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Archive for 25 septiembre 2010

78. De tal astilla, tal palo

De todos sus escritos, quizás sea el  testamento escrito «en la ciudad de Santander a veinte de febrero de mil novecientos siete» por el que sienta mayor predilección.  Y me consta que también lo es para quienes  se han acercado hasta  Rosario de Acuña. Vida y obra; al menos, es el texto que más visitas ha recibido durante los quince meses que la citada página lleva abierta.

Dicho lo cual, tengo que añadir que no me extraña, pues si bien otras hay de entre sus obras que pudiéramos calificar de más combativas, de más líricas,  de más plásticas, de más clarividentes o  de más dramáticas, el testamento escrito de su puño y letra y por triplicado, en papel rayado de la clase oncena, quizás sea la síntesis de todas ellas: la esencia de una larga marcha en busca de la Verdad.

A los cincuenta y seis años de edad, considerando que ya se encuentra en el final de su recorrido, cree llegado el momento de escribir la escena final de su vida. Y lo hace con  la clarividencia adquirida  en los más de veinte años de lucha dirimida  contra quienes se han empeñado de sumir en la más absoluta oscuridad el solar patrio. El colofón es del todo coherente con el resto de  la obra.  Prueba de verdad de todo lo que ha predicado y vivido. Verdad y coherencia que se contagian,  hasta el punto de prender en corazones que en otro tiempo abrazaron otros credos, vivieron otras esperanzas, anhelaron otros paraísos. Tal fue el caso de  su madre.

Nacida y criada en una familia católica, con un hermano de probada fidelidad al sector más integrista del catolicismo español, Dolores Villanueva y Elices mudó sus creencias de tal modo que cuando en 1905 la muerte vino a su encuentro su entierro se convirtió en evento noticioso, merecedor de ocupar un espacio en las páginas de El País, diario madrileño que recoge de esta forma la crónica de su corresponsal en Santander:

Querido director:

Ha muerto doña Dolores Villanueva, viuda de Acuña, madre de la ilustre escritora doña Rosario de Acuña.

La virtuosa finada, en su original testamento, entre otras cosas dignas de admirar dejó dicho: «Sea mi entierro sin aparatos ni fatuidades, y con la mayor sencillez se celebre de madrugada, sin acompañamiento, y déseme sepultura en el cementerio civil. No se ostente signo alguno de religión de clase alguna.

»Dejo preparada mi mortaja: una sábana para el cuerpo y un velo para la cara»

Al pie de la letra se cumplió la voluntad de tan respetable señora, que, a pesar de sus setenta y siete años, jamás vaciló su espíritu para no caer en necedades rutinarias, y vivir y morir libre de la esclavitud del cura, y alejada de mojigaterías de la sociedad en que vivimos.

El cadáver fue acompañado solamente del doctor Toca y del sobrino de la difunta don Carlos Lamo, por voluntad expresa de la finada.

El País, Madrid, 1-7-1905

77. Ateneo Familiar: La respuesta de Carlos de Lamo

El apoyo público que a finales de 1884 Rosario de Acuña prestó a los estudiantes de la Universidad Central  con motivo de las protestas que protagonizaron en defensa del catedrático Miguel Morayta, que había sido duramente criticado por los sectores confesionales que tildaron de herético el discurso que éste pronunciara en el acto de inauguración del curso escolar, no hizo otra cosa más que proclamar el convencimiento de la escritora de que sólo la juventud, y en especial la juventud ilustrada, podría regenerar la patria.

De ahí que no resulte extraño que cuando tres años más tarde un grupo de universitarios se dirige a ella ofreciéndole la presidencia honoraria de una sociedad denominada Ateneo Familiar, la escritora —convertida ya en abanderada del librepensamiento y de la masonería— acceda gustosa.

