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Archive for 25 noviembre 2009

31. Tres mujeres a las puertas de la Academia

La Real Academia Española se fundó en 1713 con la misión de «fijar las voces y vocablos de la lengua castellana en su mayor propiedad, elegancia y pureza», tarea que durante 266 años estuvo reservada exclusivamente a los hombres: hubo que esperar hasta 1979 para escuchar a Carmen Conde Abellán pronunciar el discurso de entrada que la convertiría en la primera académica de número, la primera mujer en la vetusta institución. La de doña Carmen no fue la única candidatura con nombre de mujer que a lo largo de la historia de la docta corporación se debatió en la tribuna pública. Hubo, al menos, otras tres que, con mayor o menor insistencia, se sometieron a la consideración de los académicos: Gertrudis Gómez de Avellaneda, Emilia Pardo-Bazán de la Rúa y Rosario de Acuña y Villanueva.

Primera tentativa. Cuando en 1852 muere el académico Juan Nicasio Gallego, Gertrudis Gómez de Avellaneda (Puerto Príncipe, Cuba, 1814- Madrid, 1873) cree llegado el momento de presentar su candidatura al sillón que ha quedado vacante. Méritos no le faltan, pues lleva casi veinte años contando con el favor de quienes leen sus versos y novelas y de los que aplauden sus románticos dramas (Leoncia, 1840; Alfonso Munio, 1844; El príncipe de Viana, 1844…); tras el éxito cosechado por su drama Recaredo estrenado en el teatro Español (convirtiéndose en la primera mujer que alcanza tal honor; la segunda será Rosario de Acuña), otros cinco dramas (Glorias de España, La verdad vence apariencias, Errores del corazón, El donativo del diablo, La hija de las flores) aguardan el momento de encontrarse con el público a lo largo de 1852, el año de su candidatura.

Con este brillante expediente literario como principal argumento, Gertrudis pone en marcha su campaña. Según nos cuenta Carmen Bravo-Villasante «La Avellanada escribe cartas, solicita el puesto y organiza la defensa de su candidatura, aduciendo todas las razones poderosas que puede esgrimir quien de veras se cree con merecimiento para ocupar el sillón académico» (Una vida romántica: la Avellaneda, 1986). Su esfuerzo es en vano: su condición de mujer, que no su talento, resultó un obstáculo infranqueable según el testimonio de uno de los académicos que defendieron su candidatura:

Muy señora mía y de todo mi aprecio: Debo a usted contestación a sus dos últimas. No la di antes porque esperé el resultado de nuestra sesión de la Academia, creyendo indudablemente sería otro del que ha sido. El señor Duque de Rivas, Pacheco, Apecechea y yo hicimos lo que pudimos. Nos derribó la mayoría. En mi juicio, casi todos valíamos menos que usted; pero, sin embargo, por la cuestión del sexo (y el talento no debe tenerlo), los partidarios de usted sufrimos todos la pena de no contarla a usted, por ahora, entre nuestros académicos, y para nadie es mayor esa pena que para su apasionado servidor q.s.p.b., El marqués de la Pezuela. Madrid, 12 de febrero de 1853.

Segunda tentativa. En 1889 el nombre de Emilia Pardo-Bazán de la Rúa (La Coruña, 1851- Madrid, 1921) suena entre los candidatos para ocupar un puesto en la Academia. A sus treinta y ocho años, cuenta con una gran reputación como novelista gracias al éxito alcanzado por alguna de sus obras como La tribuna (1883) o Los pazos de Ulloa (1886).

Las circunstancias son ahora bien diferentes. Si a mediados de siglo la candidatura de Gertrudis fue tema que ocupó a un reducido grupo de españoles, los cuales se dedicaron a maniobrar en un sentido o en otro en los cenáculos madrileños, la posible presencia de una mujer en la Academia adquiere a finales de los ochenta mayor trascendencia social al contar con el auxilio de la prensa, que utiliza el caso de la española de Cuba para abrir el debate sobre los méritos de la española de Galicia. Además, la de doña Emilia no es la única candidatura que se baraja, pues también se habla de la de Concepción Arenal para la Academia de Ciencias Morales y Políticas, y la de la duquesa de Alba para la de Historia. Evidentemente, lo que está en el fondo del debate es si las mujeres pueden ser académicas. Pardo-Bazán no rehúye la discusión y en La cuestión académica, artículos a modo de cartas dirigidas a la ya fallecida Gertrudis, en donde:

a) Proclama que el rechazo de la candidatura de Gertrudis obedeció a su condición de mujer, no a escasez de méritos.

b) Repasa las reconocidas cualidades de otras españolas a lo largo de la historia.

c) Señala que mientras en las redacciones y entre los lectores progresa la idea de que en la Academia deben entrar quienes mayores méritos posean con independencia de su sexo, el número de académicos favorables a la entrada de mujeres ha disminuido en relación a los que debatieron el asunto en los cincuenta.

d) Manifiesta que tiene conciencia de su derecho «a no ser excluida de una distinción literaria como mujer»

A pesar de los argumentos de Pardo-Bazán y de que las circunstancias parecían haber cambiado, el resultado es tan negativo como medio siglo atrás: las puertas de la Academia siguen cerradas para las mujeres. Dos años después, en una carta dirigida a Rafael Altamira, doña Emilia da por cerrado el tema en cuanto afecta a su persona; se rinde en lo que a ella respecta, pero se muestra partidaria de continuar la lucha para derribar las barreras que impiden el paso de las mujeres a las academias, razón por la cual avala la candidatura de Concepción Arenal para la de Ciencias Morales y Políticas.

Tercera tentativa. El 26 de enero de 1917 El Liberal, de Madrid, pone en marcha una curiosa iniciativa: elegir mediante plebiscito popular los miembros de la Academia, para lo cual invita a sus lectores a enviar a la redacción del periódico «la lista de los 36 escritores, oradores, poetas, dramaturgos y eruditos que, a su entender, deberían formar la Academia Española». Al día siguiente Roberto Castrovido, director de El País, hace pública su lista de académicos en la cual figuran los nombres de cuatro mujeres: Emilia Pardo-Bazán, Blanca de los Ríos («erudito de primer orden, ilustrador de la vida de Tirso de Molina»), Sofía Casanova («literata y, sobre todo, periodista de mérito extraordinario») y Rosario de Acuña y Villanueva («poetisa, autora de dramas y escritora de grandes bríos, algo parecido a D. Joaquín Costa, nada menos»).

La propuesta de Castrovido es apoyada, en lo que toca a doña Rosario, por Ramón Sánchez de Ocaña, director por entonces del diario gijonés El Noroeste. Un día después, la candidata hace pública su posición al respecto, que en nada se parece, por cierto, a la mantenida años atrás tanto por Gertrudis Gómez de Avellaneda como por Emilia Pardo-Bazán. El título ya nos da una pista acerca del tono empleado por doña Rosario: ¡Yo, en la Academia!

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Categorías:Literatura

30. El cerebro de la mujer

A mediados del siglo XIX las mujeres españolas saben que el hombre ostenta la hegemonía y que ellas tienen asignado un papel secundario en la sociedad, por mucho que quien riga los destinos del país sea una mujer o que los poetas engalanen a sus madres, amantes o esposas con guirnaldas de coloristas palabras. Mientras los hombres tienen reservado para sí el espacio público, la vida social, el mundo de los negocios y la política; a la mujer le corresponde el espacio doméstico, el cuidado del hogar, la atención de los padres, de los hijos y del esposo. No es otro el destino que le aguarda a Rosario de Acuña y Villanueva cuando el viernes 1 de noviembre de 1850 ve las primeras luces de la vida.

La firma, meses después de su nacimiento, del Concordato entre Su Santidad el Sumo Pontífice Pío IX y Su Majestad Católica Doña Isabel II Reina de las Españas elevará a categoría de ley la interpretación bíblica acerca de la diferenciación de roles entre hombre y mujer, de la que puede ser buen ejemplo este fragmento:

La mujer déjese instruir en silencio con toda sumisión. No tolero que la mujer enseñe, ni que se tome autoridad sobre el marido, sino que ha de mantenerse tranquila. Pues Adán fue formado el primero, luego Eva. Y no fue Adán quien se dejó engañar, sino Eva, que, seducida, incurrió en la transgresión. Se salvará, sin embargo, por la maternidad, si persevera con sabiduría en la fe, la caridad y la santidad (I Timoteo, 2, 11-15).

No obstante, hombres habrá que no se sentirán cómodos teniendo la Biblia como único argumento para justificar sus privilegios. Su mente, abierta e ilustrada, necesita argumentos científicos que vengan a probar la supremacía intelectual del hombre. De ahí que no duden en echar mano de los estudios que había realizado el doctor Franz Joseph Gall (1758-1828) que se había dedicado a estudiar la conformación externa del cráneo y las posibles relaciones que ésta pudiera tener en la configuración de las zonas cerebrales y en los procesos mentales por ellas regulados. Una de las conclusiones recogidas en su obra Recherches sur le système nerveux en général, et sur celui du cerveau en particulier (París, 1809), era que el cerebro de la mujer estaba menos desarrollado en su parte antero-posterior que el de su compañero de especie, razón por la cual sus facultades intelectuales eran, por naturaleza, inferiores a las de los hombres.

