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Archive for 25 junio 2010

65. La casa de Rosario de Acuña: cien años en el Cervigón

En estos días, la casa que Rosario de Acuña mandara construir en el Cervigón se ha convertido en centenaria. Desde 1910 su silueta forma parte del paisaje que gijoneses y visitantes divisan cuando se asoman al balcón de la concha de San Lorenzo. Sus muros han sido testigos de las transformaciones que ha vivido la ciudad en el último siglo; en ocasiones, también protagonistas.

Todo comenzó el verano anterior: la prensa gijonesa informa a sus lectores de la presencia de Rosario de Acuña en la ciudad, así como de las gestiones que está realizando con el fin de construir una vivienda en los alrededores. En Gijón ha estado varias veces, y es el lugar ideal para pasar la última etapa de su vida: es una población pequeña, pues aun cuenta con menos habitantes que Santander; entre sus gentes se encuentran «algunos entusiastas de la razón y la libertad» que llevan tiempo insistiendo para que aquí fije su morada; y en sus alrededores se hallan rincones encantadores, donde el embravecido mar no se cansa de rugir frente a los abruptos acantilados. Será en uno de estos lugares, un tanto alejado del centro de la población, donde encuentre el terreno sobre el que edificará su morada. Se trata de una finca de cerca de dos mil quinientos metros cuadrados, que se halla a una distancia de unos cuatro o cinco kilómetros de las calles más céntricas. Después de mirar y mirar parece ser que ha encontrado un lugar que la satisface, razón por la cual se muestra decidida a pagar los cuatro mil reales que piden por él. Cuenta con un pequeño capital que, probablemente, proceda de la herencia recibida tras la reciente muerte de su madre, y parece decidida a emplearlo en la adquisición del terreno y en la construcción de su propia casa, harta ya del peregrinaje al que se ha visto obligada en los últimos años «haciendo cocinas en casi todas las casas que alquiló, y que por cierto quedaron en beneficio de las propietarias»

Mientras finalizan las obras, se instala en una céntrica pensión y se dedica a supervisar el proceso de edificación. A poco que la conozcamos, es de imaginar que las instrucciones dadas al constructor serían muy estrictas ya que sabía perfectamente lo que quería al respecto, pues no en vano se había cansado de predicarlo durante años a las demás mujeres: una casa de un solo piso, «que no sobresalga del nivel de la tierra más que 50 centímetros rellenos de piedra y de cal»; situada en un alto, con la fachada hacia el sol del mediodía; «que el sol bañe las paredes por los cuatro costados»; en el centro de la casa, una galería «que lo sea todo en la casa; mejor dicho, que sea la casa entera», con elevados techos y suelo entablado, que cobije la biblioteca, la mesa de estudio y la de la comida y en donde confluyan el resto de las estancias; las habitaciones, espaciosas y aireadas; en uno de los extremos de la galería, la cocina, «amplísima, radiante de luz, de agua, de ambiente, con bruñidos suelos y techo elevadísimo y amplia salida de humos por alta chimenea». Las paredes de la casa blancas por dentro y por fuera; las del exterior «dispuestas a la enjalbegadura de cal en cada estación; lavado purificador de las miasmas y microbios.» Y, por supuesto, un edificio anexo al principal en el que tengan cabida las estancias necesarias para los animales domésticos y de corral, así como para almacenar los aperos utilizados en el huerto y en la elaboración de los productos artesanales.

Mientras se concluye su nueva residencia, la escritora va tomando poco a poco contacto con la ciudad, ocupando de forma esporádica la tribuna de la prensa local. Si El Publicador, periódico de orientación republicana, es el primero en recoger sus palabras,  serán las páginas de El Noroeste las que elegirá para dar a conocer sus ideas y opiniones. También será en ellas donde nos enteremos de que en el verano siguiente ya se encuentra en su nueva vivienda, como bien atestigua la datación de su escrito «Una dama cristiana»: «En mi casa del Cervigón (Gijón) 1º de julio de 1910». La información acerca del lugar, inusualmente completa, parece demostrar bien a las claras su satisfacción por encontrarse en su retiro soñado.

No tendrá, sin embargo, mucho tiempo para disfrutar de «su casa», pues antes de que finalice el siguiente año tendrá que abandonarla para evitar ser detenida por la Guardia Civil tras haber sido procesada por su artículo «La jarca de la Universidad». Tras pasar dos años largos en Portugal, regresa al Cervigón más cansada, más vieja y mucho más pobre, como ella misma nos cuenta en algunos escritos (Carta a Fernando Mora, «Servando Bango en el Cervigón»…). Tanto es así que, con sesenta y tantos años, en la recta final de su vida, se ve obligada a hipotecar su recién estrenada casa para poder seguir oyendo el embravecido mar rugir a los pies del acantilado.