Días más tarde, Carlos de Lamo, por entonces un joven de diecinueve años de edad que, tras haber realizado el curso anterior los Estudios Preparatorios, cursaba las materias correspondientes al primer curso de la Licenciatura en Derecho, le dirige la siguiente contestación, en su calidad de presidente del citado Ateneo:

Señora:

Si fuese posible que os diera a conocer tal como ha sido el interés y el entusiasmo, la gratitud y la energía, que vuestra carta ha despertado en el ánimo de todos los que formamos este Ateneo, si posible fuera que os retratase tal como sucedió en la realidad aquella explosión de aplausos que al concluir su lectura, como ola impetuosa, llenó el espacio; si la naturaleza me hubiese dotado de elocuencia para hacer llegar a vuestros oídos las exclamaciones de alegría, las palabras de profunda y sincera admiración arrancadas a todas las más arraigadas convicciones de nuestra alma; si pudiese, en fin, resumir lo que fue aquella, para nosotros, memorable sesión, en que vuestro nombre sonó en todos los labios, en que la carta se leía por todos, en que las emociones se sucedían unas a otras sin interrupción: en verdad que resultaría un cuadro de maravilloso colorido, en verdad que haría una composición mágica por la luz y el movimiento de sus figuras, y llena de realidad y vida incomparables.

Pero, ¡ah!, que lejos de eso eligieron un intérprete de sus sentimientos, de sus ideas y aspiraciones, y no reúno ninguna de las brillantes cualidades que necesarias son para que esté en consonancia con la grandeza del acto, su interpretación al exterior, y por esto no es de extrañar que esta respuesta sea pálido reflejo de todo aquello.

Procuraré, sin embargo, esforzarme; procuraré dar forma real a todo lo que, como ellos, sentí yo; haré porque el sentimiento, que es lo que después de todo forma la base de nuestra vida, y que tan felizmente fue conmovido por su carta, salga tal como él es, con sus brillantes colores, con sus matices de esperanzas y sueños, idealidades y poesía, y si lo consigo, y lo que constituye lo íntimo de nuestro ser, reviste en el mundo de la realidad las mismas formas, el mismo ropaje que tiene en el puro campo de la fantasía, yo os prometo  que lo menos irá esta carta llena de tan nobles y generosas aspiraciones, que bastarán por sí solas a hacer pasar desapercibida la forma un tanto prosaica en que vayan expuestas.

Pero antes de deciros cuáles son nuestros deseos y de qué manera pensamos responder a la solicitud con que nos distinguís, voy a permitirme contestar a los primeros párrafos de vuestra carta que sólo a mí afectan.

Ese con que me habéis honrado es un nuevo motivo de orgullo, de satisfacción y complacencia, porque me prueban que son de tal modo idénticos la manera de pensar y sentir entre ambos, que llega hasta el punto, poco comprensible para la generalidad, de que en el poco tiempo que tengo el placer de tratarla, haya profundizado de tal modo en mi ser que vea en él ese algo que siempre precede al cambio de tratamiento, que como decíais muy bien en cierta ocasión, sólo lo tenía establecido la especie humana.

Y cerrando este paréntesis, voy a daros a conocer los propósitos que nos animan.

El Ateneo Familiar, formado en un momento de entusiasmo, siguió en marcha constante y progresiva, gracias a ese mismo ardor que la juventud tiene para toda clase de empresas en que ha depositado su cariño y que ella misma crea.

Espera poder llevar, dentro de su círculo, la ilustración en general al mayor número, base de todos los adelantos que en el mundo se operan; tiene como uno de los más legítimos triunfos el haber admitido con los mismos derechos que al hombre a la mujer, para conseguir poco a poco la conquista, porque verdadera conquista es hoy y más en nuestra patria, la de atraer al eterno femenino a un  mundo más amplio y real del que se mueve, sacándolo de ese estrecho círculo de casa paterna, hogar e iglesia y lanzándolo en el torbellino grande y sano de la humanidad, para que piense con ella, sienta sus dolores y trate de remediarlos.

Quiere coadyuvar en lo que quepa al movimiento científico que se opera en estos momentos; en el orden científico intenta  afinar el sentimiento estético; en el filosófico, prestar su apoyo a lo que sea más verdadero; en el político trabajar porque se establezca aquel régimen bajo el cual la igualdad de hecho ante la ley, la libertad y la fraternidad constituyan sus más firmes bases; en suma, procurando realizar el fin humano que a la agrupación lo mismo que al hombre cabe y que vos sintetizáis en las palabras libertad y trabajo, sabiduría y virtud.

