Archivo

Archive for the ‘Amigos’ Category

86. «Una mujer muy mujer», por José Díaz Fernández

Yo iba algunas tardes hasta allá arriba, por charlar con doña Rosario, a quien no le gustaban mis versos. Me lo decía con sinceridad y yo no me atrevía a contradecirle:

—Son ustedes muy frívolos y la poesía es una cosa seria.

Me recordaba a mi madre, a la que tampoco le agrada lo que yo escribo. Le pasa lo que a la madre de Bagaría, que le decía de sus dibujos:

—Yo no comprendo cómo le gustan a nadie esos caracoles.

Doña Rosario no transigía con el ritmo desarticulado, las imágenes puras y los temas ligeros. Ella entendía el poema como un abandono de todo el panorama exterior para entregarse a la íntima devoción de las cosas. Todos sus versos son de un misticismo patético dentro de una pulcra forma clásica. Aspiraba a sorprender la actitud eterna de la Naturaleza y la vida; pero rehuía todo contacto con el mundo real. Aún en su teatro poético se nota esa tendencia deshumanizadora con la intención y la terquedad de un Teixeira de Pascoaes de quien doña Rosario era lectora muy constante. ¡Cómo iba a gustarle a doña Rosario un soneto que yo acababa de escribir sobre el cine!

—¡El cine! ¡Qué barbaridad! —decía indignada doña Rosario. Ahí no puede haber poesía sino inmoralidad y folletín. Yo nunca estuve.

Pero yo, delante de aquella anciana nerviosa, vivaz, entusiasta, apetente siempre de discusión, me sentía vigorizado y enérgico. Era un revulsivo su palabra creyente y clara por donde corrían las utopías como el agua por su cauce. Llegábamos allí un poco apesadumbrados de decepción y salíamos fortalecidos de libertad. Ella creía en el Más Allá, en la Revolución, en el destierro de los frailes, en el Amor, en Todo. Su figurilla delgada y arrugada era otra al hablar. A mí me daba la impresión del arco tenso de una ballesta lanzando fija y eficaz la flecha de la palabra.

—¿Cómo? Pero ¿usted no cree en esto? ¿Usted no cree en esto otro? ¡Qué remedio queda! Es una cosa fatal, decidida, inexorable, que se impondrá porque es la verdad. La vida tiene que volver a ser pura, justa y noble.

Cuando yo salía de conversar con doña Rosario formaba el propósito de no volver al cine, ni hacer más sonetos que tuviesen el ritmo ambiguo de las musas que se pintan los labios y bailan el fox. Ella era un ejemplo de vida diáfana y severa consagrada a un ideal de arte y de reforma social.

Y, sin embargo, era la mujer siempre femenina, atractiva, llena de gracia y de dulzura. Recuerdo que un día charlábamos en el comedor de su casa sobre la literatura rusa. Yo me quedé mirando el bordado del tapete de la mesa. Y doña Rosario, que me observaba, salió de Andreiew a un tema de labor y me habló de los bordados de Malinas, del entredós de Camariñas, de los estampados escoceses y de los encajes de las hábiles encajeras belgas. Para terminar:

—Eso lo he bordado yo. Por cierto que no pude escribir aquel artículo que les había ofrecido a ustedes porque quería acabar el tapete.

Daba lecciones de feminidad con la sencillez genial de quien habiendo nacido para los más altos destinos, no pierde nunca el contacto con las pobres cosas de la existencia. Era su vida un magisterio que acaso ninguna mujer aproveche. Sabía que el deber de las mujeres alcanza un horizonte más ancho que el de los hombres. Sabía que la mujer tiene que embellecer la vida con el amor, la inteligencia y la voluntad. Que hay que saber hacer una salsa y comprender una idea: repasar una camiseta y leer un libro. Doña Rosario enseñaba con el mismo orgullo un ejemplar de Doloras y humoradas que le dedicara Campoamor, que la rica mantelería heredada de su madre.

Frecuentemente aludía doña Rosario a sus viajes y sus excursiones. Sus caminatas por tierras de España y de Portugal dan idea de lo que era aquella mujer que recorría leguas a pie y a caballo, en tren o en diligencia, vadeando ríos y atravesando brañas, comiendo en las tabernas del camino entre labradores, buhoneros y trajinantes.

