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49. «La avicultura en la Montaña» por Pablo Lastra y Eterna

Pablo Lastra y Eterna[1]

Según prometimos en nuestro artículo anterior, vamos a empezar la reseña de las granjas avícolas en la Montaña por la de la ilustre escritora doña Rosario de Acuña.

Al otro lado del Alto, allá, en el lugar de Cueto y muy cerca del faro, tiene su acreditada granja.
En aquella soledad, dedica, de las 24 horas que el día tiene, 4 al reposo y las demás al cuidado de sus gallinas, de sus patos y a la propaganda de las aficiones avícolas, quedándola aún tiempo para proseguir sus campañas filosófico-sociales que con tanto afán son leídas en EL CANTÁBRICO.

Pero concretándonos solo a su labor avícola, como es nuestro objeto, prescindamos por un momento de la mujer eminentemente ilustrada y de grandes conocimientos científicos, para estudiar nada más lo que nos sirve para fomentar la avicultura en nuestra querida tierruca.

Alejada del bullicio del mundo y buscando un retiro que oculte a su vista las pequeñeces y mentiras de la actual sociedad, cuya vida ficticia no puede halagarla, consagra su existencia al cultivo de las hermosas razas productivas que le alegran con sus cantos y la dan rendimientos económicos.

Desde luego hemos de consignar que en principio no eran sus parques lo que hoy son. Empezó por el principio, es decir, por poco, para ir desarrollando la industria con mucho acierto y presentando al mercado paulatinamente los productos finos a que el público no estaba acostumbrado.

Al revés de lo hecho por otros industriales que implantaron el negocio en las peores condiciones pues creyeron hacerse ricos con las razas del país, ella cultivó las razas más estimadas en Europa por sus condiciones de carne y postura.

Las gallinas de carne amarilla están desterradas de su casa; sólo viven en ella las de carne fina y blanca; de gusto exquisito y de gran puesta, como son: la castellana negra, andaluza propiamente dicha; la célebre y tan recomendable Prat, la gigante Brahma y la gran raza de lujo y producto andaluza azul.

Con tan escogidos elementos, con sus cuidados y con su pericia en la ciencia avícola, los resultados no se hicieron esperar. La producción fue en aumento, viose incapaz de consumir tan enormes productos y los lanzó al mercado. La aceptación que han tenido lo prueba el público, que compra constantemente los pollos y huevos de tan hermosas razas.

La verdad y la razón se han abierto paso entre la ignorancia del pueblo que no creía que una gallina de estas razas era capaz de devolver a su dueño el importe de lo que consumían en su alimentación.

Poco a poco, han ido transformándose los gallineros de toda la provincia y confiamos que en breve tiempo se desterrará de la Montaña, para siempre, esa raquítica gallina común, voraz y revoltosa incapaz de producción remuneradora de los gastos que ocasiona, para dar paso a las verdaderas razas de producto, que con tanto esmero se cultivan en los parques que nos proponemos reseñar.

Los precios algo elevados de las razas ponedoras y de sus productos, no están, sin embargo al alcance de todos los que desearan renovar sus gallineros, pues lo que vale cuesta y es natural que el precio de una gallina que pone 150 ó 170 huevos no ha de ser lo mismo que el que alcanza en la plaza una asquerosa gallina de esas que nos traen de Galicia, León y de otros pueblos los industriales que venden al menudeo.

Sin embargo, doña Rosario de Acuña ofrece raza mixta de todas las que posee, cruzadas en libertad, es decir, que la renovación de la sangre es constante y las cualidades de los productos recomendables en extremo, por reunir las mismas propiedades de las razas puras en calidad de carne y postura.

Jamás recomendara yo los cruzamientos para perfeccionar la raza, pero sí para obtener productos de gran talla y de gran producción de huevos, cuando -como es el caso presente- es tan fácil renovar la sangre, pues en esta granja puede obtenerse, sin aumento de precio, un huevo de raza pura en la docena de los de razas cruzadas.

Además de los hermosos ejemplares de gallinas que hemos descrito, existen en la granja de la señora Viuda de Laiglesia, patos del país y los gigantes de Ruen, que a su buena aclimatación y rusticidad añaden su gran postura y exquisita y abundante carne. Cruzados con los comunes producen individuos de gran talla y buena carne.

Tales son, a grandes rasgos descritos, los productos que nos ofrece esta Granja, siendo su especialidad las razas cruzadas para producción de huevos, cuyo peso oscila entre 75 y 110 gramos.

Las razas puras cultivadas con esmero y cuya producción media es de 150 a 180 huevos, pueden adquirirse con entera confianza, pues fácil es comprender que los individuos que comen y se producen nadie los conserva, y tal sucede en las granjas.

