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Archive for 25 diciembre 2009

35. El impulso que vino de México

En un acto oficial celebrado a finales del pasado mes de octubre, el Partido Socialista Obrero Español rehabilitaba a varias decenas de militantes que habían sido expulsados en 1946 por sumisión a la Unión Soviética durante la Guerra Civil. Al informar de la noticia los titulares de los periódicos destacaban entre los rehabilitados al presidente Juan Negrín, pero en la lista también había otros militantes que ocuparon otros cargos de responsabilidad. Uno de ellos fue Amaro del Rosal Díaz (Gijón, 1904- Madrid, 1991), secretario adjunto de la UGT y director general de la Caja de Reparaciones durante la Guerra Civil (véase el artículo de Félix Población: Amaro del Rosal, rehabilitado). Fue también un entusiasta defensor de doña Rosario de Acuña y Villanueva, a quien comparaba con Flora Tristán.

Hace unos días, un familiar suyo me comentaba que llevaba tiempo interesado por nuestra protagonista, quizás desde que a los quince años supiera de su existencia por boca del propio Amaro del Rosal. No es de extrañar: el entusiasmo se contagia. Y el de don Amaro por la figura de Rosario de Acuña está fuera de toda duda.

Desde la lejanía, desde su exilio mexicano, utilizando la correspondencia como instrumento principal y gracias a varios colaboradores que le auxilian desde España, va reuniendo la mayor cantidad posible de material relacionado con la escritora con la finalidad de «sacarla del olvido y darla a conocer a la juventud de hoy que tanto necesita de un ideario de libertad, de justicia y de humanismo, que son las tres palabras a las que Rosario de Acuña dedicó su vida…».

A finales de los sesenta, las pesquisas conducen a los investigadores hasta Aquilina Rodríguez Arbesú, una superviviente de los años difíciles que en su juventud había conocido a la escritora, de la cual conserva algunos valiosos recuerdos. Tras el hallazgo, un ilusionado Amaro del Rosal le comunica al escritor gijonés Luciano Castañón, uno de sus colaboradores en España, las gestiones que ha realizado al respecto:

Estuve ausente de México una pequeña temporada y esto hizo que retrasara mi contestación a sus cartas relacionadas con Rosario de Acuña. Para su información debo decirle que un colaborador en Madrid y otro en Barcelona, trabajan en la búsqueda de algunas de las obras de Rosario de Acuña siguiendo el guión biográfico que le adjunto… Sin embargo es obvio que donde se encuentran los mejores materiales es en Gijón, muy especialmente aquellos que puedan tener un carácter inédito, como sucede con el proyecto de testamento que usted logró. Con esta fecha estamos escribiendo a la señora Aquilina Rodríguez, de acuerdo con sus indicaciones. Le adjunto copia de la carta. Sería muy importante que usted pudiera obtener los documentos que posee doña Aquilina…

Así fue. Aquilina Rodríguez Arbesú le facilitó a Luciano Castañón fotos, escritos, (incluso un mechón de cabello), recortes de periódicos y el proyecto de testamento ológrafo al que se refería Amaro del Rosal en su carta. Gracias a esta mujer la neblina que ocultaba el testimonio de Rosario de Acuña empezó a levantarse. Los documentos que atesoró durante tanto tiempo sirvieron de base al reportaje de Patricio Aduriz titulado «Rosario Acuña», que el diario gijonés El Comercio publicó en cinco entregas en la primavera de 1969; y sirvieron también para documentar el de Javier Ramos «Rosario de Acuña: una mujer que se adelantó a su época», publicado por Asturias Semanal en octubre de 1973.

El libro proyectado por Amaro del Rosal -para el que contaba incluso con un prólogo escrito por Clementina B. de Bassols- no llegó a publicarse, pero no cabe duda que el impulso que él imprimió a la investigación, el impulso que vino de México, nos facilitó el camino a los que, años más tarde, nos dispusimos a continuar la tarea emprendida.

34. Pidiendo por las calles de Pinto

El 16 de junio de 1885 la Gaceta de Madrid publica una Real Orden en la cual se reconoce oficialmente la existencia de una epidemia de cólera en algunas provincias españolas:

«Siendo por desgracia un hecho cierto y oficial la aparición del cólera morbo asiático en las provincias de Valencia, Castellón, Murcia y en la capital del Reino, aunque en ésta todavía, por fortuna, en proporciones que permiten albergar la fundada esperanza de impedir su desarrollo, si el celo y las medidas higiénicas adoptadas por las autoridades son vigorosamente secundadas por el vecindario…»

Parece ser que fue en la tierra murciana donde la epidemia causó mayores estragos a juzgar por el elevado número de defunciones, los aislamientos, las partidas de auxilio para los damnificados, las visitas de los ministros… La prensa se hace eco, un día sí y otro también, de la incesante lista de bajas que el mal endémico va amontonando a la vista de todos.