Yo os prometo, por otra parte, que vuestro nombre irá grabado en el corazón de todos los que forman hoy este Ateneo, que él se repetirá de unos en otros cual reliquia preciada en donde se encuentren condensadas todas sus alegrías y todas sus tristezas porque pase durante su vida; que un sentimiento de gratitud, cada vez más profundo, irá arraigándose allá en nuestra conciencia hacia el ser valerosísimo, hacia la mujer incomparable, que dando un pasmoso ejemplo de caridad, puesto que caridad es ir estrechando las relaciones entre los hombres —corolario de todas las doctrinas que predica— y difundiendo, por el sólo motivo de hacer bien, aquellos ideales que considera como del desideratum de lo que en mucho tiempo puede desear la humanidad; a la vez que sufre grandemente, y que lejos de rendirse en esa lucha desventajosísima y terrible en que se encuentra empeñada, sigue y sigue siempre con un ardor y una energía propia de apóstoles que tratan de implantar en la humanidad nuevos ideales, al mismo tiempo que de hacer la selección de los antiguos, dejando sólo aquello que es bueno,  bello o verdadero bajo uno de los múltiples aspectos que contengan; que muestran el camino, que indican el método que la juventud debe seguir si quiere hacerse digna, no sólo de las grandes ideas que está llamada a defender y propagar, sino también de aquellos que nos han precedido en esa lucha, de los que nos han conducido al estado en que nos encontramos.

Y si todos estos cargos y condiciones os caracterizan, ¿cuál no será la memoria imperecedera que nuestra insignificante sociedad guardará por haberla con generosa protección cobijado bajo su ilustre nombre, por habernos sacado del modesto círculo en que nos encontrábamos al más ancho en que hoy nos movemos, por habernos puesto en condiciones de que nuestros deseos manifestados hoy tengan solución práctica por los que nos sigan, realizando de este modo lo que para vos pedís en vuestra carta?

Confiad, pues, en que se realizarán todos vuestros deseos, en que tendremos siempre como norma de nuestra conducta vuestro programa y en que siempre se la recordará con gratitud y entusiasmo.

Recibid, señora, el más respetuoso saludo del Ateneo Familiar, en cuyo nombre hablo, y en particular de este vuestro ferviente admirador q.s.p.b. Carlos Lamo Jiménez.

Madrid, 1º de abril de 1888

Las Dominicales del Libre Pensamiento, Madrid, 15-4-1888

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73. El Ateneo Familiar: Rosario y Carlos se encuentran

76. A Pilar Sinués le resulta antipática

Pilar Sinués de Marco (Zaragoza, 1835- Madrid, 1893) es una de las escritoras más conocidas de la época isabelina, no tanto por sus novelas (Rosa, escrita con tan sólo 16 años,  Mis vigilias…) o  sus cuentos morales (La ley de Dios, La ley de la lámpara…), como  por su actividad periodística que llega a su apogeo con la fundación de El Ángel del hogar, revista que dirigirá desde 1864 a 1869.

Aunque algunos investigadores han encontrado ciertas similitudes entre Pilar Sinués y Rosario de Acuña,   hasta el punto de integrarlas en un mismo grupo o «generación» junto a Ángela Grassi, Faustina Sáez o Concepción Gimeno (véase Antología de la prensa periódica isabelina escrita por mujeres (1843-1894) de Íñigo Sánchez Lama) creo que tales  semejanzas quedan muy desdibujadas a partir de la segunda mitad de los ochenta, cuando doña Rosario decide renunciar a las mieles literarias para convertirse en una activa propagandista del librepensamiento. A partir de ese momento, las diferencias entre ambas se hacen bien evidentes. Sirva como prueba la opinión que a Pilar Sinúes le merece la trayectoria de su colega momentos después del estreno  de El padre Juan:

«La señora doña Rosario de Acuña, que ha dado gallardas muestras de su talento en su magnífico drama Rienzi el tribuno, en sus artículos En el campo y en otros varios trabajos, demuestra hace años un extravío mental originado sin duda por las ideas libre pensadoras que en hora fatal para ella han penetrado en su cerebro: es asidua colaboradora del periódico Las Dominicales del Libre Pensamiento, cuyas páginas apenas lee nadie: es el peor camino que esta señora, de indiscutible talento,  pudiera elegir para andar decorosamente en el mundo literario, penosísimo siempre para la mujer: ésta puede ser libre-pensadora, porque nadie ha puesto límites al pensamiento, pero no puede ser libre-escritora ni aun libre-habladora, a no ser que quiera exponerse a las censuras de toda una sociedad, que estará constituida falsa e hipócritamente, pero que exige en absoluto a la mujer la apariencia siquiera de su primera y más encantadora virtud: la modestia.

