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24. Para los asturianos de La Habana

Cierto día encontré en la Biblioteca Asturias, más conocida como Biblioteca del Padre Patac, tres hojas fotocopiadas de un artículo titulado Recuerdos de una excursión que estaba firmado por Rosario de Acuña. La referencia del mismo señalaba que se había publicado en 1917 en la revista Asturias. Como quiera que al final de la segunda entrega apareciera entre paréntesis la expresión «Continuará», era obligado iniciar las pertinentes pesquisas para dar con los nuevos textos que allí se anunciaban.

Para empezar había que identificar aquella publicación, dato imprescindible para localizar el ejemplar que faltaba. Pronto obtuve la respuesta apetecida: se trataba del semanario gráfico que con ese título editó el Centro Asturiano de La Habana entre 1914 y 1922.

El siguiente paso fue algo más complicado, pero, al fin, terminé por encontrar cierta biblioteca en la que se conservaba una colección de la revista. A poco de comenzar a hojear el tomo correspondiente a 1917 me encontré con Las brisas, un soneto publicado en la edición correspondiente al primero de abril. En el número siguiente, el suelto siguiente:

«Doña Rosario de Acuña es desde hoy colaborador de ASTURIAS. En otro lugar de este mismo número se inserta un trabajo, por su factura y concepción artística, digno del talento de la ilustre escritora española, para la que recientemente pedía El País, de Madrid, un puesto en la Academia de la lengua. [Véase la opinión de la escritora al respecto en ¡Yo, en la Academia!]

La insigne compatriota siente en asturiano y quiere a nuestra provincia con cariño de idólatra, habiendo elegido para su residencia, desde hace años, un soberbio punto de la costa gijonesa, El Cervigón, atalaya del mar y de la villa en la que doña Rosario, voluntariamente alejada de los círculos literarios, brinda a su ancianidad gloriosa, verdadero vivir de égloga.

La saludamos con respeto y cariño. Todo lo merece por sus virtudes y por su saber: es sabia y buena. ASTURIAS, que seguirá publicando trabajos de la insigne compatriota, se honra y enorgullece con su colaboración.»

En efecto, en otro lugar del número correspondiente al 8 de abril de 1917 se publicaba el artículo La gaita emigrante, en el cual doña Rosario alababa, una vez más, las bondades de su tierra adoptiva, la que eligió para fijar en ella su definitiva residencia. Quince días después, El arroyuelo, un soneto que había escrito en el año 1908 y que, curiosamente, aparecía tras un artículo firmado por Manuel Álvarez Marrón, autor de aquel otro titulado La casa del diablo, en el cual su ahora compañera de página era tildada de bruja (cosas de la vida: ahora eran ambos colaboradores de la misma revista); en el número siguiente, otro soneto: Al Sol… Animado por estos hallazgos seguí pasando las hojas, con más avidez si cabe, a la espera de encontrar su firma tras un nuevo escrito. Pero, desilusionado y un tanto sorprendido, llegué al final del tomo sin encontrar lo que buscaba. Tomé el siguiente, ya de 1918, esperando que hubiera una confusión y que el escrito fuera de ese año, y tampoco: ni un solo escrito, ni artículo ni soneto, ni siquiera una mención. ¡Nada! No queriéndome dar por vencido («Tenía que estar allí, yo tenía las fotocopias», me dije) cogí todos los volúmenes disponibles -desde el primer número hasta el último, ya de finales de 1918- y, con paciencia, revisé página a página sin hallar lo que buscaba.

Al final, di con la explicación a aquel misterio: faltaban varios ejemplares editados en el verano de 1917, los comprendidos entre el 10 de junio y el 19 de agosto. No se había equivocado, no, don José María Patac de las Traviesas: el artículo había sido publicado en 1917, en una fecha comprendida, casi con total seguridad, en el periodo citado.

En cuanto a la brevedad de la colaboración de Rosario de Acuña en la revista Asturias, no me resultaba nada extraño: tras los sobresaltos que padeció en agosto (recordemos que su casa de El Cervigón fue registrada a fondo en dos ocasiones diferentes coincidiendo con la huelga general que tuvo lugar por entonces), nuestra protagonista decidió retirarse de la primera línea de batalla, reduciendo al mínimo sus colaboraciones periodísticas.

Así pues, a falta de nuevos hallazgos, los lectores de la revista que el Centro Asturiano de La Habana publicaba cada semana recibieron tan solo unas bocanadas que, aunque escasas, estaban henchidas de amor, del amor que doña Rosario sentía por la tierra que ellos tanto añoraban.

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