¿Qué más se podía pedir? La Frenología, la razón científica, daba carta de naturaleza a la situación. El hecho de que no hubiera mujeres en la vida pública obedecía simple y llanamente a que su cerebro estaba menos desarrollado que el del hombre, como bien probaban los voluminosos tratados del doctor Gall.

Frente a la verdad científica, que da carta de naturaleza a la Verdad religiosa, escasas son las mujeres que en España se atreven públicamente a plantear objeciones a la comúnmente aceptada inferioridad de la mujer con respecto al hombre. Ahí están los ejemplos de Inés Joyes y Blake y de Josefa Amar y Borbón, a finales del XVIII; o los de Carolina Coronado y Concepción Arenal en la segunda mitad del XIX.

Rosario de Acuña y Villanueva, que tuvo la suerte de contar con una inusual formación en todo lo relacionado con las Ciencias Naturales, dedicó un tiempo a estudiar los argumentos frenológicos: en una carta publicada el 5 de octubre de 1886 en el diario madrileño El Resumen afirma disponer en su biblioteca de varias obras especializadas sobre la materia, «aumentadas con las que va produciendo la ciencia europea en este género de conocimientos». Se dedica a estudiar los argumentos frenológicos y todo lo que sobre ellos se dice en Europa y lo hace con la finalidad «de hacer el estudio comparativo entre el hombre y la mujer y como uno de los elementos primordiales para testificar mi razón cuando del asunto se trate en límites extensos».

Analizados los argumentos del doctor Gall, no tardan en salir de su pluma respuestas contundentes. Así en Algo sobre la mujer, publicado en 1881 señala:

…no se me venga con la fisiología a probar que nuestro cerebro, en cantidad y calidad es inferior al del hombre e igual casi al del hotentote, último ser de la escala racional, el más inmediato al cuadrumano, porque a esto respondo yo que órgano que no se utiliza concluye por atrofiarse, y que si desde nuestras más remotas abuelitas se vino relegándonos al pasivo papel de los irracionales, nada tiene de extraño que las nietas de tantas generaciones de necias tengan en su masa encefálica una infinitesimal cantidad de sustancia gris y un escasísimo volumen de cerebelo.

No puede rebatir, carece de datos para ello, que el cerebro de la mujer sea más pequeño que el del hombre y echa mano de la postergación ancestral de la mujer: es pequeño porque no ha podido desarrollarlo. Argumento que vuelve a utilizar en la conferencia Consecuencias de la degeneración femenina que pronuncia en el mes de abril de 1888 en la sede de la sociedad Fomento de las Artes de Madrid:

¡Justicia es lo que necesitamos, no galantería! Que la mujer tenga conciencia de sí misma; hacedla inteligente. Para que tenga inteligencia desarrollad su organismo con elementos iguales que aquellos que rigen la educación del varón; para atraer sobre ella estos elementos y no chocar de frente con las corrientes enervadoras que nos rodean, fundad el hogar campestre donde llevéis a reposar a la familia en largas temporadas; el hogar en el seno de la naturaleza en donde luz, aire, sol, espacio, ejercicio, meditación, sencillez y libertad se aúnan sobre la mujer predisponiéndola a saber pensar; el primer fundamento de todas las humanas dignidades.

«Insuficiencia por medios, no inferioridad por origen; he aquí todo»

Categorías:Educación, Feminismo

29. Manuscritos a precio de oro

Cierto día, de esto hace ya varios años, cuando paseaba por la Red en busca de alguna pista que iluminara mi investigación, me encontré de pronto con la noticia de que se subastaban unos manuscritos inéditos de Rosario de Acuña. Podéis imaginar… Inmediatamente me puse manos a la obra. Tras enterarme de los requisitos y de las normas de participación, pujé con tiento y esperé. Unos días después me enteré de la buena nueva: era yo el afortunado. Los responsables de la página me facilitaron el correo electrónico de quien tenía en su poder los ansiados manuscritos: Mire, que he participado en la subasta, que me la han adjudicado, que me han dado su dirección para realizar la transacción…

Sospechaba que lo que me iba a encontrar no sería nada extraordinario pues el lote había salido sin precio, pero, fuera lo que fuera, quizás un soneto o, tal vez, una firma, tendría para mí un gran valor. En esas estaba cuando me llegó el jarro de agua fría en forma de respuesta: Que había sido un error, que no me lo podía enviar por ese precio, que el precio de salida era de… 100.000 euros (¡¡¡ CIEN MIL EUROS!!!).

Me decían que por ese dinero podía hacerme con un diario que había pertenecido a una mujer llamada María Pedraza en el cual figuraban trece textos escritos por diferentes personas , entre los que se encontraban los dos firmados por doña Rosario: una oda dedicada al actor Rafael Calvo ( representó el papel de Rienzi en el estreno de la obra) y «una carta de desamor» titulada Adónde me arrastras. Y todo ello por 100.000 euros.

Como es de suponer, el asunto no prosperó y me tuve que conformar con seguir los pasos de estos manuscritos que por un error fueron durante un instante míos. Su precio fue bajando a medida que pasaba el tiempo y no aparecía comprador dispuesto a pagar lo que por ellos pedían. Los vi a 60. 000, a 20. 000 y, ya en el verano de 2007, a 6.000 euros. Todavía no hace mucho que los volví a ver a ese precio.

No fueron los únicos manuscritos que encontré. En el verano de 2005 di con un anuncio de venta de «Cinco sonetos, autógrafos e inéditos, de la insigne poetisa y feminista Rosario de Acuña». Para mayor información se precisaba que llevan los siguientes títulos: Al doctor Albitos, Sombra, Miedo, Luz y A la ciencia; y que estaban dedicados al doctor Santiago Albitos, el oftalmólogo que en 1885 devolvió la luz a sus lacerados ojos. Su precio: 5000 euros.

¡Quién se lo hubiera dicho a doña Rosario de Acuña y Villanueva! Sus odas a 50.000 euros cada una y los sonetos a 1.000. ¡Quién se la habría de decir! Ella que tantos sonetos escribió; ella que tantas penurias hubo de soportar en los últimos años de su vida, tantas que cuando en 1920 recibió el Premio Ayuso, dotado con mil pesetas (poco menos del importe de su pensión anual de viudedad) vio el cielo abierto, pues con aquel dinero pudo rescatar algunas alhajas empeñadas, pagar los reditos de la hipoteca de la casa en la que vivía y saldar algunas deudas que había contraido por la compra de algunos comestibles, tal y como le cuenta en una agradecida carta que por entonces le envía a José Nakens.

En fin, estimado lector, no sé si con el tiempo llegaremos a disfrutar con la lectura de esos manuscritos que la ley del mercado ha convertido en innacesibles, al menos para la mayoría. De todas formas no está de más que, visto el precio que ha llegado a alcanzar el verso de tan insigne poeta, mostremos nuestra satisfacción por el tesoro nada desdeñable que se cobija en Rosario de Acuña. Vida y Obra, donde, gracias al esfuerzo colectivo de quienes hemos ido reuniendo una parte importante de los escritos de nuestra protagonista, las personas interesadas pueden consultarlas libremente.

Nota.- Permitidme un último comentario antes de finalizar. Como ya quedó escrito en otro lugar, no sé si en Rosario de Acuña. Vida y Obra o en este blog, los escritos que aparecen en la página son únicamente aquellos de los que dispongo copia obtenida del original publicado por doña Rosario (ya sea libro, periódico o revista). Si alguien dispone de otros que aquí no se han publicado y tiene a bien enviarme la copia, (también de la publicación original, por favor, no de la reproducción aparecida en un libro o en la web), gustosamente los publicaría en la página, citando, claro está, la procedencia. Igual trato solicito para el caso de que alguien utilice material publicado en estos dos espacios web que intento mantener actualizados: no está de más, elemental norma de cortesía, citar el lugar dónde se han obtenido. Estaréis conmigo que resulta bastante ingrato comprobar, como a mí me ha sucedio, que un artículo tuyo aparezca firmado con el nombre de otra persona.

Categorías:Literatura, Tras su rastro

28. «Nuestras plegarias», por Fernando Dicenta

El domingo 6 de mayo de 1923 muchos fueron los gijoneses que, a pesar de la persistente lluvia, decidieron dar su último adiós a Rosario de Acuña y Villanueva. Hasta El Cervigón, donde estaba situada la que había sido su casa durante los últimos años. Así lo contó El Noroeste en su edición del martes 8:

«numerosos elementos obreros, representaciones de sociedades y entidades democráticas y muchas personas, en fin, de todas las condiciones sociales […] Familias de labradores que vivían en aquellos contornos y que sentían gran admiración y cariño por la ilustre escritora por conocer de cerca su bondad sin límites y sus costumbres ejemplares se mostraban apenadísimos.

