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Archive for 30 abril 2010

57. La mujer del rincón

Con los datos que disponemos, bien puede decirse que —de alguna manera y en alguna medida— el matrimonio modificó la percepción que Rosario de Acuña tenía de la sociedad española. En el transcurso de los seis o siete años de convivencia con Rafael de Laiglesia y Auset se va a ir produciendo un cambio de enfoque de tal calibre que su mirada se hará muy sensible a realidades que, tan sólo unos años antes, le habrían pasado desapercibidas.

Sus ilusionados —aunque enfermos— ojos de juventud se vuelven ahora más sensibles a la falsedad de sus congéneres (véase El camino de Torrero, uno de los primeros ejemplos). No le gusta lo que ve y se aleja, huye al campo buscando cobijo en la Naturaleza. En Pinto inicia una nueva vida y desde el retiro de su Villa Nueva alerta del desvarío de la sociedad: la perspectiva sociológica es la que parece interesarle por entonces: En el campo, Influencia de la vida del campo en la familia, El lujo en los pueblos rurales…

El análisis sociológico debe parecerle insuficiente para explicar el desvarío humano, pues a mediados de los ochenta la encontramos ocupada en cuestiones que buscan sus respuestas en el individuo. Impulsada por el deseo de adentrarse en los conocimientos psicológicos, no sólo convoca un premio de investigación con el objetivo de que los especialistas debatieran sobre los límites entre la cordura y la locura, sino que realiza un seguimiento exhaustivo de dos de los casos que mayor conmoción producen en la sociedad de entonces: el Crimen de la calle de Fuencarral y el Caso Galeote.

Era tal su deseo de conocer los pormenores que pudieran explicar las razones por las cuales un hijo de la sabia Naturaleza se convierte en criminal, que no duda en acudir diariamente a la sala donde se celebra la vista y lo hace provista de lápiz y cuartillas dispuesta a anotar todo cuanto de interés allí se diga. Ni que decir tiene que su presencia no tarda en atraer la atención de los periodistas que cubren la noticia: el 4 de octubre de 1886 El Resumen publica lo que sigue:

«Ante el problema que hoy ha de someter al juicio de la sala, hay muchos que miran escamados a sus vecinos de asiento, y sobre todo las señoras que ocupan el segundo diván de la derecha, al ver a su compañera del rincón armarse de lápiz y cuartillas dispuesta a tomar notas»

Ella es, evidentemente, la «del rincón». Ya que la han señalado con el dedo, coge su pluma y manda una carta al periódico explicando los motivos que la han llevado hasta aquella sala. Al fin y al cabo, la de publicista es la misión que se ha comprometido a desarrollar desde que a finales de 1884 se adhiriera públicamente al bando de quienes luchan en defensa de la Verdad.

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56. Su amiga Ángeles López de Ayala

En 1888, dos años después de haberse convertido en Hipatia, Rosario de Acuña pronuncia un discurso en la ceremonia de inauguración del colegio para huérfanos de padres masones que pone marcha el  Gran Oriente Nacional de España. En el mismo acto otra mujer toma la palabra: se trata de Ángeles López de Ayala,   masona como ella, combativa como ella, con quien mantendrá una larga amistad.

Para conocer un poco más de quién se trata,  permítaseme que reproduzca aquí unos párrafos que sobre ella incluyo en Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato:

Ángeles López de Ayala y Molero, una sevillana nacida en 1856, que tras haber contraído matrimonio se habría trasladado a Madrid, donde  comienza a  moverse por  ambientes masónicos y librepensadores, no tardando en producirse su iniciación que tuvo lugar, al parecer, en la  logia Amantes del Progreso,   en la que desempeñará los cargos de Secretaria y Oradora,  figurando en 1894 con el grado 30, no duda en reivindicar que todas las mujeres puedan seguir sus pasos  integrándose en las logias en igualdad de condiciones con los hombres, obviando con ello  el Rito de Adopción. Participará de manera regular en las actividades organizadas por la Sociedad Autónoma de Mujeres de Barcelona, entidad íntimamente ligada a la masonería dedicada a favorecer la formación política y cultural de las mujeres, que será el germen de la Sociedad Progresiva Femenina que fundará Ayala en 1898. Dos años antes sacará a la calle El Progreso, la primera publicación de carácter librepensador y feminista de las cuatro que habrá de fundar y dirigir. Después vendrán El Gladidor (1906), El Libertador (1910) y El Gladiador del Librepensamiento (cuya segunda época se inicia en 1910), en donde aparecerán de manera habitual escritos   de Rosario de Acuña,junto a los de otras librepensadoras, espiritistas o masonas.

Parece ser que las inquietudes y la vitalidad que mostraba entonces Ángeles López de Ayala ya anunciaba el intenso batallar que desplegaría tiempo después. No sería de extrañar, por tanto, que en el verano de 1888 surgiese entre las dos mujeres una relación de complicidad que solo se habría de romper con la muerte. Y es que nos encontramos ante dos seres que no solo defendían posturas similares desde las mismas filas del republicanismo, el librepensamiento y la masonería, sino que lo hacían animadas por el mismo espíritu combativo. La complicidad que no pudo existir con Amalia Domingo Soler ni con Mercedes de Vargas, era ahora posible con esta mujer con la que, tal y como nos cuenta décadas después,  selló un pacto por el que ambas  no solo se comprometían a vivir y morir fuera de todo dogmatismo religioso,  sino que pondrían todo su empeño en despertar en  «cuantos seres pusiera a nuestro lado el destino, las ideas racionales de justicia, bondad y belleza, desligadas de todas las religiones dogmáticas»

Lo cierto es que no permaneció durante mucho tiempo en el mismo sitio, pues tras su paso por Amantes del Progreso , Lacalzada de Mateo la sitúa en 1888 en el cuadro de Amor y Ciencia y poco después, en abril del siguiente año, en la logia  femenina Hijas de los Pobres…

Pues bien, la amistad entre ambas se mantuvo hasta que la muerte las separó para siempre. Rosario tenía la mejor opinión de Ángeles, como se refleja en estas palabras escritas para ser pronunciadas en un mitin celebrado en 1917 en la Unión Progresiva Femenina de Gracia:

Esta mujer, amiga mía, que hace 30 años viene dándose al ideal librepensador, por encima de su propio bien, porque ¡a cuántas más inferiores que ella en entendimiento, cultura y voluntad se las ve, como monigotes de feria, subir a los tablados de la vanidad social hasta conseguir, con buenas o malas artes, un sitio en los frisos de los olimpos contemporáneos!.

De la opinión que Ángeles López de Ayala tiene de Rosario de Acuña y Villanueva, sirvan estas palabras escritas con motivo de su muerte:

El mejor Florón

A ROSARIO DE ACUÑA

Falta ya de España. No era digna esta Nación de poseerlo; aquí, donde se han cobijado los detritus de los países más afortunados, sobraba ya la mujer fuerte, valerosa y digna, forjada en el yunque del sufrimiento, donde adquirió la diamantina dureza del granito.

Era una provocación quijotesca la de aquella alma briosa sin comparación, que sola en el mundo, se atrevía a desafíar a la institución más poderosa de cuantas en el día subisten, ¡al jesuitismo!

En Oviedo [por Asturias], frente por frente de él, simbolizando las sombras de oscura noche, destruídas por el rayo de luz de la razón, edificó su hogar aquel gigante del pensamiento, aquella mujer insustituible que pasmó por sus conocimientos, por su sabiduría y su inflexibilidad.

La que siempre se mantuvo arrogante e inatacable, rindió al fin su tributo al no ser, probando con ello que hasta lo más sólido es efímero en las páginas del gran libro de la eternidad…

¡Rosario!, al pronunciar tu nombre mi labio tiembla de admiración y de respeto; tu fuiste mi maestra; la fuente cristalina donde sacié mi sed devoradora de justicia y de humanidad.

Recuerdo aquellos ratos que en compañía pasaba, sentadas las dos sobre una piel de oso; aún están frescas en mi memoria las comidas que en unión de tu madre saboreábamos, amenizadas por los destellos de tu inteligencia; aún te veo a mi lado durante mi primera conferencia, animándome con tu aplauso, que para mí era de más valía que el de los públicos todos; y… en fin, aún parece que te tengo a mi lado, inculcándome tu aliento para el bien y tu odio para el mal. ¡Qué buena y qué justa eras, Rosario inolvidable! Conservo tus cartas, en las que no hay un sólo párrafo de desperdicio, ¡qué buena eras!

Ya en Barcelona, te molesté una vez pidiéndote original para una conferencia a la «Sociedad Progresiva Femenina», conferencia que a vuelta de correo enviaste.

También has contribuido a sostener con tu brillante pluma mi Progreso, mi Gladiador, todo lo que ha podido darme provecho y nombre.

Por desdicha, yo solo puedo pagarte dedicándote un puesto en mi memoria, que ocuparás eternamente.

Y, ahora, perdóname si no he sabido hacerte justicia. Mi voluntad es muy grande, pero ni mi inteligencia, ni mi dolor me permiten exteriorizarla.

Y tú, Carlos Lamo, que por tu generosidad y tu nobleza te consagraste a vivir para endulzar sus días, que la bendición de aquella SANTA te acompañe.

El Motín, 19-5-1923

55. ¿Cuánto de masona?

