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Archive for 9 marzo 2013

91. Rosario de Acuña en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

El pasado 28 de febrero la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes inauguró un portal dedicado a Rosario de Acuña y Villanueva, con lo cual esta infatigable luchadora pasa a compartir espacio con otras destacadas  escritoras del diecinueve como  Concepción Arenal, Fernán Caballero, Rosalía de Castro, Emilia Pardo Bazán o Gertrudis Gómez de Avellaneda.

Esta es, sin duda, una excelente noticia para todos cuantos, en una u otra medida,  hemos venido contribuyendo durante los últimos años en  la  divulgación de  la vida y obra de esta singular mujer. Y lo es porque damos por supuesto que el referido portal contribuirá grandemente a esta tarea colectiva, a la que se hace mención en la Presentación de este espacio:

A finales de los sesenta del pasado siglo pocos eran los que podían decir cosa alguna de Rosario de Acuña y Villanueva. Apenas habían pasado cuatro décadas desde su muerte y su memoria parecía haberse desvanecido.

Entonces, y de esto hace ya cuatro años, se decía que las cosas habían empezado a cambiar y que gracias a las aportaciones de Patricio Adúriz y de cuantos le sucedieron en el empeño, (Javier Ramos, Amaro del Rosal, Mauro Muñiz, Sara Suárez Solís, Luciano Castañón, José Bolado, Pedro Álvarez Lázaro, José Ramón Saíz Viadero, Matilde Camús, Daniel Palacio, María del Carmen Simón Palmer, Elvira María Pérez-Manso, María Teresa Álvarez, María de los Ángeles Ayala, María José Lacalzada, Íñigo Sánchez Lama, Christine Arkinstall, Luis Roda, Aquilino González Neira, Marta Fernández Morales, Esther Zaplana o Macrino F. Riera, autor de estas líneas y de Rosario de Acuña en Asturias y Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato),  ahora  conocemos mucho mejor quién fue esta ilustre librepensadora y qué papel desempeñó en la España que le tocó vivir.

Si eso decíamos entonces, qué no podremos decir ahora. Esperamos mucho de tan prestigioso aliado, pues tras varios de funcionamiento la BVMC  se ha consolidado como un indiscutible espacio de referencia de la cultura en español, el gran fondo de obras clásicas en lenguas hispánicas en la Red. Si con el esfuerzo individual de unos pocos hemos conseguido lo que hemos conseguido, qué no podremos  esperar de una estructura tan potente.

Es previsible que, no tardando,  tanto la cronología de la vida de la autora,   la bibliografía a ella referida, el número de obras digitalizadas (disponibles en la Red desde el año 2009),  así como el resto de información  que  ahora tenemos a nuestra disposición,  se vea sensiblemente mejorado, lo cual redundará en un mejor conocimiento del testimonio vital que nos legó doña Rosario de Acuña y Villanueva.

Que así sea.

90. La ramera

[…]