Es siempre antipática la mujer irreligiosa, la que descuida sus virtudes de cristiana, pero la que hace alarde de despreciarlas sale de su esfera y queda aislada en medio  de la sociedad que la rodea y que le vuelve la espalda con horror.

¡Que lástima que una inteligencia tan hermosa se haya extraviado así!, ¡qué bellas y buenas obras  podía haber producido!, ¡cuánto bien para su sexo deja de hacer!

Confiamos en que un día se apartará de vanas utopías que sólo dejan vacío y desolación en el alma; todo un Voltaire ¿no dijo antes de morir que “si no hubiera Dios debería inventarse”?

Las Dominicales del Libre Pensamiento, Madrid, 20-6-1891

(Copiado de un periódico de La Habana donde fue publicado el 28 de abril)

75. De una visita a Luarca y de lo que allí aconteció

La de los ochenta fue una década crucial en la vida de nuestra protagonista: a principios del ochenta y uno decide alejarse del bullicio urbano para instalarse en una casa situada a las afueras de un pequeño pueblo del sur de la capital; a finales de 1884, después de separarse definitivamente de su marido y de llorar la prematura muerte de su padre, proclama a los cuatro vientos que se alista en el bando de quienes defienden la causa del libre pensamiento; en 1886 ingresa en la masonería convertida en Hipatia…

En este tiempo de mudanza es cuando realiza largos viajes, de varios meses de duración por la geografía española. Según sus propias palabras, durante once años, cuando el sol de mayo comenzaba a calentar, salía de Pinto a lomos de una dócil yegua, con escaso equipaje  y acompañada Gabriel, por entonces su criado fiel,  para conocer los paisajes de la vieja patria  en largas jornadas de seis a ocho leguas de recorrido (el equivalente a treinta y tantos kilómetros). Y así durante semanas, recorriendo valles y montañas, visitando aldeas y ciudades, compartiendo ilusiones y esperanzas con cuantos hasta ella se acercaban, hasta que a finales de noviembre regresaban a casa.

El que realizó en 1887 por León, Asturias y Galicia tenía un objetivo especial: «…escribir un librito sobre nuestras comarcas del Norte, sacando a luz a los hijos  del pueblo de las montañas y las costas, sobrios, sufridos, trabajadores…». Cuando esto escribía ya apuntaba que pensaba que la aventura era algo atrevida, aunque no sé si cuando lo hacía barruntaba las amenazas y persecuciones que habría de padecer a lo largo del trayecto.

El viaje había comenzado en León en el mes de junio. Doña Rosario y  Gabriel se habían trasladado hasta allí en ferrocarril. Tras comprar una yegua para  su acompañante,  pues la suya había llegado en el mismo medio de transporte, emprendieron camino hacia el  norte. A finales de mes  ya  se encuentran en Asturias, pues hay constancia de que por entonces visitó la fábrica de cañones de Trubia. Durante todo el mes de julio debió de recorrer buena parte de lo las montañas asturianas y no será hasta finales de ese mes o  cuando decida poner rumbo a Galicia, con parada obligada en Luarca.

En la villa valdesana la esperan: con entusiasmo los unos, con irritación los otros. Los primeros organizan diferentes actos de bienvenida; Los centinelas valdesanos, le envían anónimos y amenazas. De lo uno y de lo otro tenemos noticia por lo contado en la prensa. Los lectores de Las Dominicales estuvieron informados de todos los detalles, pues el semanario, además de recibir puntualmente las crónicas de Francos Rodríguez y de la propia Rosario de Acuña, copiaba cuanto a propósito publicaban  los periódicos regionales. Por una parte los agasajos:

No pudieron ser más gratas las que el numeroso público que llenaba los salones del Casino recibió  con la velada literaria musical que se celebró el sábado de la semana pasada.
Aprovechando la estancia en esta villa de la eminente escritora doña Rosario de Acuña y del joven y reputado orador y distinguido médico D. José Francos Rodríguez se organizó esta velada a beneficio de los pobres de Luarca. El celebrado poeta D. Eloy Perillan y Buxó, que se hallaba en Coaña, fue invitado a tomar parte en este festival, y como se trataba de un acto de caridad, contribuyó a la brillantez de la fiesta como no era menos de esperar de su ingenio por todos reconocido.
Era el primer espectáculo de esta índole que se celebraba en Luarca, y por consiguiente los billetes de entrada eran codiciados por todos.
[…]
Tocole el turno a doña Rosario de Acuña, y al aparecer ante el público, produjo en este general expectación.
Todas las personas que a la fiesta asistían, tenían avidez por verla y escucharla, y al disponerse a leer sus grandilocuentes producciones reinó un silencio sepulcral.
Entre las varias composiciones que leyó, recordamos las siguientes: Las dos nubes,  A unas aves, La envidia, La calumnia, Soneto a la libertad del drama Rienzi, Cantares y Lo que dice la gaviota.
La terminación de cada una de estas composiciones era saludada con una salva de aplausos y en particular los Cantares. Leyó además La mendiga, composición del señor Francos Rodríguez, quien como doña Rosario de Acuña tuvo que presentarse al público en medio de atronadores aplausos.

Por la otra, las amenazas:

«Ha llegado a nuestras manos un anónimo dirigido a la insigne escritora doña Rosario de Acuña, por unas mujerzuelas a quien todos conocemos, aun bajo el estúpido y rimbombante seudónimo de Los centinelas valdesanos

«Parece que la mano miserable y encanallada que ha redactado este anónimo se ha atrevido de amenazar de muerte a la simpar escritora, si no cesa en su propaganda de hereje, frase que quizá indica el antro en el que tales bajezas se confeccionan»

Así contaban lo sucedido quienes lo observaban desde fuera.  La protagonista de la historia lo vivió como un lance más de la lucha. Cuando tomó la decisión de proclamar su adhesión al bando de los luchadores por la libertad ya contaba con el hecho de que estas cosas habrían de pasar. He aquí sus palabras:

Adiós, Luarca; el légamo cenagoso que ocultas bajo tus brillantes exterioridades se alborotó a mi arribo… ¡qué mejor prueba de que nuestros ideales nos hacen gigantes!…
Atendedme, amigos míos, vosotros los que temisteis, tal vez por conocerme poco, que el encuentro de algunos reptiles detuviera mi marcha: como el ave de vuestros mares que se cierne sobre el desierto escollo, solitaria, porque el huracán destrozó su nido, así camina mi alma sobre los escollos de la existencia, llena de recuerdos y vacía de esperanzas; las olas embravecidas del mar de las pasiones no pueden llegar ni aun a salpicar con sus espumas mi cansada planta, que habiéndose hundido todos los bienes de mi vida en el abismo sin fondo de la desesperación, mi paso, aligerado por la falta de cargamento, me hizo subir a una altura donde nunca llegan las turbulencias de este océano: como la cariátide impasible que ostentan las momias egipcias, así mi voluntad inconmovible en su quietud de muerte, defiende de las inclemencias sociales los secos restos de mi corazón; a medida que pasan los días siento con más vehemencia la necesidad de subir, y aunque allá arriba no espero otra cosa que la paz de un descanso eterno, todas mis energías parece que tienden a la ascensión; en mi ruta he dejado atrás, primero a los ambiciosos, después a los ilusos, más tarde a los vanos; mi afán es encontrarme con los convencidos… y subo, ¡subo sin cesar!… Decidme; quien de tal modo siente la orfandad de venturas; quien de tal modo sustenta el afán de conocimientos, ¿es posible que retroceda?…¡Luarca!…»)

74. «Recordando a Rosario de Acuña», por Rosa Canto

Uno de los primeros días de este mes de mayo, luminoso y florido, ha hecho dos años que murió, en Gijón, la escritora y poetisa madrileña Rosario de Acuña.

Su obra literaria fue admirable; su labor poética, digna de todas las alabanzas; y su gestión social y educadora tan considerable, que no debería ser olvidada. Ahora que tan difusa propaganda se hace de los preceptos higiénicos debe recordarse que ella escribió —cuando sólo los profesionales se ocupaban de ello— una serie de  artículos tratando de reglas higiénicas divulgándolas y procurando hacerlas llegar a los rústicos entendimientos, que primero en un pueblo de Santander y luego en Gijón, la rodeaban, constituyendo casi su única sociedad.

