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Archive for 30 agosto 2010

73. El Ateneo Familiar: Rosario y Carlos se encuentran

En el comentario anterior se hacía mención al apoyo público que Rosario de Acuña prestó a finales del año 1884  a los estudiantes de la Universidad Central con ocasión de la protesta que éstos mantienen en apoyo del profesor Miguel Morayta y de la libertad de cátedra; se comentaba también que la buena sintonía de nuestra protagonista con los jóvenes universitarios se prolongaría  en el tiempo y que años más tarde algunos de los de su clase, que habían constituido una sociedad denominada Ateneo familiar, la convirtieron en su presidenta de honor [Véase aquí su carta de aceptación].  Cabe resaltar que el entonces presidente de la citada entidad era a un tal Carlos de Lamo, un joven estudiante de Leyes que de aquella apenas contaba con veinte años de edad y que no tardando se habría de convertir en el inseparable compañero de la ilustre escritora.

Corre el año 1888. Rosario de Acuña ha dado el salto a la otra orilla y se ha convertido en una destacada y combativa librepensadora. Las Dominicales del Libre Pensamiento no pierde ocasión para llevar a sus páginas todo cuanto tenga que ver con su más conocida colaboradora. De ahí que contemos con algunos textos referidos al Ateneo familiar, como el titulado «Fiesta del libre pensamiento» que a continuación se reproduce:

Aceptando la amabilísima invitación de su ilustre presidenta honoraria doña Rosario de Acuña, el Ateneo familiar en masa abandonó Madrid uno de los más bellos días del pasado mayo y se trasladó a Pinto. No hemos de decir la cordialísima acogida que la egregia poetisa dispensó a los expedicionarios en la linda casa de campo, que es su habitual morada; queremos sólo traducir el espíritu fraternal que en la fiesta en ella celebrada resplandeció, espíritu en que latía algo así como la esperanza cierta de un triunfo glorioso para nuestros regeneradores ideales.

No en vano lleva el Ateneo el nombre de Familiar. Una verdadera familia, en efecto, parecían las cuarenta personas congregadas, entre las que se distinguían las señoras y señoritas de Lamo [Micaela Jiménez y Regina de Lamo, madre y hermana de Carlos], de Pascual, de Ortiz y de Huelbes; el consecuente republicano Anselmo Lamo [padre de Carlos]; el distinguido profesor Carlos Salvi [ autor de un método para acordeón, que a finales del XIX abriría en Madrid un afamado comercio de fabricación y reparación de instrumentos musicales], que amenizó muchas horas del día con su habilidad [para la] música, tomando también varias vistas y grupos fotográficos el doctor Huelbes Temprado [de nombre Joaquín, este doctor en Derecho y Medicina fue una destacada figura del espiritismo español].

En la verdadera intimidad de la familia, se bailó, se recitaron y leyeron poesías, se cantaron cuantos himnos recuerdan los triunfos de la libertad en el mundo; y por último, la alegría y el aire del campo fueron poderosos motivos para que se acogiera con entusiasmo el instante de sentarse a la artística y abundante mesa dispuesta a la sombra de las floridas acacias.

A los postres fue cuando con mayor energía se acentuó el carácter de la fiesta. Inició los brindis Rosario, agradeciendo al Ateneo la deferencia de aceptar su convite y manifestando la esperanza de que esa aceptación fuese muestra de comunidad de aspiraciones. No fue necesario más. El presidente del Ateneo, Carlos [de] Lamo, se levantó, chispeante la mirada, a recoger la alusión que al Ateneo se dirigía, y con voz en que vibraba el entusiasmo de la juventud, dio gracias a la ilustre escritora por sus bondades, ofreciéndole por escudo de las armas traidoras, de las hordas retrógradas, no sólo el Ateneo, sino los corazones de todos sus socios, corazones jóvenes todos, todos entusiastas por el libre pensamiento, pues si quizás hilos plateados pudieran descubrirse en alguna cabellera, no son nieve de las ideas que cobija, sino ceniza de pujantes combustiones que aún estallan bajo su cráneo.