Como otros muchos compatriotas, Rosario de Acuña y Villanueva se muestra conmovida ante el dolor que sufren los afectados por este mal endémico:

«Es llegado el momento. Sobre los horizontes de nuestra patria se alza fatídicamente el espectro del cólera. Fuera dudas ni subterfugios: hay que mirarlo cara a cara, tal como se apareció en los años 1865 y 66, con sus palideces de cera y sus ojos vidriosos…» (Vivir para los demás, 5-7-1885)

Ni corta ni perezosa, el jueves 2 de julio de 1885 Rosario de Acuña y Villanueva se echa a las calles de la villa de Pinto, localidad en la que había fijado su residencia cuatro años atrás, para animar a sus convecinos a que colaboraran en la suscripción abierta por Las Dominicales del Libre Pensamiento para socorrer a quienes en Murcia sufrían los zarpazos del cólera.

¡Cuánto ha cambiado su vida en pocos años! Años atrás, cuando las inundaciones de 1879 (vivía por entonces en Zaragoza, era una conocida dramaturga, estaba casada con un joven militar…); cuando el 15 de octubre de 1879, en la llamada “riada de Santa Teresa”, la mitad de la provincia murciana perdió su cosecha, a Rosario de Acuña, conmovida por la desgracia de los huertanos, sólo se le ocurrió echar mano de su pluma y escribir una poesía: Una limosna para Murcia. Ahora, librepensadora confesa y a pocos meses de convertirse en masona, busca aliados entre sus convecinos y se dedica a pedir de casa en casa para conseguir dinero con que socorrer a los desafortunados.

Había tomado la decisión días antes: «…adiviné que a mi lado había un pueblo que sabía conmoverse, y aunque lo desconocía en absoluto, pues ni siquiera por sus calles había transitado, armada de mi presentimiento; y buscando en mi memoria los nombres de unos cuantos amigos, a quienes siempre encontré cuando los he necesitado, puse en ejecución mi idea…»

Tres días después, el domingo 5 de julio, la primera página de Las Dominicales recoge la lista de donantes encabezada con las cincuenta pesetas de Rosario de Acuña y las diez de su madre: doña Bernardina Martínez (5), Gabriel Martínez (2), Tomás Pareja (5); Federico Rubín de Celis; Juliana López José Lozano (2´50), Abdón Sangrador (2), Ramón Herreros (5), Julián Ortíz de Lanzagorta (5), Compañía Colonial (50)… En total: fueron ciento veintitrés las personas que decidieron atender la petición de doña Rosario. Hubo quien no se conformó con poner unas pesetas y decidió ir más lejos:

«El Sr. D. Francisco Illescas y Baquerizo, comerciante en comestibles en esta localidad, estaba en mi casa para hacerme la siguiente petición: Deseo que, por medio de los Sres. Chíes y Demófilo, se recoja una niña de 9 ó 10 años que haya quedado huérfana y sin familia, perteneciente a la clase del pueblo, pero que sea hija de personas honradas y de buenas costumbres, y mi mujer y yo, toda vez que no tenemos hijos, la aprohijaremos con todas las formalidades que mande la ley.»

Entusiasmada por la respuesta de sus convecinos, no puede menos de coger la pluma a las dos de la mañana, (hora inusual para ella que solía acostarse a poco de oscurecer), para pregonar a los cuatro vientos la buena nueva:

«¡Loor a Pinto! Lo confieso; jamás puede creer que de tal manera se fundieran a una sola voz los sentimientos del católico fervoroso, del pensador libre, del indiferente escéptico; sí; no hay que hacer distinciones, todos han entregado su moneda con el fervor de la caridad, ¡con el santo fervor del evangelio! que ve en los hombres que padecen a sus hermanos pobres o ricos, creyentes o escépticos, buenos o malos; todos se han apresurado a socorrer, sin preguntar siquiera muchos de ellos para quién era el socorro, algunos sin querer saberlo cuando se les iba a decir, bastándoles solo el saber que era para los desgraciados»

La carta, dirigida a Ramón Chíes y Demófilo, directores de Las Dominicales, fue publicada íntegramente en primera página: el escrito destila satisfacción, agradecimiento y esperanza.