Hubo quien le negó el recuerdo de una calle en Gijón diciendo desdeñosamente que no era asturiana. Claro que doña Rosario de Acuña es universal. Pero dejando esto a un lado, quizá ella conociera Asturias mejor que muchos asturianos. Yo sé que recorrió a pie toda mi comarca occidental, metiéndose en las ásperas tierras de los Oscos y llegando a abrigaños de vaqueiros para sorprender maravillas de paisaje y honduras psicológicas de nuestro carácter. Hizo más, mucho más, que otros presuntos regionalistas.

Cuando pienso que aquella doña Rosario, que a los setenta años creía en todo, no volverá a darme ánimos borrando con su palabra el escepticismo que ha nacido con la juventud de este siglo, siento una gran tristeza. Hoy separo los ojos de tantos ojos de mujer como sonríen por estas calles y quedo con ellos elevados en el recuerdo de aquella vieja amiga, cuya psique vuela por la estancia donde escribo. Ella supo alcanzar la vida imperecedera que no tendrán estas mujeres, cuya sangre joven palpita entre el sol de mayo.

J. Díaz Fernández

El Noroeste, Gijón, 4-5-1924

Anuncios

80. «A la memoria de la gran pensadora Rosario de Acuña», por Amalia Carvia

Las mujeres españolas emancipadas de la rutina religiosa están de duelo. Ha muerto la gran mujer que un día enarboló en el baluarte del libre examen la hermosa bandera del más sagrado de los derechos, llamando a agruparse bajo ella a las conciencias femeninas.

Natural es que nosotras, las que fuimos despertadas por su elocuente voz del sueño de la inconsciencia, nos lamentemos hoy de tan sensible pérdida; porque Rosario de Acuña era una estrella luminosa en el brumoso cielo de la conciencia nacional y a sus fulgores pudieron distinguir muchas almas el recto camino que lleva a la verdad y la razón. Aquellos sus artículos publicados en Las Dominicales, que hicieron célebre su magistral pluma, serán siempre recordados por todos los amantes de los fueros del pensamiento humano.

La pluma de la señora de Acuña fue una formidable piqueta golpeando sin descanso en el vetusto alcázar de la tradición. La admirable pensadora con lógica contundente arremetía contra todos los absurdos del dogma católico, pero entre las filigranas de su inimitable y valiente estilo, asomaban los tiernos y exquisitos sentimientos de su elevado espíritu verdaderamente religioso. Y por esto, su resonante voz vibraba fuertemente en las almas femeninas, penetrando hasta el fondo de las más místicas y piadosas, que abandonaban resueltas el culto del altar católico por el culto más alto de la victoriosa razón.

Así era de ver el inmenso número de adhesiones que llegaban a manos de la famosa propagandista, firmadas por mujeres españolas. Fue una explosión de entusiasmo que la reacción se encargó prontamente de apagar; pero no hay duda que los corazones de todas aquellas mujeres quedaron grabadas con indeleble sello.

Podrían las fuertes influencias del ambiente jesuítico cambiar las manifestaciones exteriores de esas mujeres, pero sus almas seguirán siendo libres, y al imprimir sus sanos besos de madre sobre las frentes de sus hijos, lo harán sin las estupideces del ciego fanatismo.

Rosario de Acuña habrá muerto quizá con el pensamiento entristecido ante la perspectiva de una España esclava de los hijos de Loyola; mas ya su valiente espíritu, desde las altas regiones donde mora, percibirá que su labor no ha sido perdida, que su siembra fructificará rápidamente cuando las circunstancias porque hoy atraviesa nuestro país desaparezcan, y el suelo, libre del cieno que lo cubre pueda dejar brotar todo lo que ha sido sembrado.

Hasta sus últimos años, la pluma férrea de la escritora de alma inquebrantable ha fustigado sin parar las mentiras e hipocresías que inficionan el ambiente patrio, asombrándonos que en su avanzada edad conservara tan perfectamente los ímpetus juveniles, la gallardía y donosura de sus mejores años. Y es ello la prueba más evidente de que tan admirables atributos no tienen su asiento en el organismo material, que residen en el espíritu, decidido a cumplir su destino en la tierra, a pesar de todos los obstáculos que el mundo ponga a su paso.