[…]

El cadáver, encerrado en un modestísimo féretro con arreglo a las disposiciones testamentarias, fue sacado a hombros de obreros, que se disputaban este honroso tributo. La carroza fúnebre, también modestísima, resultó innecesaria porque el pueblo, las gentes humildes que viven del trabajo y a las que dedicó doña Rosario el fruto de su talento y el tesoro de su innata bondad, se apoderaron del querido despojo encerrado en aquel modesto féretro y quisieron rendirle el último homenaje de su gratitud.

[…]

El cortejo fúnebre desfiló por las calles de la ciudad seguido de una imponente manifestación.»
Fernando Dicenta fue uno de los que acompañaron a Rosario de Acuña hasta el cementerio civil de Gijón, tal y como él mismo contó en un artículo titulado Nuestras plegarias que fue publicado unas semanas más tarde.

Nuestras plegarias

«Indagué entre aquellos millares de rostros que formaban aquel duelo insólito y no puede encontrar una huella de dolor, un rostro de lágrimas, ni un movimiento de labios musitando una plegaria». (Fray Adaneto en La semana parroquial)

Tiene razón fray Adaneto. Los que acompañábamos el cadáver de nuestra Rosario de Acuña al cementerio civil no llevábamos entre los labios el susurrar inquietante de una plegaria religiosa.
Había en esa multitud, del trabajo y de la idea, algo más hondo y más humano, siquiera porque es más real: un dolor.

Yo, preciándome de más agudo observador que el cronista católico, sé que el dolor, cuando lleva en sí una verdadera fuerza de sentimiento, es egoísta en su personal manifestación, repudiando todo acompañamiento de gala, más aún si estas galas encierran únicamente una ficción no sentida.

¡Plegaria…! ¿Para qué y por qué? No necesita indulgencias quien de una manera heroica, guiada en la acción por un noble puritanismo de amor hacia el prójimo, sacrificó su gloria, su fortuna y su egoísmo de tranquilidad, en aras de un mundo de redención.

Bondad, cariño y fe fueron en todo momento los conductores lazarillos de la vida de Rosario de Acuña. Quien tales divisas ostentó exenta está siempre de toda falta.

La plegaria es súplica, imploración de perdones. Si como asegura la práctica católica, un tribunal beligerante enjuicia los actos de la vida, esté tranquilo fray Adaneto que el alma de la que se fue lleva ligada a ella suficiente inocencia de pecado para no sentarse en el banquillo de los acusados.
Santas hay sobre altares veneradas a quienes los mismos manuscritos católicos acusan implacables de graves faltas y, sin embargo, fueron suntuosamente canonizadas.

No obstante, cuantos en días pasados rendimos un último y mezquino tributo a la hembra gloriosa que cubrió de enseñanzas, atenuándola, la ideal incultura ajena durante los penosos días de su existencia, llevábamos todos, no luciendo en los labios, sino ocultándola en nuestras almas, una oración, una plegaria; pero una oración y una plegaria exclusivamente nuestra.

Nuestro rezo, reverendo y consecuente fray Adaneto, es de entonación vibrante, de letanía estentórea, de versículos y mandamientos, a todos aires proclamados.

Al opuesto de los que el piadoso fray practica en el ambiente tristón y lleno de penumbras de su celda, nosotros los recitamos puestos siempre nuestros ojos, pletóricos de esperanza, en una aurora, toda llena de irradiaciones de luz.

Nuestros credos están formados de excesivas tristezas de esclavitud sufridas y reclaman demasiada claridad para musitarlos, bajo las tenebrosidades de noche de las naves de la iglesia; perfumes de primavera que renacen con elevado olor de vida anestesian nuestros sentidos huyendo de la enervación malsana del incienso; arpegios de cantos de lucha y de guerra repudian por baldíos el vibrar amargo y prolongado de los órganos; cantos de rebeldía acallan en nuestros oídos, sobreponiéndose a ellos, las voces lentas de los cantos litúrgicos.

Oramos en pie, erguidas las frentes, extendidos los brazos en continua predisposición de ayuda, no implorando en actitud doblegada con el rostro bajo por la culpa y las manos entrelazadas a fuerza y fuerza de resignación.

No pedimos perdón para nuestras culpas, exigimos justicia ante los procedimientos de esta sociedad culpable, hasta la misma desaprensión e ignorancia de sus más inhumanos crímenes.
Miramos al más allá volviendo la espalda al pasado. No agradecemos el sacrificio otorgado hacia la redención ajena porque está en nuestras convicciones cincelado reciamente como ley.

Enemigos de resucitar, en imágenes, los mártires de nuestra religión, cuando la muerte, regando sus vidas, los engrandece, no apelamos a visiones de figuras para con su continua contemplación avivar el recuerdo débil en sus raigambres.

Esparcemos la semilla sin preocuparnos del fruto, seguros de su floración, ciertos de que la siembra es buena y el grano de la simiente rebosante de savia.

Estas son nuestras plegarias, éstas y no otras son las que adornaban nuestras almas al disputarnos, con cariño, con admiración y con agradecimiento, el cuerpo sin vida de nuestra Rosario de Acuña.

El Noroeste, Gijón, 31-5-1923

27. Una heterodoxa en la España del Concordato

El martes día 3 de noviembre a las 19´30 horas se celebrará en el Centro de Cultura Antiguo Instituto de Gijón (calle Jovellanos, 21) la presentación del libro Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato, publicado por Zahorí Ediciones.

FERNÁNDEZ RIERA, Macrino: Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato. Zahorí Ediciones, Asturias: 2009 – ISBN: 978-84-937459-1-2 – Medidas: 23 x 15 – Páginas: 484- P.V.P.: 25 €

ÍNDICE

Introducción
1. Españolita que vienes al mundo te guarde Dios…
2. Literatura y propaganda
3. Esposa te doy, que no esclava
4. Del crecimiento de las ciudades y el alejamiento de la Naturaleza
5. Santa corona de domésticas virtudes
6. Amor a la patria
7. Católicos, librepensadores y masones
8. El campo de confrontación

9. …una de las dos Españas ha de helarte el corazón

INTRODUCCIÓN

I

El primer día de noviembre del año 1850 ve por primera vez la luz Rosario de Acuña y Villanueva, una nueva madrileña nacida en la acomodada posición que confiere el hecho de ser nieta de un eminente médico y naturalista, por parte materna, y de un hijo del X Señor de la Torre de Valenzuela, una de las ramas con las que la familia Acuña ejercía el señorío en buena parte de las tierras de Jaén, por la paterna. Su condición de hija única y de enferma precoz, pues desde muy niña padeció una afección ocular que le negaba la visión durante largos periodos de tiempo, le permitió seguir una educación muy personalizada, bastante diferente a la que por entonces recibían las niñas de su edad. Así, de la mano de su padre fue conociendo la historia y la literatura; de la de sus abuelos, las ciencias naturales; de su madre, el calor del hogar; y de la Naturaleza, todo lo demás. Fueron, en efecto, muchas las temporadas pasadas en las propiedades que poseía su abuelo en Jaén donde, cuando sus ojos se lo permitían, se dedicaba a contemplar el comportamiento de todos los seres, animales y racionales, que poblaban aquellas tierras; varios fueron los viajes que realizó, con sus padres primero y sola más tarde, por las tierras de España y por las de Francia e Italia. Todo ello completado con buenas lecturas, afamadas representaciones dramáticas y los mejores conciertos.

La única hija de aquella familia acomodada muestra pronto inquietudes literarias que la llevarán a publicar sus primeros poemas al poco de cumplir los veinte años. Estimulada por el cariñoso aliento de los más próximos y dado que parece que no se la da mal el arte de la rima, se atreve a acometer una obra de mayor complejidad: en 1875 se estrena su drama Rienzi el tribuno, que obtiene el aplauso del público, la aprobación de la crítica y los parabienes de renombrados escritores del momento, como Núñez de Arce, Campoamor, Alarcón, Echegaray y algunos otros integrantes del Parnaso nacional. No acaba ahí la cosa, pues alentada por las alabanzas recibidas, decide publicar Ecos del alma, un volumen con algunos de sus primeros poemas. Antes de terminar el año, próspero año, va a contraer matrimonio con un oficial del ejército. Aquella joven de buena cuna, que por entonces cuenta con veinticinco años de edad, parece que tiene por delante una vida llena de prometedoras venturas. Mas, poco tiempo después algo se tuerce en su camino: su matrimonio se rompe por causas que no conocemos del todo, aunque algunos achacan a la infidelidad del militar, y la joven escritora decide alejarse de la gran ciudad, a la que cree fuente de vanidades, envidias y futilidades insanas. Se instala en una quinta campestre situada en una pequeña población al sur de Madrid y allí, atendida por familiar servidumbre y rodeada de sus animales y plantas, medita, estudia y escribe. Poco tiempo después, recibe otro gran mazazo: la muerte de su querido padre. Han pasado apenas unos años desde el venturoso 1875, pero todo parece haber cambiado: su matrimonio se ha roto apenas iniciado y su amadísimo padre, todavía joven, se ha ido para siempre. Los que siguen son tiempos de hondas meditaciones y de sosegado disfrute de las bondades de la naturaleza cultivada en la que vive; de lecturas, reflexiones y entusiasmados artículos en los que cuenta a sus lectoras las bondades de la vida en el campo, lejos de la enfermiza ciudad. Así las cosas, tras meses de profundas meditaciones, decide hacer pública su voluntad de adherirse a las huestes que defienden la causa del librepensamiento; y así lo hace saber por medio de una carta que se publica en la primera página del semanario Las Dominicales del Libre Pensamiento en el mes de diciembre de 1884. Apenas un año después, se celebra en Alicante la ceremonia ritual que la convierte en integrante de la Masonería.