Es indudable que Rosario de Acuña es hoy bastante más conocida que hace tan solo unos años. Gracias al esfuerzo de unos cuantos investigadores, su rastro se ha vuelto más visible y —en consecuencia— cada vez son más los que se interesan por su vida y su obra.; cada vez son más los que conocen alguno de los aspectos más relevantes de su trayectoria vital. Pues bien, si todo parece indicar que esto es así (no tardando, comentaré en esta bitácora algunos aspectos de interés acerca de los millares de internautas que han visitado Rosario de Acuña. Vida y obra o han consultado Rosario de Acuña y Villanueva. Comentarios), no sé cuál sería el calificativo que utilizaría la mayoría para definirla, aunque me inclino a pensar que, entre los rasgos que utilizo en mi último libro sobre ella («Dramaturga, masona, feminista, montañera, poeta, regeneracionista, librepensadora, iberista, avicultora, articulista, puritana, filo-socialista, autodidacta, deísta, republicana, melómana…»), es muy probable que la mayoría se inclinase por «feminista» y «masona», lo cual —y en lo que se refiere a éste último—no deja de ser un tanto sorprendente, por cuanto ni existe constancia de que tuviera una participación activa —más allá de un corto periodo de su vida—, ni su pluma fue pródiga en escritos relacionados con la Masonería.

Con este pensamiento en la cabeza acudí ayer por la tarde a la sede del Ateneo Obrero de Gijón, en cuyos salones estaba programada una conferencia de gran interés para mí: Rosario de Acuña: libre y con buenas costumbres entre las logias de la Francmasonería, a cargo de María José Lacalzada de Mateo. Si el título ya era lo suficientemente sugerente, el nombre de la conferenciante, terminó por convencerme de que la tarde habría de ser muy provechosa, pues había leído algunos de los trabajos de la doctora Lacalzada, y sabía que, además de una especialista en Concepción Arenal, esta profesora de la Universidad de Zaragoza es toda una autoridad en lo que respecta a las mujeres masonas.

No me defraudó. La conferenciante, que había sido presentada por José Bolado, realizó un análisis concienzudo y pormenorizado de toda la trayectoria masónica de Rosario de Acuña: su iniciación en la Logia Constante Alona de Alicante (véase Ingreso en la Masonería); su entrevista con la Infanta María del Olvido de Borbón y Castellvi, y del artículo «Al pueblo masónico», en el que daba cuenta de la misma; de su participación en el Acto de Instalación de las Hijas del Progreso, así como del discurso que pronunció entonces; de la carta que la Logia “6 de abril del 88” dirigió en febrero de 1890 al pueblo portugués…Luego —en lo que podemos considerar la segunda parte de la conferencia— se refirió a la trayectoria seguida por otras mujeres masonas como Belén Sárraga o las hermanas Carvia…

En lo que respecta al tema que nos ocupa, María José Lacalzada de Mateo no hizo ninguna mención que hiciera referencia a una participación de Rosario de Acuña en la Masonería posterior al año 1890. Aunque aquello parecía confirmar que su participación  —al menos de manera pública y notoria— se reducía al periodo 1886-1890, no quise desaprovechar la ocasión y en el periodo de preguntas que se abrió al final de la conferencia le pregunté expresamente si en su larga investigación sobre el tema había encontrado alguna referencia posterior al año noventa. La respuesta fue negativa y entre las posibles explicaciones que se dieron me quedo con la que apuntó Víctor Guerra, un afamado estudioso de la Masonería que se encontraba entre los presentes, quien vino a decir que con el comienzo del nuevo siglo (en el caso de doña Rosario, de no encontrarse nuevos datos, habría que decir que incluso antes) se pierde el rastro de la mayoría de las mujeres masonas, las cuales parecen optar por las asociaciones civiles a la hora de participar en la vida social.

Tras la interesante conferencia de ayer, podemos concluir que ante la ausencia de nuevos datos la participación activa de Rosario de Acuña en la Masonería queda circunscrita al periodo 1886-1890. Después, probablemente defraudada por el fracasado proceso de unificación de las distintas obediencias masónicas que había liderado el Vizconde de Ros o por la propia rigidez de la estructura obediencial de la Masonería—como también apuntaba ayer Víctor Guerra —, lo cierto es que no tenemos constancia de ninguna actividad o de escrito alguno que tenga relación con la Masonería, salvo la mención que realiza al respecto en el telegrama que en 1911 envía a Galdós en apoyo de la Ley del Candado y el segundo de los artículos que con el título «¡Justicia!…¡Justicia!…¡Justicia!» dirige a los Hermanos Masones de Asturias para reclamarles su participación en las campañas contra la Guerra de Marruecos.

54. De “señora de Laiglesia” a combativa feminista

[Texto de la conferencia pronunciada el jueves 8 de abril de 2010 en el Centro de Cultura Antiguo Instituto de Gijón con motivo de la celebración del XX aniversario de la creación del Instituto Rosario de Acuña]

Buenas tardes.

A finales de los sesenta del pasado siglo, pocos eran los que podían decir cosa alguna acerca de Rosario de Acuña y Villanueva. Apenas habían pasado cuatro décadas desde que fuera enterrada  y su memoria parecía haberse desvanecido. Hubo quien, no obstante, atraído por el eco lejano de su nombre, se adentró voluntarioso entre la neblina para intentar encontrar algún rastro de esta mujer, cuyo nombre permanecía incrustado en lo más profundo de los acantilados de El Cervigón. Patricio Adúriz, quien años más tarde sería nombrado cronista oficial de Gijón, lo contaba así en las páginas del diario El Comercio en febrero de 1969:

«Hace muchos años que nos veníamos preguntando ¿quién era Rosario Acuña? Esa ignorancia nuestra, compartida por el común de los gijoneses, vino a ser como una obsesión lacerante. Y es el caso que es una realidad que teníamos ahí, al alcance de la mano. Frases como ésta: estuve por Rosario Acuña, o, fui a dar un paseo hasta Rosario Acuña, se repiten, al cabo del año, miles de veces. A muchos, no obstante, éste que vino a ser topónimo con carta de naturaleza entre nosotros, no les espoleaba la curiosidad. A otros, sin embargo, sí. Y éramos muchos los curiosos por lo que pude apreciar andando el tiempo.»

Entre los curiosos a los que hacía mención don Patricio se encontraba Amaro del Rosal Díaz, un asturiano exiliado en México, que había sido Secretario Adjunto de la Unión General de Trabajadores en los primeros años treinta y Director general de la Caja de Reparaciones durante la Guerra Civil [Véase « 35. El impulso que vino de México»]. Desde la lejanía, desde su exilio mexicano, utilizando la correspondencia como principal instrumento  y gracias a varios colaboradores que le auxiliaban desde España, del Rosal va reuniendo todo aquel  material que tuviera alguna relación  con la escritora, pues —según sus propias palabras— tenía como objetivo «sacarla del olvido y darla a conocer a la juventud de hoy que tanto necesita de un ideario de libertad, de justicia y de humanismo, que son las tres palabras a las que Rosario de Acuña dedicó su vida…».

Las pesquisas conducen a los investigadores hasta Aquilina Rodríguez Arbesú,  quien en Tremañes recordaba su etapa de librepensadora,  militante del Partido Republicano Democrático Federal y amiga de doña Rosario, de la cual conservaba valiosos recuerdos. Ella fue quien  facilitó a Luciano Castañón fotos, escritos, recortes de periódicos y el proyecto de testamento ológrafo fechado en 1907 que ahora conocemos. Gracias a esta mujer, la neblina que ocultaba el testimonio de Rosario de Acuña empezó a levantarse. Los documentos que atesoró durante tanto tiempo sirvieron de base al reportaje de Patricio Aduriz titulado «Rosario Acuña», que el diario gijonés El Comercio publicó en cinco entregas en la primavera de 1969; y sirvieron también para documentar el que Javier Ramos publicó en la revista Asturias Semanal en octubre de 1973 con el título «Rosario de Acuña: una mujer que se adelantó a su época».

Los esfuerzos de Amaro del Rosal, Patricio Adúriz y   Luciano Castañón no fueron en vano. Gracias a ellos y a cuantos les sucedieron en el intento por recuperar la memoria de quien fuera una de las vecinas más ilustres de Gijón, hoy conocemos mucho mejor quién fue doña Rosario de Acuña y Villanueva. En la actualidad, cualquier persona interesada  puede consultar la práctica totalidad de sus escritos, bien sea en la edición realizada por José Bolado, bien en Internet, donde podemos encontrar una página dedicada monográficamente a nuestra protagonista, a la que nos podrá conducir cualquier buscador con tan sólo teclear «Rosario de Acuña. Vida y Obra». Contamos, además, con estudios recientes que se han ocupado de analizar  el papel que la librepensadora desempeñó en la soterrada batalla ideológica que se vivió en España durante el Periodo Interrepublicano.