Rosario de Acuña, que a los diez y seis años escribió [en realidad tenía unos pocos más pues contaba con veinticinco] una magnífica tragedia en verso: «Rienzi el tribuno», que la crítica diputó obra maestra; que produjo otras varias obras, una de las cuales «El padre Juan» la envolvió en la aureola de  popularidad al ser prohibidas las representaciones por sus tendencias; que escribió bellos libros de versos, es una de las más relevantes figuras literarias del pasado siglo, y es un hermoso ejemplo de sencillez, triunfando al entrar en la adolescencia, y sin que su enorme éxito y la lisonja que la rodeó la hicieran conocer la fatuidad.

Pero el interés que inspira la figura literaria se ve superado al destacar la mujer sus rasgos; rasgos de tal brillantez, que deben enorgullecer a todas las mujeres que, sin distinción de matices, sientan el hondo latir de un corazón capaz de comprenderlos.

Nacida en ambiente aristocrático; educada en los mayores refinamientos; criada entre el lujo y la comodidad; cultivado su espíritu y su cerebro con los viajes y la lectura, Rosario de Acuña, con inteligencia y cultura excepcionales, parecía destinada a triunfar en la vida de un modo rotundo y absoluto… ¡y fracasó!

Fracasó por inadaptación al medio en que vivía y en que nació; fracasó por su exquisita sensibilidad que la apartaba del modo de sentir uniforme; y fracasó, sobre todo, porque su alta mentalidad la llevó a disentir de las rancias y convencionales ideas de su sociedad aristocrática, y ésta no se lo perdonó.

En vez de consideración, galantería y halagos, Rosario de Acuña tuvo, al emitir sus amplias ideas, el silencio primero, la insidia luego, el aislamiento y la persecución después.

Practicó ella —la descreída— la religión cristiana demasiado al pie de la letra; buscaba el trato de los humildes; procuraba mejorar la condición de  los trabajadores, los consideraba sus iguales… ¡Absurdo! El alma excelsa de esta mujer no estaba al alcance de las que echaban monedas en los cepillos de las parroquias.

Es caso único en la sociedad aristocrática española este de Rosario de Acuña, porque mujeres privilegiadas ha habido en España; pero han surgido al choque de una pasión, como en la defensa de la patria las heroínas y en aras de la religión las mártires; pero, fría, serena y razonadamente perder todos los privilegios que su nacimiento le daba, para dedicarse por completo a la causa de los humildes, mejorando su instrucción, atendiéndoles con amor en sus tribulaciones y renunciando ella a su propio bienestar, no ha habido más que este caso sin segundo. El temple de alma —alma de apóstol a lo Tolstoi, a lo Krotpokin— de Rosario de Acuña hay que buscarle en la psicología rusa; sólo en Rusia se han dado estos altos ejemplos de amor a la Humanidad, sacrificando las comodidades de un hogar y cambiándolas por las calamidades del destierro o la prisión.

Rosario fue una desterrada en su patria y merced a maniobras de elementos contrarios tuvo el dolor de verse apedreada por los niños, a los que tanto amaba, y en peligro de incendio su casita por unos inexpertos muchachos movidos por la seudo patriotería, que avergonzada se reconocía en las palabras vibrantes de la ya anciana escritora, mucho más patriota, diciendo en sus artículos la verdad que los que fingiendo halagaban las vanidades nacionales.

Pocos días después de su muerte, el Ateneo, asilo de toda noble idea, dio una velada en su honor; la ausencia de varios escritores que prometieron asistir inspiró irónicos comentarios a Violeta [seudónimo utilizado por la periodista Consuelo Álvarez, redactora de El País] , que rindió entusiasta homenaje a la muerta escritora.

No faltó el elemento humilde. Los círculos obreros de distintos puntos de España telegrafiaron su adhesión al acto; muchas mujeres modestas asistieron a él, y con esto tuvo la velada el carácter sincero que se le quiso dar.

Hace algún tiempo leí que se proyectaba conservar la casita de la escritora e instalar en ella una biblioteca. Sería éste el mejor y más adecuado homenaje —en esta época de homenajes y revisiones intelectuales— a la gran escritora e insigne mujer. Que la casita donde en los últimos años pasara tantas privaciones y amarguras quedara como un refugio para la inteligencia, y que sus obras, donde palpita su alma entera, figuraran en lugar preferente en la humilde morada, que en lo alto del promontorio aparecería entonces como un faro, iluminado por el espíritu noble, abnegado y austero de Rosario de Acuña.

ROSA CANTO

Heraldo de Madrid, 19-5-1925