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Archive for 27 febrero 2010

47. «La hora de nuestras descendientes será la hora de la emancipación»

Dejando al margen, que ya es  dejar,  las penalidades padecidas por  la conjuntivitis escrofulosa, bien podríamos afirmar, a la luz de sus escritos, que tanto la infancia como la mocedad de Rosario de Acuña transcurrieron por   gozosa y feliz senda. Visto desde fuera del escenario, el de 1876 fue un año para remarcar: la crítica y el público se deshacen en elogios tras el estreno de Rienzi el tribuno;  animada por el éxtio cosechado por su primer drama, publica el poemario Ecos del alma;  se casa con un joven oficial del que, según se dice, está muy enamorada… El país del sol está radiante… La ópera, el teatro, los viajes, Andalucía… La católica, burguesa y monárquica Rosario de Acuña y Villanueva, convertida en señora de Laiglesia, parte ilusionada hacia Zaragoza…

No sabemos con mucho detalle lo que suceció durante los tres años y medio que pasó en tierras aragonesas, pero lo cierto es que a principios de 1880 el matrimonio regresa a Madrid, y nuestra protagonista parece que lo hace con otra mirada. No le gusta lo que ve; no le gustan ni la hipocresía, ni la vanidad, ni la falsedad que impregnan la vida de las ciudades: la patria, su querida patria, necesita una cura… No, España no va bien y algo hay que hacer para enderezar su rumbo. Toca tiempo de reflexión, de leer y releer a quienes hablan de regenerar la patria. Coincide con ellos en el objetivo, pero difiere en quién ha de ser protagonista del cambio. En su opinión, todo intento de regeneración debe pasar por la mujer, sin ella cualquier cambio es imposible.

Desde entonces, mediados de los ochenta, y hasta el mismo momento de su muerte, las mujeres se convertirán en las principales destinatarias de sus propuestas para regenerar la patria; junto a ellas, sus hermanas, caminará en busca de esa sociedad justa, regida por la VERDAD que, diez o veinte generaciones más adelante, habrá de alumbrar el porvenir.

No son pocos los escritos en los que Rosario de Acuña analiza la situación de la mujer, en los que anima a sus hermanas a estudiar, a trabajar o a empezar una lucha -que ella imagina durará varias generaciones- para conseguir que, al fin, la mitad de la humanidad camine al lado de la otra mitad por la senda del progreso en busca de la Verdad.

He aquí una pequeña muestra, unos párrafos del artículo A las mujeres del siglo XIX, publicado en Las Dominicales del Libre Pensamiento en diciembre de 1887:

El catolicismo, rigiendo la sociedad, es la esclavitud, el rebajamiento y la humillación para la mujer: los varones, dentro de esta secta, podrán acaso individualmente (aunque es difícil), por causas ajenas y aún contrarias al dogma que profesan, considerar a la mujer como su semejante, ¡alto ideal que toca a nuestro sexo defender, aún a costa de cien siglos de tormento!, pero la doctrina, la esencia, el alma católica, nos lleva a ser montón de carne inmunda, cieno asqueroso que es necesario sufrir en el hogar por la triste necesidad de reproducirse. ¡He ahí el destino de la mujer católica! Fuera sofismas ridículos y necias exclamaciones del idealismo cristiano, la mujer, en la comunión de esta Iglesia, es sólo la hembra del hombre… Carga de los padres en su juventud, procuran hacerla antes bella que útil, antes sagaz que digna, antes vanidosa que honrada, antes sensual que inteligente, antes mercadera que trabajadora, viniendo a colocarla en las contrataciones sociales como deleite impuro de los sentidos, no como chispa luminosa de las inspiraciones. La sociedad la compra por su carne, o por su oro, y la esposa se levanta en un hogar maldito, de donde el amor avergonzado huyó al entrar en el la lubricidad o la avaricia; y la esposa, en el mundo católico, lleva durante su vida entera dos cadenas anudadas a la garganta: una, la del desprecio, cuando no la del odio de su marido; la otra, la de los vicios, que haciendo presa en ella, por una debilidad impuesta desde su misma cuna con una educación infame, se la enroscan en el seno, hasta dejarla sin piedad y sin conciencia: las dos más altas prerrogativas del alma humana. Y sin conciencia y sin piedad, ¡cómo ha de existir la madre! Peor que la de las fieras, pierde, con frecuencia, hasta el instinto heredado de la animalidad, que obliga a amar a los hijos más que a la propia vida, y la madre católica se alza en todo su esplendor, separando el corazón de los hijos del corazón del padre, y sosteniendo en lo más íntimo del hogar, con la tenacidad propia de una ignorancia completa, la horrible tea de la discordia, al colocar entre ella, su marido y sus hijos, esa máscara, llena de perdones, y aún de alegrías, para las más repugnantes faltas, con tal de hacer de tercera en la sublime asociación matrimonial, adonde la mujer lleva el último germen de disolución, al llevar, con vanidades de arrepentida, las absoluciones del confesionario. Y habiendo sido de virgen fatua, necia e inútil, y de esposa esclava numerada, señuelo de ambiciones, juguete de libertinos y cómplice de errores; y de madre núcleo de antipatías, semillero de rencillas y potencia de enemistades, llega a la edad más noble de la vida, cuando todas las décadas de los pasados años deberían asegurarla, con sus recuerdos, el haber sido útil, precisa y amada, como cumplía a su destino de mitad humana, y se encuentra con que sólo por excepción ha sido semejante del hombre; y que al principio, buscada por lujuria, vanidad o interés, más tarde sufrida por lástima o por cálculo, y por último, respetada por rutina o por ocasión, ha consumido su existencia toda sin llevar al engrandecimiento de la especie un átomo siquiera de trabajo fertilizante; antes bien, sirviendo de rémora incansable a la gran nave humana, que marcha sobre el océano de los siglos, con rumbo hacia Dios por la ruta de las perfecciones…¡He aquí la mujer en el seno del catolicismo!»