Así las cosas, dando por alcanzado el objetivo de rescatar del olvido a tan preclara mujer, consideré que mi intervención hoy aquí podría resultar más provechosa si,  en vez de intentar realizar una aproximación a la figura de doña Rosario, me afanaba en  focalizar la atención de los presentes hacia  uno de los aspectos más interesantes de su brillante legado: su pensamiento feminista o, si se prefiere, sus ideas sobre la situación de la mujer en la España que le tocó vivir. Asunto éste en el que, como todos ustedes pueden suponer, no mantuvo una posición única e invariable a lo largo de su vida. Antes al contrario, en su biografía nos vamos a encontrar con una fractura producida en los primeros años ochenta, cuando ella contaba treinta y pocos, que marcará un antes y un después en la posición que adopta ante la vida.  De ahí el título que he elegido para mi intervención: «De “señora de Laiglesia” a combativa feminista», que sugiere un punto de partida, otro de llegada y, entre ambos, una transformación, un profundo cambio.

Vayamos, por tanto, al momento inicial de esta historia: 22 de abril de 1876. Ese sábado un grupo de notables  de la Villa y Corte se reúne en la  parroquial de Santa Cruz para asistir a la ceremonia que habrá de unir en matrimonio a Rosario y a Rafael. Allí vemos a  doña Dolores Villanueva de Elices junto a don Felipe de Acuña y Solís arropando a su única hija, una joven que luce con garbo la hermosa juventud de sus veinticinco años; y a don Augusto de Laiglesia y Laiglesia, viudo de doña María del Rosario Auset y Pérez de Lema, haciendo lo propio con el novio, que es algo más joven, pues en enero ha cumplido los veintidós. A no dudar que entre los presentes se encontrarían destacadas personalidades de la sociedad madrileña, pues, no hay que olvidar que el hermano mayor del novio no hace mucho que se ha convertido en diputado del Partido Conservador por la circunscripción de Puerto Rico, ni que uno de sus cuñados es Emilio Gutiérrez-Gamero y Romate, quien a su faceta de afamado escritor une la de ex diputado. La novia, por su parte, es hija del Inspector Jefe de Ferrocarriles del ministerio de Fomento, sobrina de don Antonio María de Acuña y Solís, gobernador civil cesante de Castellón, prima de don Pedro Manuel de Acuña Espinosa de los Monteros, diputado y gobernador, al tiempo que Señor de la Torre de Valenzuela, así como del marqués de Rianzuela y de la condesa de Benazuza, y cuenta entre sus parientes con el   académico, senador por la provincia de Jaén y ex ministro don Antonio Benavides y Fernández Navarrete, y con el hermano de éste, don Francisco de Paula, por entonces Patriarca de las Indias Orientales y no tardando cardenal y arzobispo de Zaragoza.

Conozcamos ahora a los protagonistas. El novio es Rafael Pedro Pablo Ramón de Laiglesia y Auset nacido en Madrid el 31 de enero de 1854.  Era el cuarto hijo de María del Rosario Auset y Pérez de Lema, una sevillana de padre catalán y madre gallega, y de Augusto de Laiglesia y Laiglesia, madrileño de nacimiento, aunque parte de su familia, asentada en Cádiz, procedía de la vecina Francia.  Por lo que respecta a su crianza, hay un hecho que conviene resaltar, cual es la prematura muerte de su madre, que fallece de parto cuando Rafael apenas había cumplido los ocho años. Es de suponer que la temprana ausencia de la figura materna condicionaría en alguna medida su educación, por más que su hermana María Dolores, diez años mayor que él, asumiera alguna responsabilidad en ese sentido. Lo cierto es que desde muy pronto se sintió atraído por la vida militar, influido probablemente por el peso de una tradición familiar que había comenzado su abuelo paterno, el coronel Francisco de Laiglesia y Darrac, fundador y director de la Real Escuela Militar de Equitación, al tiempo que autor de diversos textos sobre el caballo y las ventajas de su utilización en los ejércitos. Tal era el interés de Rafael, que solicita el ingreso en el Colegio de Cadetes del Arma de Caballería cuando tan solo contaba con trece años de edad. No obstante, las modificaciones que se introdujeron por entonces en la enseñanza militar retrasarán su ingreso en el Ejército hasta el mes de junio de 1871, momento en el que se convertirá en Caballero Cadete, aunque, curiosamente, no de la que era su primera opción, sino del Arma de Infantería. A la vista de lo anterior, bien podremos afirmar que el novio pasó su infancia preparándose para llegar a ser Cadete, que superó con discreta calificación las preguntas que sobre Gramática castellana, Elementos de Geografía de España, Elementos de Historia de España, Aritmética y Sistema métrico decimal le hizo el tribunal y que tenía un buen nivel de francés.

En cuanto a la novia, digamos que nació el primero de noviembre de 1850 de la unión de dos jóvenes vástagos de familias acomodadas, «de la alta burguesía» diría ella más tarde, razón por la cual  sus jóvenes progenitores disponen lo necesario para que  su hija, su única hija, reciba la educación que corresponde a su distinguida posición. Le espera un reputado colegio de monjas donde habría de recibir las enseñanzas acostumbradas por entonces: Lectura, Escritura, Doctrina cristiana y nociones de Historia sagrada, Labores propias de su sexo y alguna que otra materia de las llamadas de realce como Piano o Francés. Así está previsto y así se habría de hacer, pero algo viene a truncar el camino señalado. Cuando la pequeña apenas contaba con  cuatro años de edad,  se le diagnostica una  enfermedad ocular que le ocasiona grandes padecimientos: conjuntivitis escrofulosa, esto es, una afección de la córnea caracterizada por la aparición de dolorosas vesículas. La enfermedad echa abajo todos los planes, hasta el punto que Rosario va a tener que recibir una educación alternativa, alejada de cualquier institución escolar: el padre y la madre sustituyen a las monjas; la Historia se hace sitio junto a los bordados; las Ciencias Naturales se abren de par en par ante sus doloridos ojos en el campo jienense; la Geografía se convierte en materia de estudio a lo largo de  los diversos viajes que realiza en compañía de sus progenitores…. Y así es que, cuando las llagas oculares le conceden un respiro, sus ojos se afanan en observar minuciosamente todo lo que la rodea, como si quisiera aprehenderlo todo, ansiosamente, cuando su vista se lo permite, antes de que se vuelva a nublar de nuevo. Aquella visión discontinua parece haber estimulado sus capacidades de observación y de análisis,  lo cual,  a la postre, le van a permitir alcanzar mayores conocimientos que los que estaban reservados a las jóvenes de su edad y condición. Su atípica formación se completará  con algunas estancias en el extranjero. Así, apenas cumplidos los veinte años, pasará una larga temporada en el sur de Francia, conociendo otras costumbres, otra cultura y otra lengua. Unos años más tarde residirá durante unos meses en Italia, en la residencia de su pariente Antonio Benavides, por entonces embajador de España ante la Santa Sede, tiempo este que aprovechará para satisfacer sus inquietudes artísticas.

La cita es  —como queda dicho—  en la iglesia de Santa Cruz. Observadlos. Allí está el novio: joven, instruido, miembro de una familia pudiente, teniente de Infantería con el grado de capitán que le fue concedido por méritos de guerra. Allí, la novia: joven, instruida,  miembro de una familia pudiente,  escritora a la que auguran un brillante futuro en el mundo de las letras, tras el celebrado estreno de Rienzi el tribuno, su primer drama. Si, con lo que hasta aquí sabemos,  tuviéramos que valorar con objetividad los méritos y capacidad de cada uno de los contrayentes nos costaría, así, de buenas a primeras, decidir cuál de los dos los posee en mayor grado. La prudencia nos obligaría a concluir que, a falta de otros datos, la valía de novio y novia son similares. Pero, claro, nuestra escala de valores no es la que existía  por entonces. Para la sociedad de la época, para los allí presentes, a Rosario le corresponde someterse a la voluntad de su marido,  a pesar de ser tres años mayor que él;  a pesar de tener, al menos, la misma capacidad que él; a pesar de poseer, al menos, los mismos recursos que él.

Y es que lo de la inferioridad de la mujer con respecto al hombre  venía de muy atrás. Tan atrás que algunos se remontaban  en sus justificaciones a aquella escena bíblica en la que Yavé Dios le dijo a la mujer: «Multiplicaré los trabajos de tus preñeces. Con dolor parirás a tus hijos y, no obstante, tu deseo te arrastrará hacia tu marido, que te dominará» (Génesis: 3,16). La debilidad de Eva ante la manzana tentadora trajo consigo esta secular condena: la mujer será dominada por su marido.  Y los Padres de la Iglesia consolidarán  la sumisión de la mujer. Basta con leer este texto de San Pablo:

La mujer déjese instruir en silencio con toda sumisión.  No tolero que la mujer enseñe, ni que se tome autoridad sobre el marido, sino que ha de mantenerse tranquila. Pues Adán fue formado el primero, luego Eva. Y no fue Adán quien se dejó engañar, sino Eva, que, seducida, incurrió en la transgresión. Se salvará, sin embargo, por la maternidad, si persevera con sabiduría en la fe, la caridad y la santidad (I Timoteo, 2, 11-15).