«La ramera se encuentra en cualquier parte, no hay que molestarse en buscarla; se la halla a cualquier hora y de cualquiera clase. ¿Halaga la vanidad? Pues se la toma de relumbrón. Librada del empadronamiento por orgullosa generosidad, se la pasea como un buen caballo o una buena galga. ¿No se busca más que el espoleo del hastío? Pues no se elige, se coge si acaso. ¿El cieno ahoga? Pues se revuelve en él hasta encontrar lo más asqueroso… Después espera el banquete, la conferencia, la discusión, la biblioteca o la cátedra. La prostituta, si se tiene en casa, satisface todos los instintos del vicio, porque entroniza las inclinaciones tiránicas del hombre. ¡Es tan seductora la condición de amo! Allí está aquel montón de carne y huesos sin inteligencia ni voluntad, las dos prerrogativas de la criatura humana: allí está como animal cuidadosamente sostenido para el momento de la necesidad, y este momento ha de surgir del cansancio, no de la esperanza; este momento ha de surgir como brote podrido que arroja un árbol frondoso. Allá arriba, en el corazón, y más alto, en el cerebro, las grandes aspiraciones, la ambición del oro que proporcionará molicie y envidiosos; la ambición de la gloria que producirá delirios y aduladores; la ambición del prestigio que acarreará vanidades y víctimas; allá, en el sentimiento y en la razón, el afán de la vida mejor, más regalada, más brillante o más satisfecha; allá arriba con los extravíos de la concupiscencia, mezclados los elocuentes discursos, haciendo brotar luminosos ideales de progreso, de perfección y de cultura; el libro, profunda síntesis de sólidos conocimientos, henchido de preceptos sublimes y sabias indicaciones; el descubrimiento científico o industrial, viniendo a testificar el nombre del siglo de las luces: allá arriba, en esos dos mundos que lleva el hombre impresos en su voluntad, en el sentimiento y la inteligencia, todas las expansiones de la amistad y todas las elucubraciones de la sabiduría, y más debajo de la coba exuberante del árbol de la vida, suciamente revuelta con detritus de fermentación, la sublime y esencial necesidad del amor rebajada, envilecida, degradada en todas sus manifestaciones, huída de todos los sentimientos para brotar impura y liviana como una contracción  espasmódica de repugnante epiléptico, y producir en instantánea revulsión de encontradas tendencias, un hastío enervante y después una ferocidad impía y un rencor vil hacia la racional mitad de la humana especie, hacia la mujer. ¡He aquí el amor a la prostituta!… Pero ella libra de la humillación de amar a una mujer; ella no crea obligaciones, ni gratitudes, ni sacrificio, ni abnegación, ni siquiera molestias; no se necesita con ella más que una sola pasión, ¡la del desprecio!
»Cruel ceguedad, torpe error de nuestra envilecida época, la ramera es el veneno que roe las entrañas sociales, su influjo lo invade todo, porque infiltra en el impulso generatriz de la raza humana que es el sentimiento, una inspiración de antipatía, desconfianza y odio hacia la mujer, en su altísima, pura y redentora misión de esposa. El amante de la prostituta, es decir, el prostituido, mira el matrimonio con espanto, le teme como carga, le toma como contrato, va hacia él, pero no confiado, creyente ni decidido, sino con reservas, y siempre con premeditaciones de dominación, o cuando menos educadoras… ¡Ah! ¡error funesto! La personalidad del hombre y la de la mujer han de fundirse sobre la misma línea de respetos en los afectos del amor, si han de producir el símbolo humano en su corrección natural, compuesto del varón y la hembra. Jamás con intenciones de comprarla con intereses, con la fuerza o con la astucia, será la mujer otra cosa que verdadera concubina de su marido. La influencia de la ramera se nota, más que en nada, en este engreimiento masculino que surge así que se calman los estímulos de la posesión. En los brazos de la esposa, quise se acostumbró a los de la mujer pública, solo ve la expiación de un arrebato, el castigo de una locura de la juventud, y, en último caso se la sufre por la seguridad de la legitimación de los hijos. Pero, ¡ay! jamás elevará la esposa a compañera quien profanó los primeros anhelos del amor en los antros inmundos de la prostitución. Ellos le hicieron conocer algo más inferior que la hembra, la mecánica construcción de un artefacto vendido a toda clase de precios, desde el ínfimo de un mendrugo de pan, hasta el subido de un palacio. Nada de humano, de racional, de justo, de digno, ni de respetable verá en la mujer, quien la descubrió sin alma ni cuerpo.¡Sí! que el cuerpo de la ramera, como producto que es del arrollamiento en las leyes naturales, no ofrece las encantadoras hermosuras de la mujer, sino la deformidad repulsiva del monstruo disimulado, y el que en la atmósfera de lo monstruoso se inspira nunca llegará a apreciar lo perfecto.

Sigue…

89. El vaquero (Recuerdos de las montañas de Asturias)

Estaba sentado sobre las anchas losas del hogar, donde un tronco de álamo ardía entre dos enormes morrillos de hierro; un candil de luz mortecina, colgado en la repisa de la chimenea, iluminaba tristemente la cocina, oscura y ahumada; acaba de dejar sus vacas en el establo y venía a que el ama le diese su ración; el contraste de la luz crepuscular y la luz artificial había evitado que me viese sentada en uno de los rincones de la estancia; así pude observarle tranquilamente sin que de ello se diese cuenta: tendría nueva años, los andrajos que lo cubrían no habían quitado a su cuerpo esa gracia suavísima de la infancia; el sol al curtirle le había dado algo de escultura; su rostro era hermosísimo, la frente se levantaba recta hacia la luz, como si solamente hacia el cielo pudieran aspirar sus ideales; pero su hermosura tenía esa melancolía de la miseria que apaga el brillo de los ojos y hace unos pliegues de amargo sarcasmo en la cisura de la boca.

