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47. «La hora de nuestras descendientes será la hora de la emancipación»

Dejando al margen, que ya es  dejar,  las penalidades padecidas por  la conjuntivitis escrofulosa, bien podríamos afirmar, a la luz de sus escritos, que tanto la infancia como la mocedad de Rosario de Acuña transcurrieron por   gozosa y feliz senda. Visto desde fuera del escenario, el de 1876 fue un año para remarcar: la crítica y el público se deshacen en elogios tras el estreno de Rienzi el tribuno;  animada por el éxtio cosechado por su primer drama, publica el poemario Ecos del alma;  se casa con un joven oficial del que, según se dice, está muy enamorada… El país del sol está radiante… La ópera, el teatro, los viajes, Andalucía… La católica, burguesa y monárquica Rosario de Acuña y Villanueva, convertida en señora de Laiglesia, parte ilusionada hacia Zaragoza…

No sabemos con mucho detalle lo que suceció durante los tres años y medio que pasó en tierras aragonesas, pero lo cierto es que a principios de 1880 el matrimonio regresa a Madrid, y nuestra protagonista parece que lo hace con otra mirada. No le gusta lo que ve; no le gustan ni la hipocresía, ni la vanidad, ni la falsedad que impregnan la vida de las ciudades: la patria, su querida patria, necesita una cura… No, España no va bien y algo hay que hacer para enderezar su rumbo. Toca tiempo de reflexión, de leer y releer a quienes hablan de regenerar la patria. Coincide con ellos en el objetivo, pero difiere en quién ha de ser protagonista del cambio. En su opinión, todo intento de regeneración debe pasar por la mujer, sin ella cualquier cambio es imposible.

Desde entonces, mediados de los ochenta, y hasta el mismo momento de su muerte, las mujeres se convertirán en las principales destinatarias de sus propuestas para regenerar la patria; junto a ellas, sus hermanas, caminará en busca de esa sociedad justa, regida por la VERDAD que, diez o veinte generaciones más adelante, habrá de alumbrar el porvenir.

No son pocos los escritos en los que Rosario de Acuña analiza la situación de la mujer, en los que anima a sus hermanas a estudiar, a trabajar o a empezar una lucha -que ella imagina durará varias generaciones- para conseguir que, al fin, la mitad de la humanidad camine al lado de la otra mitad por la senda del progreso en busca de la Verdad.

He aquí una pequeña muestra, unos párrafos del artículo A las mujeres del siglo XIX, publicado en Las Dominicales del Libre Pensamiento en diciembre de 1887:

El catolicismo, rigiendo la sociedad, es la esclavitud, el rebajamiento y la humillación para la mujer: los varones, dentro de esta secta, podrán acaso individualmente (aunque es difícil), por causas ajenas y aún contrarias al dogma que profesan, considerar a la mujer como su semejante, ¡alto ideal que toca a nuestro sexo defender, aún a costa de cien siglos de tormento!, pero la doctrina, la esencia, el alma católica, nos lleva a ser montón de carne inmunda, cieno asqueroso que es necesario sufrir en el hogar por la triste necesidad de reproducirse. ¡He ahí el destino de la mujer católica! Fuera sofismas ridículos y necias exclamaciones del idealismo cristiano, la mujer, en la comunión de esta Iglesia, es sólo la hembra del hombre… Carga de los padres en su juventud, procuran hacerla antes bella que útil, antes sagaz que digna, antes vanidosa que honrada, antes sensual que inteligente, antes mercadera que trabajadora, viniendo a colocarla en las contrataciones sociales como deleite impuro de los sentidos, no como chispa luminosa de las inspiraciones. La sociedad la compra por su carne, o por su oro, y la esposa se levanta en un hogar maldito, de donde el amor avergonzado huyó al entrar en el la lubricidad o la avaricia; y la esposa, en el mundo católico, lleva durante su vida entera dos cadenas anudadas a la garganta: una, la del desprecio, cuando no la del odio de su marido; la otra, la de los vicios, que haciendo presa en ella, por una debilidad impuesta desde su misma cuna con una educación infame, se la enroscan en el seno, hasta dejarla sin piedad y sin conciencia: las dos más altas prerrogativas del alma humana. Y sin conciencia y sin piedad, ¡cómo ha de existir la madre! Peor que la de las fieras, pierde, con frecuencia, hasta el instinto heredado de la animalidad, que obliga a amar a los hijos más que a la propia vida, y la madre católica se alza en todo su esplendor, separando el corazón de los hijos del corazón del padre, y sosteniendo en lo más íntimo del hogar, con la tenacidad propia de una ignorancia completa, la horrible tea de la discordia, al colocar entre ella, su marido y sus hijos, esa máscara, llena de perdones, y aún de alegrías, para las más repugnantes faltas, con tal de hacer de tercera en la sublime asociación matrimonial, adonde la mujer lleva el último germen de disolución, al llevar, con vanidades de arrepentida, las absoluciones del confesionario. Y habiendo sido de virgen fatua, necia e inútil, y de esposa esclava numerada, señuelo de ambiciones, juguete de libertinos y cómplice de errores; y de madre núcleo de antipatías, semillero de rencillas y potencia de enemistades, llega a la edad más noble de la vida, cuando todas las décadas de los pasados años deberían asegurarla, con sus recuerdos, el haber sido útil, precisa y amada, como cumplía a su destino de mitad humana, y se encuentra con que sólo por excepción ha sido semejante del hombre; y que al principio, buscada por lujuria, vanidad o interés, más tarde sufrida por lástima o por cálculo, y por último, respetada por rutina o por ocasión, ha consumido su existencia toda sin llevar al engrandecimiento de la especie un átomo siquiera de trabajo fertilizante; antes bien, sirviendo de rémora incansable a la gran nave humana, que marcha sobre el océano de los siglos, con rumbo hacia Dios por la ruta de las perfecciones…¡He aquí la mujer en el seno del catolicismo!»