«…el dogma, la esencia, el alma de la libertad, lleva en su primer capítulo la consideración de la mujer como un semejante del hombre. A la doncella le dice: «No te vendas ni por oro, ni por hambre, ni por vanidad, ni por miedo, ni por holgazanería; debes darte por amor. La humanidad tiene el derecho a tu trabajo y el deber de remunerártelo. El estudio, la carrera, el oficio, compatibles con tus pudores, son tuyos, exclusivamente tuyos: tu defensa no es tu debilidad, ni tu impudicia, es tu inteligencia. El amor sexual no es tu único destino; antes de ser hija, esposa y madre, eres criatura racional, y a tu alcance está lo mismo criar hijos que educar pueblos. ¡Alza, pues, tu frente y mira el horizonte ilimitado a tu actividad de ser pensante! Tu misión es paralela a la del hombre: entre los dos tenéis que mejorar la especie, y tan necesario es que tu cerebro piense como que  sienta el corazón masculino; la vida es una, repartida en los dos sexos, y jamás nacerá el hombre en el apogeo intelectual, sin que su mitad, que es la madre, con cuya sangre (como medio insustituible) se desarrolla, hasta llegar a ser humano el embrión de la vida orgánica, ofrezca el mayor cúmulo de perfecciones. Tienes, pues, igual sitio en las sociedades, que mal que les pese, tendrán que otorgártelo de derecho, en cuanto pongan de acuerdo sus leyes con las de la Naturaleza. Hija, no se te educará para una venta infame, sino para una existencia independiente. Esposa, serás considerada como mitad del hombre, y vuestros juramentos, tomados con igual seriedad por ambas partes, serán tenidos por valederos en el uno y en el otro, y el castigo del perjuro caerá igualmente sobre las dos cabezas. Madre, no abarcarás más fin que el mayor bien de tus hijos, y, como ni te vendiste, ni fuiste humillada, tus hijos ni podrán despreciarte ni compadecerte, viniendo a ser para ellos el tipo sublime de la dignidad femenina; y en el último instante de tu vida, dirás al morir: “Serví a la humanidad; le di primero mi trabajo y mi inspiración, después mi amor y mis hijos, por último mi inteligencia; he contribuido al glorioso triunfo de la vida sobre el planeta”»

«… protestad del pasado; del mundo viejo; del mundo podrido, que llamó a la mujer, «vaso de inmundicias»; «escorpión de cien cabezas»; «el mayor de todos los demonios», y otros mil epítetos pronunciados por las bocas de los llamados «santos padres del catolicismo»; acordaos de que hubo un concilio de eminencias de la secta, en el que, sólo por tres votos, se aprobó que el alma de la mujer era superior a la del animal, y mandad a Roma vuestra protesta. […] Algunas de vosotras, las que en repetidas ocasiones me habéis preguntado «¿Qué tenemos que hacer para llegar al vencimiento?», he aquí mi contestación: «Unirnos hoy alrededor de Las Dominicales, mañana en donde luzca a mayor altura y con mayor viveza el ideal que nos lleve a la dignificación; unirnos, y llevar a la práctica nuestra creencia. ¿Cómo?, me diréis… ¡Ay, hermanas mías! Nosotras, nuestras hijas y nuestras nietas morirán siervas; y es en vano que el alma suba, y el entendimiento crezca, y la voluntad se acrisole, y el corazón se abnegue, antes de que el astro de la nueva era comience a lucir en el rosado oriente, el sudario de la tierra envolverá con sus pliegues sombríos los despojos de nuestros huesos. ¡La lucha hay que empezarla en nuestro hogar! ¡La rebelión hay que inaugurarla al lado de la cuna de nuestros hijos! ¡Todas las amarguras, y las humillaciones, y los trabajos, y las penas, y los sacrificios, y las anulaciones, son nuestras; y todas las felicidades, y las grandezas, y los descansos, y las satisfacciones, y las glorias, y las dignidades, serán de nuestras nietas; alejad de vosotras la más efímera y leve idea de triunfo que os seduzca con sus espejismos de dicha. Esta hora nuestra es la hora del sufrimiento; la hora de nuestras descendientes será la hora de la emancipación.»