Es consciente de que ha cruzado a la otra orilla y que el camino emprendido le podía arrostrar no solo el sarcasmo y la sátira, sino también la hostilidad de la gente de orden, de los que «tienen grandes influencias en mi patria». El asunto tampoco es que fuera baladí: la chica de los Acuña, aquella que tanto prometía como poeta y dramaturga; que ya había publicado varios poemarios (La vuelta de una golondrina, Ecos del alma, En las orillas del mar, Morirse a tiempo), tres dramas (Rienzi el tribuno, Amor a la patria y Tribunales de venganza), así como numerosos artículos en diversos periódicos y revistas del país, algunos de los cuales habían sido incluidos en sus libros Tiempo perdido y La Siesta; la que tan buena pareja hacía con el joven y encantador militar, convertido por entonces en un alto funcionario del Ministerio de Fomento; la que se había convertido en cuñada de un joven diputado que a su antigua amistad con Bécquer añadía ahora un prometedor futuro en el mundo de la política, a la sombra del mismísimo Romero Robledo; la sobrina del cesante gobernador civil de Castellón y de otros tíos que ocupaban altos cargos en las instituciones civiles y eclesiásticas… aquella jovencita se había hecho librepensadora y masona. ¡Por Dios!Desde ese momento, mediada la década de los ochenta del décimo noveno siglo y cuando ella camina hacia la segunda mitad de la treintena, su vida se desarrolla por entero al otro lado, en la primera línea de los que en aquel país, en el cual la jerarquía católica se encarga de velar por la pureza ideológica de la educación y por la moralidad de sus moradores, luchan en defensa de la libertad de pensar y de creer. Desde entonces, aplaudida por los suyos y vituperada por los otros, su pluma abandona los cómodos renglones que ha surcado hasta entonces para convertirse en eficaz instrumento de la buena nueva: la pictórica poeta y viril dramaturga se transforma en afanosa publicista. Militante convencida de la causa del librepensamiento, colaborará en cuantas publicaciones comprometidas con la nueva causa requirieran sus palabras, enviando todo tipo de escritos a cuantas asociaciones estuvieran empeñadas en romper el monopolio de la verdad institucionalizada, participando en cuantos actos se organicen para reclamar la entrada de luz, más luz, y aire renovado en el solar patrio.

El Padre Juan, su cuarto estreno teatral, refleja perfectamente la nueva situación, pues es un buen ejemplo del valor instrumental que por entonces asigna a su pluma. En esta obra pone sus ya contrastados conocimientos dramáticos al servicio de la causa que defiende, en apoyo de la libertad de pensamiento. Su voluntad propagandística se hace evidente en el mismo planteamiento maniqueo de la obra, al contraponer la juvenil voluntad regeneradora del librepensamiento con la envidia y el odio generados por años de dominio del viejo clericalismo, detentador del poder político e ideológico. El argumento del drama hace más fácil la transmisión de la idea: en una aldea situada en el rincón más recóndito de Asturias, Ramón de Monforte e Isabel de Morgoviejo deciden casarse civilmente y promover un ambicioso programa de reformas sociales en aquella pequeña comunidad que se halla controlada por el padre Juan. Las ideas de los jóvenes chocan con la insania de sus convecinos, corrompidos durante años por el perverso magisterio del párroco. El drama concluye con el asesinato de Ramón, que resulta ser hijo ilegítimo del sacerdote. Como puede deducirse de la trama aquí avanzada, se trata de una obra publicitaria que solo tiene sentido en el contexto de la batalla ideológica que en España se está dirimiendo por entonces, y que aun habrá de mantenerse durante varias décadas más. El efecto provocado por el estreno también debe explicarse en el mismo contexto de pugna ideológica: esta primera representación se convierte inopinadamente en la última, pues el gobernador civil, cediendo a las presiones recibidas esa misma noche, prohíbe que la obra continúe en cartel. La disputa ideológica continuará durante los días siguientes en la prensa. Rosario de Acuña debe de asumir a su costa las pérdidas económicas causadas por la suspensión, pues ella misma había emprendido aquel proyecto como empresaria, al no haber quien estuviera dispuesto a asumir el riesgo del estreno de tan polémica obra.

Estamos en 1891 y el camino que ha emprendido nuestra escritora unos años antes parece no tener retorno posible; antes bien, con el tiempo parece alejarse más y más de su orilla natal. Cada acción que emprende la involucra más en aquella pugna ideológica que parece no tener fin. Así las cosas, decide poner tierra de por medio, instalándose en una pequeña localidad de Cantabria, en la cual pondrá en marcha una modesta industria avícola y donde vivirá en compañía de un joven con el que permanecerá hasta su muerte. Lo dicho: librepensadora, masona, burguesa convertida en granjera… y ¡amancebada! Cada año que pasa está más lejos de lo que defienden quienes configuran lo que un día fue su grupo social, del cual solo recibe improperios y desprecios, cuando no agresiones y querellas. Por el contrario, las heridas de la batalla van forjando en ella un sentimiento de fraternal solidaridad con los que, como en su caso, se rebelan contra los convencionalismos y las injusticias de una sociedad instalada en la apariencia y la hipocresía.

En la última etapa de su vida, la que transcurre en Gijón desde 1909 hasta su muerte en 1923, su implicación en la defensa de los más desfavorecidos, se hace mucho más evidente, involucrándose activamente en diversas campañas destinadas a socorrer a los más débiles. La burguesa ilustrada, que defiende la libertad de pensamiento como un instrumento para luchar contra el clericalismo reinante y que ansía ver, tras la victoria sobre la ceguera y la cerrazón, cómo se inicia la regeneración de la savia putrefacta que alimenta la patria, parece tener muy presente que mientras esa victoria llega es preciso echar una mano a quienes son víctimas de tan injusta sociedad. Instalada en su apartada casa situada sobre un acantilado de la costa gijonesa, a pesar de los años de lucha que ya lleva a cuestas y de las heridas recibidas, aún habrá de enrolarse en nuevas refriegas, algunas cruentas, como aquella que, por defender el derecho de las mujeres a realizar estudios universitarios, la llevó a exiliarse en Portugal durante más de dos años: no basta con defender la libertad de pensamiento, es preciso involucrarse también en la lucha cotidiana, en el campo de las acciones, participando en manifestaciones por las calles gijonesas en apoyo a la Ley del Candado, asistiendo a los mítines de Melquíades Álvarez, líder del Partido Reformista, o al que se celebra en Madrid en 1917, en apoyo de los países aliados que combatían en la Primera Guerra Mundial. Se encuentra cómoda con la coalición entre reformistas y socialistas que preparó la huelga general de ese mismo año y que ella misma alentó, razón por la cual su casa fue objeto, en dos ocasiones diferentes, de un minucioso registro por las fuerzas policiales durante el verano. También estará al lado de los presos anarquistas acusados de atentar contra un miembro de la patronal, de los pescadores que, desasistidos de cualquier medida preventiva, ponen cada día en peligro su vida frente a los embates del bravío mar Cantábrico, de los humildes trabajadores que son tentados en el lecho mortal por la interesada caridad de quienes pretenden anotar en su cuenta la salvación de una nueva alma… No es de extrañar que el día de su entierro, al lado de republicanos, reformistas y masones, se arremolinaran ante su casa multitud de gijoneses, integrantes del pueblo llano, del que vive, como ella ha vivido en los últimos tiempos, del trabajo de sus manos, los cuales, agradecidos, transportaron a hombros su féretro durante varios kilómetros por las calles de la ciudad hasta depositarlo en el cementerio civil…

II

Procede decir ahora que el concordato al que se refiere el título de esta obra es el celebrado en el año 1851 entre Su Santidad el Sumo Pontífice Pío IX y Su Majestad Católica Doña Isabel II Reina de las Españas, un acuerdo que contribuirá a mejorar las deterioradas relaciones existentes entre los liberales y la jerarquía católica, enfrentados desde tiempo atrás acerca del papel que habría de desempeñar la Iglesia, defensora ardiente del Antiguo Régimen, en el nuevo orden institucional que se estaba configurando. En efecto, a raíz de la muerte de Fernando VII se había abierto una profunda brecha entre el clero y el nuevo poder político, que el proceso de desamortización de los bienes eclesiásticos puesto en marcha por los primeros gobiernos liberales no hizo más que agrandar. No obstante, a finales de la década siguiente la situación ha cambiado, pues la necesidad de legitimación de la monarquía isabelina frente a las pretensiones carlistas y el temor al contagio revolucionario que había conmocionado a las cortes europeas en 1848 propician cierto acercamiento entre las partes en litigio que dará como resultado la firma del Concordato, con lo cual la Iglesia española, a pesar de haber apoyado abiertamente a quienes seguían aferrándose a la tradición y el absolutismo, conseguirá poner un pie dentro del entramado instaurado por el nuevo Estado liberal, recuperando, en gran medida, su privilegiada situación anterior, lo cual le habrá de conferir, de nuevo, una creciente influencia social en la España decimonónica.