Así pasó sus últimos años, envueltos en toda suerte de penurias y estrecheces. Así le sorprendió la muerte, cuando aquel sábado de mayo tuvo que dejar las faenas domésticas a las que, como cada día, se estaba dedicando para rendirse al eterno descanso.

La casa de Rosario de Acuña, la del cuerpo frontal de planta baja y dos más pequeños que nacen de los hastiales del primero, la de las cinco ventanas enrejadas que miran al sudoeste y otra más que soporta los vientos del nordeste, la que «se adorna con rosales y claveles, y matas de geranios de hierro y de malva, y una planta de heliotropo mirando siempre al sol, y un peral, y tres o cuatro higueras melancólicas, y una enredadera de campanillas moradas, y una parra vieja y nudosa que se apretaba con amor a la pared…»; la casa de Rosario de Acuña, huérfana de los mimos y atenciones que le prestara su dueña, se queda al cuidado de Carlos de Lamo Jiménez, compañero un día tras otro durante los últimos cuarenta años,  y su único heredero.

Hay un problema. Carlos, licenciado en Derecho por la Universidad Central, no realiza ningún trabajo remunerado y, no lo olvidemos, tiene que hacer frente a los réditos de la casa.  Para sobrevivir no tiene otra salida que ir vendiendo poco a poco la herencia recibida. Para empezar, la biblioteca: en 1924, vende parte de los libros a la Sociedad de Cultura e Higiene de Cimadevilla. El dinero conseguido le da para ir capeando el temporal durante una temporada. A los primeros libros vendidos debieron seguir otros, y a éstos la venta de enseres y objetos familiares. En este sentido hay que mencionar que consta su participación en la IV Feria de Muestras Asturiana.  Al lado de conocidas marcas de automóviles, figura Carlos de Lamo Jiménez al frente de un stand de cuyo contenido parece no haber dudas tras la lectura de la referencia: reliquias.

Hay que sobrevivir y, además, hacer frente a las mil pesetas de la hipoteca.  Hay que buscar una solución: Regina, la hermana de Carlos, lleva un tiempo dándole vueltas a la idea de instalar en la casa del Cervigón una colonia para los hijos de los librepensadores pobres. No queda más que recabar los apoyos necesarios para llevar adelante su proyecto. Pide ayuda a Javier Bueno, quien en el diario madrileño La Voz se hace eco de su loable iniciativa; a Horacio Echevarrieta, magnate de tendencia republicana que se compromete a levantar la hipoteca; a  Marcelino Domingo, que le ofrece su colaboración:  «Rosario de Acuña lo merece todo. Su postulado de usted me parece admirable y digno de las dos. Cuente usted conmigo.»

Nada se logró. La falta de apoyo para llevar a cabo aquella empresa forzó a  Carlos a tomar la última medida que todavía estaba en su mano: la venta de la casa en la que ambos habían vivido durante los últimos años. A comienzos del año veintinueve la decisión está tomada. Durante los meses de enero, febrero y marzo se publica en la prensa local cada tres o cuatro días un anuncio de venta de la «casa de doña Rosario de Acuña», situada en El Cervigón. A pesar de que en el anuncio se apuntaba que las condiciones eran muy buenas, no debieron pensar lo mismo los posibles compradores, pues la venta no se llega a efectuar, razón por la cual al verano siguiente se confía la subasta de la finca a una notaría de la ciudad. A la segunda convocatoria, celebrada en agosto, parece que fue la vencida; y de resultas de la intervención notarial, la casa de planta baja, la casita aneja y el terreno, de unos dos mil quinientos metros cuadrados, pasaron a otras manos.

La casa, que apenas tenía veinte años cuando los nuevos propietarios la adquirieron, no debió de sufrir grandes cambios en las décadas siguientes,  pues las fotografías tomadas veinte o treinta años después concuerdan fielmente con la descripción que Mario de la Viña ha dejado publicada.