Los resultados obtenidos hasta la fecha, según la contabilidad avícola que hemos examinado, han sido de un 20 por 100 y podrá elevarse a más si se rebaja la ración diaria de alimento que es excesiva, pues a más de mermar las utilidades, perjudican al animal, porque la gallina gorda deja de poner a consecuencia de obstruir el oviducto la grasa acumulada en este órgano en grandes cantidades, siendo muy peligroso para la vida del animal.

Nada hemos de decir de la limpieza que reina en la Granja; siendo esto lo que la higiene recomienda es llevado a cabo diariamente y con gran cuidado y a ello se debe que sólo haya habido dos defunciones por enfermedad extraña, pues los ejemplares la traían consigo de Barcelona, donde los criadores no son nada escrupulosos ni formales y remiten animales enfermos y defectuosos.

Recomendamos eficazmente a las personas que deseen renovar sus gallineros, que adquieran los ejemplares aclimatados en las Granjas de la Montaña, pues en la actualidad existen las mejores razas de productos y nacidas ya aquí, por lo que la aclimatación y conservación de los ejemplares es muy fácil.

El Cantábrico, Santander, 22-4-1902


[1] Rosario de Acuña tenía en gran estima al señor Lastra y Eterna a juzgar por los comentarios que le dedica. Tal sucede, por ejemplo, en «Preámbulo», el artículo inicial de la serie Conversaciones femeninas que publicará en El Cantábrico a lo largo de 1902, donde afirma lo que sigue:

«Considero que hay en la Montaña personalidades verdaderamente eminentes en ciencias naturales y sus derivados (que son la raíz del absentismo) y me apresuro a rendir el primer homenaje de mi admiración y mi respeto, entre los naturalistas, al señor don Augusto G. de Linares, honrosa entidad en la agrupación de nuestros sabios, y entre los avicultores al señor don Pablo Lastra y Eterna; y como de Avicultura llevo algo escrito y como aún he de tratar del asunto, aprovecho esta ocasión para reconocer en el señor Lastra preeminente en esta ciencia, pues con sus escritos sobrios y técnicos, puede hacer de Castelló montañés, es decir, de autoridad irrebatible en Avicultura, que resuelve, con sus lecciones y consejos, todos cuantos conflictos padezcan los que a la Avicultura se dediquen, guiándolos científicamente hacia todo mejoramiento en el asunto; hagamos, pues, de su apellido un lema; sea la Eterna providencia de todos los que en familia nos dediquemos a criar aves. »

Aunque la escritora sitúa a Pablo Lastra y Eterna como experto avicultor -que lo era por entonces, y como tal escribe algún que otro artículo en las páginas de El Cantábrico– será en el campo de la apicultura donde años más tarde adquirirá mayor reputación, llegando a ser director de la Granja Experimental de Guarnizo (Cantabria) y habiendo dado a la imprenta varias monografías sobre el asunto.

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Otros artículos relacionados:

« 37. Huevos para incubar»

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40. «Homenaje a una mujer ilustre»

Volney Conde-Pelayo[1]


En un rincón de la costa astur, sola, olvidada de casi todos los españoles, vive una ilustre anciana, honra de las letras española. Allá la han llevado las persecuciones de los reaccionarios, que ni aún en la ancianidad la dejan en paz, y allí vive lamentado la indiferencia, abyección y cobardía de los compatriotas nuestros que no sienten en los presentes tiempos otro ideal sino el de la consagración del torero o la bailarina del día. ¿Sabéis cómo se llama esa anciana? Rosario de Acuña. Después de consagrar toda su vida a la ciencia, al trabajo y a la difusión de las ideas liberales; después de haber sido cantada y admirada en su juventud por los primeros poetas y escritores del pasado siglo; después de haber obtenido ruidosos triunfos como autora dramática; después de haber sido reconocido su genio por las naciones extranjeras que han traducido y propagado sus obras, Rosario de Acuña, abandonada de todos, ha visto alzarse frente a ella en Covadonga el último brote de la Inquisición española hecho carne en la fusión de las derechas. Y ha visto que estos hombres liberales de hoy, voltaríanos sólo en el chiste, que no en las obras, se han cruzado de brazos ante la procaz amenaza de Covadonga y han dejado obrar sin protesta a los representantes de los procedimientos políticos de Torquemada y Arbués.¿Recordáis a Rosalía de Castro? Todavía hace poco la ha ensalzado un académico en un discurso de recepción; pero lo que se oculta es que la ilustre poetisa gallega se veía obligada a trabajar sin descanso para mantener a una numerosa familia, lo cual demuestra que el Estado español jamás se cuida de asegurar la vida a las personas ilustres; se oculta también que en torno de ella se hizo el vacío cuando publicó su colección de poesías, titulada En las orillas del Sar, que constituían una innovación en la gaya ciencia. Es que en nuestro país se siente en general desprecio hacia la mujer; cuando ésta es sabia el desprecio se trueca en envidia y odio. Si nuestras lumbreras literarias, que en cuanto a feminismo conservan todavía el resabio bíblico de la maldición paradisíaca, tuvieran verdadera mentalidad, no hubiesen cerrado a cal y canto a Emilia Pardo Bazán las puertas de la Academia. Aunque yo no participo de las ideas filosóficas de esta señora, reconozco que vale mucho más que algunos académicos, y que su entrada en la Academia sería, como hace dos o tres años dijo Dicenta no sé donde, una perturbación saludable para las letras. La Academia es símbolo de la vejez y a ella van los que comienzan a chochear: su significación es por eso mismo clerical y opuesta a las innovaciones. Son académicos los que en Covadonga han pactado la unión de todas las ideas viejas.

