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Archive for 28 mayo 2010

61. Poeta o poetisa

Al principio, cómo no, la poesía. Parece ser que nuestra joven poeta comenzó a utilizar los versos para expresar sus emociones siendo aún muy jovencita; tan prematura debió de ser en esto de la rima que a la edad de veinticinco años nos dice que ya llevaba dieciocho haciendo versos, «muchos y desiguales renglones que con lápiz, carbón o tinta iba escribiendo en ratos tan perdidos, que ni de ellos me daba cuenta» (Ecos del alma, VI). La aprobación de los más próximos debió de estimular su largo aprendizaje que, al fin, dio sus primeros frutos con la publicación del poema En las orillas del mar, una extensa composición dividida en seis cantos que agrupan 92 estrofas con variada rima, pues si bien predominan los serventesios, tampoco faltan los quintetos, las quintillas y las octavas reales. La composición publicada en La Ilustración Española y Americana el 22 de junio de 1874, debió contar con el aprecio y la estima de sus lectores, pues en 1876 no duda en incluirla en el poemario Ecos del Alma y en publicarla, ese mismo año, en un volumen independiente que será reeditado hasta en cuatro ocasiones en los años siguientes. La experiencia, por tanto, resultó favorable y ello parece abrirle las puertas de imprentas y redacciones. De tal forma que pocas semanas después sus versos vuelven a ocupar las páginas de un periódico: El Imparcial publica en su edición del 20 de julio «A la muerte», una oda que, según propia confesión, estaba inspirada en las reflexiones surgidas ante la contemplación de un cadáver. Cualquier acontecimiento es ocasión propicia para que la pluma de la joven poeta se afane en transcribir al papel sensaciones y sentimientos. Su oda «A la memoria de Fortuny», publicada el 23 de diciembre de 1874 en La Iberia despide con enfática admiración al pintor reusense, fallecido en Roma el mes anterior: «¡Alcázar de la luz, patria del genio/ inmensa eternidad que en pabellones/ el porvenir ocultas de la vida/ entre la gasa azul de tus festones!…» En el verano siguiente, sus versos vuelven a aparecer: lo hacen el 31 de agosto en honor de Francisco Delgado Jugo, un afamado oftalmólogo de origen venezolano que se había ocupado de su enfermedad ocular en los pasados años («…Ya que libre te ves, y el pensamiento/ puede bajar al mundo donde vivo,/ deja un instante la mansión del alma,/ y entre una triste lágrima de pena / recoge aquesta palma/ que el corazón te envía;/ que gracias a tu ciencia/ gozan mis ojos de la luz del día.»).

Al principio fue, en efecto, la poesía; incluso cuando escribía de seguido hasta terminar los renglones, pues poesía había en aquel escrito fechado en 1870 con el título «Una lágrima» que fue publicado años más tarde en La Siesta, un volumen con sus primeros artículos; o en los que publicó en el semanario La Mesa Revuelta en el verano del setenta y cinco acerca de las tierras andaluzas («Correspondencia de Andalucía») o las gentes venecianas (el ya citado «Una ramilletera en Venecia»); o, incluso, en aquellas siete páginas que, dedicadas a la reina Isabel II que pasaba sus días en el exilio parisino, publicó en Bayona en 1873. Pero no fue la prosa, la poética prosa de la joven Rosario, la que le daría la entrada oficial en el parnaso madrileño. Ni siquiera aquella lírica femenina de sus primeros poemas. No; será con el verso grave y viril de un drama trágico con el que reciba el reconocimiento del público y la crítica capitalina. Su primer gran éxito: Rienzi el tribuno.

El empresario del teatro del Circo había hecho muy bien su trabajo y el sábado 12 de febrero el teatro se hallaba lleno al completo. Entre los asistentes se rumorea que la autoría de aquel drama se debe a la mano de una joven poetisa, lo que aumenta la expectación. Al finalizar el primer acto, el público «seducido por los pensamientos, que abrillantaban versos rotundos, galanos y armoniosos, quiso conocer el nombre del autor», según cuenta el poeta Ramón de la Huerta Posada, presente allí. Ante la insistencia mostrada por los espectadores, el actor Rafael Calvo tuvo que rogarles que fueran un poco pacientes, que aguardasen hasta el final de la obra. Sin embargo, concluido el segundo acto la autora tuvo que subir al escenario para saciar la curiosidad de los presentes. Al ver aparecer en escena al joven artífice del drama, el asombro fue tan grande que la sala ensordeció con los inacabables aplausos de los presentes. La cosa no acabó ahí, pues, según cuentan las crónicas, el tercer acto transcurrió entre una sucesión interminable de aplausos. Al final, una noche gloriosa que tendrá su continuidad en los siguientes días en los cuales la prensa, entre loas y alabanzas a la autora del drama, viene a coincidir a la hora de resaltar el carácter viril que Rosario, la señorita de Acuña, ha impregnado a los versos de aquel drama, muy lejos de la delicadeza y el lirismo que son atribuidos a las mujeres. Las críticas ensalzan a la joven autora, «poeta de gran aliento, de rica fantasía y alto vuelo», a la actriz Elisa Boldún, al actor Rafael Calvo y a la empresa del teatro «por haber dado a conocer a esta poetisa, a esta verdadera poetisa, que parece encender sus inspiraciones en la luz de la estrella inmortal en que vive el alma de la Avellaneda» (IMP, 13-2-1876).