Fotografía publicada por El Comercio en marzo de 1969

64. «Vais a llevar al porvenir algo mío, el nombre…»

El pasado martes 15 de junio el Instituto Rosario de Acuña ponía fin a las actividades organizadas con motivo de la celebración de su XX aniversario. Fueron ochenta y tantos  minutos deliciosos que, a buen seguro,  habrían deleitado a doña Rosario de haber podido acudir a la convocatoria. Ni el fútbol que  todo lo inunda en estos días ni la incesante lluvia que nos encharca las vidas en los últimos tiempos hubieran sido obstáculo suficiente para que ella se perdiera un espectáculo tan estimulante como éste: unos cuantos jóvenes —de los esforzados, de los trabajadores, de los que nos reconfortan con el porvenir— protagonizaron el acto de clausura trayéndonos a la memoria aquellas palabras que en ocasión similar pronunciara la ilustre pensadora que da nombre a este centro de enseñanza:

Tengo por seguro que la regeneración española, es decir, el levantamiento de las energías laceradas y entumecidas de mi patria no se realizará sino por la juventud. […] Vuestra generación es la España del porvenir; con ella están en los códigos del Estado: la República, sin adjetivos, sin reyes y sin histriones; la Iglesia sin autoridad desbastadora, sin rentas sacadas del trabajo del pueblo contra su voluntad, y sin soberanía sobre la dignidad de los ciudadanos; en el código de las costumbres están: la ciencia imperante sobre la rutina, la moral respetada en las acciones, no en las palabras; la estimación para los leales, no para los rastreros; el trabajo llevado al solio aun envuelto en andrajos; la rufianería a la picota, aun revestida de púrpura; el oro como medio, no como fin, y el más humilde teniendo derecho a presentarse en el banquete humano con solo el título de sincero; y, por último, está el código de la conciencia el único artículo capaz de legislar en el gran mundo de la razón: artículo que se reduce a la verdad sobre todos los demás y sobre nosotros mismos, prefiriendo morir física y moralmente a que sufra la más ligera violación. La juventud nos ha de traer estos códigos del Estado, de las costumbres y de la conciencia, únicos capaces de engrandecer con grados sensibles el civilizador avance de la raza; nosotros los que ya ostentamos los arabescos plateados que la mano del tiempo traza sobre la frente humana con el buril de los años, de los pensamientos o de las desesperaciones, hemos vislumbrado este ideal en un pórtico lejano, adonde es muy difícil que lleguemos; la realidad de nuestras ilusiones está en vosotros; para nuestra generación no pasará de ideal, en la vuestra llegará al hecho…

Comenzó el acto con la presentación de Jóvenes investigadores,  libro que recoge una selección de los trabajos que, en la categoría de estudiantes, han sido presentados en alguna de las doce ediciones de los Premios de Investigación y Divulgación Rosario de Acuña. En representación de los autores intervino Yania Suárez García quien, emocionándose y emocionándonos, alentó a los profesores a porfiar en su labor  pues, aunque pudiera parecer que la tierra es baldía, hay más semillas de las que parece que terminan germinando. Y razón tiene, basta leer los trabajos incluidos en el libro para comprobarlo.

Tras la reconfortante intervención de Yania, llegó el reconocimiento público a los galardonados en la presente edición del Premio Rosario de Acuña: Pablo Rodríguez Alonso (Gijón, 1979) y Patricia Ana Argüelles Álvarez (Gijón, 1983), otros dos  integrantes de la juventud que reconforta e ilusiona. El primero obtuvo el premio en la categoría dedicada a Gijón con «De totalitarios a demócrates», escrito en asturiano; la segunda fue la elegida en la de Asturias con su obra «El ramal de Lucus Asturum-Lucus Augusti del Ravenate».

Y como colofón a la celebración de los actos organizados para conmemorar el XX Aniversario del instituto Rosario de Acuña, un espectáculo protagonizado por los más jóvenes, seis estudiantes de cuarto curso de Educación Secundaria: «Nuestra querida escritora doña Rosario de Acuña».  María Álvarez García, Omar Casado Martínez, Estefanía Diaz Fresno, Borja Fernández Álvarez, Olaya Ferreras González y Marco González Pousada deleitaron a los presentes con el relato de los principales hitos de la biografía de la historiografía, entremezclados con la lectura de algunos de sus poemas: Las cumbres, Los dos ángeles, Lo cierto, ¡Igualdad!, Mi última confesión, Casualidad, El otoño, A Gijón, Cantares, La marea, Más allá de la muerte o El soneto póstumo (A mi madre).

La dedicación de Boni Ortiz al teatro está plenamente documentada, pero es en espectáculos como éste donde más se puede apreciar la pasión que en él despierta: en apenas unas semanas ha conseguido que seis chavales sin ninguna experiencia en las tablas lleguen a hacernos disfrutar —y a disfrutar ellos mismos— con el diálogo de «La casa del diablo», aquel artículo que Manuel Álvarez Marrón publicara en 1912 en el que se atribuían poderes diabólicos a la librepensadora que vivía en la casa del Cervigón.

Gracias Boni.