El vicepresidente, Morales Rojas [de nombre Luis, parece que  es persona muy allegada a Carlos de Lamo, como lo prueba que sus firmas figuran juntas y a la cabeza de varios manifiestos  que firman por entonces.] brindó por la ilustración de la mujer, como prenda segura del bien de la Humanidad, con especial mención de su madre, a quien debe el amor a la libertad, y de Rosario, que hoy sintetiza el movimiento renovador.

Sánchez Cobisa, presidente de la mesa de discusión, hizo constar que en el acta de la sesión última del Ateneo era donde podía aquilatarse el entusiasmo con que se acogió la invitación: todos los socios a porfía  ideaban obsequios en reciprocidad justísima, optando al fin por sólo un ramo de flores, el que ocupaba el centro de la mesa, para que con sus puros aromas simbolizase los puros sentimientos que le ofrecían; y terminó brindando porque la mujer del porvenir sepa inculcar en sus hijos los grandes ideales humanos.

[Siguen otras intervenciones, otros brindis]

Rosario [de] Acuña se levantó a contestar. Su fácil palabra, por la emoción velada entonces, cautivó de tal suerte al humilde cronista que suscribe, que olvidó el lápiz para batir las palmas, imposible por eso reproducir las ardientes frases en que pedía para hoy el culto de una trinidad presente y viva: libertad, mujer y juventud, para que las edades futuras puedan dedicarse al culto de otra trinidad, definitiva en el pensamiento humano, y perenne para todas las humanidades: DIOS, NATURALEZA y TRABAJO. Aceptó el cariñoso homenaje del Ateneo Familiar, considerándole muestra cierta de su decisión por todos estos ideales, y se ofreció a compartir sus lides en pro de toda idea noble y grande.

[…]

Las Dominicales del Libre Pensamiento, Madrid, 3-6-1888

72. De un banquete en el Café de Fornos y de su trascendencia

Tengo escrito que la gran transformación en la vida de Rosario de Acuña se produjo en los primeros años de su residencia en Pinto; que tras la prematura muerte de su padre, acaecida en enero de 1883, se inició para ella un tiempo de reacomodo, de cambio, de metamorfosis:

Huérfana de padre (“un alma como la suya, gemela en el amor hacia todas las lealtades”) y definitivamente separada de su marido, los meses que siguieron a aquel aciago inicio de 1883 conformaron un tiempo de gran trascendencia para nuestra protagonista, a juzgar por el brusco giro que, tiempo después, tomó su vida. Fueron aquellos meses momento de analizar las leyes que rigen el universo, de diseccionar las costumbres animales, de echar mano de la teoría darwiniana que su abuelo materno, fallecido unos meses antes, se empeñó en que conociera; de repensar las enseñanzas del Evangelio, de analizar las enseñanzas de otras religiones, de separar la paja del grano; de diseccionar el alma humana, de contemplar su bondad y de analizar las causas que la enturbian; de rememorar las primeras imágenes del pasado de la humanidad, que su padre le hizo ver cuando ella estaba casi ciega… (Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato, pág. 170).

De lo que hoy quiero hablar es del inicio del fin de esa etapa de cambio, del momento en que doña Rosario ve la luz al final del túnel en que se metió su vida tras el fallecimiento de su padre. Hay indicios suficientes para pensar que tal cosa sucede a finales del otoño de 1884 y, puestos a buscar la instantánea que reflejara ese momento no se me ocurre otra mejor que el banquete que Rosario de Acuña y Villanueva ofreció a unos distinguidos invitados en el madrileño Café de Fornos.

Veamos. El discurso que Miguel Morayta pronuncia en la apertura del curso 1884-85 desata una oleada de reacciones por parte de los sectores más conservadores, los cuales coniseran que lo dicho por el profesor en la tribuna universitaria es de todo punto irreverentey herético. La prensa confesional, liderada por El Siglo Futuro, arremete no solo contra el señor Morayta, sino también contra el Gobierno, y en especial contra el nuevo Ministro de Fomento, el otrora neocatólico y lider de la Unión Católica, Alejandro Pidal y Mon, a quien acusan de ser muy permisivo con los profesores liberales. La reacción no se hace esperar: los estudiantes universitarios se echan a la calle en defensa de la libertad de cátedra.