La crítica del estreno que aparece al día siguiente en El Imparcial resalta la excepcional acogida que tuvo la obra por parte de los asistentes, entre los que se encontraban gran número de autores dramáticos y literatos que «acudieron entre los bastidores a felicitar a la señorita de Acuña». El crítico utiliza diversas expresiones para marcar diferencias con otros versos y con otras escritoras. Habla así de «versificación verdaderamente viril», de la «profunda intención de los sentimientos» y los «pensamientos siempre levantados y generosos», obra de una «verdadera poetisa» que «revela condiciones excepcionales para la escena dramática» y que recuerda la fuerza de la Avellaneda. Una semana más tarde, recibe por el crítico de La Época elogios similares. Se alaba de nuevo el vigor de los versos y de nuevo también se evoca a Gertrudis Gómez de Avellaneda como referente de la nueva dramaturga.

¿Dónde reside la clave de tan rara unanimidad?, ¿dónde se encuentran los méritos de esta primera obra dramática?, ¿cuáles son las virtudes de esta joven escritora? Después de haber leído con detenimiento los comentarios de estos afamados críticos literarios, creo que el éxito alcanzado por Rienzi se debe fundamentalmente a la sorpresa, al desconcierto producido al conocerse que aquel texto había sido escrito por una mujer que, además, era muy joven. Las críticas coinciden a la hora de atribuir a los versos de aquel drama una fuerza y un vigor que solo pueden ser obra de la recia pluma de un hombre curtido en las mil peripecias de la ruda realidad. Sin embargo, aquellas rimas vigorosas, enérgicas, que enaltecen el patriotismo, la abnegación, el sentimiento exaltado de la justicia y la libertad son obra de una joven mujer. El crítico de La Ilustración lo refleja con gran nitidez: los afectos que entretejen aquella obra «no están en esas fibras delicadas que un fino instinto de mujer, dotada de peregrino entendimiento, puede penetrar sin esfuerzo». No; allí hay «palpitaciones robustas, fiebres ardientes, arteros movimientos de la pasión que no se traducen sino con el auxilio de un aliento viril». He ahí la sorpresa; he ahí la chispa que enciende el espontáneo elogio de los espectadores: ante ellos se presenta una jovencita que no parece contentarse con el estrecho reducto de intimismo lírico que la sociedad ha asignado a las poetisas. En vez de encerrarse en el entorno doméstico para pintar con tiernos versos las bellas canciones de amor que solo la sensible alma femenina es capaz de entonar, aquella mujer se atreve a contar con pasión encendida asuntos de honor, de patriotismo, de libertad… tan alejados del papel que aquella sociedad burguesa ha asignado al ángel del hogar.

El reto parece que ha tenido un resultado feliz. Rosario de Acuña y Villanueva será desde entonces «la autora de Rienzi»; una de las escasas poetas del panorama literario español, abandonando, de esta forma, el grupo de las poetisas, que desde el apogeo del Romanticismo ha seguido nutriéndose de nuevas componentes. La diferenciación no parece que sea entonces nada sutil, sino sustancial, a juzgar por el escrito que sobre tal distinción realiza Manuel de la Revilla, por entonces catedrático de Literatura en la Universidad Central, además de escritor y uno de los más influyentes críticos del momento. En su sección habitual del número de Revista Contemporánea que ve la luz el 15 de julio de 1876, coincidiendo con la aparición de Ecos del alma, un volumen de poesías que Rosario de Acuña publica tras el estreno exitoso de Rienzi, se detiene precisamente en explicar la diferencia entre ambos términos. Nada más comenzar la reseña, lo primero que comenta es que a los versos les falta entusiasmo, no tienen el genio vigoroso y la pasión impetuosa que sí están presentes en el drama: «Rosario, poeta en su drama, es poetisa en sus obras líricas». Y abundando en la diferencia, señala: «Aquel drama parecía de un hombre, estas poesías se parecen a las de todas las mujeres». Ahí está la clave; ahí el por qué de ese empeño de los críticos en hablar de «versos vigorosos» al referirse a los de Rienzi. Diferencian, pues, muy bien entre unas y otras; entre las escritoras que son poetas y las que son poetisas.