El alma de Rosario de Acuña, abierta siempre a los efluvios del espacio, tenía la conciencia de su misión, ya hoy cumplida; que ella nos fortifique en las luchas de la vida por la liberación humana; que ella, que hasta última hora ha persistido en la creencia en ulteriores fines, siga desde el infinito prestándonos las energías potentes de su ser, para continuar esa labor de los siglos de separar la verdad del error, de combatir las imposiciones del fanatismo que entenebrecen la existencia del hombre, a pesar de sus esfuerzos por acabar con un mal tan antiguo.

Bendigamos la memoria de la valiente mujer que pasó la vida aprovechando todas las horas de ella en una titánica empresa, cual es la de levantar esa espantosa mole que pesa sobre el pensamiento humano.

Valencia, mayo, 1923

Amalia Carvia

79. El impulso de la memoria

El pasado día 17 de septiembre asistí en el Centro de Cultura Antiguo Instituto de Gijón a la presentación de El árbol del pan. No podía faltar. Por si no bastara el hecho mismo de dar a conocer aquella obra, una buena novela con la que disfruté meses atrás cuando llegó a mis manos en forma de archivo electrónico, la presencia en la tribuna de Félix Población y de Lidia Falcón era garantía suficiente de que la velada habría de ser, además de grata, útil y provechosa.

Y así fue, ciertamente. Y así lo entendieron los presentes que se lanzaron abiertamente a comentar, debatir y preguntar en cuanto el moderador declaró abierto el imprevisible colofón que suele acompañar a los actos de esta naturaleza. Al final, caras de satisfacción en unos y en otros. En mi caso quizás con más motivo habida cuenta del protagonismo que tuvo doña Rosario de Acuña en la velada, tanto que después de transcurridos unos días aún me sigo preguntando cómo es que ninguno de los presentes se sintiera lo suficientemente sorprendido como para hacer algún comentario al respecto.

¿Será que todos eran conocedores de la trama? ¿Será que todos sabían que Lidia Falcón es la sobrina-nieta de Carlos de Lamo, el hombre que convivió durante casi cuarenta años con la pensadora de El Cervigón? ¿Conocían el parentesco de Félix Población con Amaro del Rosal, el dirigente socialista que desde su exilio mejicano se afanó en recuperar la memoria de doña Rosario? ¿Sabrían que entre los presentes se encontraba uno de los hijos de Luciano Castañón, el escritor que a finales de los años sesenta del pasado siglo consiguiera, entre otras cosas, recuperar el testamento ológrafo de la escritora?

En El árbol del pan Félix Población recupera para todos nosotros la vida cotidiana de una de las familias a las que la Guerra condenó al exilio interior. También, la intrahistoria de una pequeña ciudad de provincias inundada de carencias y aterida por los violentos recuerdos, por las dolorosas ausencias. Memoria reencontrada. Lidia Falcón hizo lo propio años antes con Los hijos de los vencidos, intensa memoria de tres mujeres a las que la dura y cruel posguerra confinó en un gran cercado anegado de temor y silencio.

Ambos llevan tiempo entregados a disipar la neblina que alimenta nuestra desmemoria. Cierto es que con ello no hacen más que recoger el testigo de algunos de sus familiares más cercanos. De aquellos que como Regina de Lamo (véase el artículo «En justa respuesta» ) y Amaro del RosalEl impulso que vino de México») se empeñaron tiempo atrás en luchar contra el olvido, afanándose en mantener vivo el valioso testimonio vital, ahora en buena medida recuperado, de doña Rosario de Acuña y Villanueva. Tal parece que la recuperación de una parte de la memoria tuviera efectos multiplicadores. Se activan nuevos resortes que impulsan nuevas búsquedas de la Verdad. Con palabras más cuidadas y precisas, así lo expresaba Félix Población entonces:

Somos nuestra memoria —afirma también Jorge Luis Borges—, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos. En El árbol del pan he tratado de restaurar esos espejos, susceptibles de ser empañados por el brumoso acecho del silencio, e intentar a través de la escritura —pintura de la voz, según Voltaire— que lo relatado sea una expedición a la verdad, máximo objetivo de la literatura para Kafka. Los libros deben respirar verdad. La verdad nos hace libres y ésta es la condición sine qua non para que la cultura aflore, arraigue y crezca frente a los procelosos turbiones de niebla del oscurantismo y la intolerancia»

73. El Ateneo Familiar: Rosario y Carlos se encuentran

En el comentario anterior se hacía mención al apoyo público que Rosario de Acuña prestó a finales del año 1884  a los estudiantes de la Universidad Central con ocasión de la protesta que éstos mantienen en apoyo del profesor Miguel Morayta y de la libertad de cátedra; se comentaba también que la buena sintonía de nuestra protagonista con los jóvenes universitarios se prolongaría  en el tiempo y que años más tarde algunos de los de su clase, que habían constituido una sociedad denominada Ateneo familiar, la convirtieron en su presidenta de honor [Véase aquí su carta de aceptación].  Cabe resaltar que el entonces presidente de la citada entidad era a un tal Carlos de Lamo, un joven estudiante de Leyes que de aquella apenas contaba con veinte años de edad y que no tardando se habría de convertir en el inseparable compañero de la ilustre escritora.

Corre el año 1888. Rosario de Acuña ha dado el salto a la otra orilla y se ha convertido en una destacada y combativa librepensadora. Las Dominicales del Libre Pensamiento no pierde ocasión para llevar a sus páginas todo cuanto tenga que ver con su más conocida colaboradora. De ahí que contemos con algunos textos referidos al Ateneo familiar, como el titulado «Fiesta del libre pensamiento» que a continuación se reproduce:

Aceptando la amabilísima invitación de su ilustre presidenta honoraria doña Rosario de Acuña, el Ateneo familiar en masa abandonó Madrid uno de los más bellos días del pasado mayo y se trasladó a Pinto. No hemos de decir la cordialísima acogida que la egregia poetisa dispensó a los expedicionarios en la linda casa de campo, que es su habitual morada; queremos sólo traducir el espíritu fraternal que en la fiesta en ella celebrada resplandeció, espíritu en que latía algo así como la esperanza cierta de un triunfo glorioso para nuestros regeneradores ideales.

No en vano lleva el Ateneo el nombre de Familiar. Una verdadera familia, en efecto, parecían las cuarenta personas congregadas, entre las que se distinguían las señoras y señoritas de Lamo [Micaela Jiménez y Regina de Lamo, madre y hermana de Carlos], de Pascual, de Ortiz y de Huelbes; el consecuente republicano Anselmo Lamo [padre de Carlos]; el distinguido profesor Carlos Salvi [ autor de un método para acordeón, que a finales del XIX abriría en Madrid un afamado comercio de fabricación y reparación de instrumentos musicales], que amenizó muchas horas del día con su habilidad [para la] música, tomando también varias vistas y grupos fotográficos el doctor Huelbes Temprado [de nombre Joaquín, este doctor en Derecho y Medicina fue una destacada figura del espiritismo español].

En la verdadera intimidad de la familia, se bailó, se recitaron y leyeron poesías, se cantaron cuantos himnos recuerdan los triunfos de la libertad en el mundo; y por último, la alegría y el aire del campo fueron poderosos motivos para que se acogiera con entusiasmo el instante de sentarse a la artística y abundante mesa dispuesta a la sombra de las floridas acacias.

A los postres fue cuando con mayor energía se acentuó el carácter de la fiesta. Inició los brindis Rosario, agradeciendo al Ateneo la deferencia de aceptar su convite y manifestando la esperanza de que esa aceptación fuese muestra de comunidad de aspiraciones. No fue necesario más. El presidente del Ateneo, Carlos [de] Lamo, se levantó, chispeante la mirada, a recoger la alusión que al Ateneo se dirigía, y con voz en que vibraba el entusiasmo de la juventud, dio gracias a la ilustre escritora por sus bondades, ofreciéndole por escudo de las armas traidoras, de las hordas retrógradas, no sólo el Ateneo, sino los corazones de todos sus socios, corazones jóvenes todos, todos entusiastas por el libre pensamiento, pues si quizás hilos plateados pudieran descubrirse en alguna cabellera, no son nieve de las ideas que cobija, sino ceniza de pujantes combustiones que aún estallan bajo su cráneo.