«¡Loor a Pinto!»

33. «Está la pluma tan cargada de dolor…»

Tras muchos años de participar en la vida de El Noroeste, Rosario de Acuña debió de sentir como algo propio y cercano el periódico gijonés que durante tantos años difundió su pensamiento por toda Asturias, pues además de colaborar con sus escritos, mantuvo relaciones de amistad con algunos de sus periodistas. El joven redactor José Díaz Fernández nos da cuenta en un artículo publicado en 1924, de las charlas que mantenía con la escritora algunas tardes que acudía a visitarla. De Asturias, de poesía, de sus viajes por España y Portugal, de literatura rusa, de cine: «¡El cine! ¡Qué barbaridad! –decía indignada doña Rosario. Ahí no puede haber poesía sino inmoralidad y folletín. Yo nunca estuve». Antonio López Oliveros, quien fuera su director durante diecisiete años, de 1917 a 1934, también nos dejó escrito acerca de las conversaciones que mantenía de vez en cuando con la escritora. En una de ellas, ocurrida en 1917, ésta le anima a que acepte la dirección del periódico que por entonces le habían propuesto: «Uno de esos días Rosario de Acuña y Villanueva, a la que yo visitaba con frecuencia en su refugio de El Cervigón (Gijón) me compelió en nombre del liberalismo español a que aceptase la dirección de El Noroeste, en el que ella vertía muy a menudo las nobles estridencias de su espíritu revolucionario indomable»

No es de extrañar, por tanto, que el periódico quisiera tributar un homenaje a quien fuera durante catorce años fuera una de sus más ilustres colaboradoras. He aquí un fragmento de la despedida publicada a toda plana en la edición del 8 de mayo de 1923:

Está la pluma tan cargada de dolor, que no sabemos cómo empezar estas líneas amargas. Hubiéramos preferido un patético silencio, una grave y excepcional intimidad con nosotros mismos, para expresar hoy sin este torpe y defectuoso procedimiento de la palabra, todo el tumulto de nuestra emoción. El alma humana precisa a veces recogerse en sus propias sombras, en ese oscuro y triste recinto donde se desarrollan las tormentas sentimentales para encontrar válvulas a su angustia. Nosotros hubiéramos preferido callar y meditar, sentirnos más cerca de D.ª Rosario de Acuña, ahora que D.ª Rosario de Acuña no puede enardecernos con su palabra, ni hacernos partícipes de aquella conmovedora vehemencia que denunciaba su espíritu superior. Nosotros quisiéramos callar y pensar y sufrir por ella, por la mujer que ha muerto bajo el peso de la gloria, que, no otra cosa es la ancianidad, cuando la ancianidad significa epílogo y consecuencia de una vida ejemplar dirigida por el pensamiento.

Pero hay que escribir y apresar en conceptos ese dolor íntimo, hay que escribir, aunque no sea más que por imitarla a ella, que escribió siempre, en sus momentos más duros, cuando tenía el corazón partido por la tristeza, y la vida le clavaba la garra inexorable de sus desgracias. Hay que escribir por ella, que tenía la pluma de acero, rígida, inquebrantable y poderosa para ponerla siempre al servicio del bien, de la belleza y la bondad; hay que escribir pensando en su pluma, que se mojó en todas las rebeldías y se mojó en todas las ternuras, y fue constantemente honda para arrojar ideas, arado para abrir surcos en los páramos del fanatismo y la ignorancia, escudo para los débiles y los oprimidos, llama deslumbrante de pasión generosa y de inquietudes renovadoras. Hay que escribir, y, si es posible, escribir con llanto, diluir en lágrimas el sentimiento que culmine en nosotros ante la desaparición corpórea de la mujer inmortal que amó y luchó hasta el fin como una Elegida.

Hemos dicho inmortal, y así está señalada doña Rosario de Acuña. Su figura física, insignificante, pequeña, suave y ligera como la de una niña, parecía haber sido escogida por la naturaleza para contrastar con aquella alma grandiosa, fuerte y excelsa de mujer histórica. Era como si ella constituyese por sí sola ejemplo vivo de su doctrina, como si ella, espiritualista y esencial, pregonase la mezquindad de la materia bajo la influencia solemne y vigorosa del espíritu.