Sin embargo, no tardará en aflorar la semilla de la contradicción que se hallaba atollada en el articulado del acuerdo, cual es el reconocimiento del carácter hegemónico de la religión católica, apostólica y romana en un estado pretendidamente liberal. La confesionalidad de las instituciones casa bien en una sociedad teocrática, pero no soporta los nuevos aires que enaltecen la libertad individual. Una cosa va a ser, por tanto, el texto del Concordato y otra muy distinta la posición que adopten los españoles ante aquel extraño maridaje que configura un estado liberal, al tiempo que confesional: la gran mayoría de los católicos, a cuya cabeza se sitúa buena parte del clero rural, se opondrá tenazmente a todo cuanto proceda del maléfico liberalismo, acusado de errático por el propio Pío IX; por otra parte, no faltarán liberales que se obstinen en la defensa de los principios de libertad que les inspiran, postulando que todas las confesiones religiosas tengan cabida en el nuevo Estado, objetivo que al fin verán cumplido cuando el artículo 21 de la Constituciónde 1869 garantice la práctica de cualquier culto religioso.
La ruptura de la unidad religiosa de la Nación española va a movilizar a buena parte de la sociedad que se manifestará contra el precepto constitucional, intensificando el proceso de acercamiento entre los sectores confesionales y el ala conservadora del liberalismo que había auspiciado la firma del Concordato, lo cual favorecerá la aparición de un sustrato ideológico-estratégico que favorecerá el desarrollo de una mentalidad católico-conservadora en una parte importante de la población. Al mismo tiempo, como si de una necesidad ineludible se tratara, junto a ella se habrá de configurar otra, de tipo secularizador y progresista, opuesta por completo a aquella, que irá engrosando sus filas de adeptos con las sucesivas incorporaciones de todos cuantos se sienten al margen de la estructura social dominante. Ambas cosmovisiones, en una dinámica dialéctica imparable, llegarán a confrontar su tesis en todos los órdenes de la vida y con todos los medios a su alcance, incluida, andando el tiempo, la lucha armada. A un lado de la gruesa línea que el miedo de unos y la desesperación de otros terminará trazando entre los españoles, se habrán de situar quienes consideran que es imprescindible otorgar plenos poderes a la Iglesia dentro de la estructura del Estado para que ésta pueda ejercer el control de la moralidad colectiva y servir así de garante de la estabilidad social precisa para el crecimiento del nuevo orden burgués; en el otro convergerán todos los que se dan de bruces contra la poderosa alianza política-religiosa que está surgiendo y no encajan en aquella sociedad que sacraliza el orden y las buenas costumbres o, mejor dicho, su visión del orden y las buenas costumbres; allí estarán quienes profesan una religión distinta de la católica, los masones, los librepensadores, los anarquistas, los socialistas, los republicanos…

El acuerdo alcanzado con el Vaticano va a permitir que se pudieran restañar algunas de las heridas producidas en las relaciones Iglesia-Estado con ocasión de las medidas desamortizadoras tomadas en los años treinta por los primeros gobiernos liberales. La secular simbiosis establecida entre Monarquía e Iglesia, que tan buenos resultados deparó a ambas instituciones en el Antiguo Régimen, se vio entonces dañada por el entusiasmo doctrinario de algunos liberales progresistas que, aprovechando la existencia de una coyuntura favorable, se decidieron a promulgar una legislación desamortizadora que pretendía la puesta en circulación de una ingente cantidad de propiedades rurales y urbanas, las cuales, por hallarse en manos muertas, quedaban fuera del mercado y de las leyes que rigen el mismo. Los padres de aquella revolución liberal, que se abría paso lentamente al son de conspiraciones, motines y levantamientos, habían diagnosticado los males de la agricultura patria varias décadas atrás. Así, por ejemplo, El Informe sobre la Ley Agraria, que Jovellanos elaborara para la Sociedad Económica de Madrid en 1794, ya resaltaba que la carestía de los terrenos era uno de los principales “estorbos” que impedían el progreso de esta principal actividad económica. En su opinión, la causa primordial del elevado precio que alcanzan las propiedades es deudora de la escasez de oferta de las tierras de labor, consecuencia de “la enorme cantidad de ellas que está amortizada”, encadenada a la perpetua posesión de cuerpos y familias por efecto de las leyes que han venido favoreciendo la amortización, en un proceso de acumulación indefinida que excluye al resto de la población de la posibilidad de obtener las riquezas que su explotación racional depararía. Esta anómala situación merma la capacidad de crecimiento en el sector, por cuanto a los por entonces tenedores de las tierras les faltaría la iniciativa y el empuje necesarios para obtener el máximo rendimiento de aquellos capitales. En el citado Informe, Jovellanos, al analizar el papel que desempeñan en la economía nacional los bienes raíces en manos de la Iglesia, apunta una posible, aunque inesperable, solución: la enajenación voluntaria por parte del clero de tales bienes, con lo cual su producción pasaría a estar regulada por las leyes de eficiencia del mercado:

La Sociedad, Señor, penetrada de respeto y confianza en la sabiduría y virtud de nuestro clero, está tan lejos de temer que le sea repugnante la ley de amortización que, antes bien, cree que si su majestad se dignase de encargar a los reverendos prelados de las iglesias que promoviesen por sí mismos la enajenación de sus propiedades territoriales para volverlas a las manos del pueblo, bien fuese vendiéndolas y convirtiendo su producto en imposiciones de censos o en fondos públicos, o bien dándolas en foros o en enfiteusis perpetuos y libres de laumedio, correrían ansiosos a hacer este servicio a la patria con el mismo celo y generosidad con que la han socorrido siempre en todos sus apuros.

Como quiera que en los años siguientes, los reverendos prelados no promovieran por sí mismos la enajenación de las propiedades que se hallaban en sus manos, habrán de ser los diferentes gobiernos progresistas quienes tomen la iniciativa, poniendo en marcha a partir de 1834 un largo proceso de desamortización, el cual, fiel al proyecto liberal, pretende situar en el mercado la ingente riqueza agrícola del país que hasta entonces había estado insuficientemente aprovechada. En todo caso, la medida no obedece solo a un asunto de principios, de doctrina, sino que, como señala Germán Rueda (1986: 15), se justifica también por otras razones, de carácter más coyuntural tales como la necesidad de conseguir fondos para paliar el déficit del Estado, derivado, entre otras causas, de la guerra contra los partidarios del pretendiente Carlos María Isidro de Borbón; el deseo de crear una masa de propietarios defensores de la causa liberal; o el interés en aminorar la influencia social del clero, que en su mayoría defendía la causa carlista. Con estas motivaciones en mente, los progresistas inician el proceso con la incautación de los bienes de aquellos eclesiásticos que colaboran con los carlistas, así como de las casas de religiosos de las que hubiera constancia que hubiera huido alguno de sus moradores. Al siguiente año, se dictan diversos decretos por los que se suprimen determinadas órdenes o congregaciones poniendo sus bienes en venta. En 1837, siendo Juan Álvarez Mendizábal ministro de Hacienda, se amplían los bienes objeto de desamortización, alcanzando entonces a todas las propiedades en manos de cualquier organización eclesiástica.

A pesar de que en el pasado ya se habían tomado algunas medidas de este tipo, nunca antes habían alcanzado tal magnitud. El descalabro recibido es importante, en especial para las órdenes monásticas, que ven disminuir de manera significativa tanto el número de conventos como el de profesos, en mayor medida en el caso de las órdenes masculinas, pues las monjas, a pesar de las exclaustraciones, mantendrán la mayoría de los conventos. La incautación por parte del Estado de tan ingente cantidad de bienes acumulados por el clero durante siglos, provoca un evidente debilitamiento de la estructura eclesial que ve mermada tanto su fortaleza económica, como su influencia sobre el gran número de colonos que hasta entonces explotaban sus propiedades. Así las cosas, el recrudecimiento de la pugna entre la Iglesia española y los liberales parece inevitable. La jerarquía eclesiástica, que había defendido con ardor los postulados del absolutismo en tiempos de Fernando VII y que no duda en arremeter a la muerte del monarca contra las filas liberales, apoyando de manera decidida, al menos ideológicamente, a las huestes carlistas, pone en acción toda su capacidad de influencia contra sus adversarios, a quienes no duda en acusar de herejía y ateísmo.