—Ama, que tengo hambre —dijo mientras se acercaba a las brasas, tiritando por el agua nieve que se escurría entre los jirones de su blusa—. Pues aguántate, que más te aguantamos nosotros, —contestó con áspero tono la dueña del caserío. Entonces hablé yo, causándole mi voz un sobresalto que le hizo estremecer; enseguida se puso colorado como una guinda, y bajó los ojos que ya no le pude volver a ver. El ama entró; traía una escudilla de madera en la que se veían restos secos de la ración de la mañana; se llegó al fuego, destapó en ella un cazo, sacó un pote en el que nadaban entre judías y hojas de col, dos o tres patatas; después cortó una rebanada de pan de escanda hecho con salvado y todo, y ambas cosas las puso delante del muchacho, que desde que notó mi presencia en casa de sus amos había permanecido inmóvil con las piernas cruzadas a estilo moruno sobre las losas del fogón. —Vamos, come, —le dije— y cuéntame lo que haces por el monte mientras guardas las vacas. Al oír que me dirigía a él debió sentir un choque emocional de magnitud tremenda, porque palideció a la vez que temblaban sus negras manitas, y bajando aún más la cabeza, se metió la escudilla entre las rodillas y se puso a comer con una pequeña cuchara de estaño que sacó de la boina: sin duda el alimento y las frases de cariño que yo le dirigí mientras comía le dieron fuerzas para responder.

Era huérfano de padre; su madre quedó enferma al quedar viuda con seis rapaces como él, año más, año menos; tenían hambre todos, y a todos los despidió para que se buscaran la vida; él era el más listo y logró aquella casa donde al menos comía (¡!); de trapos viejos el ama le hacía de cuando en cuando una blusa y unos calzones; las almadreñas usadas de la casa, era su calzado; la boina fue de su padre; al ser de día sacaba las tres vacas al pasto; mientras comían él jugaba y pensaba (palabras textuales), pensaba en lo que habría al otro lado de aquellas sierras.

Continúa

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88. «Rasguño psicológico»

Cuando se encuentra uno al frente de las obras de Rosario de Acuña, el ánimo formula sin quererlo, espontánea e intuitivamente, esta pregunta: ¿Dónde ha aprendido esta mujer todo lo que sabe, quién se lo ha enseñado? Porque la verdad es que cuesta trabajo figurarse a Rosario de Acuña como producto de la educación moral y literario-científica que entre nosotros disfruta la mitad débil de nuestra especie. Ni se trata sólo de que nuestra escritora publique versos más o menos brillantes y armoniosos, ni que con facilidad pasmosa imite —como ella dice— a Campoamor, forjando en Morirse a tiempo una joya que en nada deslustraría al ser con ellas engarzada, las más primorosas y artísticas del maestro, ni siquiera que escriba la prosa española con un desenfado, una facilidad y una precisión que sorprenden a los que estamos canos de luchar contra las rebeldías del estilo. En una tierra como la nuestra –donde la fantasía y la facultad de asimilación alcanzan niveles tan altos- no nos sorprende el ver producirse éste y otros fenómenos aún más peregrinos; lo que realmente suspende el ánimo y engendra en él la más legítima y científica curiosidad, es la manera como Rosario de Acuña discurre, es el nervio poderoso de su raciocinio, la lucidez de su entendimiento, la profundidad de sus ideas, lo raro, levantado y filosófico de sus dudas, intuiciones y presentimientos.

Tres dramas [Rienzi el Tribuno, 1876; Amor a la patria, 1877; Tribunales de venganza, 1880], un pequeño poema [Morirse a tiempo, 1879], un tomo de poesías [Ecos del alma, 1876,]  y otro volumen de artículos en prosa, le habían dado derecho para ocupar en el mundo de nuestra literatura el lugar eminentemente reservado al verdadero talento y a los méritos visibles y reconocidos. Sin con Rienzi el tribuno había salido de la oscuridad, cual astro luminoso que rompe, en un momento afortunado, la oscuridad que le envolviera, Amor a la patria  y Tribunales de venganza demostraron la persistencia en su entendimiento de la valiente inspiración que en su primer drama se advirtiera, anunciando para lo futuro triunfos no menos legítimos y merecimientos cada día menos controvertidos. Su representación de poetisa logró afirmarse en breve plazo; su crédito en la esfera literaria hizo grandes progresos en sus artículos sobre “La influencia de la vida del campo en la familia”, y otros bosquejos tan notables por el fondo, como bellos por la forma. Y esta reputación ganada ante la opinión pública en honroso certamen, nada debía, por lo mismo, a la complaciente y funesta facilidad de la gacetilla.

Rosario de Acuña vive como siempre ha vivido, distante de todo bullicio, de toda liviandad y ligereza, de todo lo que presuponga asechanza o complot contra la sencillez ingenua y nativa de la vida de familia y de la contemplación de la naturaleza.

