfacción, agradecimiento y esperanza.

«¡Loor a Pinto!»