La Iglesia Católica, fiel a esta interpretación bíblica, se encargará de transmitir la divina voluntad a los creyentes, convenientemente interpretada por el magisterio apostólico, y durante siglos justificará el papel secundario que la mujer ha de asumir en el matrimonio y en la sociedad. En la católica España la inferioridad de la mujer con respecto al hombre ha sido durante largo tiempo  casi un dogma y la inmensa mayoría de las españolas asumen, de mejor o peor grado, el papel que la tradición les ha asignado. Algunas, incluso, se afanan en dar consejos a sus congéneres sobre la forma en que mejor pueden desempeñar la función de buena esposa y buena madre. Ahí están revistas como El Bello Sexo,  El Periódico de las Damas, El Ángel del Hogar, La Violeta o El Correo de la Moda, que será la que mayor presencia tendrá en los hogares españoles, pues estuvo en la calle durante buena parte de la segunda mitad del diecinueve. Ángela Grassi, Faustina Sáez, Pilar Sinués o Joaquina García Balmaseda pusieron su pluma al servicio del modelo de mujer más difundido: el ángel del hogar, esto es, buena esposa y buena madre, dueña y señora del ámbito doméstico, baluarte de los valores familiares, sustento espiritual del marido y de los hijos, avanzadilla de la regeneración patria…

Como quiera que las costumbres suelen hacer leyes, la legislación vigente por entonces, la misma que regula el matrimonio que están a punto de celebrar Rosario y Rafael, sanciona de forma clara y manifiesta la inferioridad de la esposa: «La mujer no puede administrar sus bienes ni los de su marido, ni comparecer en juicio, ni celebrar contratos, ni adquirir por testamento o ab-intestato sin licencia de su marido…».  Esto es, la plasmación legal del discurso de la domesticidad que tan bien anclado estaba en las bases ideológicas de la sociedad española, tanto de los adalides del liberalismo, como de los defensores del Antiguo Régimen. Desde el mismo momento en que la  enamorada e ilusionada Rosario, aceptaba  unir su vida a la de Rafael, estaba asumiendo el papel de subordinación que correspondía  a la Perfecta Casada, al Ángel del Hogar. Concluida la ceremonia matrimonial, salía del templo convertida en Rosario de Acuña y de Laiglesia. A los pocos días, la pareja pone rumbo a Andalucía para iniciar su viaje de novios.

Si bien  es de suponer que nuestra protagonista conocía el papel que, como señora de Laiglesia, le tocaba desempeñar a partir de entonces —aunque sólo fuera por el cercano ejemplo de su madre, primorosa mujer de su casa, a decir de su propia hija—, tengo dudas acerca de su capacidad para asumir, de buenas a primeras, las consecuencias que la asunción del subordinado papel que le tocaba representar le habían de deparar en su cotidiano vivir. Al fin y al cabo, su formación fue un tanto excepcional, en cuanto no habitual, tanto en el tipo de educación recibida como en el papel que en la misma había desempeñado su padre.

Sea como fuere, lo cierto es que Rosario ha iniciado una nueva etapa en su vida y debe ir adaptándose a su nueva condición. Al regreso de su viaje por Andalucía, tiene que enfrentarse a un nuevo cambio ya que a Rafael lo destinan a Zaragoza y ella, cómo no, debe acompañarlo.  Dada la profesión de su marido hay que pensar que la joven escritora ya contaría con la posibilidad de un traslado. De todas formas, la legislación vigente, la que por entonces regulaba el matrimonio, era muy clara al respecto: a la mujer corresponde «obedecer a su marido, vivir en su compañía y seguirle a donde éste traslade su domicilio o residencia»: ésa es una de las consecuencias de su reciente matrimonio. No fue la única, como veremos a continuación.

A finales del mes de junio de 1876 ya se encuentra en la capital aragonesa, el escenario en el que habrá de representar su nuevo papel de mujer casada, para el que ya tiene reservado un nuevo nombre, pues,   por obra y gracia de su reciente matrimonio aquella joven de apenas veinticinco años de edad deja de ser conocida como Rosario de Acuña y Villanueva para convertirse en la esposa de, en Rosario de Acuña de Laiglesia. Con ello no hace más que imitar una costumbre que siguen muchas mujeres de su posición social, quizás porque están convencidas de que el uso de tal preposición les otorga mayor respetabilidad ante sus conciudadanos. No hay por qué dudar de que así lo creyeran y así lo vivieran.  Lo que parece quedar fuera de toda duda es que el abandono del segundo apellido representa una clara pérdida de su identidad, lo cual  podría llegar a tener cierta trascendencia cuando, como es el caso, nos encontramos a varias mujeres que en la misma familia tienen el mismo nombre y, lógicamente, idéntico su primer apellido.

La utilización del apellido del marido también es habitual entre las escritoras que por entonces cuentan con mayor repercusión social, como es el caso de Ángela Grassi… de Cuenca, Faustina Sáez… de Melgar,  María del Pilar Sinués… de Marco o  Concepción Gimeno… de Flaquer. Hay quien dice que, en este caso, lo hacen para demostrar públicamente que cuentan con el apoyo de sus maridos, casi siempre personajes respetables e influyentes. Siendo esto así, no nos debería de resultar  extraño que cuando nuestra protagonista decide estrenar en Zaragoza  Amor a la patria, su segundo drama, se hubiera presentado al público como Rosario de Acuña de Laiglesia, pero —y esto es lo sorprendente— lo hace ocultándose tras un seudónimo: Remigio Andrés Delafón.  Puesto que fue ésta la única ocasión en que lo hizo, deberíamos preguntarnos acerca de las razones que le impulsaron a tomar tal decisión en ese momento: ¿tendría que ver con cierto temor a defraudar al público tras el clamoroso éxito de su primer drama  o, tal vez, habría que buscar la explicación en su nueva condición de mujer casada? ¿Tuvo el marido algo que ver en ello? No tenemos, que yo sepa, dato alguno al respecto, pero, no sería de extrañar que al joven Rafael, teniente de infantería con el grado de capitán por méritos de guerra  y a quien se le había autorizado el uso de la Medalla Conmemorativa de la Guerra Civil no le hiciera mucha gracia que su mujer se las diera de bachillera ante sus nuevos convecinos, no fuera a pasarle lo que años más tarde le aconteció a José Quiroga y Pérez de Deza, marido de doña Emilia Pardo-Bazán, quien, al parecer,  no pudiendo soportar las críticas con las que sus vecinos coruñeses recibieron la publicación de La cuestión palpitante, prohíbe a su mujer que continué escribiendo amparándose en lo que la legislación vigente por entonces señalaba: «Tampoco podrá la mujer publicar escritos, ni obras científicas ni literarias de que fuere autora o traductora, sin licencia de su marido o, en su defecto, sin autorización judicial competente».

¿Se vio obligada Rosario a firmar con un seudónimo su drama Amor a la patria? ¿Admitió de buen grado Rafael que su mujer se ausentara del domicilio conyugal para supervisar el estreno en Valladolid de Rienzi el tribuno o para asistir en la Corte al estreno de alguno de los dramas del momento? Ahí queda la pregunta sin que podamos darle respuesta concluyente. No obstante, en relación  con el tema que nos ocupa sí sabemos que el nombre que utiliza para firmar todos los escritos publicados entre 1876 y 1884 es el de Rosario de Acuña y de Laiglesia. También que durante el transcurso de su residencia en tierras aragonesas, la relación matrimonial quedó muy dañada  por más que aún permanecieran algún tiempo juntos.

¿Tuvo que ver en ello algo de lo que aquí estamos apuntando, esto es que el marido no aceptó  de buen grado la actividad literaria de nuestra protagonista o la ruptura se debió a la infidelidad de Rafael, tal y como apuntan algunas fuentes? Parece ser que en algún momento de su corta convivencia en común tuvo lugar el episodio que Patricio Adúriz publicó en 1969, tras haberlo recogido de Aquilina Rodríguez Arbesú, una gijonesa que había mantenido fuertes lazos de amistad con la escritora. Según escribió entonces, en cierta ocasión Rosario se trasladó a la ciudad donde, por cuestiones de trabajo, residía temporalmente su marido.  Al preguntar por él en la recepción del hotel recibe una sorprendente respuesta: «Acaba de salir con su esposa».

Sea por un motivo, sea por otro, o —tal vez—   por ambos, lo cierto es que a finales de 1880 el matrimonio parece pasar por una crisis que  se resuelve con lo que bien pudiera ser un nuevo pacto entre ambos, a juzgar tanto por lo sucedido tiempo después como por las pistas que nos da la propia Rosario cuando —refiriéndose a este momento— nos dice: «Impuse al matrimonio la condición expresa de vivir en los campos, pues nada me importaba que el hombre corriese al placer ciudadano, si era respetado mi aislamiento campestre;…»[«Avicultura femenina»1901]. Aislamiento campestre: esa es la condición,  y en  enero de 1881 la pareja retorna a Madrid, instalándose en Pinto, una  localidad del sur de la provincia, en donde se hacen construir una pequeña villa un tanto alejada del resto de la población.

En su residencia pinteña, en su Villa-Nueva, Rosario inicia una nueva vida. No podía seguir viviendo como lo había hecho en sus primeros años de casada y puso sus condiciones: viven en una casa a las afueras de una pequeña localidad y Rafael cambia de trabajo, queda desligado temporalmente del Ejército, siendo nombrado Visitador de Agricultura, Industria y Comercio, además de miembro del equipo responsable de Gaceta Agrícola, una publicación que desde 1876 edita el Ministerio de Fomento para divulgar entre los agricultores los nuevos avances técnicos y en la que la escritora publicará varios artículos [Por ejemplo: «Influencia de la vida del campo en la familia»,«El lujo en los pueblos rurales» o «La educación agrícola de la mujer»].