Diríase que Rosario de Acuña existe, no para la sociedad, sino para el hogar doméstico; no para el artificio de la civilización, donde las luces se confunden con las sombras, sino para ese eminente esplendor que se llama infinito en el universo e infinito en el espíritu. O mucho nos engañamos, o su alma, joven por los años, anciana por la experiencia, sufre una dolencia incurable: leyendo a Rosario, creemos adivinar que padece de la nostalgia de lo ideal.

En sus poesías nos parece presentirlo, en su prosa pensamos haberlo descubierto. La siesta,  último libro suyo, a excepción de unas cuantas páginas que huelgan en ese admirable ramillete, no es más que el quejido prolongado y sonoro de una alma enferma (…). Su pensamiento está en conflicto permanente con la realidad finita. Hay en Rosario algo parecido a una fiebre permanente de lo desconocido. La agudeza de sus sentidos dice lo extraordinario de su sensibilidad. Donde el común nada ve, ella descubre espectáculos a cual más atractivos e inocentes.

(…)

En todas estas páginas, el fondo es lo primero: Rosario piensa con una lucidez e intensidad pasmosas. Por eso nos hemos preguntado al concluir de leer su Siesta: ¿Dónde ha aprendido esta mujer todo lo que sabe? ¿
Quién la ha iniciado en las amarguras de la reflexión filosófica? ¿Cómo ha llegado ella, que ante todo sentimiento debía adherirse a la realidad, a vivir enamorada del vacío?

Éste es el problema psicológico que nosotros hemos planteado al pretender juzgar, como críticos, sus artículos: con ser bellos como arte estos bocetos, valen más como ideas. En Rosario, lo superior es la pensadora (…) En nuestro juicio, Rosario de Acuña es una naturaleza melancólica (…). El entendimiento de Rosario podría calificarse de intuitivo. Es de aquellos que se rehacen sobre sus mismas fuerzas y que al salir fuera –en forma de ideas- rompen toda vulgaridad y se transfiguran en diáfanas espirales que suben hacia lo alto.

No conocemos personalmente a la autora del Rienzi; pero se nos figura que debe ser sencilla, modesta, llana, casera, en una palabra, como Fernán Caballero, a quien tratamos por tiempo y con sincera amistad. Quien (…) tiene pensamientos tan exactos y justos sobre los deberes de la mujer para con la prole (…) es una criatura que sin quererlo, por determinación misteriosas y virtual de su organismo, siente y descifra, sin ahogo, los más arduos problemas del alma humana.

No sabríamos decir de plano dónde encontramos más alto precio, si en el género literario subjetivo o en el objetivo. Mirad el segundo arte, se relaciona con el gusto, la tradición literaria y la complexión social; es, ante todo y sobre todo, producto de relaciones convencionales; el primero, en cambio, aspira a lo permanente y a lo general, por no decir absoluto; el del dominio del sentimiento puro en consorcio con la razón, dueña de sí misma, agitándose, moviéndose apartada de toda acepción de persona, cosa o tiempo.

Toda manifestación subjetiva tiene algo de revelación. ¿Revelación de qué? De lo infinito. Entre lo subjetivo y lo inmenso está siempre tendido el puente de lo ideal, por donde caminan con paso seguro las almas melancólicas, únicas que no experimentan vértigos en esas alturas inconmensurables. Rosario de Acuña siente una propensión inconmensurable hacia lo alto, donde se le revela lo eterno.

(…)

La muerte y la vida son primeras relaciones: lo permanente y absoluto es la eternidad sin límites. Si nuestra escritora no tiene la certidumbre de su realidad, tiene la intuición, y esto le basta para sobreponerse a cuanto le rodea, y a vivir con una diafanidad de conciencia y de espíritu que debe ser verdaderamente inefable y beatífica.

(…)

En suma, La siesta no es más que una colección de artículos más o menos bellos, más o menos ingeniosos y bien escritos. Es una autobiografía, es la puerta para entrar en el sagrado recinto, en el santuario de un alma que alienta en la comunión de las cosas grandiosas. Es un conjunto al parecer incoherente, y que no obstante, ata el nexo admirable de la unidad intelectual. Empieza el libro con un quejido del pensamiento que se siente aislado en medio de la muchedumbre.

(…)

Nos parece escuchar a Goethe pidiendo ¡luz, más luz!

Éste era otro melancólico

Un académico[1]

El Correo de la Moda, 10-1-1883


[1] Iñigo Sánchez Lama en su Antología de la prensa periódica isabelina escrita por mujeres (1843-1894)  apunta la posibilidad de que el autor del artículo pudiera ser Juan Pedro Criado, colaborador de El Correo de la Moda,  miembro de varias sociedades científicas y literarias, y autor, años después, del  ensayo Escritoras españolas (1889).