Si quieres leer algún otro de sus escritos que tienen a la mujer por protagonista, te propongo algunos más:

Si todavía no tienes suficiente, puedes consultar el capítulo «Las mujeres: sus hermanas» y estos otros  textos suyos: Algo sobre la mujer (uno de sus primeros artículos sobre el tema), Carta abierta. A la señorita María Oliva Riestra Rubiera, ¡Justicia!…¡Justicia!…¡Justicia!
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46. Unas palabras de Regina de Lamo en memoria de su «excelsa ascendiente»

En una carta enviada hace unos días al diario Público,   Lidia Falcón recordaba a su abuela  Regina de Lamo y denunciaba que su figura -al igual que sucediera con Rosario de Acuña-  «ha sido silenciada por la ideología fascista que ha imperado en nuestro país».

Tiene toda la razón.  ¿Cómo puede ser posible que una mujer que «se dedicó, apasionadamente, al activismo sindical y cooperativista»,  a la lucha feminista -muy a pie de calle, al lado de las mujeres del pueblo, al estilo de Rosario de Acuña-,  a la defensa de los más desfavorecidos y a la difusión de una nueva cultura que regenerara la vieja patria sea hoy tan desconocida para la inmensa mayoría de los españoles? ¿Cómo puede ser posible que apenas sea conocido por unos pocos que esta jiennense (Úbeda, 1870), vinculada a la Federación Regional Catalana de la UGT, a la Unió de Rabassaires y a la Federación Regional de Cooperativas de Cataluña, tuvo una participación destacada en el I Congreso Nacional de Cooperativas, celebrado en Madrid en 1921; que por su iniciativa se creó  el primer banco obrero: el Banco de Crédito Popular y Cooperativo de Valencia; que, al lado de Lluís Comanys, participó activamente en la implantación dela Unión de Rabassaires; que desarrolló una amplia labor propagandística en el semanario La Tierra, en el diario El Diluvio, en la revista  Acción Cooperativista o en el periódico gijonés El Noroeste? ¿Quién se acuerda que en 1928  fue elegida   vicepresidenta del Ateneo Socialista de Barcelona o que un año más tarde era la presidenta del grupo femenino de la Agrupación Socialista de Barcelona? ¿Quién conoce su Introducción a Delirios de grandeza y lujuria de Zoilo Cuéllar Chaves (1920)?, ¿quién,  su Breviario de autoeducación cooperativista (1923)? Algunos habrá que hayan oído hablar, leído quizás, el Prólogo de Las reivindicaciones femeninas de Santiago Valenti Camp (1927).

A qué seguir. Su figura y testimonio merecen un trabajo más exhaustivo que el que aquí podemos darle. Estoy seguro que, no tardando,  llegará. Mientras eso ocurre, aquí tiene el lector interesado un escrito suyo. Se trata de la introducción a la edición que la valenciana Editorial Guerri realizó en 1938 de El padre Juan.

ASTURIAS

Liminares

Unas palabras

La reposición del drama EL PADRE JUAN, en este limitado escenario que es la revolución española (1933-1938), va signada con la voluntad inquebrantable de quien repone y esto escribe, hacia horizontes, si no imprevistos por los hombres que gobiernan la República, si soslayados, y hasta soterrados, pudiéramos decir, después de honda reflexión y análisis de los hechos que a diario nos abruman con su indiscutible elocuencia.

La cuestión clerical. He ahí el problema fundamental y base del movimiento subersivo, cuyas derivaciones no son otra cosa que coletazos, con que el muestro de las cien cabezas se defiende, atacando impíamente a los que en España intentaron desterrar «para siempre» -pobrecillos- aquellas cien cabezas con sus correspondientes piojeras de hermanos, hermanas, padres, madres y cofrades de hábitos de varios colores, largos o cortos, según la misión encomendada a toda esa serie de vividores ultra terrenos.

Pues bien, ese problema, cuya solución fue incrustada en la España republicana durante medio siglo, merced a la pluma de aquellos dos colosos del librepensamiento que fueron -y son- Rosario de Acuña y José Nakens, está sin resolver, y lo que es más alarmante, por sintomático, va tomando el aspecto de algo que me recuerda el título de aquel libro que costó la vida a José Rizal (a Rizal la vida y a España el archipiélago filipino): Noli me tangere.

Sí. No le toquéis. Es la consigna. Que si Euzkadi. Que si mano tendida. Que si pitos. Que si flautas… Total: con el artículo veintiséis de la Constitución de la República, dio el gran topetazo Alacalá Zamora, que por cierto no le impidió, ni le privó, como serenamente pensando debió privárselo e impedírselo, aquella espantá -y perdóneseme el taurinismo de la frase- el acceso a la presidencia de la República, desde la cual -¿y cómo no?-, se dedicó a pedirle bendiciones al Nuncio de S.S. y a trapichear con el clericalismo más audaz y militarizado, que tan caro nos cuesta. Con las consecuencias de todo esto, dio el topetazo del 33 y del 36 la República.