Es evidente que su visión de la sociedad ha cambiado en estos cuatro años largos que ha pasado en tierras zaragozanas. La mirada  con la que Rosario contempla ahora a sus congéneres se vuelve más crítica, más sensible a cuanto suene a huero, falso e hipócrita. No le gusta lo que ve; no le gustan ni la hipocresía, ni la vanidad, ni la falsedad que impregnan la vida de las ciudades. La patria, su querida patria, necesita una cura… España no va bien y algo hay que hacer para enderezar su rumbo. Toca tiempo de reflexión, de leer y releer a quienes hablan de regenerar la patria. Coincide con quienes afirman que, puesto que la semilla de todo cambio se siembra en el hogar,  es preciso involucrar a la mujer, dueña y señora del ámbito doméstico.  Rosario piensa que  todo intento de regeneración debe pasar por la mujer, sin ella cualquier avance es imposible. Lo tiene claro, y ha empezado por ella misma, por enderezar el rumbo de su vida.

El nuevo trabajo de Rafael, más próximo a las expectativas vitales que por entonces alberga Rosario, y el alejamiento de  la ciudad parecen acercar de nuevo a la pareja, que en el verano de 1881 emprenderá un largo viaje en el transcurso del cual visitarán diversos lugares de España y Francia. Pese a lo que parecen intentos de normalizar la relación, las cosas no acaban de ir bien entre ellos y así cuando  en el mes de enero de 1883 se produce la repentina muerte del padre de la escritora todo parece derrumbarse.  Antes de que acabara el mes Rafael cesa en el puesto que ocupaba en el ministerio de Fomento y en mayo ya se encuentra en Badajoz, a donde se ha trasladado para hacerse cargo de la Jefatura de la Sección de Contribuciones de la sucursal que el Banco de España tiene en la capital pacense. Rosario se queda en Pinto. Ya no volverán a estar juntos.

En la soledad de su Villa Nueva se acelera el proceso de cambio. El desengaño matrimonial y la posterior muerte de su querido padre terminan por despojarla de buena parte del equipaje que había utilizado hasta ahora: ya no le sirve para el nuevo camino que está dispuesta a emprender. Noches de insomnio y cavilaciones: una nueva visión, un profundo cambio en su vida que se hará bien visible cuando, tras un largo periodo de reflexión, decide volver a coger su pluma ya no pinta cascadas de espuma en las crestas del embravecido mar, ni tañe perdidos suspiros que escuchar pudiera una viajera golondrina, ni entona sus pobres cantares que en el espacio se pierden y en el olvido se acaban… No;  bien parece que lo que ha vivido y ha visto a lo largo de estos primeros años ochenta  le han agrietado un tanto el alma   y su pluma  —romántica y esperanzada en otro tiempo—   no está ya para dulces cantilenas. Aquella mujer que prometió amor eterno en solemne ceremonia religiosa, que aceptó las condiciones de una unión desigual  en la que la mujer quedaba subordinada al hombre por el mandato de la  ley y el imperio de las costumbres,  que dejó todo para acompañar a su marido allá donde la superioridad les había destinado…  Aquella mujer ya no era la misma. Basta leer este fragmento publicado en el mes de enero de 1885 para comprobarlo:

Y vosotros, los adalides del harén o del gineceo, que pretendéis para la mujer el yugo de la bestia; vosotros que queréis cerrarla todas las puertas del progreso, dándola para su trabajo una rueca, para su placer vuestra sensualidad, para su fin la multiplicada gestación de vuestros hijos; vosotros, que intentáis hipertrofiar su inteligencia con el vaho de la cocina doméstica, y encallecer su corazón con el apartamiento de las cuestiones científico-sociales; vosotros, los que pregonáis al sol de la trompeta de vuestro amor propio, que la mujer es un puñado de células nerviosas, que solamente pueden vibrar en el lecho nupcial o en el parto o en el trabajo de la lactancia… ( «Resumen», 10-1-1885)

Indudablemente, la visión que nuestra protagonista tiene ahora de la mujer y del papel que la sociedad le tiene reservado es bien diferente de la que tenía aquel sábado 22 de abril cuando en la parroquial de Santa Cruz se convirtió en señora de Laiglesia. Ahora, ocho o nueve años más tarde,  bien puede decirse que, en lo tocante a la por entonces denominada «cuestión de la mujer»,   nuestra protagonista mantiene posiciones de vanguardia,  combatiendo   —según sus propias palabras—  a cuantos se oponen a la ilustración de la mujer y a la dignificación de la compañera del hombre.  No serán pocos los escritos y las conferencias que desde mediados de los ochenta hasta el momento de su muerte tengan a las mujeres por destinatarias, cuando no por protagonistas, pero los principios fundamentales de su discurso sobre la cuestión  ya están claramente definidos en los textos que hace públicos entre 1885 y 1888.

La tesis inicial sobre la que construye su discurso feminista es  —como no podía ser de otra forma— la negación de la inferioridad de la mujer con respecto al hombre, es decir, su oposición  a admitir como cierto el pensamiento dominante, según el cual el varón es superior por su propia naturaleza, por voluntad de la divinidad, tal y como viene defendiendo la Iglesia desde los primeros tiempos,  y tal como por entonces pretenden demostrar algunos frenólogos, o similares, con argumentos anatómicos y fisiológicos. Rosario de Acuña, al igual que hiciera años antes Concepción Arenal, replica a unos y a otros proclamando que  la desigualdad existente entre hombres y mujeres se debe a la postergación ancestral que ha sufrido la mujer y no a una supuesta inferioridad original:

…no se me venga con la fisiología a probar que nuestro cerebro, en cantidad y calidad es inferior al del hombre e igual casi al del hotentote, último ser de la escala racional, el más inmediato al cuadrumano, porque a esto respondo yo que órgano que no se utiliza concluye por atrofiarse, y que si desde nuestras más remotas abuelitas se vino relegándonos al pasivo papel de los irracionales, nada tiene de extraño que las nietas de tantas generaciones de necias tengan en su masa encefálica una infinitesimal cantidad de sustancia gris y un escasísimo volumen de cerebelo. («Algo sobre la mujer», 1881)

Si esto decía en 1881, años después se mostraría más concluyente cuando en el Acto de Instalación de la Logia femenina Hijas del Progreso afirmaba: «La mujer puede y debe pensar; ningún límite impuso la naturaleza a sus facultades racionales».  Así las cosas, dejando bien sentado que el hecho de  que sean los hombres quienes despunten socialmente no se puede justificar por razón de su superior naturaleza, sino por las favorables condiciones en que se han criado,  lo que, en coherencia,  sigue es reclamar para las mujeres el mismo trato, la misma formación. Y eso es lo que de forma reiterada hace Rosario de Acuña:

¡Justicia es lo que necesitamos, no galantería! Que la mujer tenga conciencia de sí misma; hacedla inteligente. Para que tenga inteligencia desarrollad su organismo con elementos iguales que aquellos que rigen la educación del varón

No es original en esto. Hay otras mujeres, como Concepción Arenal, Emilia Pardo Bazán o Sofía Tartilán,   que mantienen puntos de vista semejantes en cuanto a la exigencia de igualdad  en materia de educación entre  hombres y mujeres. No ocurre lo mismo en otros puntos. Tal sucede con respecto al papel que la Iglesia ha venido ejerciendo durante siglos en el sometimiento de la mujer: he ahí uno de los rasgos distintivos del pensamiento feminista de Rosario de Acuña.  Si en otros aspectos coincide con algunas de sus contemporáneas, será en la lucha contra el que considera pernicioso control de las conciencias femeninas por parte de los clérigos católicos donde su discurso se habrá de distinguir nítidamente. Para ella, la Iglesia católica es la principal responsable de la postergación que sufre la mujer, y lo es por suministrar a la sociedad el soporte ideológico y moral que avala la dominación del varón. Así de claro lo tiene y así de claro lo expone en el artículo «A las mujeres del siglo XIX»  que publica en 1887:

¡Sí, hermanas mías! el catolicismo, rigiendo la sociedad, es la esclavitud, el rebajamiento y la humillación para la mujer: los varones, dentro de esta secta, podrán acaso individualmente (aunque es difícil), por causas ajenas y aún contrarias al dogma que profesan, considerar a las mujeres como su semejante, ¡alto ideal que toca a nuestro sexo defender, aun a costa de cien siglos de tormento!, pero la doctrina, la esencia, el alma católica, nos lleva a ser montón de carne inmunda, cieno asqueroso que es necesario sufrir en el hogar por la triste necesidad de reproducirse. ¡He aquí el destino de la mujer católica! Fuera sofismas ridículos y necias exclamaciones del idealismo cristiano, la mujer, en la comunión de esta Iglesia, es solo la hembra del hombre…

Que las mujeres piensen por sí mismas: esa es su obsesión y su objetivo. Y para conseguirlo no sólo es de todo punto imprescindible apartarla de la nefasta influencia que sobre ella ejerce la larga sombra del confesionario sino que, además, es preciso  evitar que sucumba  a los cantos de sirena que adulan y adormecen: «No esperemos nada de la piedad de hombre, jamás seremos su mitad siendo sus libertas». La mujer es la única que con su esfuerzo puede salir de la situación de inferioridad en que se encuentra tras siglos de dominación masculina. Duda de aquellos hombres que, al calor de la disputa ideológica, se muestran partidarios de conceder en la tribuna pública lo que, en la mayoría de los casos, niegan en el hogar. Si no se dan previamente las condiciones necesarias, el espejismo de la emancipación que por entonces algunos enarbolan puede suponer un serio retroceso para la situación de la mujer y así se lo advierte en abril de 1888 a las mujeres que acuden a escucharla a la sociedad Fomento de las Artes de Madrid:

…solo en virtud de sus propios esfuerzos ha de reconquistar su sitio en el concurso social, […] todo engrandecimiento que le llegue a la mujer en el orden social por determinación del hombre, solo servirá para especificar más claramente su inferioridad, verificándose de este modo una apariencia de regeneración,[…] Nosotras no debemos esperar nada sino de nosotras mismas, no por terquedad de rebeldía orgullosa, sino por convencimiento de razones deductivas. Nosotras no podemos intentar otro valer que el alcanzado por aquellas condiciones que poseemos, bien que sean latentes, perfectamente dispuestas para nuestra progresión («Consecuencias de la degeneración femenina»,  1888).