Y a la joven señorita de Acuña parece gustarle que la incluyan entre las primeras y así lo hace saber en la poesía titulada «¡Poetisa…!» que, paradójicamente, incluye al comienzo de Ecos del alma:

Si han de ponerme nombre tan feo,

todos mis versos he de romper;

no me cuadra

tal palabra;

no la quiero;

yo prefiero

que a mi acento

lleve el viento

y cual sombra

que se aleja

y no deja

ni señal,

a mi canto,

que es mi llanto,

arrebate el vendaval.

60. «Recordando a Rosario de Acuña», por Víctor Guerra

Leyendo estos días los pizarrones y la propia prensa asturiana  sobre homenajes varios, entre ellos los que hablan de la Hermana masona Rosario de Acuña, (iniciada en tierras alicantinas en la logia de Adopción Constante Alona el 15 de febrero de 1886,)  observo  por algunos comentarios que existe como cierto alzheimer, pues en algunos de ellos se habla de la gran presencia que ha habido este último homenaje que tuvo lugar el 8 de Mayo del  2010 ante lo que fue la casa de la escritora y librepensadora  en Gijón y ubicada en el  lugar conocido como  el Cervigón.

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Entiendo que para cada uno  por distintas razones cada año y cada homenaje le parezca  que sea el de más grato, por el ambiente, por los recuerdos, etc. Pero hay que ser justos con la propia memoria de los Homenajes a Rosario de Acuña, para que al menos quede una cierta constancia de ese quehacer y de esa labor.

Desde el 2004 de la mano del Ateneo Obrero de Gijón y de la Logia Rosario de Acuña. Se recogieron los viejos testigos de antaño, que hoy no dejan de ser para nuestra desgracia un remedo de aquellos grandes homenajes que se le brindaban a la escritora Rosario de Acuña por parte de los obreros gijoneses, que cada 1º de Mayo acudían en tropel hasta la sencilla tumba de Rosario de Acuña, en el Cementerio Civil del Sucu donde las masas obreras, plagadas de socialistas, anarquistas y republicanos, le tributaban a la irascible y gruñona Rosario de Acuña su particular Homenaje.

Nada sabemos de sí las logias acudían en pleno a estos actos proletarios, o le brindaban otro tipo de Homenaje público o privado, nada nos dice al respecto la prensa gijonesa o librepensadora, los diversos estudiosos sobre el tema tampoco nos aportan datos sobre ello.

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Es un tema curioso y hasta interesante, las relaciones de Rosario de Acuña tarjeton_2mayo1con la masonería astur, más allá de que tuviera amistad con los jóvenes cachorros del melquiadismo como Merediz Diaz Parreño,también masón, o con Loredo Aparicio (comunista y masón) o con Cinfuentes (reformista) o con Lamo Jiménez  (masón y compañero de Rosario de Acuña) Sin olvidar al propio Melquíades Álvarez o Eleuterio Alonso.

En las pocas actas que tenemos de dicha época tampoco se habla de Rosario de Acuña. Es todo un misterio esas posibles relaciones, aunque cabe imaginar que en ese naciente siglo XX, la figura y presencia de la masona Rosario Acuña, no debía sentar muy bien a la alambicada masonería asturiana muy caracterizada por la masculinidad, que no era específica de la masonería astur, sino de todo el Grande Oriente Español, y que rompía de algún modo con la tradición del siglo XIX.

Pero volviendo a los Homenajes a Rosario de Acuña, sería bueno abordarlos como materia de estudio, para ver sus evoluciones, sus declives, y para observa como quien fue todo un referente en la ciudad y entre las clases más populares, se vino abajo pasando los años, quedando ante su casa o su tumba un leve rescoldo de aquellos otras peregrinaciones.