Así, pues, ya que ellos, los grandes -únicos pudiéramos decir- Rosario de Acuña y José Nakens, dejaron la palestra llamados por la muerte, yo, que los evoco constantemente; yo que veo, lamentándolo, vacío el lugar que ellos llenaron con la luz de sus vidas y el calor inmortal de sus obras, me complazco una vez más en actualizarla a ella, a mi excelsa ascendiente, Rosario de Acuña, colocándola en el sitio que aún no mereció de los que debieron tenerla como índice de su actuación política y social: en el sitio que mereció, merece y merecerá de cuantos amen y sientan la causa de la libertad humana, sincera y virilmente, sin miedos ni habilidades circunstanciales. Su sitio, mentor de la República laicodemocrática.

Ahí; y por eso va dedicada esta reposición a Asturias, porque en el limitado escenario de la Revolución española (1933-1938) -y volvemos al primer párrafo de este clavo que quiero remachar en las conciencias libres, de los pocos que tienen conciencia-, Asturias, la fuerte, la dura, la tenaz, la insumisa por antonomasia, es donde ella, Rosario de Acuña, ha podido ser adorada, comprendida y reverenciada.

Por aquellos riscos, en aquel acantilado que se mete en el mar desafiando sus furores, en aquel Cervigón, ungido por sus pasos de ploteraria voluntaria siempre encaminados al trabajo y a la solidaridad con cuantos sufrieron persecuciones y miserias, aún resuenan, seguros de pisar tierras de libertad y de justicia. Allí quedó su cuerpo: sembrado fue por los mieros de aquella cuenca que de cada carbón extraído a la tierra hacen, por su fe en la victoria definitiva, tizón luminoso, fuego sagrado, que en llamarada de aurora roja ilumina, desde 1933, todos los caminos del proletariado del mundo.

Y nada más. De clavo pasado es esto de la cuestión clerical, como signo evidente de esta guerra que nos exalta el alma. La República española parece olvidarlo, o sin olvidarlo, lo relega a término de postergación. Hace mal. Plinio el Viejo escribió con clarividencia notoria aquello de Latifundio perdere Italia.

Yo temo acertar al escribir aquí: La tolerancia con el clericalismo, única y verdaderamente peligrosa quinta columna, perderá a la República.

Valencia, 1938

Regina de Lamo

45. Carta de Lidia Falcón al diario Público

Quiero agradecer a Félix Población -de cuya opinión y criterio tengo la mejor opinión- el artículo dedicado a mi tía abuela, Rosario de Acuña. Lamentablemente no pude asistir a la presentación de sus obras en el Ateneo de Madrid, pero sí presidió el acto mi marido el presidente de la entidad, el filósofo Carlos París que me describió la emoción del acto, y la asistencia numerosa al mismo, aunque no tuviera el merecido eco en los medios de comunicación. Y ya no sé si es por Rosario de Acuña o por el Ateneo. Mi tío abuelo, Carlos del Lamo Jiménez, hermano de mi abuela Regina de Lamo -música, escritora, militante anarquista, cooperativista y feminista cuya figura también ha sido silenciada por la ideología fascista que ha imperado en nuestro país- fue su compañero sentimental en los últimos 20 años de su vida en el caserón de El Cervigón en Gijón. Mi madre Enriqueta O’Neill, pasó largas temporadas en su casa y aprendió de ella tantos conocimientos como poseía. Hago referencia a ella en mi libro Mujer y Sociedad publicado en 1969, en donde tuve que limitar el texto dada la época que vivíamos. Después, Macrino Fernández ha tenido la amabilidad de escribirme y tener una larga correspondencia con motivo de su minucioso y brillante estudio sobre Rosario [se refiere, sin duda, a Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato. Zahorí Ediciones, 2009]. De todo ello, y de más contenidos que serían largos de reproducir aquí me gustaría hablar con Félix Población. Si tuviera la amabilidad de escribirme autorizo al periódico a proporcionarle mi email. Con las más efusivas gracias por esta recuperación de la memoria perdida de nuestras mejores mujeres, reciba el testimonio de mi afecto.
Lidia Falcón

44. «Memoria del olvido», de Félix Población

FÉLIX POBLACIÓN

Escritor y periodista

Se presentaron en Madrid las Obras reunidas de Rosario de Acuña y Villanueva (1850-1923), un acto que apenas tuvo repercusión pública, como si el olvido que por circunstancias históricas pesó tanto tiempo sobre la escritora hubiese alcanzado también al evento que culminaba la edición de sus escritos, iniciada en 2007.