El vicepresidente, Morales Rojas [de nombre Luis, parece que  es persona muy allegada a Carlos de Lamo, como lo prueba que sus firmas figuran juntas y a la cabeza de varios manifiestos  que firman por entonces.] brindó por la ilustración de la mujer, como prenda segura del bien de la Humanidad, con especial mención de su madre, a quien debe el amor a la libertad, y de Rosario, que hoy sintetiza el movimiento renovador.

Sánchez Cobisa, presidente de la mesa de discusión, hizo constar que en el acta de la sesión última del Ateneo era donde podía aquilatarse el entusiasmo con que se acogió la invitación: todos los socios a porfía  ideaban obsequios en reciprocidad justísima, optando al fin por sólo un ramo de flores, el que ocupaba el centro de la mesa, para que con sus puros aromas simbolizase los puros sentimientos que le ofrecían; y terminó brindando porque la mujer del porvenir sepa inculcar en sus hijos los grandes ideales humanos.

[Siguen otras intervenciones, otros brindis]

Rosario [de] Acuña se levantó a contestar. Su fácil palabra, por la emoción velada entonces, cautivó de tal suerte al humilde cronista que suscribe, que olvidó el lápiz para batir las palmas, imposible por eso reproducir las ardientes frases en que pedía para hoy el culto de una trinidad presente y viva: libertad, mujer y juventud, para que las edades futuras puedan dedicarse al culto de otra trinidad, definitiva en el pensamiento humano, y perenne para todas las humanidades: DIOS, NATURALEZA y TRABAJO. Aceptó el cariñoso homenaje del Ateneo Familiar, considerándole muestra cierta de su decisión por todos estos ideales, y se ofreció a compartir sus lides en pro de toda idea noble y grande.

[…]

Las Dominicales del Libre Pensamiento, Madrid, 3-6-1888

72. De un banquete en el Café de Fornos y de su trascendencia

Tengo escrito que la gran transformación en la vida de Rosario de Acuña se produjo en los primeros años de su residencia en Pinto; que tras la prematura muerte de su padre, acaecida en enero de 1883, se inició para ella un tiempo de reacomodo, de cambio, de metamorfosis:

Huérfana de padre (“un alma como la suya, gemela en el amor hacia todas las lealtades”) y definitivamente separada de su marido, los meses que siguieron a aquel aciago inicio de 1883 conformaron un tiempo de gran trascendencia para nuestra protagonista, a juzgar por el brusco giro que, tiempo después, tomó su vida. Fueron aquellos meses momento de analizar las leyes que rigen el universo, de diseccionar las costumbres animales, de echar mano de la teoría darwiniana que su abuelo materno, fallecido unos meses antes, se empeñó en que conociera; de repensar las enseñanzas del Evangelio, de analizar las enseñanzas de otras religiones, de separar la paja del grano; de diseccionar el alma humana, de contemplar su bondad y de analizar las causas que la enturbian; de rememorar las primeras imágenes del pasado de la humanidad, que su padre le hizo ver cuando ella estaba casi ciega… (Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato, pág. 170).

De lo que hoy quiero hablar es del inicio del fin de esa etapa de cambio, del momento en que doña Rosario ve la luz al final del túnel en que se metió su vida tras el fallecimiento de su padre. Hay indicios suficientes para pensar que tal cosa sucede a finales del otoño de 1884 y, puestos a buscar la instantánea que reflejara ese momento no se me ocurre otra mejor que el banquete que Rosario de Acuña y Villanueva ofreció a unos distinguidos invitados en el madrileño Café de Fornos.