No obstante, al tiempo que se mantiene esta mayoritaria actitud beligerante frente al régimen liberal, va a aparecer una corriente, desde luego con reducidos efectivos en un principio, que intentará tender puentes de acercamiento al liberalismo con el objetivo de hallar espacios de entendimiento que permitan atenuar el alcance de las nuevas medidas que los gobiernos pretendan poner en marcha en materia religiosa. La llegada al poder en 1844 de Narváez y sus seguidores, dando inicio a lo que se ha dado en llamar Década Moderada, dará alas a esta línea posibilista, de continua búsqueda de canales de entendimiento entre el poder político y religioso. Los moderados, que habían aceptado las medidas desamortizadoras tomadas por los liberales con poco entusiasmo, se mostraban más proclives a mejorar las relaciones con la Iglesia una vez que, tras el Acuerdo de Vergara, parecía que el nuevo régimen se iba consolidando. Y es que una cosa era defender al régimen liberal de los embates del clero más reaccionario, o la libre circulación de las propiedades amortizadas, o, incluso, la disminución del elevado número de clérigos que poblaban los numerosos conventos dispersos por el país, cuya existencia no se podía justificar por las necesidades del culto, y otra muy distinta mantener una posición de frontal enfrentamiento con la Iglesia, promoviendo la secularización de los cementerios, el establecimiento de una enseñanza laica o la eliminación de los presupuestos del reino de toda ayuda para el sostenimiento del culto.

Las buenas artes desarrolladas por aquellos grupos más proclives al acuerdo dieron su fruto en 1849, cuando se promulga una ley que autoriza al Gobierno para que «verifique el arreglo general del Clero y procure la solución de las cuestiones eclesiásticas pendientes», todo ello con acuerdo de la Santa Sede y conciliando las necesidades de la Iglesia y el Estado (1902: 3). La maquinaria diplomática se pone entonces en marcha con dos objetivos complementarios: por parte del Reino de España, conseguir el reconocimiento vaticano de la monarquía isabelina y, por consiguiente, la retirada del apoyo eclesiástico con que contaba el pretendiente carlista; por parte de la Santa Sede, la recuperación del poder económico y de la capacidad de influencia sobre la sociedad española. El principal escollo que encuentran los negociadores para alcanzar un acuerdo es, como no, la situación de las antiguas propiedades eclesiásticas. Al fin, tras meses de negociaciones, Juan Brunelli, Arzobispo de Tesalónica, y Manuel Bertrán de Lis, plenipotenciarios del Papa y de la Reina respectivamente, ponen su firma en Madrid al texto definitivo del acuerdo el 16 de marzo de 1851. Tras las preceptivas ratificaciones, el Concordato se convierte en Ley del Estado a raíz de su publicación en la Gaceta de Madrid el 19 de octubre de ese año. El articulado recoge los principales objetivos de ambas partes: la Santa Sede obtenía la devolución de los bienes que no habían sido vendidos a lo largo del proceso desamortizador, el control de la educación y el compromiso de que las arcas del Reino correrían con los gastos del culto. La Monarquía, por su parte, veía reconocida la legitimidad del nuevo Estado liberal a cuyo frente se encontraba la reina Isabel II, debilitándose de esta forma el apoyo con que había contado la causa del pretendiente carlista, al tiempo que ajustaba las viejas estructuras económicas y territoriales de la Iglesia del Antiguo Régimen a los nuevos postulados liberales.

El texto concordatario obliga a la Iglesia a una profunda reconversión, que se torna imprescindible para adaptarse a los nuevos tiempos: debe asumir una nueva estructura organizativa que, al tener tan solo en cuenta las necesidades del culto, supone la aceptación de la significativa reducción del número de monjes que había tenido lugar con ocasión de la aplicación de las medidas desamortizadoras; así como la perdida de sus anteriores facultades jurisdiccionales y recaudatorias, por cuanto desde ese mismo momento le es negada la posibilidad de exigir prestaciones fiscales a los ciudadanos. No obstante, aquella Iglesia disminuida, saldrá del proceso con una base sólida bajo sus pies y con un amplio campo de actuación desde el que continuar ejerciendo su influencia sobre la sociedad, en base a lo establecido en los primeros tres artículos del Concordato, en donde se proclama la exclusividad de la religión católica apostólica romana, «la única de la Nación española» (art. 1º); el derecho a la vigilancia de la ortodoxia ideológica en todos los estudios que sean impartidos en cualquier centro de enseñanza, público o privado, teniendo los obispos y demás prelados libertad para «velar sobre la pureza de la doctrina de la fe, y de las costumbres, y sobre la educación religiosa de la juventud en el ejercicio de este cargo, aun en las escuelas públicas» (art. 2º); y el apoyo explícito a los obispos por parte de las autoridades civiles, especialmente de Su Majestad y su Real Gobierno, en su lucha contra la malignidad de los hombres «que intenten pervertir los ánimos de los fieles y corromper sus costumbres, o cuando hubiere de impedirse la publicación, introducción o circulación de libros malos y nocivos» (art. 3º).

Por lo tanto, el Concordato de 1851 va a establecer las nuevas bases de funcionamiento, y potencial crecimiento, de la Iglesia en la España gobernada por la oligarquía liberal. Los enfrentamientos frontales que las autoridades eclesiásticas habían protagonizado frente al nuevo régimen darán paso a una actitud más posibilista, lo cual permitirá ir asumiendo los espacios de influencia abiertos en el texto concordatario. Poco a poco, y no sin algún que otro contratiempo, la jerarquía católica se va a ir encontrando más cómoda en el nuevo Estado, estableciendo sólidos lazos con un sector de la oligarquía dominante con el cual, vencidos los mutuos recelos de la primera época, constituirá una sólida estructura ideológica, con escasos márgenes de tolerancia a la disidencia, que permitirá a la Iglesia desplegar toda su influencia social y política en los años de la Restauración, durante los cuales se habrán de dirimir duras batallas frente a los sectores que se obstinan en reclamar mayores cotas de libertad de pensamiento.

III

Rosario de Acuña y Villanueva se va a convertir en una de las figuras más controvertidas de su época, la España del Concordato, en virtud del protagonismo que va a asumir en esta larga confrontación como dramaturga, masona, feminista, montañera, poeta, regeneracionista, librepensadora, avicultora, articulista, exiliada, iberista, puritana, filo-socialista, autodidacta, deísta, republicana, melómana… en suma, un portento de mujer que a nadie dejaba indiferente: hubo quien la convirtió en la Flora Tristán española («en la vanguardia de la lucha social y en la línea de la unidad de los trabajadores») y quien, por el contrario, la calificó públicamente de «harpía laica», «hiena de putrefacciones”» o «trapera de inmundicias». Toda una personalidad llena de matices. Ella será quien nos guíe a través de esta España que, poco a poco, se va fracturando en dos mitades cada vez más irreconciliables. Su testimonio, expresado a través de los numerosos escritos que su pluma va dando a la imprenta a lo largo de cincuenta años, nos irá contando cómo se va gestando el drama; cómo aclaman, insultan o callan los figurantes; cómo desde la tribuna o el púlpito arengan los protagonistas; cómo se suceden las bambalinas… Veremos los entresijos de la acción situados en el propio escenario, a un lado del telón, cerca de las tramoyas, porque doña Rosario conoce perfectamente lo que se mueve entre bastidores; al fin y al cabo, es una mujer de teatro.

Sus ojos, casi ciegos durante muchos años, han visto muchas cosas y las han visto en uno y otro de los bandos contendientes. Sin que su voluntad mediara para nada, nació entre los españoles que se tenían por privilegiados: su familia se hallaba bien situada en los ámbitos del poder, tanto político como religioso, pues contaba entre sus miembros con ministros, gobernadores y arzobispos. Confortable situación que, por ejemplo, le brindaba la posibilidad de ser recibida en audiencia privada por el mismísimo Pío IX, al tiempo que le permitía disfrutar de una posición económica desahogada, como correspondía a la heredera única de un alto funcionario del Estado, descendiente de una familia de terratenientes andaluces, y de la hija de un reputado médico… El tiempo no hizo más que consolidar lo que la cuna le había deparado, pues la jovencita se convirtió en la esposa de un militar de familia tan acomodada e influyente como la suya. Pero, de pronto, aquella joven a la que no parecía faltarle de nada dio un golpe de timón a su vida, abandonando todo lo que la fortuna había puesto a sus pies para convertirse en una entusiasta abanderada de la libertad de pensamiento. De esta forma, por propia voluntad, se va adentrando cada vez más en la otra orilla, la que pueblan masones, amancebados, republicanos, feministas, proletarios, regeneracionistas… para, al final de un largo camino de lucha, penar en las estrecheces propias de los que viven por su mano, mientras sueña con un mañana prometedor, en el que «dejará de ser la propiedad privada», dejará de ser la organización de los Estados, dejará de ser la casta sacerdotal, y en el que las mujeres, elevadas a compañeras de los hombres racionalistas se acuerden de las que, haciendo de antemano el sacrificio de sí mismas, «empuñaron la bandera de su personalidad en medio de una sociedad que las considera como mercancía o botín, y defendieron con la altivez del filósofo, la abnegación del mártir, y la voluntad del héroe sus derechos de mitad humana dispuestas a morir antes que renunciar a la libertad!» (La Humanidad, Alicante, 10-7-1885).