63. La primera mujer que ocupa la tribuna del Ateneo

La del  19 de abril de 1884 es una fecha señalada en la historia del Ateneo Científico, Literario y Artístico de Madrid: ese sábado su tribuna será ocupada por una mujer, la primera en los casi cuarenta años transcurridos desde que Ángel de Saavedra (Duque de Rivas), Salustiano Olózaga, Mesonero Romanos, Alcalá Galiano, Juan Miguel de los Ríos, Francisco Fabra y Francisco López Olavarrieta aprovecharan los nuevos aires de libertad que se respiraban en España tras la muerte de Fernando VII para abrir sus puertas.

El hecho constituyó toda una sorpresa para la mayoría de los socios, lo cual no es de extrañar pues si leemos los discursos pronunciados con motivo  de la inauguración del curso 1884 no encontramos pista alguna que pudiera llevarnos a la sospecha de que la Junta directiva de la institución tuviera en mente tal posibilidad. Si, por ejemplo, nos fijamos en el pronunciado el 31 de enero por Antonio Cánovas del Castillo, a la sazón presidente del Ateneo,  no encontramos otra alusión a las mujeres que las que utiliza para referirse a la «ordinaria liviandad de sus mujeres» (refiriéndose al teatro de Tirso) o a las «mujeres fáciles», en este caso de Quevedo.

Sin embargo, tal y como de forma más o menos discreta anuncian los periódicos,  «la eminente poetisa doña Rosario de Acuña de Laiglesia dará lectura a su último poema Sentir y pensar». La cita será a las ocho y media de la noche del día citado, y —a juzgar por los comentarios que recogerán  periódicos y revistas— la velada no dejó a nadie indiferente.

Josefa Pujol, corresponsal en Madrid de la revista La Ilustración de la Mujer que se edita en Barcelona, saludaba alborozada la llegada de la mujer a tan ilustre tribuna:

Nunca con mayor gusto que hoy corre la pluma sobre el papel para consignar un nuevo e importantísimo triunfo femenino.

Rosario [de] Acuña, la ilustre autora de Rienzi el tribuno,  sobreponiéndose a rancias preocupaciones, arrostrando las prevenciones de unos cuantos y confiando en la imparcialidad y justo criterio de muchos, ha ocupado la cátedra del primerAteneo español.

Y debemos confesar que la denodada dama e inspirada poetisa ha dejado bien sentado el pabellón femenino en nuestra primera corporación literaria.

Otros, por el contario, ven en aquella irrupción de la mujer en la tribuna del Ateneo un síntoma de la desnaturalización de la entidad. Basta leer, como ejemplo, lo publicado en las páginas de El Globo

Gran concurrencia de socios y de señoras invitadas, notábase anoche en el Ateneo.

¿Qué ocurría?

Una novedad. Iba a leer una señora, cuyo mérito literario es generalmente reconocido.

El Ateneo abrió hace tiempo sus puertas a la ilustración y, ¿por qué no decirlo?, a la curiosidad del sexo femenino.

Ya en el local antiguo, durante la inolvidable presidencia del señor Moreno Neto, se concedió libre acceso en las noches de conferencia y de lecturas poéticas, a las alumnas y profesoras de la Escuela Normal de Maestras y más establecimientos dedicados a la instrucción del sexo femenino.

Y una vez dado el primer paso, era natural que en el Ateneo nuevo se prosiguiese la reforma con toda la amplitud facilitada por la mayor belleza del local y la construcción de tribunas propias para el caso.

Pero hasta anoche las señoras no habían pasado de ser, en calidad de espectadoras, un hermoso ornamento de la sala de sesiones.

Estaba reservada para la inspirada poetisa doña Rosario de Acuña de la Iglesia [sic], el acto de ser la primera dama que subiese a la tribuna del Ateneo y se hiciese admirar de la numerosa concurrencia con los partos… (tratándose de una señora quizá convenga no usar este sustantivo), con las producciones de su ingenio.

Y en verdad que la distinguida señora inauguró con notable éxito las lecturas del sexo femenino.

Convendrá, sin embargo, que el Ateneo use con alguna parcidad de esta atención galante en pro de las señoras.

Si ha de suceder que durante la presidencia del señor Cánovas del Castillo sea el Ateneo un lugar de amenidad y reunión placentera, a estilo de tertulia particular o soirée fashionable, no sería malo convertir el elegante salón de sesiones en sala de baile, y departir allí amigablemente, al compás de un aristocrático rigodón, sobre las excelencias del arte moderno y la mayor o menor importancia de la ciencia novísima.

Es opinión particular de algunos socios antiguos que el Ateneo se va desnaturalizando de día en día. Pase que como excepción se admita de vez en cuando la lectura de alguna mujer notable por sus trabajos en literatura.