Veamos. El discurso que Miguel Morayta pronuncia en la apertura del curso 1884-85 desata una oleada de reacciones por parte de los sectores más conservadores, los cuales coniseran que lo dicho por el profesor en la tribuna universitaria es de todo punto irreverentey herético. La prensa confesional, liderada por El Siglo Futuro, arremete no solo contra el señor Morayta, sino también contra el Gobierno, y en especial contra el nuevo Ministro de Fomento, el otrora neocatólico y lider de la Unión Católica, Alejandro Pidal y Mon, a quien acusan de ser muy permisivo con los profesores liberales. La reacción no se hace esperar: los estudiantes universitarios se echan a la calle en defensa de la libertad de cátedra.

La nueva Rosario de Acuña hace pública su posición de apoyo tanto a Miguel Morayta como a los estudiantes. En primer lugar hace pública una carta que es ampliamente reproduciada por los periódicos madrileños, en la cual se compromete a costear la matrícula a uno de los estudiantes de la Facultad de Medicina si las autoridades acordasen la supresión de las matrículas de honor. Una semana más tarde ofrece un banquete en el Café de Fornos a una comisión de estudiantes.

Además de los estudiantes son invitados otros conocidos librepensadores, entre los cuales se encuentra el profesor Miguel Morayta y Ramón Chíes, uno de los directores de Las Dominicales del Libre Pensamiento.

A los postres, según contó la prensa, la anfitriona pronunció un brindis por la libertad y la juventud. Lo que no contaron la mayoría de los periódicos es que doña Rosario comunicó a los presentes su decisión de adherirse públicamente a la causa del librepensamiento que con tanto afán defienden Las Domincales.

Pues sí. Bien puede decirse que aquel banquete en el Café de Fornos resultó ser la presentación en sociedad de la nueva Rosario de Acuña. Jóvenes y librepensadores serán sus nuevos compañeros de viaje: apenas dos semanas después del banquete el semanario de Chíes y Lozano hace pública su carta de adhesión; no mucho más tarde es nombrada presidenta honoraria del Ateneo familiar que integran varios estudiantes universitarios, entre los que se encuentra Carlos de Lamo, un activo estudiante de Leyes con quien habrá de compartir el resto de su vida.

70. «Doña Rosario de Acuña», por José Nakens

Ha muerto esta señora; señora en todas las nobles y elevadas acepciones de la palabra. El sábado 5 del corriente dejó de latir aquel corazón que tanto amó a los humildes.

Por Gijón y por toda España cundió la noticia, arrancando expresiones de pesar.

El entierro fue civil, concurriendo a él gentes de todas las clases sociales, especialmente de la obrera.

La carroza fúnebre no pudo utilizarse, porque el pueblo quiso conducir a hombros el féretro para demostrar de este modo su cariño a la muerta.

Como literata, pues lo era a gran altura, cultivó Rosario de Acuña el verso y la prosa, alternando en lo dramático, en el poema y en el periodismo.

En 1876 estrenó el drama en verso Rienzi el tribuno, que obtuvo un triunfo enorme. El público pidió, entusiasmado, la presencia del autor, y cuando se oyó el nombre de la poetisa, se reprodujo la sorpresa, pues contaba a la sazón veinticinco años. La crítica acogió tan favorablemente la obra, que los más salientes escritores decidieron dedicarle un álbum, homenaje que ella rechazó.

Escribió dramas, Tribunales de venganza, El padre Juan y Amor a la patria; libros como La siesta y Tiempo perdido; y poemas como En las orillas del mar y Ecos del alma.

Colaboró en Las Dominicales del Libre Pensamiento, de Madrid; El Diluvio, de Barcelona; El Pueblo de Valencia; El Noroeste, de Gijón, y El Motín.

Su pluma era entera; su inspiración, fácil; su corrección, exquisita. En los versos transcritos en otro lugar[1], pueden observarse estas cualidades. Rosario de Acuña sufrió persecuciones sin cuento por sus ideas.

Cuando estrenó con gran éxito El padre Juan en abril de 1891 en el teatro de la Alhambra, prohibieron su representación al quinto día [en realidad fue la misma noche del estreno], por su marcada tendencia racionalista.

En un periódico de Barcelona emitió juicios sobre la juventud y las costumbres de la época [se refiere a La jarca de la Universidad], que promovieron un revuelo grandísimo y el procesamiento de la autora, que viose obligada a refugiarse en Portugal, tierra hermana que ella conocía y amaba. Cuando volvió a España, se refugió en su casa de las cercanías de Gijón, edificada sobre un promontorio.