«…el dogma, la esencia, el alma de la libertad, lleva en su primer capítulo la consideración de la mujer como un semejante del hombre. A la doncella le dice: «No te vendas ni por oro, ni por hambre, ni por vanidad, ni por miedo, ni por holgazanería; debes darte por amor. La humanidad tiene el derecho a tu trabajo y el deber de remunerártelo. El estudio, la carrera, el oficio, compatibles con tus pudores, son tuyos, exclusivamente tuyos: tu defensa no es tu debilidad, ni tu impudicia, es tu inteligencia. El amor sexual no es tu único destino; antes de ser hija, esposa y madre, eres criatura racional, y a tu alcance está lo mismo criar hijos que educar pueblos. ¡Alza, pues, tu frente y mira el horizonte ilimitado a tu actividad de ser pensante! Tu misión es paralela a la del hombre: entre los dos tenéis que mejorar la especie, y tan necesario es que tu cerebro piense como que  sienta el corazón masculino; la vida es una, repartida en los dos sexos, y jamás nacerá el hombre en el apogeo intelectual, sin que su mitad, que es la madre, con cuya sangre (como medio insustituible) se desarrolla, hasta llegar a ser humano el embrión de la vida orgánica, ofrezca el mayor cúmulo de perfecciones. Tienes, pues, igual sitio en las sociedades, que mal que les pese, tendrán que otorgártelo de derecho, en cuanto pongan de acuerdo sus leyes con las de la Naturaleza. Hija, no se te educará para una venta infame, sino para una existencia independiente. Esposa, serás considerada como mitad del hombre, y vuestros juramentos, tomados con igual seriedad por ambas partes, serán tenidos por valederos en el uno y en el otro, y el castigo del perjuro caerá igualmente sobre las dos cabezas. Madre, no abarcarás más fin que el mayor bien de tus hijos, y, como ni te vendiste, ni fuiste humillada, tus hijos ni podrán despreciarte ni compadecerte, viniendo a ser para ellos el tipo sublime de la dignidad femenina; y en el último instante de tu vida, dirás al morir: “Serví a la humanidad; le di primero mi trabajo y mi inspiración, después mi amor y mis hijos, por último mi inteligencia; he contribuido al glorioso triunfo de la vida sobre el planeta”»

«… protestad del pasado; del mundo viejo; del mundo podrido, que llamó a la mujer, «vaso de inmundicias»; «escorpión de cien cabezas»; «el mayor de todos los demonios», y otros mil epítetos pronunciados por las bocas de los llamados «santos padres del catolicismo»; acordaos de que hubo un concilio de eminencias de la secta, en el que, sólo por tres votos, se aprobó que el alma de la mujer era superior a la del animal, y mandad a Roma vuestra protesta. […] Algunas de vosotras, las que en repetidas ocasiones me habéis preguntado «¿Qué tenemos que hacer para llegar al vencimiento?», he aquí mi contestación: «Unirnos hoy alrededor de Las Dominicales, mañana en donde luzca a mayor altura y con mayor viveza el ideal que nos lleve a la dignificación; unirnos, y llevar a la práctica nuestra creencia. ¿Cómo?, me diréis… ¡Ay, hermanas mías! Nosotras, nuestras hijas y nuestras nietas morirán siervas; y es en vano que el alma suba, y el entendimiento crezca, y la voluntad se acrisole, y el corazón se abnegue, antes de que el astro de la nueva era comience a lucir en el rosado oriente, el sudario de la tierra envolverá con sus pliegues sombríos los despojos de nuestros huesos. ¡La lucha hay que empezarla en nuestro hogar! ¡La rebelión hay que inaugurarla al lado de la cuna de nuestros hijos! ¡Todas las amarguras, y las humillaciones, y los trabajos, y las penas, y los sacrificios, y las anulaciones, son nuestras; y todas las felicidades, y las grandezas, y los descansos, y las satisfacciones, y las glorias, y las dignidades, serán de nuestras nietas; alejad de vosotras la más efímera y leve idea de triunfo que os seduzca con sus espejismos de dicha. Esta hora nuestra es la hora del sufrimiento; la hora de nuestras descendientes será la hora de la emancipación.»

Si quieres leer algún otro de sus escritos que tienen a la mujer por protagonista, te propongo algunos más:

Si todavía no tienes suficiente, puedes consultar el capítulo «Las mujeres: sus hermanas» y estos otros  textos suyos: Algo sobre la mujer (uno de sus primeros artículos sobre el tema), Carta abierta. A la señorita María Oliva Riestra Rubiera, ¡Justicia!…¡Justicia!…¡Justicia!
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