A lo que parece el peso específico de esos «socios antiguos» fue determinante para que debiera de pasar un tiempo hasta que Emilia Pardo-Bazán ocupara de nuevo la tribuna de tan «docta institución». La decisión debió de tomarse el mismo día en el que Rosario de Acuña recitara en el Ateneo el soneto  En la escalera de mi casa. Al menos eso es lo que puede deducirse de lo publicado en las páginas de El Imparcial:

No es probable, según nuestras noticias, que se repitan las lecturas por señoras. La de anteayer fue una excepción justificada por las condiciones y antecedentes de Rosario [de] Acuña. Se comprende esto muy bien. Por este camino, el bello sexo invadiría, de hecho, el Ateneo, a pesar del reglamento y de la oposición del elemento antiguo, que no podía, ni soñar, en la casa vieja de la calle de la Montera, con solemnidades como la de anoche, consagradas por completo a la más hermosa mitad del género humano

62. «La fosa de Rosario de Acuña», por Mario Eduardo de la Viña

I

En Gijón, cerrando por el Este el horizonte de mar que se abarca desde su playa, hay una loma lenta y voluptuosa, toda de verdes jugosos y tierras de sembradura, crasas y sabrosas. Casi al fin de esa loma, cerca ya del acantilado fuerte y heroico, una casita de paredes morenas y tejado rojo se alza tranquila, rodeada de una cerca baja de piedra caliza. Por encima de ella, cuando sopla viento de travesía, viento del Norte, pasan las nubes blancas y gordas, como ovejas lanudas, y planean las gaviotas altas y serenas.

La casita  —tierra de siena tostada y naranja muy madura— es allí como un pedazo más, natural y vivo, de la loma donde se asienta, como un árbol, como una linde de zarzamoras y ortigas salvajes. Los habitantes de la agridulce villa del Cantábrico la ven, y la ven en cuanto se asoman al mar, y la tienen ya hecha paisaje amigo y fiel en sus ojos. Y para un extraño, para un viajero, la casita, vigía allá lejos de distancias remotas, aun siendo toda nueva para él, en cuanto que llega a sus sentidos y ellos la gustan y la gozan enteramente, conviértese de golpe en paisaje definitivo y sereno, paisaje limpio, claro y puro.

Nadie que la vea podrá después imaginarse, sin un gran desasosiego profundo, el fin de la loma sin ella. Ella es allí gracia, galanía y gentileza, adorno y remate donoso de todo lo que la rodea. Ella preside y acaba con perfección suprema la finura larga y reposada del pequeño cabo donde se levanta. Y sin ella, el perfil tibio y apacible de aquel trozo de tierra arrogante que avanza brioso mar adentro perdería su gracia y su espíritu, su valor y su emoción de esperanza y de fe inagotables.

La casita está formada por un cuerpo central de planta baja y por otros dos más pequeños que nacen de los hastiales del primero. Tiene en la fachada que da al Sudoeste cinco ventanas, todas enrejadas, y dos puertas. Y en la otra, en la que mira al Nordeste, una sola ventana, también enrejada  —ahora le han abierto otras dos—, y ninguna puerta.

Antes, delante de la casita había rosales, y claveles, y matas de geranios de hierro y de malva, y una planta de heliotropo mirando siempre hacia el sol, y un peral, y tres o cuatro higueras melancólicas, y una enredadera de campanillas moradas, y una parra vieja y nudosa que se apretaba con amor a la pared. Y todo ello estaba muy cuidado por las manos fervorosas de doña Rosario de Acuña, dueña y moradora de aquella finca diminuta y cordial.

En aquel retiro solitario la escritora vivía, apartada de todo y de todos. Al principio aquello fue una verdadera reclusión voluntaria. A la puerta de la casita había un letrero que decía: «Inútil llamar: no se recibe a nadie». Más tarde, en sus paseos por aquella costa valiente, tuvo ocasión de hablar con algunas personas que la admiraban de corazón: aldeanos sencillos, obreros modestos, y el calor y la fidelidad de sus palabras la movieron a cultivar de nuevo el trato de algunos escogidos.

Ella veía desde allí la ciudad, posada como un gran pájaro en el fondo del valle dilatado. Y más lejos, las altas chimeneas de las fábricas peinando sus cabelleras de humo cansado. El mar también era de ella, todo de ella, hasta el filo frío del horizonte, y de ella eran también, gozosamente, los barcos que pasaban por él, dejando amplios adioses geométricos en la carne profunda del agua: veleros con toda la lona extendida navegando a bolina; vapores negros y rojos con su tormenta de espuma bajo la popa confiada.