No podemos concluir este  análisis sin mencionar otro de los rasgos distintivos de su pensamiento y es que  la lucha por la eliminación de toda traba que impida a la mujer su desarrollo como persona tiene para Rosario de Acuña y Villanueva una sola limitación: las obligaciones que a las madres impone la Naturaleza. Es probable que esta supeditación de la mujer a las obligaciones maternales, sin apenas matices, sea también deudora de una cierta sublimación de la maternidad por quien queriendo ser madre no lo fue.  En varios de sus escritos podemos observar esa tendencia casi automática a identificar mujer con madre («en toda mujer hay una madre»), pero quizás sea en aquellos referidos a su público madrinazgo de un soldado español combatiente en la Guerra Mundial donde se vea con mayor claridad. Detengámonos, pues, en contar brevemente esta historia.   En diciembre de 1916, coincidiendo con una campaña abierta por el semanario España a favor de los voluntarios españoles que, enrolados en el ejército francés, combaten a las tropas alemanas, nuestra escritora envía un paquete conteniendo varios productos que, sin duda, habrían de reconfortar al anónimo combatiente español: una botella de Jerez, una libra de chocolate asturiano, unos cigarros, unos calcetines y un libro de Galdós, entre otros.  El envío incluía además una larga carta en la que, tras una larga presentación, se ofrece para amadrinar al desconocido soldado. En la misiva le habla de su frustrada maternidad:

«No tuvimos hijos; al principio lloré el fracaso de mi feminidad; toda mujer-madre es inmortal» por más que en ocasiones, viendo el producto de las entrañas de otras madres, llegase a encontrar cierto consuelo en no haberlo sido: «¡Ah! ¡no! bien muertos están los senos de mis entrañas si hubieran de tener hijos decrépitos en su juventud, pueriles en sus orgullos, viciosos en sus costumbres…» («Carta a un soldado español voluntario en el ejército francés durante la Gran Guerra»).

A partir de todo lo dicho hasta ahora, podemos concluir que el pensamiento feminista de Rosario de Acuña mantiene ciertos elementos coincidentes con el que por entonces expresan otras compatriotas que son reconocidas como pioneras del feminismo  en España (rechazo de la  inferioridad intelectual de la mujer, conciencia de la marginación en la que se encuentran,  imputación a los hombres de la situación de inferioridad en la que viven, importancia de la educación como medio para sacudirse la postración social…),  al tiempo que   difiere en algunos otros (otorga prioridad a la función maternal sobre cualesquier otras que la mujer pueda realizar;  imputa a la Iglesia la responsabilidad de la situación de oscurantismo, ignorancia y superstición en que vive  la mujer en España; prescribe el cultivo de la razón como  medio para lograr su emancipación…).  En cualquier caso, parece claro que la conciencia feminista arraiga en el pensamiento de Rosario de Acuña y Villanueva  —con los matices que se quieran hacer al respecto— antes de haber cumplido los cuarenta,  y que desde entonces su pluma y su voz siempre estarán prestas a defender a las mujeres   allí donde fuera necesario, sin importarle en demasía las consecuencias que tal postura pudiera ocasionarle, aunque éstas fueran graves. Así sucederá a finales de 1911, cuando no puede menos que subir a la palestra para protestar airadamente contra el comportamiento de «unos caballeros estudiantes que se pusieron en acecho, a la salida del claustro, para insultar de palabra, y hasta de obra, a unas jóvenes estudiantes de la facultad de filosofía y letras» (Véase, «21. El escrito que provocó su reacción»).  Se despachó a gusto, no cabe duda. Basta leer los dos párrafos siguientes para comprobarlo:

¡Arreglados quedarían entonces todos estos machihembras españoles si la mujer adquiere facultades de persona!, ¿qué van a ser ellos?, ¿amas de cría? No, no; los destinos hay que separarlos; los hombres a los doctorados, a los tribunales, a las cátedras, a las timbas y a las mancebías de machos, a ser unas veces ellas y otras veces ellos; las mujeres a la parroquia, o al locutorio, a comerse o amasar el pan de San Antonio; y luego las de la clase media, a soltar el gorro y la escarcela, a ponerse el mandil de tela de colchón, y aliñar las alubias de la cena, a echar culeras a los calzoncillos, o a curarse las llagas impuestas por la sanidad marital; si son de la clase alta, a cambiarle semanalmente de cuernos al marido, unas veces con los lacayos y otras con los obispos…Este, este es el camino verdaderamente derechito y ejemplar de las mujeres.

¿A quién se le ocurre ir a estudiar a la Universidad? ¡Dios nos libre de las mujeres letradas! ¿Adónde iríamos a parar? ¡Tan bien como vamos en el machito! ¡Pues qué! ¿Es acaso persona una mujer? ¿No andan ya los sabios a vueltas para ver si es posible sustituirlas por engendradoras artificiales?… («La jarca de la Universidad», 1911)

Por las reacciones que el artículo suscitó entre los estudiantes,  parece evidente que no se dieron por aludidos en lo que respecta al fondo de la cuestión.  Curiosamente lo que, al parecer,  les ofendió fue el hecho de que la pluma de doña Rosario hubiera puesto en entredicho el buen nombre de sus santas madres con frases como las siguientes:

Nuestra juventud masculina no tiene nada de macho. Como la mayoría son engendros de un par de sayas  —la de la mujer y la del cura o el fraile—  y de unos solos calzones  —los del marido o querido—  resultan con dos partes de hembra, o por lo menos hermafroditas, por eso casi todos hacen a pluma y a pelo.

Y se armó una buena, ¡vaya si se armó!: manifestaciones de universitarios, huelgas, asambleas, protestas, intervención de la fiscalía…  Y la autora no tuvo más remedio que huir antes de ser detenida, convirtiéndose en la primera mujer que, por utilizar lo que ella calificó como un lenguaje viril en defensa del derecho de sus congéneres a recibir la más completa educación posible, tuvo que exiliarse, pasando dos largos años vagando por las tierras portuguesas.

A su regreso  a la casa gijonesa del acantilado, tras reponerse un tanto  de las heridas de aquella desigual batalla, decide seguir viviendo, decide seguir luchando,  y ello a pesar de sentir sobre sus hombros el peso de los años, a pesar del  cansancio acumulado por tanta lucha   baldía, a pesar   de la postración económica en que se encuentra tras los obligados dispendios del exilio…; a pesar de todo, no escatima esfuerzos en apoyo de sus compañeras, «pues toda mujer que trabaja y piensa lo es mía». Y así lo hace, cuando en el mes de junio de 1919 se desplaza hasta Turón para asistir a los actos de inauguración de la Agrupación Femenina Socialista, gesto que las numerosas asistentes, allí congregadas para escuchar a Virginia González, dirigente nacional del PSOE, agradecen irrumpiendo con vivas a la escritora y al socialismo.  La pluma será también el medio que utiliza para salir en apoyo de una convecina, una joven gijonesa que decide casarse ante un juez ignorando las presiones que recibe de su entorno para que lo haga como Dios manda, ante un sacerdote: «Usted, religiosamente o civilmente casada lo estará igual si está usted bien unida, en cuerpo y alma, al varón con quien se concordó para vivir la vida; y esto sí que es matrimonio» («A la señorita María Oliva Riestra Rubiera», 1916). Para el caso, bien podría haber echado una mirada al pasado y encontrar parecidas palabras puestas en boca de Isabel de Morgovejo, la protagonista de El padre Juan : «Ramón será mi esposo, según estaba convenido, mediante el matrimonio civil; el religioso lo hicieron nuestras almas al darse juramento de amor». Pero en vez de mirar hacia el pasado, sus ojos se fijan en el futuro, un futuro más venturoso para el porvenir de la mujer, aunque sea por coyunturas tan amargas como aquella guerra que asola el continente europeo. Así se lo transmite a las mujeres que en 1917 asisten a un mitin femenino organizado por la Unión Republicana de Gracia:

Entretanto al problema feminista, que hoy empieza a debatirse en España, y en el que estriba, acaso, la libertad de conciencia para nuestra patria, hay que dejarle andar su camino, ayudando sabiamente a que tomen interés por él el mayor número de mujeres. La revolución mundial que está iniciándose en la terrible guerra europea, traerá grandes sorpresas. La progresión creciente de la mortalidad e invalidez en los hombres europeos (tal vez de la tierra entera) va a entregar a la civilización futura a un MATRIARCADO positivo, activo, consciente, que, bien sea reconocido por las legislaciones, o bien sea abominado por ellas, nada ha de importar si se impone en los hechos; y si ya los tiempos no pueden retrogradar a que el nombre quede atado a la puerta de la choza, para asegurarse de su producción y descendencia, de tal manera la escasez de varones y la inutilidad de los más para sostener las necesidades familiares se va a imponer en la Nueva Edad que se avecina, que será la mujer una verdadera SEÑORA AMA del hogar, dirigiendo y dominando hijos y familia con soberanía indiscutible; siendo trascendental su responsabilidad como reformadora de generaciones que han de nacer dañadas y perturbadas, demostrando así, en una o más centurias, como la demostración del andar se prueba andando, que todos los raciocinios, conocimientos y energías cogen y son fecundos en el cerebro femenino, de igual manera que cogen y son fecundos en el del hombre .