He aquí la historia de una mujer que, renunciando a los privilegios de su confortable cuna, emprendió una larga y desigual batalla en defensa de la verdad y de la libertad en una época en la que en España, la España del Concordato, se estaban consolidando los dos bandos antagónicos que, siendo incapaces de tolerarse, no habrán de tardar en llevar sus antagonismos hasta los campos de batalla.

26. HIPATIA en el teatro Principal de Alicante

El miércoles 17 de febrero de 1886 Rosario de Acuña y Villanueva sube al escenario del teatro Principal de Alicante. El público aplaude con entusiasmo «rayano al delirio». Va a dar comienzo el recital poético.[1]

No es la primera vez que nuestra protagonista recoge los aplausos de un público entregado, pero aquella es una ocasión muy especial para ella: toma la palabra Hipatia, la nueva hermana de la Logia Constante Alona.

La Unión Democrática publica en la primera página de su edición correspondiente al viernes 19, Rafael Sevilla, su director, hace alguna mención al suceso:

«Nunca como ahora, siento carecer de dotes de escritor público; nunca como en esta ocasión me he sentido pequeño para reseñar lo sublime; nunca como en este instante al empuñar la pluma he experimentado desesperación, miedo, alegría, confusa mezcla de encontrados sentimientos. Y ¿por qué? Porque para elogiar al genio, para tejerle una corona, para aplaudirle se necesita, además de entusiasmo (y ese le tengo yo), el talento… ¡Que son estos pensamientos atrevidos y falsos! ¡Que me dejo llevar de la imaginación, esa losa de la casa! ¡Ah, no! Yo que nunca busco ni acepto ajenas inspiraciones, sino que prefiero juzgar por mí mismo, ¡yo que me confieso incompetente para hablar de la más ilustre de nuestras poetisas!, ¡yo que no sé mentir!, yo confieso que tengo la seguridad de no poder escribir ni un bosquejo de la velada literaria dada por D. ª Rosario de Acuña, en el teatro Principal en la noche del miércoles.

¡Lector, perdóname! Yo no tengo más norte que mi inspiración caprichosa, me encumbro aunque contadas veces en sus alas y me abandono a su versátil vuelo; me remonto o desciendo, giro por los espacios, crece y mengua a su albedrío. Me empeño en escribir, y ya lo ves, lector amigo, adopto por introducción el hablar de mi insignificante personalidad cuando debiera haber empezado este ejercicio literario o periodístico gritando:

¡Viva Rosario de Acuña!

Y después que he dado expansión a mi alma, me siento mejor, parece como que me he quitado un gran peso de encima.

Y sigo con mi reseña.

[…]

Enseguida apareció en la escena la insigne escritora doña Rosario de Acuña, la más ilustre de nuestras poetisas; la más elocuente de nuestras publicistas, la que para honra nuestra tenemos de huésped hace unos días, y al aparecer Rosario de Acuña, al destacarse su silueta del fondo del escenario que figuraba un salón cerrado por los lados, mi entusiasmo se desbordó como el del distinguido público que en gran número ocupaba el coliseo y aplaudía con entusiasmo, porque la autora de Rienzi tribuno, es para mí el tipo más perfecto del apóstol de la verdad; es para mí el ariete demoledor de las injusticias, la propagandista de la democracia; el ángel de redención que con la luz de la ciencia en la mano baja al oscuro antro donde mora el fanatismo y la ignorancia. ¡Salud ilustre poetisa! Yo te saludo en nombre de los alicantinos mis paisanos que como yo se sentían atraídos hacia ti por corriente magnética de simpatía y afecto, de admiración, de entusiasmo y de cariño.

Sobre tu frente se condensan muchas y grandes tempestades; lo sé. Jamás mujer ninguna ha conjurado contra sí tantas terribles pasiones.

¡Ah, sí! No exagero, no, Rosario de Acuña tiene enfrente a los fanáticos, a los ignorantes, a los oscurantistas que no quieren separar su corazón del quemadero, ni su mente de los antiguos ritos. Cuando leyendo sus obras, cuando saboreando sus poesías, veo los dolores, las penas que la asaltan, no puedo dejar de consagrarla algunas lágrimas como a todos los mártires de la verdad y del progreso.

Cual otro San Pablo, los paganos lanzan sus dardos, porque con sus palabra conmovía los altares de los dioses. Los judíos la persiguen, porque lleva al seno de la ley antigua un nuevo espíritu. ¡Cuántas veces en Éfeso, en Tesalónica, en Lystra, el antiguo fariseo perseguidor de los cristianos, estuvo a punto de perecer a manos de los judíos por sostener las mismas doctrinas que habían sostenido sus víctimas y las mismas ideas que había vertido Esteban, el primero de sus mártires! El fariseísmo que había creído encontrar en la nueva secta un poderosísimo auxilio para combatir el poder de las ideas griegas en la conciencia y el poder romano en la tierra, ardió en aquella desoladora ira, que tantas veces sintió San Pablo cuando pudo convencerse de que la nueva secta no buscaba en los idólatras enemigos, sino hermanos dignos de ver la eterna luz y participar del reino de Dios en los cielos.

La ilustre poetisa comenzó la lectura de sus cantares: su voz argentina y pura llevó al corazón de los oyentes armoniosísimos ecos que aplaudieron tanto esta composición como las que siguieron tituladas Las dos miradas, La ignorancia, El escepticismo, A la ciencia, Las tres flores, Una tórtola herida, Lo que dice la gaviota, El cielo, El niño muerto, La fraternidad, El ruiseñor, Las tres ilusiones, Las gotas de agua, Preguntas, El fin de un año, La desesperación, A la juventud, Cantares, Serenata morisca, Casualidad, ¡Dios!, En la escalera de mi casa, A los alicantinos.
Esta fue la segunda parte de la velada que corroboró la justa fama de que venía precedida la celebrada poetisa. En las inspiradas poesías que hemos enumerado se explaya su fantasía poderosa y derrama torrentes de armonía, imágenes de singular hermosura en versos fáciles, robustos, bien sonantes.

El entusiasmo que produjo en el público es indescriptible. Vimos el teatro con los ojos de la imaginación y trasladamos in mente el lugar de la escena a orillas del mar, bajo una de esas esbeltas palmeras cuyas ramas con suaves ondulaciones parecen besar la frente de los mártires de la libertad: a la hora misteriosa del anochecer, hora sagrada para todos los pueblos, hora poética en todos los climas; la sacerdotisa vestida de lana blanca, ceñida la sien de encina, poniendo los ojos en el cielo, sonriendo, como poseída de una felicidad superior a toda felicidad humana, rodeada de los campesinos que la miran de rodillas y la ofrecen en canastillos de mimbre sazonados frutos, o en vasijas de tosco barro, blanca leche y perfumada miel; la sacerdotisa, la vestal, ora por el vuelo de la golondrina, ora por los momentos que la gaviota se mece sobre un punto del mar, y doña Rosario de Acuña, ora por la tórtola herida, por el ruiseñor, por las tres ilusiones. Y nos cuenta lo que dice la gaviota al mismo tiempo que la luna surge por el límite del horizonte, como una argentada lámpara encendida por Dios para iluminar aquel religioso cuadro.

Cuando apenas si se había extinguido el último eco de los aplausos y los «bravos», se levantó la cortina y volvió a pisar el palco escénico la heroína de la fiesta.

Serena, con ademán distinguido, dominando la situación, y la chispa del genio brillando sobre su espaciosa frente, doña Rosario de Acuña leyó con entonación apropiada sus hermosas poesías, Décimas, intercaladas con un cuento, un cuadro de realidad asombrosa, bajo el epígrafe La igualdad, y estas otras: La justicia, La libertad, La camelia y la amapola (apólogo), Cantares, Interrogaciones, La tristeza, Madre, Lo cierto, Nubes, A la luz de la luna (poema), Cantares y Al pueblo.