Es evidente que con el franquismo estos homenajes eran casi imposibles, y se hacían en pequeños grupúsculos; por otra parte en la naciente democracia había como otros intereses más perentorios, aunque la llama estaba prendida en gentes como Daniel Palacio o los amigos del Ateneo Obrero, o la Asociación de Viudas de la Republica, con las cuales en los años 70 y 80 me acerqué por primera vez al cementerio del Sucu de la mano de Maria de las Alas Pumariño, Presidenta de la Asociación de Viudas … y también recuerdo el entusiasmo de una persona que fue quien primero me habló de Rosario de Acuña, un hombre de pequeña estatura, rechoncho de espesa barba, y siempre calaba boina, era cojo de una pierna que tenía más corta que otra, habitaba en la calle Asturias… Luego ya esas visitas fueron algo más intermitentes hasta desaparecer de mi vida… finalmente se retomé la cuestión del homenaje a través de la Logia Rosario de Acuña en el primer encuentro del 2004.

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Homenaje a Rosario de Acuña en el año 2006

Se dice y escribe que este año 2010 fue el mejor en lo que se refiere al homenaje, podemos decir que cada uno cuenta la feria como le va, o como se la han vendido, pero creo que hay que ser justos con la evolución de estos Homenajes, que arrancan en el año 2004, con una discreta convocatoria, pero de la cual no tengo fotos digitales, pero éramos pocos. Luego en el 2005 ya se hizo toda una campaña de invitaciones y motivaciones para acudir a ese Homenaje, allí estaban gentes de la cultura gijonesa, Sociedad Cultural Gesto, Sociedad Cultural Gijonesa, y otros asistentes entre público y masones de diversas Obediencias. GODF, DH.

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Acto de Homenaje  a Rosario de Acuña en el 2007 con la Alcaldesa  de Gijón Paz Fernández Felgueroso

Aún tengo en la retina  el Homenaje a Rosario de Acuña (2007) por parte del Gran Maestre del GODF, que además de descubrir una placa en el Paredón del Sucu, y el Homenaje a la Fosa Común y al que asistieron cientos de personas, entre ellos muchos masones españoles y franceses, también se visitó la tumba de Rosario de Acuña los cual marcó todo un hito, en tanto que nunca en España se había visto banda masónica.

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Luego se dejó el Cementerio, porque hubo quien creyó que con cambiar de ubicación, peregrinado a la Casa del Cervigón , era todo un signo de modernidad, alterando de esta forma el sentido de Homenaje, que siempre había tenido como marco el Cementerio Civil del Sucu, además tal presencia en el recinto funerario conllevaba a su vez otras reivindicaciones y Homenajes, como era visitar las tumbas de otros Hermanos, que no parecen que se sientan tan cerca de sus actuales homólogos, como es el caso del Gran Maestro de la Gran Logia Regional del Noroeste, Alberto de Lera, nuestra más alta jerarquía que estuvo al frente de masonería astur-galaica y leonesa durante más de 14 años (1922-1934) y al que nunca se la han brindado un solo homenaje; era a su vez una forma de reivindicar la lucha de masones, republicanos, socialistas y anarquistas, y evangélicos en sus luchas por la dignificación de los cementerios, era un homenaje integral e integrador.

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Homenaje a Rosario de Acuña   en el año 2008

Tal vez el homenaje del Cervigón se mueva más en otras bambalinas  más políticas y para titulares de prensa ajenos al Homenaje a Rosario de Acuña, como ha sucedido en este año,  digamos que se va perdiendo el referente y el sentido, y hasta  el norte del acto, no es culpa directa de los convocantes  ni del Ateneo ni de la Logia;  pero hay que empeñarse en que el acto tenga esa esencialidad que no debe ser “molestada” por otras cuestiones ajenas al tributo a Rosario de Acuña.

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Otro año importante para el recuerdo de Rosario de Acuña fue el  2009 donde un Hermano se calaba sin respingos el collar de Venerable y se dirigía a los abundantes, congregados entre los cuales se puede apreciar que abundaban los masones, eso si venidos del otro lado de los Pirineos. De nuevo ondearon las bandas masónicas, y con independencia de la aptitud y receptibilidad de cada uno, el sentido es que como ciudadanos, como masones , podamos tributarle en esas claves un Homenaje a la fiel librepensadora que fue Rosario de Acuña.