El cuerpo pequeño y nervioso, polen de energías, fuente de idealidad, centro de ternura, irradiación sensible de ideas y emociones, poder creador de Arte, ha desaparecido. Eso es lo que lloramos todos. La mujer genial que lo amó todo, la vida consagrada a la lucha austera y al sacrificio pródigo, la urna de toda emoción perdurable, la amiga rebelde que soñaba con un régimen de justicia, la compañera que nos infundía valor, constancia y persuasión. Eso fue lo que se desvaneció, porque era vital y, por lo tanto, efímero y mortal. Pero, en cambio, su espíritu perdura por sí mismo, inflamado de inmortalidad. El secreto de la vida no está precisamente en conservar el equilibrio orgánico; está en ofrecer posteriormente, cuando ese equilibrio se pierda, una perpetua vida. El ser humano tiene un sentido superior cuando deja una herencia indestructible como fruto de una vida noble y fecunda. Y he aquí como D.ª Rosario, que desparramó su espíritu sobre los demás en sus siete decenios de existencia, continuará viviendo en sus obras, fecundará aún las almas de las generaciones venideras, porque la semilla ideal de la inteligencia, según el tiempo pasa fructifica mejor. La Historia hará justicia a esta mujer indomable, que fue combatida sañuda y violentamente por la reacción, que tuvo el desdén por los poderosos y el amor por los humildes, que vivió pobre, ultrajada y casi olvidada en su siglo, después de haber combatido bravamente contra el oscurantismo y la intolerancia y librado las más rudas batallas ideológicas.

¿Quién no habría de amarla después de oírla, después de saber de su vida abnegada y pura? Habiéndose hallado constantemente en el tumulto social, seguía siendo femenina, dulce y soñadora. Seguía siendo mujer. El paralelo de su vida pública y de su vida íntima basta para hacer su elogio. Perteneciente a una distinguida familia madrileña, casada con un hombre también de rancia estirpe, su cerebro y su temperamento la llevaron a actuar intensamente en su época…

32. De la copla a la ópera

No hace falta rebuscar mucho entre sus escritos para poder afirmar que a Rosario de Acuña le encataba la música, se deleitaba oyendo cantar a otros y disfrutaba cantando las coplas que ella misma creaba sobre la marcha, mientras atendía a sus animales o arreglaba la casa:

Los cantares que yo canto

todos se los lleva el viento…

son mariposas del alma

cuyo jardín es el cielo.

El gusto por la música le viene de la infancia, pues sabemos que don Felipe de Acuña y Doña María de los Dolores Villanueva contaban con un palco familiar en el teatro Real, privilegiado lugar desde el que la joven Rosario disfrutaría de las mejores óperas que se estrenaron en la capital, escuchando a algunos de los más prestigiosos cantantes de la época como, por ejemplo, la malograda contralto Elena Sanz o Enrico Tamberlick, afamado tenor a quien nuestra poeta dedicaría en 1879 un soneto («Quiso bajar del cielo la armonía/ y al llegar a la tierra cual señora/ como don de su mano encantadora/ le otorgó al ruiseñor la melodía/…»). Pero no sólo fue en el selecto escenario madrileño donde la señorita de Acuña aprendió a amar la música, también lo hizo en el campo, en la serranía jienense, escuchando a los hijos del pueblo cómo arrancan del alma amores y penares a poco que empiece a sonar una guitarra:

Estoy llorando tu ausencia

porque murió mi esperanza;

lágrimas, tened paciencia

que el tiempo todo lo alcanza.

También allí, en la serranía, la música entusiasma a una joven que, quizás por estar medio ciega buena parte del tiempo, no pierde detalle de todo cuanto pasa a su alrededor y así nos lo cuenta en« Correspondencia de Andalucía»:

La copla se la llevan las auras, y los acordes melodiosos, breves y ligeros vuelven a enturbiar los ecos perdidos de la noche; de las chozas vecinas sale alguan serrana atrída por el sonido de aquella voz: «Perico, canta», le dice a su compañera que también la escucha. «Vamos a que nos eche un fandango» «Madre grite usted a la María que se venga a bailar que nos vamos a la casa del tío Vicente». Pocos momentos después algunas parejas se mueven lánguidamente en torno al apagado hogar del cantador, o bajo el oscuro azul del firmamento. Perico ha entonado y los dos o tres del pueblo han acudido para bailar con las que pronto serán sus compañeras…

Entre óperas del Real y cantes de la serranía el gusto por la música arraigó profundamente en nuestra protagonista, que no desperdició ocasión para ponerlo de manifiesto (sirva el ejemplo de Rienzi el tribuno, su primer drama, escrito coincidiendo con la presentación en Madrid de la ópera de Wagner), por más que -salvo excepciones- no hiciera públicas las coplas que inventaba para acompañar sus quehaceres:

Péinate siempre de espaldas

al espejo de tu cuarto;

que seas bonita o fea

lo mejor es olvidarlo.