El año 17, cuando la huelga general, fue molestada con registros y amenazas. Los soldados creían comprobar en casa de la escritora denuncias anónimas que hablaban de armas y explosivos ocultos. La intervención de Castrovido puso fin a tan deplorables episodios.

Aunque hizo todo el bien que puso se la acosaba hasta en su retiro y, pobre y anciana tuvo que soportar la barbarie de ciertas gentes que azuzadas por clericales estimuladores de la ignorancia y la superstición, tildábanla de bruja y nigromántica. Llagó a publicarse en periódicos la afirmación de que Rosario de Acuña había encantado a varias personas y teníalas en su casa convertidas en bestias. Y también se dijo en un artículo firmado, que en noches de tormenta volaba la escritora montada sobre los riñones de un demonio verde [Véase La casa del diablo]. Todo con la sana intención de excitar el fanatismo de la gente aldeana que pudo ocasionar cualquier salvajismo.

Diatribas, calumnias, persecuciones. A todo, y también a la miseria, supo resistir la noble señora que acaba de morir.

No hizo daño a nadie y empleó su pluma, su palabra y sus escasos medios pecuniarios en auxiliar a los caídos, a los pobres, a los ignorantes. Pudo medrar haciendo la corte a los poderosos y prefirió defender a los que no lo eran. Este es su más cumplido elogio.

Yo, que la admiraba, he sentido mucho su muerte.

El Motín, Madrid, 12-5-1923


[1] En la misma página se publican «A mi madre» y «Más allá de la muerte».

56. Su amiga Ángeles López de Ayala

En 1888, dos años después de haberse convertido en Hipatia, Rosario de Acuña pronuncia un discurso en la ceremonia de inauguración del colegio para huérfanos de padres masones que pone marcha el  Gran Oriente Nacional de España. En el mismo acto otra mujer toma la palabra: se trata de Ángeles López de Ayala,   masona como ella, combativa como ella, con quien mantendrá una larga amistad.

Para conocer un poco más de quién se trata,  permítaseme que reproduzca aquí unos párrafos que sobre ella incluyo en Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato:

Ángeles López de Ayala y Molero, una sevillana nacida en 1856, que tras haber contraído matrimonio se habría trasladado a Madrid, donde  comienza a  moverse por  ambientes masónicos y librepensadores, no tardando en producirse su iniciación que tuvo lugar, al parecer, en la  logia Amantes del Progreso,   en la que desempeñará los cargos de Secretaria y Oradora,  figurando en 1894 con el grado 30, no duda en reivindicar que todas las mujeres puedan seguir sus pasos  integrándose en las logias en igualdad de condiciones con los hombres, obviando con ello  el Rito de Adopción. Participará de manera regular en las actividades organizadas por la Sociedad Autónoma de Mujeres de Barcelona, entidad íntimamente ligada a la masonería dedicada a favorecer la formación política y cultural de las mujeres, que será el germen de la Sociedad Progresiva Femenina que fundará Ayala en 1898. Dos años antes sacará a la calle El Progreso, la primera publicación de carácter librepensador y feminista de las cuatro que habrá de fundar y dirigir. Después vendrán El Gladidor (1906), El Libertador (1910) y El Gladiador del Librepensamiento (cuya segunda época se inicia en 1910), en donde aparecerán de manera habitual escritos   de Rosario de Acuña,junto a los de otras librepensadoras, espiritistas o masonas.