Como respuesta viril al acto de Covadonga, hay que ir a Gijón en cruzada liberal, a rendir homenaje de cariño a la ilustre viejecita, de corazón juvenil, que se llama Rosario de Acuña. A esa cruzada han de prestar su calor los jóvenes que en Bilbao rindieron tributo al liberal Galdós, y en ella deben figurar todos los maestros de la literatura contemporánea, todos los que hayan arrojado fuera de su pecho el ideal de Pedro el Ermitaño, todos los que verdaderamente anhelan el resurgir de nuestra desgraciada España por la ciencia y la bondad, no por la conquista y la invasión guerrera.

Aguantar día por día acechanzas y maquinaciones de las gentes fanáticas y ver que las quejas se pierden en el vacío, tiene que ser dolorosísimo para una persona que ha puesto su ciencia y su trabajo al servicio de su nación con la perseverancia que lo ha hecho Rosario de Acuña. Merece esta mujer el homenaje, no sólo por sus cualidades literarias y periodísticas de primer orden, sino como mujer de ciencia, porque Rosario de Acuña es naturalista y cultivadora de la ciencia avícola. Quien haya leído las obras suyas que tratan de estas materias, admirará la constancia y energía que ha puesto en su amor a la ciencia y en el deseo de propagar en España la avicultura, que puede ser para nosotros fuente inagotable de prosperidades. Sus conciudadanos han pagado mal tanto sacrificio, y hoy, ya anciana, se ha refugiado en Gijón, viendo cómo se despeña en el abismo la menos previsora de las naciones europeas.

Castrovido, Sánchez Díaz, Aranquistain y otros, deben soportar sobre sus hombros la preparación y cauce del homenaje, que les honraría sobremanera. Hay que hacerlo por dignidad.

El Motín, Madrid, 22 de junio de 1916


[1] Miembro de una conocida familia de Portugalete, es autor de Artículos manuscritos: vida y teoría de Marx (1931). Formó parte, como bibliotecario que era, de la Sección Sexta del Consejo de Cultura de Euzkadi, creado en 1937.

37. Huevos para incubar

A lo largo de la última década del siglo XIX la vida cotidiana de Rosario de Acuña va a experimentar un profundo cambio, como consecuencia de las decisiones tomadas años atrás: ha pasado a ser una republicana, masona y librepensadora cuyos artículos aparecen con cierta frecuencia en las páginas de Las Dominicales del Libre Pensamiento, semanario que junto a El Motín se sitúa a la cabeza de la «mala prensa», aquella cuya lectura tienen prohibida los fieles católicos bajo amenaza de excomunión.

Algunos reveses económicos precipitan el fin de su estancia en Pinto y el abandono de sus otrora fieles servidores, que prefieren buscar mejor acomodo. A esto hay que añadir la suspensión de las representaciones de su obra El padre Juan dictada por la autoridad gubernativa en la primavera de 1891 y la caquexia palúdica que dos años más tarde la tuvo al borde de la muerte… Como bien nos cuenta en la dedicatoria de La abeja desterrada y en el artículo Los enfermos, se impone un cambio de aires:

En aquella Castilla de clima feroz, hube de adquirir unas intermitentes leves, de esas que con alguna dosis de quinina y un cambio de residencia suelen curarse: por tolerancia hacia opiniones ajenas y por buscar eminencias médicas, en vez de huir de la Corte, fuime a ella con aquellas leves tercianas y al mes las fiebres perniciosas más horribles, con períodos de frío de ocho a diez horas, me rendían en una caquexia palúdica que me tuvo meses y meses en agonía perpetua…