¿Qué he de decir yo que no sea pálido, superficial y pobre después de tal profusión de poesías, tan esplendente gama de recuerdos y tanta riqueza de lenguaje? Me limitaré a emitir un deseo. Para gloria de Rosario de Acuña y de la literatura de España, anhelo que imprima las composiciones leídas en la velada a que me refiero. Y aquí he de hacerme cargo de la calumnia torpe que consiste en hacer de doña Rosario de Acuña un peligro para la familia. No es verdad semejante aserto, y al testimonio de cuantos asistieron en la noche del miércoles al teatro Principal apelo. Cuanto sale de su pluma puede correr en manos del tierno infante, de la casta doncella, de la honesta esposa. Si no respiraran racionalidad sus inspiraciones no serían populares; si hollaran las creencias del corazón, no lucirían portentosas. Muere la belleza donde el espiritualismo acaba: no concibo al artista, ni al poeta, sino creyente; debe inflamar su alma un átomo del celeste aliento a cuyo soberano impulso un fiat lux cubriera de esmaltes los montes, de matices las campiñas; resplandeciendo de transparencia las aguas, de excelsitud esa muchedumbre de globos que vaga por los espacios. Solo la idea de Dios arranca al hombre del polvo, que sus pies hollan; solo el convencimiento de la inmortalidad se enaltece y sublima y engendra en sus entrañas voces, cuyo eco retumba poderosos de raza en raza hasta la consumación de los siglos.

No conocen a Rosario de Acuña los que la calumnian, si la conocieran sabría que su corazón grande y generoso contiene tesoros de ternura, que su alma grande solo late a impulsos de los sentimientos más puros, que su imaginación ardiente y soñadora se deleita pensando en los grandes ideales del presente siglo, que cual otra Hypatia está dispuesta al sacrificio por no renegar de las arraigadas creencias de su alma. Fe, Dios, inmortalidad, gérmenes fructíferos y vivificadores que atesoran la mente de Rosario de Acuña; manantiales de origen puro, de raudal copioso, de salutífera influencia; anchos y ricos veneros de poesía, de santidad, de perenne gloria; reverberantes lumbreras que engalanan lo creado y enardecen los espíritus quebrantados por las tribulaciones del mundo.

[…]

Concluyo: la poetisa inspirada, la escritora eminente, la adalid del progreso, la defensora acérrima de las libertades patrias, la Hypatia española, ha conquistado el laurel de la inmortalidad en lo mejor de su vida, y las prensas españolas han de sudar todavía mucho con las sublimes concepciones de su imaginación floreciente y creadora.

En bien de la civilización del progreso, así lo desea su admirador»

Rafael Sevilla

[1] El lector interesado puede encontrar alguna de las poesías en «Recital poético en el teatro Principal de Alicante»

25. También era mucho hombre esta mujer

Roberto Castrovido
Ha descansado, al fin, la señora doña Rosario de Acuña y Villanueva de larga vida y combatida, trabajosa, aflictiva ancianidad. Puede aplicársele con justicia la frase de D. Nicasio Gallego a otra poetisa española: «Era mucho hombre esta mujer». Era la mujer fuerte de las Escrituras.
Sé por referencias y lecturas que Rafael Calvo estrenó en el teatro Español en la temporada 1875-76 el drama en verso Rienzi el tribuno. La autora, una jovencita bella, elegante, de familia noble, fue aclamada. La crítica la diputó poetisa insigne, reemplazadota y sucesora en el parnaso castellano de Gertrudis Gómez de Avellaneda y Carolina Coronado. La madrileña Rosarito escribió en verso y prosa, siempre de triunfo en triunfo, sin que le faltara el coro de entusiastas. La audacia de su pensamiento y la sinceridad de su estilo arrancaron a comentadores tímidos esta exclamación: «¡Qué lástima de muchacha!» Hacía hasta gracia la travesura ideológica de la joven. «Ya reaccionará con los años, ya vendrá al buen camino», pensaban los hombres graves y escribía D. Manuel Cañete, expresión crítica de la gravedad.
No acertaron. La Acuña les dio un chasco tremendo el año 1881. Aparecieron Las Dominicales del Libre Pensamiento, y con sorpresa y disgusto supo la buena sociedad que Rosarito escribía en aquel semanario, con Ramón Chíes, Fernando Lozano, Francos Rodríguez, Salvador Sellés, Odón de Buen, Dorado y un cura renegado. ¡Qué horror! ¡Chitón! Desde entonces, el silencio envolvió a doña Rosario de Acuña. Y primero maliciosamente, después por costumbre, se olvidó a la grande escritora.
Estrenó antes de 1890 un drama en el teatro de la Alambra, El padre Juan,[1] muy inferior, a la verdad, a Rienzi el tribuno, y en el teatro Español estrenó en 1893 un dramita en un acto y en verso, inspirado en la campaña de Melilla. Es ahora de lamentable actualidad.
Y desapareció de Madrid doña Rosario. En las cercanías de Santander, en Cajo,[2] a la orilla del mar, vivió años y sin dejar de escribir, como si la leyeran, como si la recordaran. En El Cantábrico escribió una serie de notabilísimos artículos describiendo la vida aldeana y adoctrinando a los rústicos para que no despreciaran la higiene. [Véase la serie de artículos titulada Conversaciones femeninas y el texto de la conferencia La higiene de la familia obrera]. La Sociedad de ese nombre y el Consejo de Sanidad harían obra beneficiosa editando un folleto de poco coste para divulgar los artículos de doña Rosario de Acuña.
Escribe en un diario de Barcelona un artículo que,[3] mal comprendido y maliciosamente explicado, levanta contra la ya vieja escritora a una clase juvenil y generosa; procesada, emigra a Portugal, donde vive algún tiempo. Y después de 1909,[4] que es la fecha de esta andanza, habita una casita elevada sobre un promontorio en las cercanías de Gijón, tan cerca del mar, que en los temporales, cuando el tiempo embravece las olas, parece un islote y un barco de náufrago el palacete de doña Rosario.
En Madrid, silencio, olvido, la muerte; más allá, en Asturias, no la dejan vivir en paz. Murmuraciones, calumnias, silbas infantiles -lo que más apenó a la buena mujer-, pedreas, conatos de incendio. No retrocedió, no se abatió. La madrileñita tenía un ánimo de pórfido. Cuando la huelga general, la casa de la señora Acuña fue registrada varias veces: con las culatas golpeando en las paredes y en los suelos, buscaban escondrijos de armas. Falsas denuncias obligaban a nuevos registros y provocaban amenazas de detención. Acudió a mí doña Rosario, y escribí al señor general Burguete, con quien desde 1899 me une una buena amistad; me atendió, y por telégrafo me dijo que doña Rosario de Acuña sería sagrada para él. No se la volvió a molestar.
Vino a Madrid, y asistió, del brazo de Nakens, a la manifestación a favor de la amnistía para los del Comité de huelga. Entonces la conocí personalmente. Era una viejecita simpática, menuda, ágil, de mirada viva, juvenil, de habla suave, de modesto porte. Una señora, toda una señora.
Era muy simpática. Su charla era amena, tenía gracejo, ni sombra de petulancia, juzgaba pronto y bien, sin tapujos, sin concesiones y también sin atrevimientos groseros. Era, lo repito, toda una señora.
Asistió al mitin aliadófilo celebrado en la plaza de toros, y marchó a su sanatorio -así lo llamaba ella- de las cercanías de Gijón. Marchó para no volver.
Supe de ella con frecuencia. Nunca en sus cartas se quejaba. Su tema era la política y las letras. Amigos de ella y míos me escribían de sus enfermedades, de sus cuitas, de su miseria, de las persecuciones de que era víctima. Tan apremiantes y dolorosas fueron una vez esas quejas que sobre la suerte de doña Rosario me enviaban, que hube de escribir a varios amigos de Asturias. Me oyeron, y D. Melquíades Álvarez, con otros correligionarios suyos y amigos míos, acudió en auxilio de doña Rosario, quien entonces me escribió por primera vez acerca de su situación, dudosa sobre la aceptación del auxilio.
Escribió en el número extraordinario de El Motín homenaje a Nakens, y El Pueblo, de Valencia, ha publicado su último artículo, hace unos meses.
Respeto, por lo menos respeto, merece una mujer que, pobre, aislada, combatida por unos y olvidada por los más, se ha mantenido fuerte y austera, sin cambiar por benevolencia, atenciones y cuidados, abdicaciones. Se comprende tal entereza en un hombre; pero es más admirable en una mujer y en una poetisa, en una literata. Cambiar por ditirambos la censura hosca cual un gruñido y el silencio desalentador es tentación muy perdonable. Resistirla llega a lo heroico.
Tan espeso ha sido el silencio envolvedor de la escritora, que para romperlo ha sido necesaria la muerte de la mujer.
La Voz, Madrid, 9-5-1923

[1] En realidad la primera, y única, representación de El padre Juan tuvo lugar el 3 de abril de 1891.
[2] Yerra de nuevo el señor Castrovido, pues no fue en Cajo, sino en Cueto, primero, y en Bezana, después.
[3] Se trata de La jarca de la Universidad.[4] Tanto la publicación del artículo en las páginas de El Progreso como las protestas estudiantiles tuvieron lugar a finales de 1911.