Fue ese año, centenario del testamento ológrafo suscrito por Acuña para que sus obras fueran recopiladas y publicadas algún día, cuando bajo el patrocinio del Ayuntamiento de Gijón y el Instituto Asturiano de la Mujer se inició la publicación (KRK) de los cinco tomos que comprenden esas Obras reunidas, en cuya profusa tarea trabajó el profesor Xose Bolado, autor asimismo de la introducción biográfica que las precede. Acerca de Acuña y su época es muy interesante el libro de reciente aparición de Macrino Fernández Riera: Rosario de Acuña y Villanueva: una heterodoxa en la España del Concordato (Zahorí Ediciones).

Esa heterodoxia se ciñe al año de nacimiento de Acuña en Madrid, uno antes de que el Estado firmara con la Santa Sede el concordato de 1851 –por el cual la religión católica continuaba siendo «la única de la nación española»–, y a la denuncia reiterada que la autora hizo del clero por su represivo control sobre la conciencia de las mujeres: «La doctrina, la esencia, el alma católica –decía Acuña– , nos lleva a ser un montón de carne inmunda, cieno asqueroso que es necesario sufrir en el hogar por la triste necesidad de reproducirse. He aquí el destino de la mujer católica. Fuera sofismas ridículos y necias exclamaciones del idealismo cristiano, la mujer, en la comunión de esta Iglesia, es sólo la hembra del hombre».

Para llegar a esas conclusiones y pasar de escribir folletos dedicados a Isabel II a ingresar en la masonería bajo el nombre simbólico de Hipatia, Acuña va a recorrer la notable distancia que media entre la lírica romántica y moralizante de sus primeras composiciones en La Ilustración Española y Americana –donde el protagonismo femenino se reduce al consabido papel de alma del hogar en el entorno doméstico– a sus asiduas colaboraciones en Las Dominicales del Libre Pensamiento a partir de 1884 en pro de la regeneración social de la clase obrera y la conquista de los derechos civiles de la mujer. En la primavera de ese mismo año, cuando su nombre era ya sobradamente conocido como autora de un drama de mucho éxito titulado Rienzi el tribuno, Rosario de Acuña sube a la tribuna del Ateneo de Madrid para dar un recital poético. Es la primera vez que una mujer lo hace en la historia de la docta institución.

A partir de su adhesión al librepensamiento, Acuña deja atrás la mentalidad burguesa y liberal en la que se educó durante su niñez y juventud. Sus correligionarios serán tanto los fundadores de Las Dominicales, Ramón Chíes y Fernando Lozano, como los líderes socialistas Virginia González e Isidoro Acevedo. Los artículos, poemas y relatos de la escritora se prodigarán a lo largo de casi medio siglo en la citada y prestigiosa publicación masónica y en otros periódicos socialistas. La entidad literaria de esos escritos, así como la pujanza de sus ideas renovadoras, harán que un eminente periodista, Roberto Castrovido, proponga y defienda públicamente la candidatura de Rosario de Acuña a la Real Academia de la Lengua un siglo antes de que a esa institución accediera la primera mujer (Carmen Conde) en 1978. Según señalaba a comienzos del siglo XX el director del extinto diario republicano El País, la «poetisa, autora de dramas y escritora de grande bríos» podía compararse al regeneracionista Joaquín Costa.

Después de su temprana separación matrimonial y luego de haber residido en Pinto (Madrid) y Santander, Acuña pasará los últimos años de su vida en Gijón. Fue en esta ciudad donde se inició la recuperación de su memoria, mucho antes de que su obra fuera atrayente objeto de estudio a partir de los años noventa. Durante el franquismo, a finales de los sesenta, el histórico dirigente sindicalista asturiano Amaro del Rosal, que había tenido la oportunidad de conocer a la escritora, se interesó desde México por recuperar epistolarmente documentos y artículos de Acuña. Supe así, gracias a mis vínculos familiares con Amaro, [véase el artículo El impulso que vino de México, publicado en esta bitácora semanas atrás] que Rosario Acuña era algo más que un nombre con el que se identifica en Gijón el solitario paraje junto al mar donde la nombrada tuvo su modesta casa, por entonces todavía visible sobre el promontorio de El Cervigón, y de cuya inquilina nada sabíamos los escolares criados en el nacional-catolicismo.

Amaro del Rosal comparaba la figura de Acuña con la de la revolucionaria francesa Flora Tristán. Como ella, estuvo en la vanguardia de la lucha social y fue además en nuestro país una pionera en reivindicar con energía la emancipación de la mujer. Por eso fue recordada durante la Segunda Republica y por eso también pasó a formar parte del silencio y olvido con que el franquismo pretendió enterrar la significación de su nombre.

Cuenta Fernández Riera que durante muchos años, los días 6 de mayo y 1 de noviembre, había rosas rojas sobre la tumba de Acuña en el cementerio civil de Gijón. Las fechas se corresponden con el día de la muerte y el nacimiento de la escritora, y quien hacía la ofrenda, Aquilina Rodríguez Arbesú, había sido una gran amiga y admiradora suya, depositaria asimismo de su testamento ológrafo. Amaro del Rosal contactó con ella por carta desde el exilio para que «el ideario de libertad, justicia y humanismo, las tres palabras a las que Rosario de Acuña dedicó su vida, fuera conocido por la juventud de hoy que tanto lo necesita».