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Y así podemos ir repasando año tras año, hasta este 2010, al que no pude asistir y bien lo siento, estaba en Madrid en otro acto ecuménico con Hermanos que ponían en pie un Capítulo  de Rito Francés con el Oriente en Europa, y en el que nos encontramos españoles, franceses y portugueses , pero he he decir  que este año  2010 veo poca gente, o los mismos números de cuando comenzamos  y ello pese a que se dice que hubo una gran asistencia;  no se trata de contar indios, o si un año hubo más o menos, o que felices hemos sido cada año,   sino que debemos hablar de  significados, y tal vez pudiéramos jugar al juego de la “diferencias entre las fotos”, pero este año pese a la digna e importante representación logial, por ejemplo no se aprecian los signos masónicos que presidian en mayor o en menor medida  otros actos del GODF en España y en Francia, o los propios que ha desarrollado la Logia Rosario Acuña… tal vez ser tan reglamentarista, tan discretos nos llevan a estas cosas…

De todas formas habrá que reflexionar , todos, sobre qué debemos hacer para que el Homenaje a Rosario de Acuña  realmente se convierta en un tributo cultural, logial y de la ciudadanía en general, con alguien que durante años fue todo un referente… Si se hace con Jovellanos, porque no hacerlo con Rosario de Acuña

Víctor Guerra . MM.:. del RF del GODF

59. La gran nación latina

Su conciencia nacionalista, su españolidad, no empañaba su ideal de ver a la Humanidad avanzando unida por el camino de la Verdad hacia el progreso. Si lejana se hallaba la utópica hermandad universal, no parecía estarlo tanto la unión de su patria con otras naciones hermanas. O, al menos, esa es la postura que defendió en diversas ocasiones desde que en los años ochenta sintonizara con los postulados defendidos por los republicanos federales. Su amor a la patria se mostró, desde entonces, compatible con un sentimiento de pertenencia a la gran nación latina o, como ella solía decir, a la raza latina, que se extendía desde el Peloponeso hasta Finisterre, desde los confines del Mediterráneo hasta los abruptos acantilados del Atlántico, y que debía a la fuerza del sol que bañaba sus tierras y al común pasado grecolatino su diferenciación con los pueblos del Septentrión. Con todo, Francia y Portugal fueron las naciones por las que mayores simpatías mostró públicamente, como seguidamente tendremos ocasión de comprobar.

Su acercamiento al ideario republicano le va a dar ocasión de profundizar en un asunto en el que conseguirá unir razón y sentimientos: la Unión Ibérica. El viejo proyecto de eliminar las fronteras existentes en la península Ibérica había recibido su último gran impulso con ocasión de la proclamación de la república federal en España en el año 1873, y era muy querido por quienes se habían convertido en sus nuevos correligionarios. La idea de unir Portugal y España no era una novedad, pues en el pasado la habían albergado distintos monarcas castellanos y portugueses, pero va a ser en el siglo XIX cuando, lógicamente, se aborde desde planteamientos nacionalistas. En efecto, es en las primeras décadas del siglo, en plena batalla frente a los defensores del Antiguo Régimen, cuando los liberales de ambos lados de la frontera se interesen por la creación de una monarquía constitucional que agrupase ambos territorios. Los años de exilio que padecieron unos y otros durante los gobiernos absolutistas, propiciarán que los liberales portugueses y españoles vengan a coincidir en las ventajas que para sus aspiraciones representaría una unión dinástica. Sin embargo, aquellas primeras tentativas, con los liberales como protagonistas, no pasan del estadio teórico y no trascienden más allá del ámbito de la letra impresa que, en forma de periódicos y libros, se encarga de difundir a uno y otro lado las bondades de aquella legítima aspiración (¿no se habla de la unión alemana o de la italiana?, ¿por qué no de la ibérica?). Habrá que esperar a los años del Sexenio para que las pretensiones iberistas resurjan con mayor ímpetu. Serán entonces los republicanos quienes se encarguen de recoger el relevo y lo harán además con gran entusiasmo pues, como señala Álvarez Junco, «los años 1868-1873 fueron los de mayor número de proyectos unificadores a lo largo del siglo» (Mater Dolorosa, pág. 528). Se trataba entonces de crear una federación ibérica, propósito que, si bien no cuajó en el año 1873 cuando todo parecía mostrarse favorable, se habrá de convertir en objetivo irrenunciable para muchos de los republicanos que en uno y otro territorio aspiraban a que la Federación Ibérica fuera el primer paso en la consecución del viejo ideal que aspiraba a la definitiva eliminación de las fronteras.

La propuesta de unir los destinos de los dos pueblos de la Península debía de presentarse especialmente atractiva a los ojos de Rosario. La federación ibérica abría la puerta a una utopía, podría ser el primer peldaño de la escalera que conduce a la unión última del género humano, a esa quimérica fraternidad universal que aflora en no pocos de sus escritos. Tras aquel primer paso, tan del gusto de Pi y Margall, Ruiz Zorrilla y de otros conspicuos republicanos, podría llegarse a una confederación latina o a la unión de naciones iberoamericanas. Al final, «la especie humana una e indivisible» avanzando segura de sí misma hacia el prometedor mañana: «Asia (China, Japón, los archipiélagos oceánicos), las dos Américas, África y Australia, levantan sus frentes despertando al primer destello del astro que ha de lucir en las edades de la futura humanidad» («El 1º de Mayo», El Noroeste, 1-5-1910). Por si ello no fuera suficiente, sentía una indisimulada simpatía por el país vecino que, quizás, tuviera su origen en el hecho de que los antepasados de su familia paterna procedían de las tierras lusitanas.