¡Ah! ¡En medio de aquel agotamiento de todas mis energías vitales, entre las nieblas de la muerte que cercaban mi inteligencia, surgía, como luz diáfana, sin entoldar por ningún crespón, la esperanza honda y ardiente de correr a los campos, a las montañas, a las costas…! ¡No; no quería morir sin volver a mirar los húmedos vergeles del planeta, y aquella lucecita, aquella esperanza pintaba en las ensambladuras de mi vivienda madrileña, bosques frondosos donde gorjeaban los malvises y volaban mariposas blancas; acantilados ciclópeos sacudidos por las rompientes del Océano, esmaltados de moluscos festoneados de algas. Entre los cortinajes de la estancia ciudadana, sobre las mesas llenas de bibelots, en el entrecruzado arabesco de las alfombras, subiendo por las cadenillas de las lámparas y de los candelabros, contorneando divanes y butacas, irradiando en los espejos y en la cristalería del balconaje, aquella esperanza agarrada a mi alma, iba trazando, con el pincel de la imaginación cuadros maravillosos de la Naturaleza. Y cuando las noches serenas de mayo traían a mi lecho, que hice colocar frente a un mirador, destellos de los astros, a pesar de que me sentía hundida en la muerte, volvía la mirada ansiosa al espacio para ver allá, a lo lejos, en las montañas y en los valles por mi esperanza evocados el dulce despertar de la florida primavera.

Al heroico esfuerzo de mi voluntad, secundadora de cuanto la ciencia y el cariño hacían por mi salud, pude, al fin, tenerme en píe, y así que de píe me tuve, sin oír a nadie, como sonámbula que acude a la cita sugestionadora, firme, terca, arrolladora de toda otra voluntad que no fuera realizar mi deseo de marchar a los campos, acribillándome yo misma a inyecciones de quinina para no decaer en mi resolución, corrí a Galicia, a las ásperas escolleras que se extienden desde el Cabo Silleiro a La Guardia, donde viene a entrar la tibia corriente del Golfo Mejicano, saturada del yodo y el sodio del mar del Sargazo.

Tras una breve estancia en tierras gallegas, se trasladó a Cueto, una aldea cercana a Santander, lugar elegido para emular a la viuda normanda que conoció durante su juventud en la Bayona francesa. La mujer se había quedado sola con un hijo y dos hijas y sin más medios que una corta pensión. Vendió cuanto tenía y se marchó a Bayona donde tomó en arrendamiento una casa de campo donde estableció una pequeña granja avícola, que seis años después, cuando la joven Rosario la conoció, estaba a pleno rendimiento. Con este ejemplo bien presente, próxima a cumplir los cincuenta, decidió doña Rosario poner en marcha su propia granja avícola:

Impulsada por el afán (creo que a todas luces digno y noble) de conservar la holgura de mi hogar y defenderlo de la miseria, y queriendo, a la vez, unir a mi tarea de propia salvación la salvación ajena, recogí los restos de mis economías y me lancé, llena de fe y valor, a instalar en mi vivienda campesina el núcleo, el principio, el origen de una modesta industria avícola: simultaneando la teoría y la práctica, el ideal de altísima y noble ciencia con la tradición vulgar de seculares experiencias, bajé, resueltamente, al estadio de lo sencillo, de lo popular, e incluyéndome, desde luego, en la turbamulta de nuestros campesinos, tracé mis comienzos de avicultura pasando del corral vulgar al parquecito en miniatura, con cierta coquetería adornado; y me acuerdo, ¡lo confieso sin rubor!, las vueltas y revueltas que di, encantada, al primer bebedero mecánico y el primer comedero según arte que me mandaron de las granjas de Castelló…

De todo lo que le aconteció en su experiencia como empresaria avícola nos ha dejado cumplida explicación en varios artículos («Patos y gallinas», abril de 1901;« Las especialidades en Avicultura», mayo de 1901; «Avicultura popular», junio-julio de 1901;« Sobre Avicultura»,  octubre de 1901;«Avicultura», noviembre de 1916) y en algunas cartas (como las que tienen por destinatarios al director de El Cantábrico, a Salvador Castelló, a José Ruiz Pérez o a Tomás Cuesta, hermano del conocido jurisconsulto y economista aragonés por quien Rosario sentía gran admiración).

Uno de los anuncios que solía publicar el diario santanderino El Cantábrico informando de las bondades que poseían los huevos que doña Rosario tenía a la venta. El que aquí se reproduce apareció en la edición del 27 de febrero de 1902