Cuarenta años después nos llegan por fin esas palabras en los cinco tomos de sus Obras reunidas para que de verdad las sigamos necesitando y cultivando.

( Público, Madrid, 14-2-2010)
Nota. Se han incluido algunos enlaces para completar la información facilitada en el artículo

43. El donativo de la difunta

En la España del Concordato la prensa díscola, aquella «mala prensa» que estaba en el punto de mira de la jerarquía eclesiástica, tuvo que soportar todo tipo de penalidades para sobrevivir, no en vano en algunas zonas su lectura fue prohibida por los prelados del lugar con amenaza de excomunión a quienes se atrevieran a poner los ojos en tan nocivos escritos. Dos son las cabeceras que más diatribas provocan: Las Dominicales del Libre Pensamiento y El Motín. La primera no consigue superar la primera década del siglo XX; la segunda, la «irrespetuosa hoja» nacida en 1881 y que José Nakens pone en circulación cada semana, consigue resistir unos años más aunque para ello tenga que recurrir a medidas extraordinarias.

En cierta ocasión algunos periodistas, conocedores de la crítica situación económica por la que atravesaban tanto el semanario como su director, ponen en marcha una campaña de apoyo. Se trata de conseguir cien suscripciones mensuales de 25 pesetas «para inyectar un poco de oxígeno económico». Una semana después de haberse dado a conocer la iniciativa el semanario publica una relación con las donaciones recibidas y el de Rosario de Acuña, con la cantidad requerida, es el primer nombre que allí figura. Dadas las simpatías que la escritora sentía por Nakens, no habría que extrañarse por el donativo sino fuera porque la edición de El Motín en la que aparece lleva fecha de 29 de noviembre de 1924… ¡La donante lleva más de año y medio enterrada!

No era ésta la primera vez que realizaba semejante proeza. Un año antes, en la edición de El Motín correspondiente al 7 de julio de 1923, la encontramos en la relación de donantes que acuden, en su caso con diez pesetas, a la suscripción abierta por el el Centro Democrático de Portugalete para levantar en esa localidad un mausoleo en memoria de Juan José Conde-Pelayo, padre del autor del artículo «Homenaje a una mujer ilustre» publicado en esta bitácora semanas atrás.

¡Vale! Aceptemos que, aún después de muerta su memoria desate pasiones; que haya disputas ideológicas entre quienes quieren poner su nombre a una calle en Gijón y quienes no dudan en recurrir a los tribunales para que tal cosa no suceda; que algunos guarden objetos personales suyos como si fueran reliquias… Pero esto de andar realizando donaciones a estas alturas de su muerte sólo sería creíble para quienes guardaran en su casa una de aquellas hojas volanderas que afirmaban, según se cuenta en La casa del diablo, que se había visto a doña Rosario volando «montada en los riñones de un gran demonio de color verde».

Los lectores de El Motín no eran, a pesar de lo que hubieran llegado a pensar las autoridades eclesiásticas, dóciles siervos del mal que creían a pies juntillas todo lo que aparecía en las diabólicas páginas del semanario, y el señor Nakens se vio en la obligación de aclarar el asunto en el número siguiente:

«Se me pregunta cómo, habiendo muerto aquella gran mujer llamada doña Rosario de Acuña, figura la primera con 25 pesetas en la lista publicada en el número anterior de amigos que envían cantidades para ayudar a EL MOTÍN.

Voy a explicarlo por complacer a su heredero don Carlos Lamo, que las envió en la siguiente carta:

Mi querido don José:

Cuatro palabras, porque hace un frío muy grande y se me hielan las manos al escribir. Ahí van las 25 pesetas que doña Rosario le manda por la acción que le pedí de la editorial y que nadie me aceptó.

He vendido la biblioteca de doña Rosario, ¡calcule usted qué dolor!, y al recibir parte del importe le remito esos cinco duretes, que le ruego admita para ayuda de EL MOTÍN, pues no quiero ser de peor condición que los demás amigos de usted.

¡Ah! y conste en la lista que quien se las envía es doña Rosario; y nadie más que ella. No puede usted desairarla.

«Encontré tan delicada la proposición de Lamo, que prescindí de la incongruencia en que yo incurría al hacerme su cómplice fingiendo aceptar un obsequio de una muerta. No quise desaprovechar la ocasión de honrar nuevamente las columnas de EL MOTÍN estampando el nombre de aquella mujer inolvidable.»

No parece aventurado pensar que la carta de Carlo de Lamo, que explica lo sucedido en torno al donativo para El Motín, puede servirnos también para explicarnos la donación del verano anterior. No creo, sin embargo, que la misma pueda utilizarse para justificar la aparición en las páginas de El Noroeste correspondiente al primer día de noviembre de 1924 de estos versos que, bajo el título De ultratumba, aparecen firmados por Rosario de Acuña:

¡Ay! hermanitos, hermanos del alma,

no hagáis de comparsa

en tan triste farsa;

sed más bien faros de amor infinito

que alumbre el camino de tanto hermanito.