Yo la vi sólo tres veces en mi vida: mejor dicho, dos, porque la última vez iba ya camino de la negrura y del silencio eternos. Una fue en verano, en una tarde de domingo amplia y madura, en la que, volviendo con un amigo de bañarnos en una playa recogida y sola, el camino y el sol nos hicieron sentir sed muy reseca. Y como las fuentes conocidas y los casales aldeanos quedaban lejos, llamamos a la puerta de la casa de doña Rosario. Y ella misma nos salió a abrir y nos ofreció el agua ansiada en un botijo moreno de barro frío.

La segunda vez fue en invierno  —invierno largo y duro aquél—. El viento y la mar de travesía aconcharon a una goleta de dos palos sobre los bajos de la costa, en un lugar señalado en las cartas marinas con el nombre del Cervigón —el pueblo llama a aquel cabo Rosario de Acuña— Todavía recuerdo el nombre de la goleta naufragada: «Nuestra Señora del Carmen». Venía de Zumaya cargada de cemento, y al partirse el casco contra los peñascos se inundaron las bodegas y el buque quedó como una piedra. Los ramalazos del mar barrían la cubierta y allí no quedaba nada en pie. El patrón se amarró por la cintura al palo bauprés. Un marinero trepó como un loco por el trinquete hasta los más altos estayes. Murieron dos tripulantes al intentar ganar la tierra a nado. Después los demás, como la embarcación aguantó, cuando bajó la marea, se pusieron a salvo a pie.

El naufragio ocurrió por la noche, en medio de un chubasco terrible. El barco tocó roca talmente bajo la casa de doña Rosario. Y ella fue la que dio la voz de alarma, y la que organizó los primeros socorros, y la que atendió con tibiezas de madre en su propio hogar a los náufragos ateridos.

A la mañana siguiente fuimos unos cuantos estudiantes a ver el velero perdido. Ya no había nadie a bordo, y a cada golpe de mar la campana del buque sonaba tristemente. Y entonces fue cuando vi por segunda vez a doña Rosario, asomada a la ventana de su casa que se abría sobre el mar infinito.

Luego recuerdo que ella publicó unos trabajos bellísimos, en los que contaba cómo había oído los gritos de los náufragos en medio del infierno de la tempestad; ella, a todas horas sintiendo los lamentos del mar y arrullada y dormida por ellos.

Y la última vez…, la última vez fue en primavera, el 6 de mayo de 1923. Pronto hará diez años de aquello. El día anterior, doña Rosario de Acuña, asaltada violentamente por un ataque cerebral, se derrumbó vencida a las doce en punto de la noche.

Su entierro se realizó bajo una lluvia incesante, lenta y melancólica. Era domingo, y una muchedumbre espesa y silenciosa se congregó en las cercanías de la casa de la muerta. Yo recuerdo mejor esto, porque aún está todo muy amigo y muy fiel, muy limpio y muy transparente en mi memoria.

Las escasas palabras que sonaban caían temblorosas y profundas, empapadas de pena y de dolor muy grandes…El cadáver, guardado en una caja humilde, fue sacado de la casa a hombros de obreros y bajado así hasta la carretera. Allí esperaba la carroza fúnebre, toda negra, negra; pero resultó innecesaria, porque el pueblo, el pueblo auténtico, los bajos, los últimos, los que viven al día de su trabajo de todos los días, luchaban y se disputaban el honor de sentir sobre sus fuerzas el peso de aquel tesoro caído, que le había dedicado los frutos mejores de su talento y de su vida larga y penosa.

Iban también en el acompañamiento mujeres y familias enteras de labradores que vivían por aquellos contornos y sabían de las bondades y de la excelsitud ejemplar de la finada.

Encima del féretro llevaba una golondrina muerta con las alas extendidas como desmayada. Y verdaderamente como aquella avecilla parlera había sido ella, que luchó y luchó hasta su última hora por quitarnos a los hombres de la frente algo de esta pesada corona de espinas que nos hace sangrar desde que somos hombres.

El cortejo  —la reliquia al frente— se paró un momento ante el Ateneo. Y después  siguió pasando por una calle dedicada a otra mujer inolvidable  —Concepción Arenal—, camino de la tierra amorosa que ya esperaba abierta para abrazarse a su hija por siempre jamás.

Y distante, lejana, allá atrás, sola y callada sobre su punta verde y marinera, la casita miraba cómo se le iba su dueña, su madre, para no volver nunca ya. Y cuando la perdió de vista fue como si le clavasen siete puñales muy buidos en el corazón, y sintiose vacía, y helada, y muerta también.

………………………………………..

Perdonadme si, llevado por los hilos y la emoción del recuerdo, me distraje a sabiendas y me aparté voluntariamente de lo que os prometí en el título de estas palabras de hoy. Pero yo espero que lo que os conté no os habrá sido muy molesto y me disculparéis totalmente.