La nueva Rosario de Acuña hace pública su posición de apoyo tanto a Miguel Morayta como a los estudiantes. En primer lugar hace pública una carta que es ampliamente reproduciada por los periódicos madrileños, en la cual se compromete a costear la matrícula a uno de los estudiantes de la Facultad de Medicina si las autoridades acordasen la supresión de las matrículas de honor. Una semana más tarde ofrece un banquete en el Café de Fornos a una comisión de estudiantes.

Además de los estudiantes son invitados otros conocidos librepensadores, entre los cuales se encuentra el profesor Miguel Morayta y Ramón Chíes, uno de los directores de Las Dominicales del Libre Pensamiento.

A los postres, según contó la prensa, la anfitriona pronunció un brindis por la libertad y la juventud. Lo que no contaron la mayoría de los periódicos es que doña Rosario comunicó a los presentes su decisión de adherirse públicamente a la causa del librepensamiento que con tanto afán defienden Las Domincales.

Pues sí. Bien puede decirse que aquel banquete en el Café de Fornos resultó ser la presentación en sociedad de la nueva Rosario de Acuña. Jóvenes y librepensadores serán sus nuevos compañeros de viaje: apenas dos semanas después del banquete el semanario de Chíes y Lozano hace pública su carta de adhesión; no mucho más tarde es nombrada presidenta honoraria del Ateneo familiar que integran varios estudiantes universitarios, entre los que se encuentra Carlos de Lamo, un activo estudiante de Leyes con quien habrá de compartir el resto de su vida.

71. De curas y beatas

Algunos se sorprenden cuando afirmo que Rosario de Acuña fue una persona de hondas creencias religiosas. Y no es de extrañar que tal cosa suceda: se hacen eco de sonoras etiquetas que, sin sitio para los matices, han terminado prendiendo en algún lugar nebuloso del acervo colectivo donde parece que no está muy claro que siendo anticlerical se pueda ser hondamente creyente. Y si esto sucede ahora, qué no pasaría en aquella España del Concordato, cuando la prelatura contaba con tantos acólitos, misarios y rapavelas que pocos había que pudieran sustraerse al control de los más próximos. Si quien leyera El Motín, Las Dominicales corría el riesgo de ser fulminantemente excomulgado ¿cómo no habría de ser llamada atea quien  habitualmente colaboraba en ambos periódicos? Habida cuenta de la maldad que se escondía en aquellas y otras páginas similares, ¿iba alguien a leer algunos de sus escritos por más que en ellos se rindiera homenaje al Creador de la esplendorosa Naturaleza?

Sí; la religiosidad de Rosario de Acuña es tan palpable como su anticlericalismo. Para obtener una muestra de la primera basta leer Desde la cumbre, Sobre la hoja de un árbol, La verdad inmanente de las religiones positivas, o  Nuestro ateísmo; para conocer las razones del segundo, nada mejor que adentrarse con curiosidad en los textos de su serie de artículos  Ateos o leer el soneto La beata, que se reproduce a continaución:

Por dentro sin piedad, como la hiena;

ni un destello de amor su pecho tiene;

por fuera, ¡con qué maña se previene!

para lograr la estimación ajena.

Miel derraman sus labios mientras,  llena

de odio y de envidia pérfida,  se aviene

a toda acción villana, si conviene

con las horas del triduo o la novena.

—-
Donde quiera que exista, hiere o mata;

la ignorancia en su mente forma nido;

lleva siempre los vicios de rebata,

—-
y el corazón por la soberbia henchido.

¡Dios! ¿Qué Dios, es el dios de la beata.

Pan rezado y nombrado y tan… vendido?

La Dinamita Béjar,  19-7-1903