Así pues, el acercamiento de sus nuevos correligionarios a los vecinos portugueses gozaba del firme apoyo de la pensadora madrileña, como bien quedaba patente en cuanto la ocasión se mostrara propicia. Veamos.

A principios de 1890, el Gobierno británico entrega al portugués un ultimátum en el que le exige la retirada de las fuerzas militares lusas que se encuentran en el corredor que une sus colonias de Angola y Mozambique, territorio que ya había sido reivindicado por Portugal en la reciente Conferencia de Berlín. La amenaza que se cierne sobre el pueblo portugués va a reavivar el sentimiento iberista activando la espontánea solidaridad de muchos españoles. Los universitarios responden con prontitud a la llamada de sus vecinos, solidarizándose con su causa y participando junto a ellos en diversos actos unitarios condenando la agresión británica. Los republicanos, por su parte, se movilizan con celeridad organizando grandes manifestaciones en apoyo de la nación lusa que tienen lugar frente a la Embajada y los consulados de este país en Madrid, Zaragoza, Salamanca y Valencia (VÁZQUEZ CUESTA, Pilar: Un noventa y ocho portugués: el Ultimátum de 1890 y su repercusión en España).

A las pocas semanas de conocerse la amenaza británica, Rosario de Acuña hace público su apoyo al pueblo portugués en una carta («La logia “6 de abril del 88”. Al pueblo portugués») en la que exalta la mutua pertenencia de los dos pueblos a la raza latina:

En todos los horizontes de la Europa meridional flamea hoy, reverberando, sobre la sublime historia de la raza latina, esa actitud elocuente y arrebatadora en que vuestras muchedumbres se han colocado, al sentir, sobre las abrasadas arenas de vuestras colonias africanas, la planta brutal de los hijos del Septentrión, que llevando en sus pechos el frío aliento de los ventisqueros polares, no ostentan más grandeza que la helada grandeza del escepticismo y la fría grandeza de la ambición.

La agresión procedente del oscuro y frío norte había conseguido despertar a la familia latina, que hasta entonces parecía caminar adormecida, despojada de su tradicional nervio de abnegaciones, que constituye «la más alta herencia recibida de su cielo radiante de luz, y de su tierra impregnada de sol». He aquí, de nuevo, al astro rey dibujando paraísos y forjando carácter en los pueblos. La nación española, que en otro tiempo dominara el mundo, comparte con sus hermanos latinos una tierra luminosa que ha forjado un carácter similar a los pueblos que la comparten y que la han compartido a lo largo de un venturoso pasado común. En su escrito tierra e historia se entremezclan para caracterizar esa raza que ahora se revuelve contra los pueblos del Septentrión:

Como si todas las sombras de los héroes griegos y romanos hubieran sido evocadas en su sepulcro por los gritos conmovedores de vuestra honra herida, de vuestro suelo ultrajado, el ambiente de las tierras latinas, desde las riberas del Peloponeso, hasta los abruptos escollos de Finisterre, parece revivir al calor de aquellos días en que la matrona de Esparta le preguntaba a su hijo cómo se atrevía a volver vivo, habiéndose perdido la batalla.

