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32. De la copla a la ópera

No hace falta rebuscar mucho entre sus escritos para poder afirmar que a Rosario de Acuña le encataba la música, se deleitaba oyendo cantar a otros y disfrutaba cantando las coplas que ella misma creaba sobre la marcha, mientras atendía a sus animales o arreglaba la casa:

Los cantares que yo canto

todos se los lleva el viento…

son mariposas del alma

cuyo jardín es el cielo.

El gusto por la música le viene de la infancia, pues sabemos que don Felipe de Acuña y Doña María de los Dolores Villanueva contaban con un palco familiar en el teatro Real, privilegiado lugar desde el que la joven Rosario disfrutaría de las mejores óperas que se estrenaron en la capital, escuchando a algunos de los más prestigiosos cantantes de la época como, por ejemplo, la malograda contralto Elena Sanz o Enrico Tamberlick, afamado tenor a quien nuestra poeta dedicaría en 1879 un soneto («Quiso bajar del cielo la armonía/ y al llegar a la tierra cual señora/ como don de su mano encantadora/ le otorgó al ruiseñor la melodía/…»). Pero no sólo fue en el selecto escenario madrileño donde la señorita de Acuña aprendió a amar la música, también lo hizo en el campo, en la serranía jienense, escuchando a los hijos del pueblo cómo arrancan del alma amores y penares a poco que empiece a sonar una guitarra:

Estoy llorando tu ausencia

porque murió mi esperanza;

lágrimas, tened paciencia

que el tiempo todo lo alcanza.

También allí, en la serranía, la música entusiasma a una joven que, quizás por estar medio ciega buena parte del tiempo, no pierde detalle de todo cuanto pasa a su alrededor y así nos lo cuenta en« Correspondencia de Andalucía»:

La copla se la llevan las auras, y los acordes melodiosos, breves y ligeros vuelven a enturbiar los ecos perdidos de la noche; de las chozas vecinas sale alguan serrana atrída por el sonido de aquella voz: «Perico, canta», le dice a su compañera que también la escucha. «Vamos a que nos eche un fandango» «Madre grite usted a la María que se venga a bailar que nos vamos a la casa del tío Vicente». Pocos momentos después algunas parejas se mueven lánguidamente en torno al apagado hogar del cantador, o bajo el oscuro azul del firmamento. Perico ha entonado y los dos o tres del pueblo han acudido para bailar con las que pronto serán sus compañeras…

Entre óperas del Real y cantes de la serranía el gusto por la música arraigó profundamente en nuestra protagonista, que no desperdició ocasión para ponerlo de manifiesto (sirva el ejemplo de Rienzi el tribuno, su primer drama, escrito coincidiendo con la presentación en Madrid de la ópera de Wagner), por más que -salvo excepciones- no hiciera públicas las coplas que inventaba para acompañar sus quehaceres:

Péinate siempre de espaldas

al espejo de tu cuarto;

que seas bonita o fea

lo mejor es olvidarlo.

Contamos, sin embargo, con varios artículos suyos que tienen por protagonistas a músicos españoles del momento:

Rafael Ducassi» (El Liberal, Madrid, 10-4-1881), donde se deshace en elogios hacia un niño violinista que conoció durante su estancia en Zaragoza:

Rafael Ducassi y su violín fueron una sola personalidad, y sentado delante de un espejo para ver en sus ojos el fuego de la inspiración, se pasó horas enteras creando armonías desconocidas, acordes ideales; el niño no sabía otra música que la que llevaba en su alma y en vez de repetir, creaba.

Jiménez Manjón» (El Imparcial, Madrid, 7-1-1889), loa al genial guitarrista a quien su ceguera no impidió que alcanzara renombre, tanto en España como en el extranjero, como compositor e instrumentista:

¡La guitarra! ¿Es la guitarra lo que toca el señor Manjón o es el arpa de acentos suaves, delicados y flexibles? Seguimos oyendo, y aún se nos figura el arpa instrumento tosco para emitir las dulcísimas modulaciones que aquella guitarra emite. ¿Es el armonium, es el violín, es la cítara?… ¡Oh, no, es Jiménez Manjón tocando la guitarra!

El barítono Servando Bango, protagonista de su artículo «Servando Bango en El Cervigón»:

La canción terminó. «¡Bravo! ¡Bravo!», gritaba yo desde lo alto de la escalera aplaudiendo furiosamente, aun a trueque de romperme la crisma. No sabía a quién aplaudía, pero sabía que aquella voz que subía de los rocosos acantilados, era lo más hermosamente soberbio que había oído en mi vida (y he oído a todos los grandes cantantes de un cuarto de siglo) …

No sólo los músicos son protagonistas de sus escritos, también lo son los instrumentos. Véase sino este canto a la guitarra que realiza a propósito del elogioso comentario sobre el arte de Jiménez Manjón:

Esa caja hueca, cruzada por flexibles cordones de piel y de metal, que casi todos los hijos del pueblo español tienen en sus hogares, unas veces para cantar sus alegrías, otras para entretener sus pesares, es la guitarra que hemos oído cien veces con más o menos fe y sentimiento tocada, pero siempre cerdeando en sus cantos con un chirrido de cuerdas arrastradas sobre sus trastes; es la guitarra, en algunas pocas manos tonando sentida, melancólica, dulce y sencillamente, y en muchísimas manos, en la mayoría de ellas, gritando estridente con rascaduras terribles emitiendo voces destempladas de vieja gruñona o de chiquillo rabioso; es la guitarra española que marca el tan, tan a la triste copla del mozo caído soldado en la quinta; es la guitarra española que diluye en una cadencia monótona el ardiente suspiro de la cantaora flamenca, la copla picaresca del alcalde de monterilla y el improvisado estribillo del rondador de doncellas en las aldehuelas de Aragón.

La música en los escenarios y la música en las serranías. Mujer con gran capacidad de observación, Rosario de Acuña se ha dado cuenta que la música tiene gran importancia para la mayoría de sus convecinos: dolor, ilusión, amor, esperanza… añoranza. Hasta tal punto lo comprende, que sabe cómo se siente el joven emigrante que desde Cuba hace llegar a sus padres estas palabras: «… y por Dios, padre, que no tarden en mandarme la gaita que les pedí. Háceme mucha falta la gaita»; hasta tal punto lo sabe que, siendo conocedora que los padres del joven no pueden hacer frente a semejante desembolso, no duda en comprar una y mandársela al joven:

Un hábil tañedor vino a probarla y desde el cerro que, como atalaya desafiadora del océano sirve de cimiento a mi casa, partieron las dulces melodías de una tonada astur, cuyos ecosmorían entre los rompientes del mar, coreados por los ásperos y bravíos gritos de las gaviotas… «La gaita emigrante»,  Asturias, La Habana, 8-4-1917)

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