Como ella anticipa en aquellas cuartillas manuscritas, los conflictos bélicos van a permitir posibilitarán que las mujeres ocupen espacios más amplios en la vida colectiva. Así ocurrió en las dos guerras calificadas como mundiales: las necesidades bélicas obligan a los países contendientes a acudir a las mujeres para sustituir a los hombres que combaten en los frentes. Ellas ocupan sus puestos de trabajo, administran sus granjas y mantienen sus familias. Su concurso se hace imprescindible para que la sociedad siga funcionando;   la victoria también es suya. Así las cosas, cuando la paz llega ¿quién osará mantener impunemente que la mujer sólo puede ser esposa y madre?   La Nueva Edad que nuestra protagonista vislumbraba al final de aquella primera guerra se encuentra más cerca, ciertamente, pero hasta ella solo llegó un lejano destello de aquel tímido avance,   pues pocos años después de escritas aquellas frases su vida se apagó para siempre.

El día de su entierro  fueron numerosas las mujeres que, abandonando su reducto doméstico, se echaron a la calle para testimoniar su gratitud a aquella compañera que había peleado los últimos cuarenta años de su vida por la dignidad de todas ellas. Algunas crónicas no dejan de mostrar su sorpresa al comprobar cómo la lluvia, que incesantemente caía aquel primer sábado de mayo, no había impedido que fueran numerosas las mujeres que acompañaron su cadáver hasta el cementerio civil. Allí estaban sus convecinas, gijonesas apenadas y agradecidas,  mas, de haber podido, muchas otras, venidas de todos los rincones de su querida España, se habrían unido a aquella comitiva  para testimoniarle el dolor que sentían ante su partida, como antes muchas de ellas o habían hecho por escrito agradeciéndole  tantos años de lucha, incansable lucha,  en su misma trinchera.  Lloraban por el dolor de la partida, pero también por la orfandad en que todas ellas quedaban: se iba la luz que a muchas guiaba. Se iba, sí, aunque a todas ellas les dejaba el testimonio de su vida, largo camino de trabajo, estudio y lucha, de perseverante batallar frente a quienes habían sumido a la mujer en la oscuridad de la ignorancia y la superstición. Ahí quedaban sus discursos, sus artículos, sus lecciones, sus dudas, sus apoyos… Ahí las mujeres de sus dramas: seres fuertes, vigorosos, con esperanza.

Muchas gracias.

53. A las puertas del Parnaso

Madrid,  12 de febero de 1876. Tras la agitación vivida años atrás, las cosas parecían haberse calmado una vez que Cánovas, don Antonio, se había hecho con el control de la situación. La buena sociedad de la Villa y Corte se disponía a disfrutar de aquel sábado invernal sin sobresaltos. La oferta era variada: baile de máscaras en Capellanes o La Alhambra;  ópera en el Real;  teatro en la Comedia, en el Apolo o en el Martín… Rienzi el tribuno en el teatro del Circo: un estreno del que se venía hablando  desde hacía unos días, desde el mismo día del estreno de la ópera Rienzi. ¿Quién era el tal, que tan de moda se había puesto? La ópera de Wagner en el Real, y este drama en el Circo de autoría desconocida… Bueno, algo sí que se sabía a juzgar por lo que el mismo día del estreno publicaba El Imparcial:

«La Correspondencia ha dicho que es una traducción y semejante noticia carece absolutamente de fundamento. El drama que se estrenará esta noche es original de una joven y distinguida poetisa que ha honrado ya las columnas de EL IMPARCIAL con algunas de sus siempre inspiradas composiciones [por ejemplo la oda A la muerte, 20-7-1874], y cuyo nombre no revelamos porque ella y su apreciable familia, que nos favorecen con su amistad, nos han rogado que acerca de  este punto guardemos silencio. Podemos, en cambio, determinar una circunstancia verdaderamente notable: la obra de que se trata ha sido escrita en cuatro semanas»

Para qué más. La expectación era tanta que el teatro se llenó. Aunque -a decir de los críticos- en el primer acto se notó la inexperiencia de la autora «el público caminó de sorpresa en sorpresa, agradablemente sorprendido, oyendo las varias rimas de una versificación verdaderamente viril, admirando la profunda intención de los pensamientos, conmoviéndose con los delicados rasgos de un corazón que brota a raudales de sentimientos»

Terminado el primer acto,  los presentes hicieron patentes sus deseos de conocer el nombre de la autora hasta el punto que Rafael Calvo, el primer actor, tuvo que suplicarles que aguardaran a la finalización de la obra.

«Esto, sin embargo, no pudo ser así. La bellísima situación del acto segundo, que sorprendió a todos vivamente por su originalidad, por la nobleza del sentimiento en que está inspirada, y por su corte, en fin, altamente dramático, electrizó al público, y entre salvas y nutridísimos e incesantes aplausos, se presentó la joven autora de distinguida figura y simpática belleza, la cual recibió aquella entusiasta ovación con sencilla modestia, pero también con elegante soltura, como quien recibe elogios por méritos de que, a la verdad, no presume.»

El estreno fue un éxito, no hay duda alguna. Basta leer los elogiosos comentarios publicados en los siguientes días en las páginas de   El Imparcial, La Época o La Iberia.

A la conclusión, la señorita doña Rosario Acuña se presentó repetidas veces, aclamada a una sola voz. La musa de Rienzi entra en la escena sobre una alfombra de flores y bajo arcos de palmas.

La discreción y natural compostura del bello sexo es causa las más veces de que no se asocie a las manifestaciones tumultuosas de un público que se siente herido con energía en el cerebro o en el corazón por las inspiraciones de un autor dramático; pero el bello sexo creía tener ayer justa disculpa para sus entusiasmos, y aplaudía ruidosamente a la autora que así sabía entrelazar los laureles de la gloria en la diadema de perlas de la hermosura.

Gran número de autores dramáticos y literatos acudieron entre los bastidores a felicitar a la señorita de Acuña, conviniendo todos ellos en que este su primer ensayo revela condiciones excepcionales para la escena dramática.

La empresa del teatro del Circo merece elogios y agradecimientos de los aficionados al arte escénico por haber dado a conocer a esta poetisa, a esta verdadera poetisa, que parece encender sus inspiraciones en la luz de la estrella inmortal en que vive el alma de la Avellaneda.

La Época, 13-2-1876

«Si no lo hubiera contemplado con mis propios ojos, si no hubiese visto aparecer una y otra vez en la escena a aquella graciosa joven de semblante risueño, de mirada apacible, de blanda sonrisa y ademán tranquilo y sereno, no hubiera creído nunca que Rienzi era inspiración de una musa femenil. Nada lo denuncia, nada lo revela, ni en el género, ni en la entonación… Verdad es que tenemos el ejemplo de Gertrudis Gómez de Avellaneda, pero era una mujer en toda la plenitud de sus facultades intelectuales… Ignoro si la joven es un autor dramático, pero puedo asegurar ya que es un poeta de gran aliento, de rica fantasía y de alto vuelo…»

La Época, 20-2-º876

Aunque los comentarios de los diarios madrileños resultaron elogiosas, todavía había que esperar el juicio de eso que se ha dado en llamar «la crítica», esto es el sesudo y reposado análisis de aquellos que gozaban del poder de hundir en los infiernos de la indiferencia o encumbrar hasta las puertas del Parnaso. Ese era el caso de Peregrín García Cadena, reputado crítico teatral que por entonces oficiaba en La Ilustración Española y Americana en cuyas páginas publicó lo que sigue a continuación:

Peregrín García Cadena

La quincena ha dado fin con un señalado acontecimiento teatral. Una poetisa de diez y seis abriles [yerra el señor Peregrín pues la autora tiene veinticinco], hija predilecta de las musas, de cuyo peregrino ingenio habían dado ya alguna muestra muy notable las columnas de LA ILUSTRACIÓN, acaba de conquistar en la escena un triunfo muy lisonjero. Aludo a la Srta. D.ª Rosario  Acuña y a su drama Rienzi el Tribuno, representado por primera vez en el teatro del Circo en la noche del sábado anterior.