La carta, publicada en Las Dominicales el 8 de marzo de 1890 y reproducida en español en A Patria el día 30 del mismo mes, representa un valioso testimonio, no solo del caluroso apoyo prestado a los hermanos portugueses, que habrá de tener continuación en las páginas de Anatema (revista cuyo único número fue publicado en mayo de 1890 a favor de la «Grande Suscriçao Nacional» organizada para adquirir navíos de guerra y en la cual la firma de Rosario de Acuña se une a la de otros escritores españoles, portugueses, franceses, italianos y rumanos), sino también de las posiciones políticas que por entonces mantiene su autora. El escrito en cuestión constituye, en efecto, una clara defensa de la republica federal, de una «España unida para la libertad, para el trabajo, para su honra de nación poderosa, pero autónoma, independiente y separada para el régimen de su vida interna», que aspira a integrarse junto a Portugal en aquel anhelado proyecto común para el que pretende aunar voluntades: «unámonos para realizar este portentoso ideal de la nación ibérica». La unión de los dos pueblos, además de suponer un primer paso en aquella utopía que contempla a la Humanidad avanzando fraternalmente unida por la senda del progreso, representa también el abrazo de su querida España con el país de sus ancestros, con la tierra de aquellos da Cunha, sangre de su sangre. El país luso tendrá para ella una gran significación, tanto por razones ideológicas como sentimentales, llegando a convertirse en el referente de la regeneración patria que ella predicará durante el resto de su vida. Al fin y al cabo, no tardando mucho, allí se habrán de producir muchos de los cambios que ella quisiera ver extendidos a toda la Península. En efecto, los portugueses se enfrentarán con éxito a los monstruos que asolan el País del Sol y conseguirán instaurar en octubre de 1910 un estado republicano que recogerá constitucionalmente la separación entre la Iglesia y el Estado… No es de extrañar, por tanto, que sea aquella tierra, tan hermosamente espléndida como la española y ya libre de monstruos la que se convierta en el lugar que elija para exiliarse cuando la Audiencia de Barcelona dicte una orden de búsqueda y captura contra ella, como consecuencia de las denuncias que siguieron a la publicación de La jarca de la Universidad. Los dos años que pasó en aquellas tierras supusieron un duro golpe para ella, tanto por la forma en que se produjo su traslado como por el quebranto económico que sufrió, pero durante ese tiempo su admiración por el país vecino quedó plenamente consolidado, hasta el punto de llegar a afirmar a su vuelta que allí «las leyes de los radicalismos liberales han vivificado la sociedad lusitana de tal manera que hoy es el Estado de más generoso espíritu de justicia, de cultura y de fraternidad que existe en Europa» (El Noroeste, 5-6-1917), o que los periódicos de aquel país son las que la mantienen puntualmente informada: «la prensa que me informa de lo que pasa en el mundo es la portuguesa, con la que estoy completamente acorde» (El Noroeste, 31-1-1917).

58. La avenida que da a la ermita

Coincidiendo con el LXXXVII aniversario de la muerte de la protagonista de esta bitácora, el pasado miércoles se hizo público el fallo del Premio de Investigación Rosario de Acuña que convoca el instituto gijonés que lleva su nombre. Con ésta ya son doce las ediciones de este premio que, según nos cuenta Francisco Alonso Llano, director del Centro y principal responsable de la exitosa trayectoria del galardón, nació en 1998 con el objetivo de «mantener vivo el recuerdo de la vida y obra de Rosario de Acuña […] firme partidaria del progreso de las ciencias naturales y humanas».

Han pasado -como queda dicho- ochenta y siete años, y durante este tiempo la del Premio Rosario de Acuña no ha sido la única iniciativa tomada para honrar su memoria. Casi podemos decir que el proceso se inicia desde el mismo momento en que se conoce la muerte de la librepensadora. Así, el día veintinueve de ese mismo mes de mayo, tiene lugar una velada de homenaje en el Ateneo de Madrid de organizada por la asociación feminista Fraternidad Cívica. Intervienen el periodista Roberto Castrovido, el abogado y político Álvaro de Albornoz, Consuelo Álvarez, el escritor Ramón Pérez de Ayala, y Ester Azcárate; en la reunión se leen diversas composiciones de la homenajeada y del escritor Luis de Tapia, por entonces secretario de la asociación ateneística madrileña.

Es preciso señalar que hubo también quienes -de una forma o de otra- se manifestaron contrarios a estas iniciativas por considerar que la trayectoria vital de Rosario de Acuña no fue, para nada, ejemplar. Veamos:

Unos días después de este póstumo homenaje celebrado en el ateneo madrileño, Fraternidad Cívica envía una petición al ayuntamiento gijonés solicitando que una calle de la villa lleve el nombre de la escritora. Enterados los miembros de la directiva del Ateneo Obrero de la petición, no tardan en enviar un escrito a la corporación municipal adhiriéndose a la solicitud. La comunicación lleva fecha de 10 de junio y se expresa en los siguientes términos:

…conociendo la petición hecha por la asociación de señoras de Madrid, denominada “Fraternidad Cívica” con el fin de que se dé el nombre de “Rosario de Acuña” a una calle de esta ciudad, en recuerdo de la inolvidable escritora de este nombre fallecida recientemente, este Ateneo se adhiere decididamente a aquella súplica, por considerar que los pueblos, si quieren cumplir sus deberes de ciudadanía tienen que dedicar un recuerdo perdurable a los individuos que los honraron.