Y para un día cercano os hago promesa de otras cuatro cuartillas humildes, en la que os diré a todos  —y a los madrileños muy especialmente, que Rosario de Acuña es coterránea vuestra— algo que da dolor y vergüenza y que quiero que sepa España entera.

La Libertad, Madrid, 28 de abril de 1933

II

Hace unos días salí a pasear por las afueras de la ciudad con un amigo mío pintor, buen pintor y buen amigo. Era una de esas contadas tardes de sol amplio y bueno que en Asturias hay que saber aprovechar muy a tiempo. Recorrimos calles absurdas con nombres peregrinos, esas calles que circundan a toda población grandes, que no son calles ni son campo, sucias y llenas de arrugas, con racimos de chiquillos revolucionarios y muchachas frescas y sensuales asomadas a las ventanas bajas, y, al fin, nos sumergimos alborozadamente en el paisaje blando de verdes y de sienas obscuros de las tierras fecundadas. Y caminando caminando llegamos a las cercanías del cementerio, que se descolgaba por el seno de una colina pura y tranquila, y decidimos entrar en él. Ya en su aire, siempre un poco denso y emotivo, me asaltó a la memoria, no sé por qué, la figura limpia y señera de Rosario de Acuña. Y como sabía que sus restos yacían allí y nunca había visto su tumba, sentí deseos de sufrirla  —una tumba se sufre siempre—, y así se lo comuniqué a mi amigo. El no puso reparo alguno a aquello y nos encaminamos hacia la parte que antes se reservaba a los que no morían en gracia del Dios de Roma.

Antes de llegar al sitio apetecido, yo recordé, y así se lo dije a mi amigo, un soneto que había visto grabado en una losa  de mármol, y que la distancia, obscureciéndome la memoria, me hizo creer compuesto por doña Rosario para ser colocado sobre su tumba.

(Este soneto que empieza: Ya estoy contigo, madre, nuestras vidas-caminaron por sendas diferentes, es al que se refiere la escritora en su testamento cuando dice:…y cuando yo muera, póngase sobre el sepulcro de mi madre una losa de mármol con el adjunto soneto, esté o no esté mi cuerpo enterrado junto al de mi madre.)

Y en esa creencia buscamos el lugar deseado. Y claro es, nosotros nos fijábamos solamente en los túmulos amplios, sobresalientes, creyendo con lógica natural que a tan grande mujer los hombres la habían honrado en muerte, ya que por ellos, en vida, contados habían sido para ella los momentos de alegría y de tranquilidad completas.

Pero por mucha atención y cuidado que poníamos en nuestra búsqueda no acabábamos de dar con lo pretendido. Y ya empezábamos a hacer conjeturas complicadas y raras, cuando por pura casualidad, al pasar por junto a un grupo de cipreses callados, vimos en el suelo, como olvidada allí sobre la tierra lisa e igual, una pequeña, casi insignificante, loseta de mármol blanco. Y en ella leímos: «Aquí yacen los restos de doña Rosario Acuña».

Nuestro asombro no tuvo límites. Quedamos bastante tiempo como de piedra. ¿De modo que aquello era todo?… Yo no podía creer lo que estaba ante mis ojos. ¿Qué olvido, qué olvido imperdonable, o qué maldad llegando hasta lo eterno hacía que aquello fuese así, tan desoladamente así? ¿Había una mujer luchado como una heroína altísima durante toda su vida, y padecido vejámenes, y persecuciones, y destierros, y pobreza hasta la muerte por los hombres, por la redención de los bajos, de los últimos, de los humildes, para que sus huesos estuviesen abandonados, tirados, perdidos en una vulgaridad mil veces más vergonzosa que el anónimo absoluto?… ¿Y ésta, esta República real, efectiva, de hoy, por la que ella se había partido el pecho en todo momento, resistiendo, haciendo cara sin miedo y sin desmayar a los peligros, consentía aquello?

Vale más no abrir otras interrogantes. Yo sólo os diré que la realidad es así, desnudamente, crudamente, ásperamente: Que la fosa de Rosario de Acuña y la fosa de un animal cualquiera son una misma cosa. Que si a alguien le da por llevarse de allí aquel trozo miserable de mármol que hay sobre sus huesos, ya nadie podrá saber donde descansan los restos de la inolvidable mujer. Y que aquello da frío, y dolor, y vergüenza al más insensible.

*

Y ahora recobremos la serenidad e intentemos reparar con algo la gran injusticia que ha pasado, y sigue pasando aún, sobre lo que queda de la en otro tiempo esforzada escritora.