Parece ser que las inquietudes y la vitalidad que mostraba entonces Ángeles López de Ayala ya anunciaba el intenso batallar que desplegaría tiempo después. No sería de extrañar, por tanto, que en el verano de 1888 surgiese entre las dos mujeres una relación de complicidad que solo se habría de romper con la muerte. Y es que nos encontramos ante dos seres que no solo defendían posturas similares desde las mismas filas del republicanismo, el librepensamiento y la masonería, sino que lo hacían animadas por el mismo espíritu combativo. La complicidad que no pudo existir con Amalia Domingo Soler ni con Mercedes de Vargas, era ahora posible con esta mujer con la que, tal y como nos cuenta décadas después,  selló un pacto por el que ambas  no solo se comprometían a vivir y morir fuera de todo dogmatismo religioso,  sino que pondrían todo su empeño en despertar en  «cuantos seres pusiera a nuestro lado el destino, las ideas racionales de justicia, bondad y belleza, desligadas de todas las religiones dogmáticas»

Lo cierto es que no permaneció durante mucho tiempo en el mismo sitio, pues tras su paso por Amantes del Progreso , Lacalzada de Mateo la sitúa en 1888 en el cuadro de Amor y Ciencia y poco después, en abril del siguiente año, en la logia  femenina Hijas de los Pobres…

Pues bien, la amistad entre ambas se mantuvo hasta que la muerte las separó para siempre. Rosario tenía la mejor opinión de Ángeles, como se refleja en estas palabras escritas para ser pronunciadas en un mitin celebrado en 1917 en la Unión Progresiva Femenina de Gracia:

Esta mujer, amiga mía, que hace 30 años viene dándose al ideal librepensador, por encima de su propio bien, porque ¡a cuántas más inferiores que ella en entendimiento, cultura y voluntad se las ve, como monigotes de feria, subir a los tablados de la vanidad social hasta conseguir, con buenas o malas artes, un sitio en los frisos de los olimpos contemporáneos!.

De la opinión que Ángeles López de Ayala tiene de Rosario de Acuña y Villanueva, sirvan estas palabras escritas con motivo de su muerte:

El mejor Florón

A ROSARIO DE ACUÑA

Falta ya de España. No era digna esta Nación de poseerlo; aquí, donde se han cobijado los detritus de los países más afortunados, sobraba ya la mujer fuerte, valerosa y digna, forjada en el yunque del sufrimiento, donde adquirió la diamantina dureza del granito.

Era una provocación quijotesca la de aquella alma briosa sin comparación, que sola en el mundo, se atrevía a desafíar a la institución más poderosa de cuantas en el día subisten, ¡al jesuitismo!

En Oviedo [por Asturias], frente por frente de él, simbolizando las sombras de oscura noche, destruídas por el rayo de luz de la razón, edificó su hogar aquel gigante del pensamiento, aquella mujer insustituible que pasmó por sus conocimientos, por su sabiduría y su inflexibilidad.

La que siempre se mantuvo arrogante e inatacable, rindió al fin su tributo al no ser, probando con ello que hasta lo más sólido es efímero en las páginas del gran libro de la eternidad…

¡Rosario!, al pronunciar tu nombre mi labio tiembla de admiración y de respeto; tu fuiste mi maestra; la fuente cristalina donde sacié mi sed devoradora de justicia y de humanidad.

Recuerdo aquellos ratos que en compañía pasaba, sentadas las dos sobre una piel de oso; aún están frescas en mi memoria las comidas que en unión de tu madre saboreábamos, amenizadas por los destellos de tu inteligencia; aún te veo a mi lado durante mi primera conferencia, animándome con tu aplauso, que para mí era de más valía que el de los públicos todos; y… en fin, aún parece que te tengo a mi lado, inculcándome tu aliento para el bien y tu odio para el mal. ¡Qué buena y qué justa eras, Rosario inolvidable! Conservo tus cartas, en las que no hay un sólo párrafo de desperdicio, ¡qué buena eras!

Ya en Barcelona, te molesté una vez pidiéndote original para una conferencia a la «Sociedad Progresiva Femenina», conferencia que a vuelta de correo enviaste.

También has contribuido a sostener con tu brillante pluma mi Progreso, mi Gladiador, todo lo que ha podido darme provecho y nombre.

Por desdicha, yo solo puedo pagarte dedicándote un puesto en mi memoria, que ocuparás eternamente.

Y, ahora, perdóname si no he sabido hacerte justicia. Mi voluntad es muy grande, pero ni mi inteligencia, ni mi dolor me permiten exteriorizarla.

Y tú, Carlos Lamo, que por tu generosidad y tu nobleza te consagraste a vivir para endulzar sus días, que la bendición de aquella SANTA te acompañe.

El Motín, 19-5-1923