Negamos a Dios si creemos la muerte;

tened siempre en cuenta que no hay nada inerte.

Adiós hermanitos, la muerte no existe,

no hagáis de comparsas en farsa tan triste.

42. Un paso adelante: Proyecto Ensayo Hispánico

Si, como se dice en el prólogo de este blog o bitácora, a finales de los sesenta del pasado siglo pocos eran los que podían decir cosa alguna de Rosario de Acuña y Villanueva, ahora podemos afirmar que, gracias al trabajo de unos cuantos (Patricio Adúriz, Javier Ramos, Amaro del Rosal, Mauro Muñiz, Sara Suárez Solís, Luciano Castañón, José Bolado, Pedro Álvarez Lázaro, José Ramón Saíz Viadero, Matilde Camús, Daniel Palacio, María del Carmen Simón Palmer, Elvira María Pérez-Manso, María Teresa Álvarez, María de los Ángeles Ayala, María José Lacalzada, Íñigo Sánchez Lama, Christine Arkinstall, Luis Roda, Antonio Pineda Cachero, Aquilino González Neira, Marta Fernández Morales, Esther Zaplana o Macrino Fernández Riera, autor de estas líneas, de cuyos trabajos se da cuenta en la bibliografía) las cosas han empezado a cambiar y la vida y obra de doña Rosario empieza a ser conocida, como lo prueban los centenares de visitas que cada mes recibe tanto la página «Rosario de Acuña. Vida y obra» como este mismo blog.

Pero el proceso de divulgación de la vida y obra de la ilustre pensadora no se termina aquí. En el día de hoy se da un paso adelante con su incorporación al Proyecto Ensayo Hispánico, ambiciosa y estimulante iniciativa puesta en marcha en 1997 por José Luis Gómez Martínez, profesor emérito de Ensayo Hispánico en el Departamento de Lenguas Románicas en la Universidad de Georgia, con el objetivo de difundir la cultura hispánica.

Desde este momento la entrada Acuña y Villanueva, Rosario de comparte espacio con destacados ensayistas hispánicos de la talla de José Martí, Ortega y Gasset, Octavio Paz, Simón Bolivar o Emilio Castelar.

41. El catedrático de instituto y la servidumbre

A finales del XVIII había en el país quienes albergaban la esperanza de situar a España en la senda del progreso por la cual transitaban las naciones más avanzadas de Europa. Los había incluso que pretendían desamortizar la tierra que estaba en manos muertas, fuera del mercado, aduciendo que el principal capital de la nación estaba en poder de la Iglesia y la nobleza, tenedores éstos a los que les faltaría la iniciativa y el empuje necesarios para obtener el rendimiento que sería deseable.

La tierra, la posesión y explotación de la tierra, se va a convertir en uno de los elementos fundamentales en la larga disputa que los liberales entablan durante buena parte del XIX con los sectores más tradicionalistas en su afán de introducir reformas en la estructura económica del país. Las diferencias entre unos y otros se irán acrecentando a medida que la población se va haciendo cada vez más urbana y sean más aquellos que deciden guardar los usos y costumbres de su pasado rural en el baúl de la nostalgia.

La sociedad del Antiguo Régimen es mayoritariamente agraria y las relaciones que se establecen entre sus miembros están condicionadas tanto por la naturaleza de las actividades agrícolas como por el régimen de propiedad de la tierra. Es en este contexto en el que se desarrollan las relaciones de servidumbre, de hondas raíces históricas, y sin las cuales las relaciones humanas en la vida rural no tendrían adecuada explicación. La existencia de criados en el campo, mayoritaria en buena parte de las tierras de España durante el siglo XIX, se mantendrá en mayo o menor medida hasta épocas relativamente recientes, por más que la progresiva urbanización de la sociedad española posibilite la paulatina la aparición de nuevas miradas sobre la tradicional relación amo-criado.

Las cosas van a ir cambiando poco a poco como bien podemos comprobar rastreando los escritos de doña Rosario (véase, por ejemplo, «La servidumbre», El Cantábrico, Santander, 30-6-1902 y 7-7-1902). Nuestra protagonista pasó largos periodos de su infancia, «rodeada por buena porción de criados», en la casa solariega que su abuelo paterno tenía en Jaén. Creció teniendo por natural aquella relación, «siendo el señor moralmente amo y padre a la vez, y siendo el servidor criado e hijo al mismo tiempo»:

«…el servidor era un ser de imprescindible necesidad en todo hogar medianamente digno, y confieso que, durante largo tiempo, no imaginaba que la familia, o el individuo, pudiera existir, en sociedad, sin criados»