Y antes de nada voy a dar aquí de su testamento ológrafo, fechado en 20 de febrero de 1907, un párrafo interesante a este fin, y que no puedo resistir, aunque sea un poco largo, el deseo de darlo a conocer íntegro. Dice así Rosario de Acuña:

Cuando mi cuerpo dé señales inequívocas de descomposición (antes de ningún modo, pues, es aterrador ser enterrado vivo) se me enterrará sin mortaja alguna, envuelta en la sábana en que estuviese, si no muriera en cama, écheseme como esté en una sábana, el caso es que no se ande zarandeando mi cuerpo ni lavándolo y acicalándolo, lo cual es todo baladí; en la caja más humilde y barata que haya, y el coche más pobre (en el que no haya ningún signo religioso ni adornos o gualdrapas, de ninguna clase, todo esto cosa impropia de la austeridad de la muerte) se me enterrará en el cementerio civil, y si no lo hubiere donde muera, en un campo baldío, o a la orilla del mar o en el mar mismo, pero lo más lejos posible de las moradas humanas. Prohíbo terminantemente todo entierro social, toda invitación, todo anuncio, aviso o noticia ni pública ni privada, ni impresa, ni de palabra, que ponga en conocimiento de la sociedad mi fallecimiento. Que vaya una persona de confianza a entregar mi cuerpo a los sepultureros  y testificar dónde quedé enterrada. Si no se me enterrase en Santander que no se ponga en mi sepultura más que un ladrillo con un número o inicial; nada más.

Como veis, con estas palabras sencillas y humildes, Rosario de Acuña cierra el paso a todo intento de homenaje suntuoso sobre su tumba. Pero esto no debe hacernos retroceder en nuestro empeño, sino que, por el contrario, esa misma sencillez, esa misma humildad cristiana que vibra en su última voluntad es la que ha de movernos más eficazmente al logro de nuestros deseos.

Por otra parte, otras cláusulas de su testamento no han sido observadas fielmente, ya que se la enterró a las diecisiete horas de su fallecimiento, cuando aún parecía que estaba dormida, y sobre su fosa hay algo más que un número o inicial, como ella dejó ordenado. Además, un ladrillo puede ser de muchos tamaños y de muchas materias; y…, en fin, nuestra propia dignidad, y decoro, y conciencia, colocándose a la hora presente por encima de las determinaciones radicales de la muerte, no nos consienten, ni por un día más, que aquello siga así, tan frío, tan solo y tan doloroso.

Hay que hacer algo. Es necesario, es preciso hacer algo. Y algo grande y sonado, que Rosario de Acuña bien se lo ha ganado y bien se lo merece.

Lo ideal sería adquirir la casa donde murió  —la casita paisaje, tierra de siena tostada y naranja muy madura— y reunir de nuevo todos los objetos que pertenecían a la finada y que con ella estaban a la hora de la muerte, y hacer allí algo como un santuario del librepensamiento, de la constancia y del heroísmo. Pero esto, aunque económicamente pudiera llegar a ser realizado, prácticamente es algo imposible, porque el heredero universal de doña Rosario aventó en pública subasta  —la biblioteca fue vendida en 500 pesetas— todos los objetos y recuerdos, hasta los más íntimos, de la escritora.

Otra idea buena para llevarla a la realidad sería ampliar aquel pequeño edificio e instalar allí un grupo escolar de verano, que llevase su nombre. O elevar un obelisco, alto, sereno y firme  —como su vida— en la punta brava de aquel cabo valiente que tanto supo de ella.

Todo esto sin perjuicio de que su fosa, la fosa de Rosario de Acuña, se adecente y deje de ser como la del último animal.

Pero perdón; llevado de mi celo estoy ya dando ideas, y esto, esta labor, debe quedar reservada para otros mejores que yo.

Lo único que me queda por hacer ya es llamar, y llamar muy reciamente, a la puerta de Madrid, a la puerta de España. Llamar para que la autora de Tiempo perdido, de Rienzi el tribuno, y sobre todo la mujer de carne y hueso, la Rosario de Acuña auténtica, la de los artículos, la de los gestos, la que celebró en un soneto el alzamiento de Villacampa, la buena y la indomable, la humilde con los humildes y la poderosa con los poderosos, la alta, la serena, la pura y la heroica, sea honrada y levantada hasta el cenit como es de justicia. Y mi llamada la hago a todos, a todas las conciencias. A los escritores, a los políticos, al Estado, al pueblo, a este pueblo de hoy que camina derecho hacia su redención, y que en los momentos de dolor, y de ignominia, y de cansancio, halló mano amiga, cabeza firma, pecho caliente y defensa fiel en la persona siempre fiel de Rosario de Acuña.

Y mi llamada, mi voz, queda aquí en pie impaciente esperando.

Mario Eduardo de la Viña

Gijón, abril, 1933

La Libertad, Madrid, 2 de mayo de 1933