Contamos, sin embargo, con varios artículos suyos que tienen por protagonistas a músicos españoles del momento:

Rafael Ducassi» (El Liberal, Madrid, 10-4-1881), donde se deshace en elogios hacia un niño violinista que conoció durante su estancia en Zaragoza:

Rafael Ducassi y su violín fueron una sola personalidad, y sentado delante de un espejo para ver en sus ojos el fuego de la inspiración, se pasó horas enteras creando armonías desconocidas, acordes ideales; el niño no sabía otra música que la que llevaba en su alma y en vez de repetir, creaba.

Jiménez Manjón» (El Imparcial, Madrid, 7-1-1889), loa al genial guitarrista a quien su ceguera no impidió que alcanzara renombre, tanto en España como en el extranjero, como compositor e instrumentista:

¡La guitarra! ¿Es la guitarra lo que toca el señor Manjón o es el arpa de acentos suaves, delicados y flexibles? Seguimos oyendo, y aún se nos figura el arpa instrumento tosco para emitir las dulcísimas modulaciones que aquella guitarra emite. ¿Es el armonium, es el violín, es la cítara?… ¡Oh, no, es Jiménez Manjón tocando la guitarra!

El barítono Servando Bango, protagonista de su artículo «Servando Bango en El Cervigón»:

La canción terminó. «¡Bravo! ¡Bravo!», gritaba yo desde lo alto de la escalera aplaudiendo furiosamente, aun a trueque de romperme la crisma. No sabía a quién aplaudía, pero sabía que aquella voz que subía de los rocosos acantilados, era lo más hermosamente soberbio que había oído en mi vida (y he oído a todos los grandes cantantes de un cuarto de siglo) …

No sólo los músicos son protagonistas de sus escritos, también lo son los instrumentos. Véase sino este canto a la guitarra que realiza a propósito del elogioso comentario sobre el arte de Jiménez Manjón:

Esa caja hueca, cruzada por flexibles cordones de piel y de metal, que casi todos los hijos del pueblo español tienen en sus hogares, unas veces para cantar sus alegrías, otras para entretener sus pesares, es la guitarra que hemos oído cien veces con más o menos fe y sentimiento tocada, pero siempre cerdeando en sus cantos con un chirrido de cuerdas arrastradas sobre sus trastes; es la guitarra, en algunas pocas manos tonando sentida, melancólica, dulce y sencillamente, y en muchísimas manos, en la mayoría de ellas, gritando estridente con rascaduras terribles emitiendo voces destempladas de vieja gruñona o de chiquillo rabioso; es la guitarra española que marca el tan, tan a la triste copla del mozo caído soldado en la quinta; es la guitarra española que diluye en una cadencia monótona el ardiente suspiro de la cantaora flamenca, la copla picaresca del alcalde de monterilla y el improvisado estribillo del rondador de doncellas en las aldehuelas de Aragón.

La música en los escenarios y la música en las serranías. Mujer con gran capacidad de observación, Rosario de Acuña se ha dado cuenta que la música tiene gran importancia para la mayoría de sus convecinos: dolor, ilusión, amor, esperanza… añoranza. Hasta tal punto lo comprende, que sabe cómo se siente el joven emigrante que desde Cuba hace llegar a sus padres estas palabras: «… y por Dios, padre, que no tarden en mandarme la gaita que les pedí. Háceme mucha falta la gaita»; hasta tal punto lo sabe que, siendo conocedora que los padres del joven no pueden hacer frente a semejante desembolso, no duda en comprar una y mandársela al joven:

Un hábil tañedor vino a probarla y desde el cerro que, como atalaya desafiadora del océano sirve de cimiento a mi casa, partieron las dulces melodías de una tonada astur, cuyos ecosmorían entre los rompientes del mar, coreados por los ásperos y bravíos gritos de las gaviotas… «La gaita emigrante»,  Asturias, La Habana, 8-4-1917)