Pensando así, no resulta extraño que cuando decide instalarse en una casa de campo en Pinto se hiciese con los servicios de Gabriel y su familia, criados que estuvieron a su servicio cerca de diez años. Claro está que las relaciones entre la propietaria de la casa y la servidumbre no eran ya las del tiempo de su abuelo. Por más que doña Rosario se empeñase en basarlas en la lealtad y la protección, sus criados cobraban en dinero los servicios prestados y si, como sucedió, atisbaban que éstos podían llegar a escasear no tenían reparo alguno en buscar mejores pagadores. Y así pasó para lamento de la señora:

…después de sacar de la miseria y de la ignorancia a una familia entera, después de tenerla 9 ó 10 años en mi casa, procurándola un capitalito para desempeñar sus fincas, y hacerse de otras nuevas, así que, por golpes ajenos, mi fortuna empezó a deshacerse, toda la familia buscó otro sol de más calor monetario, yéndose la hija de ama de cura y los padres a ser pequeños usureros en su tierra.

Las cosas han cambiado, ciertamente. ¡Qué tiempos aquellos en que uno era siervo hasta la muerte y el señor te protegía a ti y a los tuyos! Puesta a comparar el comportamiento de los criados de su abuelo con el que con ella han tenido Gabriel y familia, no puede menos que recordar el encuentro que tuvo cierto mes de noviembre cuando, viajando por las estepas centrales con prisa por llegar a Madrid, decide hacer noche en una posada de una ciudad castellana. A la mañana siguiente, dispuesta ya para emprender el viaje de vuelta, se le presentó un caballero que decía conocerla:

Entonces me entregó una tarjeta en la cual, debajo de su nombre, leí: «Catedrático del Instituto» Aquel caballero, cuyas manos estrecharon las mías con verdadera efusión, aquella noble persona, aquel intelectual doctorado, era nieto de la nodriza que crió a mi padre. ¡Con que placer, con qué alegría acepté la hospitalidad que, en nombre de los suyos, venía a ofrecerme, pues había sabido casualmente de mi paso por la ciudad: olvidé la prisa que llevaba; olvide el invierno que se echaba encima, y fuime a su hogar: ¡Con qué emoción tan honda y tan sentida, traspasé los umbrales de aquella honrada casa donde la abundancia y la inteligencia reinaban, y donde se me recibió con lágrimas en los ojos, no menos sentidas al hablar de los beneficios que le debían a mi noble padre, que agradecidas por mi parte al encontrar entre ellos, con la comunidad de ideas y de opiniones, la atmósfera de respeto y de amor de las antiguas servidumbres, acabadas para siempre en los tiempos modernos…!

A pesar de la satisfación que le produjo aquel encuentro, ese tipo de servidumbre, establecido sobre un «contrato mutuo de amor y respeto entre amo y criado» ha pasado a mejor vida por el empuje de los tiempos. El amo ha pasado a ser jefe o patrón y el criado se convierte en trabajador asalariado. Ante el nuevo rumbo que toman las cosas, Rosario de Acuña modifica la perspectiva que de la servidumbre había mantenido desde su juventud: «El criado no debe existir, luego es preciso que no exista»

La casa, sin los quehaceres que el lujo y las inutilidades suntuarias proporciona; la casa, sin más estancias que la del trabajo en común y las del reposo; la casa, con el agua dentro, o a la puerta, la luz por los alambres, el calor por las tuberías, el mercado por el automovilismo; la casa, con las máquinas de lavar y coser, el huerto al lado, el corral inmediato, el palomar en lo alto, las colmenas junto al jardín… la casa así, puede llevarse (simbólicamente hablando) entre los brazos femeninos de la familia, y si hay pocos brazos en ella, o están cansados porque los años pesan sobre los hombros, busquemos el jornal, bien remunerado, con todas las prerrogativas que la evolución social lo va entregando, y, sino basta el jornal, organicemos el consorcio de las familias similares que se presten ayuda mutua en ciertos trabajos, primer jalón para la nueva organización de la humanidad, que vuelve ya el rostro hasta esa ley fraternal cuya base no es el cielo sino la tierra: busquemos quien parta con nosotros, trabajos y productos, pero jamás, ¡jamás! volvamos el rostro hacia las servidumbres, reflejo sombrío de la esclavitud, en las cuales acumulado y esenciado el odio y la venganza de sufrimientos seculares, se amasa una atmósfera de contrariedades y disgustos continuos, que envenenan y enlodan nuestros hogares. Reconozcamos, en los que ayuden nuestro esfuerzo individual, los mismos derechos a la misma vida que tenemos nosotros, y así es que aún ha de tardar en realizarse este abrazo fraternal que los hombres se den a través de las clases, procuremos que aquellos que, por jornal, nos ayudan, nos vean superiores y autoritarios, no por la soberbia, ni por la vanidad; no por la holgazanería, el capital, la alcurnia, o el saber, sino por la paciencia, por la bondad y por la ternura.

Definitivamente, los tiempos en los que un catedrático de instituto agradecía a la nieta del antiguo señor los beneficios recibidos habían pasado a mejor vida, eran fruto de otro tiempo.