Si doña Rosario de Acuña no era gijonesa, aquí vivió mucho tiempo y murió dejándonos señalada prueba de sus virtudes y de inteligencia poderosa, hallándosela en todas ocasiones en las luchas por la justicia y la cultura, por cuyas razones todos los gijoneses la miraban como algo propio y adherido al espíritu popular apoyando la iniciativa en la consideración de que el nombre de la escritora debe perdurar “para ejemplo de virtudes y de generosidades, para oferta de gratitud de un pueblo a una individualidad superior.

El escrito termina recomendado el tipo de calle apropiada para tal recuerdo; ni «uno de esos callejones viejos y angostos», ni una de esas calles suntuosas, «donde las lujosas edificaciones de la plutocracia fría y absorbente proclama la antítesis doctrinal de la que sólo amó a los débiles y oprimidos». Lo adecuado sería…

una calle de obreros, de mujeres pobres y tristes de muchachas descalzas, para que todos los días, cuando saliesen de la fábrica y el taller o volviesen de ellos los trabajadores, sintiesen sobre si la caricia de aquel nombre que anunciaba un corazón tan puro, tan rebelde, tan del pueblo…

Las solicitudes efectuadas por Fraternidad Cívica y el Ateneo superan con prontitud los trámites administrativos y unas semanas después, el 24 de julio, se somete a la consideración de la corporación municipal la concesión de una calle de la villa a la ilustre librepensadora. Con tres votos en contra y catorce a favor, se acuerda dar el nombre de “Avenida de Rosario de Acuña” al camino que va del Piles a la Providencia. No obstante, hay sectores que no están por la labor; los tres ediles que votaron en contra de esa solicitud representan a un sector de la población nada desdeñable, que se oponía a cualquier tipo de distinción a quien se había significado tanto en contra de una jerarquía eclesiástica, que contaba con gran influencia en amplias capas de la sociedad. Mientras vivió, nuestra escritora no dejaba indiferentes a los que la conocían, y aún a los que no la conocían directamente; después de muerta, las filias y las fobias se mantuvieron. Y sus detractores eran poderosos.

Conocido el acuerdo, un grupo de vecinos de la zona lindante con el camino al que han puesto el nombre de la escritora, librepensadora, masona… presentó un recurso de alzada ante el Gobernador Civil, con la intención de que se dejara sin efecto la decisión municipal. Tres son los principales argumentos que esgrime la parte recurrente: a) que ayudaron a la construcción y mejoramiento del camino mediante la cesión gratuita de terrenos; b) que la anterior denominación daba información del origen y destino de la vía; c) que no consideran que existan méritos extraordinarios en la persona a quien se quiere distinguir que justifiquen las molestias que iba a ocasionar el citado cambio. Según la prosa administrativa, el recurso había sido interpuesto por don José de la Sala «y otros vecinos», expresión genérica ésta que oculta la existencia de otras personas con mayor significación en la vida ciudadana. Una lectura atenta del recurso nos informa, sin embargo, que entre los recurrentes se encuentran «los herederos del Excelentísimo Señor Conde de Revillagigedo», quienes actúan mediante los oportunos apoderados. Si al renombre de los herederos unimos las referencias que en el escrito se realizan al carácter religioso del camino (no hay que olvidar que, como allí se dice, el punto final del mismo se encuentra en la ermita de la Virgen de la Providencia), el recurso parece adquirir otra dimensión. Por lo visto, el fondo de la cuestión pudiera obedecer no tanto a cuestiones de orden material, como a aspectos de tipo ideológico o religioso. A lo que parece a algunos les parecía demasiado ofensivo que la carretera que conduce a la ermita, llevara el nombre de una persona a la que durante toda su vida han acusado de atea.

El recurso de alzada ante el Gobierno Civil es valorado por la Comisión Provincial competente. En el mes de diciembre, la citada comisión acuerda “que procede estimar el recurso interpuesto por don José de la Sala y otros vecinos de Gijón y revocar el acuerdo aprobado”. En la resolución tomada se asumen como propios la práctica totalidad de los argumentos de los recurrentes. Doña Rosario de Acuña se queda, de esta forma, sin “su” avenida.

El 30 de abril de 1931, unos días después de proclamada la Segunda República, el ayuntamiento gijonés vuelve a las andadas y retoma el acuerdo del verano de 1923, el recurrido. Así es como durante seis años el camino de la Providencia, el que conduce a la ermita, ostentará la denominación de “Avenida de Rosario de Acuña”. En 1937, las autoridades que las armas han legitimado para gestionar el municipio deciden sustituir el nombre por el de “Avenida de Italia”, como homenaje a los soldados italianos que colaboran con los militares sublevados en 1936.