Rosario Acuña era ya conocida en el mundo literario por algunas composiciones líricas que revelaban un ingenio poético nada común, pero en las cuales era imposible traslucir el desenvolvimiento imprevisto y la mágica dirección a que iban encaminadas sus facultades. La revelación de su potencia poética ha sido un suceso que con razón ha causado maravilla y ha puesto en emoción a nuestra república literaria. La sorpresa se explica fácilmente: Rosario Acuña ha ofrecido el ejemplo de un fenómeno psicológico muy raro: en plena primavera de su edad, cuando el alma poética de la mujer, que posee este don soberano, se entrega al subjetivismo vago y sentimental de las primeras ilusiones, el númen de Rosario Acuña, sin detenerse en esas regiones nebulosas, se levanta osadamente, en alas de una poderosa intuición, y se siente con bríos para mover los resortes de las pasiones humanas y sorprender las luchas de la vida. La joven poetisa no se contenta con pulsar la lira quejumbrosa y semi-afónica de las Safos del siglo: una fuerza que parece superior a su sexo y a su temprana edad la impele a calzar el coturno trágico, sin que le espante el grave peso con que agobia su pie de niña, y la primera inspiración grandiosa de su inquieta musa es un drama en que han de resonar los viriles acentos del patriotismo, en que han de lanzar sus gritos ardientes o desgarradores el entusiasmo y la nostalgia de la libertad, en que el contraste de la pasión amorosa ha de abrazar los extremos del bien y del mal, estudiada en sus móviles más puros, y adivinada en sus resortes más odiosos, y en que todos los elementos, en suma, que intervienen en la ficción son de naturaleza tal que requieren la fuerza creadora de un espíritu viril.

Rienzi, tal como lo ha comprendido Rosario Acuña en el drama que acaba de producir tan gran entusiasmo en el teatro del Circo,  es el patriotismo, la abnegación, el sentimiento exaltado de la justicia y la libertad. Colonna es el orgullo y el despotismo de raza en un carácter capaz de llevar la pasión criminal a los últimos límites de la bajeza y la perversidad. María es la mujer amante que se asimila los sentimientos y los fanatismos del objeto de su ternura, y se eleva con él a las alturas excepcionales en que se desenvuelven las grandes luchas de la vida. Juana es el amor vigilante y la incorruptible fidelidad, arraigadas en un alma fuerte y en una naturaleza asiática, en quien la pasión concentrada, árbitra absoluta de sus destinos en la tierra, camina derechamente al sacrificio, y cuyo heroísmo postrero se traduce de este modo: Abnegación, fatalidad.

Se ve, pues, que los afectos que ha llevado a la escena la joven poetisa no están en esas fibras delicadas que un fino instinto de mujer, dotada de peregrino entendimiento, puede penetrar sin esfuerzo; son palpitaciones robustas, fiebres ardientes, arteros movimientos de la pasión que no se traducen sino con el auxilio de un aliento viril. Pues bien: Rosario Acuña ha encontrado en su talento poético bríos bastantes para expresar esas pasiones, esos entusiasmos y esos siniestros rugidos de la perversidad humana, y no le han faltado acentos elocuentes con que darles más de una vez admirable expresión de verdad. Su drama está lleno de imágenes valientes, de rasgos grandemente humanos, de situaciones superiormente sentidas e imaginadas, de bellezas que no desdeñaría un poeta dramático iniciado en los secretos del arte y avezado a los laureles de la escena. El conjunto ideado por la Srta. de Acuña  es defectuoso, falto de artificio y de armonía; descúbrese en él una gran fuerza de intuición, luchando con una inexperiencia no menos visible; pero sobre ese conjunto desprovisto de cohesión y de sólida contextura se cruzan sin cesar las corrientes de una inspiración ardorosa y de una poesía llena de savia y de vigor y las llamaradas de un númen levantado y fecundo. Los elementos son desordenados, pero el genio centellea en medio del caos.

Rienzi no es un carácter histórico; ya lo he dicho: es una pasión, una idea, un entusiasmo. Es el espíritu vigilante de la libertad consagrado a su obra de redención: ni la inercia resignada al yugo le detiene en el camino de la abnegación, ni le turba el pensamiento del martirio. No es un hombre; es un ideal. Cuando le arguyen con el desvío del pueblo adormecido al son de sus cadenas, Rienzi responde:

“El cuerpo duerme, pero el alma vela.”

Porque Rienzi es la idea que se abre camino a través del tiempo, penetrada de su virtud: no la impacienta la tardanza del brazo que ha de llevarla a la victoria. La frase es bellísima, y en ella, como en otros pasajes del drama, se echa de ver el propósito de revestir de cierto idealismo -que, a la verdad, no siempre se sostiene en estas alturas- la trágica figura del tribuno romano. En este mismo sentimiento está inspirado un notable soneto a la libertad que la señorita de Acuña pone en boca de Rienzi, en un monólogo del tercer acto, y que voy a transcribir en la seguridad de que ha de ser del agrado de mis lectores.

Dice así:

“¡Oh! libertad, fantasma de la vida,

astro de amor a la ambición humana

el hombre en su delirio te engalana,

pero nunca te encuentra agradecida.

Despierta alguna vez, siempre dormida

cruzas la tierra, como sombra vana;

se te busca en el hoy para el mañana,

viene el mañana y se te ve perdida.

Cámbiase el niño en el mancebo fuerte

y piensa que te ve ¡triste quimera!

Con la esperanza de llegar a verte

ruedan los años sobre la ancha esfera

y en el último trance de la muerte,

aun nos dice tu voz, ¡espera, espera!

Con esta fuerza poética ha expresado la señorita de Acuña el sentimiento en su primera obra escénica, y con esta valentía se ha entrado de rondón en las entrañas del drama trágico, donde riñen fiera batalla los más grandes afectos del corazón humano.

Lo que hay, pues, de superior en la obra de la joven poetisa, y lo que da grandes esperanzas de un rápido desenvolvimiento de sus facultades, es la energía de la concepción, el nervio y el calor de la expresión poética y los rasgos verdaderamente admirables con que ha acertado a expresar ciertos movimientos de la pasión. El que impele ciegamente a Rienzi a destruir la amañada prueba que le presenta Colonna contra la virtud de María; el que provoca, con el final del drama, el acto hermoso de desesperación con que Juana se arroja a las llamas con el cuerpo inanimado de la mujer del tribuno, para que sus restos no sean profanados por el odioso vencedor, son de una belleza y de una fuerza que revela un extraordinario instinto y un gran sentimiento de la belleza. Verdad es que estos grandes rasgos y otros muchos que la gallarda poetisa ha sembrado en su creación son llamaradas del genio, que resplandecen en un conjunto defectuoso, en que frecuentemente se echa de ver una falta natural de iniciación en los secretos del arte y un ingenio desorientado. No se debe ocultar por un exceso de inoportuna galantería, de que no ha de menester la señorita de Acuña para recibir muy colmada la medida del elogio, que el plan de su composición tiene mucho de endeble; que el movimiento del drama en los dos primeros actos es de una vitalidad escasa e intermitente; que la aparición de los personajes no siempre está justificada; que algunas de las principales figuras, dotadas de gran actividad moral, producen poco movimiento en la marcha del drama: que Rienzi tiene grandes arranques dramáticos, como el que le inspira su fe inquebrantable en el amor y en la virtud de su esposa, y como los que abundan en la escena del segundo acto con Colonna; pero que aparte de éstos y otros  enérgicos latidos de la pasión, su actitud es más bien, a veces, la de un soñador que la de un entusiasmo personificado que vive en la lucha: en suma, que el poema tiene de imperfecto en la concepción general, en la marcha y en el desarrollo de los caracteres, lo que tiene de superior en la energía del númen poético que lo vivifica constantemente y en la belleza de ciertos movimientos dramáticos. La Srta. Acuña no ha venido al palenque de la escena a recoger una ovación transitoria, arrancada a la benevolencia y a la galantería: tiene grandes dotes de autor dramático, tiene vocación verdadera, y ha de volver a la liza en busca de nuevos laureles. La crítica, pues, no pagaría completo tributo a su privilegiado ingenio, si creyéndole llamado a realizar nuevas empresas, no procurase alejarle de los obstáculos del camino, señalándole francamente los defectos de que no ha podido triunfar en el primer paso un instinto feliz. Rienzi es un brillante alarde de facultades poéticas, una primera alentada del númen trágico, aposentado en alma de niña, y en la que se perciben todavía vagidos infantiles. Rosario Acuña ha acreditado la fuerza con pruebas irrefragables; necesita desenvolverla en la armonía. La poetisa ha dejado oír los altos acentos de una poderosa inspiración: esperemos a la artista.

Una palabra para terminar: la Empresa del teatro del Circo no ha honrado las primicias dramáticas de Rosario Acuña con la galante ofrenda de una buena decoración final, y el cuadro postrero del poema, el bellísimo rasgo trágico que pone término  a la obra, si no han sido perdidos para la gloria de la poetisa, lo han sido en gran manera para la ilusión del espectador. No se comprende, ciertamente, cómo ha podido ocurrir esta falta de galantería en un teatro tan hospitalario como el del Circo, donde el bárbaro Atila acaba de ser objeto de tan urbana y tan espléndida acogida.

La Ilustración Española y Americana, 15 de febrero de 1876